Eminencia
Capítulo Cuatro
todos los medios. Luego podemos hablar de porcentajes y derechos de prioridad.
Maury Rosenheim no podía creer lo que estaba oyendo.
–¿Derechos de prioridad? ¿Cómo diablos sabe usted que hay derechos de prioridad?
–Aprendo rápido. – Fígaro les dispensó su sonrisa más jovial-. Si quieren estudiar el manuscrito, si quieren deliberar, pueden hacerlo en el dormitorio; si quieren llamar a Nueva York, por favor, usen el teléfono o el fax. Un detalle solamente, amigos. No jueguen a regatear. Esta oferta es válida hasta las once de la noche, hora de Zurich, que coincide con el cierre de la bolsa en Nueva York. Y recuerden: dinero en efectivo contra entrega de los documentos en Zurich, mañana.
La puerta del dormitorio se cerró tras los tres invitados, y Fígaro exhaló un largo y silencioso suspiro de alivio. Había invertido dos mil dólares en el mejor falsificador profesional: un viejo impostor que había estado purgando una condena de diez años en Lipari y había vivido con una hija casada y el marido de ella a dos calles de su apartamento. Fígaro había redactado el texto, y le había proporcionado las necesarias muestras de la letra del Pontífice. El viejo falsificador había garantizado que su trabajo engañaría a cualquier perito del mundo. Y se tomó el trabajo de aclararle que no había sido un trabajo mal hecho lo que lo había llevado a la cárcel, sino una mujer celosa que lo había encontrado en la cama con la hermana y lo había denunciado a la policía. Desgraciadamente no podía garantizarse a si mismo contra la muerte. Había muerto de un ataque al corazón dos semanas después de entregar su obra.
Fígaro estaba decidido a sacar provecho de la situación. En el preciso momento en que los fondos estuvieran depositados en su banco, saldría rumbo a Brasil por una ruta muy indirecta.
Capítulo Cuatro
Durante los dos días que siguieron a su muerte y embalsamamiento, el cuerpo del Pontífice fue velado en la capilla del Santísimo Sacramento, en la basílica de San Pedro. Los cirios encendidos se consumían a su alrededor.
Oficiales de la guardia suiza estaban apostados vigilando, mientras miles de creyentes y no creyentes, romanos y extranjeros, pasaban en lenta procesión ante su ataúd abierto.
Su cuerpo estaba ataviado con toda la pompa pontificia, con un velo sobre el rostro, un rosario entre las manos, su breviario abierto sobre el pecho con el marcador de seda en el oficio del día. Dentro del ataúd había copias de las medallas que había hecho acuñar durante su reinado, y un pequeño monedero de cuero con muestras de sus monedas. Éstas, así era el razonamiento, ayudarían a identificarlo si después de los cataclismos de otro milenio fuera exhumado y vuelto a enterrar. Los romanos, un pueblo escéptico con una larga historia, tenían otra explicación: «El Papa también es humano. Tiene que pagarle al barquero como todos nosotros».
Al tercer día lo enterraron en la cripta. Los medios de comunicación de todo el mundo se refirieron a las exequias y el entierro con la circunspección que correspondía. Los primeros editoriales fueron alumbrados en una prosa grandilocuente y panegírica. Las primeras fotografías destacaban la grandeza arquitectónica, el esplendor ritual, el alcance mundial y la diversidad que caracterizaban a la Iglesia: Una, Santa, Católica y Apostólica. Los servicios informativos de la televisión emitían imágenes reverentes, retóricas y autoindulgentes de los iconos familiares y no familiares.
Luego comenzaron los novendiales, los nueve días de misas, oraciones y sermones públicos a cargo de prelados de la más alta jerarquía en las principales iglesias de la ciudad. Los sermones no eran piadosas celebraciones de un alma querida que ha partido. Se proponían ser expresiones públicas de las necesidades de los fieles, y mensajes enviados al colegio electoral para recordarle su deber de encontrar un buen pastor para los romanos y para la Iglesia en general.
Al mismo tiempo, los medios de comunicación de todo el mundo adoptaron un tono diferente. Abandonaron la prosa florida, y los piadosos lugares comunes se convirtieron en punzantes consideraciones políticas. La elección de un nuevo Pontífice era un acto crítico cuyas consecuencias, para bien o para mal, se extenderían más allá de las fronteras de las naciones y de las barreras de razas, credos y costumbres. El mundo estaba en crisis, la Iglesia estaba desorganizada. Los medios reflejaban todas sus confusiones.
Sin embargo, fue el New York Times el que encendió la mecha:
«… El difunto Pontífice era un hombre perseverante y valiente que consideró que su tarea pastoral era moldear la arcilla humana a imagen de Cristo. Sin embargo, a menudo daba la impresión de estar creando una
comunidad tan uniforme y pasiva como los guerreros enterrados de China.
Alejó a las mujeres de la Iglesia. Llamó a silencio o intimidó a sus pensadores más audaces. Fue siempre centralista e intervencionista. La noción de gobierno colegiado le era ajena, como la idea de que las mujeres pudieran ejercer el sacerdocio. Cuando designó los obispados vacantes o confirió el capelo cardenalicio a hombres que compartían con él estos puntos de vista, no estaba haciendo algo imprevisto. Su expectativa era, sin duda, que el Colegio Cardenalicio habría de elegir un Papa que continuaría sus propias políticas.
Ahora, inmediatamente después de su muerte, hay una nueva sorpresa.
Podría ser interpretada -y eso es lo que con seguridad harán muchos- como un intento póstumo de intervención en el mismísimo cónclave.
En nuestra próxima edición dominical publicaremos, simultáneamente con otros periódicos importantes de todo el mundo, un documento extraordinario. Se trata del diario privado que el difunto Pontífice escribía todas las noches. Lo guardaba en un lugar secreto de su vestidor, y finalmente se lo entregó, como legado personal, a su ayuda de cámara de muchos años, Claudio Stagni, quien en esas madrugadas solía hacerle compañía mientras el Pontífice trabajaba.
El documento ha sido autentificado sin dejar lugar a la menor duda por dos peritos calígrafos, uno en Europa y otro en Estados Unidos. La procedencia es simple y directa: del Pontífice a Stagni. El título de propiedad es incuestionable: una carta a modo de legado escrita por Su Santidad a Stagni en los últimos
días de su vida. Todas estas pruebas serán exhibidas en nuestra publicación.
El diario contiene reveladores comentarios marginales sobre las políticas del Vaticano y vívidos retratos de altos prelados de todo el mundo, entre ellos los que en este momento están reunidos en asamblea en Roma para elegir a un nuevo Pontífice. El material será publicado completo, con la excepción de algunos pasajes que, según nuestros consejeros legales, podrían ser considerados difamatorios…»
Había más todavía: la promesa de chismes de lo que ocurría entre bambalinas aportados por el propio Claudio Stagni bajo el título: El pequeño mundo de Fígaro y su Papa. El resultado final de estos anuncios, y una cadena de otros similares en varias grandes capitales, obligó al cardenal
camarlengo a convocar una reunión de emergencia de cardenales en el palacio apostólico. Estaban todos muy ofendidos. Él mismo sentía una gran incomodidad, que se acentuó cuando el cardenal arzobispo de Nueva York presentó una copia de las pruebas de imprenta del controvertido material y distribuyó copias que habían sido tiradas esa tarde en la Villa Stritch, donde su eminencia se alojaba. En su brusco estilo militar -era capellán general de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos-, se dirigió a su público:
–Esto me fue entregado esta mañana por la oficina romana del New York Times. Fueron sumamente corteses. Dijeron que no tenían nada que ocultar. Me aseguraron que el título de propiedad era incuestionable y, por lo que he leído, los documentos son auténticos. Lo que todos queremos saber en primer lugar es cómo pudo ocurrir esto, y, en segundo lugar, si a estas alturas de los acontecimientos tenemos alguna esperanza de poder obtener una orden judicial para impedir la publicación.
–Me temo que no hay absolutamente ninguna esperanza. – El camarlengo se mostró apenado pero firme-. He discutido el asunto con monseñor Ángel Novalis y con nuestros consejeros legales, laicos y clericales. Al parecer Claudio Stagni es el propietario legal de los documentos, a los que el propio Pontífice alude como un legado.
Obviamente, los compradores y los agentes literarios que los vendieron en todo el mundo han hecho sus propias investigaciones. El consejo que nos han dado es que no hay fundamentos para
impedir la publicación por medios legales en ningún país.
–Pero ¿cómo pudo Su Santidad haber cometido una locura como ésta?
Usted lo veía más que cualquiera de nosotros, Baldassare. ¿Estaba en sus cabales?
–No tengo ninguna duda, absolutamente ninguna duda.
–¿Existe alguna posibilidad de que ese sujeto, Stagni, haya ejercido sobre él una influencia indebida?
El camarlengo esbozó una sonrisa forzada.
–Usted sabe, todos nosotros lo sabemos, lo difícil que era para cualquiera de nosotros influir sobre el difunto Pontífice en estos últimos años.
–¿Dónde está Stagni ahora?
–No es ningún secreto. Está en Río de Janeiro, de vacaciones.
–Que pagamos nosotros.
–Naturalmente. Había acumulado muchos días de vacaciones y tiene perfecto derecho a que le sean pagados. También tiene derecho a una jubilación, para la cual él y nosotros hemos contribuido por un largo tiempo.
–¿Vamos a pagar eso también?
–Puesto que no hay ninguna prueba de comportamiento criminal, estamos obligados a hacerlo.
–¿Estamos buscando esas pruebas?
–No sabemos por dónde empezar. Piensen un momento. Antes de que Su Santidad muriera, hice una inspección minuciosa de su estudio, de su dormitorio y de su vestidor en compañía de su secretario y de su ayuda de cámara. Estos documentos no estaban allí.
–¿Vio el lugar secreto donde escondía sus cosas?
–Me fue mostrado. Estaba vacío.
–¿Y el ayuda de cámara no mencionó los documentos?
–No.
–Con lo que sabemos ahora, ¿no resulta al menos sospechoso eso?
–No lo suficientemente sospechoso como para acudir a la justicia, ni entonces ni ahora. En el peor de los casos, su silencio podría ser considerado como un acto inteligente motivado por un interés personal.
–O una respuesta a los deseos del propio Pontífice.
El comentario vino de Luca Rossini, quien se puso de pie con el texto en la mano. Hubo un repentino silencio indignado antes de que el cardenal arzobispo le preguntara bruscamente.
–¿Es eso lo que nuestro eminente colega cree?
–Es lo que este eminente periódico sugiere. – Rossini hablaba con serenidad-. Primero señala, bastante correctamente, que el difunto Pontífice hizo ciertas designaciones en el Colegio Cardenalicio con la esperanza de que el hombre a quien el Colegio eligiera continuara las políticas existentes.
Luego dice lo siguiente: «Ahora, inmediatamente después de su muerte, hay una nueva sorpresa. Podría ser interpretada -y eso es lo que con seguridad harán muchos- como un intento póstumo de intervención en el mismísimo cónclave».
Tras el silencio que siguió a la lectura, se oyó la voz del camarlengo.
–¿Es eso lo que tú crees, Luca?
–Creo que muchos lectores y muchos comentaristas harán una interpretación como ésta.
–¿Cuál es tu propia lectura de este desafortunado incidente? Después de todo, tú estabas muy cerca de Su Santidad.
–Lo suficientemente cerca como para saber que, en sus últimos años, a veces podía emitir juicios apresurados, y que otras veces creía que podía, o debía, adelantarse al curso futuro de la historia. De todos modos, ésa es una opinión personal. No nos aporta ningún fundamento para iniciar acciones legales contra Claudio Stagni, y ni siquiera para poner en duda su reputación.
–¿Quiere decir que no deberíamos hacer nada? – El arzobispo de Nueva York estaba furioso-. ¡Ese hombre es un ladrón!
–¿Podemos probarlo?
–Todavía no. Pero tenemos que desacreditarlo.
–Podríamos terminar desacreditándonos nosotros mismos. Razonemos un poco sobre esto. Los periódicos más poderosos del mundo defenderán la autenticidad de lo que han comprado. Muchos de los que estamos en esta sala reconocemos al menos ecos de observaciones que el Pontífice hizo de vez en cuando en público o en privado. Todos podemos atestiguar, como mínimo, que la letra se parece muchísimo a la del Pontífice. Por eso pienso que pareceríamos unos tontos si tratáramos de desacreditar el documento.
El
hecho de que Stagni reivindique su propiedad es otra cuestión, nada fácil de resolver. Tiene un documento ológrafo, una carta de puño y letra del Pontífice, en la que le da el diario en carácter de legado. Dos peritos calígrafos lo han estudiado y lo han considerado auténtico. Entiendo que cuando pudiéramos ofrecer en los tribunales pruebas que los refutasen, ya habríamos gastado millones, y estaríamos transfiriéndole a nuestro nuevo Pontífice una montaña de juicios en una docena de jurisdicciones. ¡Un comienzo no muy bueno para un nuevo reinado!
Rossini se sentó. Hubo un prolongado silencio, durante el cual el camarlengo paseó su mirada por la sala, a la espera de alguna otra intervención. Finalmente el secretario de Estado se puso de pie.
–Nuestro colega Luca tiene razón. Prima facie, los documentos son auténticos. Nuestra única oportunidad (difícil de preparar y cara de sostener), es impugnar la validez del título de propiedad del documento. ¿El
legado del Pontífice a su ayuda de cámara es válido? La carta de donación tiene la misma letra que el diario, y la mayoría de los que estamos aquí, a primera vista, aceptaríamos que es la del Pontífice. ¿Qué hacemos entonces? ¿Montar una impugnación a gran escala, o plantear las dudas legítimas que tenemos,
sean cuales fueren, y esperar que la cosa se extinga como una vela romana en cuanto comiencen los trámites de la elección?
–¿Algún otro comentario? – preguntó el camarlengo.
–Sólo uno -dijo el hombre de París-. ¡Odio la idea de ese pequeño salaud tomando el sol en Río y viviendo como un príncipe de sus ganancias mal conseguidas! ¡Ojalá contraiga la peste!
–Yo no le desearía eso a nadie -dijo el hombre de Río-. Mi ciudad es uno de los hogares de la peste en el mundo.
–No tanto como la mía. Ni la mitad -dijo el hombre de Kinshasa.
El camarlengo puso orden en la reunión.
–Su eminencia el secretario de Estado ha presentado una moción. No impugnamos la autenticidad de los documentos. Y anunciamos que estamos haciendo averiguaciones sobre la legitimidad del título de propiedad.
–Con todos mis respetos -dijo Luca Rossini-, sugiero un pequeño addendum. Que se le dé autoridad a monseñor Ángel Novalis para que conduzca las investigaciones y se encargue de los comentarios a la prensa.
Todos los demás vamos a tener cosas más importantes que hacer.
–Acepto la enmienda -dijo el secretario de Estado.
–Yo apoyo la moción con su enmienda -dijo el arzobispo de Nueva York.
–Placetne fratres? – El camarlengo hizo la pregunta ritual.
Todas las manos se alzaron. Todas las voces aprobaron, en un murmullo.
El arzobispo de Nueva York alzó su mano con los demás, pero como era un sujeto irritable, descargó una inoportuna protesta sobre su vecino, Gottfried Gruber.
–Todavía no puedo imaginarme la relación entre ese pequeño cerdo de Stagni y el Santo Padre.
–Yo si -dijo Gottfried Gruber de mal humor-. El Santo Padre se convirtió en una figura tan pública que no tenía un lugar para reír o llorar que no fueran sus propias habitaciones. Incluso con nosotros, sus colegas,
se mostraba siempre cauteloso y distante. Su ayuda de cámara era la única persona con quien podía distenderse y compartir un chiste, o el chisme del día. Todos lo sabíamos. Algunos estábamos celosos.
–¿Realmente cree que le regaló su diario a Stagni?
–Estoy seguro de que compartió con él algunos de los párrafos mientras los escribía.
–Puedo ver la escena. Sé lo que se siente cuando se está solo al final de un día duro, con Dios como único interlocutor. Es un buen oyente, pero silencioso. A veces cuesta creer que esté realmente allí.
–Exactamente a eso me refiero -dijo Gottfried Gruber-. Nadie ha trabajado más duro que yo para mantener la pureza de la fe y defender la autoridad del Romano Pontífice como su árbitro e intérprete. Pero últimamente he comenzado a preguntarme…
Se interrumpió en medio de la frase. El arzobispo lo aguijoneó.
–¿Qué se pregunta? Dígalo, hombre. Aquí somos todos hermanos.
–He comenzado a preguntarme si no he ayudado a crear una receta para la revolución.
–Hay una sola manera de contestar esa pregunta, Gottfried.
–Dígamela, por favor.
–¡Pregúntese qué haría si de pronto lo sentáramos en el trono de Pedro!
La idea fue propuesta por Steffi Guillermin en el bar del Club de la Prensa Extranjera. Fritz Ulrich la apoyó ruidosamente. El voto a favor fue unánime. Se invitaría a monseñor Domingo Ángel Novalis a hablar ante los miembros del Club y a contestar luego sus preguntas, durante un almuerzo que se le ofrecería al día siguiente. Steffi Guillermin hizo la llamada telefónica y recibió una respuesta afirmativa. Un grito de júbilo atronó en el lugar cuando Steffi cortó la comunicación y alzó los pulgares.
–Le interesa. Tiene que consultarlo primero con la Secretaría. No cree que haya problemas.
–Si se negaran serían unos idiotas -dijo Fritz Ulrich-. Es la mejor oportunidad que tienen para dar su opinión sobre la publicación del diario.
–También podría ser la última aparición de Ángel Novalis en escena.
Los del Opus Dei deben de estar preguntándose cómo les cambiará su papel el nuevo pontificado.
–Ángel Novalis no tendrá que dar tantos rodeos como de costumbre -les recordó Frank Colson-. Nos va a dar las respuestas a doble espacio, para
que podamos leer entre líneas.
–Siempre que le hagamos las preguntas justas -dijo Steffi Guillermin-, y no perdamos tiempo duplicándolas.
–Una sugerencia, entonces: ¿Por qué no unificamos las preguntas? Si además hacemos que sea uno solo el que las formule, no va a ser fácil que el entrevistado lo esquive y se podrá avanzar más rápido. Todos sabemos que nuestro invitado tiene pies ligeros.
–Yo propongo a Steffi. – Fritz Ulrich le sonrió burlonamente. Ella tuvo la idea. Y también es ligera de pies. ¡No he conocido todavía ningún hombre que haya podido atraparla!
Steffi Guillermin ignoró la pulla y eludió la provocación.
–Las preguntas deberían ser formuladas en inglés. Nuestro invitado lo habla con fluidez. Eso facilitaría la cobertura y la unificación tanto de las preguntas como de las respuestas.
–¿Quién decide cuál será el cuestionario definitivo? – La pregunta la hizo Frank Colson.
–Los jefes de redacción de los periódicos que compraron los derechos de publicación y los servicios de televisión que contribuyeron a la compra.
¿Alguien tiene alguna objeción?
–Yo, ninguna -dijo el hombre del New York Times.
–Nosotros, ninguna -dijo el del Times de Londres.
Steffi Guillermin se quedó con la última palabra.
–Todas las preguntas deberán ser entregadas al camarero antes de las seis de la tarde de hoy. Necesitamos una mañana de trabajo para ponerlas en orden y asegurarnos la mejor oportunidad de tener una nota de primera.
Propongo a Frank Colson para que traduzca las preguntas. Hasta yo puedo entender su inglés. Una cosa más: estamos más interesados en lo que se diga que en los ángulos de cámara. A la gente de la televisión y los fotógrafos les asignaremos un lugar preciso. No podemos tener gente disparando sus flashes durante el discurso o cuando hagamos las preguntas… Y los que han pagado los derechos de distribución tienen prioridad. ¿Entendido?
¡Habían entendido, por supuesto! En Roma todo el mundo entendía todo, incluso antes de que se dijera, de modo que nadie se tomaba el trabajo de escuchar nada. Pero Steffi Guillermin había vivido lo suficiente en la ciudad como para entender la palabra arrangiarsi, el arte de arreglárselas
solo. De modo que reunió su propio grupito de conspiradores para decidir cómo distribuirían a los comensales en la mesa y redactar las preguntas en inglés con Frank Colson.
A las cinco de la tarde llamó Ángel Novalis. Le habían dado permiso para hablar en el almuerzo. Sin embargo, había ciertas condiciones. Steffi Guillermin se puso en guardia de inmediato.
–¿Qué condiciones, monseñor?
–Primero, cuando se publique deberán aclarar que estoy hablando a título personal y no como representante del Vaticano.
–Eso sería como distorsionar la verdad, ¿no es cierto?
–Es la expresión de un hecho canónico. La Sede de Pedro está vacante.
Todos los deseos del último Pontífice siguen vigentes hasta que sea elegido un nuevo papa. yo no puedo comentar aquellas
políticas ni hacer profecías sobre las nuevas. No obstante, puedo expresar mis opiniones personales, siempre que se las anuncie como tales.
–¿Usted sabe que lo que nosotros enviamos puede ser cambiado, o que algunas partes pueden ser eliminadas en nuestras respectivas redacciones?
–Por supuesto. Digamos que estoy…
–Cubriéndose las espaldas -dijo Steffi Guillermin-. Eso lo entendemos.
¿Cuál es la siguiente condición?
–No expresaré opiniones sobre personas concretas cuyos nombres estén mencionados en el diario. El ries go de cometer difamación no sólo los alcanza a ustedes sino también a mí.
–¿ Pero no se negará a contestar preguntas generales sobre «ciertas personas»?
–Me reservo siempre el derecho de negarme a hacer comentarios.
–Eso no nos incomoda. ¿Algo más?
–El tema de mi alocución será «Pasado y futuro de una Iglesia perdurable».
–No suena como un monólogo cómico para un almuerzo -dijo Steffi Guillermin-, pero estoy segura de que hará usted un buen trabajo. Tal vez le resulte difícil de creer, pero estará entre amigos.
–¡Nunca he dudado de eso! Hasta mañana entonces.
Steffi Guillermin colgó y dio un gritito de alegría. Este hombre era brillante, a veces demasiado brillante para su propio bien; pero tenía la autoestima suficiente como para garantizar una actuación de primera. Sería
una clásica escena de tribunal, con un acusado muy seguro de sí mismo y un fiscal muy cortés. Lo que estaría en discusión serían veinticinco años de gobierno centrista de la Iglesia y una visión -si es que existía- del nuevo milenio, interpretados a partir del diario íntimo de un hombre muerto.
Cuando Luca Rossini regresó a su casa, a las siete de la tarde, había un mensaje de Isabel.
Luisa y yo salimos de Nueva York esta tarde a las seis y media.
Llegamos a Roma mañana a las 8.50 de la mañana y seremos recibidas por un agregado de la embajada argentina. Raúl nos ha reservado una suite en el Grand Hotel. Insiste en que nos presentemos «con un estilo apropiado».
Después de un largo vuelo nocturno, las dos necesitaremos un descanso y un tratamiento de belleza antes de encontrarnos con nuestra muy especial eminencia. Te esperaremos a las ocho de la noche para cenar en la suite.
Por favor, deja un mensaje en el hotel para confirmar que vendrás aunque Atila esté a las puertas de Roma.
Con todo mi amor,
Isabel
A pesar de todas las fantasías que había alimentado, la noticia lo dejó sin aliento. Después de un cuarto de siglo de separación y sentido exilio, estarían juntos en la misma habitación. Se encontrarían cara a cara, cuerpo a cuerpo, y todos los ayeres perdidos quedarían en el olvido.
Luego un súbito pánico se apoderó de él. También esto era una fantasía.
Habría un testigo del encuentro, una mujer joven de veintitantos años, hija de Isabel y Raúl, nieta de aquel viejo y aguerrido aventurero, Carlos Menéndez, que había desafiado a la Junta Militar y a la Iglesia para que lo sacaran sano y salvo del país. La cruda advertencia de Menéndez todavía resonaba en su memoria: «Lleva mucho tiempo recuperarse de la experiencia de la tortura… Es demasiado pronto para saber cómo saldrás de todo esto. Espero que algún día tú seas todo un hombre».
¿Cómo lo juzgaría ahora el viejo Carlos, allí donde se hospedara? Había muerto diez años atrás, cuando su helicóptero se precipitó a tierra en un remoto valle andino. También se preguntaba cómo reaccionaría la joven cuando lo conociera. Y más que todo se preguntaba cómo lo vería Isabel, quien con sus cuidados lo había elevado desde aquella obscena degradación hasta devolverle la imagen de un hombre.
Entró en el dormitorio, caminó hasta el escritorio y permaneció un buen rato frente al espejo, mirándose. Vio a un sujeto enjuto, de cincuenta años, con la piel aceitunada de un hombre del Mediterráneo, el pelo gris acerado y una expresión adusta en la boca, que podía trocarse en una rara sonrisa cuando sus ojos oscuros se iluminaban. Era alto para ser un hombre del sur, y muchas veces se había preguntado qué corsario o invasor escandinavo le habría dado su altura y su paso largo y airoso.
De pronto se echó a reír ante la imagen del espejo: le hacía gracia el ridículo recuento de sus atractivos que estaba haciendo, como si estuviera valorando a un animal. Ésta era la raíz de sus temores: que Isabel, la única mujer que él había amado, lo encontrara ridículo.
Sin proponérselo, la idea le suscitó una nueva serie de interrogantes.
¿Cómo se saludarían? ¿Con un apretón de manos o con un beso? ¿Y qué tipo de beso sería el apropiado en presencia de su hija?
Isabel no le había insinuado nada al respecto en ninguna de sus cartas, y sin embargo también ella debía de haber soñado con el momento en que se encontrarían. Cada vez que mencionaba a su hija, lo hacía con orgullo y cariño, y una genuina satisfacción por el hecho de que la relación entre la muchacha y su padre era buena. «Ella lo adora porque él no le niega nada.
Para él, es su mascota, le encanta exhibirla, y escoge con mucho cuidado a quiénes, entre sus amigos, varones o mujeres, la presenta. Ella, por su parte, tiene un espíritu generoso y alegre y hemos llegado a ser buenas compañeras.»
Y otra pregunta más estúpida que las otras: ¿Cómo debería vestirse para aquella cena de tres comensales? Tenía tres opciones: una sotana escarlata ribeteada con un cinto del mismo color, sumamente formal y que sin duda provocaría revuelo en el vestíbulo del Grand Hotel, un traje común de clérigo, con un cuello romano y el corbatín púrpura para denotar su rango, o el traje de calle con cuello y corbata que usaba cuando viajaba a lugares donde era conveniente exhibir cierta neutralidad religiosa. Rechazó esa opción al
instante. Tomaría demasiado tiempo explicarla. De todos modos, se prometió que cuando llevara a Isabel a su retiro de las colinas se vestiría con sus ropas de trabajo y pensó que, si Dios quería, ella aceptaría ir sola.
Una sombra de resentimiento se inmiscuyó en sus cavilaciones. ¿Por qué Isabel había organizado su primer encuentro de esa manera? ¿Había
decidido trazar, de alguna manera, una línea en la arena? ¿Temía que un repentino impulso de pasión se apoderara de él, o de ella? Se enojó consigo mismo por el solo hecho de haberlo pensado. Ella no le debía nada. Él era el que estaba en deuda. Ella tenía perfecto derecho a fijar las condiciones de pago. Además, sus cartas eran el verdadero testimonio de lo que sentía por él y, tenía que admitirlo, eran mucho más abiertas que las que él le enviaba a ella. De modo que rechazó el inoportuno pensamiento e intercambió una sonrisa burlona con la imagen del espejo.
A pesar de todo, estaba inquieto y preocupado. No quería enfrentarse a la noche en soledad. Dijo a sus sirvientes que cenaría fuera. Luego marcó el número de un tal monseñor Piers Paul Hallett, quien trabajaba como paleógrafo en la biblioteca del Vaticano. Había entre ellos una extraña amistad que había florecido a partir de un encuentro casual en la biblioteca, muy poco después de la llegada de Rossini a Roma. Apenas habían sido presentados, Hallett le había hecho una lánguida pregunta: «Dime, muchacho, ¿por casualidad sabes algo sobre el calendario de los incas?».
Hallett tenía una lengua ingeniosa, el don de la erudición indolente y un desprecio muy inglés por los excesos del gobierno del clero. ¿Estaba disponible para cenar? Siempre que el eminente pagara. ¿Le gustaría la Antica Pesa? Por supuesto. El lugar era muy discreto, y resultaría todavía más cómodo si ambos iban vestidos de civil.
–Sin ánimo de ofender a mi eminente anfitrión, estos días Roma está siendo asolada por una verdadera plaga de prelados. ¡Todo ese rojo y esa púrpura! ¡Es como un brote de sarampión!
El nombre, Antica Pesa, significaba «La vieja casa del pesaje», el lugar donde se controlaban y gravaban las cargas de las carretas antes de que se las subiera hasta la cima del Janículo. Estaba situada en una antigua casa de vecindad cuyas puertas delanteras daban al empedrado pavimento de la vía Garibaldi mientras que en la parte de atrás desembocaba en un pequeño jardín cerrado, un lugar agradable para una cena de verano.
Aquella noche el aire era frío, de modo que Rossini y su invitado se instalaron cerca del resplandor de un fuego de madera de olivo encendido en una chimenea lo bastante grande como para asar en ella un toro.
Decidieron pedir lo mismo: spaghetti alla poverella y vitello arrosto con una botella de vino tinto y otra de agua mineral. Luego, sabiendo que el servicio
tardaría, comenzaron la charla tranquila de dos viejos amigos. Hallett, como siempre, hizo las primeras preguntas.
–Dime, eminente amigo, ¿cuál es la verdad sobre ese diario? ¿Es auténtico? ¿Fue robado? ¿Por qué no hubo ninguna protesta pública del Vaticano sobre la publicación?
Rossini se encogió de hombros y recitó de un tirón las respuestas:
–Es auténtico, sí. La procedencia parece simple. El Santo Padre se lo dio a Stagni como legado personal. Hay una carta manuscrita que lo prueba.
–¡El hombre debe de haber estado chocheando!
–Está muerto y enterrado, amigo mío. Dejémosle descansar en paz.
–¿Qué sabes de ese ayuda de cámara?
–No mucho. Ya estaba instalado allí cuando llegué a Roma. Nos hemos saludado pero, como todos los demás, no le he prestado demasiada atención. Tú has estado aquí más tiempo que yo, ¿qué sabes?
–Trabajo en la biblioteca, que está muy lejos de los aposentos papales, pero todas las mañanas tomo el café en el Nymphaeum, al otro lado del jardín. Es un lugar animado, al menos para el Vaticano. Stagni solía ir a menudo.
–¿Cómo era?
–Un chismoso agradable. La gente lo quería. Lo llamaban Fígaro, pero eso ya lo sabes, por supuesto.
–Lo sé.
–Lo que probablemente no sepas es que durante mucho tiempo anduvo diciendo que cuando se retirara iba a escribir un libro. Obviamente algún editor italiano se había puesto en contacto con él, pero sus ambiciones iban más allá. Parecía un buitre arrebatando migajas de información sobre agentes, editores y medios de comunicación de distintos países. Yo le di un viejo ejemplar del Anuario de Escritores y Artistas y le sugerí que consiguiera una publicación similar referida a América. Me dio las gracias muy efusivamente.
–Una vez que tuvo los contactos -reflexionó Rossini-, debió de sentirse estimulado a desarrollar las ideas.
–¡Exactamente! Pero hay otro detalle. En este caso es algo en lo que estoy involucrado.
–¿Tú? Por Dios, cómo…
–¡Paciencia, mi querida eminencia! ¡Paciencia! En mi especialidad, de vez en cuando surge la cuestión de la falsificación. Es un negocio antiguo: la gente que se dedica a falsificar artefactos y documentos existe desde hace siglos. En la Iglesia también hemos tenido nuestros casos. Lo cierto es que una mañana, a la hora del café, apareció el tema. Stagni, que estaba allí, sostuvo que conocía a un viejo que había estado preso en Lipari por falsificación de documentos de identidad, cheques, e incluso, aunque no lo creas, por hacer falsos títulos de nobleza. De éstos parece que hubo un comercio importante apenas terminó la guerra…
–¿Recuerdas cómo se llamaba el hombre?
–Pues sí. De hecho, Stagni me dio sus señas y le hice una consulta sobre la autenticidad de un documento. Se llamaba Aldo Carrese. Murió…
–¿Cuándo murió?
–Hace unos meses.
–¿Stagni lo estaba utilizando?
–Sólo es una corazonada, pero creo que debe de haberlo hecho.
–¿Por qué Stagni te daría el nombre?
–Difícilmente habría podido negarse. Te dije que era un chismoso.
Había hablado tanto que no le quedó otro remedio.
–No creo que nos sirva de mucho ahora. El hombre está muerto. El diario ya está en prensa. Stagni está en su casa, libre y rico.
–¡Qué vergüenza!
–De todos modos, algo podemos rescatar. Ángel Novalis va a hablar en el Club de la Prensa Extranjera. Lo llamaré por la mañana. Te confieso que no me preocupa demasiado. Todo este asunto es una maravilla que no durará más de nueve días. (1)
–¿Eso ha querido ser un juego de palabras?
–Lo es. Acabamos de comenzar los nueve días de homenajes: recordando, esperando. La prensa entrará en un frenesí alimentado por el diario, hasta que nos encerremos en el cónclave. Después de eso, el tema se diluirá, será una nota a pie de página en la historia.
–¡Eso es poner el dedo en la llaga! – De pronto, Hallett se puso taciturno y volvió a sumirse en el silencio.
Rossini lo aguijoneó.
–Tú tienes algo en mente, Piers. Somos amigos. Dímelo.
–Estaba pensando -comenzó Hallett lentamente- que yo me he estado ocupando toda mi vida de notas al pie.
–Pensé que tu trabajo te hacía feliz.
–Asi fue, hasta no hace mucho.
–¿Pasó algo que hizo cambiar las cosas?
–No pasó nada en concreto. Simplemente estoy atravesando una mala racha: aburrimiento, indiferencia, vanidad de vanidades, todo verdor perecerá, ese tipo de cosas.
–Es probable que necesites unas vacaciones, o un cambio de trabajo.
–Lo último, seguramente. Es el trabajo en sí lo que me está afectando.
Solía gustarme, pero ya no encuentro placer alguno en él.
–Adelante. Te escucho.
–Es bastante simple. Soy paleógrafo. Me ocupo de escritos e inscripciones antiguas. Es uno de los campos de estudio más áridos, y uno de los más solitarios, además. Todo tiene como punto de referencia el pasado. Las señales apuntan siempre a callejones sin salida, a templos derruidos y dioses olvidados. Mi propio yo se ha convertido en un hábitat bastante polvoriento. Por eso me he alegrado tanto de que llamaras y me invitaras a cenar esta noche.
Antes de que Rossini tuviera tiempo de responder, el camarero depositó ante ellos los platos rebosantes de pasta y entonó su letanía.
–¿Queso, caballeros? ¿Pimienta? ¡Buen provecho!
–Yo tengo apetito -dijo Luca Rossini-. ¿Quieres bendecir la mesa?
Hallett hizo la señal de la cruz sobre la comida y dijo la bendición.
–Bendícenos, Señor, y bendice el alimento que compartimos en amistad.
–Amén -dijo Luca Rossini-. yo también agradezco tu compañía, Piers.
Comieron sin parar la montaña de pasta; pero, hacia la mitad del plato, Rossini se rindió. Retomó el hilo de lo que Hallett le había estado contando.
–Entiendo lo que dices, Piers, sobre la soledad del estudioso especializado. Los hititas y los antiguos ilirios no son un tema de conversación muy interesante para un desayuno.
Hallett puso ruidosamente su tenedor en la mesa y miró a Rossini. Un fuego de ira le quemaba los ojos.
–¡Es la mesa del desayuno lo que echo de menos, Luca! Me estoy consumiendo en la soledad del celibato. El año que viene cumplo cincuenta,
¿y qué tengo para mostrar que sea meritorio para mí mismo o bueno para
cualquier otra persona? No soy un sacerdote. Soy un pedante. Más que eso, Luca, soy un hombre atrofiado.
–¿Quién es la muchacha, Piers? – Era casi una broma, un anzuelo para atrapar una confesión demasiado difícil. Hallett lo mordió.
–No es una muchacha, Luca. Es un hombre.
Rossini vaciló apenas un instante. Luego preguntó con estudiada neutralidad:
–¿Quieres contarme el resto de la historia?
–Es un sacerdote como yo. Durante los últimos seis meses ha estado trabajando en el Archivo Secreto. Es inglés, como yo, lo que aún resulta más gracioso. ¿Te acuerdas del viejo Peyrefitte y el joven clérigo francés que le procuraba material del archivo para sus argumentos? Peyrefitte se hizo rico y famoso con la novela que, si la memoria no me falla, se llamaba Las llaves de san Pedro. El clérigo adquirió fama como personaje de sus obras.
–No leí el libro -dijo Luca Rossini-, pero entiendo cómo te sientes.
–Tengo mis dudas. Es la primera vez que me enamoro, Luca, y, Dios me ayude, ha sido un flechazo. No sé cómo llevar la situación. No sé qué hacer ni qué decir. Hasta ahora, todas mis fantasías y mis pequeñas concupiscencias solían quedar escondidas a buen resguardo debajo de mi sotana. Tenía un trabajo con el que disfrutaba. Rezaba, como me habían enseñado, contra el diablo de la siesta. Respetaba las reglas. Ahora no le encuentro el menor sentido. Soy demasiado vulnerable. La Iglesia es demasiado vulnerable para mí.
–¿Y tu amigo del Archivo?
–Nos vemos, hablamos, nos complace la mutua compañía. Por el momento, eso es todo, pero no va a seguir siendo así.
–¿Él qué quiere hacer?
–No sé. No ha tenido que declararse todavía. Tampoco estoy muy seguro de si estoy preparado para eso. Lo único que sé es que, ahora, éste no es el lugar para mí.
–Estoy seguro de que podríamos encontrarte otro destino, en un medio más acorde con tu estado de ánimo.
–Tú sabes que ésa no es la solución.
–Lo sé, amigo mío, y mejor que muchos. Cargamos sobre las espaldas nuestros propios demonios porque a menudo son la única compañía que
podemos soportar. Somos nada más que dos amigos hablando sobre una situación difícil, y aun así no sé qué aconsejarte.
El camarero regresó para recoger los platos de la pasta, trinchar la ternera y ofrecerles una segunda botella de vino.
–¿Podremos con él? – preguntó Rossini.
–Yo lo necesito -dijo Hallett-. Tal vez encontremos la sabiduría en el fondo de la botella.
–Mejor será, creo, que esa sabiduría esté justificada en su progenie. –
Lo dijo en medio de una carcajada, y luego alzó su vaso hacia Hallett-. Es un honor que hayas confiado en mí. Sé lo peligroso que es estar solo cuando una crisis te golpea.
–Te creo -dijo Hallett-. Lo que más miedo me da es que demasiada necesidad afectiva me pueda esclavizar y rebajarme miserablemente al papel de un amante.
–¿Concretamente del joven del Archivo?
–En cierto modo, sí. Es como un joven dios, orgulloso de su juventud.
¿y qué soy yo? Un clérigo que envejece, atacado por la picazón del séptimo año. No es un cuadro muy bonito que digamos.
–Es un cuadro triste, amigo mío. Mi corazón llora por ti.
–Ojalá yo pudiera llorar. No puedo. Estoy tan, pero tan avergonzado de mi propia necesidad… ¿Tú tienes necesidades, Luca?
–Desde luego. No las mismas que tú, pero sí, tengo mis necesidades.
–¿Cómo te las arreglas?
–No muy bien. – Rossini sonrió.
Hallett insistió con la pregunta.
–«A éstas no se las puede expulsar sino por la oración y el ayuno.» ¿Es eso lo que estás diciendo?
–Ésa no ha sido mi experiencia. – Había un tono brusco en la réplica.
Hallett se disculpó.
–Lo siento. Me he pasado de la raya. Debería decirte que he estado pensando en abandonar el sacerdocio. Sería un peso menos que soportar, un temor menos que sufrir. Sabes cuán expuestos estamos en estos tiempos al escándalo y los litigios.
–Lo sé muy bien. En cuanto Iglesia, todavía tenemos que aprender a lidiar con nuestra propia humanidad… Si renunciaras, ¿tu profesión te permitiría mantenerte?
–Sin duda, aun con la desventaja de la edad. En mi especialidad, limitada como es, soy uno de los mejores del mundo.
–Entonces deberías pensar en ello, con tranquilidad, como una posible decisión. Hay que pasar por todo un proceso si quieres una dispensa formal, con todos los sellos en los lugares correspondientes. Yo trataría de acelerarlo si pudiera, pero Dios sabe dónde terminaré recalando con un nuevo pontífice. No tienes que tomar una decisión ahora mismo. Tampoco querrás crear una situación de crisis con tu amigo.
–No es probable que él lo haga. Yo sí.
Rossini se quedó un momento en silencio, jugando con un nuevo pensamiento; luego, bruscamente, se lo planteó a Hallett.
–Primero necesitas enfriarte.
–¿Qué me estás sugiriendo? ¡Duchas frías y un cilicio!
–Estaba pensando en un retiro.
Hallett se quedó mirándolo con la boca abierta, sorprendido y enfadado.
–¡Vamos, Luca! ¡No esperaba una cosa así de ti! Duchas frías, un cilicio, y un poco de confinamiento en soledad.
–¡En absoluto! Estoy autorizado a llevar al cónclave un equipo mínimo para que me asista. Estaba pensando en que fuera alguien de mi oficina. El puesto es tuyo, si lo quieres. – Sus ojos se iluminaron y su boca se distendió en una sonrisa infantil-. Al menos te mantendré fuera de las calles y estarás con tus mayores.
–Eres muy amable. Tienes razón, podría ser un choque terapéutico para el sistema, pero, como le dijo la actriz al obispo, «¿qué pasa después?».
Rossini, todavía sonriente, eludió la provocación.
–Paso a paso, Piers. Es todo lo que nos dan, y es todo lo que podemos tomar, y vale para cualquiera de nosotros. Invocamos al Espíritu Santo para que nos guíe en el cónclave. Tal vez el Espíritu te hable.
–¿Y tú estás esperando que Él te hable? ¿O deberíamos decir Ella?¿Que te dé un nombre para tu voto?
–En este momento -dijo Luca Rossini con ligereza-, no estamos en contacto. No tienes que contestarme todavía acerca del cónclave. Tómate un par de días para pensarlo. ¡Sírveme un poco más de vino, sé buen compañero!
(1) Juego de palabras para el que no hay equivalente en castellano. La expresión inglesa a nine day wonder, literalmente "una maravilla de nueve