El qué dirán
Capítulo dos
El mote de Brent se me salió sin darme ni cuenta. Brent me echó una de esas miradas. Parecía que lo habían golpeado en la cabeza.
—¿Qué tú dijiste? ¿Súper rápido? —sonó cómo si algo le doliera.
Me di cuenta de que él había escuchado su mote antes, y más de una vez.
—Nada. Lo que pasa es que no tenemos que hacer nada esta noche,
¿entiendes?
Eso no era lo que yo quería decir. Me gustaba lo que estábamos haciendo tanto como a él. Pero las palabras salían de mi boca de una forma extraña y no sabía cómo podía arreglarlas. De pronto todo me pareció mal.
Brent no me miró a los ojos. Se le veía el enojo en la cara a la tenue luz de las luces de la calle. Cuando se volteó, el enojo se le había borrado y tenía una expresión amistosa, como siempre.
—Pero si no hicimos nada —dijo.
Yo me ruboricé. Me sentí estúpida.
Brent se recostó en el asiento y se quedó quieto por un momento.
—Mira, tú de verdad me gustas —dijo calladamente.
—¿De veras?
—Sí.
Hablamos por un ratito. Entonces, apagó el motor y regresamos caminando a la escuela. Justo en la puerta, se me acercó y nos besamos.
—Lo siento —me dijo.
Pude ver otros chicos mirándonos. Estaba tan contenta de que el incidente se hubiera resuelto entre nosotros que les sonreí. Cuando miré a Brent, él también les sonreía. El resto de la noche transcurrió felizmente.
Cuando Brent me dejó en la casa, nos sentamos a la puerta mirándonos los labios. Extendí el brazo y le toqué la boca.
—Me gustas —le dije.
—¿Mucho? —dijo bajito entre mis dedos.
—Mucho. Nos vemos el lunes.
Vi cómo su auto se alejaba entre la nieve que caía. Decidí olvidar aquel momento desagradable en el asiento del auto, como si nunca hubiera ocurrido.
Pasé el fin de semana estudiando para los exámenes y leyendo La fierecilla domada para la clase de inglés. De no hacer las tareas, tendríamos que vérnosla con Labios Muertos, el profesor de inglés. Y eso no era ninguna gracia.
Sofía, la amiga que vive conmigo, estudia frente a la televisión, con el libro abierto sobre las piernas en caso de que alguien se aparezca. Sofía es tres años mayor que yo. Hace varios años sus padres se divorciaron, porque el papá le daba unas palizas horribles. Lo mandaron a la cárcel por seis meses. Sofía tuvo que ir a vivir a una casa de acogida mientras a su mamá la atendían en un centro de rehabilitación para alcohólicos. Fue un año muy difícil para ella y terminó repitiendo el décimo grado. Después del programa de rehabilitación, Sofía y su mamá se mudaron con nosotras.
—¿Cómo te va con la química? —le pregunté.
Sofía estaba mirando los dibujos animados de los sábados por la mañana.
—¿Cómo te fue con la cita de anoche? ¿Hicieron buena liga? —me preguntó.
A Sofía siempre le gusta mortificarme con el asunto del sexo. Su novio está en la universidad y ella se la pasa hablando de eso todo el tiempo.
—No estuvo mal —Sabia que la cara se me ponía roja.
Sofía se rió.
—¿Aprendiste algo nuevo?
Refunfuñé. Ella extrañaba realmente a su novio.
—A Brent lo llaman el Súper Rápido.
Sofía arrugó la frente.
—¿Y lo es de verdad?
Me encogí de hombros. Sofía sonrió.
—Si lo fuera de verdad, ya lo sabrías.
Brent no me llamó en todo el fin de semana. Me pareció raro, pero no mucho. Después de todo, yo tampoco lo llamé. Estaba esperando ansiosamente el primer turno del lunes por la mañana: la clase de inglés.
Cuando entré por el pasillo, pude escuchar la voz de Brent y la risa de otros chicos alrededor de él.
Siempre de bromista, pensé.
Caminé hacia él, y allí estaba, como siempre, recostado a su pupitre. Me miró. Sonreí. Entonces noté que todos los chicos a su alrededor me miraban también. Dirigí mi mirada a Brent. Por un segundo me pareció que algo le preocupaba. Entonces se sonrió y la preocupación se le borró de la cara.
—Hola —me forcé a decir.
No fue Brent el que me contestó. El chico que estaba a su lado se rió y me dijo:
—Oye, Jinjolé, apuesto a que te sientes como una mujer nueva, ¿eh?
El grupo se echó a reír. Abrí la boca para responderle, para decirle algo, pero las palabras no me salieron. Brent ya no me miraba. Había agachado la cabeza, sonriéndole de lado al chico que había hablado. Alguien le dio unos golpes en la espalda. Entonces Brent se volteó y comenzó a hablar con otra chica. Todo el mundo me dio la espalda como si yo no existiera. Algo había pasado, pero yo no podía darme cuenta de qué se trataba. ¿O en realidad, sí lo sabía?
De todas maneras, no podía quedarme allí parada como si el tiempo se hubiera detenido. Levanté la cabeza y caminé hasta mi asiento detrás de Carlos. Caí en el pupitre junto con mis libros como un camión de dos toneladas de peso.
—Hola —me dijo Carlos, dándose la vuelta.
—¿Qué? —miré la calle a través de la ventana. Necesitaba dos minutos para poner mis pensamientos en orden.
Carlos me agarró un dedo de la mano.
—Oye.
Tuve que mirarlo.
—Son unos imbéciles —me dijo. No me soltó la mano.
De pronto, me encontré pestañeando a toda velocidad.
—¿Crees?
—Sí.
Labios Muertos se levantó y carraspeó. Entonces le preguntó a alguien de la clase que dijera cuál era la trama de La fierecilla domada. Como siempre, todo lo que recibió fue un profundo suspiro. Entonces, uno de los chicos del grupo de Brent dijo:
—Se trata de uno que quiere conseguir a una chica. Ella se hace la importante, pero en realidad no es tan difícil como aparenta. Al fin se rinde.
Se casan. Y ahí termina todo.
—Parece una película de los viernes por la noche —dijo Labios Muertos.
—La misma cosa —dijo el chico, levantando los hombros. Algunos de los que estaban alrededor de él se rieron. Todo a mi alrededor se detuvo, todo. Hasta la nieve que caía pareció detenerse a mitad de camino entre la tierra y el cielo. Yo queria que todo se quedara así, inmóvil en el tiempo, para no tener que enfrentar lo que venía después, lo que me decía el instinto.
Carlos se revolvió en el asiento delante de mí, y luego habló. Me quedé sorprendida. Carlos nunca había dicho una palabra en clase.
—Yo lo sé, pero a lo mejor no lo entiendo bien.
—¿Qué es lo que tú no entiendes, Carlos? —dijo Labios Muertos.
Carlos hizo saltar el bolígrafo contra el pupitre. Vi como las orejas se le ponían rojas.
—¿Por qué ella se casó con ese tipo? A mí me parece que es un perfecto imbécil.
Por primera vez en el curso Labios Muertos pareció cobrar vida. Levantó las cejas y se quedó boquiabierto. Yo pensé: ¡Ay! Carlos va a reprobar inglés de lo que no hay remedio.
—Bueno, Carlos, me imagino que eso quiere decir que en realidad te leíste la obra —dijo.
Los orejas de Carlos se tornaron púrpura. Era la primera vez que Carlos abría la boca en clase y Labios Muertos no le daba crédito. Levanté la mano.
—A ver, Trudy.
Ése es mi verdadero nombre.
—Estoy de acuerdo con Carlos. Yo también pienso que el tipo es un verdadero imbécil.
Labios Muertos me echó una mirada que me congeló.
—¿Alguien más en la clase opina lo mismo que estos dos?
Nadie dijo una palabra. Esto lo hizo sentirse satisfecho.
—Todos, abran el libro en el segundo acto.
Toqué a Carlos en la espalda y le dije bajito:
—Gracias.
Carlos se volteó un poquito en el asiento, sonrió y me dijo:
—Labios Muertos también es un imbécil.
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