Eminencia

Morris West · Capítulo 7 de 16

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Eminencia

Capítulo Seis

Esa tarde se retiró de su oficina temprano. Todavía dominado por aquel oscuro sentimiento de ira, necesitaba el aire libre, y sentir en torno a sí la presión de la gente común y sin responsabilidades. Decidió ir a su casa caminando: cruzó el puente de Sant' Angelo y las viejas calles que se extienden más allá del Lungotevere Tor de Roma, las mismas en las que los banqueros de otros tiempos habían ejercido su oficio.

A medida que caminaba, la nube que envolvía su espíritu comenzó a disiparse y se sintió invadido por una creciente sensación de liberación.

Ahora la verdad había salido a la luz. Su confesión al secretario de Estado había sido un acto necesario de purificación. El secretario, como buen diplomático, lo había advertido, y le había pedido que postergara cualquier decisión definitiva. Incluso había pergeñado una pieza casuística muy conveniente para salvar las apariencias por Rossini, y para quedar en paz con su propia conciencia. Había una cierta caridad en ello, que Rossini apreciaba tanto más en la medida en que brillaba por su ausencia en hombres como Aquino.

Rossini se preguntaba -y no era la primera vez- por qué tantos prelados, hombres buenos y liberales en su juventud, se convertían en tiranos cuando eran promovidos a cargos encumbrados. Era como si súbitamente se sintieran llamados a alterar la totalidad del orden de cosas de la humanidad para reemplazarlo por un artefacto teológico, en lugar de recurrir a una renovada inyección de caridad. Cuando llegó a la mitad del puente, se detuvo, se inclinó sobre la balaustrada de piedra y se quedó mirando fijamente las turbias aguas del Tíber.

Recordó otra confesión que había hecho muchos años antes, en su primera entrevista con el difunto Pontífice. El anciano lo había sometido a un duro acoso, poniéndolo en apuros, de pronto de un lado, de pronto del otro, como un perro pastor que trata de hacer regresar al redil a un cordero extraviado.

–¿Qué sientes por el hombre que te azotó?

–Era un salvaje, un sádico. Me alegra que esté muerto.

–¿Lo has perdonado?

–Esa gracia todavía no me ha sido concedida, Santidad. Aborrezco todo lo que él representa en mi país: las atrocidades que están siendo planeadas y

cometidas día tras día por hombres importantes, y por otros que no lo son.

Odio, sí, odio el silencio y la connivencia de aquellos que se llaman a sí mismos sacerdotes y obispos. Me pregunto qué piensa Su Santidad de todo esto, porque no oímos lo que dice.

–Estás perdiendo el control, muchacho.

–Perdí mi juventud cuando me ataron a esa rueda.

–¿Y tu inocencia, hijo? ¿Cuándo la perdiste?

–Del mismo modo que muchos de mis hermanos sacerdotes. La perdí en el silencio de nuestros obispos y en el silencio de Roma. Hubo tortura y asesinatos, Santidad, y todo se hizo en silencio. No entendíamos eso. Yo todavía no lo entiendo. Ésa es otra de las cosas que me resulta difícil perdonar. Fue una mujer la que mató a mi torturador. Se necesitaron semanas de negociación para que el emisario de Su Santidad interviniese.

–Mientras tanto, tú te habías involucrado en una relación adúltera con esa misma mujer, la señora de Ortega.

–Una mujer a quien recuerdo con amor y gratitud.

–¿No ves nada pecaminoso en eso?

–Mis pecados son míos, Santidad. yo era un hombre destrozado. Isabel me recompuso, fragmento por fragmento. Arriesgó su vida para hacerlo.

–¿Está fuera de tu vida ahora?

–No. Nunca lo estará. La recuerdo todos los días, en mi misa.

–¿Sigues siendo creyente entonces? Sigues siendo sacerdote.

–Ejerzo mi sacerdocio en público. Rezo pidiendo un poco de luz en medio de la oscuridad. Lucho todo el día, y todos los días, con mis dudas sobre esta Iglesia nuestra.

–Eres un joven muy difícil.

–He sobrevivido a tiempos difíciles, Santidad. Otros no tuvieron tanta suerte.

–Otra gente me teme. Tú te sientas ahí como un joven Lucifer y me desafías.

–No lo desafío, Santidad; pero no le tengo miedo. Me resulta más fácil entenderle a usted que a muchos de los que hablan con su autoridad. Sé que está tratando de ser amable conmigo, pero…

–¡No me lo estás poniendo fácil, hijo!

–¡Por favor, Santidad! Trate de entender. Usted está sentado aquí, como monarca indiscutido de su propio reino, apoyado por la lealtad de los fieles

de todo el mundo. Yo acabo de llegar de un campo de batalla en el que sus ministros y su pueblo, hombres y mujeres, sucumben en una tierra ensangrentada. Sólo pueden apostar a la supervivencia. La política del gobierno tremendamente represiva, maldito sea el vencido. Las palabras del Evangelio que más se escuchan son: Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Fue una mujer quién me respondió en nombre de Dios, Santidad. La he abandonado y ella todavía corre peligro. Estoy avergonzado por el silencio de aquellos que se presentan como los defensores de la fe pero no son capaces de alzar la voz para proteger al rebaño… Le pido perdón, Santidad. La ira todavía me domina. He dicho demasiado. Pido su venia para retirarme.

–¡Aún no, Luca! Soportémonos un rato más. Quiero hablarte de tu futuro…

La conversación que había empezado ese día se prolongó durante años, a medida que el Pontífice lo iba preparando para los más altos cargos y lo atraía lentamente a su círculo íntimo. La relación entre ellos era una paradoja que el cotilleo vaticano adornaba con otras contradicciones.

Mientras Su Santidad, como su tocayo Pablo, se entregaba a espectaculares viajes por el mundo, Rossini fue puesto bajo la tutela de la Secretaría de Estado y se le impuso la obligación de cursar estudios suplementarios en el Biblicum, la Universidad Gregoriana y la Propaganda Fide. Fue una terapia dura, que no le dio tiempo para rumiar, y mucho menos para que pensara en orientar su vida hacia la libre elección de una nueva vocación.

Lentamente al principio, y luego con más rapidez, comenzaron los cambios. Rossini se convirtió entonces en el viajero y el Pontífice dedicó algo más de tiempo a la instrucción y la disciplina dentro de la Iglesia. Les dispensó más confianza y apoyo a los teólogos rigoristas y a los disciplinarios de la línea dura de la curia. Al mismo tiempo recurrió a Rossini para pedirle sus interpretaciones personales acerca de un mundo que, con el paso de los años, se le iba tornando cada vez menos accesible, cada vez menos hospitalario.

Como era de suponer, esto suscitó críticas y celos, que Rossini ignoró cuidadosamente. No tenía talento para la sociabilidad, y no le gustaban los conciliábulos y las conspiraciones. Había tenido más que suficiente de aquello en su propio país. Si se sentía solo, nunca lo admitió. Siempre fue independiente viviendo peligrosamente entre el Todopoderoso y el sucesor

de Pedro y de todos los tronos, dominios y potestades de la Iglesia del siglo XX.

Los discursos y escritos del Pontífice eran redactados por los teólogos más conservadores, y había un esfuerzo concertado por extender la autoridad de su magisterio y sofocar el debate sobre sus conclusiones.

Había poca compasión en el tono jurídico que los distinguía. En lugar de unir a la Iglesia de los peregrinos, provocaban un efecto de extrañamiento.

Las expresiones de disentimiento de los miembros del clero eran duramente reprimidas. El disenso de los laicos era ignorado, de modo que éstos, sabiendo que la autoridad no los tenía en cuenta, dejaban de acudir a su dominio.

Rossini, por su parte, no se quedaba callado con su patrón. Resistía como una roca las oleadas de ira que lo invadían, y, como mucho, la dejaba en suspenso cuando una orden directa le obligaba a obedecer. Su argumento era siempre el mismo:

–Sé que usted quiere ser el Buen Pastor, y cuando toma contacto con su pueblo, ellos lo aman; pero cuando escribe, es como un juez pronunciando un veredicto. Casi se puede oír el golpe seco del sello sobre el pergamino:

«¡Hela ahí! Ésa es la verdad, pura e incorrupta. ¡Que se la traguen, o se atraganten con ella!». La vida no funciona así, Santidad. La gente no está hecha de ese modo. Lo mejor que pueden hacer está muy lejos de la perfección, y necesitan ser tratados con paciencia y dulzura, aun para llegar adonde llegan…

–¿Me estás diciendo que debería diluir la verdad?

–Le estoy pidiendo a Su Santidad que tenga en cuenta cómo transmitió sus enseñanzas Nuestro Señor: mediante historias y parábolas que echaban raíces y crecían lentamente en las mentes y los corazones de la gente. Él sólo maldijo a los hipócritas y a los que se creían moralmente superiores.

–¿Ahora pretendes enseñarle al Papa?

–Soy un hijo de la casa, Santidad. Reivindico el derecho de ser oído en ella, y ésa es otra advertencia que no dejo de repetir. Las hijas de la casa también han sido ignoradas durante demasiado tiempo. Ellas sostienen las vigas de nuestro mundo y sin embargo tienen pocas voces y ningún voto en la asamblea de los fieles. Sin su presencia, somos pobres.

–Eso es terreno trillado, Luca. No volveré a discutirlo contigo.

–Es terreno que no le pertenece, Santidad, aunque en este momento usted reclame su control.

–Y tú no cedes terreno en absoluto, ¿verdad, Luca?

–El pequeño territorio en que hago pie fue comprado con sangre. No estoy dispuesto a rendirlo, ni siquiera ante usted.

Muchas veces, después de aquellos intercambios, se había figurado que lo exiliarían a alguna región remota en la periferia de la cristiandad.

Muchos de sus colegas querían que se fuera. Sus misiones lo mantenían suficientemente alejado de Roma lo bastante a menudo como para que la curia pudiese tolerar su existencia. Sin embargo, cada vez que regresaba, el Pontífice lo recibía como a un hijo pródigo y pasaba mucho tiempo con él, tiempo que los otros consideraban, con cierta razón, que les era debido a ellos. Pocos días antes de su colapso final, había hecho una confesión conmovedora.

–Has sido un buen hijo para mí, Luca, aunque a menudo has hecho que me enfadara. Soy un viejo terco. Se supone que desde mi sitial en la colina vaticana veo el mundo entero, y todos los planes que Dios tiene para él, con la sencillez y la claridad de uno de esos libros de imágenes para niños. Sin embargo tú, mi díscolo Luca, me has mostrado cosas con las que nunca había soñado. Me has mostrado el rostro de Dios, aun en los templos de los extranjeros.

–No estoy seguro de entender qué me quiere decir, Santidad.

–Tú mismo me hiciste reparar en ello: en la sagrada isla de Delos, donde los visitantes acudían desde todos los rincones del Mediterráneo para tomar parte en los juegos délicos, se construían altares en los que cada pueblo podía adorar a sus propios dioses en paz. Pensé en eso a menudo cuando medité en el texto de san Pablo acerca del Dios desconocido.

Cuanto más viejo me hago, Luca, más lamento todo el encarnizado esfuerzo y todo el tiempo que he dedicado a crear una Iglesia conformada. Reprimí las voces liberales y las que disentían. Encumbré en el poder a hombres ciegos y designé a sordos para que mediaran ante las peticiones de la gente.

Al final, tal como me lo advertiste a menudo, he fracasado. La gente se cansó de ser amonestada, aplastada por absolutistas en un universo todavía inacabado. De modo que optaron simplemente por abandonar la discusión y se alejaron de la familia. Se refugiaron en el Dios que todavía habita en ellos y que, ellos lo saben, todavía habita instintivamente en los templos de

los extranjeros. ¡Ya no los veré volver, Luca! Tendré mucho que explicar cuando me llegue el momento del juicio.

–Todos los días rezamos para que nuestros pecados nos sean perdonados, Santidad. Tenemos que creer que nuestro fin será un regreso al hogar, no una sesión con los torturadores.

–¿Realmente crees eso, Luca?

–Si así no fuera, Santidad, creo que no podría soportar el caos de este mundo sangriento ni la presencia del monstruo que le dio el ser.

–Hasta este momento, nunca había entendido por qué estabas tan enfadado conmigo. Perdóname, hijo mío, y reza por mí.

Rossini todavía recordaba el frío silencio que sobrevino y la sombría tristeza de la última confidencia que habían compartido.

Echó una última mirada a las aguas grises que se arremolinaban en los cimientos del puente, y luego reanudó la caminata rumbo a su casa. Ahora comprendía más claramente el significado del diario robado. Era el libro íntimo de un hombre viejo, triste y solitario, a quien se le estaba acabando el tiempo, cuya familia, profundamente dividida, estaba dispersa por todo el planeta, y cuyo obispado pronto le sería asignado a otro.

A una manzana de su apartamento Rossini se permitió una pequeña indulgencia romana: una visita a la barbería para un corte de pelo, un afeitado y una manicura. Era un pequeño placer sensual y una gran concesión a su propia vanidad masculina. Después de todos estos años, no podía, no debía presentarse ante Isabel acicalado a medias. Además, había otras razones. Todavía era temprano y estaba nervioso como un gato sobre un tejado de cinc caliente. El cotilleo de Darío, el barbero, sería una grata diversión. Llegaba siempre a modo de un torrente ruidoso y continuo.

Cubría la zona ribereña y los callejones, y la alta sociedad y la baja sociedad de la ciudad desde la colina del Quirinal hasta la colina vaticana, y la última tanda de asesinatos en la Via Salaria. Cuando la sesión hubo terminado, Rossini estaba del todo sedado y su cabeza, atestada de banalidades romanas, a punto de estallar. Ya en su casa, se bañó y se vistió con ropas informales; luego un taxi lo llevó al Grand Hotel.

Apenas acababa de entrar al vestíbulo, una mujer joven cuya apariencia le resultaba vagamente familiar le salió al encuentro.

–Disculpe, eminencia, ¿es usted el cardenal Rossini?

–Lo soy.

–Soy Steffi Guillermin, corresponsal de Le Monde en Roma. Acabo de entrevistar a uno de sus colegas, el cardenal Molyneux, de Montreal. A usted lo he reconocido por las fotos que tengo en mi archivo.

–Me halaga, señorita. En este momento la ciudad está llena de gente como yo.

–Bueno, como todos los periodistas, soy una oportunista. Me gustaría concertar una entrevista con usted.

–En otro momento, tal vez.

–¿Cómo me pongo en contacto con usted?

–Llame a la Secretaría de Estado. Ellos la pondrán en contacto conmigo.

–Necesitaría una hora de su tiempo, si es posible.

–En mi oficina le dirán de cuánto tiempo dispongo.

–Gracias, eminencia.

–Ahora, con su permiso, señorita.

Lo observó mientras se desplazaba briosamente hacia el mostrador del conserje. Vio cómo el conserje levantaba el aparato y hablaba brevemente por teléfono, y luego le indicaba a Rossini el ascensor. Cuando la puerta se cerró tras él, Steffi Guillermin se acercó velozmente al mostrador y deslizó un billete de cincuenta mil liras por debajo del registro de huéspedes. Desde que estaba en Roma, había encontrado un montón de buenas historias allí.

Había logrado que los nativos fueran amistosos. Le dijeron que la persona eminente estaba cenando en la suite número treinta y ocho del tercer piso con una dama argentina, la señora Isabel Ortega.

Antes de tocar el timbre de la suite, tuvo un momento de pánico. Hubo una larga pausa antes de que Isabel abriera la puerta y lo hiciera pasar a la sala. Un momento después, ella estaba en sus brazos y el tiempo se detuvo mientras se abrazaban, se besaban, se reconocían y lloraban en silencio, embargados por un sentimiento de mudo asombro. El tiempo recomenzó cuando él la apartó, estirando los brazos sin soltarla, y dijo simplemente:

–Había olvidado lo hermosa que eres.

–Y tú, mi Luca, estás espléndido.

Sólo en ese momento él atinó a preguntar:

–¿Dónde está Luisa?

–En su dormitorio. La llamaré cuando estemos listos.

–No dejaba de preguntarme cómo sería el momento en que nos volviéramos a ver así, cara a cara.

–Yo sabía exactamente cómo sería. – Lo besó otra vez y le limpió una marca de pintalabios que le había quedado en la boca-. Luisa beberá una copa con nosotros, y luego un joven muy presentable de la embajada la llevará a cenar.

–Me preguntaba cómo ibas a arreglar eso.

–¿Alguna vez te decepcioné?

–Nunca. Mi temor era que yo pudiera decepcionarte a ti.

–Sírvete una copa. Voy a llamar a Luisa. Tiene su propia habitación al final del corredor. Necesita preservar su intimidad tanto como yo necesito preservar la mía.

Cuando ella lo dejó solo, fue hasta el bar, se sirvió un brandy con soda e hizo un brindis silencioso por aquella belleza apasionada y de ojos oscuros a la que los años apenas habían rozado veteando de gris aquel cabello negro como el azabache, y que todavía mantenía el fuego en los ojos y el surco de la risa en torno de los labios. La sencillez del encuentro después de tantos años tenía algo de milagroso, aun cuando Isabel había confesado alegremente sus artimañas. Para él era como si una nueva luna surcara el cielo: al menos por esta noche, todos los temores guardarían descanso, todos los misterios se desvanecerían. Mañana sería otro día. La irrupción de Isabel con su hija le deparó una nueva sorpresa: Luisa Ortega era una réplica asombrosa de la joven Isabel, a quien había visto por primera vez cuando despertó en el dormitorio de ella, después de la paliza que le habían propinado en la plaza del pueblo. Miró a una y a otra, buscando a tientas las palabras.

–No puedo creerlo, eres tan parecida a tu madre. Me alegro mucho de conocerte, Luisa.

Le tendió la mano. Ella inclinó la cabeza y se dispuso a besársela a la antigua usanza.

–Me siento honrada, eminencia.

Él rechazó el gesto y la hizo ponerse de pie con una sonrisa.

–Esta noche, jovencita, no soy una eminencia. Soy Luca, un viejo amigo de tu madre.

–Espero que también lo sea de mí.

–¡Cómo podríamos no ser amigos!

–¿Cómo lo llamo, entonces?

–A menos que tu madre tenga alguna objeción, ¿por qué no Luca?

–Pero sólo en privado -dijo Isabel-. En sociedad, él es siempre eminencia.

–¡Mamá! A veces eres tan estirada…

–Tu padre puede ser aún peor, bien lo sabes. ¿Puedo beber un vaso de vino blanco, Luca?

–Y para mi un Campari con soda, por favor.

Rossini sirvió las bebidas y se las ofreció. Luego propuso un brindis.

–¡Por las amigas de mi corazón, demasiado tiempo ausentes!

Chocaron las copas y bebieron. Luisa lo desafió, sonriente:

–Uno de estos días, Luca, quiero oír tu versión sobre cómo tú y mi madre os conocisteis. Cada cual parece tener un texto diferente. Estoy realmente muy confundida.

–Es una larga historia, la dejaremos para otro día. Tu caballero llegará en cualquier momento. A propósito, ¿quién es?

–Todavía no lo conozco. Se llama Miguel Alamino. Mamá pudo conseguirlo para librarse de mí mientras estás aquí. Su padre es el primer secretario de la embajada argentina, un gran amigo de papá.

–¿Adónde piensa llevarte?.

–A un lugar llamado Piccolo Mondo. ¿Lo conoces?

–Lo conozco. Aunque no puedo darme el lujo de comer allí muy a menudo. Te gustará.

–Creí que todos los cardenales eran ricos. ¿Acaso no los llaman príncipes de la Iglesia?

Estaba empezando a provocarlo, y a él le complacía seguirle el juego.

–Muy pocos de ellos son ricos en estos tiempos. En cuanto a lo de príncipes, es una noción anticuada, pero algunos todavía se aferran a ella.

–¿Y tú?

–¿Parezco un príncipe, Luisa?

–Mamá piensa que sí.

–¿Y tú qué piensas?

–Me reservo la opinión hasta que te conozca mejor. Por el momento, estoy impresionada.

–Yo también estoy impresionado. Eres una joven muy hermosa. Tu madre y tu padre deben de estar muy orgullosos de ti.

–Papá está orgulloso. Mamá intenta convertirme en una erudita y una dama. Yo quiero ser pintora. Estudio en la Escuela de Bellas Artes de

Nueva York, pero lo que tranquiliza a mamá es que además estoy trabajando como restauradora en el Metropolitan. Quiere que sea una mujer independiente.

–Ella siempre ha sido una mujer independiente.

–¿Crees que podría ir a ver cómo trabajan los restauradores en el Museo del Vaticano?

–Estoy seguro de que puedo conseguirte esa visita. Deberías ir a Florencia también.

Sonó el teléfono. Luisa se puso al aparato. Un momento después anunció:

–Mi cita me aguarda en el vestíbulo. No me esperes levantada, mamá. Y

tú, Luca, no dejes que se acueste demasiado tarde. No ha estado bien últimamente y el cruce del Atlántico no la ha ayudado.

Besó a su madre y sorprendió a Rossini con un abrazo rápido y una petición halagadora.

–Espero que encuentres algo de tiempo para mí también mientras estemos en Roma.

–Será un placer. Es probable que no tenga demasiado tiempo libre antes del cónclave, pero después sin duda lo tendré.

–¡Bien! Te tomo la palabra. Ahora deseadme suerte. Odio las citas a ciegas, pero una chica tiene que empezar por algún lado cuando llega a una gran ciudad. Y recordad que esto lo estoy haciendo por los dos.

Cuando la puerta se cerró tras ella, Isabel se echó a reír.

–Bueno, has hecho otra conquista. Me alegro. No tenía la menor idea de cómo podíais caeros mutuamente. Sírveme otra copa, por favor, y relajémonos un poco. Nos traerán la cena a las nueve. He elegido un menú sencillo, así no tendremos a los camareros brincando de aquí para allá.

–¡Me alegra tanto que estés aquí! – Le alcanzó el vino y se sentó frente a ella, ante una mesa pequeña y baja-. Estoy más nervioso que un estudiante. No sé cómo ni por dónde empezar.

–¿Recuerdas el juego al que solíamos jugar cuando estabas enfermo?

«¿Pasado, presente o futuro?»

–Lo recuerdo bien. Primero, dejemos el pasado a un lado.

La frase pareció perturbarla. Su sonrisa se desvaneció. Sacudió la cabeza.

–Eso no es tan fácil como tú crees, mi amor.

–Perdóname. Ha sido una expresión torpe.

–Estás perdonado. Los dos hemos estado haciendo un largo viaje, separados por océanos. Hay que acarrear un equipaje terriblemente pesado, y la mayor parte es mío.

–Muy bien, hagámonos cargo. Tu matrimonio parece haber durado.

–Para lo que fue, y cuándo y dónde fue, ha durado bastante bien. Nos permitió atravesar épocas muy peligrosas. Fui una joven impulsiva y ambiciosa que pretendía tener todas las cosas buenas de la vida apenas las veía. Raúl era un hombre guapo y débil, con poco talento, mucho dinero familiar, y un padre poderoso y lo suficientemente listo para sobrevivir a sus compañeros de generalato en los desastres de Malvinas, e incluso en las secuelas de las atrocidades. En Argentina nos mantuvimos juntos porque juntos estábamos a salvo. Para la época en que fuimos destinados a Estados Unidos, Raúl había aprendido de su padre lo suficiente para convertirse en un hombre útil e insignificante entre los burócratas. Yo le enseñé lo suficiente para mantener la casa de un diplomático y para poder darle una educación civilizada a Luisa. Logré hacer mi propia carrera de estudios hispanoamericanos y conservar las amistades que me mantuvieron, ¿cómo decirlo?, emocionalmente estable. Fue un matrimonio de conveniencia que, de alguna manera, funcionó. Mi padre fue una gran ayuda en todo esto. Él era un cínico a la antigua usanza que me enseñó a no esperar nunca demasiado de las relaciones humanas. Tú, mi amor, fuieste la única indulgencia que él me aprobó, y cuando supo que tu estrella comenzaba a brillaren el firmamento de Roma, lo tomó como un elogio a s propio buen criterio. Él fue quien me ayudó con Luisa mientras Raúl hacía sus incursiones por Nueva York, Washintong y París.

–Es una joven hermosa y admirable. Deberías estar muy orgullosa de ella.

–Lo estoy. Ahora cuéntame cosas de ti. Tus cartas fueron acontecimientos en mi vida. Sin embargo, no me contabas nada que yo ya no supiera: tú me amabas, yo te amaba. No olvides que no empezamos a escribirnos hasta que yo me mudé a Nueva York con Raúl. En la Argentina de los malos tiempos escribir cartas era peligroso…

–Ni siquiera cuando llegaron los buenos tiempos encontré las palabras adecuadas. – Le dedicó una pequeña sonrisa cargada de vergüenza-. No te

enseñan a escribir canciones de amor en la Secretaria de Estado. ¡Mis actas, por otra parte, son sumamente elogiadas por su concisión y exactitud!

–Aun así, he conservado todas tus cartas.

–¿Te parece prudente?

–¿Acaso he sido prudente alguna vez en mi vida, Luca?

–Entonces puedo confesar que yo he conservado las tuyas.

–Ahora cuéntame cómo fueron las cosas cuando llegaste a Roma por primera vez.

–Aquél era otro Luca Rossini, el que tenía marcas en la espalda y un sabor amargo en la boca. Había sido un buen sacerdote; sencillo, pero bueno. Creía que había oído la llamada y que la había contestado. Me preocupaba por mi gente, y traté de protegerla, pero fracasé. Después, cuando comprendí cuán profundamente todos nosotros habíamos sido traicionados, la ira se apoderó de mí hasta el punto de que habría podido matar. Hubo momentos en que pensé que estaba un poco loco.

–Recuerdo esos momentos. Te cuidé mientras pasabas por algunos de los peores…

–Hiciste más que eso. Mantuviste vivo a otro Luca, el más elemental, el que todavía tenía telarañas de sueños en la cabeza. Pusiste tu sello en él: tu sabor, tu tacto, tu perfume, que olía a azahar. Cuando ese Luca fue separado de ti y llevado a Roma, era frágil, débil e inseguro como un animal herido en una jungla de depredadores exóticos. El que mantenía el control en ese momento era el otro Luca. El que comenzó una vendetta contra todos aquellos a quienes veía implicados en las conspiraciones de la opresión.

Todavía hay demasiados de ellos en la Iglesia. Ese Luca todavía no estaba armado para una guerra abierta, de modo que optó por campañas de obstrucción, de bloqueo, de desafío. Debido a que todavía estaba un poco loco, y a que aún no comprendía del todo lo que le estaba pasando, sobrevivió. Fue protegido por el propio Pontífice. Debido a que no buscó esa protección y se negó a negociar por ella, era respetado, y a veces temido.

–¿Y el otro Luca, el que tenía impreso mi sello?

–Al principio fue una suerte de espectro pálido que vivía de recuerdos cada vez más desteñidos: el recuerdo de una cama de amantes, de unos padres muertos mucho tiempo atrás, de lealtades vecinales, de tempranas

confianzas. Algunas veces, cuando me miraba al espejo, veía a este Luca y lloraba por él, y ansiaba recuperar el amor que había perdido.

–¿Y yo? ¿Nunca estuve ahí, con el Luca vengador?

–¡Oh, sí, tú estabas ahí! Eras la Isabel que le enseñó a no desperdiciar nunca una bala en un combate ni una palabra en una discusión. Le enseñaste a inclinar la cabeza y decir suavemente: «¡Como su eminencia quiera!». Le enseñaste los usos del poder. Le diste el don del silencio. Lo convenciste de que nunca debía permitir que su paz dependiese de las bocas ajenas.

–¿No hubo otras mujeres en tu vida, Luca?

–Ni antes ni después de ti. Lo único que lamento es no haber sido lo suficientemente audaz para arrancarte de esa vida y unirnos a la guerrilla. –

Sonrió y desplegó las manos en un gesto de derrota-. Menos mal que no lo intenté. Estoy seguro de que habría hecho algo mal, y estaríamos muertos desde hace mucho.

–Probablemente ahora lo harías mejor.

Fue un comentario provocativo. Prefirió dejarlo pasar.

–Hablaremos de eso mañana.

–¿Qué pasará mañana?

–Voy a llevarte a pasar el día a un lugar que es sólo mío.

–¿El que mencionabas en tu carta?

–El mismo. Tendrás que vestirse con ropas de campo. Tomarás un taxi y vendrás a mi casa, y desde allí yo te llevaré al campo en mi coche, y pasaremos el día trabajando en el jardín. Beberemos vino. Te prepararé un almuerzo y nadie en el mundo sabrá dónde estamos. Te traeré de regreso antes de que el tránsito se ponga demasiado pesado. ¿Cómo te suena eso?

–Me suena maravilloso. Pero ¿qué haremos con Luisa?

–Dame dos minutos y le organizaré algo que le alegrará el día.

Fue hasta el teléfono y marcó el número de Piers Hallett.

–¿Piers? Luca Rossini.

–Mi eminente amigo. Te he llamado un par de veces pero no estabas.

Quería darte las gracias por la cena, y por tu invitación a fastidiarte en el cónclave. Acepto con alegría. Estaré esperando tus instrucciones.

–¡Magnífico! Ahora quisiera pedirte que hagas algo muy especial por mí.

–Lo que sea, amigo mío.

–Llama al Grand Hotel a primera hora de la mañana. Pregunta por la señorita Luisa Ortega. Dile que yo te he designado para que le muestres el Museo Vaticano, y en particular la sección en la que trabajan los restauradores. Después invítala a comer a algún 1ugar alegre en el Trastevere, alquila una carrozza, y acompáñala de regreso al Grand, como corresponde.

–Todo esto, espero, con cargo a tu cuenta.

–Por supuesto. Si no tienes efectivo, llama a mi oficina, pregunta por Rodrigo, y dile que te adelante la cantidad que necesites.

–¡Por favor! Estaba bromeando. Ando muy bien de efectivo en este momento: por fin un cheque del Connoisseur. ¿A qué hora me sugieres que la llame?.

–A las ocho, no más tarde. Y decide tú mismo cómo venir a buscarla. Si quiere llevar a un amigo, ocúpate también de él. Si se echa atrás, trata de no sentirte demasiado dolido.

–¿Tú dónde estarás?

–En el campo, con su madre.

–Disfrútalo, eminencia. ¡Disfrútalo! Quién sabe qué plagas pueden asolarnos después del cónclave. Ciao!

Rossini colgó y se volvió hacia Isabel.

–Listo. Todo arreglado.

–¿Quién es Piers?

–Piers Hallett, nada menos que un monseñor. Es un erudito inglés que trabaja en la biblioteca del Vaticano y que demostrará ser, te lo aseguro, un guía turístico de lo más divertido e instructivo para tu Luisa. Antes de irme le escribiré una breve nota explicativa que el conserje le dará esta noche cuando vaya a recoger la llave. Si tiene otros planes, como enamorarse locamente de Miguel como se llame, puede llevarlo, o cancelar la cita con Hallett. No tiene ninguna importancia.

–A mí me parece -Isabel se burló de él con delicadeza- que tú has pensado bastante en esta visita.

–Tuve que hacerlo. El secretario de Estado me había programado una reunión con un grupo de cardenales mayores que no tienen derecho a voto pero quieren que los conclavistas sepan lo que piensan.

–¿Y qué excusa le diste al secretario de Estado?.

–La verdad. Él sabe que estás en la ciudad. Y sabe que estoy desesperado por estar contigo. Me autorizó a que mañana tuviera el día libre.

Isabel frunció el entrecejo y sacudió la cabeza.

–Si esto significa lo que creo que significa, entonces tú y yo somos un secreto a voces en Roma.

–Lo hemos sido por muchos años, mi amor. En realidad, desde que llegué a Roma. Quien me trajo, si lo recuerdas, fue el nuncio apostólico, que ahora es el cardenal Aquino. Era uña y carne con la Junta. Se aseguró de que cada circunstancia sospechosa relacionada conmigo quedara registrada, y cada suposición quedara convertida en un hecho conocido. Fui interrogado por el mismísimo Pontífice.

–¿Y le hablaste de lo nuestro?

–¡No! Me habló él.

–¿Y tú qué dijiste?

–Que me salvaste la vida. Que fuimos amantes. Y que te amaría todos los días de mi vida.

–Así que él te convirtió en una persona encumbrada, para que purgaras tus demonios desde la cima de una montaña.

–Más bien al contrario, creo. Me utilizó para purgar sus propios demonios.

–¿Sabes lo que pienso, Luca?

–¿Qué?

–Tú y yo todavía somos peones en este juego de silencios.

–¿Me responderías una pregunta?

–Si puedo…

–Fue mi colega Aquino quien me la suscitó. Sugirió que tú estabas de alguna manera vinculada con las Madres de la Plaza de Mayo, que están ahora aquí en Roma, tratando de plantear una acusación contra él.

–¿Y tú qué le dijiste?

–Le dije que te lo preguntaría.

–Entonces, cuando vuelvas a verlo -una llamarada de ira encendió sus ojos oscuros-, ¡dile que se vaya al infierno!

–Con muchísimo gusto, señora.

Sonó el timbre de la puerta. Rossini se puso de pie para ir a abrir. Un camarero y un mayordomo entraron con una mesa con ruedas para disponer

la comida y servir el vino. Isabel se metió en el dormitorio mientras Rossini esperaba en la sala, hablando con el mayordomo sobre la comida, el talento del chef que la había preparado y las virtudes del vino, procedente de una muy noble bodega de los alrededores de Montepulciano.

Finalmente se sentaron a la mesa, ya solos, los platos calientes humeando en el hornillo, y el vino color rubí en las copas. Isabel había recuperado la calma y Rossini se aplicó en entretenerla.

–El vino que beberás mañana es mucho más basto que éste, pero va muy bien con lo que cocino.

–¿Eres buen cocinero, Luca?

–Dentro de ciertos límites, sí. Sopa, pasta, ensaladas, paella, ragout, carne a la parrilla, ese tipo de cosas.

–¿Invitas a mucha gente a tu casa de campo?

–Serás mi primera visita desde que la construí.

Ella le dedicó una mirada extraña e inquisitiva y una vaga sonrisa.

–¿Debo sentirme honrada o atemorizada?

–Espero que te sientas bienvenida y cómoda. Debes entender algo, mi amor. Este lugar es mi ermita, la madriguera en la que me resguardo de las guerras del mundo. Nadie entra en ella, salvo el granjero de la zona y su esposa, que me la mantienen limpia y ordenada.

–Por el modo en que lo dices, podría estar invadiendo un altar.

–No. Tú siempre has estado allí. He vivido todos estos años sin ti y, sin embargo, al dormirme y al despertarme te he llevado conmigo como si fueras mi propia piel.

–No tenía idea de que mi Luca era un poeta. – Lo dijo con sencillez, como si tuviera miedo de darle demasiada importancia a las palabras.

Él respondió con la misma espontaneidad.

–No lo soy realmente. Las canciones que te canto son todas prestadas, pero en el jardín de mi ermita suenan dulces.

–Estoy orgullosa de que me ames tanto, Luca. No puedo decirte lo feliz que me hace mi amor por ti. Es tu soledad lo que me atemoriza, creo.

–No debería ser así. Mi vida exterior es activa y variada. En mi vida secreta he tenido algunos momentos malos pero, desde que supe que venías, he llegado a un lugar extraño y apacible. El aire es frío, pero no hay viento y el mar está en calma, iluminado por la luna. Siento que es un regalo que

me ha sido dado para ayudarme a reflexionar sobre mi futuro y a tomar una decisión al respecto.

–¿Qué decisión, Luca?

–Permanecer en la Iglesia o apartarme de ella.

–¡Luca! No hablas en serio. – Había un deje de pánico en su voz. Bajó el tenedor con un repiqueteo-. Ésa es una decisión muy importante para un hombre como tú. ¡Dios quiera que yo no sea parte de ella!

–Tú eres parte de todo lo que soy, de todo lo que hago. Eso es algo que los dos sabemos y a lo que ninguno de los dos puede sustraerse. Pero ésta es una experiencia personal que me atañe sólo a mí. Tengo que decidir si, aquí y ahora, o la próxima semana, o el mes que viene, soy sinceramente un creyente. Me siento curiosamente distendido acerca de lo que, al final, puede ser una pérdida devastadora. Piers Hallett me dice que los ingleses tienen un dicho: «Dios le hace más suave el viento al cordero esquilado».

Ni siquiera puedo rezar por esto. Me limito a esperar.

–Yo rezaré por ti, mi amor.

–¿Sigues creyendo, a pesar de todo?

–A causa de todo, probablemente. Peleo como un viejo conquistador, abriéndome camino a manotazos hacia lo que quiero, pero siempre con la Iglesia a mis espaldas para iluminarme. Tú eres diferente. Te tragas toda la bilis y esperas…

–Como tú me enseñaste.

–O como tú interpretaste mis lecciones. ¿Quién sabe? En todo caso, hay cosas que tengo que contarte. No iba a hacerlo esta noche pero ¿por qué dejarlas para mañana? Quiero disfrutar de tu ermita.

–Puedes contarme lo que quieras en el momento que quieras.

–Ése es el problema. No hay demasiado tiempo. Estás a punto de recluirte en el cónclave. Yo no puedo quedarme en Roma indefinidamente.

Y sí, tengo trabajo que hacer para las Madres de la Plaza de Mayo. Hay pruebas de que la mayor parte de los archivos acerca de los

«desaparecidos» fueron enviados a España para mantenerlos fuera del alcance de futuros investigadores. Sin embargo, algunos fueron copiados por manos amigas y enviados a Suiza. Mientras estés en el cónclave viajaré a Lugano con dos de las mujeres para verificar su contenido. Puesto que fui una persona protegida en los malos tiempos, siento que ésta es una manera de saldar mi deuda. Hay otra cosa más, pero puede esperar. – Cambió de

tema bruscamente-. Voy a servir el segundo plato. No deberíamos dejar que la comida se enfríe.

–Es una comida muy buena. – Rossini se acomodó rápidamente a su cambio de humor-. Serás una espléndida embajadora.

–Honestamente, Luca, ¿crees que hay alguna posibilidad de que Raúl sea designado? ¿El Vaticano aceptará su nominación?

–Depende exclusivamente del nuevo Pontífice.

–¿Qué dijiste tú acerca de Raúl?

–Le di una aprobación con reservas. Es un hombre que no podría hacer mucho daño. No podríamos contar con él para que nos hiciera algún gran servicio, si es que alguna vez lo necesitáramos.

–¿No estuviste tentado de mejorar tu informe, por mí?

–Un poco tentado, sí. Pero soy lo bastante cínico para saber que estratagemas como ésa, a la larga, nunca dan resultado.

Ella le puso el plato delante y volvió a ocupar su lugar. Comieron un rato en silencio. Luego Isabel dijo con calma:

–Aun en el caso de que Raúl obtuviera el nombramiento, yo no vendría con él.

–Pero en tu carta dijiste…

–La escribí mientras esperaba el informe de una tomografía computarizada que me había indicado el especialista. Tengo cáncer de huesos, Luca, una invasión importante. Cuando vuelva, quieren que me interne en el hospital para seguir un tratamiento. Pero ya me advirtieron que el pronóstico es negativo.

En un primer momento, él se quedó mirándola fijamente, enmudecido por el impacto. Luego no encontró palabras que no fueran pura banalidad.

–¡Dios mío! Cuánto lo lamento.

–¡No lo lamentes, Luca! Yo, como tú, he llegado a cierto lugar, y allí también está tu amor.

El dolor estuvo a punto de asfixiarlo. Isabel se inclinó sobre la mesa, le aprisionó las manos entre las suyas y no se las soltó hasta que la rabia cedió y él se entregó a un llanto silencioso. Finalmente se tranquilizó lo suficiente para preguntar:

–¿Tu marido lo sabe?

–Sí. Se está haciendo a la idea a su manera. Será generoso en todo, pero no se involucrará personalmente. Seguirá haciendo la vida que hace

siempre.

–¿Y Luisa?

–Todavía no lo sabe todo. Cree que mi internamiento en el hospital es para que me hagan otras pruebas. He tratado de ahorrarle lo peor para que pueda disfrutar de sus vacaciones.

–¿Puedo ayudar de alguna manera? Siento que no te sirvo para nada.

–¡Ni se te ocurra pensarlo! De alguna extraña manera, nos hemos completado el uno al otro. Y tal vez haya algo que puedas hacer por Luisa.

–Todo lo que esté a mi alcance. Ya lo sabes.

–Lo sé. Pero hablaremos de eso después de la cena. Ahora quiero terminar esta comida que encargué tan cuidadosamente. Nos dedicaremos a Luisa durante el café. Así que por el momento no se hable más de mis cosas. Dime qué piensas que ocurrirá en el cónclave.

Una vez más, aunque sentía que se le rompía el corazón por ella y por él mismo, se rindió ante sus deseos y habló sosegadamente sobre lo que ocurriría cuando los hombres clave se reunieran para elegir al nuevo Pontífice.

Eran casi las diez y media cuando el camarero se llevó la mesa con ruedas. Isabel se veía cansada. Rossini le dijo que se marcharía al cabo de quince minutos. Ella no quiso saber nada.

–¡Por favor, Luca! Conozco esa expresión. Te estás cerrando.

–¡No contigo, amor mío! No pienses eso. He vivido durante mucho tiempo detrás de una fachada y carezco de las palabras del habla cotidiana.

No sé exactamente en qué momento el roce de una mano puede ser una molestia en lugar de un consuelo. Pero, por favor, créeme cuando te digo que jamás me he cerrado contigo.

–Entonces déjame hablar. Tengo otras cosas que decirte.

–Te escucho.

Ella dejó la taza, cruzó las manos sobre el regazo, respiró profundamente para darse fuerzas y luego le dijo:

–Luisa es hija tuya, Luca.

Fue entonces cuando ella comprendió lo que los años espartanos le habían hecho. No hubo el más mínimo parpadeo de sorpresa en sus ojos, pero sus facciones enjutas se congelaron bajo la máscara del depredador.

Cuando habló, su voz era suave como el frufrú de la seda.

–¡Bueno, éste es un regalo que no esperaba!

–¿Realmente es un regalo, Luca? Otro en tu situación lo consideraría una copa de veneno.

Él la observó en silencio y con el mismo tono suave le dijo:

–Creo que nunca te dije esto, pero los momentos más difíciles que pasé cuando era un sacerdote joven eran las ocasiones en las que sostenía a un bebé en brazos sobre la pila bautismal y comprendía que había renunciado para siempre al derecho a la paternidad. Te estoy diciendo la verdad, me has hecho un regalo. El problema es que reacciono con mucha torpeza. ¿Luisa sabe que soy su padre?

–No.

–¿Lo sabe Raúl?

–No.

–Hagamos una pausa. Esta noche te visito, soy un antiguo amante, sí, pero un amante constante; recordamos los momentos de felicidad, celebramos el vínculo que nos ha mantenido unidos. De pronto abres una caja mágica y de ella brota este gran secreto. Tienes una enfermedad terminal. Yo tengo una hija que es toda una mujer.

–Reflexioné mucho antes de tomar la decisión de decírtelo.

–Te agradezco que confíes en mi -dijo Luca Rossini-. Pero jamás habría imaginado que me quedaría sin palabras. Soy un hombre cautivo. ¿Qué puedo ofrecerte salvo un amor inútil? ¿Qué puedo ofrecerle a Luisa? Ella no me agradecerá que invada su vida, ni te agradecerá a ti que hagas vacilar sus cimientos. ¿Me equivoco?

–Durante años me pregunté si debía contártelo. Respetaba tu derecho y el de ella a vivir en la ignorancia.

–Pero ahora has cambiado de idea.

–Es lo que ocurre cuando te leen tu sentencia de muerte. Me falló el coraje. Ya no podía cargar yo sola con el secreto. Por eso te planteo ahora la cuestión. ¿Luisa debería saberlo?.

–No lo sé. – respondió Luca Rossini-. Sinceramente no lo sé. De todas maneras, estoy seguro de una cosa: si va a saberlo, deberíamos decírselo los dos juntos. – De pronto soltó una risita seca y forzada, vomo burlándose de sí mismo. Luego alargó una mano para tocarle la mejilla y se dijo con firmeza-: Ahora, ¿por qué no vuelves a empezar y me explicas este anticuado libreto del que nada me has contado en todos estos años?

–Creo que una copa ayudaría.

–Sírveme una a mí también, por favor, pero que sea sólo agua mineral.

Necesito estar muy sobrio para esta función. y, por favor, siéntate frente a mí, así puedo mirarte a los ojos.

–¿Por qué? ¿No me crees?

–Oh, claro que te creo. Pero quiero leer tu cara a medida que me lo cuentas. ¿No entiendes? Acabas de donarme una hija del amor. Es una experiencia extraña. Habría sido más fácil en los viejos tiempos, cuando los prelados fundaban vastas familias y les procuraban una vida llena de riquezas o les concertaban a sus hijos casamientos con miembros de la nobleza.

La tensión de su rostro se aflojó en una sonrisa burlona. Isabel le sonrió sin convicción.

–Luisa tiene muy buena dote, por la fortuna de mi padre. También heredará de Raúl. Lo que no quiero es ver a Raúl negociando otro casamiento de conveniencia.

–¿Qué pasa si lo hace? ¿Irrumpe Luca en su armadura, cabalgando como Julio II, y gritando: «¡Alto! ¡Alto! Soltad a la muchacha?». Isabel, te estás imaginando un cuento de hadas. Por favor, alcánzame la copa y siéntate.

Ella se acomodó en el gran sillón, mirándolo a la cara, como él había pedido. Se demoró un poco con el primer sorbo de brandy, se secó la boca con una servilleta de papel y luego comenzó, lentamente, a desgranar su historia.

–Es probable que hayas olvidado parte de esto, pero yo lo recuerdo día a día, e incluso hora a hora. Cuando papá fue a Buenos Aires a negociar por tu vida, y por la mía desde luego, nos dejaron a los dos en la estancia de su amigo, cerca de Córdoba. Nos alojamos en la casa de huéspedes y para seguridad de todos nos mantuvimos alejados de todos los que trabajaban allí. Durante los diez primeros días estuviste muy enfermo. Sufrías mucho por las heridas de la paliza y por la infección. Hasta la cuarta semana, cuando acababa mi período, que comenzamos a hacer el amor. Lo cierto es que nuestra luna de miel duró tres semanas. Creí que me estaba cuidando, pero no me cuidé lo suficiente. Al cabo de la tercera semana te hicieron desaparecer como por arte de magia para embarcarte en un vuelo a Roma con el nuncio. Conforme a lo acordado, papá me llevó de regreso a mi casa en Buenos Aires. Por suerte, o al menos eso pensé, Raúl estaba en viaje de

trabajo por Chile y Perú. Estuve en casa casi cinco semanas antes de que él regresara. Entretanto advertí que no me había venido la regla. Cuando Raúl volvió, representé como de costumbre mi papel de amante esposa hasta que, como siempre, Raúl se aburrió. Luego, al advertir otra vez que no me había venido la regla, acudí a un médico, no un médico cualquiera sino uno que me recomendó tía Amelia, la hermana de papá, una dama vieja y fuerte que conocía bien las costumbres de la sociedad masculina de Argentina. Cuando me diagnosticaron el embarazo, y recuerda, Luca, que tú estabas a miles de kilómetros de distancia, en el cálido seno de la madre Iglesia, tía Amelia me dio un sabio consejo.«¡Piensa en el futuro, Isabel! Tu padre me ha contado todo lo que pasó. Mataste a un militar y te acostaste con un cura. Si tu marido, o la familia de tu marido, se pusieran desagradables, tendrías graves problemas. Lo que no querrás que ocurra es que tu bebé aparezca seis semanas antes y te obligue a dar explicaciones. Así que piensa en el futuro. Te conseguiremos un buen médico en Nueva York y una buena excusa médica para que vayas a consultarlo. Luego fijarás una fecha para una cesárea en su hospital, una fecha que concuerde con los hechos y permita crear la ficción apropiada. La cesárea no le hará daño al bebé, y a ti te ahorrará un montón de problemas.» Y bien, eso es exactamente lo que hice, con la ayuda de papá y tía Amelia. A Raúl la idea le gustó. Le permitiría consolidar su lista de contactos en Nueva York y retozar en lugares donde solía divertirse. Cuando por fin Luisa llegó, hermosa y saludable, quedó embelesado. Su padre y su madre hicieron llover sobre ella los regalos y las atenciones. El cuento de hadas había llegado a su fin.

–Pero no para ti.

–No. Yo estaba totalmente confundida. Durante todos los festejos, lo que estaba viviendo era una mentira. Estaba engañando a Raúl. Me estaba burlando de su alegría, que era verdadera. Si alguna vez la verdad llegaba a saberse, habría significado una vergüenza devastadora para él. Por otra parte, la hija que había parido era tu hija. Eso me hacía feliz, pero era una felicidad amarga porque no podía compartirla contigo. Durante un tiempo estuve sumida en una profunda depresión, pero me recuperé y comencé a hacer el recuento de mis bendiciones.

–¿Y Raúl nunca te hizo ninguna pregunta acerca del tiempo en que estuve contigo?

–Jamás. Ninguna. Dudo de que pudiera percibir a un cura de campo como rival. Además, todos los papeles estaban en orden, también mi historia clínica. Así que ¿qué recelo podía tener?.

–Entonces te hago otra vez la misma pregunta. – De pronto, Luca Rossini era otro hombre, imperioso y duro como el acero-¿Por qué tenías que plantearme la cuestión ahora, después de todos estos años?

Ella no opuso resistencia a su ira: se inclinó hacia delante en el sillón para enfrentarlo.

–¡Porque quería que lo supieras! Quería compartir a nuestra hija contigo, hacerte ver lo que habíamos hecho juntos en aquella cama, en Córdoba. No esperaba que la reconocieras. No lo espero ahora, pero lo que sí quería era que lo supieras. Tenía la esperanza de que hallarías algo de felicidad en el secreto, tal vez el último que podamos compartir.

–Eso puedo entenderlo. – El tono de Rossini era neutral-. Eso vale para ti y para mí. ¿Qué planeaste para Luisa?

–Tuve la esperanza, Dios lo sabe, de que tú podrías ser un regalo para ella también. Cuando esta noche os he visto juntos he pensado que podríais haceros bien mutuamente.

–Eso es una suposición, una apuesta. ¡No tienes derecho a hacerla con la vida de tu hija!

–También es tu hija, Luca. ¿O es que no crees lo que te he contado?.

–Claro que creo que Luisa es mi hija, pero lo es por obra de la naturaleza. Por crianza, es tuya y de Raúl. Hay un equilibrio precario en esto. Si inclinas la balanza para el lado que no corresponde, ¿quién sabe el daño que puedes hacer?. Esto es algo sobre lo que tengo que pensar. Lo hablaremos de nuevo mañana.

–¿Todavía quieres llevarme a tu ermita?

–Por supuesto.

Se puso de pie y alargó los brazos para ayudarla a levantarse. La atrajo hacia sí y la estrechó en un abrazo. Le recorrió suavemente el cabello con los labios.

–Te amo. Nada puede cambiar eso. Te amaré desde ahora hasta el día del juicio final. Pero también estoy triste, porque estás sufriendo y no puedo hacer nada para aliviar tu sufrimiento, excepto rezar, y últimamente mis oraciones no son de lo mejor. Además, está Luisa. Estoy triste por ella

también, aunque de una manera diferente. Ha habido una chispa entre nosotros, ¿no es cierto?

–La ha habido.

–Entonces subamos un poco la apuesta.

–¿Qué quieres decir? – Se apartó para poder mirarlo a la cara.

Él sonreía otra vez.

–Pensaba en mañana. En esta época de mi vida no son muchas las cosas de las que puedo disfrutar, pero mi pequeña casa de campo es una de ellas.

Estaba ansioso por compartirla contigo. Ahora…

Se interrumpió; parecía no saber cómo seguir.

–¿Ahora qué, Luca?

–Ahora, para gran sorpresa suya, Luca Rossini, cardenal presbítero, es un hombre de familia. Estoy sugiriéndote que invitemos a nuestra hija a nuestro picnic.

–¿Quieres decir que se lo piensas contar? – Había un matiz de alarma en la voz de Isabel.

–No tengo idea de lo que haré, salvo que me propongo llevármela a la cocina para que me ayude a preparar el almuerzo, mientras tú tomas el sol en el jardín. Charlaremos, y veremos adónde nos lleva la charla. ¿Qué te parece?

–¿Qué puedo decir? Sería bueno pensar que la gracia que habita tu jardín nos tocará a todos.

–¡Bien! Ahora será mejor que llame a Piers Hallett y cancele el programa. Para él será una gran desilusión.

–¿Has pensado qué haremos si Luisa no quiere venir?

–Así sea. Dejemos que haga lo que quiera. Habrá otros momentos y otros tiempos.

–No cuentes con eso, mi amor -dijo Isabel sombríamente-. ¡Recuerda que estoy representando el último acto de esta ópera!

Esa noche se despidieron envueltos en las sombras de sus dolores compartidos. La pasión de aquel encuentro tan largamente esperado se había consumido como un fuego de artificio en el leve resplandor de la emoción. Ahora iban abrazados por un paisaje oscuro, bajo un cielo sin luna, despojados de todo. Lo único que les quedaba era el consuelo físico más elemental: el contacto de las manos, el efímero calor de sus cuerpos y

la caravana de los sueños del ayer. Fue Isabel quien encontró las pocas palabras que necesitaban.

–Sé lo que estás pensando, Luca, amor mío. Deberíamos echar el cerrojo a la puerta, dejar fuera al resto del mundo y dormir juntos hasta mañana. Pero no podemos, y aunque pudiéramos, al salir el sol nos despertaríamos y nos sentiríamos ridículos. Tú todavía eres un hombre apuesto. Yo no soy hermosa cuando me desnudo.

–Para mí, has sido lo más hermoso del mundo. Siempre lo serás.

–Ahora vete a casa, Luca, por favor.

–Tienes mi dirección, mi número de teléfono…

–Todo. Te veremos a las diez. ¡Hasta mañana, mi amor!

Tardó más de una hora en atravesar a pie una ciudad que se hundía lentamente en el sueño, en la que la turbulencia de la circulación y los ruidos de la noche todavía se prolongaban, en la que la niebla que cubría el Tíber todavía exhalaba su fetidez y se enroscaba como una víbora venenosa a través de los hormigueros que cubrían las antiguas colinas.

A pesar del férreo dominio de sí mismo que mantenía, todavía estaba abrumado. Isabel era la roca sobre la cual su virilidad devastada se había reconstruido. Ahora la roca se estaba desmoronando como un castillo de arena arrastrado por una marea invasora. No podía hacer otra cosa que observar indefenso cómo vacilaban los cimientos de su frágil vida interior.

Luisa representaba otra clase de dolor: una hija a quien no podía reconocer, cuya infancia nunca había compartido, y cuyo futuro él podía hacer peligrar. La angustia lo invadió otra vez: angustia por las ilusiones que él mismo había alimentado y que ahora yacían dispersas a sus pies como pétalos de rosas ya marchitas.

Caminó aprisa pero sin prestar atención, con la cabeza gacha, vagamente orientado en dirección a su casa, pero sin preocuparse en absoluto por cuándo llegaría. Los amantes que se abrazaban en las entradas de las casas lo ignoraron. Un borracho tropezó con él. Un motorista que llevaba a una muchacha en el asiento trasero pasó junto a él y vociferó una elocuente maldición romana. Una Virgen pálida, aprisionada en un pequeño altar de vidrio e iluminada por una lámpara de aceite que ardía con luz parpadeante, lo miró con sus vacíos ojos de yeso.

La imagen de la Virgen despertó en él los recuerdos de infancia de una casa napolitana en los barrios bajos de Buenos Aires, en la que una Virgen

Dolorosa dominaba desde lo alto el lecho matrimonial. Allí también, pegada en la pared sobre su propia cama, había una estampita de primera comunión en la que estaba representada la mítica Virgen y Mártir Filomena, el nombre de bautismo de su madre.

Con el paso de los años se había ido volviendo cada vez más escéptico respecto de la mitografía de la Iglesia y, al mismo tiempo, cada vez más consciente de su poderío y de la profunda necesidad humana de misterios y milagros que la sustentaban. Lo irónico era que, mientras rechazaba un conjunto de mitos, había adoptado otro: el mito de la amante ideal, entronizada en el altar de los recuerdos, dotada de virtudes heroicas e inmune a los riesgos de la mortalidad. Ésta era una criatura con la que podía soñar sin culpa, y a la que podía desear sin remordimientos, porque no estaba a su alcance, del mismo modo que la Virgen de la esquina que lo miraba desde detrás del vidrio polvoriento.

Por supuesto, había recibido advertencias miles de veces. Sus primeros maestros en la vida espiritual lo habían puesto en guardia contra el apego a las cosas perecederas y a las personas perecederas. Habían tratado en vano de cauterizar sus emociones, y la cauterización había durado hasta que un salvaje con una fusta le había azotado la piel de la espalda y la había dejado expuesta en carne viva.

La de esta noche había sido otra clase de exposición: el dolor de la amada, ahora en peligro de muerte, a la que él no podía ofrecerle cura o alivio espiritual, ni siquiera compañía, más que por unas pocas y fugaces horas. Aun en el caso de que renunciara a la Iglesia y emprendiera el largo camino a ninguna parte que le permitiría mantener su precaria identidad,

¿qué podía ofrecerle a Isabel? Ella era más fuerte que él. El amor que ella daba y el que tomaba no tenían un precio marcado. Como la loba, ella había aceptado vivir y morir en su propio reducto, en su propia piel.

–¿Dónde dejaba eso a Luca Rossini? Enamorado, no podía, no se permitiría pedir más de lo que le había sido dado. Comprendía el elemento obsesivo de su propia naturaleza. Su sentido del ridículo, su negativa a comprometer la dignidad personal por la que, según su modo de ver, había pagado con sangre, lo había mantenido a salvo de la locura, si no de las preguntas acerca de lo que habría podido pasar.

Aquella noche había significado al menos para él, una cosa. Había separado a Isabel de la cuestión de sus relaciones con la Iglesia como