Eminencia
Capítulo Cinco
días", significa «algo que dura lo que un suspiro». El autor la hace jugar con las ceremonias posteriores a la muerte del Papa, que duran nueve días. (N
del T)
Capítulo Cinco
A la mañana siguiente, temprano, monseñor Ángel Novalis fue convocado a una reunión con el camarlengo, el secretario de Estado, Rossini y otros tres cardenales. Estaban reunidos para uno de los encuentros del comité de la curia que se realizarían todos los días hasta que comenzara el cónclave. Rossini le presentó una propuesta a Ángel Novalis.
–Usted ha aceptado hablar hoy, a título personal, en el Club de la Prensa Extranjera. También a título personal, esto no es una orden, le pedimos que haga algo más. Si está de acuerdo, ganará unos pocos amigos y algunos enemigos en el alto clero. Se expondrá a un cierto acoso y a un posible juicio con considerables riesgos financieros. Le hemos explicado los riesgos a su superior y le hemos asegurado que nos haremos cargo de ellos. No obstante, no podrá revelar eso ni ahora ni después. Si las cosas salen mal, bien podría acarrearle un daño en su carrera pública dentro de la Iglesia.
¿Estaría dispuesto a algo así?
–No soy un arribista, eminencia. Mi capacidad ya fue puesta hace mucho tiempo a disposición de mis superiores.
–Bien. Para este papel, necesitamos un muy buen actor.
–Soy un actor pasable, eminencia. No soy un buen mentiroso.
–No se le pedirá que mienta. Se le pedirá que aporte una hipótesis a su público. Nos gustaría que la aportara con la mayor convicción personal posible.
–¿Es una hipótesis razonable?
–Creemos que sí.
–¿Pero no pueden probarla?
–En este momento, no.
–¿De modo que quieren que yo vea cómo hacerla correr en los medios de comunicación?
–Sí.
–¿Pueden decirme qué están tratando de lograr?
–Queremos tirarle un hueso a la prensa, un hueso realmente grande, para que tengan algo que roer hasta que comience el cónclave. Después de
eso, este desafortunado episodio se desvanecerá en la historia.
–¿Y ese hueso sería yo?
–Exactamente. ¿Qué le parece?
–Estoy dispuesto a escucharlos. – Ángel Novalis les dedicó una magra sonrisa-. Como ustedes dicen, caballeros, en este asunto actúo a título personal.
–Pronto las repercusiones serán muy públicas. – Rossini le devolvió la sonrisa-. Esto es lo que le proponemos…
Ángel Novalis lo escuchó en silencio. Luego volvió a sonreír.
–Sus pruebas no tendrían ningún valor en un tribunal, eminencia. Usted lo sabe.
–No le estamos pidiendo que presente pruebas sino tan sólo que haga una declaración pública de una opinión personal.
–Eso es casuística pura, eminencia.
–Lo sé. Y usted también. Pero la prensa no, y nuestro amigo Fígaro supondrá que sabemos mucho más de lo que usted está diciendo. y, lo que es más importante, usted habrá incorporado a todo el episodio un elemento de duda imprescindible. ¿Hará esto por nosotros?
–Lo haré -dijo Ángel Novalis-. Trataré de ajustarme a una obediencia total, de mente, corazón y voluntad… Ahora, caballeros, si me disculpan…
–Puede irse, monseñor. Gracias por su colaboración.
–De nada, eminencia. ¡En España hacemos espadas agudas y agudas distinciones! ¡Con su permiso, caballeros!
Se marchó de la reunión con una reverencia. Apenas hubo salido, el camarlengo se volvió hacia Rossini.
–Ahora, mi querido Luca, también tenemos una comisión para ti.
–¿Cuál es esa comisión?
–Nuestro eminente colega, Aquino, querría entrevistarse contigo esta tarde. Piensa que hay temas por resolver entre vosotros. Nosotros somos de la misma opinión.
Hubo un largo silencio. Rossini miró a los miembros del grupo uno por uno. Ellos no le sostuvieron la mirada. Se quedaron sentados, mirando al suelo, con las manos cruzadas sobre sus rodillas.
Finalmente Rossini preguntó:
–¿Aquino ha definido esos temas que nos atañen a ambos?
–Lo ha hecho -dijo el camarlengo-. Y te agradeceríamos que nos ahorraras el disgusto de repetirlos.
–¿Han pensado en el disgusto que significan para mí?
–Lo hemos pensado, Luca. Creo que eres un hombre lo suficientemente grande como para asumirlo.
–¿En interés de quién?
–En interés de la Iglesia. Otro escándalo en este momento y en vísperas del cónclave sería sumamente fastidioso.
–¡Necesitamos más que fastidio! ¡Necesitamos estar avergonzados! – El tono de Rossini era airado-. Hemos ocultado demasiados escándalos. Éste ya salió a la luz. Está firmemente instalado en los periódicos. Hay que tratarlo abiertamente. Yo no participaré en ninguna conspiración para ocultarlo.
Hubo otro momento de silencio, tras el cual intervino el propio secretario de Estado.
–Luca, es precisamente por esta razón que pensamos que tu encuentro con Aquino es importante. Tú puedes razonar con él en un nivel diferente del nuestro. Incluso puedes encontrar algún fondo de compasión que tal vez lo aliente a afrontar a sus acusadores. Acaso puedas llegar al hombre real que se esconde debajo de la corteza.
–Si es que ese hombre existe -dijo Luca Rossini.
–Tienes que creer que existe -dijo el secretario de Estado-. Por favor, ¿te reunirás con él?
–¿Dónde? ¿En territorio suyo o mío?
–Mío -dijo el secretario de Estado-. A las dos y media en la sala de conferencias A.
–Estaré allí, pero no prometo nada.
–Lo entendemos. Gracias, Luca… Ahora pasemos a los asuntos restantes.
Cuando se puso de pie ante el atril del Club de la Prensa Extranjera frente al público compuesto por gente de los medios de comunicación y una batería de cámaras de televisión, Ángel Novalis tenía el aspecto de un antiguo hidalgo, capaz de desafiar al mundo. No obstante, cuando comenzó a hablar su tono era sencillo, casi humilde:
–Queridos colegas, hoy les hablo a título personal, atrapado, como lo están ustedes en esta ciudad, en un momento crucial del milenio. Hasta hoy,
nunca me había presentado a hacer declaraciones ante ustedes. Como funcionario del Vaticano, consideraba que habría sido inadecuado. En cambio, en tanto que individuo, puedo abrirme a ustedes. Como saben, soy miembro de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, mejor conocida como Opus Dei. Hay mucha gente que no nos ve con buenos ojos. Piensan que somos elitistas, rigoristas, ascetas anticuados, peligrosos negociadores de operaciones secretas. No estoy aquí para defender nuestra reputación ni nuestro modo de practicar la vida religiosa. Simplemente declaro que cuando mi mundo comenzó a resquebrajarse, cuando mi esposa y mis hijos murieron, cuando ya no tenía ni deseos ni voluntad de seguir viviendo, la Obra me ayudó a reconstituir mi vida y recuperarme a mí mismo. Si les cuento esto, no es para inducirlos a que se unan a nosotros. A muchos de ustedes no les convendría, y muchos de ustedes no serían felices con nosotros. Sin embargo, hay camaraderías más amplias, abrazos más abarcadores y territorios más vastos en los que todos podemos confortarnos unos a otros, como lo hacemos hoy.
»El Obispo de Roma ha muerto. Pronto será elegido otro para ocupar su lugar porque la Iglesia perdura y tiene su continuidad en Cristo. En las misas de homenaje, rezamos por los que se han ido: "No juzgues a tu siervo, oh, Señor". Hoy, estamos aquí haciendo justamente eso: juzgando a un hombre muerto que ya no puede responder por sí mismo. Por otra parte, la profesión de ustedes es transmitir las noticias y comentarlas. No tengo nada que objetar a eso, siempre que su información se ajuste a la verdad y su juicio sea prudente.
»Esto me instala, sin más rodeos, en el tema de mi pequeño discurso: el pasado y el futuro de una Iglesia perdurable. El difunto Pontífice representa el pasado reciente: un segmento importante de este siglo. El hombre elegido para ocupar su lugar es elegido para el futuro, pero tiene también una tarea que cumplir como custodio del pasado: ese cuerpo de enseñanzas, tradición y verdad revelada que nosotros llamamos el Depósito de la Fe. Les ruego que tengan paciencia conmigo mientras exploramos juntos esta noción.
Eran todos profesionales. Reconocían a un buen actor cuando lo veían en acción. Le prestaban toda su atención. Sabían que los estaba cortejando, que los estaba ablandando con metódica destreza, tratando de desarmarlos antes de que llegara el momento dedicado a las preguntas. Además, ahora
que hablaba a título personal, estaba haciendo más concesiones que las que había hecho nunca como funcionario.
–La Iglesia tiene su propia enorme inercia, su propia inmovilidad glacial
-continuó.
»No es, como la verdad, una prenda sin costuras, pero es casi tan difícil como ella descoserla y volver a darle forma.
»El peso de su cargo actúa sobre los hombros de un Pontífice como una capa pluvial que fuera de plomo… Antes de que pase demasiado tiempo, comprende que un día terminará por aplastarlo.
»Sabe también que puede ser destruido por sus propias debilidades, del mismo modo que Pedro supo que había traicionado a su señor tres veces ante las burlas de una joven sirvienta y que Pablo supo que había permanecido en silencio encubriendo a aquellos que habían lapidado a Esteban. Mi tarea personal ha sido presentar al difunto Pontífice ante el mundo a través de los medios, con el máximo de verdad y el mínimo de imperfección que pude. Ahora, en su diario, él se presenta como el hombre común en pijama y pantuflas. No siempre es un espectáculo edificante.
Hago una súplica personal: ¡tengamos piedad de él antes de culparlo por algo!
Esta última frase le granjeó un generoso aplauso: la simple admisión de la fragilidad humana, y la confesión implícita de cuán necesario era mitificar al Papa y su cargo. También le facilitaba a Frank Colson un punto de partida para su papel de inquisidor.
–¿De modo que usted aceptaría, monseñor, que su primera tarea en la Sala Stampa es proteger al Pontífice?
–Nuestra tarea es proveer información oficial, y proveerla lo más claramente posible. Otros, como las congregaciones y los obispos, son los intérpretes oficiales.
–¿Cómo se sintió, a título personal, cuando se enteró de la publicación del diario del Papa?
–Entristecido, enfadado.
–Enfadado ¿por qué?
–Por la flagrante violación de la privacidad.
–Pero el Pontífice debe de haber sido consciente de esa posibilidad cuando le hizo un formal regalo a su ayuda de cámara.
–Ignoro sus intenciones al respecto.
–En su carta hay una frase interesante. La cito: «En los viejos tiempos yo habría podido enriquecer a un servidor leal como tú. Estos tomos son mi legado para ti». ¿Esas expresiones no indican que el Pontífice sabía que su regalo podría ser convertido en dinero por su fiel servidor?
–No me corresponde interpretar eso, señor Colson. Debo negarme a contestar la pregunta.
–Se la formularé de otra manera. A título personal, ¿está usted satisfecho con el documento de cesión?
–A título personal, no. Tengo ciertas reservas al respecto.
–¿Podría ser más explícito?
–No en este momento. Tal vez más adelante.
–¿Alguna autoridad del Vaticano ha iniciado alguna acción legal para impugnar este documento?
–No he sido informado de ninguna acción de ese tipo.
–¿Cree que es probable que la haya?
–Me atrevería a dudar de ello. La Sede de Pedro está vacante. El camarlengo ejerce sus funciones provisionalmente.
–Ya que tiene dudas, ¿recomendaría usted una acción o una investigación en tal sentido?
–No me pregunte por mi opinión, señor Colson. De acuerdo con el orden de cosas normal, pronto podría quedarme sin trabajo.
La observación suscitó una carcajada general, y parte de la tensión que había en el ambiente se disipó. Frank Colson tomó un sorbo de agua, ordenó sus papeles y echó una mirada a la nota que acababan de entregarle.
Era de Steffi Guillermin. Decía: «Está satisfecho de sí mismo. Tienes que intervenir. Acorrálalo». Colson se preparó como un fiscal que se dispone al asalto final sobre su testigo.
–Está claro, monseñor, que independientemente de cuáles sean sus opiniones a título personal, el Vaticano no está dispuesto a impugnar la autenticidad del diario o la validez de la cesión a Claudio Stagni.
–Sería más exacto decir que, hasta el momento, el Vaticano no ha hecho ninguna impugnación formal.
–Entonces el escenario que se presenta es otro. El legado del manuscrito fue válido. Fue hecho por un Pontífice en plena posesión de sus facultades, plenamente consciente del uso que podría dársele.
–Eso es pura especulación.
–¿Pero coincide usted en que es al menos una hipótesis admisible?
–Improbable, pero sí, admisible.
–Desarrollando un poco la idea, ¿no es igualmente admisible que algunos miembros de la curia, consejeros muy cercanos al Pontífice, le sugirieran esta estratagema y le alentaran a concretarla?
–Daría un paso demasiado largo si lo admitiera, señor Colson. Yo fui consejero del Pontífice sólo en cuestiones relacionadas con los medios de comunicación.
–Pero esta cuestión era sin duda del máximo interés para los medios. Es el tema excluyente que estamos discutiendo hoy aquí.
–Todo lo que puedo decir es que yo no fui consultado sobre el tema en ningún momento.
–¿Pero concedería que podría haber sido discutido con los consejeros más íntimos y poderosos del Pontífice?
–Es una posibilidad. No puedo decir más que eso.
–La alternativa es bastante aterradora, ¿no es cierto?
–¿Qué alternativa, señor Colson?
–Que el Santo Padre, un hombre investido de una enorme responsabilidad, cometiera una locura mayúscula poniendo un documento privadísimo en las manos de su ayuda de cámara.
–Puede haber otras explicaciones.
–¿Cuál, por ejemplo, monseñor?
–Robo…
–Lo que nos convertiría a nosotros y a todos nuestros superiores en traficantes de bienes robados.
–Podría ser. Cosas así han ocurrido antes de ahora.
–¿Otra alternativa?
–Falsificación del documento de procedencia. También eso ha ocurrido otras veces.
–Cualquiera de las alternativas conduce a conclusiones muy incómodas,
¿no es cierto?
–Dígame su conclusión, señor Colson.
–Que el Santo Padre mantuvo en su servicio personal, y compartió cotidianamente sus pensamientos más íntimos con él, a un hombre que abusó de su confianza, invadió su privacidad y cometió, u organizó, una serie de actos delictivos en beneficio propio.
–Precisamente, señor Colson, y si su conclusión es correcta, entonces usted, sus colegas y sus empresas son todos cómplices en el delito.
–Y el buen criterio de un Pontífice, responsable del cuidado universal de las almas, está lamentablemente comprometido.
–Eso también ha ocurrido muchas veces a lo largo de la historia, señor Colson. Somos una Iglesia de peregrinos. No somos una sociedad perfecta.
Colson le dejó ganar la baza. Él ya había ganado bastante. Inició una nueva serie de preguntas.
–Consideremos ahora algunos de los párrafos más significativos del diario. Usted ha admitido que es un documento auténtico. Pronto será público. Y permite una percepción única de la mente de un hombre cuyos títulos son Vicario de Cristo, Supremo Pastor de la Iglesia Universal…
–También es, en este documento al menos, un particular que expresa sus más íntimos pensamientos. – Angel Novalis había pasado al ataque-. Ha dejado a un lado la función pública y está en discusión consigo mismo y con Dios.
–A menos que, usted ha admitido la posibilidad, esté prolongando el ejercicio de su función pública a través de un testamento post mortem.
–El ejercicio de su función cesa con su muerte, señor Colson. Su sucesor no está legalmente obligado.
–Pero los electores pueden resultar influidos.
–¿Qué cosa los influiría?
–Ambición, tal vez. La presión de sus pares, lealtades de partido. No es ningún secreto que en el Sacro Colegio hay facciones. Cito del diario: «No soy ciego a las ambiciones de ciertos cardenales o a sus capacidades para la intriga…».
Ángel Novalis alzó una mano para acallarlo.
–Creo que deberíamos cortar aquí, señor Colson. No estoy dispuesto a hacer declaraciones sobre los papeles secretos de un muerto. Dejaré esa tarea a los historiadores. Creo que con lo que les he dado a usted y a sus colegas he retribuido razonablemente el gasto que les ha supuesto este almuerzo.
–Claro que sí.
–Entonces ¿puedo pedirles un pequeño favor a cambio?
–Por supuesto.
–Gracias. He redactado una breve declaración formal que me gustaría que ustedes transcribieran textualmente. ¿Pueden comprometerse a hacerlo?
–Por supuesto.
–Ésta es una declaración personal. Puedo decir que se admite que el diario personal del Pontífice es auténtico. No obstante, hay ciertas pruebas circunstanciales de que fue robado de su vestidor mientras él estaba en coma, muy poco antes de su muerte. La carta de donación del Pontífice es una falsificación realizada por un tal Aldo Carrese, un hombre que fue condenado por delitos graves y que murió hace dos meses. Al hacer esta declaración, invito públicamente a Claudio Stagni a que responda a estos cargos y emprenda un juicio contra mí por difamación. Soy consciente de que al hacerlo estoy excediendo mis atribuciones y exponiéndome a la censura. Sin embargo, tengo el deber personal de proteger la reputación de un hombre a quien admiré y respeté. Lo que ustedes o sus editores decidan hacer al respecto es asunto suyo. Gracias, damas y caballeros. Les deseo un buen día.
Steffi Guillermin inicio un aplauso atronador que lo acompañó mientras bajaba del estrado. Lo cierto era que se merecía cada uno de aquellos aplausos. Les había dado el equivalente de una semana de titulares. Y todos comprendían, además, aunque no fuese más que vagamente, que acababa de arriesgar su carrera. El Vaticano tenía mucha memoria y poca paciencia para con los sacerdotes turbulentos.
Mientras Angel Novalis saboreaba su pequeño triunfo en el Club de la Prensa Extranjera, el hombre que lo había pergeñado esperaba en la sala de conferencias A de la Secretaría de Estado. Su visitante, el cardenal Matteo Aquino, había telefoneado para avisarle de que había sido retenido en otra reunión y llegaría veinte minutos tarde.
Aunque como ex diplomático -había sido nuncio en Buenos Aires y en Washington- Aquino debería haberlo previsto; por otra parte, reflexionó Rossini, el hombre nunca había previsto nada. Siempre había sido arrogante, orgulloso de sus antepasados militares, de su destreza como jugador de tenis, esgrimista y diplomático que, para usar sus propias palabras, «tenía condiciones especiales para tratar con regímenes militares».
Tenía setenta y cinco años. Ya le había presentado la renuncia al difunto Pontífice, pero todavía estaba habilitado para votar en el cónclave y, al menos en teoría, aún podía ser candidato a la elección. Después de un largo
reinado, siempre existía la posibilidad de que los electores se decidieran por un Pontífice con una expectativa de vida más limitada.
Ahora, súbitamente, Aquino, aquel sujeto tan marcial, estaba bajo asedio. Quienes lo amenazaban eran las Madres de la Plaza de Mayo, un grupo de mujeres que había denunciado, y a la larga destruido, a la dictadura en Argentina. Eran las madres, viudas, hermanas y novias de los miles de ciudadanos que habían «desaparecido» bajo el régimen del que el propio Rossini había sido una de tantas víctimas.
Habían venido a Roma trayendo pruebas, reunidas a lo largo de veinte años, sobre la presunta complicidad de Aquino con el reinado del terror, en actos de delación, secuestro, tortura y ejecución que el gobierno estimaba que habían afectado a nueve mil ciudadanos, pero que según las Madres de la Plaza de Mayo habían alcanzado a alrededor de treinta mil. El propósito de su visita a Roma era presentar ante el Pontífice una petición para que se dejara sin efecto la inmunidad de Aquino como ciudadano del Estado del Vaticano, lo que permitiría acusarlo ante los tribunales bajo las leyes de la República italiana. Muchas de las víctimas del terror eran inmigrantes procedentes de Italia, y algunos de ellos, que al parecer sólo gozaban en Argentina de la condición de residentes, todavia seguían siendo ciudadanos italianos. Ahora que el Pontífice había muerto, las mujeres habían anunciado su intención de esperar, para presentar su petición formal ante el nuevo Pontífice.
La esencia de las pruebas materiales con las que contaban le resultaba familiar a Rossini. Además, tenía libre acceso a los archivos de la Secretaría de Estado: una delgada carpeta, escogida entre muchas otras, descansaba sobre la mesa, frente a él. Durante un breve período, el mismo Aquino había sido una figura familiar en su vida: taciturno y distante, había sido el mensajero involuntario encargado de transportar un desagradable cargamento de mercancía dañada desde Argentina a Roma. A medida que Rossini había ido ganando el favor del Papa, sus encuentros con Aquino se habían hecho cada vez más esporádicos, y en las ocasiones formales en que se producían, los saludos que intercambiaban eran breves y fríos. Ahora Aquino regresaba para suplicarle a Rossini que saliera en su defensa ante aquellas furias de la Plaza de Mayo tocadas con sus pañuelos blancos. Para Rossini, encarnaba los años de pesadilla, y su sombra se proyectaría sobre el encuentro que aquella misma noche tendría con Isabel.
Llamaron a la puerta y, por indicación de Rossini, un joven clérigo hizo pasar a Aquino. Rossini se puso de pie para saludarlo. Hizo una reverencia pero no le dio la mano. Aquino respondió del mismo modo y ensayó una tosca disculpa. Rossini lo invitó a sentarse. Aquino se sentó, rígido y serio, hasta que Rossini lo aguijoneó.
–Usted pidió verme, eminencia.
–Sí. Estoy en una situación difícil, como ya sabrá.
_¿En qué consiste esta situación difícil?
–Estas mujeres, las Madres de la Plaza de Mayo. Han venido hasta aquí a montar una campaña contra mí. Quieren hacerme comparecer ante un tribunal civil en Roma. Quieren que se deje sin efecto mi inmunidad como ciudadano del Estado del Vaticano. Se proponen esperar en Roma hasta que sea elegido el nuevo Pontífice. Es todo sumamente angustioso.
–Me figuro que debe de serlo -dijo Rossini con afabilidad-. Por supuesto, lo que estas mujeres sufrieron, lo que sus hijos, hermanos o esposos sufrieron también fue muy angustioso.
–Lo sé.
–Por supuesto, tenía que saberlo: era su trabajo. Aunque, en varias ocasiones, usted negó públicamente que lo supiera.
–Ésa fue una maniobra diplomática necesaria.
–He visto sus informes. – El tono de Rossini seguía siendo afable. Hizo tamborilear sus dedos sobre la carpeta que estaba sobre la mesa-.
Pertenecen a un período muy doloroso de mi vida, que todavía hoy me resulta difícil de asimilar. Por esa razón, se me han asignado otras tareas, en otras áreas. Todavía sigo siendo muy vulnerable a los traumas de veinte años atrás. No obstante, en vista de nuestro encuentro de hoy, he examinado varios archivos clave. Observo que sus minutas fueron siempre sensatas y cuidadosamente equilibradas, incluso en los asuntos más controvertidos.
–Gracias. Es el deber de un diplomático: nunca exagerar ni cargar las tintas. Un diplomático debe desentrañar las causas más profundas de los acontecimientos.
–¿Aun cuando hombres y mujeres están siendo torturados con la aguijada eléctrica y ahogados en cubos de mierda en la Escuela de Mecánica de la Armada? ¿Aun cuando estén siendo azotados, y sodomizados con palos de escoba, y castrados, y les venden los ojos para luego arrojarlos desde aviones al océano?
–Protesté constantemente contra esas cosas.
–¿Ante quién? ¿Públicamente?
–Todo cuanto supe está en los informes que elevé a la Secretaría de Estado.
–Pero aun asi seguía jugando al tenis con los hombres que ordenaban atrocidades. Eso sí, usted solicitaba, ¿cómo lo llamó? – Levantó la cubierta de la carpeta y apoyó los dedos en una línea-. Ah, sí. «Un consejo teológico sensato acerca de los límites morales de la tortura que puede ser necesaria para obtener información de los enemigos del Estado y, en muchos casos, también de la Iglesia.» Recibió el consejo y se lo transmitió a los generales mientras jugaba con ellos al tenis: «Se puede apelar a medidas extremas siempre que no excedan los límites humanos, que no tengan consecuencias terminales ni provoquen traumas y que su duración no exceda las cuarenta y ocho horas como máximo.» ¿Quién le escribió esa basura?
–Lo escribió un reputado teólogo moral…
–¡Reputado! ¡Santo Cielo!
–… para aportar una base de reconciliación a los hombres de las fuerzas armadas que se vieron obligados por force majeure a ejecutar tareas brutales.
–¿Y cómo propuso usted reconciliar a las familias de los muertos y los desaparecidos?
–¡No he venido aquí a ser maltratado!
–Esto no es maltrato. Esto es la verdad. ¿Por qué ha venido usted aquí?
¿Qué esperaba de mí? ¿Silencio? ¿Una capa de barniz sobre toda esa sucia historia?
–¿Nunca se le ocurrió -Aquino todavía mantenía el control sobre sí mismo- que podría venir a buscar comprensión y ayuda?
–Si eso es lo que quiere, ¡hable con las mujeres! Suplique su comprensión. Confiese ante ellas y pídales perdón. Ellas lo escucharán, se lo aseguro. Están acostumbradas al silencio. Han esperado día tras día, tocadas con sus pañuelos blancos, como acusadoras silenciosas, frente a la Casa de Gobierno. Sus desaparecidos han enmudecido para siempre.
–Usted sabe que no puedo verme con ellas.
–¿Por qué no?
–Me harían pedazos.
–Eso dependería de cómo usted se presentara ante ellas.
–Eso también. – Una pequeña sonrisa forzada arrugó los labios de Aquino-. ¿Qué es lo que usted tenía en mente? ¿Un cilicio, una soga alrededor de mi cuello?
–¿Usted tiene alguna otra idea, tal vez?
–Tenía la esperanza de que usted les hablaría por mí, y conmigo, puesto que usted también fue una víctima.
Rossini profirió una blasfemia entre dientes.
–¡Por los clavos de Cristo! ¿Qué clase de hombre es usted?
–Soy un superviviente -dijo Aquino sin alterarse-. Necesito su ayuda para sobrevivir a esta… ¡esta infamia!
–¿Qué infamia?
–Estas acusaciones de conspiración y colaboración.
–La mejor forma de sobrevivir es responder a las acusaciones! – A pesar de sí mismo Rossini se vio arrastrado a la discusión-. Mire, en Chicago, nuestro colega Bernardin fue acusado por un ex seminarista de abuso sexual. Él no se escondió detrás de la Iglesia ni de su alto cargo: desafió a su acusador a ir a los tribunales. La acusación fue retirada. Bernardin se reunió con el hombre y lo trató con compasión y caridad. Por desgracia, Bernardin no sobrevivió, pero murió con honor y el pueblo bendice su memoria.
–¡Todo el mundo bendice a un buen pastor! ¡Nadie bendice a los diplomáticos! Usted ya ha visto lo que ha hecho la prensa italiana. ¡Figúrese lo que serían capaces de hacer con una audiencia judicial! ¡Es imposible!
–¿Por qué imposible?
–Me niego a comparecer como un criminal. Ayudé a muchas de las familias de las víctimas. Ahora estas mujeres me persiguen con imputaciones no probadas.
–Entonces llévelas a juicio. Deje que las pruebas sean expuestas y examinadas. Si son falsas, usted será reivindicado. Si son ciertas, que Dios tenga piedad de su alma.
–El suyo es un juego cruel, Rossini. He acudido a usted para pedirle ayuda, como colega y como cristiano. Recuerde que tiene una deuda conmigo. Yolo saqué de Argentina.
–Lo sé. Miles de personas no tuvieron tanta suerte. Pero lo mío no es un juego. Estoy tratando de evaluar su situación y decidir cómo y bajo qué condiciones puedo ayudarlo.
–¿Condiciones?
–Por supuesto. Usted es un diplomático. Condiciones, términos, negociaciones son su especialidad.
–Muy bien, empecemos a negociar entonces. ¿Qué hará para ayudarme?
–Primero me pondré en contacto con la delegación de las mujeres. Me comprometeré a llevarlo ante ellas para que mantengan una reunión en un lugar privado. Les pediré que le proporcionen, en mi presencia, un resumen de las pruebas que tienen. Si puedo, las persuadiré de que escuchen su descargo y de que acepten, al menos, discutir una solución arbitrada.
–¿Y si el arbitraje resulta insatisfactorio para una de las partes?
–Usted ofrecerá el cese de su inmunidad y manifestará su voluntad de comparecer ante los tribunales. Si lo hace, trabajaré con Ángel Novalis para asegurar la mejor interpretación posible de su situación por parte de la prensa mundial.
–Pide demasiado, Rossini. Ofrece demasiado poco.
–Más no puedo hacer.
Aquino le dispensó una mirada fría y hostil. Luego se puso de pie.
–Hizo más por Raúl Ortega. Lo recomendó como embajador ante la Santa Sede, así puede traerle a su amante a Roma.
Como Rossini no le contestó, agregó un pequeño post scriptum cargado de desprecio.
–Parece haber olvidado algo. Necesito un permiso del Pontífice antes de presentarme ante un tribunal, por el motivo que fuere. Por lo tanto, nada puedo hacer hasta que el nuevo Papa sea electo. En cambio, usted tiene la libertad de intervenir informalmente en mi defensa. Así que, si quiere revisar su oferta de ayuda, llámeme. No queda mucho tiempo antes del cónclave. Después de eso, como dicen los americanos, empieza otra partida.
En ese momento, Rossini cayó en la cuenta. Dejó escapar un largo resoplido de sorpresa y sacudió la cabeza en un gesto de absoluta incredulidad.
–Tiene razón, por supuesto. Fui un tonto al no darme cuenta. Usted no busca una reivindicación. Usted sólo quiere un aplazamiento, una tregua.
–Exactamente. ¡Y usted es el hombre más indicado en Roma para negociarla!
–Supongamos, no es más que una suposición, que usted fuera elegido Pontífice. ¿Qué pasaría entonces?
–Entonces, como le decía, empezaría otra partida. El Pontífice es la cabeza de un Estado soberano. También es el líder de mil millones de creyentes. No puede ser llevado ante ninguna corte de este mundo.
Plenitudo potestatis. La plenitud del poder. Es un concepto antiguo, pero ha estado reverdeciendo durante este reinado. En el colegio electoral cuenta con un gran apoyo. Piénselo, Rossini. Pero no se demore. El tiempo se acaba.
Giró bruscamente y abandonó la sala, cerrando suavemente la puerta tras de sí.
Diez minutos después, un Rossini decididamente enfadado elevaba su informe al secretario de Estado.
–¡Fue un error, Turi! Nunca debí haber aceptado esa reunión. ¡No tengo estómago para tratar con ese hombre!
–No importa. – El secretario de Estado se encogió de hombros con indiferencia-. Él pidió la reunión. Nosotros la concertamos. ¡Tú fuiste!
¡Basta!
–¿Crees que con su trayectoria podría ser elegido?
–Es una pregunta que no procede, Luca, pero te la contestaré. Su trayectoria estará limpia hasta que se lo condene por algún delito. Tiene una pequeña facción de seguidores con poder en la curia. Sí, podría ser elegido, aunque sea tan sólo como candidato provisional. Hay precedentes históricos. No obstante, no me pidas que haga una apuesta.
–Otra pregunta, Turi. ¿Cómo supo Aquino que yo te había dado una recomendación en el asunto del nombramiento de Raúl Ortega?
–No sé. Yo no se lo dije. En realidad no la he comentado con nadie. No se la he mostrado a nadie. Todavía está en mi archivo personal, bajo llave.
De todos modos, sabiendo que los argentinos habían hecho la recomendación, pudo deducir fácilmente que yo te consultaría.
–Es decir, mantiene estrechos vínculos en Argentina.
–En Argentina, en Washington, en todos los lugares en que ha desempeñado funciones. En un diplomático, eso es un mérito.
–Había una amenaza en su comentario sobre Isabel.
–Y tú tendrás la prudencia de recordarla, Luca, ahora que la señora de Ortega va a estar en la ciudad. Te diría que Aquino está enterado de su llegada.
–¿Cómo diablos podría saber eso?
–Del mismo modo, por la embajada. Ha estado en contacto permanente con ellos por el asunto de las Madres de la Plaza de Mayo. Incluso me sugirió que podría haber una conexión entre este grupo y la súbita llegada de la señora de Ortega. ¿Hay una conexión?
–No lo sé. Desde luego, se lo preguntaré a Isabel. Esta noche vamos a cenar juntos, con su hija.
–Confío en que pases una velada agradable.
–Gracias.
–Te deseo lo mejor, Luca. Lo sabes.
–Lo sé.
–Serénate antes del encuentro. Deshazte de tu ira. Disfruta de la reunión.
–Gracias, Turi.
–Tengo otra tarea para ti. Me gustaría que mañana asistieras a una reunión con media docena de los más antiguos miembros del Colegio Cardenalicio que por su edad no podrán votar. Quieren comunicar sus opiniones; a ti y a otros miembros que sí votarán.
–Me gustaría que me excusaras, Turi. Había reservado el día para asuntos personales.
–¿Más importantes que el servicio al que te debes aquí, en este momento? – preguntó cortante el secretario de Estado.
–Creo que lo son, sí. – De pronto era un hombre diferente, abierto y apasionado-. ¡Escúchame, Turi, trata de entender! Lo que nuestros colegas mayores quieren es lo que Pablo VI les negó: una voz en el cónclave, o al menos una audiencia ante la que hacer valer su experiencia de toda una vida. Entiendo eso. Creo que están en su derecho. Pero mi situación es completamente distinta. Estoy en crisis, estoy en una oscuridad desesperante. Mi encuentro con Aquino no ha hecho más que profundizarla.
No estoy para nada
seguro de que deba participar en el cónclave. Estoy tentado de renunciar antes de que empiece.
–¿Por qué, Luca? ¿Por qué?
–Porque no estoy seguro de seguir siendo un creyente. De pronto, la fe me ha abandonado. El Dios en el que alguna vez creí es un extraño para mí.
La Iglesia en la que he pasado mi vida, y en la que desempeño, como tú, un cargo encumbrado y honorable, es una ciudad poblada de extraños. Aunque
no me estoy explicando muy bien, espero que entiendas por qué necesito un pequeño lapso de silencio. Soy lo que era al principio: un hombre vacío, un hombre hueco, con la cabeza inundada por una clara luz polar y un bloque de hielo donde debería estar su corazón.
–¡Excelentes condiciones ambas para un conclavista! – El secretario de Estado se echó atrás en la silla y jugueteó con un cortapapeles-. Una cabeza despejada y un corazón frío. No te rebajaré demostrándote lástima. Si decides renunciar, lo lamentaré, pero te ruego que postergues tu decisión hasta después del cónclave. El juicio de un descreído, pronunciado sin miedo y sin favoritismos, podría ayudarnos a todos.
–¿Cómo se avendría eso con tu propia conciencia, Turi?
–Perfectamente bien. Tomo lo que me has dicho como una confidencia confesional. No acepto de ninguna manera tu estado de ánimo actual como definitivo. La noche oscura del alma es un fenómeno familiar en la vida espiritual: más aún, para algunos es una estación necesaria en el camino a la santidad… No habiendo un rechazo formal de la fe, sigo aceptándote como un hermano en Cristo y un colega en el gobierno de la Iglesia. ¿Responde eso a tu pregunta?
–En parte, al menos. Gracias.
–Entonces permíteme sugerir que suspendas tu juicio sobre nuestro colega Aquino. Él, como tú, tiene problemas de conciencia. No deberíamos abrigar la pretensión de decidir sobre ellos.
Ante el reproche, Rossini inclinó la cabeza en señal de respeto. Luego sonrió.
–Tienes razón, Turi. Lo siento. Ahora, por favor, ¿puedo tener el día libre mañana?
–Por supuesto. Tenemos el número de tu móvil. Trataremos de dejarte en paz. Y Luca…
–¿Sí?
–Sé cauteloso. Aquino y sus amigos son un grupo poderoso. Alguna gente poco amable los llama la Mafia Emiliana.
–¿Qué pueden hacerle a un hombre que no tiene nada que perder?
–Pueden despojarte de tu poder para hacer algún bien en la Iglesia que, a pesar de tus problemas personales, es más grande de lo que piensas…
Disfruta de tu velada.