Epidemia
Prólogo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 10 partes.
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Zaire (África)
7 de septiembre de 1976
John Nordyke, de veintiún años, estudiante de Biología de la Universidad de Yale, despertó al amanecer en las afueras de una aldea de Bumba (Zaire). Girando en su saco de dormir, empapado en sudor, miró por la ventana de su tienda y escuchó los sonidos del bosque tropical mezclados con los ruidos de la aldea que despertaba. Una brisa ligera llevaba el olor tibio y acre de los excrementos de vaca impregnado del aroma penetrante de los fuegos para la comida. A una gran altura, vislumbró monos saltando a través de la exuberante vegetación que ocultaba el cielo de su vista.
Había tenido un sueño agitado y al despertarse estaba débil y vacilante. Se sentía considerablemente peor que al ser atacado por los escalofríos y la fiebre la noche anterior, una hora más o menos después de la cena. Creyó que podía ser malaria. Aunque se había prevenido tomando fosfato de cloroquina, no había podido evitar las nubes de mosquitos que emanaban todas las noches de los charcos podridos escondidos en medio de la jungla pantanosa.
Con paso tambaleante llegó al poblado y preguntó por la clínica más próxima. Un sacerdote itinerante le informó que había un hospital en una misión belga en Yambuku, pequeña aldea a unos pocos kilómetros de allí. Enfermo y asustado, John levantó rápidamente el campamento, guardó la tienda y el saco de dormir en la mochila y emprendió el camino a Yambuku.
Había obtenido licencia de la universidad por seis meses para fotografiar animales africanos, como el gorila de montaña, en peligro de extinción. Desde niño había soñado con emular a los famosos exploradores del siglo XIX, los primeros en abrir el Continente Negro.
Yambuku era escasamente más grande que la aldea que acababa de abandonar y el hospital de la misión no le inspiró la menor confianza. Era apenas un pobre conjunto de edificios construidos con bloques de cernada que estaban pidiendo reparación a gritos. Los techos eran, o bien de metal corrugado en vías de herrumbrarse o bien de paja como las chozas nativas. No parecía haber electricidad.
Después de presentarse ante una monja envuelta en el atuendo tradicional que sólo hablaba francés, le ordenaron esperar con una multitud de nativos en diversos estados de inanición o enfermedad. Observando al resto de los pacientes, John se preguntó si no habría peligro de que le contagiaran alguna enfermedad más grave que la que tenía. Por fin lo atendió un atareado médico belga que hablaba algo de inglés, aunque no mucho. El examen fue rápido y, tal como suponía, el diagnóstico fue un principio de malaria. El médico le recetó una inyección de cloroquina y le aconsejó que volviera si no se sentía mejor al cabo de uno o dos días.
Al terminar el examen, lo enviaron a la habitación de tratamiento a hacer cola para que le inyectaran. Fue entonces cuando advirtió la falta de asepsia. La enfermera no tenía agujas desechables y se limitaba a rotar tres jeringuillas. Estaba seguro de que su corta permanencia en la solución desinfectante en que las ponía, no bastaba para librarlas de gérmenes. Cuando le llegó el turno, pensó protestar, pero no hablaba muy bien el francés y también sabía que necesitaba la medicina.
Durante unos cuantos días se alegró de haberse callado porque muy pronto empezó a sentirse mejor. Permaneció en la zona de Yambuku donde fotografió a los aborígenes budzas, tribu de ávidos cazadores que se demostraron ansiosos por lucir su destreza ante el extranjero rubio. Al tercer día, John se preparaba para volver a remontar el río Zaire siguiendo los pasos de Henry Stanley cuando su salud empezó a empeorar rápidamente. Primero sintió un terrible dolor de cabeza seguido en rápida sucesión por escalofríos, fiebre, náuseas y diarrea. Con la esperanza de que se le pasara, se quedó en la tienda y tembló toda la noche soñando con su país, con sábanas limpias y un baño al final del pasillo. Tras vomitar varias veces en la oscuridad, recogió sus cosas con gran dificultad y se encaminó muy despacio al hospital de la misión. Al llegar al complejo, vomitó una sangre roja y brillante y se desplomó en el suelo de la clínica.
Una hora más tarde despertó en una habitación donde había otros dos pacientes afectados ambos por una malaria que se resistía a la medicación.
El médico -el mismo que lo había examinado la vez anterior- se alarmó al advertir la gravedad del cuadro y notó además unos curiosos síntomas adicionales: una erupción extraña en el pecho y pequeñas hemorragias superficiales en los ojos. Si bien el diagnóstico seguía siendo malaria, el médico estaba preocupado porque no se trataba de un caso típico.
Como precaución adicional, prescribió una dosis de cloranfenicol por si el chico tenía fiebre tifoidea.
16 de septiembre de 1976
El doctor Lugasa, director general de salud para la zona de Bumba, contempló por la ventana de su despacho el río Zaire que brillaba bajo el sol de la mañana. Hubiese preferido que aún se llamara el Congo con todo el misterio y la emoción que el nombre conjuraba. Luego, haciendo un esfuerzo por volverse a concentrar en su trabajo, miró otra vez la carta que acababa de recibir del hospital de la misión de Yambuku refiriendo la muerte de un estadounidense, John Nordyke, y de un agricultor que visitaba la zona desde una plantación próxima al río Ébola. El médico de la misión sostenía que las muertes habían sido causadas por una infección desconocida que se extendía rápidamente. Dos pacientes internados junto al estadounidense, cuatro personas de la plantación que habían cuidado al agricultor y diez de los pacientes del ambulatorio de la clínica, presentaban graves cuadros de la misma enfermedad.
El doctor Lugasa sabía que le quedaban dos caminos. Primero, podía no hacer nada, lo que era, indudablemente, la elección más aconsejable. Sólo Dios sabía qué virulentas enfermedades endémicas podían surgir allá en la selva. La segunda alternativa era llenar la impresionante colección de formularios oficiales que requería informar el incidente a Kinshasa, donde alguien como él, pero más elevado en la escala burocrática, decidiría, probablemente, no mover ni un dedo. Desde luego, el doctor Lugasa sabía que si optaba por llenar los formularios no tendría más remedio que viajar a Yambuku, idea que le resultaba especialmente desagradable en esa época del año particularmente calurosa y húmeda.
Con un mínimo de remordimiento, tiró la caria a la papelera.
23 de septiembre de 1976
Una semana más tarde el doctor Lugasa se apoyaba nervioso en un pie y luego en otro mientras veía aterrizar el vetusto DC-3 en el aeropuerto de Bumba. El primero en bajar fue el doctor Bouchard, su superior en Kinshasa, a quien había llamado por teléfono el día anterior para comunicarle que acababa de enterarse del brote grave de una enfermedad desconocida que se había producido en la zona del hospital de Yambuku. La epidemia estaba afectando no sólo a los pobladores de la región sino también al personal del centro sanitario. Se había cuidado mucho de mencionar la carta que había recibido una semana antes.
Los dos médicos se saludaron al pie del avión y se alejaron luego en el Toyota Corolla del doctor Lugasa. Al preguntar al recién llegado si no había más noticias de Yambuku, el doctor Lugasa carraspeó, disgustado aún por lo que había oído esa mañana por la radio. Al parecer, de los diecisiete miembros del personal médico, once habían muerto ya además de ciento catorce nativos. El hospital estaba cerrado ya que no había nadie en condiciones de mantenerlo en funcionamiento.
El doctor Bouchard decidió que debía declararse en cuarentena toda la zona de Bumba.
Rápidamente efectuó las llamadas necesarias a Kinshasa y ordenó al renuente doctor Lugasa que consiguiera un medio de transporte con el que dirigirse al día siguiente a Yambuku para evaluar la situación sobre el terreno.
24 de septiembre de 1976
Al día siguiente, cuando ambos médicos entraron en el patio desierto del hospital de la misión de Yambuku, los recibió una quietud sobrenatural. Una rata pasó corriendo por la balaustrada de un porche vacío y un olor pútrido les asaltó el olfato. Se cubrieron la nariz con un pañuelo y bajaron del Land Rover sin muchas ganas, para acercarse cautelosamente al primer edificio. Tras echar un vistazo, descubrieron allí dos cadáveres que empezaban a descomponerse a causa del calor. Sólo al mirar dentro de la tercera construcción, encontraron a alguien aún con vida, una enfermera que
deliraba por la fiebre. Los médicos entraron en la sala de operaciones y se pusieron guantes, batas y mascarillas en un intento tardío de protegerse. Temiendo aún por su propia salud, atendieron a la enfermera y buscaron luego más miembros del personal. Entre casi treinta muertos, encontraron otros cuatro pacientes que apenas se aferraban a la vida.
El doctor Bouchard se comunicó por radio con Kinshasa y solicitó ayuda urgente a la Fuerza Aérea de Zaire para evacuar a varios pacientes de la misión y llevarlos a la capital, pero cuando se consultó al departamento de enfermedades infecciosas del hospital universitario cómo se debía aislar a los enfermos durante el vuelo, sólo la enfermera sobrevivía. Bouchard señaló que las técnicas de aislamiento debían ser las mejores ya que era evidente que se trataba de un mal sumamente contagioso y extremadamente mortífero.
31 de octubre de 1976
El virus de Yambuku se logró aislar en los tres laboratorios internacionales de forma casi simultánea. Se advirtió que era estructuralmente similar al virus Marburg descubierto en 1967 en un brote fatal entre empleados de laboratorio que manipulaban monos verdes de Uganda. El nuevo virus, considerablemente más virulento que el Marburg, fue denominado Ébola por el río del mismo nombre que corre al norte de Bumba, y se le consideró el microorganismo más mortífero conocido desde la peste bubónica.
16 de noviembre de 1976
30 de septiembre de 1976
La enfermera belga evacuada en avión murió a las tres de la madrugada a pesar de la terapia intensiva que recibió durante seis días. No se emitió un diagnóstico, pero después de practicársele la autopsia, se remitieron muestras de su sangre, hígado, bilis y cerebro al Instituto de Medicina Tropical de Amberes, Bélgica; al Centro para el Control de Enfermedades de Atlanta, Estados Unidos, y al Establecimiento de Investigación Microbiológica en Porton Down, Inglaterra. En la zona de Yambuku -había para entonces doscientos noventa y cuatro casos de la enfermedad con una tasa de mortalidad cercana al noventa por ciento.
Dos meses después del brote inicial, la enfermedad de Yambuku se consideró controlada con éxito, ya que durante varias semanas no se presentaron nuevos casos en esa zona.
3 de diciembre de 1976
Se levantó la cuarentena en la región de Bumba y se reanudaron los servicios aéreos.
Evidentemente, el virus Ébola había regresado a su fuente original. El origen de esa fuente quedó, sin embargo, en el más absoluto misterio. Un equipo internacional de profesionales, entre los que se encontraba el doctor Cyrill Dubchek del Centro para el Control de Enfermedades que había desempeñado un papel importante en la localización del virus de la fiebre Lasa, exploró toda la zona en busca de un foco del virus Ébola dentro de los mamíferos, las aves y los insectos.
Lamentablemente, los virólogos no obtuvieron resultado alguno. Ni siquiera una pista.
Los Ángeles, California
14 de enero Momento actual
El doctor Rudolph Richter, un hombre alto y de aspecto distinguido, oftalmólogo de Alemania Occidental y cofundador de la Clínica Richter de Los Ángeles, se arregló las gafas para revisar las pruebas publicitarias que estaban desplegadas sobre una mesa redonda en la sala de reuniones de la clínica. A su derecha, examinando las pruebas con igual atención, estaba William, su hermano y socio, graduado en administración de empresas. El material era para la campaña del trimestre siguiente dirigida a la captación de nuevos suscriptores del sistema de pagos adelantados del plan de salud que ofrecía la clínica. Iba dirigido a la gente joven que, como grupo, gozaba relativamente de buena salud. William había señalado rápidamente que era ahí donde se obtenían buenos beneficios en el negocio de los sistemas de salud por pagos adelantados.
A Rudolph le gustaron las pruebas. Era la primera cosa positiva que le había ocurrido ese día.
Había empezado mal, con un pequeño choque en la autopista de San Diego que le había abollado su flamante BMW. Luego, la operación de urgencia que le había atrasado la consulta. Después el caso
trágico del paciente de SIDA que le había tosido en la cara cuando trataba de examinarle las retinas.
Y para colmo lo había mordido uno de los monos que se utilizaban en su proyecto vinculado con el herpes ocular. ¡Qué día!
Repasó un anuncio que iba a salir en la revista dominical del Times y le pareció perfecto. Le hizo una señal de asentimiento a William y éste indicó al hombre de la agencia de publicidad que podía continuar. La página siguiente de la presentación era un hermoso comercial de treinta segundos para la televisión programado en el noticiero de la noche. En él aparecían unas despreocupadas jóvenes en bikini jugando a voleibol en una playa de Malibú con unos chicos apuestos. Aunque exaltaba el concepto de la conservación de la salud mediante el sistema de pagos adelantados tal como lo ofrecía una organización como la Clínica Richter, en contraste con el sistema convencional de pago por servicio prestado, a Rudolph le recordó un costoso anuncio de Pepsi.
Además de Rudolph y William, había otros médicos del personal, entre ellos el doctor Navarro, jefe de medicina. Todos eran directores de la clínica y poseían una pequeña cantidad de acciones..
William carraspeó y preguntó luego si alguien quería hacer alguna pregunta. Nadie respondió.
Después de retirarse la gente de la agencia de publicidad, el grupo aprobó por unanimidad el material presentado. Luego, tras un breve intercambio de ideas acerca de la construcción de una sucursal de la clínica para atender el aumento de suscriptores de la zona de Newport Beach, se levantó la sesión.
El doctor Richter regresó a su despacho y guardó con gesto satisfecho las pruebas dentro de su cartera. Era una habitación suntuosa, teniendo en cuenta el sueldo relativamente bajo que obtenía como médico de la clínica. Pero ese sueldo era apenas una remuneración secundaria comparada con los dividendos que obtenía por sus acciones. Tanto la clínica como el doctor Richter gozaban de una excelente situación económica.
Después de hacer varias llamadas, el doctor Richter fue a visitar a sus pacientes postoperatorios: dos casos de desprendimiento de retina con historias clínicas difíciles. Ambos se recuperaban bien.
De regreso a su despacho pensaba en los pocos casos quirúrgicos que tenía pese a que era el único oftalmólogo de la clínica. Era preocupante, pero con la cantidad de oftalmólogos que había en la ciudad, tenía suerte de contar con lo que contaba. Agradecía a su hermano que le hubiese convencido de fundar la clínica ocho años antes.
Se cambió la bata blanca por una chaqueta deportiva azul, tomó su cartera y se marchó de la clínica. Eran más de las nueve de la noche y el aparcamiento de dos pisos estaba casi vacío. De día estaba siempre lleno y William ya mencionaba la necesidad de ampliarlo, no sólo porque hacía falta el espacio, sino por la depreciación. Rudolph no entendía verdaderamente esos temas, ni quería entenderlos.
Cavilando sobre los aspectos económicos de la clínica, no reparó en los dos hombres que estaban aguardando en la penumbra del garaje. Ni siquiera notó su presencia cuando empezaron a andar tras él. Los dos vestían traje oscuro. El más alto tenía un brazo que parecía paralizado en una flexión permanente. En la mano llevaba una gruesa cartera que sostenía en alto por la inmovilidad de la articulación del codo.
Cerca ya de su coche, el doctor Richter oyó los pasos que se apresuraban a sus espaldas y experimentó una incómoda sensación en la garganta. Tragó saliva, lanzó una mirada nerviosa hacia atrás y vio a dos hombres que aparentemente se encaminaban hacia él. Al pasar bajo una luz, pudo apreciar que iban bien vestidos, con camisas limpias y corbatas de seda, lo que le dio cierta tranquilidad. De todos modos, apretó el paso. Dio la vuelta por detrás de su coche preparando las llaves, abrió la puerta, arrojó dentro la cartera y se sentó invadido por el grato olor a cuero del tapizado. Quiso cerrar la puerta, pero una mano se lo impidió. Levantó la mirada y se encontró con la cara serena e inexpresiva de los dos hombres que lo habían seguido. Una leve sonrisa cruzó el rostro del desconocido mientras el doctor Richter lo miraba interrogante.
Intentó cerrar la puerta otra vez, pero el individuo la sujetaba fuertemente desde fuera.
–¿Me podría decir la hora, doctor? – preguntó el hombre cortésmente.
–Desde luego -respondió Richter, contento de que una razón tan inocua explicase la presencia de aquel hombre.
Miró su reloj, pero antes de que pudiese siquiera articular palabra, se vio arrancado violentamente del coche. Intentó resistirse, pero quedó atontado en el acto por fuerte puñetazo en la cara. Unas manos bruscas le sacaron la billetera y oyó una tela que se desgarraba. Uno de los hombres dijo
«empresario» en un tono despectivo, mientras el otro le indicaba: «Toma la cartera» El doctor Richter sintió que le arrancaban el reloj de la muñeca.
Todo terminó rápidamente. Oyó pasos que se alejaban, la puerta de un coche que se cerraba y el chirrido de las ruedas al rozar el suelo de cemento. Durante unos instantes permaneció inmóvil, contento de estar con vida. Encontró las gafas y al ponérselas notó que el cristal izquierdo estaba roto. Como cirujano, su preocupación principal eran las manos. Fue lo primero que revisó aun antes de levantarse del suelo. Luego se puso de pie y examinó el resto de su persona. Tenía la camisa y la corbata de seda manchadas de grasa. Le faltaba un botón de la chaqueta y en su lugar había quedado un desgarrón en forma de herradura. Tenía los pantalones rotos desde la cintura hasta la rodilla.
–Dios mío, qué día -dijo en voz alta pensando que en comparación con el asalto, la abolladura del coche no era nada.
Al cabo de un momento de vacilación, recuperó las llaves y regresó a la clínica. Allí llamó al encargado de seguridad y se discutió si debía darse parte a la policía de Los Ángeles. La idea de una mala publicidad para la clínica lo hizo dudar. Además, ¿qué iba hacer la policía? Mientras cavilaba, llamó a su mujer para avisarle de que llegaría un poco más tarde. Luego fue a mirarse la cara en el espejo del baño. En el pómulo derecho tenía una magulladura salpicada con suciedad del garaje.
Mientras se limpiaba cuidadosamente con un desinfectante, trató de calcular con cuánto había contribuido al bienestar de los ladrones. Suponía que debía de llevar unos cien dólares en la billetera, además de sus tarjetas de crédito y su matrícula médica de California. Pero lo que más le dolía era el reloj; había sido regalo de su mujer. «Bueno, tendría que comprarse otro», pensó, y en ese momento llamaron a la puerta.
El encargado de seguridad se disculpó en tono servil diciendo que hasta entonces no habían tenido nunca un problema de esa índole y que hubiese deseado encontrarse en aquella zona. Dijo al doctor Richter que había recorrido el aparcamiento apenas media hora antes en su ronda acostumbrada. Richter le aseguró que no debía culparse y que lo único que deseaba era que no volviese a ocurrir un suceso como aquél. Luego le explicó las razones por las cuales no quería dar parte a las fuerzas del orden.
Al día siguiente, el doctor Richter no se sentía bien, pero atribuyó los síntomas al impacto emocional y al hecho de haber dormido sobresaltado. A las cinco y media de la tarde, sin embargo, se sintió tan enfermo como para considerar si cancelaba la cita con su amante, una secretaria del departamento de archivo. Al final, sí fue a su apartamento, pero se marchó temprano porque necesitaba descansar, sólo para pasarse la noche dando vueltas en la cama.
Al otro día estaba realmente enfermo. Trató de no pensar en la mordedura del mono ni el paciente con SIDA que le había tosido encima. Sabía perfectamente que el SIDA no se transmite por un contacto tan casual. Lo que le preocupaba era la infección no diagnosticada. A las tres y media sintió escalofríos y un dolor de cabeza con intensidad de migraña que le obligó a cancelar las visitas de esa tarde y a marcharse de la clínica. A esas alturas, estaba seguro de que había pescado una gripe.
Cuando llegó a su casa, su mujer lo notó tan pálido y con los ojos tan enrojecidos que lo mandó directamente a la cama. A las ocho, la cefalea era tan intensa que tuvo que tomar Percodán. A las nueve sufrió violentos espasmos en el estómago y diarrea. La mujer quería llamar al doctor Navarro, pero él la tachó de alarmista y le aseguró que pronto se iba a poner bien. Tomó un somnífero y se durmió. Se despertó a las cuatro de la madrugada, consiguió arrastrarse hasta el baño y tuvo un vómito de sangre. Aterrada, la esposa llamó una ambulancia para llevarlo a la clínica. El no protestó.
No tenía fuerzas suficientes para protestar. Sabía que estaba más enfermo que nunca en su vida.
20 de enero
Marissa Blumenthal advirtió que se distraía aunque no supo si el estímulo provenía de su propia mente o de algún ligero cambio en el entorno. De todos modos, se le había roto la concentración. Al levantar los ojos del libro que tenía en el regazo, se dio cuenta de que la luz que entraba por la ventana había cambiado del blanco pálido invernal al negro intenso. Miró su reloj. Con razón. Eran casi las siete. Jolines -murmuró utilizando una de las expresiones que le quedaban de la infancia.
Se puso de pie tan rápidamente que sintió un mareo momentáneo. Hacía demasiadas horas que estaba recostada en dos sillas bajas de vinilo en un rincón de la biblioteca del CCE, el Centro para el Control de Enfermedades de Atlanta. Tenía una cita aquella noche y había planeado estar en casa a las seis y media para prepararse.
Tomando el grueso volumen Virología de Fields, se dirigió al estante de reservas estirando sus músculos acalambrados en el trayecto.
Es cierto que había corrido esa mañana, pero sólo tres kilómetros, no los cinco de costumbre.
–¿Necesita ayuda para subir ese monstruo al estante? – bromeó la señora Campbell, la maternal bibliotecaria, abotonándose la rebeca que no salía nunca de sus hombros porque siempre hacía frío en la biblioteca.
Como en todo chiste bueno, había una cierta base de verdad en el comentario de la señora Campbell. El texto de Virología pesaba cinco kilos, o sea una décima parte del peso de Marissa. Sólo medía un metro cincuenta y dos, aunque cuando la gente le preguntaba, respondía que un metro cincuenta y siete, la estatura que alcanzaba con tacones altos. Para volver a poner el libro en su lugar, tuvo que echarlo hacia atrás y casi arrojarlo luego con el impulso.
–La ayuda que necesito con este libro es meterme su contenido en el cerebro.
La señora Campbell rió con su estilo controlado. Era una mujer simpática, cálida, como casi todos los del CCE. A Marissa, el Centro le parecía más una institución académica que el organismo federal en que se había convertido en 1973. Había allí un ambiente de compromiso y dedicación. Si bien las secretarias y el personal de mantenimiento salían a las cuatro y media, los profesionales se quedaban siempre y a menudo trabajaban hasta altas horas de la noche. La gente allí creía en lo que hacía.
Marissa salió de la biblioteca que, en cuanto a espacio, resultaba desesperadamente inadecuada.
La mitad de los libros y periódicos del Centro se amontonaban descuidadamente por todas las habitaciones. En ese sentido el CCE era sin duda una agencia de salud regulada por el gobierno federal, obligada a luchar para obtener fondos en una atmósfera de recortes presupuestarios. Marissa advirtió que también tenía el aspecto de una agencia federal. El vestíbulo estaba pintado de un verde pardusco institucional, y el suelo estaba cubierto por un linóleo gris muy desgastado hacia el centro por el uso. Junto al ascensor estaba la inevitable foto de un sonriente Ronald Reagan. Justo bajo la foto, alguien había clavado irreverentemente una tarjeta que decía: «Si no le gustó el presupuesto de este año, ¡ya verá el del año próximo!»
Marissa subió la escalera que conducía a su despacho -sí es que podía llamársele así, ya que más bien parecía un armario para escobas-, en el piso de arriba de la biblioteca. No tenía ventanas. Las paredes estaban pintadas de un color ceniciento y apenas había lugar para un escritorio metálico, un archivo, una lámpara y un sillón giratorio. Pero tenía suerte de contar con ese despacho. En el Centro la competencia por el espacio era intensa.
Pese a todas las dificultades, Marissa sabía que el CCE funcionaba bien. A través de los años había prestado un estupendo servicio médico, no sólo en Estados Unidos sino también en otros países. Nunca olvidaría cómo habían ayudado a resolver el misterio de la Enfermedad del Legionario años atrás. Desde que la organización había empezado en 1942 como Oficina para el Control de la Malaria con el fin de erradicar la enfermedad del sur americano, había resuelto cientos de casos como aquél. En 1946 pasó a ser el Centro de Enfermedades Transmisibles con laboratorios separados para bacterias, hongos, parásitos y virus. Al año siguiente se incorporó un laboratorio para zoonosis, enfermedades propias de los animales que pueden transmitirse al ser humano, tales como la peste, la
rabia y el carbunclo. En 1970 el organismo volvió a cambiar de nombre y desde entonces era el Centro para el Control de Enfermedades.
Mientras guardaba unas cosas en su cartera, Marissa pensó en los éxitos obtenidos por el CCE en el pasado, sabiendo que esa historia era uno de los principales motivos por los que había pensado en ingresar allí. Después de terminar un curso pediátrico en Boston, presentó su solicitud en el Servicio de Inteligencia de Epidemiología y fue aceptada por un término de dos años, durante los cuales se desempeñó en calidad de oficial de inteligencia de epidemiología. Era como ser una especie de detective médico. Había terminado unas tres semanas atrás, justo antes de Navidad, el curso introductorio que supuestamente la preparaba para el nuevo cargo. El curso versaba sobre administración de salud pública, bioestadística y epidemiología (el estudio y control de la salud y la enfermedad en una determinada población).
Una sonrisa irónica se dibujó en el rostro de Marissa en el momento en que se ponía el abrigo azul oscuro. Había terminado el curso de introducción, sí, pero tal como le había sucedido con frecuencia durante la carrera de medicina, se sentía absolutamente incapacitada para solucionar una urgencia real. El salto iba a ser enorme desde el aula al campo de trabajo, cuando se le encomendara alguna misión. Saber relacionar en teoría los casos de una enfermedad específica de una forma coherente que revelase causa, agentes emisores y transmisores era muy diferente a saber controlar una epidemia real que involucrase a personas reales. De hecho, no era cuestión de pensar «si alguna vez…», sino en «cuándo».
Tomando su cartera, apagó la luz y volvió a recorrer el pasillo hacia los ascensores. Había hecho el curso de epidemiología con otros cuarenta y ocho compañeros entre hombres y mujeres, la mayoría médicos como ella, aunque también había algunos microbiólogos, varias enfermeras e incluso un dentista. ¿Estarían pasando todos por la misma crisis de confianza en sí mismos? En medicina la gente no suele comentar esas cosas porque va contra la propia «imagen».
Al terminar el curso la enviaron a la División de Patógenos Especiales del Departamento de Virología, el puesto que más le gustaba entre los que había disponibles. Logró el nombramiento por haber obtenido el mejor promedio de su clase. Si bien no tenía una formación sólida en virología -
precisamente por eso pasaba tanto tiempo en la biblioteca-, pidió que la asignaran a ese departamento porque la epidemia de SIDA había lanzado la virología a la cabeza de toda la investigación.
Anteriormente, siempre había servido de asistente de bacteriología. Ahora, sin embargo, la «acción»
estaba allí y ella no quería perdérsela.
Frente al ascensor saludó a un grupito de personas que esperaban. Conocía a algunos, en su mayoría gente del Departamento de Virología cuya oficina administrativa estaba en el mismo pasillo de su despacho. Otros le resultaron desconocidos, pero igualmente todos la saludaron. Estaba pasando por una crisis de confianza en su actitud profesional, pero al menos se sentía bien recibida.
Tuvo que hacer cola en el vestíbulo para firmar la salida, requisito indispensable después de las cinco de la tarde y luego se dirigió al aparcamiento. A pesar de que era invierno, el clima no era tan riguroso como el que había tenido que soportar en Boston durante los cuatro años anteriores, y no se molestó en abrocharse el abrigo. El deportivo Honda Prelude de color rojo estaba como lo había dejado esa mañana: polvoriento, sucio y descuidado. Aún tenía la matrícula de Massachussets; cambiarla era una de las cosas que aún no había tenido tiempo de hacer.
El trayecto hasta la casa que tenía alquilada era corto. La zona de los alrededores del Centro estaba dominada por la Universidad de Emory, que a comienzos de la década de los cuarenta había donado los terrenos al CCE. Rodeaban la universidad hermosos barrios residenciales que recorrían toda la escala, desde la clase media hasta los ostentosamente ricos. Fue en uno de los primeros, Druid Hills, donde encontró una casa de alquiler propiedad de un matrimonio que había sido trasladado a Mica para trabajar en un proyecto de control de natalidad.
Giró por la calle Peachtree (A Marissa le parecía que todo en Atlanta se llamaba peachtree). Pasó junto a su casa, un edificio de madera de dos pisos bastante bien conservado exceptuando el terreno.
El estilo arquitectónico era indeterminado a excepción de dos columnas jónicas en el porche. Todas
las ventanas tenían postigos falsos; cada uno con una abertura en forma de corazón recortada en el centro. Marissa se la había descrito a sus padres con el término «mona».
En la siguiente calle giró a la izquierda y luego otra vez a la izquierda. El terreno sobre el que estaba construida la casa abarcaba toda la manzana, y para que Marissa pudiese entrar en el garaje, tenía que llegar por la parte de atrás. Frente a la casa había un camino circular, pero no conectaba con el camino de atrás y con el garaje. Ambos caminos habían estado conectados en otros tiempos, por lo que parecía, pero alguien había construido una pista de tenis y eso había terminado con la conexión.
Como tenía que salir esa noche, no encerró el coche en el garaje, sino que giró en redondo y lo subió por la rampa marcha atrás. Mientras corría por la escalera de atrás, oyó los ladridos de bienvenida del cocker spaniel que le había regalado una de sus colegas pediatras.
Ella no había pensado nunca tener un perro, pero seis meses atrás había terminado una larga relación romántica que ella creía que iba a conducirla al matrimonio. El hombre, Roger Shulman, residente de neurocirugía del Hospital General de Massachussets, la había sorprendido con la noticia de que había aceptado una beca de la Universidad de California y de que quería irse solo. Hasta ese momento, tenían convenido que ella le acompañaría al lugar donde él tuviese que terminar su especialización y, de hecho, ella había solicitado cargos de pediatría en San Francisco y en Houston.
Roger nunca le había mencionado California.
Como la más pequeña de la familia, con tres hermanos mayores y un padre frío y dominante, neurocirujano de profesión, Marissa nunca había tenido mucha confianza en sí misma. Tomó tan mal la ruptura con Roger que apenas lograba forzarse a dejar la cama cada mañana para trasladarse al hospital. En medio de su depresión, su amiga Nancy le había regalado el perro. Al principio el gesto la irritó, pero Taffy -el cachorrito llevaba el nombre en un lazo muy grande alrededor del cuello-pronto le ganó el corazón y, tal como Nancy había pensado, la ayudó a pensar en otra cosa que no fuese su dolor. Ahora Marissa estaba loca con el perro, contenta de tener «vida» en su casa, un objeto capaz de recibir y de devolver afecto. Al llegar al CCE, su única preocupación había sido lo que iba a hacer con Taffy cuando la enviasen a realizar trabajos de campo. El asunto la preocupó bastante hasta que los Judson, vecinos de la derecha, se enamoraron del perro y no sólo se ofrecieron, sino que exigieron quedarse con Taffy cuando ella tuviese que salir de la ciudad. Fue como un regalo de Dios.
Al abrir la puerta, tuvo que protegerse de los emocionados saltos de Taffy hasta que pudo desconectar la alarma. Cuando los dueños le habían explicado el sistema, ella no había prestado mucha atención. Pero ahora se alegraba de tenerlo. Aunque los suburbios eran mucho más seguros que la ciudad, por la noche se sentía mucho más aislada que en Boston. Hasta apreciaba el «botón de pánico» que llevaba en el bolsillo del abrigo y que podía utilizar para activar la alarma desde la calle si veía luces inesperadas o movimiento dentro de la casa.
Mientras revisaba la correspondencia, dejó que Taffy gastara parte de su energía contenida dando vueltas en amplios círculos en torno al abeto que había en el jardín delantero. Los Judson sacaban al perro sin falta a mediodía; aun así, desde ese momento hasta que ella regresaba al anochecer, era demasiado tiempo para que un cachorrito de ocho meses estuviese encerrado en la cocina.
Desafortunadamente, no tuvo más remedio que acortar su exuberante ejercicio. Eran más de las siete y la esperaban para cenar a las ocho. Ralph Hempston, un prestigioso oftalmólogo, la había invitado varias veces a salir y aunque ella aún no había superado lo de Roger, lo pasaba bien con Ralph, feliz de que la llevara a cenar, al teatro y a conciertos sin presionarla para que fuera con él a la cama. De hecho, esa noche era la primera vez que la invitaba a su casa y él había dejado bien claro que iba a haber un grupo grande, no sólo ellos dos.
Parecía contentarse con que la relación creciese a su ritmo y Marissa lo agradecía, aun cuando sospechaba que la verdadera razón podía ser los veintidós años de diferencia entre sus edades. Ella tenía treinta y un años, él cincuenta y tres.
Curiosamente, el otro hombre con el que salía en Atlanta era cuatro años menor que ella. Tad Schockley, un doctor en microbiología, que trabajaba en el mismo departamento al que la habían asignado a ella recientemente, había quedado prendado de ella en el momento en que la espió en la
cafetería durante su primera semana en el Centro. Era todo lo contrario de Ralph Hempston: dolorosamente tímido, aun cuando sólo la había invitado al cine.
Se dio una ducha rápida, se secó y se maquilló. Corriendo contra el tiempo, repasó el armario descartando rápidamente varias combinaciones. No era una fanática de la moda, pero le gustaba vestir bien. Por último, se decidió por una falda de seda y un jersey que había comprado en Navidad.
Como era largo y le llegaba a la mitad del muslo, le parecía que con él se veía más alta. Se calzó un par de zapatos de tacón alto y se miró en el espejo de cuerpo entero.
Salvo por la estatura, Marissa estaba relativamente conforme con su físico. Tenía facciones pequeñas, pero delicadas, y su padre había empleado el término «exquisita» para definirla cuándo ella le había preguntado un día, años atrás, si la consideraba hermosa. Los ojos eran de un castaño oscuro con gruesas pestañas. El pelo también castaño, ondulado, lo llevaba con el mismo peinado desde los dieciséis años: largo hasta los hombros, recogido a un lado con una pinza.
A pesar de que el trayecto hasta la casa de Ralph duraba sólo cinco minutos, el barrio cambiaba significativamente para mejor. Las casas eran más grandes y se asentaban tras amplios y bien cuidados campos de césped. La de Ralph se erigía en un inmenso terreno y hasta ella se llegaba por un camino circular rodeado de azaleas y rododendros que, según su dueño, había que admirarlos en primavera.
Era una casa de tres pisos de estilo victoriano con una torre octogonal que dominaba la esquina derecha del frente. Un porche grande rematado por una complicada ornamentación, empezaba en la torre, se extendía por todo el frente de la casa y continuaba por el lado izquierdo. Descansando en el techo del porche, sobre las puertas dobles de la entrada principal, había un balcón circular con techo cónico que complementaba el de la torre.
La escena se veía festiva. Todas las ventanas de la casa brillaban de luz. Marissa dio la vuelta a la casa siguiendo las instrucciones de Ralph. Creía que llegaba un poco tarde, pero no había más coches.
Al pasar la casa, echó un vistazo a la escalera de incendio que bajaba del tercer piso. La había visto una noche cuando Ralph había tenido que pasar a recoger el aparato de radiollamada que se había dejado en casa. Él le había explicado que el dueño anterior tenía allí arriba las habitaciones de los criados y que el ayuntamiento le había obligado a poner la escalera de incendio. El hierro negro contrastaba grotescamente con la madera blanca.
Aparcó frente al garaje cuya ornamentación hacía juego con la de la casa. Llamó a la puerta de atrás que estaba en un ala moderna que no se veía por el frente. Nadie pareció oírla. Miró a través de la ventana y vio mucho movimiento en la cocina. No quiso probar si la puerta estaba abierta, así que dio la vuelta y llamó al timbre por el frente. Ralph abrió en el acto recibiéndola con un gran abrazo.
_Gracias por venir temprano -dijo ayudándola a quitarse el abrigo.
–¿Temprano? Pensé que era tarde. – No, no, en absoluto. Los invitados van a llegar a las ocho y media. – Colgó el abrigo en el armario del pasillo.
A Marissa le sorprendió verlo de esmoquin. Aunque reconoció lo bien que le sentaba, se desconcertó.
–Espero estar vestida adecuadamente. No me habías dicho que era una cena de etiqueta.
–Estás impresionante, como siempre. Sólo busqué un pretexto para ponerme el esmoquin. Ven, te enseñaré la casa.
Le siguió pensando una vez más que Ralph parecía la quintaesencia del médico: fuerte, expresión afectuosa, canas en los lugares más convenientes. Entraron en la sala, Ralph la precedía. La decoración era atractiva pero algo aséptica. Una empleada de uniforme negro estaba colocando los entremeses.
–Empezaremos aquí. La bebida se va a servir en el bar de la sala -dijo Ralph.
Abrió unas puertas correderas y entraron en la sala. Había un bar a la izquierda. Un joven con chaleco rojo estaba sacando brillo a los vasos. Más allá de la sala, pasando a través de una arcada, había un comedor formal.
Marissa notó que la mesa estaba puesta para doce personas.
Siguió a Ralph a través del comedor dentro del ala nueva que tenía una sala de estar y una cocina moderna muy grande. El servicio de banquete estaba a cargo de una empresa especializada, y tres o cuatro personas se.encargaban de los preparativos.
Después de asegurarse de que todo marchaba bien, Ralph condujo a Marissa otra vez a la sala y le explicó que le había pedido que llegase temprano para que hiciese de anfitriona. Un poco sorprendida
-después de todo, sólo había salido con él cinco o seis veces-, aceptó.
Sonó el timbre de la puerta. Habían llegado los primeros invitados.
Lamentablemente, Marissa nunca había tenido buena memoria para los nombres, pero recordó al doctor Hayward y a su esposa, porque él tenía un pelo plateado que llamaba la atención. También estaban el doctor Jackson y su esposa, que llevaba un brillante del tamaño de una pelota de golf. Los únicos otros nombres que Marissa recordó después, fueron los del matrimonio Sandberg,-ambos psiquiatras.
Intentando mantener una conversación trivial, Marissa se asombraba de las pieles y las joyas.
Ésos no eran médicos de pueblo.
Cuando casi todos estaban en la sala con una copa en la mano, volvió a sonar el timbre. Ralph no estaba por ahí, así que Marissa fue a abrir. Para su gran sorpresa, reconoció al doctor Cyrill Dubchek, su jefe en la División de Patógenos Especiales del Departamento de Virología.
–¿Qué tal, doctora Blumenthal? – preguntó Dubchek con naturalidad, como si hubiese esperado su presencia.
Marissa estaba visiblemente confusa. No había esperado a nadie del CCE. Dubchek le entregó el abrigo a la empleada mostrando un traje italiano azul oscuro. Era un hombre atractivo, de ojos muy negros e inteligentes y piel aceitunada. Sus facciones eran afiladas y aristocráticas. Pasándose una mano por el pelo para apartarlo de su frente, sonrió.
–Volvemos a encontramos. Marissa devolvió la sonrisa débilmente e hizo un gesto hacia la sala.
–El bar está allí. Dubchek asintió. – ¿Dónde está Ralph? – preguntó echando un vistazo a la sala llena de gente.
–Probablemente en la cocina. Dubchek inclinó la cabeza y se alejó al sonar otra vez el timbre.
Esa vez Marissa quedó aún más sorprendida. Ante ella estaba Tad Schockley.
–¡Marissa! – exclamó Tad verdaderamente sorprendido. Ella se recobró y le franqueó la entrada.
Mientras le tomaba el abrigo, le preguntó:
–¿De qué conoces al doctor Hempston? – Sólo de reuniones. Me sorprendió recibir su invitación por correo. – Tad sonrió-. Pero, ¿quién soy yo para despreciar una comida gratis con lo poco que gano?
–¿Sabías que venía Dubchek? – preguntó Marissa, con un tono casi acusador.
Tad negó con la cabeza. – Pero, ¿qué importancia tiene? – Miró hacia el comedor y luego hacia la escalera central-. Bonita casa. ¡Uf!
Marissa lió a pesar suyo. Tad, con su pelo corto y rubio y su frescura juvenil, parecía demasiado joven para haber obtenido un doctorado. Llevaba una chaqueta de pana, una corbata tejida y pantalones de franela tan gastados que parecían tejanos.
–¡Eh! – dijo-. ¿Cómo conoces tú al doctor Hempston?
–Es sólo un amigo -dijo Marissa, evasiva, indicándole con un gesto que se dirigiese a la sala para tomar una copa.
Cuando hubieron llegado todos los invitados, Marissa pudo alejarse de la puerta. Tomó un vaso de vino blanco en el bar y trató de mezclarse con los demás. Poco antes de que se anunciase la cena, se encontró enfrascada en una conversación con el doctor Sandberg, el doctor Jackson y su esposa.
–Bienvenida a Atlanta, señorita -dijo el doctor Sandberg.
–Gracias -respondió Marissa tratando de no mirar boquiabierta el anillo de la señora Jackson.
–¿Cómo fue que vino a parar al Centro para el Control de Enfermedades? – quiso saber el doctor Jackson con su voz recia.
No sólo se parecía a Charlton Heston sino que al oírlo, uno quedaba con la impresión de que podía representar Ben Hur.
Marissa miró fijamente esos ojos azules mientras pensaba cómo podía contestar esa pregunta aparentemente sincera. Por cierto que no iba a mencionar que su novio había huido a Los Ángeles y la necesidad que tenía ella de un cambio. Ése no era el tipo de motivación que se esperaba de los integrantes del CCE.
–Siempre me interesó la salud pública. – Era una mentirita inocente-. Toda la vida me fascinaron los cuentos de detectives médicos. – Sonrió. Al menos eso era verdad-. Supongo que me habré cansado de curar secreciones nasales y de oídos.
–Se especializó en pediatría -dijo el doctor Sandberg, pero fue una afirmación, no una pregunta.
–En el Hospital de Niños de Boston. Marissa siempre se sentía algo molesta cuando hablaba con psiquiatras. No podía dejar de preguntarse si no comprenderían las motivaciones que la animaban mejor que ella misma. Sabía que se había decidido por la medicina en parte para poder competir con sus hermanos por el cariño del padre.
–¿No le gusta la medicina clínica? – le preguntó el doctor Jackson-. ¿Nunca pensó en ejercer la profesión?
–Sí, desde luego. – ¿Cómo? – continuó Jackson, sin darse cuenta de que la ponía cada vez más nerviosa-. ¿Preferiría trabajar sola, en grupo, en una clínica?
–La cena está servida -anunció Ralph por encima del ruido de las conversaciones.
El alivio que sintió Marissa cuando los dos médicos se dispusieron a ir en busca de sus mujeres fue grande.
Por un instante había tenido la sensación de que la sometían a un interrogatorio.
Ya en el comedor Ralph se sentó en un extremo de la mesa y a Marissa la situó en el otro. Ella tenía a la derecha al doctor Jackson, quien felizmente se olvidó de seguir con sus preguntas sobre la medicina clínica. A la izquierda tenía al canoso doctor Hayward.
A medida que transcurría la comida, se hacía cada vez más evidente que Marissa estaba cenando con lo más selecto de la comunidad médica de Atlanta. Ésos no eran profesionales de cualquier clase, eran los representantes más prestigiosos de la medicina privada de la ciudad, con las únicas excepciones de Cyrill Dubchek, Tad y ella misma.
Después de varios vasos de vino, Marissa estaba más locuaz que de costumbre. De pronto sintió vergüenza al advertir que todos los de la mesa la estaban escuchando relatar su infancia en Virginia.
Se propuso entonces callarse y sonreír, y felizmente la conversación se desvió en seguida hacia la deplorable situación de la medicina en Estados Unidos y cómo los sistemas de pagos adelantados corroían los cimientos de la práctica privada. Al ver tantas pieles y joyas, Marissa tuvo la sensación de que los allí presentes no sufrían demasiadas estrecheces.
–Y a ustedes, los del Centro -preguntó el doctor Hayward mirando directamente a Cyrill-, ¿no les han reducido el presupuesto?
Cyrill soltó una risa cínica que le marcó profundas arrugas en las mejillas.
–Todos los años tenemos que lidiar con la Comisión de Presupuesto de la Cámara Baja. Hemos perdido quinientos puestos por recortes presupuestarios.
El doctor Jackson carraspeó. – ¿Qué pasaría si se diera un brote grave de influenza como la epidemia general de 1917-1918? Suponiendo que tuviese que actuar su departamento, ¿cuentan con personal suficiente para semejante eventualidad?
Cyrill se encogió de hombros. – Depende de muchos factores. Si la cepa de virus no sufre mutaciones de sus antígenos de superficie y nosotros hacemos en seguida el cultivo en tejido, podrían tener pronto la vacuna, aunque no sé exactamente cuándo. ¿Tad?
–Con suerte, más o menos en un mes. Luego el tiempo necesario para producirla en cantidades suficientes.
–¿Se acuerdan del fracaso de la epidemia de varicela que hubo hace unos años? – apuntó el doctor Hayward.
–Eso no fue culpa del CCE -se defendió Cyrill-. No había la menor duda sobre la cepa que apareció en Fort Dix. Ahora bien: por qué no se difundió, nadie lo sabe.
Marissa sintió que le apoyaban una mano en el hombro. Al volverse se encontró con una de las camareras de uniforme negro.
–¿La doctora Blumenthal? – susurró la muchacha. – Sí. – Tiene una llamada telefónica. Marissa miró a Ralph, pero estaba conversando animadamente con la señora Jackson. Pidió disculpas y se marchó con la joven a la cocina. Y en ese instante tuvo miedo cuando comprendió que seguramente la llamaban del Centro. Como esa noche le tocaba guardia, había dejado el número de Ralph y nadie más sabía que ella estaba aquí.
–¿La doctora Blumenthal? – preguntó la telefonista del Centro cuando Marissa alzó el teléfono.
Le pasaron la llamada al oficial de turno. – Enhorabuena -exclamó el oficial, de buen humor-.
Hemos recibido una solicitud de ayuda para un brote epidémico. El director de epidemiología de California solicita nuestra colaboración por una enfermedad aparentemente grave que ha surgido en la Clínica Richter. Para ganar tiempo, ya le reservamos pasaje en el vuelo de la Delta que sale a la una y diez de la madrugada. Se alojará en el Motel del Trópico. El nombre suena divino. ¡Buena suerte!
Después de colgar, Marissa dejó la mano sobre el teléfono unos instantes mientras recuperaba el aliento. No se sentía preparada en absoluto. Esa pobre gente de California, tan confiada, llamaba al CCE porque suponía que enviarían a un experto en epidemiología y en cambio iba a ir ella, Marissa Blumenthal, con su metro cincuenta y dos de estatura. Regresó al comedor para despedirse de los demás.
21 de enero
Cuando por fin retiró la maleta de la cinta transportadora, y le entregaron la furgoneta alquilada -
la primera que le dieron no arrancaba- y logró localizar el Motel del Trópico, ya empezaba a clarear.
En el momento en que registraba sus datos en la recepción del motel no pudo dejar de pensar en Roger. Pero no iba a llamarlo porque se lo había prometido a sí misma varias veces durante el vuelo.
El motel era deprimente, pero no importaba porque de todos modos no pasaría mucho tiempo allí.
Se lavó las manos y la cara, se peinó y se cambió la pinza. Al no haber nada más que la detuviera, volvió a subir a la furgoneta y se dirigió a la Clínica Richter. Sentía las palmas de las manos húmedas sobre el volante.
La clínica estaba convenientemente localizada sobre una ancha autopista, transitada por muy pocos coches a esa hora de la mañana. Marissa entró en el aparcamiento, tomó el tiquet y encontró un lugar cerca de la puerta. Toda la construcción era moderna, incluso el garaje, la clínica y lo que aparentemente era el sector de admisiones, de varias plantas. Se bajó del coche, se desperezó y sacó la cartera. Allí llevaba los apuntes de epidemiología que había tomado en el curso introductorio -
como si fueran a servirle de algo-, un bloc, lápices, un pequeño texto sobre virología, un lápiz de labios y una cajita de chicles. Qué ironía.
Ya en el interior, percibió el familiar olor a desinfectante de los hospitales que logró tranquilizarla un poco por hacerla sentirse como en su casa. Había un mostrador de información, pero estaba vacío.