Eminencia

Morris West · Capítulo 8 de 16

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Eminencia

Capítulo Siete

creyente bautizado. La pregunta, ahora, era simple y radical. ¿Era todavía un creyente? Si lo era, debía renovar su asentimiento y servir en aquella misión para la que había sido llamado. Si no, debía retirarse con dignidad y evitar el escándalo. No podía verse a sí mismo como el sórdido renegado que vocifera su protesta en el atrio del templo, y tampoco podía suplicar la caridad de los fieles o su lástima, por el estado al que se había visto reducido.

Cuando por fin logró combatir sus confusiones hasta llegar a un orden elemental, ya estaba otra vez en casa. Un cartel fijado en el ascensor anunciaba FUORI SERVICIO, lo que significaba que tendría que subir trabajosamente por la larga escalera de piedra para llegar a su apartamento.

Luego, puesto que la costumbre y el ritual eran la última y frágil defensa que le quedaba contra el temor y el dolor, abrió su breviario y leyó las completas del día.

«Oye, oh, Señor, mi plegaria, y deja que mi súplica llegue hasta ti… Mi vida se ha desvanecido como el humo, estoy solo como un pelícano en el páramo…»

Capítulo Siete

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Rossini tenía la costumbre de decir misa por la mañana temprano en la capilla de un pequeño convento situado a unas pocas manzanas de su apartamento. El convento era propiedad de una comunidad de mujeres que se llamaban a sí mismas Hermanas de la Redención. Se dedicaban a tareas de caridad, una de las cuales tenía como sede el propio convento: un hogar transitorio para mujeres que habían pasado algún tiempo en prisión o estaban en libertad condicional.

La comunidad era pequeña y sus fondos, escasos, de modo que, conforme a la tradición italiana, todos los días dos monjas salían a la calle a cumplir tareas de mendigas profesionales, pidiendo limosnas a los comerciantes y vecinos. Era una tarea ingrata. Las monjas de la comunidad estaban envejeciendo y eran pocas las mujeres jóvenes que se ofrecían para ayudar, pero las hermanas se las arreglaban para conservar una ironía romana que se adecuaba muy bien a la modalidad a menudo anárquica de sus protegidas.

Rossini las había conocido en uno de sus malos días, cuando, vestido de paisano, se preparaba para irse a su ermita. Les hizo un donativo y luego se puso a conversar con ellas. Él, que había nacido en una familia de inmigrantes napolitanos y se había criado en un barrio pobre, sentía un respeto inveterado por los mendigos y un odio profundo por los indiferentes que despreciaban la mendicidad y sólo la aceptaban como una obligación social.

En el curso del diálogo con las hermanas, les reveló su identidad y les ofreció una subvención permanente en dinero en efectivo y la celebración ocasional de misas para la comunidad. Después hubo de lamentar más de una vez haber tenido este impulso, pues con el tiempo fue convirtiéndose en confesor, consejero y amigo de última instancia para la comunidad y sus protegidas. Y tenía la lucidez mental suficiente para reconocer que el sistema no era sino una forma anticuada de la caridad eclesiástica que no podía sustituir de ninguna manera una necesaria, pero imposible, reforma del sistema social italiano. Asi pues, las mujeres del convento se convirtieron para él en una pequeña circunscripción privada en la que podía funcionar del mismo modo como lo había hecho en su parroquia de las montañas en Argentina. Las monjas confiaban en él. Las otras mujeres, al principio, se mostraron desconfiadas, y él comprendió que difícilmente podría ser de otra manera. Ellas conocían la rudeza de la vida alrededor de

las fogatas en el Annulare, a las que los camioneros se acercaban para un revolcón rápido sobre una manta grasienta. Habían sufrido la violencia de los chulos y el acoso de la policía y los carceleros. No obstante, con el tiempo, las mayores de entre ellas hicieron correr la voz de que se podía confiar en este hombre que no las sermoneaba, que comprendía las palabras y los hechos desde el mismo lado de la calle que ellas y cómo podían ser las cosas con la policía.

Sabían que sus regalos les hacían la vida más fácil a todas. Además, tampoco había nada furtivo en él. Su modo de hablar era delicado, pero conocía la diferencia entre merda y macaroni, y sabían que, si alguna de ellas quería jugar con él, él les hablaría sin medias tintas.

Con mucha discreción se encargó de que se supiera que también él había estado en líos con la policía en su país y que comprendía la reticencia de ellas. No era obligatorio asistir a sus misas, pero primero unas pocas y luego algunas más comenzaron a acudir, de modo que cuando sabían que venía, lo habitual era que la capilla se llenara.

Esta mañana no tenía ganas de salir de su casa, pero no podía decepcionarlas. Las monjas eran una raza especial, una tribu en extinción, pero aun así llena de coraje. Las mujeres a las que servían eran, como él, extranjeras, exiliadas, proscritas, las avanze di galera, los restos de un sistema carcelario al que algunas, casi inevitablemente, terminarían por volver. Fue a ellas a quienes se dirigió para hacerles una petición conmovedora:

–Amigas mías, tengo que pedirles un favor. Una amiga muy querida y muy cercana acaba de enterarse de que tiene un cáncer incurable. Hace muchos años, esta mujer arriesgó su vida para salvar la mía. Les ruego que recemos por ella esta mañana. Ofrezco esta misa, no para pedir una cura milagrosa, sino para que le sea concedido el coraje que necesita y un rápido alivio de su dolor. Desearía saber por qué, entre todas las personas de este mundo, ha tenido que ser ella la que sufra de este modo. Pero ése es el misterio con el que todos nos enfrentamos, ¿no es cierto? Cuando venía hacia aquí esta mañana, no podía dejar de preguntarme: ¿Por qué ella? ¿Por qué no yo? Me siento como un ciego que tantea buscando su camino en medio de una súbita oscuridad. Luego me recuerdo a mí mismo que Nuestro Señor y Salvador hubo de verse envuelto en esta misma oscuridad un momento antes de morir: «Recen también por mí. Todas ustedes son mis

hermanas. Recen por mí». – Su voz se quebró. Se tomó un momento para recuperarse, y luego se dirigió al altar para comenzar la misa. Cuando la misa hubo concluido, se entretuvo un momento para beber un café e intercambiar cortesías con la madre superiora. Luego, mientras se apresuraba a dejar el lugar, una de las mujeres, una robusta veterana de los bordes de la carretera, lo detuvo y le puso en la mano una pobre cadena de plata con un pequeño medallón de la Virgen. Y le dijo:

–¡Tenga! ¡Déle esto a su amiga! A mí me salvó de un montón de problemas en la calle. Tal vez pueda hacer algo por ella. – Luego se marchó, haciendo repiquetear sus zuecos de madera en el suelo empedrado del corredor.

Rossini, otra vez embargado por la emoción, guardó el regalo en el bolsillo del pecho y salió apresuradamente del lugar.

De regreso en su apartamento, se detuvo ante la pantalla para verificar el correo electrónico. Había tres mensajes. Los dos primeros eran de su propia oficina. La entrevista solicitada por Steffi Guillermin de Le Monde estaba señalada para el día siguiente a las diez de la mañana en la Sala Stampa. Monseñor Ángel Novalis se ofrecía a estar presente y grabar la conversación si su eminencia lo deseaba.

Una rápida reflexión convenció a Rossini de que ésta era una medida prudente. El siguiente mensaje era del secretario de Estado: «He reprogramado tu reunión con los cardenales no votantes para las once y media. Esto te da un respiro de media hora después de la reunión con la prensa. Ángel Novalis puede necesitar apoyo, y es posible que la prensa te diga algunas cosas duras sobre el diario del Pontífice. Les disgusta la idea de que pueden haber estado tratando con material robado. De modo que están preparando una argumentación defensiva. Nuestro colega, Aquino, me dio su versión de la conversación contigo. Cuando le dije que hablarías con la prensa me preguntó, bastante más mansamente que de costumbre, si podría concertar otra breve charla contigo: "Más breve y más amistosa", fueron las palabras que usó. Te sugiero que lo llames. Creo que estás en condiciones de resolver el asunto más satisfactoriamente. Que tengas un buen día de campo».

Rossini miró su reloj. Todavía faltaba una hora y veinte minutos para que llegara Isabel, con o sin Luisa. Fue hasta el teléfono y marcó el número de Aquino. Cuando oyó su voz, Rossini fue esmeradamente aséptico.

–Tengo un mensaje del secretario de Estado. Me pide que me ponga en contacto con usted.

–Una amabilidad de su parte. Gracias por llamar tan pronto. He estado preocupado. Sentí que nuestra charla había perdido el rumbo. Por culpa mía, no me cabe duda. Si es posible, quisiera hacer correcciones, reparar el daño, por así decir.

–Los dos estábamos inspeccionando viejos campos de batalla -dijo Rossini con calma-. Siempre se corre el riesgo de pisar un campo minado.

¿Qué le gustaría que hiciera?

–Me gustaría aceptar su oferta de mediación con las mujeres. Me gustaría ver si es posible una solución arbitrada. Me encantaría emplear a Ángel Novalis para manejar a la prensa. No obstante…

Hubo un breve silencio. Rossini lo animó a que continuara.

–Le escucho.

–No obstante, sentí, aún lo siento, que la condición que usted planteó, que yo debía ofrecerme a comparecer ante un juez es pedir demasiado, y además es canónicamente imposible.

–También yo pensé en ello -dijo Rossini con afabilidad-. No tenía derecho a plantear esa condición "pero de todos modos" en lo que a mi concierne" todavía tengo una condición.

–¿Cuál es?

–Respuesta abierta, discusión abierta. Hay mucha ira en todo esto. No quiero que la suya, o la mía, se le sume.

–¿Cómo manejaríamos las cuestiones en las que está en juego el secreto?

–No las manejaremos. Si tiene las respuestas, las da libre y abiertamente. Si no las tiene, lo dice. Si hay un impedimento real para la revelación, admite al menos el impedimento. Pero hay algo que debería saber. Además de las pruebas reunidas por las mujeres, hay documentos que han sido guardados en secreto en España. Algunos de ellos han sido copiados y depositados en Suiza. Las mujeres van a ir a inspeccionarlos mientras nosotros estamos en el cónclave.

–¿Está seguro de eso?

–Sí, aunque no conozco los documentos.

–¿Pero su fuente de información…?

–Es impecable.

–Tendré que pensar un poco más acerca de esto. Hay ciertas complicaciones, y una posible participación del clero en las transacciones no es la menos importante. Estoy seguro de que entiende lo que quiero decir.

–No del todo -dijo Rossini-, pero preferiría no poner a Ángel Novalis, que nos estará haciendo un servicio a los dos, en una situación embarazosa.

–Tendré eso en cuenta. Espere mi llamada, que no tardará mucho, y gracias por su cortesía, Rossini.

–Es bueno que podamos entendernos mejor.

–Muy bueno, realmente muy bueno. Gracias.

Cuando cortó la comunicación, Rossini estaba sonriente. Las palabras de Aquino habían sido suficientemente cordiales, pero cuando las dijo sonaban como si estuviera chupando un limón muy ácido. Miró su reloj.

Todavía tenía tiempo para llamar a la Secretaría de Estado y comentale a Turi la conversación con Aquino. Su respuesta fue cálida.

–Gracias, Luca. Aprecio lo que has hecho. Cuantas menos fricciones tengamos en esta etapa, mejor. A propósito, ¿dónde obtuviste la información sobre los documentos que estarían en España y Suiza?

–De la señora de Ortega. Irá a Suiza a ayudar a verificar la autenticidad de los que están depositados allí. Es una cuestión de conciencia para ella.

Lo que te cuento es confidencial, Turi.

–Por supuesto. Tuviste una velada agradable, supongo.

–Agradable pero triste. Me temo que Isabel no estará por mucho más tiempo entre nosotros. Me dice que está muy enferma, y que el pronóstico no es bueno.

–Lo siento mucho. Por ella y por ti. Diré mi misa por ella.

–Gracias.

–¿Hoy vas a pasar el día en el campo?

–Sí. Su hija vendrá con nosotros. Es una muchacha hermosa, el vivo retrato de su madre.

–¿Volverás al trabajo mañana?

–Tal como te prometí. Turi. Me encuentro con los ancianos del colegio a las once y media, y antes de eso tengo una entrevista con una periodista de Le Monde. Ángel Novalis estará allí para echarme una mano.

–Una palabra de advertencia, Luca. Tú, con nombre y apellido, estás mencionado en el diario del Pontífice. Esa parte se publicará pronto. Puede

que te pregunte sobre el particular.

–¿Piensas que la Guillermin hará la pregunta mañana?

–¿Quién sabe? Si la hace, tendrás que apañártelas lo mejor que puedas.

–No estoy demasiado preocupado, Turi. No quiero ningún escándalo para la Iglesia, igual que tú, pero, en lo que a mí concierne, estoy desnudo.

No pueden quitarme nada que vaya a echar mucho de menos.

–Me alegra oír eso. El tiempo está hermoso. Disfruta del día, amigo.

Pero cuando cortó la comunicación, el secretario de Estado se quedó pensativo. Todos los días, en alguna parte del mundo, había crisis con las que tenía que lidiar. Hombres y mujeres se convertían en mártires mientras él hacía tratos con sus ejecutores para proteger al resto de los fieles. Era un hombre de apetitos disciplinados y juicios fríos, pero mantenía una profunda amistad con Luca Rossini. Sabía muy bien que lo que lo había mantenido sano y estable no era la antigua fe. Era el culto privado e intenso de una Madonna del Perpetuo Socorro encarnada en Isabel de Ortega.

Prefería no especular sobre lo que podría pasarle a Rossini si le privaran de ella y quedara reducido al papel de adorador en un altar vacío, en un páramo de creencias abandonadas.

El ascensor todavía no funcionaba. Habían prometido que estaría reparado para el mediodía, aunque tanto podía ser de hoy como de algún vago mañana. Así que Rossini decidió ahorrarle a Isabel la larga y trabajosa escalera. Esperó en la calle, junto a su coche, un Mercedes que tenía ya doce años y que había comprado a precio muy bajo a un colega americano que había sido trasladado de regreso a Estados Unidos. Había sido cuidado con mucho esmero y ahora parecía sólido y reluciente en el empedrado, junto a la entrada, mientras Rossini esperaba apoyado en él como cualquier conductor romano, en guardia contra los jóvenes conductores que podrían rayarlo con una moneda o arrancar el símbolo del radiador. Lo cierto es que disfrutaba estos momentos de absoluto anonimato en los que se sentía absuelto de su pasado y distante de su situación actual, y en los que nadie le pedía cuentas de ninguna de las dos cosas.

Isabel se había retrasado, y ya eran las diez y media. La cita había sido clara. Se encontrarían a las diez. Las horas de Roma eran flexibles, pero él estaba irritado porque con la sombra de la pérdida inminente cerniéndose sobre ellos como una nube de tormenta, estaba celoso de las pocas horas que podrían pasar juntos. Llamó al hotel por el teléfono móvil. En la

habitación de la señora no contestaban. Según el portero, acababa de salir en un taxi con su hija. ¿El señor querría dejar un mensaje? No, gracias.

Pasaron otros diez minutos hasta que el taxi se detuvo con un chirrido de frenos y depositó a las dos mujeres en la calzada. Las dos se deshicieron en excusas, hablando al mismo tiempo: Luisa había regresado tarde y se había quedado dormida; Raúl había llamado desde Nueva York, lo que significaba una larga conversación tanto con Isabel como con Luisa; luego Miguel la había llamado para concertar otra cita para esta noche, que Luisa no sabía si le interesaba, y, finalmente, cuando estaban a punto de subir al taxi, volvieron a llamar a Isabel, que mantuvo una larga conversacion con la mujer con quien habría de viajar a Suiza.

–… Y con eso, querido Luca, termina nuestro rosario de excusas. ¡Lo sentimos! ¡Ahora, por favor, danos tu absolución y sácanos de una vez de aquí!

–Besa a la mujer, por amor de Dios -ordenó Luisa-. Está más tensa que una cuerda de violín. Eso no es bueno para ella… ¡ni para mí!.

Rossini obedeció. Besó a Isabel y le puso la mano en el hombro, como consolándola, mientras la ayudaba a subir al coche.

–Ahora puedes besarme a mí, Luca.

–¡Luisa, por favor!

–¿Por qué no, mama? No está de servicio, ¿o sí?

Rossini se inclinó hacia el asiento trasero, le dio un rápido beso en la mejilla, luego se acomodó en el asiento del conductor y puso al coche en marcha.

–Mi casa está enclavada en un pliegue de las colinas Sabinas, a unos pocos kilómetros al sur de Tívoli. Si queréis, podemos ir por el camino de Tívoli: podríais ver la Villa de Adriano y la Villa d'Este, y luego iríamos a mi casa a almorzar. De todos modos, os advierto que es un recorrido popular, de modo que habrá muchos grupos en autobuses.

–Si no te importa, Luca, me gustaría pasar un día tranquilo contigo.

–Yo estoy totalmente a favor de un día tranquilo. – Luisa se apresuró a apoyar a su madre-. Anoche me acosté muy tarde. Miguel fue muy atento, pero hizo todo lo que indica el protocolo: cena, club, y luego todo el espectáculo de Roma de noche, con bombos y platillos.

–Hecho, entonces. Nada de mrismo. Tomaremos la carretera secundaria.

Nos detendremos en el pueblo y compraremos lo necesario para cocinar, y

tú, Luisa, me ayudarás en eso mientras tu madre se toma un descanso. ¿De acuerdo?

~De acuerdo.

–Te ayudaremos las dos -dijo Isabel con firmeza-. ¡Todavía no soy una inválida! ¿Qué hiciste anoche después de que te marchaste?

–Supongo que podrías llamarlo mi propia versión de Roma de noche.

Me fui a casa caminando. Perdí el rumbo más de una vez, porque tenía demasiadas cosas en que pensar. Recuerdo que levante la vista y contemplé, a través de una ventana iluminada, un techo con un maravilloso fresco. Casi me atropellan mientras lo miraba. Cuando llegué a casa, leí mi breviario y me fui a la cama… Hoy tenía que levantarme temprano para decir misa para una comunidad de hermanas y hacer algunas llamadas telefonicas. ¡Y bien, aquí estoy! ¡Libre por hoy, y con una agenda cargada para mañana!

En sus ropas de campo y detrás del volante de su coche, Rossini era otro hombre: la viva imagen atávica del golfillo de las calles napolitanas.

Conducía con destreza y brío. Respondía con entusiasmo a los bocinazos y los insultos de los otros conductores. Como guía turístico era de lo más sobrio, y como comentarista de las tácticas de los conductores romanos, propensos a creerse pilotos de carreras, era elocuente, entretenido y empleaba el lunfardo con cierto exagerado histrionismo. Las dos mujeres pasaban de la risa a la exclamación, y finalmmte manifestaron su profundo agradecimiento cuando abandonaron la via Tiburtina y se abrieron camino a través de una serie de vías laterales en dirección a la ermita de Rossini. Se detuvieron en un pequeño pueblo para aprovisionarse y, al verlo conversar con el hombre que atendía el negocio, Isabel se sintió invadida por una ráfaga de recuerdos en los que aparecía otro Rossini, el pastor rebosante de juventud que había conocido en otro pueblo, enclavado en las estribaciones de la precordillera andina.

Finalmente Rossini abrió el pesado portón y entr6 el coche en su reino.

Las ayudó a bajar del vehículo y les pidió que lo esperaran mientras iba a cerrar el portón. Cuando regresó junto a ellas, Isabel sonrió, le apoyó una mano en el brazo y dijo:

–Recuerdo una de tus cartas, m la que me decías que querías tener un

«huerto abigarrado». Ahora entiendo lo que querías decir.

–Bienvenidas ambas. Mi casa es vuestra casa.

Dentro, el lugar estaba frío, pero en la chimenea ya habían sido dispuestos algunas astillas y leños. Rossini les acercó un fósforo, y luego encendió el equipo de música. Mientras las llamas cobraban altura y la sinfonía Haffner se adueñaba de la sala, las llevó a recorrer su pequeño retiro.

–La mayor parte de las reformas las he hecho yo mismo. – El orgullo que mostraba por su trabajo era fascinante-. Podéis ver dónde empecé, y cómo fue mejorando el trabajo a medida que iba adquiriendo destreza. Me gusta tener herramientas en las manos.

–¿Lo diseñaste tú mismo? – Luisa ya estaba probando los grifos, abriendo cajones y armarios, y revisando los cubiertos y la vajilla.

–Sí, por supuesto. Para la fontanería me ayudó gente de por aquí, pero el resto es obra mía. Echad un vistazo mientras yo voy a buscar la caja de las provisiones.

Cuando cruzó la puerta, las mujeres se miraron. Luisa meneó la cabeza en un gesto de incredulidad.

–Es tan feliz con tan poco.

Isabel la regañó con aspereza.

–¿Acaso nosotros somos más felices porque tenemos mucho más?

–¡Mamá, por favor! Has estado irritable toda la mañana.

–Lo siento. He pasado una mala noche. Mientras tú recorrías Roma, yo estaba recorriendo mi pasado y tratando de entrever el futuro. No es un bonito paisaje.

–Luca tiene que lidiar con su propio pasado, y tú eres parte de él. ¡No!

¡No vuelvas la cara, por favor! Normalmente la expresión de su rostro es rígida y seria. Cuando te mira a ti, cambia por completo. No alcanzo a comprender cómo encaja en tu futuro, pero espero poder encontrar un hombre que me mire así.

–Yo lo encontré y luego lo perdí.

–Nunca lo perdiste, mamá.

Rossini entró en ese momento y depositó la caja de las provisiones sobre la mesa.

–Olvidémonos de esto por ahora. Vayamos a dar un paseo por el huerto.

La casa estará más cálida cuando regresemos.

Caminaron cogidos de las manos, como un trío familiar en el que campeaba una mutua armonía, aunque cada uno, individualmente, estaba

preocupado por sus propias cuestiones personales. Luisa preguntó:

–¿Nunca te sientes encerrado, aquí? Nadie puede mirar para adentro, pero tú tampoco puedes ver más allá de tu propia cerca.

–Así es como me gusta, pero tienes que entender que la mayor parte de mi vida la paso en contacto con gente, ocupado siempre en discusiones o negociaciones. Regreso vacío como una vasija de arcilla, y aquí me vuelvo a llenar.

–¿Pero nunca te sientes solo?

–La vida en celibato es un camino solitario, Luisa.

–Mamá nunca ha sido célibe, y, sin embargo, también se ha sentido sola, aunque odia hablar de ello.

–Yo tampoco hablo de ello. – Rossini la trataba con afabilidad-. De una manera o de otra, todos tenemos que enfrentarnos con la soledad esencial de la condición humana, tanto si somos célibes como si estamos casados.

–Si eres una buena persona. ¿Dios no llena tu soledad?

–La llena, creo, con una divina insatisfacción.

Isabel se hizo cargo de la frase con una intensidad que sorprendió a ambos.

–Es la insatisfacción que nos mantiene vivos. Cuando el último deseo se apaga, estamos listos para cruzar el río.

–Entonces tú y Luca aún tenéis un largo camino por recorrer.

–¿En qué sentido?

–¡Por favor, mamá! Hasta un ciego se daría cuenta de que vosotros dos os amáis. Me alegro por ambos, pero no entiendo por qué lo habéis hecho tan difícil.

Esta vez fue Rossini quien la regañó.

–¡Estás pisando terreno privado, jovencita!

Luisa no estaba dispuesta a quedarse callada.

–Tú dijiste que esta casa era también mi casa. Así que si hay terrenos que no puedo pisar, indícamelos. No conozco toda la historia que hubo entre tú y mamá, porque nadie consideró que tuviera derecho a saberla.

Pero ahora estoy con los dos, en este huerto. Creo que es algo que requiere alguna explicación, ¿o no? No es ningún secreto que mamá y papá viven vidas separadas, y mamá también ha tenido sus amantes, de vez en cuando.

–¡Luisa, por favor! – Isabel estaba furiosa-. Ahora sí que te has pasado de la raya.

–Déjala terminar -dijo Rossini con suavidad-. Tiene razón, yo le di libertad para sentirse como en su casa. Por favor, di lo que quieras, Luisa.

–Yo no culpo ni a mamá ni a papá. Los dos me han amado y me han cuidado, cada uno a su modo. Así que no tengo quejas, mamá. Pero Luca también ha sido parte de mi vida: una leyenda, un misterioso personaje sobre el que el abuelo Menéndez solía hablar algunas veces. Sólo ayer se convirtió en alguien real. De modo que ya no podéis hacerme callar, ninguno de los dos. No permitiré que lo hagáis.

Isabel estaba a punto de intervenir otra vez. Rossini la disuadió con un gesto.

–Os propongo una cosa. Preparemos la comida juntos. Mientras cocinamos, hablamos. Si tienes preguntas que hacerme, trataré de responderlas. Tu madre podrá hablar o quedarse callada, como ella quiera.

¿Te parece justo?

–Sí, es justo, siempre que ninguno de los dos me trate con condescendencia. Eso me resultaría odioso.

Mientras las conducía de regreso a la casa siguió hablando, interrumpiéndose sólo para arrancar aquí y allá algunas peras maduras del árbol, que estaba rebosante.

–Hay algo que debes entender desde el principio. Parte de lo que oirás ocurrió antes de que tú nacieras. Parte ocurrió cuando eras muy niña, y Argentina y su pueblo se encontraban acerba y brutalmente divididos.

Estuvieras del lado que estuvieras, había enemistad y sufrimiento. Tú no tuviste que pasar por todo eso, de manera que trata de no juzgar a nadie con demasiada severidad. Quiero decirte algo antes de que empecemos. Es cierto que amo a tu madre. La amaré hasta el día de mi muerte. Ella también me ama. Durante años nos hemos escrito. Pero en aquel tiempo, y bajo aquellas circunstancias, cada uno de nosotros era una amenaza mortal para el otro. En cierto modo todavía lo somos. – Se volvió hacia Isabel y preguntó-: ¿Puedo enseñarle la espalda?

–Si tú puedes soportarlo, yo también.

Luisa observó cómo Rossini se desabotonaba la camisa y se quitaba la camiseta hasta quedar desnudo de cintura para arriba. Luego Isabel lo hizo girar para que Luisa pudiera ver las cicatrices y verdugones que le cruzaban la espalda. Ella ahogó una exclamación, horrorizada. Isabel dijo con serenidad:

–Ahi es donde empieza la historia para los dos. Raúl estaba de viaje por Chile y Perú. yo me había quedado con tu abuelo Menéndez. Desde nuestro apartamento se veían la plaza y la iglesia en la que Luca era párroco…

Después de ese primer y brutal momento de revelación, el resto de la historia fue fluyendo con naturalidad a medida que ambos iban alternándose en la narración, mientras Luisa trabajaba silenciosamente con ellos en las labores de la cocina, sin preguntar nada, sin comentar nada, hasta que el relato terminó, con el regreso de Rossini a Roma y el regreso de Isabel con Raúl.

–Y bien, ahora ya lo sabes -dijo Rossini.

–Gracias a los dos por contármelo todo. – Luisa estaba serena pero contenida-. ¿Ya podemos comer? Tengo mucha hambre.

Rossini escanció el vino mientras las mujeres servían la pasta. Luego pidió una bendición para la comida y para ellos tres. Después de los primeros bocados, Isabel alzó su vaso.

–¡Felicitaciones para el chef!

–¡El chef da las gracias a sus ayudantes!

–Esta ayudante ha trabajado bajo cierta presión. – Luisa los reprendió con afabilidad-. Lo que me habéis contado es un drama de aquellos…

Con ternura, Isabel le apoyó una mano en la mejilla.

–Lamento que tuvieras que esperar tanto. Luca me dijo que esta casa estaba habitada por una cierta gracia.

–Lo que hay en ella hoy es amor -dijo Rossini.

–¿Y qué había antes, Luca?

–Un poco de fe, un poco de esperanza, apenas el recuerdo del amor.

Pero éste es nuestro ágape, la comida con la que celebramos juntos el amor.

–Y mañana ¿qué? – La pregunta de Luisa quedó suspendida entre ellos como una clara gota de agua a punto de caer en una oscura fuente.

Isabel se quedó callada, con la vista fija en el suelo. Le tocaba a Rossini dar una respuesta.

–Hay un antiguo adagio entre los diplomáticos: abordad las preguntas difíciles entre la pera y el queso. ¿Por qué no hacemos eso? Disfrutemos ahora de la comida y el momento, y hablemos más tarde.

–¿Me prometes que no quedará postergado?

Rossini miró a Isabel. Ella asintió. Él le dijo a Luisa:

–Te lo prometemos los dos.

Se incorporó para sacar de la mesa los primeros platos, pero Luisa lo obligó a volver a sentarse.

–¡Déjamelo a mí! Mamá y yo somos las que estamos sirviendo la comida. ¡Tú, ocúpate del vino y procura parecer un príncipe de la Iglesia!

Transcurrió una hora alegre y matizada por una amena conversación antes de que la fruta y el queso ganaran la mesa y el café estuviera listo. La charla fue languideciendo mientras Rossini, en una pequeña ceremonia, cortaba una pera y ofrecía «la primera degustación de la fruta de mi jardín».

Después de que ellas hubieron probado y aprobado la fruta, se volvió hacia Isabel:

–Ahora, mi amor, tenemos que cumplir nuestra promesa. Hablemos del futuro.

–Todavía no. – Luisa lo detuvo con un gesto-. No hemos terminado con el pasado.

–Pensé que sí habíamos terminado -dijo Isabel-. Cuando Luca regresó a Roma, yo volví a vivir con tu padre. Luca y yo nos hemos escrito, pero el de anoche fue nuestro primer encuentro desde…

–Desde hace veinticinco años -dijo Luisa-. Eso lo sé; pero mientras hablábamos, yo he estado haciendo un simple cálculo aritmético. Sé cuándo nací y dónde fui bautizada. Sé que te hicieron una cesárea en Nueva York.

De modo que me pregunto si existe alguna posibilidad de que yo pudiera ser hija de Luca.

–Naciste, fuiste inscrita, y fuiste bautizada, como Luisa Amelia Isabel Ortega.

–Eso no contesta mi pregunta, mamá.

–¿Por qué lo preguntas ahora?

–Porque es la primera vez que os veo a ti y a Luca juntos, y es la primera vez que veo a dos personas de mediana edad tan desesperadamente enamoradas, y eso me rompe el corazón.

–Creo que deberías contarle exactamente lo que me contaste a mí anoche -dijo Luca Rossini-. Es tu historia. Ella puede interpretarla como le parezca. Yo iré a trabajar un poco en el huerto. Llámame cuando me necesites.

Las dejó solas, se quitó la camisa y comenzó a pasar el azadón por las hileras de verduras, tratando de apaciguar el remolino de sus pensamientos al ritmo de los golpes de azadón con los que iba desmenuzando la seca

costra de la tierra. Era el remedio más primitivo y eficaz que conocía contra los maníacos conflictos de ideas y argumentos, de cuestiones importantes e irrelevantes, de intereses y prejuicios y de reclamos y contrarreclamos que acaparaban su atención día tras día.

Fueran cuales fuesen, las disputas o discusiones que Isabel y Luisa estaban manteniendo en la casa lo salpicarían, pero en última instancia él no estaba en condiciones de controlar sus destinos. La cuestión de su reconocimiento de Luisa como hija natural era una cuestión menor, y ya estaba decidida. Que ella lo reconociera como su padre ya era otro asunto, y estaba decididamente más allá de la simple entrega afectiva. Pronto su madre se habría ido de su vida, pero esa ida podía prolongarse, y ser dolorosa y destructiva. ¿Qué podía ofrecerle él a Isabel para hacer más llevadera su partida, y qué a Luisa para compensar su pérdida?

Esto lo condujo, a su vez, a una cuestión que había debatido muchas veces con el Pontífice y que había discutido con sus colegas de la curia: los sempiternos problemas de un clero consagrado al celibato en la disciplina romana del cristianismo. En la vida de un clérigo célibe, cada etapa traía su propia cosecha de problemas. En el período de formación, sus instintos sexuales eran reprimidos; sus expresiones de afecto, inhibidas; su lenguaje, purgado de pasión, de manera que cuando volvían a encontrarlo, si es que alguna vez les ocurría, en los escritos de los grandes místicos, siempre adquiría la dimensión de una conmoción. En la edad mediana de la vida pastoral, el compañerismo o la ambición compartida aportaban un apoyo parcial; pero en los últimos años, la enfermedad, o el hastío, o simplemente la soledad, transformaban el paisaje de sus vidas en una gris desesperación… Y hacía ya mucho tiempo que habían perdido las artes elementales del compañerismo tanto con las mujeres como con los otros hombres. Lo que enfurecía a Rossini con frecuencia era el elemento de hipocresía que afloraba en las discusiones en todos los niveles, y aquello era también una destreza muy latina: agregarle el color de la virtud al argumento menos convincente, del mismo modo que los falsificadores agregaban años a sus bronces y mármoles en estercoleros y pozos negros.

Esta idea tan rumiada lo acompañó hasta el final de las hileras de judías, y estaba ya limpiando su azadón cuando Isabel y Luisa salieron de la casa, tomadas de la mano. Se acercaron a él, que las esperaba, sudoroso y cubierto de polvo.

Isabel se detuvo a unos pasos. Luisa se detuvo fuera del alcance de Luca. Él se apoyó en el mango de la azada y esperó.

De pronto ella parecía pequeña y vulnerable, una criatura perdida en una playa desierta. Sin embargo, no lograba encontrar palabras para consolarla ni para dar una explicación. Cuando ella habló, lo desconcertó totalmente:

–¿Cómo deberíamos sentirnos, Luca?

–No lo sé. Luisa, sólo puedo decirte cómo me siento yo.

–¡Entonces dilo, por favor!

–Me alegro de que la verdad haya salido por fin a la luz. Me preocupaba haber permanecido tanto tiempo en la ignorancia. Me entristece pensar en los años que he perdido. Sé que eso es puro egoísmo. Me alegro de que nos hayas visto a tu madre y a mí juntos. Creo que comprendes el amor que nos ha mantenido unidos todos estos años. Espero que comprendas que eres realmente hija del amor, y que me permitas brindarte parte de mi amor.

Confieso que no se cómo pero sé que tengo mucho amor para dar. ¿Cómo te sientes tú?

–Confundida, aunque no desdichada. Me siento como si hubiera vuelto a nacer, y todos los acontecimientos de mi vida han cambiado súbitamente.

–¿Para bien o para mal?

–Cuando mamá se haya ido… y sé lo enferma que está… será para mal.

Pero ahora que os he visto juntos, sé lo importante que ha sido vuestro amor en su vida. Aunque me quedan unos pocos enigmas.

–¿Por ejemplo?

_¿Cómo me las compongo con dos padres en mi vida? Con Raúl, nada cambiará. Sé que no puede, y no debe cambiar nada. ¿Cómo puedo vivir con un secreto tan enorme? Porque sé que tendrá que ser así. ¿Cómo puedo llegar a conocerte mejor? Porque eso es algo que quiero también. Luego está el problema de cómo debería sentirme contigo.

–¿Cómo te gustaría sentirte?

–Tranquila, incluso un poco amada, pero por mí, no por mamá.

–Yo no tengo práctica, ni siquiera con tu madre. Tendrás que enseñarme.

–Entonces quiero que me abraces y me beses, y que me digas que soy bienvenida a tu vida, como lo es mamá.

Él se enderezó, arrojó el azadón a un lado, y le tendió los brazos. Ella salvó la distancia en un salto y él la abrazó, repitiendo en un murmullo:

«Bienvenida, hija, bienvenida». Luego Isabel se unió a ellos y se abrazaron los tres en silencio hasta que Luisa rompió la telaraña que los aprisionaba.

Dijo con espontaneidad:

–Mamá tenía razón. ¡Míranos! ¡Tres gracias en un huerto! Tú necesitas una ducha, Luca, y después, creo que deberíamos bebernos una copa para celebrarlo.

–Bien, estamos tratando cosas de campo -dijo Isabel.

–¿Y qué son, si se puede saber, las cosas de campo? – Preguntó Rossini.

–Tía Amelia me enseñó la frase. Ella la aprendió de los ingleses que se hicieron ricos en Argentina. Se llama cosas de campo a cualquier cosa que tenga que ver con el sexo y la reproducción, legítima o no.

–Yo no conocí a la tía Amelia -dijo Luisa-, pero lo cierto es que desempeñó un papel importante en mi vida. Creo que me habría gustado.

El resto de la tarde debía haber transcurrido como un agradable epílogo al drama de las revelaciones. En cambio, Rossini fue testigo involuntario de la súbita erupción de una disputa entre madre e hija, desencadenada por una observación aparentemente superficial de Luisa.

–Ahora que has ordenado mi vida tan pulcramente, mamá, hablemos de la tuya.

–No hay nada de que hablar. En cuanto regresemos a Nueva York tengo que hacerme otra serie de pruebas. Lo que suceda después de eso dependerá de los resultados. Es simple. Tiempo al tiempo.

–No es tan simple, y tú lo sabes. Papá me ha contado lo grave que estás.

–Pues no tendría que habértelo contado. Es mi vida.

–Y él es tu marido, y yo soy tu hija, y ahora también Luca ha entrado en escena.

–Mi vida sigue siendo mía. Tomaré mis propias decisiones, mientras pueda.

–¿Y cuando no puedas?

–Entonces tu padre se hará cargo por el tiempo que quede. No quiero que desperdicies tu vida cuidando a una paciente terminal. Raúl puede pagar perfectamente los cuidados que yo necesite.

–Eso lo sé, mamá. Papá no es un monstruo. Es amable y generoso, pero con las mujeres es un tonto.

–¡Ya basta!

–¡No, mamá, no basta! Lo que quiero es que te enfrentes con lo que tienes por delante con calma y satisfacción…

–No puedo hacer eso si todo el mundo está dándome la lata sobre cómo organizo lo que me queda de vida. Necesito intimidad. Necesito un espacio para mí. ¡Trata de explicárselo, Luca!

Fue en ese momento cuando él recordó el medallón que la mujer le había dado en la misa, esa misma mañana. Recogió la chaqueta de la cama y sacó del bolsillo el pequeño objeto envuelto en papel de seda. Lo llevó hasta la mesa y lo depositó frente a Isabel.

–¿Qué es esto?

–Antes de que lo abras, déjame que te cuente. Esta mañana dije misa en un convento en el que unas hermanas tienen un hogar transitorio para mujeres que han salido de la cárcel. Todas ellas han tenido vidas difíciles, pero han aprendido a confiar en mí. Les pedí que te dedicaran sus oraciones porque, lo mismo que Luisa, me siento impotente para cambiar el futuro que tienes por delante, impotente incluso para ayudarte a hacerle frente.

Después de la misa, una de las mujeres se me acercó. Andará por los cincuenta años, diría yo, y ha pasado gran parte de su vida junto a las fogatas, parando camioneros en las carreteras que conducen a Roma. No es precisamente un juego, puedes figurártelo, eso de vender tu cuerpo invierno y verano en las cunetas de la carretera. Cuando ya me iba, me alcanzó y me puso en las manos su regalo. Dijo: «Déle esto a su amiga. A mí me salvó de un montón de problemas en la calle. Tal vez pueda hacer algo por ella». Fin de la historia. Desde cierto punto de vista se trata de una marginada social y un no muy buen clérigo que se entrometen en tu intimidad. Pero desde otro punto de vista se trata de un acto de amor y preocupación por ti.

Isabel quitó el envoltorio y tomó el medallón, que pendía de la frágil cadena. Le pidió a Luisa:

–¿Te importaría ponérmelo, por favor?

Mientras Luisa aseguraba el colgante, Isabel le buscó las manos con las suyas.

–Perdóname. No quiero ser brusca. Cuando tengo miedo, me enfado.

Cuando me enfado, tengo que golpear a alguien. ¡Luca debería estar contento de no haberse casado conmigo!

Rossini se apresuró a responder:

–Casados o no, nos debemos el uno al otro. Así que déjame decir mi pequeño discurso en mi propia casa. Toda mi vida ha sido un acto de gratitud por lo que hiciste por mí y lo que me diste: dignidad y virilidad. No quiero enjuiciar a tu marido. Sólo sé lo que tú me has contado. No obstante, debes concederle la oportunidad de darte lo que pueda, y ser lo que pueda ser para ti en este último tramo de tu vida. Es algo que tampoco puedes negarle a Luisa. Todos necesitamos la oportunidad de dar para redimirnos.

¿Lo entiendes?

–Lo entiendo, pero no quiero más sermones, Luca, por favor.

–¡Santo cielo! – dijo Luisa con una sonrisa burlona-. Suena exactamente como el Gran Inquisidor, ¿no es cierto? ¡Me alegra que esté de nuestro lado!

–Ven, acompáñame a lavar los platos, jovencita. Isabel, ¿por qué no pones algo de Haydn? ¡Creo que necesitamos un poco de música agradable y ordenada en estas vidas nuestras tan desordenadas!

Mientras fregaban los cacharros de la cocina, Luisa preguntó:

–¿Podremos verte otra vez antes del cónclave?

–Es poco probable. Tal vez podríamos cenar en mi casa, pero todos los que pertenecemos al colegio estaremos sometidos a una fuerte presión en los próximos días. Después del cónclave será mucho más fácil.

–A menos que seas elegido Papa…

–Eso, querida hija, sería la posibilidad más remota de todos los tiempos.

Mucho más probable es que termine exiliado en alguna de las oficinas más oscuras del Vaticano.

–¿Hay alguna posibilidad de que vayas a ver a mamá a Nueva York, antes del final? Eso es lo que ella espera, aunque es demasiado orgullosa para admitirlo.

–Moveré cielo y tierra para estar allí. Lo prometo: pero necesito que tú me prometas algo también. Tendré que depender de ti para estar permanentemente informado de cómo evoluciona tu madre. Escríbeme al correo electrónico.

–Cuenta con ello. Te mantendré informado.

–Bueno, creo que deberíamos ir pensando en regresar a Roma.

–Todavía no, por favor. Mamá necesita estar un poco a solas contigo. Yo me iré al huerto, a hablar con los pájaros.

Un momento después, ella ya se había ido y él se quedó a solas con Isabel. Estaban sentados uno junto al otro en el desvencijado sofá -él la había tomado del hombro, y ella dejaba descansar la cabeza en el pecho de él-, saboreando el silencio. Después de un largo momento, Isabel, somnolienta, murmuró:

–Luca, mi amor, creo que éste ha sido el día más largo de mi vida.

–¿Ha sido un día feliz?

–Feliz, sí; pero lo cierto es que esta noche los dos dormiremos solos, y así será todas las demás noches. Tengo miedo, Luca, y siento un frío interior, como si y a estuviera encerrada en mi cámara mortuoria.

Él la atrajo hacia sí, murmurando palabras de consuelo y esperanza que, en cuanto las decía, sonaban vacías y huecas. No obstante, Isabel pareció iluminarse un poco. Comenzó a juguetear con el pequeño medallón deslustrado que descansaba entre sus pechos. Finalmente habló otra vez en el mismo tono somnoliento y distante.

–Imagínate todas las cosas que esta virgencita habrá visto a la luz de las fogatas, junto a la carretera. Espero que la mujer que me la dio no se sienta sola sin ella. ¿Harías algo por mí, mi amor?

–Lo que quieras, ya lo sabes.

–Compra otra medalla. Que sea de oro, y con una cadena también de oro. Hazla bendecir por el nuevo Papa y envíasela a ella con una nota firmada por nosotros dos.

–¿Qué debo decirle?

–Cuéntale que su regalo ha sido muy importante para mí y que su virgencita ya me está cuidando, y lo más importante de todo, que siento que tengo una nueva hermana. ¿Podrás recordarlo todo?

–¿Cómo podría olvidarlo?

–Demasiado fácilmente, mi amor. Yo conozco a ese negro espíritu que te ronda. Sea lo que fuere lo que decidas hacer con tu vida, no lo hagas apresuradamente o dominado por la ira. Pero, sobre todo, no lo hagas por mí, porque no estaré aquí para compartir nada contigo.

–Por favor, mi amor, por favor…

–¡No, déjame terminar! Si en última instancia descubres que no puedes creer, yo creeré por ti. Si no tienes esperanza, yo la tendré por ti. Si esto te parece una tontería, recuerda que los dos tenemos amor y que el amor es más fuerte que la muerte, más fuerte que la desesperación. Ahora bésame.