El Vuelo

Horacio Verbitsky · Capítulo 7 de 23

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El Vuelo

Boomerang

Desde el primer momento la información sobre el destino de los detenidos-desaparecidos comenzó a fluir, pese a la rígida censura de prensa y al secreto militar de las operaciones. Con algunas imprecisiones quedó constancia hasta del vuelo, que Scilingo describiría en detalle tanto tiempo después.

El 20 de agosto de 1976 un cable de la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA), creada por Rodolfo J. Walsh, afirmó que el gobierno no daría a conocer las listas de detenidos porque "muchos de los registrados habían aparecido como muertos en combate en fechas muy posteriores a su detención". Citaba el caso de la Escuela de Mecánica de la Armada, "donde aparecen en los registros 160 detenidos, de los cuales se encuentran alojados solamente 45. Ninguno de los restantes ha sido enviado a otra dependencia, por lo que se cree que han sido eliminados y tirados al Río de la Plata".

Poco después, la misma agencia distribuyó dentro y fuera del país un extenso trabajo sobre la Escuela de Mecánica de la Armada titulado Historia de la guerra sucia en la Argentina. Fue la primera sistematización de datos dispersos sobre aquel campo clandestino de concentración.

Comenzaba así:

"El 6 de septiembre de 1976 se cumplieron 46 años del primer golpe militar en la Argentina del siglo veinte. Ese día, el Río de la Plata arrojó sobre las costas uruguayas los cadáveres de tres hombres jóvenes, maniatados y mutilados.

"Ese macabro espectáculo se ha repetido decenas de veces a partir del 24

de marzo de 1976 cuando los militares argentinos volvieron a apoderarse del gobierno y una Junta Militar lo entregó al teniente general Jorge Rafael Videla, el undécimo hombre que se mudó de los cuarteles a la Casa Rosada de Buenos Aires en el último medio siglo.

"En noviembre de 1975, cuando aún prometía acatamiento a la presidenta María Estela Martínez, Videla participó de la XI Conferencia de Ejércitos Americanos que se realiza a iniciativa del Pentágono norteamericano. Allí

declaró que "en la Argentina deberán morir todas las personas que sea necesario para que vuelva a reinar la paz". La Conferencia de Ejércitos se celebró en Montevideo, la capital del Uruguay, donde los militares gobiernan desde hace un lustro bajo la máscara civil prestada sucesivamente por los presidentes Juan Bordaberry, Alberto Demichelli y Aparicio Méndez.

"Cuatro meses más tarde, cuando Videla desechó esa táctica para su país y desplazó a la señora Martínez, en Uruguay comenzó a sentirse el eco de aquellas palabras suyas.

"El primer cadáver fue hallado pocos días después de la instalación del nuevo gobierno militar argentino. Estaba desfigurado y su identificación resultaba problemática. Oficialmente el Uruguay informó que por los rasgos podría ser japonés o coreano, y el periodismo rioplatense ideó una fantástica orgía asiática en alta mar, que habría concluido trágicamente.

"La hipótesis prosperó con el hallazgo de otros dos cuerpos, pero soportó mal el cotejo de las evidencias. Ningún buque navegando a la deriva, ninguna denuncia sobre la desaparición de personas la avalaban.

"El río siguió depositando sus misteriosas cargas en las playas atlánticas del Uruguay, de fina arena y tibio clima, frecuentadas por turistas de todo el cono sur latinoamericano. Algunos cadáveres estaban tajeados, otros carecían de miembros, a la mayor parte le faltaban las uñas de manos y pies.

"Exiliados uruguayos en París denunciaron que entre los muertos estaban cuatro de sus compañeros detenidos por el gobierno de la República Oriental. Inmediatamente las autoridades militares organizaron una conferencia de prensa en Montevideo y condujeron a presencia de los corresponsales a las presuntas víctimas.

"No eran coreanos, ni japoneses, ni uruguayos. El gobierno de Buenos Aires no se dio por aludido. Su mayor preocupación por entonces consistía en conciliar las distintas tendencias que lo componían".

Más adelante, el informe describía los procedimientos adoptados por los militares golpistas:

"Pequeños grupos operativos, sin uniforme y en vehículos no identificables, emboscan sigilosamente a sus enemigos y los trasladan a los cuarteles sin informar oficialmente su detención. La Orden de Operaciones

Lucha Contra la Subversión, emitida por el Comando en Jefe del Ejército en noviembre de 1975, indicaba que se aplicarían "métodos especiales de interrogatorios" para ejercer una sostenida acción de Inteligencia. Vale decir torturas en búsqueda de información para realizar nuevos procedimientos enmascarados".

El capítulo dedicado a la ESMA decía que su estructura ofensiva "quedó integrada por el llamado grupo de tareas 3.3., conformado sobre la Compañía Ceremonial" y describía sus denominadas operaciones especiales, "algunas de ellas de uniforme, otras de civil, en móviles no identificables con apoyo de las seccionales 30 y 45 de la Policía Federal".

Las patrullas de uniforme salían dos o tres veces por día en camionetas verdes, precedidas por un patrullero. "En cambio, las patrullas de civil carecen de regularidad y se realizan sobre datos de Inteligencia obtenidos previamente. No participan soldados conscriptos y están a cargo de oficiales, suboficiales y cabos". El informe incluía el modelo, el color y el número de placas de diez de los vehículos no identificables que se empleaban en los secuestros.

Bajo el subtítulo "Las sevicias" reproducía el testimonio de un detenido durante tres semanas en la ESMA:

"Al llegar encapuchado al lugar donde permanecería detenido oí ruido de aviones. Para llegar al pabellón donde me alojaron atravesamos una sala muy grande donde se oía música moderna muy fuerte. La reconocí días después cuando me llevaron allí para torturarme. De esa sala grande se pasa a un ascensor al bajar del cual me hicieron subir una escalera de nueve peldaños. Me introdujeron en una habitación con otras personas que no conocía, entre 20 y 30. Todos tenían los pies atados con cadenas, unidas a argollas que ceñían los tobillos. La mayoría estaban sujetos a columnas o a trozos de hierro muy pesados. Permanecí encapuchado las tres semanas que estuve allí, y con las manos esposadas a la espalda. La capucha no me la quitaban ni para comer, pero me pasaban las esposas para adelante para que pudiera servirme de mis manos. Nos custodiaban hombres que por la edad no parecían soldados conscriptos. Sólo podíamos verles los borceguíes por la parte inferior de la capucha. Si intentábamos hablar entre nosotros nos castigaban a golpes. Un día me llevaron a la sala grande con música

moderna, y dentro de ella a una pequeña pieza. Allí me aplicaron la picana eléctrica.

"La picana eléctrica es una punta metálica a la que se conectan dos polos eléctricos, que producen una descarga al contacto con la piel. Es un invento argentino. Rudimentarias picanas se utilizaron durante mucho tiempo en los frigoríficos para forzar al ganado en la dirección deseada por el jinete encargado de arrearlo hacia los corrales de sacrificio. Ingenios similares son usados aún hoy, alimentados por pequeñas pilas, por los jockeys que desean estimular a sus cabalgaduras sin arriesgarse al doping, comprobable químicamente.

"En la década del 30, durante la primera dictadura militar del siglo veinte en la Argentina, la policía comenzó a servirse de la picana para forzar confesiones de presuntos delincuentes. La picana es un elemento de tortura útil para sortear las evidencias y las penalidades que pueden caer sobre los torturadores bajo un régimen liberal, en el que jueces, legisladores y periodistas controlan que los excesos no sean escandalosos ya que pasados pocos días, y si se ha aplicado con pericia, no deja marcas en la piel.

"Pero en la Argentina de hoy las marcas en la piel, los jueces, los legisladores y los periodistas dejaron de preocupar a los militares, que no se sienten obligados a rendir cuentas a nadie de sus actos e, inclusive, se permiten divulgar en escuetos comunicados la muerte de algún detenido por un paro cardíaco, sin abundar en mayores detalles. Los pocos detenidos que lograron salir con vida de la Escuela de Mecánica de la Armada, liberados al comprobarse su desvinculación con las causas por las que fueron apresados o, en un caso, por haber fugado, permiten reconstruir aproximadamente la gama de sevicias que allí se aplican: violación de mujeres, introducción de lauchas vivas en la vagina, mutilación de genitales con hojitas de afeitar, vivisecciones sin anestesia, amputación de miembros, arrancamiento de uñas de manos y pies. Las torturas concluyen con la muerte de los prisioneros, que son arrojados al Río de la Plata, o cuando es posible, transportados en un barco de la Armada hasta alta mar, en las afueras de Mar del Plata. Por eso, uno de los cadáveres encontrados en el Uruguay, tenía en los bolsillos del pantalón cigarrillos, fósforos y monedas argentinas".

Aquel informe identificaba a una docena y media de víctimas y a más de treinta de sus verdugos, entre ellos los oficiales de la Armada Adolfo M.

Arduino, Jorge Acosta y Antonio Pernías, cuyo apellido figuraba sin la ese final. También reproducía la carta abierta escrita por el ex viceministro de Educación Emilio Fermín Mignone, cuya hija Mónica había sido secuestrada junto a dos sacerdotes y una docena de catequistas en mayo de 1976. Pese a las negativas de los jefes navales, Mignone señalaba con certeza hacia la Escuela de Mecánica de la Armada.

"¿Acaso no se negó, pese a todas las evidencias, que los sacerdotes jesuitas Yorio y Jalics —que están incomunicados desde hace tres meses, sin cargos contra ellos— no habían sido detenidos? Lo mismo que los quince catequistas que fueron largados encapuchados y encadenados después de doce horas de hambre y frío en el Acceso Norte. Las fuerzas que actuaron ese domingo 23 de mayo a las 12 horas del día, en la villa del Bajo Flores, dijeron ser del Ejército y pidieron apoyo a la comisaría de la zona.

El almirante Montes, jefe de Operaciones Navales, que niega que mi hija esté detenida en su arma (afirmación de la que me permito dudar totalmente) me dijo que ese procedimiento había sido realizado por la Infantería de Marina, y que los secuestrados fueron conducidos a la Escuela de Mecánica de la Armada. Pero todo eso se negó durante dos meses, hasta que se descubrió por la filtración de la esposa de un oficial".

(Junto con Mónica Mignone había sido secuestrada su amiga la religiosa recién exclaustrada Mónica Quinteiro, hija de un capitán de navío. Una prima hermana de Mónica Quinteiro era la mujer del jefe de inteligencia del campo de concentración, el capitán de fragata Jorge Eduardo Acosta, y una hermana estaba casada con quien 18 años más tarde ocuparía la jefatura de Estado Mayor de la Armada, el luego almirante Molina Pico. Es verosímil que la prima o la hermana hayan sido la fuente que menciona Mignone.) El informe transcribía in extenso la carta de Mignone, quien llegaba al fondo de la cuestión con una exactitud rara para un contemporáneo y, por añadidura, víctima de los hechos:

"O estos miles de presos detenidos por hombres en actividad de las Fuerzas Armadas están bajo su jurisdicción, y entonces toda la jerarquía militar miente y construye una gran farsa cuando nos recibe sonriente y

amablemente, o los comandos que actúan de esta manera no están subordinados a sus mandos, y entonces la situación es gravísima.

"Calcule usted las consecuencias y la responsabilidad histórica de quienes ascendieron al poder el 24 de marzo con la bandera del monopolio del poder por el Estado y a los pocos meses no pueden controlar ni a un suboficial. El dilema es de hierro y si mienten es igualmente grave, porque un Estado no se puede fundar en la mentira. Todo esto lo he expuesto sin encontrar respuesta satisfactoria en todos los estrados de las Fuerzas Armadas a los cuales me ha obligado a concurrir la desaparición de mi pobre y buena hija.

Según Mignone, las autoridades militares practican la "guerra sucia, sin advertir que esto es suicida, además de inmoral. ¿Cómo no tienen conciencia que de aquí a dos años, sea que hayan matado a los 20 o 30 mil marginales que han encarcelado o esperan encarcelar, o sea que los suelten, luego de meses de ocultamiento y encadenamiento, encapuchamiento y torturas, la literatura sobre el tema va a inundar el país y se va a volver como un boomerang imposible de detener sobre las propias Fuerzas Armadas?".

"Otro alto funcionario de anteriores gobiernos militares, el brigadier Jorge Landaburu, de la Fuerza Aérea, también padeció las tribulaciones que acongojan a Mignone, desde la desaparición de una de sus hijas, de 23 años, militante de la Juventud Universitaria Peronista.

"Cuando fue capturada por un pelotón de la Escuela de Mecánica de la Armada, la joven tenía en su poder el relato de sevicias aplicadas a otra detenida, que había logrado fugar días antes de la Escuela. Durante 150 días el brigadier efectuó gestiones de alto nivel político y militar, pero la Marina negó que la mujer estuviera en sus manos. A fines de setiembre, sin embargo, oficiales de la Escuela entregaron al brigadier el cadáver de su hija, fusilada allí luego de cinco meses de torturas.

"Las estimaciones sobre la cantidad de víctimas son difíciles, pero se sabe que entre un sótano muy próximo a las pistas del Aeroparque de Buenos Aires —casi todos los relatos coinciden en mencionar el intenso ruido de motores de avión— y un altillo que integra la casa de oficiales de la Escuela, hay en forma permanente unos 60 detenidos, que se renuevan sin cesar. Unos llegan, mientras otros son arrojados a las aguas. En el

Uruguay ya han aparecido unos 25 cadáveres, pero se juzga que ése es apenas un porcentaje mínimo, que por errores técnicos ha escapado al control de las autoridades de la Escuela, tomando estado público."

En un despacho especial por el primer aniversario de la dictadura militar, la agencia ANCLA distribuyó un cable sobre la situación de los derechos humanos. Uno de sus párrafos reseñaba la aparición de cadáveres en el Océano Atlántico. "Un ministro del gabinete nacional se jactó durante una reunión social realizada en el night-club Mau Mau de que «ahora sí las cosas van bien porque los metemos a todos los subversivos en bolsas, los trasladamos en embarcaciones y los arrojamos al mar; es lo que habría que haber hecho desde el principio». Fuentes responsables señalan que se cuentan por centenares los asesinados de este modo".

El 24 de marzo de 1977, en su "Carta abierta de un escritor a la Junta Militar", Rodolfo J. Walsh escribió: "Entre mil quinientas y tres mil personas más han sido masacradas en secreto después que ustedes prohibieron informar sobre hallazgos de cadáveres que en algunos casos han trascendido, sin embargo, por afectar a otros países, por su magnitud genocida o por el espanto provocado entre sus propias fuerzas. Veinticinco cuerpos mutilados afloraron entre marzo y octubre de 1976 en las costas uruguayas, pequeña parte quizá del cargamento de torturados hasta la muerte en la Escuela de Mecánica de la Armada". Walsh rechazaba "la ficción de bandas de derecha, presuntas herederas de las 3A de López Rega, capaces de atravesar la mayor guarnición del país en camiones militares, de alfombrar de muertos el Río de la Plata o de arrojar prisioneros al mar desde los transportes de la Primera Brigada Aérea sin que se enteren el general Videla, el almirante Massera, el brigadier Agosti. Las 3A son hoy las 3 Armas y la Junta que ustedes presiden no es el fiel de la balanza entre

«violencias de distintos signos» ni el arbitro justo entre «dos terrorismos»

sino la fuente misma del terror que ha perdido el rumbo y sólo puede balbucear el discurso de la muerte".

Al día siguiente, Walsh fue emboscado por un pelotón de la ESMA en la cita revelada bajo tormentos por un compañero. Astiz debía entregarlo con vida en la sala de torturas. El autor de Operación Masacre le arruinó el plan al empuñar la diminuta pistola Walther PPK del calibre 22 que escondía en el sitio menos previsible, inútil para romper el cerco de quince bocas de

fuego, pero elocuente sobre su voluntad de no dejarse tocar. Antes de caer hirió en la pierna a un policía que fue condecorado por rengo. Cinco prisioneros conocieron los preparativos de la operación. Uno vio en la Escuela de Mecánica de la Armada el cadáver de Walsh segado por las balas. Cree que lo hicieron arder, como cuenta Scilingo, en el campo de deportes, junto al río de su último cuento, que desapareció con él.

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