El Vuelo

Horacio Verbitsky · Capítulo 12 de 23

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El Vuelo

III La alienación

III

La alienación

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EL PLATO

Dos vasos de whisky hasta el tope fueron su ración al regresar del primer vuelo. Los apuró de un trago y durmió hasta el día siguiente. Descubrió que esa medicina era más consoladora que las palabras del capellán naval. Pero tampoco lo embrutecía lo suficiente. Más adelante dejó el alcohol por los psicofármacos. Con whisky o lexotanil, lo más difícil era pasar las noches.

Al dormirse revivía el vuelo. Mientras arrojaba los cuerpos desnudos por la portezuela pisaba en falso y caía. Aquel día de 1977 un tripulante alcanzó a sujetarlo. Pero al dormirse el vacío lo devoraba. Antes de tomar contacto con las aguas del mar se despertaba.

Sin embargo, Scilingo tardó muchos años antes de cuestionar aquella orden. Sus primeras críticas fueron por temas que le parecían más graves que el vuelo.

Todo lo que se requisaba en los allanamientos se guardaba en un depósito de la Escuela. Su contabilidad era estricta. La norma era que sólo se podía retirar algún objeto por las necesidades operativas del grupo de tareas o para ayudar a la viuda de algún camarada muerto, como el teniente Jorge Mayol. Un día Scilingo fue al pañol a buscar una perforadora que necesitaba para el taller y descubrió que no estaba. "Pero había dos o tres ", reclamó, sin resultados.

Empezó a percibir que los controles se habían flexibilizado. Lo planteó a sus jefes y le contestaron que no le concernía. También criticó el exceso de gastos en automotores. No se cuidaban los vehículos, se solicitaban detalles de lujo insólitos en autos operativos. Hasta recibió quejas porque el taller entregó un auto al que le faltaba una bagueta y otro con un problema en el tapizado. Los autos de inteligencia tenían prioridad aunque no siempre se usaran para tareas de inteligencia. Los reclamos los transmitía el jefe de playa, el teniente de navío Vaca, su compañero en el primer vuelo, con quien Scilingo desarrolló una antipatía recíproca.

Según su relato, antes de arrojar a los prisioneros los desnudaban. Pero los primeros cadáveres que aparecieron en el Uruguay estaban vestidos.

"Eso fue una enorme hijaputez, la mayor barbaridad. El que hizo ese vuelo

está como loco. No aguantó y pidió la baja", dice. En ese contexto, ¿qué es una barbaridad? Las palabras pierden sentido. Scilingo no quiere explicarlo.

—Antes de hablar de eso tengo que averiguar algo.

— ¿Averiguar qué?

—Un nombre.

— Cuando entró a la sala de torturas y vio a la abogada del teniente Vaca...

—No le voy a decir más hasta que no averigüe ese nombre.

— ¿La tiraron vestida? ¿Además de vestidos, los tiraban despiertos?

—Cuando sepa ese nombre volvemos a hablar.

Scilingo llegó a convertirse en alguien molesto. De la Escuela de Mecánica de la Armada le dieron el pase en 1978 a la fragata Libertad, como jefe de Propulsión y Electricidad. Luego fue jefe de máquinas del destructor Storni, segundo comandante del aviso Sobral y jefe de una lancha torpedera en Tierra del Fuego, el fin del mundo. Ascendió a capitán de corbeta sin tropiezos. Cumplía sus deberes como uno más, sin llamar la atención, y nunca fue sancionado. Pero en la intimidad ya nada sería igual que antes del vuelo.

En Puerto Belgrano volvió a encontrarse con el ex jefe de Inteligencia de la ESMA. El capitán de fragata Jorge Acosta se mostraba en un Mercedes Benz por el barrio de oficiales de la base naval y en su casa se realizaban refacciones dirigidas por decoradores. ¿Qué había pasado con el reloj de oro del almirante Mayorga?

De Ushuaia, Scilingo pasó a un destino burocrático, como ayudante del jefe de la Casa Militar de la Presidencia. Llegó a la Casa Rosada dos días antes de que se jubilara Videla y permaneció allí bajo Viola, Galtieri, Bignone y los primeros cinco meses de Alfonsín. Fueron los años del fin de la plata dulce, de la guerra de las Malvinas y el colapso de la dictadura, de las revelaciones sobre cadáveres NN en la prensa que miraba como si recién llegara a un país extranjero, del Documento Final, la autoamnistía y su derogación, de la investigación de la Conadep, el enjuiciamiento de los ex Comandantes y el primer proceso contra Astiz. Desaparecidos y desaparecedores ocuparon el centro de la escena política del país. Los fantasmas de Scilingo se corporizaban.

Pero también tenía otras inquietudes y las planteó a su jefe. Su experiencia como electricista había sido adquirida en unidades de tecnología ya anticuada y también su formación operativa estaba desactualizada para desempeñarse en unidades modernas. Esto comprometería su futuro, porque estaba en inferioridad de condiciones técnicas y operativas. Quería ser trasladado a cargos que lo capacitaran en los nuevos medios o a unidades en la Antártida. Cinco meses después recibió con esperanza el pase para el portaaviones. Nacido en Bahía Blanca, la Armada había sido el horizonte obvio para uno de los tres hijos de un pequeño constructor y una maestra, familia muy normal. El prolongado destino en oficinas no arruinaría su carrera naval, que seguía pareciéndole la única y la mejor posible.

Scilingo debía rendir el examen de ingreso a la Escuela de Guerra Naval para seguir el curso de Estado Mayor y no se sentía en forma. Tres semanas antes del examen comunicó al Jefe del Arsenal Naval de Puerto Belgrano que sus horarios y funciones en la Presidencia no le habían permitido prepararse y solicitó un año de prórroga para "tener las mismas posibilidades que el resto de los señores jefes postulantes".

El jefe del Arsenal rechazó el pedido. Había poco tiempo para estudiar el caso antes del examen y no existían antecedentes. Además, cursar la Escuela de Guerra había dejado de ser condición para ejercer puestos de comando o ascender. Lo exhortó a intensificar su preparación en las dos semanas que faltaban para el examen. Además envió copia de la solicitud y de su respuesta a la Escuela de Guerra.

Scilingo rindió el examen. Luego se reunió con la plana mayor de la Escuela. Le preguntaron por qué había pedido prórroga si estaba bien preparado. Así supo que había aprobado con una buena calificación.

Decidió franquearse con sus superiores.

—La historia real es la siguiente: cuando estoy estresado me bloqueo por un despelote que me pasó en uno de los vuelos cuando estaba en la ESMA durante la lucha contra la subversión —dijo.

Contó su pesadilla. Luego de un interminable silencio, un oficial superior le aconsejó:

—Usted tendría que hacerse ver.

—No sé si tendría que hacerme ver —contestó, sorprendido.

—Le aconsejamos que se haga ver —insistió su interlocutor.

Al regresar a Puerto Belgrano, el jefe del Arsenal lo recibió con mal talante:

—Me parece que habló de más en la Escuela de Guerra.

—¿Por qué lo dice? —preguntó.

—Usted planteó un tema que le va a causar algunos inconvenientes —

repuso, mientras le extendía la orden para que se le practicara un estudio psicológico.

En el Hospital Naval le hicieron una serie de tests. Resultado: no estaba enfermo ni padecía trastornos psiquiátricos que lo incapacitaran. Sin embargo, en un oficio confidencial de apenas ochenta palabras le comunicaron que había sido calificado, con profusión de mayúsculas navales, como "no propuesto para función directiva-definitivo" y

"propuesto para permanecer en actividad". Es lo que en la Armada se llama

"un plato". Significaba que su carrera concluiría sin nuevos ascensos porque había quedado "definitivamente excluido del frente de capitanes de corbeta a ser considerados por la Junta de Calificaciones". Acababan de concluir las audiencias públicas del juicio a los ex Comandantes y los jueces estaban valorando las pruebas y elaborando su sentencia.

En la Armada no se preguntan las razones de una decisión superior. Sólo se puede pedir su reconsideración. Scilingo explicó que en sus distintos destinos había merecido buenas calificaciones. Escribió que sus cualidades ético-profesionales, su personalidad, su capacidad como conductor, su desempeño general, y su aptitud psicofísica nunca habían sido objetadas.

Siempre había sido propuesto para el ejercicio del comando, su foja estaba limpia y ni siquiera había recibido observaciones verbales. También trataba de relativizar su diálogo con la plana mayor de la Escuela de Guerra Naval: sus nervios habían sido por falta de descanso, exceso de trabajo como ayudante del jefe de la Casa Militar, la pérdida de su licencia anual y la situación del país y de la Armada a partir de la asunción de las autoridades electas, que no requerían ser explicadas.

Decía que en aquella entrevista se había referido a un problema "atípico"

y "de orden estrictamente personal". Ya estaba superado y no había incidido en su desempeño profesional. En su legajo constaban los exámenes que lo declararon libre de cuentas pendientes con la psiquiatría y la opinión

favorable de sus superiores directos "con respecto a mi aptitud para el comando/función directiva".

Pero ni siquiera en ese oficio burocrático, redactado para implorar la merced de que no truncaran su carrera, pudo omitir las precisiones que espantaban a sus superiores. "Esta situación tenía su origen en un suceso que me ocurriera durante un vuelo que realizara en un avión Skyvan de la Prefectura Naval Argentina en el año 1977 en el que cumpliendo tareas relacionadas con la guerra contra la subversión y mientras la aeronave tenía su compuerta abierta, perdí pie y estuve a punto de caer al vacío, hecho que fue evitado por la rápida intervención de uno de los tripulantes", decía.

Había pasado un mal momento, pero ya estaba repuesto y no volvería a soltar la lengua, ante propios ni extraños, era el mensaje implícito. En tres semanas le llegó la respuesta, aun más breve que la primera notificación: el plato había sido parcialmente reconsiderado. Ahora era "no propuesto para función directiva-temporario". Es decir que no ascendería ese año, pero podría ser considerado al siguiente. No quedaba ninguna duda sobre cuál era el problema que lo había vuelto poco confiable a los ojos de sus superiores.

Pocos días después la Cámara Federal condenó a Videla y Massera a prisión perpetua, inhabilitación absoluta perpetua y destitución, como autores responsables de múltiples homicidios agravados por la indefensión de las víctimas; privaciones ilegales de la libertad, calificadas por amenazas y violencia; tormentos; tormentos seguidos de muerte y robos.

La sentencia describió el "plan criminal" adoptado por los ex Comandantes consistente en "aprehender sospechosos, mantenerlos clandestinamente en cautiverio bajo condiciones inhumanas de vida, someterlos a tormentos con el propósito de obtener información para, por fin, ponerlos a disposición de la Justicia o del Poder Ejecutivo Nacional, o bien, eliminarlos físicamente".

Las defensas de los militares procesados admitieron en los mismos términos del Documento Final la posible comisión de excesos, que justificaron por la existencia de una guerra no convencional. La Cámara Federal les respondió que "la gravedad de la guerrilla y la dificultad de combatirla, no pueden resultar razones atendibles [para] ejecutar actos que significaban absoluto menosprecio a la dignidad humana". Según los jueces

"matar a un enemigo en el campo de batalla y en el fragor de la lucha, no es situación que guarde identidad alguna con la de aplicar crueles tormentos a personas inermes en la tranquilidad y seguridad de cuatro paredes". El tribunal sostuvo que ni la obediencia ciega podía excusar a quienes obedecieron órdenes de ejecutar hechos atroces, cualquiera fuera su jerarquía. "El respeto a la persona del enemigo capturado constituye una regla esencial que no puede estar ausente de la conciencia de ningún militar, y que ha sido consagrada por normas internacionales y de derecho interno".

La justicia castigaba los secuestros, los tormentos y las eliminaciones clandestinas. La Armada reprendía a quien las mencionaba, aun entre camaradas.

Massera debería pasar el resto de sus días en la cárcel y Scilingo podría continuar su carrera porque, una vez más, había recuperado pie antes de caer.

Pero Scilingo volvió a sorprender a sus superiores: en forma voluntaria pidió el pase a retiro. Ya no soportaba el silencio.

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