Eminencia

Morris West · Capítulo 4 de 16

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Eminencia

A mi leal servidor Claudio Stagni,

–Supongo, señor, que usted ha estudiado algunas muestras de la letra del difunto Pontífice. De otro modo, no estaría aquí.

–Es verdad.

Y puesto que ésta es una entrevista amistosa y no un tribunal, yo lo acepto como perito. Ahora, ¿tendría la bondad de estudiar la dedicatoria escrita en este misal? Se la traduciré, por si usted no lee italiano:

A mi leal servidor Claudio Stagni,

mi Fígaro, quien en horas muy oscuras

me ofrendó el regalo de la risa.

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En su cincuenta cumpleaños.

Y a continuación su firma.

–¿Tiene algún problema para identificar la letra, o la firma?

–Ninguno, en absoluto.

–Ahora mire esto. Como puede ver es una carta del Pontífice, escrita en una de sus hojas de notas. Le leeré también este texto.

Mi querido Fígaro:

Hace cinco siglos y medio, uno de mis predecesores, el papa Pío II, Enea Silvio Piccolomini, dictó sus memorias a su secretario, quien luego las destruyó por temor al escándalo. Yo no te dicté estas páginas, pero tú estuviste presente en las horas postreras de muchas noches mientras yo las escribía. En los viejos tiempos, yo podría haberle legado una fortuna a un criado leal como tú. Pronto moriré como debe morir un Papa, sin posesiones.

Estos tomos son mi legado para ti. Reza por mí de vez en cuando.

–Supongo que reconocerá usted la firma -prosiguió Fígaro-. Y vuelvo a preguntarle: ¿es auténtica la letra?

Esta vez el perito se tomó un poco más de tiempo para examinar la letra.

Con una lupa, se detuvo con minuciosidad en los detalles de la caligrafía.

Finalmente se dirigió a los reunidos.

–No hay la menor duda. Es auténtica.

–Muy bien, ¿adónde nos lleva eso? – preguntó Maury Rosenheim.

–Nos lleva a esto. – Fígaro se puso un par de guantes blancos, sacó los tres tomos envueltos en papel tisú, desplegó el papel sobre la mesa y con actitud reverente depositó los tomos frente a ellos. Luego pronunció el discurso culminante de la noche-. Confío, damas y caballeros, en que no se sentirán decepcionados. Señorita Busoni, puede leer los textos y dictaminar sobre su valor editorial. Su perito calígrafo ya ha autentificado la letra. Y

usted, señor Rosenheim, ha visto la prueba de su inequívoca procedencia.

Ahora una pregunta muy sencilla: ¿Quieren comenzar la negociación?

–¿Por dónde sugiere que comencemos? – Maury Rosenheim fue la primera en hablar, como era su costumbre.

–Comencemos por cinco millones de dólares estadounidenses -dijo Fígaro con calma-. Eso les asegura el derecho a utilizar el material con