Eminencia
Capítulo Dos
Depositó el sobre en las manos de Rossini, le juntó las palmas para que no pudiera soltarlo, y luego de un seco buenas noches se marchó del lugar.
Rossini lo siguió con la mirada, cataléptico; luego él también se apresuró a abandonar la sala de conferencias. Su día estaba terminando como había empezado: con una huida despavorida a través de un páramo poblado por los plañideros fantasmas del ayer.
Capítulo Dos
Era más de medianoche cuando Luca Rossini llegó a su apartamento en la via del Governo Vecchio, una calle estrecha a lo largo de la cual se alineaban añejos palacios construidos en el siglo XV, pero convertidos hacía ya mucho tiempo en apartamentos del siglo XX. Alguna vez había sido llamada Camino Papal, porque conducía directamente desde la basílica Laterana a San Pedro, cruzando el Tíber. Ahora los pisos bajos estaban ocupados por talleres y pequeños comercios, y los apartamentos se hallaban habitados por una población de mediana edad perteneciente a la burguesía romana, que maldecía la contaminación de la ciudad pero no tenía suficientes recursos para mudarse de allí.
El apartamento de Rossini ocupaba el cuarto piso, al que se podía llegar trepando por una escalera de piedra o bien subiendo en un antiguo ascensor.
Una pareja española que le había sido recomendada por un embajador saliente, ella ama de llaves y cocinera, él ayuda de cámara y factótum, se ocupaba de las tareas domésticas. Tenían sus propias habitaciones. Eran gente sobria, silenciosa, instruida en los modales castellanos del servicio diplomático, y protectores de un amo taciturno cuyas idas y venidas eran tan misteriosas como su pasado. Sabían que era una eminencia en el Vaticano. Sabían que hablaba el español de Argentina, adonde su padre y su madre habían emigrado desde Nápoles después de la Segunda Guerra Mundial. Sabían que recibía a gente exótica de ambos sexos: chinos, indios, etíopes, ucranianos, indonesios, africanos.
En cuestiones domésticas, Rossini no era un hombre muy exigente. Les hablaba sin alzar la voz y siempre con respeto. Su única exigencia era que observaran lo que él llamaba «la intimidad de la casa». No debían comentar fuera lo que veían u oían mientras hacían su trabajo. No debían cotillear acerca de sus invitados. Roma estaba plagada de grupos terroristas procedentes de distintos países, que eran una amenaza permanente. De su
discreción podía depender la vida de muchos, incluida la de él. ¿Entendían eso? Lo entendían. Gozaban de su confianza, y él, por su parte, les ofrecía una vida confortable dentro de los recursos que le procuraba su cargo.
Cuando llegó a su casa tremendamente cansado ya dormían, pero junto al sillón del salón encontró servida una cena ligera: un termo de café, una licorera con brandy, y bocadillos en una bandeja de plata. Antes de comer fue al dormitorio y se puso un pijama y una bata. Todavía tenía en el bolsillo la carta que le había dado el secretario de Estado. No se tomó el trabajo de leerla pero la llevó consigo al salón y la guardó bajo llave en un cajón de su escritorio. Ya sabía lo que decía, y aquello era la causa del desasosiego que lo había asaltado desde el alba. Encendió el ordenador, abrió la casilla del correo electrónico y fue directo a la carta que esa mañana había recibido de Isabel. Luego se sirvió café y brandy, y se sentó a releer una vez más el texto.
Las cartas de Isabel no eran frecuentes y llegaban a intervalos irregulares, por lo general desde Nueva York: su esposo ocupaba un cargo jerárquico en la ONU, y ella era directora de estudios del Instituto HispanoAmericano. Por muy infrecuentes que fueran, en ellas siempre estaban presentes el fuego y la pasión, y siempre concluían con una sorpresa y una sonrisa.
Mi queridísimo Luca:
A pesar de los años, te echo de menos. En un sentido, mi vida es tranquila, ordenada, gratificante, como parece ser la tuya. Sin embargo, enterrado en las profundidades, hay un río de lava hirviente que fluye y busca sin descanso, en la gruesa corteza de la existencia cotidiana, una grieta o fisura que le permita irrumpir otra vez en mi vida e inundarla.
Hoy ha hecho su aparición una de esas grietas. Mi esposo, Raúl, me dijo que ha sido propuesto para el cargo de embajador ante la Santa Sede.
Es un puesto que preanuncia el retiro, como tú sabes, una recompensa por prestar sus servicios con discreción en épocas turbulentas, antes y después de nuestra desastrosa guerra con los ingleses en las Malvinas.
Para Raúl representa mucho más, algo asi como una absolución pública definitiva por cosas hechas y no hechas en su vida de vacilante arribista. Yo no estoy dispuesta a hacer nada que pueda privarlo de esta pequeña y estéril victoria. Ha sido un buen padre para Luisa, y a mí nunca
me coartó la libertad que yo necesitaba para sobrevivir a la aridez de nuestro matrimonio.
Por lo tanto, casi no pude oponerme aunque traté de aconsejarle que no lo hiciera cuando insistió en incluir en su dossier un relato de lo que hizo para sacarte del país cuando los militares te pusieron en la lista de los que querían que «desaparecieran» debido a todo lo que podías atestiguar contra ellos. Tú y yo sabemos cómo ocurrieron las cosas en realidad, pero cada uno de nosotros, a su modo, accedió a revisar la historia, al menos lo suficiente como para que nuestras vidas nos resultaran tolerables.
Lo que Raúl espera, creo, es que yo intervenga de alguna manera para apoyarlo. La verdad que yo le conté es apenas una verdad a medias: le dije que has estado fuera de mi vida desde que te marchaste de la casa de mi padre y que bajo ninguna circunstancia podía pedirte favores o recomendaciones.
Sin embargo, eso es exactamente lo que estoy haciendo ahora, mi queridísimo Luca. Lo hago por mí, no por él. Si Raúl es destinado a Roma, Luisa y yo iremos con él. Quiero, necesito desesperadamente verte otra vez, y tú, en tus cartas, confiesas sentir la misma necesidad.
El amor es como la pena. Uno tiene que dedicarle todas sus energías.
Nosotros nunca tuvimos la oportunidad. Me gusta la idea de que podamos tenerla antes de que los fuegos ocultos se extingan y nos llegue la edad de hielo de la indiferencia. Así que, si puedes, escribe o di la palabra que nos lleve a Roma, oficialmente y sin escándalo.
No puedo menos que sonreír al pensar en la hermosa comedia romántica en que nos veríamos si yo, como la Señora Embajadora, pudiera agasajar a su Eminencia en nuestra embajada. Lo que suscita otra pregunta: ¿Cómo y dónde me agasajaría su Eminencia?
Todo mi amor, siempre,
Isabel
Las letras de la pantalla empezaron a bailotear ante sus ojos. Las borró.
Luego, como hombre metódico que era, se puso a escribir la respuesta.
Isabel, mi queridísima:
Mi respuesta es sí. Escribiré y diré la palabra que corresponda en el momento que corresponda. Debo decirte, no obstante, que nada sucederá rápidamente. El Pontífice está muy enfermo, y es probable que muera pronto. Hasta que su sucesor sea elegido, no se hará ningún nombramiento.
De modo que, inevitablemente, la historia que esperas montar con la Eminencia y la Dama como protagonistas tendrá que posponerse.
¡Cuánta razón tienes cuando dices que al amor y a la pena hay que dedicarles todas las energías! Tú pareces haber tenido más éxito que yo. Yo pensé que podía lograrlo convirtiéndome en un atleta que maniobra su tabla de surf sobre el torrente de adrenalina de los juegos de poder. He llegado a ser muy bueno en eso, como sabes, pero la disciplina es rígida, la dieta es espartana, y por las noches nadie comparte mi cama.
Hay otro coste, además, que se hace más gravoso cada día. Ya no puedo decir que soy un creyente. Qué ironía, ¿no? Soy uno de los hombres clave de la Iglesia. Soy una figura poderosa en un culto antiguo cuyos rituales practico pero cuya creencia ya no acepto. La gente común se arrodilla para besar mi mano. Para ellos, todavía irradio una cierta magia. Para mí, ya no hay magia alguna. El altar interior está oscuro y vacío.
Por muy extraño que parezca, hay una especie de liberación en ello.
Nadie puede sobornarme o atemorizarme. Aun así, las vívidas imágenes de mis pesadillas, que todavía me pillan desprevenido, me hacen sentir inerme como un niño. Uso tu nombre como un conjuro para desembarazarme de ellas. Tal vez cuando vengas, me ayudarás a purgarlas para siempre.
Me preguntas cuándo y cómo te agasajaré. Tengo el lugar apropiado.
Es pequeño, íntimo, y cada centímetro de tierra, cada planta y cada fruta son míos. Para mí, ha sido como la sagrada isla de Cos, un lugar curativo.
Me sentiré feliz y agradecido de recibirte en su paz.
Es tarde, el Papa se está muriendo. He tenido un largo día. Habrá otros más largos todavía.
Buenas noches, querida, mi muy querida.
Luca
Dejó pasar un buen rato antes de decidirse a transmitir el mensaje. Sabía que ésta era la confesión más descarnada que jamás había hecho, y que si alguna vez se hacía pública equivaldría a una catástrofe. Sin embargo, la necesidad de ponerla en palabras era irresistible. De modo que, ganado por la embriaguez y la temeridad que le infundían las toxinas de la fatiga y la tensión, tecleó el código de transmisión y le dio vía libre.
En el dormitorio papal, el Pontífice yacía todavía pálido e inmóvil. En la nariz tenía tubos que le enviaban oxígeno y en el brazo suero intravenoso. Tenía los ojos en blanco, inexpresivos. Dos hermanas de la
caridad acababan de empezar la guardia nocturna, y el doctor Mottola les estaba dando las últimas instrucciones.
–… ustedes ya tienen experiencia, de modo que no necesitan que les enseñe cómo actuar. En este momento parece estabilizado, aunque en realidad está empeorando. Como ven, lo único que hacemos es administrarle oxígeno e hidratarlo con el suero. No espero ningún cambio importante antes de la mañana. Por supuesto, habrá una acumulación continua de mucosidad en los pulmones porque no puede eliminarla tosiendo. También habrá un exceso de dióxido de carbono que le producirá una típica apnea y la respiración que llamamos de Cheyne-Stoke. Si eso ocurre, llámenme. Estaré aquí en menos de diez minutos. Tranquilas… No verán nada que no hayan visto antes. La muerte no da tregua, ni siquiera a un Papa.
La mayor de las monjas preguntó:
–¿ Qué pasa si hay un derrame?
El médico le dedicó una rápida mirada aprobatoria.
–Usted sí que conoce su trabajo, hermana. Si sobreviene un derrame, no tardará en entrar en estado visiblemente terminal porque la presión de la hemorragia en el cráneo comprimirá el cerebro y desalojará el tejido cerebral de la cavidad craneana. No obstante, no hay indicios significativos de que haya un riesgo inminente de derrame. Mi expectativa es que van a pasar una noche tranquila. Limítense a venir a verlo cada media hora más o menos, y no dejen de registrar su informe cada vez. No ayudará mucho al paciente, pero dejará a salvo nuestra reputación profesional. Recen por él, y por mí.
–Lo haremos, doctor. Buenas noches.
Cuando se hubo retirado, las dos mujeres se instalaron en la antecámara, desde la que podían ver claramente al paciente. Tal como había observado Mottola, eran enfermeras responsables y experimentadas, y habían atendido muchas veces a muchos pacientes moribundos. Aun así eran religiosas, y este acontecimiento que teñiría el resto de sus vidas tenía algo de sobrenatural. El hombre que iba muriendo poco a poco ante sus ojos estaba investido de una imponente serie de títulos: Obispo de Roma, Vicario de Jesucristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Supremo Pontífice de la Iglesia Universal, Patriarca de Occidente, Primado de Italia, Arzobispo y
Metropolitano de la Provincia Romana, Soberano de la Ciudad-Estado del Vaticano.
Los títulos estaban abultados por siglos de mitología, refundidos con historias imperiales, fortalecidos por tradicionales legalizaciones romanas, santificados por perdurables recuerdos de martirios, respaldados por enormes edificios sobre cuyos dinteles había sido grabada en piedra la leyenda: « Tu es Petrus… Tú eres la roca sobre la que se construirá el Reino de Dios…». Todo lo cual quedaba reducido a una simple, funesta ironía: un anciano que agonizaba en un pequeño dormitorio, asistido por dos mujeres que susurraban quedamente en la antecámara.
Tras una discreta llamada a la puerta, Claudio Stagni, ayuda de cámara del Pontífice, entró con una bandeja en la que les traía café y una cena ligera. Era un hombre bajo, rubicundo y jovial, el único, según la leyenda de la corte, capaz de hacer reír al Pontífice, de rescatarlo de sus rabietas y disipar su mal humor. En el pequeño círculo familiar lo llamaban Fígaro, porque mientras trotaba de una tarea a otra, se parodiaba a sí mismo entonando la melodía de Rossini: « Figaro qua, Figaro la, Figaro su, Figaro giú!». Cuando las mujeres le agradecieron la atención y se disculparon por tenerlo levantado hasta tan tarde, se encogió de hombros y sonrió.
–En este trabajo hay que ser una criatura nocturna. Su Santidad trabaja a menudo hasta la madrugada. Necesita café y bocadillos, y de vez en cuando un poco de conversación. Le gusta poner a prueba sus ideas conmigo porque dice que ni siquiera un papa puede ser un héroe para su ayuda de cámara, pero que tiene una probabilidad razonable de hacerse entender por el resto de la Iglesia si logra que yo lo comprenda.
La monja más joven le preguntó:
–¿Cómo es realmente en su intimidad?
Claudio hizo un elocuente gesto de desaprobación.
–¿Cómo es?¿Cómo se convierte una epopeya en un soneto? Ha sido un gran hombre en su tiempo, y además lo ha sido por mucho tiempo. Algunos dirían que demasiado. Pero, para apreciarlo, no puede usted guiarse por lo que ve ahí, en la cama.
–¿Diría usted que fue un santo? – Esta vez fue la mayor de las monjas la que preguntó.
–¿Un santo? – El ayuda de cámara consideró la pregunta con un aire teatral-. Mi querida hermana, no estoy seguro de saber lo que es un santo.
En muchas cosas, él es tan humano como usted y como yo. Tiene un temperamento vivo, que no se ha dulcificado estos últimos años. No le gusta que la gente lo contradiga, pero admira al que está dispuesto a enfrentarse a él en una pelea a muerte. Le gusta el cotilleo, y por esa razón le gusta que yo lo ande rondando; pero está demasiado predispuesto a escuchar a quienes hacen que se sienta bien, porque está muy solo aquí en las alturas, como ustedes mismas han podido comprobar. Cualquier error que cometa está destinado a ser un gran error, con enormes consecuencias.
A pesar de todo eso, es un hombre generoso. Frente a un conflicto cualquiera, escucha a todas las partes, siempre, por supuesto, que la curia le permita oírlas, lo que no siempre ocurre. ¿Un santo? Yo diría que uno tiene que tener algo de santo para sobrellevar una vida como la que él ha vivido.
Recorre el mundo a toda prisa como un tenor en gira, repartiendo sonrisas y bendiciones con las que la gente se regodea, y leyendo discursos escritos por las jerarquías locales que hacen bostezar a la gente. También reza mucho. Solía decir que no habría sobrevivido si Dios no lo hubiese apoyado. Y Dios es muy real para él…
Se interrumpió, y les dedicó a las mujeres una sonrisa conspirativa.
–Otra cosa, hermanas. ¿Por qué no terminan el café mientras yo le doy las buenas noches? Me gustaría hacerlo. Y creo que debería aprovechar para ordenar su armario y separar una muda de ropa de dormir por si ustedes quieren refrescarlo antes de la mañana. Además, eso me hará sentir útil. No es mucho más lo que puedo hacer por él.
Dicho lo cual, se retiró. Cuando desapareció tras la puerta del dormitorio en dirección al armario empotrado del Pontífice, lo perdieron de vista. Pero un momento después alcanzaron a ver cómo hacía un lío con algunas prendas sucias y ponía una pequeña pila de ropas de dormir limpias al pie de la cama. Luego hizo algo curioso y emotivo. Tomó dos pañuelos blancos de la pila de ropa limpia y tocó con ellos la frente del enmudecido Pontífice. Después los llevó hasta donde estaban las monjas y, con una sonrisa compungida, le dio uno a cada una.
–Tengan. Todos sabemos que nunca más va a volver a necesitarlos.
Estoy seguro de que le gustaría darles las gracias por lo que están haciendo por él. Si algún día lo hacen santo, éstas serán reliquias importantes, ¿no es cierto? Y no se sientan mal por aceptarlas. Soy su ayuda de cámara. Yo
mismo se los compré. No creerán que un Papa anda por la via Condotti comprando batista fina, ¿no?
Las dos mujeres estaban profundamente conmovidas. Todavía murmuraban su agradecimiento cuando él les dio las buenas noches y salió silenciosamente de la habitación con el lío de ropa sucia en las manos. No sabían -no podían saberlo- que Claudio Stagni acababa de procurarse una pensión de por vida: tres delgados tomos del diario más privado del Pontífice, que éste tenía por costumbre escribir al final de cada día y mantenía guardados en un cajón, en su vestidor.
Nadie sabía de su existencia a excepción de su fiel ayuda de cámara, confidente y bufón de la corte, quien a menudo había sido el único público a quien llegaban los ásperos comentarios de un hombre cansado a medida que los consignaba sobre el papel. Cuando muriera, estos escritos quedarían inmediatamente bajo la custodia del cardenal camarlengo, quien bien podría decidir enterrarlos por uno o dos siglos en el Archivo Secreto. Mejor, mucho mejor, que Fígaro, el hombre irónico y feliz, el sufrido asistente personal, se los ofreciese al mundo, les agregara el contexto y procedencia, y, a su debido tiempo, escribiese su propia biografía del Pontífice. Ya había suculentas ofertas de contratos de varios medios para cualquier material que él decidiera aportar sobre su vida como asistente personal del Papa, pero, con estos textos en su poder, Fígaro estaba seguro de poder duplicarlas y reduplicarlas, y duplicarlas una vez más, y vivir rico y feliz para siempre.
La pesadilla del cardenal Luca Rossini era siempre igual. Era como si un rollo de un viejo filme mudo se hubiera deslizado en su cráneo y comenzara a proyectarse en las horas más frías y más oscuras de la madrugada. La acción siempre se iniciaba en el mismo escenario: una minúscula ciudad de la precordillera andina, al noroeste de San Miguel de Tucumán.
Había una iglesia, con la casa de los curas, y frente a ella una pequeña plaza con un mercado enmarcado por columnatas donde se intercambiaban cereales, ganado, piezas de alfarería y tejidos por mercancías importadas de Buenos Aires. La población local era un típico cóctel argentino de mediados de los setenta: criollos, inmigrantes legales e ilegales de Chile y Uruguay, mestizos, y lo que quedaba de las tribus incaicas locales, fragmentadas por las políticas de la antigua España imperial.
Los carros de los que allí comerciaban, vehículos grandes y pesados, se alineaban en torno de la plaza, de modo que los que vivían encima de las columnatas tenían una perspectiva como la de quien está en un teatro, y podían ver los pequeños dramas que se representaban en el empedrado de allí abajo. Éste era también el punto de vista desde el que Rossini asistía a la película que se proyectaba en su cabeza. Se veía a sí mismo personificándose en una pantalla muda.
La acción comenzaba con un camión militar entrando en la plaza. Al verlo, los lugareños se quedaron paralizados. Un grupo de soldados saltó del camión y formó en una línea, de cara a la entrada de la iglesia. Los comandaba un sargento, un sujeto corpulento que parecía el forzudo de un circo. Bajó de la cabina del camión y se quedó un buen rato inspeccionando la escena, como un gigante ominoso, golpeando rítmicamente sus pantalones de montar con una fusta.
Luego comenzó un lento recorrido por la plaza mientras el pequeño grupo de hombres, mujeres y niños se apiñaban, enmudecidos, en torno de los carros. Cuando hubo completado el circuito, hizo una seña con la fusta a las tropas, que aguardaban en formación.
Cuatro hombres se adelantaron, dos en cada extremo de la plaza, y comenzaron a desplazarse entre los vendedores, exigiéndoles, siempre con muda ostentación, sus documentos de identidad. Si se demoraban un poco o vacilaban, sus mercancías eran aplastadas o arrojadas al suelo y pisoteadas.
Si alguno protestaba, era inmediatamente derribado de un puñetazo o un culatazo. Los niños eran apartados a bofetadas o puntapiés.
En medio de esta intimidación sistemática, Luca Rossini salió de la iglesia a la carrera y se dirigió hacia ellos. Vestía camisa, pantalones y sandalias. El único símbolo de su condición sacerdotal era un pequeño crucifijo de plata que pendía de su cuello. Aun como testigo del sueño, le impresionaba ver cuán joven era. Lo aterrador era que no podía oír las palabras que gritaba, ni dominar sus fieros ademanes de protesta.
Advertía sin embargo que sus silenciosos gritos provocaban algún efecto. Los soldados se pararon en seco y miraron al sargento, esperando órdenes. El sargento alzó su mano para marcar una pausa, y luego caminó lentamente hacia Rossini, que todavía protestaba con ademanes y movía los labios sin que se le oyera. El sargento sonrió con benevolencia y le cruzó la cara dos veces con la fusta.
Hizo una nueva seña a las tropas y Rossini fue rodeado por una avalancha de hombres armados.
Le rasgaron la parte de atrás de la camisa y le bajaron los pantalones hasta los tobillos de modo que su espalda y sus nalgas quedaron al desnudo.
Le hicieron abrirse de brazos y piernas contra la enorme rueda de madera de uno de los carros y le ataron las muñecas y los tobillos a la llanta y los rayos. Ahora no podía ver nada, excepto algunos adoquines entre los rayos, y unos montones de grano desperdigado y la cara asustada de un niño escondido bajo el carro.
Luego, midiendo y saboreando cada golpe, el sargento comenzó a azotarlo con la fusta. Al principio trató de aguantar en silencio, mordiéndose los labios, pero finalmente aquellos azotes le arrancaron los primeros gritos sordos, y los gritos se convirtieron en gemidos y gruñidos a medida que los golpes seguían castigando su espalda y sus nalgas. En la plaza, la multitud permanecía en silencio. Los que miraban desde las ventanas estaban mudos de miedo y horror. A un cuarto de siglo de distancia, en otra dimensión del tiempo y el espacio, Luca, cardenal Rossini, observaba la despiadada degradación del joven que había sido.
Finalmente la paliza terminó. El sargento enjugó la sangre y los restos de piel de su fusta, y luego dio un paso atrás, para apreciar su faena. Aprobó con un movimiento de cabeza, sonrió, y se volvió para dirigirse a las tropas.
Esta vez las palabras fueron audibles. Fueron dichas en lunfardo, el argot de los bajos fondos de Buenos Aires, que Rossini había aprendido en su infancia.
–¡Ahí tienen! Lo ablandé para ustedes. Está mojadito y caliente. ¿Quién quiere cogerse un cura?
La pantalla fundió a negro y Luca, cardenal Rossini, emergió dificultosamente de la pesadilla para enfrentarse a un gris amanecer romano.
Esa mañana, en Ciudad del Vaticano, había otros que se habían levantado temprano. Los miembros del equipo de la Sala Stampa habían estado levantados toda la noche, escuchando los medios de comunicación de Europa, las Américas y el sureste asiático. Su director, monseñor Domingo Ángel Novalis, estaba en su escritorio a las cinco, resumiendo la información para el secretario de Estado.
Ángel Novalis era un aragonés educado en Madrid, que en su temprana juventud, y con dinero de su familia, se había lanzado a una exitosa carrera como financiero internacional. Se había casado bien. Su esposa, una mujer piadosa, lo había alentado a unirse a la rama laica del Opus Dei. Cuando su esposa y su hijo pequeño murieron, fue acompañado en su dolor por la hermandad de la congregación. Su austeridad y la vida comunitaria elitista y unida que llevaban se ajustaban a sus necesidades. Su filosofía de círculo cerrado acallaba todas las dudas, y el antiguo grito de guerra de los cruzados los había templado para la batalla: « Ut Deus vult! ». ¡Como Dios lo quiera! Al cabo de un año, se postuló, y fue aceptado como candidato al sacerdocio.
Habría descollado en cualquier profesión. En ésta, con un matrimonio y una carrera próspera detrás y una batalla personal ganada, era una joya.
Terminó sus estudios en Roma y fue ordenado allí. Fue encomendado al servicio del Pontífice. Su historia y su manifiesto talento como comunicador hicieron que pronto fuera designado en la Sala Stampa, donde cierta fría ironía sobre el mundo y sus cosas le ganaron, si no afecto, al menos respeto. Su nota al secretario de Estado estaba teñida por la misma ironía:
… Hasta el momento no nos ha ido tan mal con los medios. Hemos pillado desprevenidos a la mayoría de los editores gracias a lo oportuno de nuestro primer comunicado. Tenían pocas posibilidades de reunir material de opinión o de plantear una línea editorial clara. Sin embargo, podemos tener la certeza de que en los próximos días habrá de aparecer material de ese tipo. Los primeros indicadores son los siguientes: Daily Telegraph, de Londres: «El colapso del Pontífice no fue un acontecimiento inesperado. Lo inesperado fue la decisión de tratarlo en su apartamento del Vaticano, en lugar de en la clínica Gemelli, que es donde se le suele internar cuando necesita un tratamiento. Un rumor que circula en Roma -aunque aún no ha sido confirmado por ninguna fuente vaticana-indica que el Pontífice ha sufrido una lesión cerebral tan grave que no es posible, ni deseable, practicarle intervención alguna. Sin embargo, en su actual condición, cada acto médico -la administración de oxígeno, la hidratación por suero intravenoso- equivale a una intervención mayor».
Le Monde, de París: «El mensaje que encierra el comunicado es suficientemente claro. Su Santidad había expresado con anterioridad su
deseo de que no se prolongara oficiosamente su vida. Alguien en el Vaticano está claramente dispuesto a dar testimonio de ello. Lo que no está claro es si en el mismo contexto el Pontífice expresó inequívocamente su deseo de ser relevado de su cargo en caso de que ya no estuviese capacitado para servir a la Iglesia. Si no lo hizo, se plantean otras preguntas: ¿Se puede dar por supuesto su deseo? Si se cuestiona la presunción, ¿quién decide sobre el particular? ¿Y cómo, y en qué forma será depuesto para abrir el camino a un sucesor?…».
New York Times: «… Los médicos y los funcionarios de la curia vaticana están caminando por la cuerda floja, enfrentados a un tema que, aunque afecta al común de los fieles, ellos tienden a desestimar con una incisiva proposición teológica. Se dice que el Papa ha rechazado por adelantado cualquier prolongación de su ya larga vida. Hasta ahora no se ha aportado ninguna prueba documental. El Papa ya no puede expresarse de ninguna manera. Por supuesto, no puede ejercer su cargo. ¿Quién decide por él? ¿Sus médicos o una comisión de la curia? ¿Y cómo juzgarán? ¿Con un criterio teológico rigorista o con un criterio liberal? Ambos están vigentes en la Iglesia de hoy. El Pontífice era, sin duda, rigorista. Forzó los límites de la infalibilidad tanto como pudo, aunque no tanto como para provocar un cisma. De modo que ahora, quis custodiet ipsos custodes?
¿Quién custodiará a los custodios de las puertas, y cómo juzgarán los fieles sus acciones?…».
Con el mayor respeto, Eminencia, sugiero que desde ahora en adelante volvamos al sistema de comunicación habitual. La Sala Stampa redacta los comunicados, los somete a usted para su aprobación, y los da a publicidad a través de sus canales normales. Caminamos por un campo minado, y todavía tenemos que enfrentarnos a la prensa sensacionalista y a los bustos parlantes de la televisión…
Ruego a vuestra Eminencia que me dé instrucciones cuanto antes. Me gustaría redactar el próximo comunicado, tan pronto los médicos hayan entregado su informe matinal.
D. Ángel Novalis
A las seis y media de la mañana, el doctor Mottola y sus dos colegas especialistas examinaron al paciente. Pidieron que se los dejara a solas con él. Las hermanas enfermeras habían ido a tomar café, en tanto que el secretario de Estado y un grupo de prelados de alta jerarquía junto con el
secretario papal y Domingo Ángel Novalis esperaban en el estudio del Pontífice.
–Bien, caballeros -decía el doctor Mottola a sus colegas-, diagnóstico y pronóstico. Debemos usar los términos más sencillos que podamos. Los caballeros de la otra habitación están en la parrilla y nos necesitan para que bajemos la temperatura del fuego. Han incorporado al círculo a Ángel Novalis. Él encontrará las palabras apropiadas para lo que nosotros digamos. Usted primero, Ernesto.
El doctor Ernesto Cattaldo se encogió de hombros con resignación.
–Lo que usted ve. Coma profundo, mirada fija, carencia de sensaciones.
No puede tragar, su respiración es débil y espasmódica, con episodios de apnea que se harán más frecuentes. No puede toser para eliminar el catarro de los pulmones. yo lo consideraría terminal.
–¿Piero?
Gheddo, el cardiólogo, fue más cortante.
–Coincido con que es terminal, pero el deterioro es más gradual que lo que uno habría esperado. Podría durar unos días todavía. Sugeriría que la Sala Stampa dotara de cierta flexibilidad a su prosa: «La vida del Santo Padre está fluyendo apaciblemente hacia su conclusión». Algo por el estilo.
–Pronóstico negativo, entonces. ¿Cuál sería el tratamiento?
El doctor Gheddo se encogió de hombros.
–Dígales la verdad, aunque no necesariamente toda. Estamos administrando oxígeno, que aún no es suficiente para equilibrar los niveles de dióxido de carbono en la sangre. Lo estamos hidratando lo suficiente para evitar que se consuma. No lo estamos alimentando.
–Andamos pisando huevos. – El doctor Mottola expresaba sus reservas.
–De ninguna manera. – La réplica del neurólogo fue áspera-. Estamos describiendo un tratamiento ético normal. Lo que nos interesa es el paciente, no la prensa ni la curia romana.
–Yo creo -dijo el doctor Mottola juiciosamente- que se trata más bien de ayudarles a encontrar las palabras que cuadren con las circunstancias y con sus conciencias. ¡Cuento con el respaldo de ustedes para eso, caballeros!
–No necesitamos más que unas pocas frases acertadas -dijo Gheddo-.
«Intervención limitada», «atención escrupulosa para el consuelo y la dignidad de un hombre agonizante». Esos muchachos están aún menos dispuestos que nosotros a discutir sobre principios éticos.
–¿Estamos listos, entonces? – preguntó el doctor Mottola.
–Más listos que nunca -dijo el doctor Gheddo, con resignación-.
¡Cristianos arrojados a los leones! Hagámoslo de una vez.
Cuando comprobaron lo poco que se esperaba de ellos quedaron sorprendidos. La media docena de prelados de alto rango reunidos en la habitación los recibió con un tenue saludo. El camarlengo presentó a monseñor Ángel Novalis, quien a su debido tiempo les pediría las correspondientes aclaraciones a los informes médicos que se incluirían en los comunicados matutinos para los medios de todo el mundo. Le pidió al doctor Mottola que expusiera el informe en términos simples, no clínicos.
El doctor Mottola resumió la conclusión a la que había llegado con la ayuda de sus distinguidos colegas. Luego esperó. El primero en responder fue Ángel Novalis, que no era un aprendiz en su profesión. Estaba de buen humor, y fue directo al nudo de la cuestión.
–Gracias, caballeros. Permítame resumir lo que acaba de decir para asegurarme de que lo he entendido. Primero, el Santo Padre está agonizando. Se supone que el final está próximo. Le están dando oxígeno e hidratación. Su cuerpo no puede asimilar más que eso, porque sus funciones se están deteriorando. ¿Es así?
–Es así -dijo el doctor Mottola.
–¿Y sus colegas coinciden?
–Coinciden.
–¿Seguirán ustedes atendiendo al Pontífice hasta su fallecimiento?
–Si el cardenal camarlengo así lo dispone, por supuesto.
–Una pregunta entonces para todos ustedes, caballeros. Los tratamientos aplicados, que usted acaba de describir, ¿continúan en este momento?
–Sí.
–¿Han interrumpido algún tratamiento por alguna razón?
–No.
–¿Usted recomendaría algún tratamiento que actualmente no se esté aplicando?
–No.
–¿Ha recibido alguna invitación de los medios para comentar este caso?
Los tres médicos se miraron. El doctor Mottola vaciló un momento antes de responder.
–Me han hecho preguntas, sí. No puedo responder por mis colegas.
Cattaldo y Gheddo asintieron con la cabeza pero no dijeron nada. El sereno inquisidor continuó.
–Estoy seguro, caballeros, de que sus respuestas fueron respetuosas con la relación médico-paciente, y con la relación médico-familia que hay entre ustedes y todos los miembros de la casa papal.
–Eso se sobreentiende -dijo el doctor Mottola.
–Me pregunto, por lo tanto -el doctor Cattaldo estaba enfadado-, qué necesidad había de mencionarlo.
–Por favor. – Ángel Novalis recuperó inmediatamente toda su diplomacia-. Por favor, no se ofenda. Estoy expresando una advertencia, nada más. Mis colegas y yo batallamos todos los días con gente de los medios de comunicación de todo el mundo. Son propensos a elaborar titulares a partir de las frases más fragmentarias. Su respuesta más simple a cualquier pregunta es que no puede hacer comentarios sobre el caso.
–Eso también puede crear problemas.
–Admita, doctor, que nosotros estamos mejor equipados que ustedes para prevenirlos y resolverlos. Yo no intentaría ni por un momento invadir su campo profesional, pero en mi propia área me considero bastante experto. Estoy seguro, por ejemplo, de que en los próximos días los medios de comunicación ofrecerán a usted y a sus colegas importantes sumas de dinero para que hagan declaraciones a los diarios o concedan entrevistas a la televisión sobre los últimos días de Su Santidad. Cuando las rechacen, y estoy seguro de que ustedes obrarán de ese modo, es probable que los inviten a contestar algunas preguntas aparentemente inocentes. Les aconsejo que se nieguen.
Un ligero murmullo de aprobación circuló entre los prelados presentes.
Aprobaban a este hombre. No tenía pelos en la lengua. Parecía bailar con soltura por entre las trampas cazabobos. Ángel Novalis recogió sus notas y abandonó la habitación. El cardenal camarlengo improvisó un pequeño discurso para salvar las apariencias.
–Antes de que se vayan, caballeros, quisiera expresarles, en mi nombre y en el de todos los miembros de la curia, nuestro agradecimiento por la atención que le están brindando al Santo Padre. Sabemos que seguirán junto a él hasta el final, que ojalá, rezamos por ello, no se demore demasiado.
Se acercó a ellos, los acompañó hasta la puerta, les estrechó la mano uno por uno y regresó en un santiamén de nuevo a la asamblea. Su imagen
era la de un hombre que acababa de sacarse un gran peso de encima.
–Y bien, hermanos, estamos perdiendo a nuestro Padre. Creo que ninguno de nosotros guarda recelo porque haya que liberarlo de las responsabilidades de su servicio a la Iglesia. A mí me corresponde, como jefe de su casa, hacer los preparativos que conllevará su defunción y luego asumir el gobierno de la Iglesia mientras la Sede esté vacante. Hay mucho que hacer. Me gustaría contar con el permiso de ustedes para empezar a trabajar ya mismo. Placetne fratres? ¿Están de acuerdo, hermanos?
– Placet.
La tradicional fórmula recorrió como una ola la pequeña asamblea. Con esto, todos podían estar de acuerdo. Fueran cuales fuesen sus rivalidades y discordias, la comunidad del pueblo de Dios continuaba en Cristo.
Luca Rossini se había eximido de asistir a la reunión que se había llevado a cabo por la mañana temprano en el Vaticano. El secretario de Estado le había aconsejado que se llamara a silencio. No era fácil permanecer callado en una asamblea de cardenales de la curia que asistían a la agonía de su Supremo Pastor, hacían los preparativos para las exequias que seguirían a su fallecimiento, esperaban la elección de su sucesor y se preguntaban qué pasaría cuando, como lo exigía la costumbre, renunciaran a sus cargos y aguardaran a que el nuevo pontífice los redistribuyera.
Tenía poco que aportar a sus discusiones en torno del protocolo y los procedimientos a seguir. Ellos eran el gabinete íntimo. Él había sido siempre un jinete destinado a las comarcas más lejanas, un emisario que llegaba a las avanzadas de la Cristiandad. Estaba más expuesto que cualquiera de sus eminentes colegas a los cortantes vientos del cambio. En el Sacro Colegio Cardenalicio tenía adversarios poderosos y pocos abogados defensores y le faltaba paciencia para aplacar a los hostiles y cultivar a los que lo ayudaban.
Pronto su amo estaría muerto. El hombre que había usado el poder de su cargo para salvar un cuerpo y un espíritu estragados se ausentaría para siempre. Cuando llegara ese momento, Luca Rossini estaría solo. Lo tenían por un cardenal, un puntal, alguien ante quien se abrían las puertas del poder. Pronto podría convertirse en el puntal de una puerta que se abría hacia la nada. Él también tendría que renunciar al oscuro cargo que detentaba y jurar fidelidad y obediencia a un nuevo Obispo de Roma, un nuevo sucesor del apóstol Pedro. ¿Estaba preparado para ello? Más allá de
cuestiones éticas o morales, ¿estaba dispuesto a aceptar los beneficios de un cargo, y a usarlos sin culpa ni remordimiento para sus propios fines, con independencia de cómo se definiesen esos fines? Alguna vez había creído que la definición era fácil. Su primer consejero médico era quien se la había dado: «Buscará reparación, justicia, retribución. Nunca se sentirá plenamente satisfecho. Querrá vengarse de los impíos y de los piadosos que colaboraron con ellos. Reclamará venganza como quien reclama un derecho…».
En su primera audiencia en Roma, el Pontífice, que se convertiría en su patrono y protector, le había propuesto otra definición: «… Estás surcado de cicatrices. Estás amargado. Estás enfadado. Si yo estuviera en tu lugar, sentiría lo mismo. De alguna manera estoy en tu lugar, porque fui yo quien nombró a los prelados que, con su silencio o su connivencia, permitieron que ocurrieran estas atrocidades. Debido a que ellos se quedaron mudos, nosotros, aquí en Roma, nos volvimos ciegos y sordos. Me avergüenzo por eso. Me avergüenzo de que se haya podido pensar que aprobábamos las muchas barbaridades que se cometieron, fuese por ignorancia culpable o por el falso oportunismo que nos induce a hacer pactos con el mal. De modo que lleva tus cicatrices con orgullo. ¡Conserva tu cólera, pero aprende a perdonar! Medita todos los días sobre las palabras de nuestro Salvador en lo más álgido de su agonía: “Padre, perdónalos. No saben lo que hacen”.
Tampoco olvides que este hombre era el mismo que irrumpió en el templo y expulsó de allí a latigazos a los mercaderes y los usureros que profanaban la casa de Dios… No cambiarás el mundo ni te cambiarás a ti mismo de la noche a la mañana, pero tienes que intentarlo, tienes que intentarlo todos los días, y yo te daré trabajo para que despliegues tu fuerza y engrandezcas tu espíritu…»
Había aceptado el consejo de buena fe. Había ejecutado con energía y buen criterio las tareas que le habían encomendado. Había aceptado las promociones para las que lo habían propuesto porque, aunque no curaban ninguna herida, le daban poder. No tardó en aprender a usarlo con circunspección, consciente de los abusos que él mismo había padecido. Lo último que quería era crear tiranías para su beneficio.
Cuando intervenía en una causa contra un clérigo o una institución del clero, evaluaba con escrupulosidad todas las pruebas. Ejercía la máxima tolerancia que el sentido común permitía, pero una vez que se emitía un
fallo era tan firme y preciso como un cirujano cuando extirpa un tumor maligno.
Esta disciplina draconiana, y el secreto en el que se le permitía aplicarla, lo habían elevado a las empinadas pendientes por las que había ido ascendiendo en su carrera. Esta misma disciplina era la que lo había despojado, gota a gota, de los últimos restos de pasión que nutrían su vida, dejándolo reseco y vacío, como un viajero perdido que camina en círculos por el desierto.
Había visto cómo esto les ocurría a otros, mayores y más prudentes que él. Atrapados por sus carreras, carentes de la voluntad o del incentivo para apartarse de ellas, siempre protegidos, renuncia ban a todos los riesgos y se rendían a una escéptica conformidad, en su credo y en su conducta. En los primeros e iracundos tiempos, se había burlado de ellos. Ahora era él el que estaba frente a la elección que a ellos se les había presentado en algún momento de sus vidas: «Si no soportas el calor, vete de la cocina. Si todavía quieres usar el gorro de chef, manténte a unos pasos del horno y limítate a lamer las cucharas para probar lo que los verdaderos cocineros han guisado…». Ahora él mismo se enfrentaba a la misma funesta proposición:
«Si te quedas, haz a un lado el honor hasta que la máscara que usas se convierta en tu propia cara. O renuncia, y retírate para convertirte en un don nadie de ninguna parte».
La idea trajo consigo los terrores de su pesadilla. Los apartó de su mente, pidió el café de la mañana y luego encendió el ordenador para examinar lo que le había llegado en el correo electrónico de la noche.
Había cartas de Manila y Yakarta, de Taiwan y Tailandia, de Shanghai y Bombay. Todas ellas versaban sobre temas explosivos de los dominios menos conocidos de la Iglesia, adonde había sido enviado o convocado para mediar en conflictos o establecer diálogos constructivos. En esto descollaba. Sus cicatrices eran el pasaporte para ingresar a los territorios menos amistosos, incluso en el de los ancianos de Beijing, que habían sobrevivido a la Revolución Cultural. Una curiosa masonería unía a los mártires políticos. Había lazos tácitos y perennes entre las víctimas del potro de tormentos y los inquisidores que los habían puesto allí.
Jugó con este pensamiento mientras revisaba la correspondencia.
Recordó cómo se había descrito a sí mismo el apóstol Pablo en su epístola a los efesios: «Pablo, el prisionero de Jesucristo… un prisionero en el Señor».
Para Luca Rossini la frase tenía un deje amargo. A diferencia de Pablo, a él no le quedaba fervor, apenas una inveterada convicción de que la simple decencia le exigía terminar el trabajo que tenía entre manos.
Estaba por apagar la máquina cuando apareció en la pantalla la carta de Isabel. El encabezamiento indicaba que había sido enviada desde Nueva York a las 2.15 horas. Miró su reloj. En Roma eran las 8.20 horas. La transmisión había sido inmediata. El tono de la carta era urgente, casi perentorio.
Mi queridísimo Luca:
Como ves es tarde para mí, pero al menos puedo estar sola y tranquila.
Mi esposo está pasando dos días en Washington. No obstante, le conté por teléfono la noticia de que estás dispuesto a recomendar su nombramiento en su momento. Se alegró muchísimo, por supuesto, y me ha pedido que te comunique su agradecimiento. Él te escribirá personalmente a su debido tiempo pero, como hombre prudente que es, considera que en este momento cualquier correspondencia sería inoportuna.
En cambio a mí me pareció el momento oportuno para pedirle su aprobación para que Luisa y yo viajemos de inmediato a Roma y nos quedemos allí el tiempo suficiente para mostrar una presencia familiar no oficial ante los diplomáticos argentinos, y en las exequias del actual Pontífice y la investidura del nuevo. También le dije a Raúl que esto sería provechoso para Luisa, como una forma de ponerse en relación con los círculos diplomáticos. Él piensa que ésa también es una excelente idea.
Puesto que ha mantenido desde hace bastante tiempo una amante en Nueva York, no sentirá demasiado la falta de las comodidades domésticas.
¿Por qué hago esto? Soy hija de mi padre. Tú sabes qué poco me gustan la pompa y las ceremonias.
Voy para verte a ti, Luca. He estado desesperada de preocupación desde que leí tu carta. Te he visto pasar por todos los estados de ánimo. Te tuve en mis brazos cuando llorabas como un niño. He visto cómo la rabia despertaba tus instintos asesinos. Yo, tu Isabel, te enseñé a convertir la rabia en pasión y saciarla en mi cuerpo en noches que recordaré mientras viva. Yo hice que tu corazón volviera a abrirse al amor. No puedo soportar verlo otra vez encerrado en esta calma glacial.
La calma no durará. No puede durar. O bien el Luca que yo conozco se marchitará y morirá de frío, o bien estallará como los volcanes de Islandia
y se hará pedazos. Así pues, te guste o no, estoy yendo. Esta mañana voy a hacer los últimos preparativos. Tengo que llegar ya, antes de que te internes en el cónclave para elegir Papa. ¿Y si te eligen a ti y ya no puedes escapar nunca más de tu casa-prisión? Ésa sí que sería una pesadilla, ¿no?
No me escribas. Yo me pondré en contacto contigo en cuanto lleguemos.
Un ruego especial: guarda un poco de atención para mi hija.
Es una joven hermosa y está muy interesada por conocer a este hombre importante al que su madre y su abuelo rescataron de los salvajes militares.
Espéranos muy pronto.
Todo mi amor, siempre,
Isabel
Se echó hacia atrás en la silla, bebió lentamente el café y contempló el texto en la pantalla. Sonrió, reprendiéndose a sí mismo por su propio autoengaño. Ésta era la visita con la que tan a menudo había soñado, y ahora, aunque inconscientemente, se las había ingeniado para que ocurriera.
No había nada exagerado en los recuerdos que Isabel tenía de él, como no lo había en los que él tenía de ella. Era una mujer demasiado abierta y recta para tolerar las verdades a medias del tipo de las que él, como clérigo célibe y encumbrado, solía emplear en su vida social. Todo lo que ella reivindicaba haber hecho por él lo había hecho.
Todavía quedaban cosas por contar. Incluso había omisiones en la última versión de los hechos, que le había facilitado Carlos Menéndez, el padre de Isabel.
–Como sabes, estoy a cargo de una operación importante de prospección para Petróleo Occidental. Nuestro campamento base está en la montaña pero yo tengo un apartamento en la plaza, de los que están construidos sobre las columnatas. A veces Isabel viene de Buenos Aires a quedarse conmigo. Se casó con Raúl hace poco más de un año, pero la luna de miel terminó hace mucho. Él ha sido siempre ambicioso, siempre un esnob. Isabel desprecia profundamente su babosa defensa de los militares que, Dios lo sabe, son una pandilla de lo peor. yo mismo he sido ingeniero militar, con el rango de mayor. Pero pedí el retiro para ingresar en Petróleo Occidental. De todos modos, estoy en la reserva, y siempre tengo un uniforme a mano. Es útil cuando mandan a los milicos a meterle miedo a la gente del lugar. Ocurrió que Isabel y yo estábamos en el apartamento
cuando los militares llegaron a la ciudad. Vimos cómo te colgaban. Vimos la paliza desde el principio.
–¿Y dejaron que siguiera?
–Sólo una parte. yo conocía a aquel sargento. Era un animal, un sádico peligroso. Era muy capaz de ordenarle a sus hombres que dispararan sobre la gente que estaba en la plaza. Le di a Isabel mi rifle y le pedí que tuviera al sargento en la mira mientras yo me ponía el uniforme y me colgaba un arma al cinto. Sabía que sobrevivirías a una paliza, pero nadie sobrevive a una bala en la cabeza.
–Pero, por Dios, Carlos, esa paliza duró mucho.
–Mucho o poco, para cuando yo estaba listo para intervenir ya había terminado y el sargento estaba desafiando a sus muchachos a sodomizarte.
–Hasta ahí recuerdo. En ese momento me desvanecí.
–¿Isabel no te contó lo que pasó después?
–En pequeñas dosis, como si me diera una medicina. Dijo que tú me contarías todo más adelante.
–Es lo que estoy haciendo… Los soldados no se movieron. El sargento se echó a reír y dijo que les enseñaría cómo hacerlo. Empezó a desabotonarse los pantalones de montar. Bajé la escalera a la carrera.
Cuando pisé la plaza, lo vi haciendo exhibición de su pene ante la tropa. En el momento en que se volvía para violarte, Isabel disparó y le voló la cabeza. Mientras la tropa seguía allí, asombrada y desprevenida, disparé dos tiros al aire y les pegué un grito de advertencia. Cuando vieron el uniforme, obedecieron. Les ordené que echaran el cuerpo del sargento al camión y que se largaran a su cuartel. En cuanto se fueron, te desaté. La gente me ayudó a llevarte hasta el apartamento. Isabel curó tus heridas lo mejor que pudo.
Yollamé al comandante militar de Tucumán. Le advertí que estaba en graves problemas, problemas con la Junta y con la Iglesia, a la que la Junta estaba cortejando como a una novia virgen. Le había enviado de vuelta a sus tropas con un cuerpo para enterrar. Le dije que lo enterrara rápido y bien hondo. Luego hice dos llamadas, una a nuestro campamento base para que me enviaran un helicóptero con nuestro médico de campaña, la otra a un amigo mío que tiene una gran estancia en el norte de Córdoba. Allí fue donde te llevamos. Isabel se quedó contigo. yo volví a Tucumán, y luego seguí a Buenos Aires para negociar con la Junta y conseguir el apoyo del cardenal arzobispo y el nuncio apostólico. La compañía también ayudó,
pero fueron la s seis semanas más duras de mi vida. El marido de Isabel se portó como un inútil. Al final llegamos a un acuerdo. yo volaría a Buenos Aires y te entregaría al nuncio apostólico, quien te pondría de inmediato en un avión con destino a Roma. Yo retornaría a mi trabajo. Isabel volvería con su esposo. Sin publicidad. Sin comentarios. Caso cerrado. ¿Hay algo más que quieras saber antes de dejar Argentina?
–¿Cómo te sientes por lo que hubo entre Isabel y yo?
–Ella te hizo bien. Tú, de alguna extraña manera, le hiciste bien a ella.
Me hizo feliz comprobar que disfrutasteis estando juntos. Tú eres mucho mejor que el payaso con el que se casó.
–¿Por qué se casó con él?
–Era mercancía de primera: familia de prosapia, bien educado, buenas maneras, todas las muchachas lo codiciaban; así que Isabel tenía que tenerlo. Y bien, lo tuvo. Un hombre hueco como una calabaza vacía, pero que sigue teniendo el aspecto de la fruta fresca en el frutero.
–¿Por qué no lo deja?
–Lo ha pensado más de una vez. Ahora no puede, al menos por un tiempo.
–¿Por qué no?
–¡Usa la cabeza, hombre! No tienes idea de lo que costó negociar una salida de este desastre. Isabel tiene que hacer buena letra. Su marido no tiene influencia en la Junta pero el padre de él sí, y sería un enemigo peligroso… Ésa es una razón de peso para que yo quiera que te vayas y desaparezcas de su vida.
–¿Hay otras razones?
–Varias.
–¡Quiero saberlas!
–Eres sacerdote. Contigo no tiene futuro.
–No ha quedado mucho del sacerdote.
–También puede haberse perdido algo del hombre. Lleva mucho tiempo recuperarse de la experiencia de la tortura y de la degradación que ella trae consigo. Por eso es un arma tan poderosa en política. Es demasiado pronto para saber cómo saldrás de todo esto. Si quieres que sea franco, lo seré. No quiero que Isabel represente el papel de enfermera-criada de un lisiado moral. Uno de los dos ya es más que suficiente para cualquier mujer.
–¿Qué será de ella ahora?