Eminencia
Capítulo Tres
–No le pasará nada. Es mi hija. Llevará la vida que ella quiera. Tu familia vino de Italia, ¿no?
–Sí. ¿Por qué lo preguntas?
–Porque comprenderás lo que quiero decir con esto: ahora Isabel es toda una mujer. Espero que algún día tú seas todo un hombre.
–¿Eso significa que tengo que matar a alguien?
–Alguien, o algo. Lo sabrás cuando llegue el momento…
Ahora, al parecer, ese momento estaba por llegar, un momento que los buenos cristianos, en sus oraciones de todos los días, rogaban que no llegara. «No nos dejes caer en la tentación, y líbranos de todo mal.» Luca, cardenal Rossini, no podía rezar. El don de la fe lo había abandonado.
Apenas podía esperar, solo en el desierto, el día del juicio.
Capítulo Tres
De pronto el cardenal camarlengo era un hombre muy ocupado. Ahora al Pontífice se lo consideraba oficialmente, y se rezaba por él con ese carácter, entre los que agonizaban. La curia había decidido que no era indecoroso, e incluso que era necesario y apropiado, preparar un programa de ceremonias para acompañar su salida de este mundo, y otro para elegir e instalar un sucesor.
En cada caso, las disposiciones de la ley canónica eran diferentes. El Papa todavía estaba vivo, y por lo tanto sus deseos e intenciones seguían teniendo preeminencia, en la medida en que fuesen conocidos o se los pudiese adivinar. Se le estaba prestando atención médica en su casa, en un marco de privacidad y dignidad, pero ya se había avisado a los embalsamadores que debían acudir sin demora en cuanto muriera. Los tres ataúdes, de ciprés, plomo y roble, ya estaban disponibles. El maestro de ceremonias estaba disponiendo el orden de los acontecimientos que se sucederían durante el velatorio, en la misa del funeral y en su internamiento en la cripta de la basílica de San Pedro.
El Consejo de Estado de la Ciudad del Vaticano ya estaba preparando la nueva moneda y los nuevos sellos postales que se usarían durante la vacante de la Sede. La fuerza de seguridad se estaba preparando para una gran afluencia de dignatarios seculares y del clero que asistirían a las exequias.
La burocracia vaticana se movía a menudo lenta y pesadamente haciendo chirriar todos sus engranajes, pero en asuntos de vida, muerte e
imagen pública, se deslizaba con una maravillosa suavidad. Su actuación era particularmente espectacular en las ceremonias, las mismas que con el paso del tiempo contribuyeron al envejecimiento y la muerte del más vigoroso de los Pontífices.
Pero ahora, el camarlengo no se encontraba ocupándose de ninguna ceremonia, sino dialogando con monseñor Victor Kovacs, secretario privado de Su Santidad.
–¿Tienes claro, Victor, todo lo que hay que hacer cuando Su Santidad muera?
–Más o menos, eminencia. Tiene que constatar el hecho, firmar el certificado de defunción con el médico, llamar a los embalsamadores y poner el cuerpo en sus manos.
–Todo eso y un poco más. Tengo que destruir sus sellos personales y tomar posesión de todo lo que hay en sus habitaciones, incluso su ropa interior. Lo que necesito de ti ahora es una visita guiada. Tengo que saber dónde está cada cosa: su testamento, su correspondencia, la personal y la oficial, su diario. Después de que el cuerpo sea sacado de aquí, las habitaciones se cerrarán con llave y se sellarán. Me ayudarías muchísimo si pudieras preparar un inventario lo más rápido posible.
–Ya he comenzado, eminencia. Hagamos un recorrido juntos, así usted podrá ver cómo he ordenado todo. Porque creo que usted lo sabe, Su Santidad no era… perdón, no es el hombre más metódico de este mundo.
He tenido que rogarle que no ande hurgando en los archivos sino que me pida a mí que busque lo que quiera y me permita luego volver a ponerlo en su lugar. Solía decirme que yo era más quisquilloso que una vieja. Aun así, confieso que lo echaré de menos… Veamos primero los cajones del escritorio y luego los archivadores.
–¿Su Santidad tiene algún repositorio privado?
–Hay una caja de seguridad empotrada en la pared, detrás de ese cuadro.
–¿Quién tiene la combinación?
–Sólo Su Santidad y yo.
–Deberías dármela también a mí.
–Por supuesto.
–Si no te molesta, por favor, muéstrame cómo se abre y se cierra la caja.
Monseñor Kovacs escribió la combinación en un papel y se lo extendió al camarlengo. Luego le mostró cómo estaba asegurado a la pared el boceto
sepia enmarcado de Rafael. Cuando lo retiró, quedó a la vista la caja. El secretario la abrió, la cerró, y le pidió al camarlengo que repitiera la operación. Cuando lo hubo conseguido, el secretario volvió a colocar el cuadro en su sitio. Ninguno de los hombres había intentado sacar nada de la caja. Era una cuestión de protocolo. El Pontífice todavía estaba vivo. Su mandato aún estaba vigente. El camarlengo y el secretario completaron su recorrido. El camarlengo preguntó:
–¿Hay algo de importancia en su dormitorio?
–No que yo sepa. Tiene un breviario y una Biblia en una mesita, al lado de la cama, y en otra los otros libros que está leyendo. En las distintas ocasiones en que ha estado enfermo me ha pedido que le trajera los documentos que necesitaba. Siempre me ocupé de que Fígaro, ¡perdón otra vez!, Claudio Stagni, me los devolviera a la oficina. Él, por supuesto, debería saber qué más hay en el dormitorio.
El camarlengo soltó una risita.
–Claudio Stagni lo sabe todo, pero nunca cuenta ni la mitad de lo que sabe. De todos modos, es un sujeto divertido. Hablaré con él ahora.
–Es extraño, eminencia.
–¿Qué es extraño, Victor?
–Su Santidad siempre fue muy celoso de su privacidad. Stagni era el único que la compartía con él. Ahora yace ahí, y todo el tiempo hay gente entrando y saliendo. Si lo supiera, le habría disgustado mucho. Es tan absolutamente dependiente como un recién nacido, salvo por el hecho de que no tiene ni una pizca de vida por delante. ¿Puedo hacerle una pregunta, eminencia?
–Por supuesto, Victor. ¿Qué es lo que te preocupa?
–Esta mañana, muy temprano, cuando dije misa, se la ofrecía a Dios como una petición para que liberara al Santo Padre de esta vida, que para él ya no es vida. Cuando recitaba el credo, una frase me golpeó como un mazazo: descendit ad inferos. Él descendió a las regiones más bajas. Me pregunté si no era más que una expresión arcaica que describía ese tiempo misterioso que transcurrió entre la muerte de Nuestro Señor y su Resurrección, o si también podría ser una descripción de lo que le ha pasado al Pontífice. ¿Está acaso en alguna otra región o estado? ¿Está todavía realmente con nosotros? Hasta usted y yo estamos actuando como si se hubiera ido hace mucho tiempo.
La consternación del hombre era tan auténtica que el camarlengo se sintió conmovido por una rara dulzura.
–Sinceramente, Victor, no lo sé. Pregúntale a mi colega Gruber, y estoy seguro de que te dará una excelente conferencia metafísica sobre el tema.
Para mí, el acto de fe es un acto de aceptación de que vivimos y morimos en el misterio. La esperanza es la confianza en que un día el misterio nos será revelado en la forma en que Dios lo disponga. Y la caridad es el don de amar y regocijarse en el amor. Sé que estás triste, pero puedes estar seguro de que serviste bien a Su Santidad. Él lo reconoció muchas veces ante mí y ante otros miembros de la curia. Podía ser una persona difícil, lo sé, pero te tenía mucho cariño.
–Eso es bueno de oír. Gracias.
–Ahora iré a hablar con nuestro amigo Fígaro. Inspeccionaré el dormitorio y rezaré una oración por nuestro paciente. Tú tienes trabajo que hacer. No te molestaré más.
Ante el Pontífice agonizante y el inquisitivo camarlengo, Claudio Stagni dio una espléndida y discreta función. Se arrodilló junto a la cama con el cardenal y las hermanas y recitó con profunda emoción los versículos del De Profundis: «Desde las profundidades he gritado, oh, Señor, para que te llegara la expresión de mi súplica…». Después del rezo, le había mostrado al cardenal cada rincón de la habitación, abriendo todos los armarios y cajones, exhibiendo los artículos que contenían, y señalando, como ya lo había hecho el secretario privado, que el Pontífice, especialmente en sus últimos años, había sido un hombre cuyo orden era difícil de mantener.
Hurgaba, desordenaba algunas cosas, otras las sacaba de su lugar y luego olvidaba dónde las había dejado.
–Su Santidad necesitaba un ayuda de cámara más que cualquier otra persona de este mundo. Monseñor Kovacs y yo logramos crear un cierto orden. No debía haber documentos tirados por la habitación. Su Santidad sabía que lo controlábamos. A veces refunfuñaba, pero en realidad le alegraba que así fuera. ¿Repositorios secretos? Me extraña que pregunte eso, eminencia. Mire, déjeme mostrarle algo. Este cajón del escritorio tiene un compartimiento secreto. Como ve, está abierto y vacío. Hay una llave en su interior,
pero en todos mis años de servicio, Su Santidad nunca lo usó, que yo sepa.
–¿Eso es todo lo que puede mostrarme?
–Todo, eminencia. Pero tengo que hacerle una pequeña confesión.
–¿Sobre qué?
–Anoche, en un impulso, le di a cada una de las hermanas que lo velan un pañuelo de los que yo había comprado hace unos pocos días para Su Santidad. Se conmovieron tanto que sentí alegría por haberlo hecho. Pero después me puse a pensar…
Al camarlengo esto no le gustó nada. Su reprobación fue cortante y airada.
–Fue una acción tonta e imprudente, Claudio. Mi tarea consiste en evitar precisamente ese tipo de cosas: cualquier tráfico no autorizado de reliquias y souvenirs después de que el Pontífice muera. Usted ha estado aquí el tiempo suficiente para saberlo mejor que nadie.
–Me di cuenta después, eminencia. Fue solamente un impulso. Si usted quiere, les pediré a las hermanas que devuelvan los pañuelos.
–¡No, no! Eso no haría más que agravar el error. ¡Pero, entiéndalo bien, esto no debe volver a ocurrir! Podría convertirse fácilmente en un escándalo, o, peor aún, en un disparate. ¡Gente vendiendo la ropa interior pontificia en el mercado de Porta Portese! ¡Use la cabeza, hombre!
–Lo siento de verdad, eminencia.
–No se hable más del asunto, entonces. Ya no tengo nada más que hacer aquí. Puede irse.
–Gracias, eminencia.
Se marchó con la cabeza gacha y arrepentido como un escolar. Apenas estuvo fuera del apartamento papal, se alejó dando saltitos al ritmo de su cancioncilla, Figaro qua, Figaro la, Figaro su, Figaro giú…
Steffi Guillermin solía levantarse tarde. Le gustaba quedarse en la cama con Lucetta, bebiendo café, mientras leía los diarios de la mañana y recorría los distintos canales de Eurovisión para estar al tanto de los titulares. Esta mañana, el comunicado del Vaticano le arrancó una exclamación de sorpresa y un renuente homenaje a Ángel Novalis.
–Ese sí que se merece un primer premio. Es inteligente y guapo como Lucifer. Ha desactivado casi todas las minas a punto de explotar en la polémica sobre la eutanasia y ha puesto en cortocircuito a sus propios teólogos de derechas del Opus Dei. No discute con ellos y ellos no pueden polemizar con él, pero de todos modos produce una impresión muy
profunda con la pregunta que deja implícita: «¿Qué haría usted si su propio padre estuviera padeciendo así?…».
–Una inteligente demostración de relaciones públicas. ¿Qué más significa?
–Posiblemente nada más. Pero piensa en esto. Su Santidad ha estado ocupando los cargos de la jerarquía, y el mismísimo Sacro Colegio, con hombres que son, de acuerdo con sus principios, conservadores fiables.
Dicho de otro modo, ha tratado de asegurarse, en la medida de sus posibilidades, de que sus políticas para la Iglesia sigan siendo aplicadas después de su muerte. Siempre ha sido centralista e intervencionista, pero ambas políticas ya han comenzado a hacer agua. De modo que existe un grupo de intereses que quiere mantener vivo al viejo tanto como sea posible.
–Pero ¿por qué?
–Cuanto más tiempo pueda posponerse la elección, más probabilidades tienen de consolidar su bloque para la votación. No es ningún secreto que últimamente muchos miembros del Sacro Colegio han estado de viaje visitando a colegas de todo el mundo. Algo que en los viejos tiempos no era posible. Ahora es fácil, y mucho más seguro que la correspondencia.
–Pero ahora, como está siendo atendido en su casa, los conservadores podrían ver frustrados sus planes por un fallecimiento antes de tiempo.
–Eso es lo que yo pienso, pero siempre he creído que era demasiado listo como para ser derrotado, incluso por la muerte. Mi idea es que debe de haber tomado notas, hecho dossiers y apuntado observaciones a favor y en contra de los futuros candidatos a la sucesión.
–Si esas notas existen -Lucetta tenía sus dudas-, ¿dónde están ahora?
–Probablemente en el Vaticano no.
–¿Por qué dices eso?
–Sentido común. Su Santidad sabe que cuando él muera, todas sus cosas pasarán a manos del cardenal camarlengo. Supongo que para evitarlo habrá puesto los documentos en manos seguras.
–¿Las de quién, por ejemplo?
–No sé. – Steffi reflexionó un momento, y luego exclamó-. ¡Dios mío, soy una tonta por no haberlo pensado antes!
–¿Pensado qué?
–Hace tres días, mi gente de París me dijo que un agente de Nueva York se había puesto en contacto con ellos y les había comentado que después de la muerte del Pontífice aparecería en el mercado un documento escrito por él. Les preguntaron si estaban interesados en comprar los derechos para la traducción al francés.
–¿Y estaban interesados?
–¡Cómo no iban a estarlo!
–¿Con quién más se pusieron en contacto?
–En Alemania tiene que ser Der Spiegel, lo que podría explicar por qué Fritz Ulrich estuvo tan odioso conmigo ayer. Quizá también por eso Frank Colson me apoyó tanto. Normalmente el Daily Telegraph no sería el primer cliente para un negocio como ése… El grupo del Sunday Times probablemente estaría más interesado.
–Entonces ¿cuál es tu próxima jugada?
–Husmear por ahí. Ver si puedo olfatear dinero o rumores. Una vez que los documentos aparezcan, mi gente espera que yo verifique su procedencia y autenticidad antes de invertir dinero. Pero para entonces la historia ya no será exclusiva.
–¿Por dónde piensas empezar? No puedes andar dando vueltas por Ciudad del Vaticano interrogando a un prelado tras otro acerca de unos documentos de contrabando.
–Dudo de que Roma sea un buen lugar para empezar, de todos modos.
Quienquiera que sea el que esté ofreciendo esta mercancía, preferirá convertirla en dinero bien lejos de Italia, y mantenerse alejado.
–Lo cual indica que la fuente de origen de los documentos sería vaticana. Alguien cercano al Pontífice y con un libre acceso a él.
–En otras palabras, un civil. Tienen más facilidades para salir de allí que los hombres del clero.
–Pero ¿cómo podrías probarlo?
–¿Por qué tendríamos que probar nada? Lo único que necesitamos saber es si los documentos que nos estén ofreciendo son genuinos. Cualquier otra cosa sería un fastidio.
–¿Por qué sería un fastidio?
–Porque nuestro principal interés está en la historia. En la medida en que la procedencia sea irrebatible, a nadie le va a importar cómo llegó a mis manos. Son otros los que tienen que preocuparse por eso.
El cardenal Luca Rossini había sido invitado a almorzar con el secretario de Estado en su apartamento privado del palacio apostólico.
Sabía que sería un ágape espartano: sopa, pasta, queso, una botellita de vino blanco suave y café negrísimo para desvanecer cualquier tentación de aprovechar la hora de la siesta romana para dormir.
El cardenal Salvatore Pascarelli -Turi para sus pocos íntimos- era alto y delgado como un palo y deploraba la obesidad en los clérigos, era algo que, decía con cierto ingenio sardónico, le daba mala reputación a la Iglesia. Era un hombre laborioso y sutil que había trepado por la formidable escalera de la formación y la educación en la Secretaría, pasando de agregado de segunda clase a agregado de primera clase, y luego a secretario de actas, consejero, jefe de asuntos generales, secretario suplente, y finalmente al premio de un capelo cardenalicio y al principal título de la curia romana.
Desempeñaba su rango sin alardes, pero las responsabilidades de su cargo hacían sentir todo su peso sobre sus huesudos hombros. Afirmaba, y algo de razón tenía, que el único modo de manejar los intereses políticos de mil millones de creyentes practicantes en un planeta tan desordenado era pensar en ellos como una suerte de enorme mosaico y mantener unidas las piezas sueltas, por pequeñas o poco importantes que pudieran parecer. Si las piezas que se aflojaban eran demasiadas a la vez, todo el armazón podía desmoronarse. Esta disposición de ánimo podía hacer que pareciera exigente, pero su sentido de la historia, de cómo el pasado prefiguraba el futuro, era sólido y, algunas veces, profético. Por eso Luca Rossini había considerado prudente tener escrita y entregada antes del almuerzo su minuta sobre el candidato a embajador. El secretario de Estado le pidió que se la leyera y se disculpó por la excentricidad con una sonrisa irresistible.
–Cuando era joven me enseñaron que la prueba de la calidad de un documento reside en la corrección de sus cadencias. La verdad, Luca, me gusta cómo suena tu voz. Por favor, léemelo.
–¡Eres el anfitrión, Turi. Tú das el tono. Es un texto muy corto.
Supongo que no querías un ensayo minucioso.
–Por supuesto que no. Adelante.
–Minuta sobre Raúl Jaime Ortega, propuesto por el Gobierno de Argentina para el cargo de embajador ante la Santa Sede… He leído la propuesta. Nunca he tratado personalmente al candidato, pero tengo algún
conocimiento sobre sus antecedentes. Observo que reivindica que ha desempeñado un papel importante en el operativo que aseguró mi salida sin contratiempos de Argentina durante el régimen de la Junta Militar. Según la información de que dispuse en aquel momento, su influencia fue mínima.
Quien ejercía un poder
real era su padre, el general Jaime Alfonso Ortega, un personaje importante en la Junta. Por otra parte, la esposa de Raúl Ortega, Isabel, fue quien se ocupó de cuidarme hasta mi restablecimiento después de la paliza y me procuró un refugio secreto mientras su padre negociaba mi salvoconducto para salir del país. Dado el deseo de Raúl Ortega de obtener este puesto en el Vaticano, que significaría la culminación de su carrera diplomática, tal vez sea comprensible que haya exagerado su propio papel en ese episodio. No veo ninguna buena razón para cuestionar su versión.
Estoy seguro de que sería, cuando menos, un embajador competente, y por lo que se dice, decorativo. En suma, expreso un nihil obstat, no tengo ninguna objeción fundamental que hacer. Sin embargo, en cuanto a la posibilidad de que su gestión pueda ser beneficiosa o perjudicial para la Santa Sede, sugiero que las expectativas deben ser mínimas.
El secretario de Estado se echó hacia atrás en la silla y rió.
–¡Bellamente leído, Luca! ¡Bellamente redactado! ¡Una manera elegante de ordenar una ejecución sin efusión de sangre!
–¿No es eso lo que estabas esperando?
–Digamos que tenía curiosidad por saber qué dirías, dado lo especial de las circunstancias.
Luca Rossini lo censuró con dureza.
–¡No juegues conmigo, Turi! ¡Nos conocemos desde hace demasiado tiempo!
–Esto no es ningún juego, Luca. Es simplemente el preludio a nuestra discusión de la hora del almuerzo. Cuando llegaste a Roma con el nuncio apostólico, sé muy bien cuántos años atrás, te acompañó una buena cantidad de rumores. El nuncio no los tuvo en cuenta en su informe, pero señaló que la Junta no vacilaría en usarlos contra ti si intentabas denunciarlos.
–Hace mucho que la Junta no está en el poder, de modo que la amenaza es irrelevante.
–Cierto. Pero esos rumores todavía están en tu expediente.
–Como un dato más, simplemente. ¿Qué dicen?
–Que durante tu rescate resultó muerto un sargento y que mientras te estabas recuperando, oculto en un lugar secreto, tuviste un amorío con la esposa de Ortega.
–El amorío surgió como un rumor, pero lo cierto es que ocurrió. La primera vez que Su Santidad me recibió en Roma se lo hice saber. Nunca fingí ni inventé ninguna excusa acerca de lo que había pasado. Por otra parte, nunca me sentí obligado a propalarlo. Hacerlo habría significado un riesgo aún mayor para Isabel. Había matado a un hombre para salvarme. El amor que ella me dio me devolvió la hombría.
–¿Nunca sentiste la tentación de quedarte en Argentina y continuar esa relación?
–Por supuesto, pero eso habría significado poner en riesgo su vida y la de su padre. Mi exilio fue el precio de la seguridad de ambos.
–¿La amabas, Luca?
–La amaba. La amo.
–¿Y ella te ama?
–Sí. Todavía nos escribimos. No cura las heridas, pero las hace más soportables. ¿Por qué estás sacando a relucir todo esto ahora, Turi? ¡Ha estado enterrado durante más de veinte años!
–Porque me preguntaba cómo reaccionarías ante el nombramiento de Ortega como embajador si él se propusiera, como obviamente se lo propone, traer a su esposa y su hija con él.
–De hecho, Turi, su esposa y su hija están a punto de llegar a Roma en visita privada.
–¡Esa sí que es una novedad para mí! – El secretario de Estado estaba auténticamente sorprendido-. ¿Cuándo lo supiste?
–Esta mañana. Había un mensaje de Isabel en mi correo electrónico.
Espero que tu gente pueda reservarles un par de buenos asientos en las filas de los diplomáticos en San Pedro y en la Piazza.
–Por supuesto. ¿Debo suponer que vas a verlas durante su visita?
–Isabel dijo que se pondría en contacto conmigo cuando llegara a Roma.
El secretario de Estado se permitió una tibia sonrisa de aprobación. Dijo con dulzura:
–Espero que sea una experiencia agradable para los dos. Te ha sido concedido un don especial, Luca, el don de sobrevivir en la más absoluta
soledad del corazón. Me he preguntado a menudo cómo podías ser tan audaz en tus negociaciones, incluso con el propio Santo Padre. Nunca ocultas nada. Siempre respondes a todas las preguntas, exactamente como lo acabas de hacer ahora. Pronto todos vamos a necesitar ese don… Ahora almorcemos. Hay cuestiones importantes que discutir y necesitamos alimentarnos.
La frugal comida pronto concluyó. El vino era tan suave como siempre, pero se entretuvieron un buen rato frente al café. El secretario de Estado le abrió su corazón a Luca Rossini como nunca lo había hecho hasta entonces:
–Nuestro hombre está agonizando, Luca, el hombre que nos dio el capelo rojo a cada uno de nosotros, el que me confió a mí este trabajo. La prensa del mundo se dispone a juzgarlo. Antes y durante el cónclave, tú y yo habremos de pronunciar nuestros propios juicios.
–¿Y cuál será el tuyo, Turi?
–Debemos derogar muchas prácticas que hemos consentido durante demasiado tiempo, y muchas políticas que nuestro señor ha elaborado.
–Y que tú administraste.
–Que administré, que hice cumplir, y contra las cuales, como mínimo, no protesté con fuerza suficiente. Aun así, me sentiré como un traidor a su memoria.
–No te culpes demasiado, Turi. Somos lo que nuestra formación nos hizo ser: obedientes de corazón, de mente y de voluntad.
–¡No estoy de humor para burlas, Luca!
–No me burlo de ti. ¡Dios no lo permita! Yo también he llorado por nuestro Pontífice. Él me dispensó bondad cuando la necesitaba y dignidad cuando no la tenía. Luché contra él, a veces más encarnizadamente de lo que supones, porque veía detrás de él las formas de las viejas tiranías, y delante de él la sombra de otras nuevas.
–Pero tú luchaste. Yo no.
–Tú siempre fuiste un buen funcionario, Turi. Eras incapaz de rebelarte.
Yo he estado a punto de hacerlo muchas veces.
–¿Dónde estás ahora, Luca?
Luca Rossini frunció el entrecejo mientras elaboraba su respuesta.
–Todavía voy de uniforme. Me ciño a las reglas. Cobro mi estipendio.
Hago mi trabajo lo mejor que puedo. Sólo mis razones han cambiado.
–¿Cómo?
–Ésa es una pregunta para otro momento. Dime, ¿qué tienes en mente, Turi?
El secretario de Estado permaneció un momento en silencio. Parecía estar juntando sus pensamientos, escogiendo las palabras, preguntándose si confiarse o no a Luca Rossini. Finalmente comenzó a hablar, entrecortadamente al principio, y luego con pasión y elocuencia.
–No necesitas que te haga un catálogo de los males de la Iglesia. Hemos desafiado la realidad de la experiencia humana, nos hemos negado a escuchar al Pueblo de Dios, a los hombres y mujeres de buena voluntad.
Ellos nos han pedido el pan de la vida y nosotros les hemos ofrecido piedras. De modo que nos han dado la espalda: los hombres, las mujeres, y también los niños. Nosotros, ministros del Verbo, nos hemos convertido para ellos en seres irrelevantes. Últimamente he tenido una pesadilla recurrente: Su Santidad, ataviado con toda su pompa, de pie sobre las almenas de un castillo en ruinas, como un cruzado que ha perdido el rumbo, gritando su llamada a reunión en un desierto en el que no hay nadie.
–Cuando cae -Rossini aportó la coda- lo enterramos, le damos la espalda y nos dedicamos a buscar un nuevo candidato para la crucifixión.
Cuando ése se haya desangrado, lo dejamos también a él clavado en la cruz, mientras los cuervos le sacan los ojos.
–¡Ése es el comienzo de la locura! – Ahora había fuego en la voz de Pascarelli-. Somos gente del siglo XX. Bien sabe Dios que a estas alturas deberíamos haber aprendido algo sobre el deterioro que acarrea y los peligros que entraña el proceso de envejecimiento. Ni siquiera un papa está asegurado contra la demencia, o cualquier otra disminución vital producida por la edad. Sin embargo, elegimos a nuestro candidato de por vida, nos arrodillamos en fidelidad perpetua, le atribuimos infalibilidad y usamos todos los sofismas de la teología para atribuirle el numen de una casi divinidad… ¡Vicario de Cristo! El título siempre me ha resultado difícil de digerir, aunque nunca he tenido el coraje de cuestionarlo. ¿Fue Alejandro VI un Vicario de Cristo, o Julio II, o Sergio III, que asesinó a sus dos predecesores? No podemos culparnos por el pasado, pero somos responsables si lo repetimos. Tú tienes razón, mi querido Luca, cuando dices que elegimos un candidato a la crucifixión. Comenzamos por tentarlo a subir a una alta montaña para que pueda apreciar desde allí, literalmente, todos los reinos de este mundo de un solo vistazo. ¡Puedo lograr ese
pequeño truco en mi propia oficina con un mapa del mundo y algunas luces intermitentes! Luego actuamos sobre su ambición de cruzado. El Verbo es la espada del espíritu. Gracias a los viajes rápidos y las comunicaciones instantáneas, es posible lograr que el Verbo esté presente siempre y en todas partes, encarnado por y en el Pontífice mismo. Ése es un vino que se sube a la cabeza, Luca. ¡Todos esos rostros que miran desde abajo, esas manos extendidas! La necesidad que ellos expresan es mucho más seductora para un buen hombre que todo el oro, los brillos y la lascivia de Aviñón o la Roma del Renacimiento. De
modo que cuando le preguntamos: «¿Acepta usted la elección?», él accede con la circunspección y humildad que corresponden. Luego se pone en marcha, como lo hizo Pablo, colmado de pasión, fervor y certeza, para cambiar el mundo. – Se interrumpió bruscamente-.
Puedes terminar tú la historia, Luca. Yo necesito más café.
Luca Rossini continuó el relato con una sonrisa irónica.
–Aprende de la peor manera que el desfase horario y el cansancio que producen los viajes dañan el entendimiento, y que aquellos a quienes deja a cargo de su casa en Roma tienen sus propias ambiciones: crear sus propios ducados dentro del Reino de Dios. Aprende lo que todo político y toda mujer hermosa tienen que aprender: que un exceso de exposición es un peligro, que la imagen se desgasta, las frases más nobles suenan como clichés y la bienvenida más calurosa puede resentirse, porque cuesta mucho dinero alimentar y agasajar al invitado y su séquito.
–Hay más todavía, Luca. – El secretario de Estado reanudó la enumeración-. Todo este aprendizaje no llega de inmediato. Llega a través de una serie de sordos golpes, como los temblores en una zona proclive a los terremotos. Los temblores son inquietantes. Crean una sensación de soledad, que a su vez crea una dependencia del respaldo que dan los consejeros de un gabinete íntimo. De modo que el gran viajero se convierte en un recluso, que se aferra a las certezas que anidan en su propia alma, que confía en un pequeño conciliábulo de amigos íntimos y va perdiendo el lenguaje de la gente común de la que proviene. Tenemos una oportunidad de cambiar eso, Luca, una sola oportunidad.
–Defínela para mí, Turi.
–Encontremos nosotros mismos un papa que acepte convocar a un nuevo concilio general, para establecer en los cánones una edad estatutaria
para el retiro de un papa, tal como ha sido establecida para nosotros, y un consentimiento por adelantado para su propia remoción, en caso de que se tornara mental o físicamente incompetente.
–Déjame que te pregunte entonces una cosa, Turi: si tú resultaras elegido, ¿lo harías? Te darás cuenta de que hay una trampa en todo esto.
Una vez que estás en el cargo, y en posesión de todos los poderes absolutos,
¿quién te hará recordar tu promesa? ¿Quién te exigirá que la cumplas? Tú debes conocer la respuesta, Turi. Eres uno de los principales candidatos.
–Yo no seré candidato. Se lo haré saber a los electores.
–¿Por qué, Turi? ¿Por qué me estás diciendo esto?
–A la primera pregunta: soy un buen diplomático porque puedo hacer malabarismos interminablemente con lo posible. Trabajo en privado, no en público. No tengo experiencia pastoral, ni el menor deseo de adquirirla.
¿Por qué te digo esto? Pues porque creo que existe al menos una remota posibilidad de que tú puedas ser elegido.
–¿Yo? – Luca Rossini se alarmó. El escepticismo y la ironía lo abandonaron-. ¡Eso es una locura, Turi! Siempre he sido un personaje exótico aquí. Algunos de nuestros colegas solían llamarme «la especie protegida». ¡No fui más que el seudohéroe, el joven mártir milagrosamente preservado para hacer grandes cosas en la Iglesia! Déjame decirte algo, Turi..Yo fui una de las más notables equivocaciones de Su Santidad! No soy lo que tú crees que soy. Ni siquiera soy…
Un teléfono comenzó a sonar sordamente. El secretario de Estado alzó la mano para hacer callar a Rossini. Hurgó en el bolsillo de la sotana hasta que sacó el aparato.
–Habla Pascarelli.
Durante unos breves instantes escuchó en silencio, luego le dio las gracias a su interlocutor y cortó la comunicación. Se volvió hacia Rossini.
–Su Santidad acaba de morir.
–Dios lo tenga en su gloria -dijo Luca Rossini, el descreído.
–Amén -dijo el secretario de Estado-. Ahora la Sede está vacante y tenemos mucho trabajo por delante.
Claudio Stagni tenía un último servicio que prestarle a su señor. Debía preparar las ropas con las que sería ataviado el cuerpo del Pontífice para el velatorio y el sepelio. Una vez hecho esto, se presentó ante el camarlengo.
–He terminado, eminencia. ¿Me necesita para algo más?
–Gracias, Claudio. No lo necesito para nada más.
–¿Habrá un trabajo para mí aquí, después de la elección?
–Estoy seguro de que habrá algo, pero no será en el mismo puesto. Un nuevo Pontífice querrá decidir por sí mismo cómo organiza su casa. Usted está en edad de ser jubilado, ¿verdad?
–Lo estoy. También tengo varios meses de vacaciones acumulados.
–Le sugiero que se tome alguno ahora.
–Gracias, eminencia. Necesito pensar qué haré con mi vida.
–Por supuesto. Le estamos agradecidos por su prolongado y fiel servicio, Claudio.
–Me sentí honrado, y siempre complacido, de servir a Su Santidad. Era un gran hombre.
–Un gran hombre -dijo el camarlengo con expresión ausente-. ¿Algo más, Claudio?
–Sólo una cosa más, eminencia. Espero que no parezca irrespetuoso que no asista al funeral. No creo que pudiera soportar a las multitudes y las largas ceremonias. Mi vida con Su Santidad transcurría en la mayor privacidad.
–Usted es algo así como un solterón, según creo.
–Así es. Su Santidad solía decir que él y yo no éramos más que un par de solterones viviendo en una casa demasiado grande para los dos.
–Es una manera de decirlo. – El camarlengo empleó un tono seco-. Que tenga buenas vacaciones.
–Gracias, eminencia.
Su eminencia ya estaba inclinado sobre su agenda. Fígaro se marchó haciendo una reverencia y bajó reposadamente a la oficina de pagos para cobrar lo que se le debía y rellenar la solicitud para su jubilación. Una vez que hubo abandonado Ciudad del Vaticano, tomó un taxi que lo llevó a su apartamento en el Trastevere, donde recogió su equipaje, un bolso de viaje y un raído maletín. Desde Trastevere fue conducido al aeropuerto de Fiumicino para embarcarse en el vuelo de las seis en punto a Zurich.
Cuando llegó a Zurich tomó una suite en el hotel Savoy. La tarifa le cortó la respiración, pero luego recordó lo que le había traído hasta allí y recuperó la alegría. Guardó el maletín bajo llave en la caja de seguridad de la habitación, llamó al recepcionista para avisarle de que podrían encontrarlo en el restaurante, y luego bajó a dar cuenta de una cena que
hasta un cardenal autoindulgente habría envidiado. Estaba frente a su café y a un brandy de excelente calidad cuando el camarero le trajo el teléfono.
Una voz de mujer preguntó en italiano:
–¿Claudio Stagni?
–Sí.
–Soy Barbara Busoni, de Nueva York. Estamos en el vestíbulo.
¿Podemos subir?
–El conserje le enviará a alguien para que los acompañe a mi habitación.
–Somos tres.
–¿Tantos?
–Un perito calígrafo, un abogado y yo.
–¡Bien! Me gusta el trabajo escrupuloso. yo también soy un hombre muy escrupuloso. Nos veremos dentro de unos minutos.
Pidió la cuenta, la firmó haciendo un floreo, apuró la última gota de brandy, y luego caminó airosamente hasta el ascensor para enfrentarse a los inquisidores, de quienes esperaba que de la noche a la mañana se convirtieran en generosos pagadores.
La mujer era más joven y más atractiva de lo que había imaginado: su piel era color miel, sus ojos, oscuros, tenía acento florentino y el pelo rojizo cortado al estilo paje. Fue ella quien, con la mayor formalidad, hizo las presentaciones.
–Señor Stagni, soy Barbara Busoni. Hemos hablado varias veces.
Trabajo en el área de desarrollo de proyectos de la agencia. Si llegamos a un acuerdo, seré su editora. El caballero es Maury Rosenheim, el abogado que trabaja en la agencia, y él es Sergei Malenkov, un reconocido perito calígrafo. Caballeros, el señor Claudio Stagni, quien fue el ayuda de cámara de Su Santidad.
–¿Fue o es?
–Fue, señor Rosenheim. Su Santidad ha muerto esta mañana.
–No lo sabía. He estado volando ocho horas, la mayor parte de ellas durmiendo. Supongo que ya ha dejado su trabajo.
–No del todo. Estoy de vacaciones. El cardenal camarlengo, lo que en Inglaterra llaman chamberlain, me sugirió que aprovechara parte de mis vacaciones acumuladas antes de decidir si solicitar o no otro empleo en el Vaticano.
El abogado frunció el entrecejo, intrigado.
–Éste no es el modo en que se me presentaron las cosas, Barbara. Sé que estoy cansado, pero…
–¿Por qué no te callas y escuchas, Maury? Todavía estamos muy lejos de los documentos. Según entiendo, el señor Stagni nos está ofreciendo unas memorias personales, íntimas, de sus años como ayuda de cámara del Pontífice, junto con los derechos exclusivos de publicación de ciertos papeles privados del Pontífice de los que es legítimo poseedor. En principio, el señor Stagni ha acordado con nosotros que dictará sus memorias bajo mi supervisión, y que yo las editaré a medida que trabajemos, de manera que podamos tenerlas listas para su distribución antes de que comience el cónclave. El precio que estipulamos por los derechos de publicación en los medios de todo el mundo fue de un millón y medio de dólares estadounidenses, que se le pagarían la mitad al comenzar el trabajo y la otra mitad al concluirlo. ¿Lo ha entendido usted así, señor Stagni?
–Lo entendí y lo acepté como punto de partida de la negociación. De entonces a ahora, las circunstancias han cambiado.
–¿En qué sentido, señor Stagni?
–Tengo en mis manos mucho más material, un material íntimo y exclusivo de puño y letra del Pontífice. Es de tal índole que creo que debería publicarse antes que mis memorias: de esa manera ambos proyectos se valorizarían muchísimo.
–¿Quiere decir, señor Stagni, que nos está subiendo el precio acordado?
–Por una parte, sí. Pero por otra les estoy ofreciendo un producto muchísimo más valioso.
–¿Podemos ver algo, por favor? – Ahora Barbara Busoni estaba irritada-. Debe admitir que esto es una verdadera sorpresa.
–Fígaro solía ser una fuente inagotable de sorpresas, ¿no?
–¿Fígaro?
–Es el apodo que me pusieron en Roma. Yo era el ayuda de cámara del Papa, su barbero, su diseñador de vestuario, de todo, pero era también una de las pocas personas que podía arrancarle una auténtica carcajada. Veamos, déjeme mostrarle de qué estamos hablando.
Abrió su gastado maletín y extrajo un misal encuadernado en cuero. Lo abrió en una página y se lo pasó a Malenkov, el perito calígrafo.