El qué dirán
Lista de contenido
Capítulo uno
Capítulo dos
Capítulo tres
Capítulo cuatro
Capítulo cinco
Capítulo seis
Capítulo siete
Capítulo ocho
Capítulo nueve
Capítulo diez
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Capítulo uno
Todo comenzó justo después de que me afeité la ceja izquierda. En realidad, no quería hacerlo. El martes por la noche me dio por sacarme las cejas. Al día siguiente, parecía que me había acercado demasiado a un mechero de Bunsen durante un experimento. Esto produce un tremendo trauma cuando se tienen quince años. Tuve que andar por todos lados cubriéndome la ceja, es decir la no ceja, con la mano izquierda. Ese fue el día que Brent Floyd me pidió que fuera su pareja en el baile del día de San Valentín. Estaba yo metiendo los libros en la taquilla y en camino al club de fotografía para revelar unas fotos que había tomado en mi casa. Mi mamá y yo vivimos en una casa junto a Sofía y su mamá. Le había tomado un montón de fotos comiquísimas a Sofía y a mi perro Cascarita.
—¡Qué tal, Jinjolé?
Desde que puedo recordar, todo el mundo me dice Jinjolé. Tengo un ojo azul y otro verde y ahora, para colmo, me falta una ceja. Vi a Brent que venía por el pasillo. Por supuesto, mi cerebro dejó de funcionar. Lo que siempre hace en momentos de crisis. Me ha gustado este chico solamente por casi diez años, aunque nunca lo haya admitido. No es fácil tratar de actuar como si nada pasara cuando tienes la mano izquierda pegada a la frente.
—¡Hola Brent!
Brent se recostó a la taquilla de al lado y me miró a los labios. Siempre que Brent habla con una chica, le mira a los labios. La mano en la frente me empezó a sudar.
—Me imagino que más de cien chicos diferentes te han pedido ir con ellos a la fiesta del viernes —le dijo Brent a mis labios.
Cuando Brent está nervioso, siempre se pone a bromear. Y si él está nervioso, me pone nerviosa a mí. La mente se me quedó en blanco.
—¿El viernes?
—Sí. Ya sabes, el viernes. Hoy es miércoles, luego viene el jueves y después, el viernes. ¿No te acuerdas de la fiesta? —bromeó.
—¡Ah, sí! La fiesta —la mano se me movió y la puse rápidamente de nuevo en su lugar.
Brent se me acercó.
—¿Quieres ir conmigo?
El chico de la taquilla de al lado se paró detrás de Brent y dijo muy alto:
—Discúlpenme.
Me dieron ganas de meterle el libro de geografía por la cabeza.
—Sí —dije rápidamente antes de que Brent se apartara, no fuera a ser que cambiara de parecer.
—¡Súper! —se sonrió, con los ojos todavía fijos en mis labios.
El viernes por la noche, Brent tuvo que ir temprano a la escuela para ayudar a montar la banda. No me recogió hasta las siete y media. Sofía salió a examinar “mi última conquista” y mi mamá sometió a Brent, en la puerta, a un interrogatorio de veinte preguntas. Mi mamá usa métodos militares con todos mis enamorados.
—¡Fiu! No pensé que saldría con vida de ésa —me dijo Brent cuando íbamos en camino a su automóvil.
Me sonreí.
—A eso le llamo yo amor de madre. ¿Quién se escapa de eso?
Ya me había acostumbrado a tener sólo una ceja, así que dejé de tapármela todo el tiempo. La primera vez que salgo con un chico, siempre me quedo muda, pero Brent y sus bromas lo hacen todo más fácil. Cuando llegamos al baile ya estábamos pasándola divinamente. Sólo teníamos el problema habitual con la música suave, de quién pone qué mano, dónde.
A Brent le gusta bailar muy apretado. Más apretado de lo que yo estoy acostumbrada. Una parte de mí se preguntaba si íbamos a dejarnos marcas en el cuerpo. La otra quería comenzar a quitarle la camisa.
A mitad de la canción, Brent tuvo que ir a hablar con los chicos de la banda sobre algo. Yo fui a hablar con Carlos, un chico que conocí en el club de fotografía. Es un tipo solitario y que no habla mucho. Llevaba sus pantalones vaqueros de siempre y estaba recostado a la pared. Me recosté a la pared junto a él y vi a Brent hablando con el baterista.
—Así que viniste a la fiesta con el Súper Rápido.
Carlos bebió de su Coca Cola.
—¿El Súper Rápido? —le pregunté.
Carlos me miró por un momento, sonrió, me dio su Coca Cola y dijo:
—Brent.
Yo bebí, tratando de que no se diera cuenta de que estaba ruborizada.
—Mira, han pasado dos horas y todavía soy virgen.
Carlos se rió.
—¡Y a mucha honra! —dijimos a la vez.
Eso es lo que decimos todos, chicos y chicas, en la clase de educación sexual.
—¿Y tú, con quién viniste?
Me había dado cuenta de que estaba solo, pero quería vengarme del mote que le había dado a Brent.
Carlos se levantó de hombros.
—Sólo vine a oír la música.
—Ya te creo. Quienquiera que sea, seguro que te morías de miedo por llamarla —me burlé.
—Quizás —dijo Carlos, con la vista en la distancia.
En eso se nos acercó Brent.
—Oye, Jinjolé. Tengo que ir al automóvil a buscar algo para los músicos.
¿Vienes conmigo?
Carlos vio cómo nos marchábamos, sin decir una palabra.
A veces, parece que le vienen encima unos estados de ánimo más negros que la noche. Es como si le estuvieras hablando a una persona en coma.
Desde la puerta, me volteé y le dije adiós con la mano. Todavía estaba allí parado, mirándonos.
Una vez afuera, Brent me tomó la mano y corrimos hacia el automóvil en la fría noche de febrero. Había menos diez grados, tolerable si vas con un buen abrigo. Brent tiritó mientras abría la puerta.
—Apúrate, entra. No. No delante, detrás —dijo.
Me metí de cabeza en el asiento de atrás pensando que lo que buscaba Brent estaría allí. Se metió detrás de mí y cerró la puerta.
—¡Mi madre, qué frío hace! —se echó hacia delante y puso el auto en marcha. Luego, se dejó caer en el asiento y me apretó contra él. De pronto, comencé a entrar en calor. En la oscuridad, y tan cerca de él, era fácil que algo sucediera. Su boca se puso suave mientras la frotaba contra la mía. Le puse una mano en la garganta y sentí sus quejidos bajo mis dedos.
—Mentí —me susurró.
—¿Qué? —todo se volvió borroso, la escuela, los otros chicos, el baile.
Brent se rió en mi oído.
—No tenía nada que buscar. Sólo quería tener la oportunidad de hablar contigo.
—¿De qué? —de pronto me vino a la mente lo que dijo Carlos: el Súper Rápido.
—De esto —y comenzó a besarme el cuello y a tratar de desabrocharme el botón de la blusa—. Y quiero decírtelo bien.
En cuanto comenzó a besarme, supe que no tenía que buscar nada para los músicos.
Yo no quería destruir un momento con el que había soñado siempre, pero había algo en la forma en que se reía que me molestaba. Actuaba como si se hubiera anotado un punto conmigo, la inexperta a la que hay que enseñarle cómo son las cosas.
—¡Ay! Espera un momento —dije, alejándome un poco. La sensación de bienestar se desvaneció. Éramos, otra vez, dos personas sentadas en el asiento de atrás de un auto congelado. Pensé en el envenenamiento por monóxido de carbono. Soy muy joven para morir… por amor o por sexo.
—¿Qué pasa, Jinjolé? Mira que me gustas hace ya mucho tiempo —dijo Brent.
—Tu también me gustas —dije mientras me ponía la blusa dentro de la falda. Quería pensar. Tenía una mala sensación en el estómago.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—dijo, tratando de besarme de nuevo. La mala sensación en el estómago se hizo más fuerte.
—¡No!
—¿A qué le tienes miedo?
—No tengo miedo.
Y no lo tenía. Había algo que no estaba bien y no podía decir exactamente qué.
—A las chicas siempre les da un poco de miedo todo esto —dijo.
¿Qué sabes tú? ¿Acaso eres una chica? pensé. La voz me salió muy diferente de lo que yo quería: soné enfadada.
—Brent, yo no voy a lanzarme a esto así , súper rápido. Vamos a regresar. Ahora mismo —le dije.
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