El Vuelo
Como la Realidad
La voz de Scilingo sigue en la cinta, los documentos aún llevan su firma.
En su casa atienden las llamadas y le pasan el teléfono, en el que se oye la misma voz de la grabación. Esto ha ocurrido, no es un sueño. ¿Pero no se desvanecerá como si lo fuera?
Cuando un secreto de casi veinte años se le hizo insoportable, contó las cosas más tremendas a alguien que sólo por azar no fue su víctima.
Contestó todas las preguntas, se sometió a un rol que no había imaginado.
¿Cómo reaccionaría después del desahogo, cuando midiera el paso dado y sus consecuencias? ¿Volvería a refugiarse en las viejas certidumbres institucionales, cortaría todo contacto, trataría de impedir la publicación?
Nada de eso. Diez días después se disponía a seguir hablando.
—Cuando decida publicar esto, le pido que me avise por lo menos con veinticuatro horas de antelación. Yo sé que me estoy metiendo en un lío muy grande y tengo que tomar algunas precauciones.
— ¿Por la Armada?
—No. Los de Videla. Son los únicos que siguen organizados. Son un grupo de fanáticos católicos.
Parecía tranquilo, sin embargo.
—Aunque usted no lo crea, hablar me hizo bien. Me sentí mejor. Pero usted es muy parco. No me dice lo que piensa.
— Usted dijo que además de su mujer había hablado con dos amigos civiles ¿Cuándo?
—Seis años después.
— ¿Para qué lo contó?
—Por la misma necesidad que me lleva ahora a hablar con usted. En ese momento quería saber qué opinaba alguien ajeno a lo que se había vivido.
En cierta forma creo que lo sabían, como lo sabe mucha gente, pero nunca se habla. El tema sigue siendo tabú. Creo que ha llegado la hora de decir la verdad. Son momentos en la vida de cada uno. No sé cómo reaccionará el resto y si muchos van a estar de acuerdo en que yo comente esto.
— ¿Cómo reaccionaron sus amigos?
—En silencio. Entendieron lo que yo había hecho. No fue una charla para pedir perdón o dar explicaciones. También hablé con mi madre antes de que muriera.
— ¿Cómo fueron esas charlas?
—Por preguntas de ella. Creo que ella relacionó el tema de mi retiro con esto. Yo nunca se lo expliqué en forma directa pero ella sospechaba.
Entonces trataba de ver cuál era el problema y de darme cierto apoyo como madre. Yo me ponía agresivo con ella, porque no quería tratar el tema. En determinado momento de estrés me vuelve a la memoria automáticamente el tema de los vuelos. He tenido periodos en que he tenido que tomar lexotanil, periodos en que me he excedido en la bebida. Creo que no ha afectado a la Armada pero sí a mi familia. Me afectó totalmente. La Armada no acepta que yo tenga problemas de ese tipo.
— ¿Sus hijos saben?
—Mi mujer les fue contando. Y últimamente hablé con ellos. Mi hija de quince años tiene una profesora de educación cívica que les planteó el tema.
Bien, en forma equilibrada. Dijo que la subversión ponía bombas y que para reprimirla las Fuerzas Armadas también cometieron barbaridades. Para hablar con ella busqué en la biblioteca algunas cosas que tengo. Consulté el folleto de las Fuerzas Armadas sobre la guerra contra la subversión y me dio vergüenza. Los secuestros de militares fueron muy pocos, tenía razón usted. También le mostré la revista donde Firmenich cuenta cómo mataron a Aramburu. Mi hija sabe todo lo que pasó, no se olvida de las bombas ni de nada. Pero cuando tiene que hacer su balance me dice que las Fuerzas Armadas hicieron cosas peores. Cuando usted habla de banda yo no estoy de acuerdo, pero con ese término usted me lleva a un callejón sin salida, porque llega un momento en que no le encuentro explicación. No sé si la Armada actuó como banda o como fuerza armada. O actuamos nosotros creyendo que éramos fuerza armada y en realidad se estaba manejando como banda. Y el silencio actual en cierta forma lo justifica a usted. Hasta el momento de los indultos yo sentía que había cumplido órdenes y que la condena a mis jefes era política. Pero todo se me derrumbó cuando aceptaron irse tranquilamente a sus casas y Videla empezó a decir
barbaridades. Me afectó tremendamente. Me di cuenta que algo andaba mal.
Lo que yo había hecho, ¿estaba bien o estaba mal?
— ¿Hasta ese momento usted no se había cuestionado?
—No es que no me haya cuestionado como ser humano. No me lo había cuestionado militarmente.
— ¿Cuál es la diferencia?
—Como ser humano, frente a frente con el enemigo, cuando usted mata se lo tiene que cuestionar. Yo le comenté que del primer vuelo volví mal.
Mal. Yo no me sentía bien, pero no dudé de que militarmente había cumplido una orden de la que estaba completamente convencido. Pero ¿qué ocurre cuando descubre que sus superiores se van tranquilamente a la casa y aceptan: bueno, está bien, me condenaron, ahora me indultan? ¿Quiere decir que estaban bien condenados? Si lo hubieran rechazado, yo, militarmente, hubiera pensado: el juego político sigue, pero estos señores se están portando como corresponde. Pero irse a la casa como se fueron, eso no lo acepto. No sólo no lo acepto, sino que cada vez que pienso en el tema me pone mal, porque me hace cuestionar todo lo que yo hice en la Escuela de Mecánica. Tal vez si los ex comandantes siguieran presos porque no aceptaron el indulto, usted pensaría lo mismo que ahora. Yo no.
— La única persona que no aceptó el indulto fue Graciela Daleo, una ex prisionera de la ESMA.
—Ya ve. Equivocada o no, estaba convencida y sigue convencida. Y
Videla, ¿está convencido de lo que hizo o se fue a la casa? Ellos solucionaron su problema personal y se olvidaron de todos los que cumplimos órdenes.
— ¿Se decidió a hablar de las torturas que presenció?
—Un día estaba en la Cámara de oficiales de la Escuela, en la zona del bar, entró el falso teniente Vaca y me dijo que había hecho detener a una abogada en una investigación que había llevado a cabo él personalmente.
Me dijo que la estaban interrogando en ese momento y si no quería ir. Fui porque quería ver qué investigación podía haber hecho el teniente Vaca, porque tenía mis grandes dudas. Estaba siendo interrogada empleando los métodos que, tal como se dijo en el Congreso, eran los que se usaban... En una palabra, estaba siendo torturada con una picana. Estuve muy poco, primero porque... no sé si soy... un poco blando para el tema... Era una
mujer. Por lo que escuché de las personas que estaban interrogándola, no tenía absolutamente nada que ver con nada. Me fui. Pregunté al tiempo y había desaparecido.
— ¿"Había desaparecido" qué quiere decir?
—Y, que había desaparecido. Entonces...
— Que la habían hecho desaparecer.
—La habían... había desaparecido, sí. Y le pregunté a Vaca: "Pero si no tenía nada que ver". No, no, dice, después se determinó que tenía cosas muy serias. Siempre me quedó la duda. No sé más nada del tema. Pero siempre me quedó la duda. Esto me cuesta comentárselo. Es real, es así, tal cual.
Pero en las discusiones que tenemos, cuando usted habla de banda y yo se lo niego totalmente, estos hechos me hacen dudar si no hubo actitudes de banda.
— Por empezar, con el comandante en jefe, que salía a navegar con el esposo de su amante y volvía solo.
—¿Cómo?
— Que el comandante en jefe de la Armada salió una tarde a navegar con el marido de su amante y volvió solo.
—¿Cómo que volvió solo?
— Lo tiró al mar.
—Ahhh, en el...
— A Fernando Branca, el marido de su amante.
(Scilingo no contesta. Como el dinero de los autos, el vaciamiento del pañol donde se guardaban los bienes requisados en los secuestros o la prosperidad del Tigre Acosta, la referencia a la causa por la cual Massera fue detenido aun bajo la dictadura, por un juez designado por el gobierno militar, parece perturbarlo más que el recuerdo de los vuelos).
— Ese era el jefe de la Armada.
—¿Usted sabe que yo creía ciegamente en el almiran... en el entonces almirante Massera? Es más, tenía total y absoluta admiración por el almirante Massera. Al año siguiente de estar en la Escuela de Mecánica me dieron pase a la Fragata Libertad; antes de zarpar hubo una cena y por casualidad me hicieron cenar al lado del almirante Massera. ¡No se imagina lo orgulloso que estaba! Es así. Después dejó de ser almirante, aceptó que lo
indultaran, se fue callado y se olvidó de todos los que estábamos debajo de él. Y bueh. ¿Qué va'cer?
— ¿Usted siguió tratamiento psiquiátrico?
—Fui varias veces al psicólogo del Hospital Naval, que me dio lexotanil.
Pero el psicólogo era civil y tampoco quería meterse en el tema. Después me quería derivar a que hiciese terapia en el diván con una chica jovencita que había. Entonces dije, esto no sirve para nada y dejé de ir.
— ¿ Usted leyó el Nunca Más?
—No lo leí en forma imparcial, sino como una publicación parcial hecha por el enemigo. Tal vez tendría que releerlo en este momento.
— Ahí se relata exactamente lo mismo que usted vivió.
—Siempre creí que el juicio a los ex comandantes era político. Porque estaba convencido de todo lo actuado. En esa época creía que Sabato era subversivo y ahora me doy cuenta que eso era una tontería. ¡Sabato!
— ¿Y ahora qué piensa, del Nunca Más y del juicio?
—Me parecen intrascendentes frente al hecho de haber cumplido órdenes de gente que me ha defraudado.
— Sigue con la misma soberbia. Lo único trascendente sería que sus jefes asumieran la responsabilidad. La valentía de los sobrevivientes que narraron lo sucedido, de los miembros de la Conadep y de los jueces que reconstruyeron la verdad...
—¿Qué valentía, si estábamos en un gobierno democrático?
—Las Fuerzas Armadas permanecían amenazantes resistiendo los juicios.
—Las Fuerzas Armadas no estaban amenazantes. La prueba es que el juicio se hizo.
— Todo lo que hagan los civiles le parece intrascendente, no le importa.
—¿A usted le parece poco que los jefes militares no asuman la responsabilidad de lo que hicimos?
— Me parece mucho. Además no son sólo los jefes. Nadie de ningún nivel asumió nada. Pero no entiendo por qué todo lo que sea distinto de eso le parece intrascendente.
—Relatar lo que ocurrió es intrascendente, porque es real. El juicio se hizo sobre hechos concretos.
— ¿Entonces por qué pensaba que era político?
—Porque estaba convencido en ese momento.
— El tema de los vuelos está en la página 235 del Nunca Más y apareció en los testimonios de los juicios. ¿Qué sentía al enterarse de eso?
—Que era un relato de los hechos contado por gente cuyas ideas no compartía. Es real, como la realidad. Lo que me parece aberrante es que mis superiores no lo digan. Sigo shockeado con esa actitud. Lo otro lo veo como cosa menor.
No hay mucho más que discutir. Está ansioso y eufórico. Pero tiene una duda:
—¿Me va a destruir en lo que escriba? —pregunta.
— Voy a opinar lo menos posible.
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