El Vuelo

Horacio Verbitsky · Capítulo 11 de 23

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El Vuelo

Modus Operandi

En su declaración indagatoria ante la Cámara Federal el ex jefe de inteligencia del grupo de tareas de la ESMA, capitán de fragata Jorge Eduardo Acosta, dijo que la Escuela había sido la unidad especializada en el combate contra Montoneros. El fiscal le preguntó cuántos de ellos fueron detenidos en la ESMA.

—No tengo realmente precisado el número, pero yo le diría señor que...

—comenzó a contestar Acosta. Vaciló y pidió una significativa aclaración:

— ¿Con los muertos también?

Luego de mucho dudar respondió que entre 1976 y 1979 habían rotado por la ESMA de 300 a 500 prisioneros. Los clasificó en dos grupos. Si se evaluaba que no tenían vinculación con la guerrilla, quedaban en libertad. A partir de 1977 se decidió no matar a los militantes sino tratar de convertirlos en agentes de inteligencia propios que contribuyeran a terminar rápidamente la confrontación. (Los almirantes Massera, Lambruschini y Mendía se habían ofendido ante la sola pregunta sobre detenidos afectados a tareas de inteligencia.)

— ¿No había nadie en el medio, que sí tuviera que ver y que no aceptara colaborar? —le preguntó el tribunal.

—Posiblemente había. Entonces creo que eran... conozco algunos que fueron remitidos al Poder Ejecutivo o, pero yo... que es lo que pasaba con ellos no conozco —titubeó Acosta.

— ¿Recuerda algún caso, individual, de persona que haya sido puesta a disposición del Poder Ejecutivo? —insistió el fiscal Luis Moreno Ocampo.

—Sí... es la señora... una señora muy joven... que el marido... No le puedo dar el apellido pero a lo mejor averiguando puedo concretárselo. Me parece que el padre era suboficial del Ejército e informó que la hija estaba en la organización terrorista, entonces se la fue a buscar. Dijo "No, yo no participo, no creo en nada de esto", y fue al Poder Ejecutivo.

En sus propios términos, un caso sobre 500. Al resto "venían a buscarlo de otros organismos que desconozco".

El tribunal quiso saber cómo se decidía el destino de cada detenido.

Escuchó la descripción de un simulacro de juicio en el que se jugaba la vida o la muerte:

—Se reúne algo muy parecido a esto, con todo respeto. Está el comandante y su Estado mayor. El fiscal es el oficial de Operaciones, y el defensor el de Inteligencia. Plantean posiciones contrapuestas. El de Operaciones cuenta qué dijo cuando lo detuvo. El de Inteligencia interpreta que lo dijo porque estaba fingiendo. Así se avanza hasta la determinación

—contestó.

Con la detención de Acosta, Astiz, Pernías y los demás marinos, comenzó una cuenta regresiva que culminaría dos meses más tarde. La Armada se comportó con una homogeneidad institucional que explica la dificultad para desprenderse de su disciplina y sus mitos, aun para hombres como Scilingo, desengañados de sus jefes.

En cambio el Ejército entró en descomposición.

—Yo también tengo la chaquetilla manchada en la guerra sucia —dijo el general Roberto Atilio Boccalandro en la Escuela Superior de Guerra.

—Con tuco —cuchicheó el capitán Fernández Núñez con el capitán Catuzzi, hijo de uno de los generales procesados.

Setenta oficiales del Ejército en actividad manifestaron bajo un chaparrón de verano en el barrio militar de Palermo en solidaridad con Mones Ruiz, citado una vez más en Córdoba. Algunos vestían su uniforme y se quejaron de la conducción militar. Una semana más tarde fue arrestado nada menos que el ayudante del jefe del Estado Mayor del Ejército, el teniente coronel en actividad Osvaldo Quiroga, por homicidio calificado al aplicar la ley de fugas a tres detenidos. La propia perversión del sistema aplicado, la pretensión ejemplarizadora de la barbarie, permitieron su esclarecimiento.

Eduardo Alfredo De Breuil, su único sobreviviente, contó el operativo a la justicia. Los cuatro presos fueron retirados por Quiroga de la cárcel de Córdoba. El personal femenino exigió la firma de un recibo antes de entregarlos. Luego de un tramo, Quiroga los hizo bajar de la camioneta en que los trasladaron. De Breuil le oyó decir: "Preparen las armas". Luego preguntó si todos estaban listos. Cuando recibió la respuesta afirmativa ordenó abrir el fuego. De Breuil escuchó los disparos y sonidos guturales, de alguien que no podía gritar por la mordaza que tapaba su boca.

— Este es un trabajo de mierda —dijo uno de los fusiladores.

—Aguántenselas que así es la guerra —contestó el jefe.

Un oficial quitó la venda y la mordaza a De Breuil, lo condujo hacia el cuerpo caído de Hugo Miguel Vaca Narvaja, que tenía un orificio de bala en la ceja derecha. A pocos pasos estaba Higinio Arnaldo Toranzo y más allá su hermano, Gustavo Adolfo De Breuil.

—¿Sabes por qué los matamos? —preguntó el oficial—. Porque ustedes mataron a un cabo.

—Yo no estoy de acuerdo con que se mate a nadie.

—Ya es tarde. Ahora al volver a la cárcel, les contás a los otros todo lo que viste. Que sepan que si siguen matando militares a todos les va a pasar lo mismo. Y vos sos el primero de la lista. Hoy te salvaste raspando.

La efervescencia de los oficiales jóvenes que no aceptaban ser procesados creció en contra del jefe de Estado Mayor del Ejército, que ni siquiera era capaz de defender a su ayudante. "La actual cúpula militar formaba parte de las Fuerzas Armadas durante la guerra contra la subversión, ocupando puestos de significativa trascendencia. La legalidad que en ese momento no exigieron a las sucesivas juntas militares pretenden ahora imponérsela a subalternos que se limitaron expresamente a cumplir órdenes", afirmó una declaración que Alsina y Mones Ruiz llevaron a las agencias de noticias. El tercer hombre que los acompañó en la arriesgada misión no fue el suboficial Pérez, sino el teniente coronel Ernesto Guillermo Barreiro, alias Nabo, que tenía en el tema un interés tan ostensible como ellos: estaba procesado por su desempeño como jefe de torturadores de La Perla, el campo de concentración de Córdoba.

Otra tarea peligrosa fue encomendada a un oficial que con ropa de fajina y casco se presentó en la Plaza de Mayo a la hora de la ronda semanal de las madres, acompañado por un grupo de jovencitos. "Libertad para los héroes de la guerra contra la subversión. Basta de juicios izquierdosos. Libertad a los que nos liberaron" decían sus carteles. Hebe Bonafini los persiguió con un megáfono, al grito de buchones y cornudos. El Círculo Militar reivindicó a los "jóvenes que sólo actuaron llenos de fervor patriótico" en la cacería de oponentes.

En las tres Fuerzas Armadas se discutía apasionadamente la responsabilidad de los superiores que dieron las órdenes y de los

subordinados que las ejecutaron.

Una semana antes de comenzar las audiencias públicas del juicio oral a Pernías, Astiz y los demás detenidos de la ESMA, la crisis deflagró en el Ejército. El miércoles 15 de abril el mayor Barreiro faltó a la cita con los jueces y se refugió en un Regimiento de Infantería, cuyo jefe, el teniente coronel Luis Polo, se negó a detenerlo. Las otras unidades de la guarnición no cumplieron la orden de apresarlo. Un capitán paracaidista explicó a la prensa la posición de los rebeldes: "Nos juzga gente que ni siquiera nos comprende. También los militares tenemos nuestro modus operandi".

En Buenos Aires, la Escuela de Infantería fue tomada por el teniente coronel Aldo Rico. Había comenzado la rebelión de Semana Santa. Ante la Asamblea Legislativa y a pocos metros de una concentración de centenares de miles de personas en la Plaza de los Dos Congresos, Alfonsín pregonó:

"La democracia de los argentinos no se negocia".

Pero Rico previno que no habría oficiales en todo el Ejército dispuestos a reprimirlo.

—Voy a sacarlo de allí a cañonazos —lo amenazó el comandante del Cuerpo II, Ernesto Alais, cuñado del ex general Carlos Suárez Masón.

—En cuanto usted haga tal cosa, yo voy a tirar un morterazo sobre la multitud, y después usted explique que no fue su cañonazo mal dirigido —

le respondió Rico. Alais no volvió a insistir y sus tropas nunca llegaron a Campo de Mayo.

Esa tarde unas dos mil personas estuvieron a punto de penetrar desarmadas en la Escuela de Infantería, empujando a los comandos.

Alfonsín voló a Campo de Mayo cuando advirtió que estaba perdiendo el control. De regreso a la Plaza de Mayo luego de su diálogo con el jefe insurrecto, arrancó una ovación a la multitud al anunciar que "los hombres amotinados han depuesto su actitud". Pero hubo desconcierto y silbidos de reprobación cuando agregó que algunos de ellos eran héroes de la guerra de las Malvinas, que habían asumido una posición equivocada sin intención de provocar un golpe de Estado. Terminó pidiendo al pueblo que había ingresado en Campo de Mayo que se retirara, como final de un impresionante acto de prestidigitación política.

Su consecuencia fue la ley de Obediencia Debida. Con ella, Alfonsín podría cumplir su propósito de excusar también los hechos aberrantes y

atroces que se hubieran cometido cumpliendo órdenes superiores. En la última semana de junio de 1987 recuperaron su libertad el grueso de los militares procesados, entre ellos Astiz y Pernías.

Con sus decretos de indulto de 1990 y 1991 Menem cortó el nudo que Alfonsín había empezado a desatar. Pero ni aun así pudieron dar vuelta la página más trágica de la historia argentina moderna. Los organismos de derechos humanos reclamaron la baja de todos los perdonados. Habían quedado a salvo de la justicia, pero no tenían por qué recibir un premio.

Cada fin de año la batalla se reanudó con las nóminas de ascensos de cada fuerza.

Mientras duraron sus procesos, Astiz permaneció en su mismo grado.

Pero en demostración de solidaridad los oficiales más modernos que se le adelantaron lo trataban como a un superior, compadecidos por lo que denominaban la destrucción de su carrera y de su vida. "Fui repudiado socialmente en diversos círculos. Ni siquiera puedo visitar a mis padres en Mar del Plata", se quejó Astiz ante el Consejo Supremo durante una audiencia. En los años siguientes las revistas del corazón lo fotografiaron varias veces bailando en las disco de Buenos Aires con adolescentes, veinticinco años menores que él. Llegó a golpear a periodistas y fotógrafos, velarles los rollos y romperles las cámaras.

En un dramático despacho emitido a sus abonados de todo el mundo en vísperas de la Navidad de 1987, la agencia noticiosa France Press adujo que

"Astiz representa una verdadera bomba de tiempo colocada sobre la mesa de trabajo del jefe de Estado. Toda la Marina argentina, desde los grumetes hasta el comandante, se movilizaron detrás de Alfredo Astiz para obtener que el Presidente Raúl Alfonsín, bajo pena de desencadenar una nueva rebelión en caso de rechazo, autorice la promoción del militar". Alfonsín accedió, pero simultáneamente instruyó al ministerio de Defensa que iniciara los procedimientos para su pase a retiro obligatorio.

Según las instrucciones de Alfonsín no podía negarse el ascenso a un oficial absuelto por la Justicia. Pero como Astiz "por razones vinculadas o no a su voluntad" había adquirido especial significación para la sociedad, que condena los métodos del Estado Terrorista, su permanencia en actividad podía resentir la cohesión social y repercutir negativamente sobre las instituciones castrenses. Por eso, "no debe permanecer en actividad".

En este alambicado razonamiento se escamoteaba el hecho básico de que la absolución de Astiz no obedeció a su inocencia sino a una ley posterior a la causa y que fue dictada especialmente para rescatarlo de la cárcel. La pretensión de que la voluntad de Astiz era indiferente para su triste fama es tan parcial en su contra como desleal hacia las víctimas que no pudieron ver concluido el proceso judicial en el que había semiplena prueba de su culpa en un delito tan atroz como el secuestro de dos monjas y diez familiares de desaparecidos.

No se lo apartaba por culpable, sino por conocido. Como eran menos notorios, los otros trescientos secuestradores, torturadores y asesinos beneficiarios de la ley de Obediencia Debida no sólo habían quedado libres de persecución penal, sino que podían continuar sus carreras militares.

La Armada no cumplió con la orden de pasar a retiro a Astiz. En la lista de ascensos que Alfonsín firmó sin complejos estaba Pernías. Pero no sólo él. El periodista Juan Yofre, quien luego sería jefe de los servicios de inteligencia de Menem, destacó la contradicción entre el ordenado retiro de Astiz y la simultánea entrega de sus insignias al vicealmirante Adolfo Mario Arduino, quien había sido superior de Astiz en la ESMA y también acusado por violaciones a los derechos humanos.

Arduino fue el jefe que un día de 1977 le ordenó a Scilingo prepararse para su primer vuelo.

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