Epidemia

Robin Cook · Capítulo 1 de 3 · parte 5/10

Páginas del PDF

Epidemia

Prólogo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 10 partes.

Al contemplar al público notó que aproximadamente la mitad tenía puestas mascarillas quirúrgicas. Además, gran parte de la concurrencia pertenecía a diversos grupos étnicos, de diversos rasgos y colores. Había también una amplia gama de edades, con lo cual era obvio que, al referirse al personal, el señor Davis hablaba de cualquier persona que trabajaba en la

institución, no sólo del equipo médico. Todos la observaban expectantes, y ella hubiese deseado tener más confianza en su propia capacidad para modificar la situación imperante en el sanatorio.

–Lo primero que haremos será verificar los diagnósticos -sostuvo con voz vacilante, varias octavas más arriba que su voz habitual. A medida que iba hablando recuperaba el tono normal. Se presentó sin crear demasiadas expectativas, explicando el verdadero lugar que ocupaba en el Centro para el Control de Enfermedades. También procuró asegurar -pese a no estar ella misma muy segura- que el brote se dominarla por medio de un estricto aislamiento de los pacientes, un cerco sanitario total para su cuidado y medidas sensatas de cuarentena.

–Todos vamos a enfermamos? – gritó una mujer desde el fondo, y un murmullo recorrió el salón.

Ése era precisamente el tema que más los preocupaba.

–Yo he intervenido en los dos últimos brotes -afirmó Marissa- y no me contagié, pese a haber estado en contacto con los enfermos. – Por supuesto, no mencionó el miedo que sentía-. Hemos podido determinar que es necesario un contacto personal muy cercano para que se transmita el Ébola.

Al parecer no existe la mera propagación por el aire.

Varias de las personas que tenían puestas mascarillas se las quitaron.

Marissa miró de reojo al doctor Weaver y vio que éste la alentaba con el signo de los pulgares levantados.

–¿Es imprescindible que permanezcamos dentro del hospital? –

preguntó a viva voz un hombre de la tercera fila que llevaba bata de médico.

–Por el momento, sí -respondió Marissa diplomáticamente-. En los brotes anteriores el procedimiento que seguimos consistió en separar los contactos en grupos primario y secundario.

Pasó luego a relatar con todo lujo de detalles lo que se había hecho en Los Ángeles y Saint Louis y concluyó asegurando que ninguna de las personas aisladas en cuarentena contrajo el mal, a menos que previamente hubiese tenido un contacto directo con alguien enfermo.

Respondió después varios interrogantes referidos a los síntomas iniciales y al desarrollo clínico de la fiebre hemorrágica Ébola. Con esto, o bien el público se aterrorizó o bien satisfizo su curiosidad, porque no hubo más preguntas.

Mientras el señor Davis se acercaba al micrófono para hablar al personal, el doctor Weaver salió con Marissa del auditorio. Apenas estuvieron en el pasillo, ella le dijo que quería ir a ver a uno de los primeros enfermos antes de comunicarse con el CCE, y Weaver se ofreció para acompañarla en persona. Cuando se dirigía allí, Weaver le explicó que habían centralizado todos los casos en dos pisos del hospital, que se había sacado de allí a los demás pacientes aislándose el sistema de ventilación y que había sobradas razones para creer que habían logrado aislar totalmente el sector. También aseguró que las personas encargadas de cada piso habían sido expresamente adiestradas por su gente, que el trabajo de laboratorio se había restringido a lo mínimo que podía realizarse en un pequeño laboratorio instalado en uno de los pisos aislados, y que todo lo que usaban los pacientes era lavado en hipoclorito de sodio antes de ser directamente incinerado.

En cuanto a la cuarentena, expresó que todos los colchones habían sido traídos de fuera y que el sector de pacientes ambulatorios se había convertido en un inmenso dormitorio, separándose a los contactos primarios y secundarios. También se traía de fuera toda la comida y la bebida. Fue entonces cuando Marissa se enteró de que, seis años antes, el doctor Weaver había trabajado como oficial de Inteligencia en Epidemiología, en el Centro de Atlanta.

–Entonces, ¿por qué me presentó corno una experta? – preguntó, recordando las exageraciones pronunciadas por su colega.

Obviamente él sabía mucho más que ella acerca de las medidas para implantar la cuarentena.

–Para impresionarlos -reconoció Weaver-. La gente necesita creer en algo. Le disgustaba que se hubiese hablado de ella faltando a la verdad, pero quedó impresionada con la eficiencia del doctor Weaver. Antes de llegar al piso se pusieron el atuendo protector y luego, antes de entrar en una de las habitaciones, se pusieron una segunda protección, agregando gorros, gafas, mascarillas, guantes y botas.

El paciente que fue a ver era uno de los cirujanos de la clínica, un indio oriundo de Bombay. Apenas lo miró sintió crecer dentro de ella el miedo de contraer el mal. El hombre parecía moribundo, pese a que había caído enfermo apenas veinticuatro horas antes. El cuadro clínico era similar a la fase terminal que experimentaron los pacientes de Los Ángeles y Saint Louis: fiebre muy alta acompañada por baja presión sanguínea, la típica

erupción cutánea y signos de hemorragia en las membranas mucosas.

Marissa se dio cuenta de que ese hombre no duraría otras veinticuatro horas.

Para ganar tiempo, le extrajo de inmediato muestras virales, y el doctor Weaver se encargó de ordenar que se las embalaran adecuadamente para ser remitidas esa misma noche a Tad Schockley.

Bastaba mirar la ficha del paciente para advertir que no eran muchos los datos consignados, pero dado que habían ingresado ochenta y cuatro pacientes en menos de seis horas, no se podía esperar un trabajo muy detallado. No había mención alguna de viaje al extranjero, contacto con monos ni relación con los brotes de Los Ángeles o Saint Louis.

En cuanto se marchó del piso, Marissa anunció que necesitaba usar el teléfono y que haría falta la mayor cantidad posible de médicos para entrevistar a los enfermos. Si todos se hallaban en el mismo estado que el paciente de Bombay, habría que trabajar de prisa para obtener al menos alguna información.

Le permitieron utilizar el teléfono del despacho del señor Davis. Ya eran más de las once en Atlanta, y en seguida pudo comunicarse con Dubchek.

Éste estaba furioso.

–¿Por qué no me avisó apenas recibió la llamada de ayuda? No me enteré de que había salido de viaje hasta que llegué a la oficina.

Marissa se contuvo. En rigor, ella había advertido a las telefonistas del Centro que debían llamarla directamente apenas recibieran alguna comunicación por un supuesto brote de Ébola. Si Dubchek quería enterarse en seguida podría haber hecho lo mismo, pero eso no se lo iba a decir para no alterarlo más en ese momento.

–¿Le da la impresión de ser Ébola? – Sí -respondió, previendo la reacción de su jefe cuando ella dejara caer la próxima bomba-. La principal diferencia radica en la cantidad de casos: un centenar hasta ahora.

–Espero que haya puesto en práctica las necesarias medidas para el aislamiento -fue la única reacción de Dubchek.

Experimentó cierta desilusión al ver que él no quedaba impresionado.

–¿No le sorprende el número de enfermos? – El Ébola es un virus relativamente desconocido, y le aseguro que ya nada me asombra. Mucho más me preocupa la forma de contenerlo. ¿Qué me dice del aislamiento?

–Se ha hecho bien. – Me alegro. El laboratorio móvil está listo y partiremos dentro de una hora. Consiga cuanto antes las muestras virales

para enviar a Tad.

Marissa respondió que sí, pero la línea ya se había cortado. El muy hijo de puta la había dejado con la palabra en la boca. Ni siquiera le dio tiempo para advertirle que todo el hospital estaba en cuarentena, que si él entraba, después no se le permitiría salir. «Se lo merece», afirmó en voz alta, al levantarse del sillón.

El doctor Weaver había reunido a once médicos que colaborarían para interrogar a los enfermos, todos movidos por la misma motivación: si no les quedaba más remedio que permanecer dentro del sanatorio, preferían ponerse a trabajar.

Marissa se sentó a explicarles lo que pretendía: un detallado historial de la mayor cantidad posible de pacientes de entre los primeros ochenta y cuatro. Afirmó que tanto en Los Ángeles como en Saint Louis había habido un caso central que tuvo alguna relación con todos los demás pacientes.

Evidentemente la situación de Phoenix era distinta. Al presentarse tantos casos simultáneos podía pensarse en una enfermedad transmitida por medio de la comida o el agua.

–Si fuese propagada por el agua, ¿no se habría contagiado más gente? –

preguntó una doctora.

–Si se hubiese contaminado toda el agua del hospital, sí, pero a lo mejor la de algún tanque… -Su voz fue apagándose-. El virus de Ébola nunca se propagó por el agua ni los alimentos -reconoció-. Todo es muy misterioso, lo cual no hace más que subrayar la importancia de contar con historiales completos para hallar algún punto en común entre los casos. ¿Eran todos pacientes del mismo sector del sanatorio? ¿Bebieron café de la misma cafetera, comieron la misma comida, estuvieron en contacto con el mismo animal?

Empujó, su sillón hacia atrás, se levantó y fue hasta una pizarra donde comenzó a anotar una serie de preguntas que debía formulársele a cada enfermo. Los demás médicos aportaron también sus sugerencias. Al concluir, Marissa añadió la conveniencia de que averiguaran si alguno había asistido, tres meses antes, a un congreso sobre cirugía de párpados en San Diego.

Antes de que el grupo se dispersara, les recordó que debían observarse al pie de la letra todas las técnicas de aislamiento. Luego les dio las gracias y fue a estudiar el material reunido con anterioridad.

Tal como había hecho en Los Ángeles, Marissa instaló su puesto de mando en un pequeño saloncito que había detrás del despacho de las enfermeras, en uno de los pisos aislados. Cuando los otros médicos terminaron de tomar los historiales comenzaron a llevarle las anotaciones y ella pudo así dedicarse a la engorrosa tarea de cotejar datos. No había nada que saltara a la vista, salvo que todos los pacientes trabajaban en el Hospital Medicum, algo que ya se sabía.

Al mediodía habían ingresado catorce enfermos más, con lo cual se acentuaba el temor de estar ante una epidemia generalizada. Todos los nuevos pacientes, excepto uno, eran suscriptores de Medicum que habían sido atendidos por uno de los primeros cuarenta y dos médicos enfermos, antes de que éstos comenzaran a manifestar los síntomas. El otro caso era el de un químico que había practicado los primeros análisis antes de que se sospechara que pudiese tratarse de Ébola.

Cuando entró a trabajar el personal de la noche, Marissa se enteró de que acababan de llegar los demás profesionales del Centro. Fue a recibirlos con un enorme alivio y se encontró con Dubchek, que estaba ayudando a instalar el laboratorio móvil.

–Podría haberme avisado que habían puesto en cuarentena todo el hospital -le espetó apenas la vio llegar. – Usted no me dio oportunidad -

respondió, sin mencionar que él le había cortado la comunicación.

Lamentablemente no podía hacer nada por mejorar la relación, la cual parecía empeorarse a cada instante.

–Bueno, Paul y Mark no están muy felices. Cuando se enteraron de que los tres quedaríamos encerrados aquí hasta que se superara el trance, dieron media vuelta y regresaron a Atlanta.

–¿Y el doctor Layne? – preguntó Marissa, sintiéndose culpable.

–Ya se reunió con el doctor Weaver y las autoridades del sanatorio.

Después va a ver si el ministro de Sanidad del Estado modifica las normas de la cuarentena para exceptuarnos a los del CCE.

–Me imagino que no podré hablar con usted hasta que no haya puesto en funcionamiento el laboratorio.

–Veo que al menos tiene buena memoria -repuso Dubchek, agachándose para sacar una centrifugadora de su cajón-. Cuando termine aquí y haya conversado con Layne sobre las disposiciones para el aislamiento, podrá contarme lo que ha averiguado.

Mientras regresaba a su despacho, Marissa iba meditando diversas respuestas antipáticas, pero prefirió callarse porque sólo habría conseguido empeorar más la relación.

Después de ingerir comida de avión en un sector de la clínica reservado para personal en contacto directo con los presuntos enfermos de Ébola, Marissa regresó a su despacho a reanudar la confección de las fichas. Ya tenía los historiales de casi todos los ochenta y cuatro casos iniciales.

Encontró a Dubchek hojeando los apuntes. Al verla, él se incorporó.

–No creo que haya sido una buena idea utilizar personal de este sanatorio para la obtención de datos.

Consiguió tomarla desprevenida. – Es que eran tantos los casos -se disculpó ella- que yo no habría podido entrevistar a todos con la necesaria rapidez. Así y todo hubo siete personas que ya no estaban en condiciones de hablar y tres han muerto desde entonces.

–De todas maneras no hay razón para exponer a médicos que no se han especializado en epidemiología. El Ministerio de Sanidad del Estado de Arizona cuenta con personal idóneo que pudo haber sido empleado. Si alguno de estos médicos que usted reclutó llega a contraer el mal, podría caberle responsabilidad al Centro.

–Pero ellos… -¡Ya basta! No he venido aquí a discutir. ¿Qué es lo que averiguó?

Marissa procuró organizar sus ideas y dominar las emociones. Cierto era que había evaluado las posibles consecuencias legales, pero no estaba convencida de que hubiera problema alguno puesto que esos médicos -en cuarentena- ya eran considerados contactos. Se sentó al escritorio y buscó en sus apuntes la página de las conclusiones. Cuando la halló, empezó a leer con voz monocorde, sin mirar a Dubchek.

–Uno de los primeros pacientes es un oculista que asistió a la misma convención de San Diego que los doctores Richter y Zabriski. Otro de los casos iniciales, un cirujano ortopédico, participó en un safari a África hace dos meses. Otros dos pacientes usaron monos en sus investigaciones, pero ninguno de los dos recibió mordeduras.

Los ochenta y cuatro casos evidenciaron los síntomas en un lapso de seis horas, lo cual daría a entender que todos estuvieron expuestos al virus al mismo tiempo. La gravedad de los primeros síntomas sugiere que recibieron una dosis abrumadora del agente infeccioso. Todos trabajaban en el Hospital Medicum, aunque no en el mismo sector, razón por la cual

suponemos que el sistema de aire acondicionado probablemente no es la causa. Para mí todo apunta a una contaminación producida por el agua o los alimentos, y en ese sentido el único dato común a los ochenta y cuatro casos es que todos utilizaron la cafetería del sanatorio. De hecho, se sabe casi con certeza que los ochenta y cuatro almorzaron allí hace tres días.

Marissa levantó por fin los ojos para mirar a Dubchek, y éste tenía la mirada fija en el techo. Cuando se dio cuenta de que ella había terminado de hablar, preguntó:

–¿Ningún paciente ha tenido contacto con los episodios de Los Ángeles y Saint Louis?

–Ninguno. Por lo menos ninguno que hayamos podido descubrir.

–¿Envió las muestras de sangre a Tad? – Sí. Cyrill se encaminó a la puerta. – Creo que debería redoblar sus esfuerzos para establecer un vínculo entre este brote y los dos anteriores. Tiene que haber alguna conexión.

–¿Podría ser la cafetería? – Eso tendrá que investigarlo usted por su cuenta. Hasta ahora el Ébola nunca se ha transmitido por la comida, de modo que no veo por qué haya que pensar en la cafetería. – Abrió la puerta-. De todas maneras la coincidencia llama la atención, y me imagino que usted se dejará guiar por su propio instinto sin atenerse a lo que yo le recomiende. Pero eso sí: agote todas las posibilidades de hallar una relación con los brotes de Saint Louis y Los Ángeles.

Permaneció con la mirada fija en la puerta ya cerrada. Luego recorrió el papel que tenía ante los ojos y el deprimente montón de historiales clínicos.

Casi como si las últimas palabras de Cyrill hubiesen constituido un desafío, resolvió dar una vuelta por la cafetería, construida como un pabellón separado que daba a un jardín. La doble puerta de acceso estaba cerrada, y en una de las hojas se advertía un cartelito clavado con chinchetas: CLAUSURADO POR ORDEN DEL MINISTRO DE

SANIDAD PÚBLICA DEL ESTADO. Marissa tanteó el picaporte y comprobó que no habían echado la llave.

Dentro reinaba una limpieza inmaculada. Lo primero que vio Marissa fue el mostrador, con montones de bandejas en un extremo y una caja registradora en el otro.

Detrás de dicho mostrador, otra puerta doble con ventanillas redondas, que daba a la cocina. Cuando Marissa trataba de decidir si entraba o no, se abrieron las puertas, salió una mujer rolliza pero guapa y le advirtió que la

cafetería estaba cerrada. Marissa se presentó y le preguntó si podía charlar con ella unos minutos.

–Por supuesto. Con un leve acento escandinavo, dijo que se llamaba Jana Beronson y era la encargada. Marissa y ella se dirigieron al despacho de la mujer, un cuartucho sin ventanas, con las paredes cubiertas de horarios y menús.

Después de intercambiar algunas frases amables, Marissa le pidió ver el menú de tres días atrás, que la señorita Beronson sacó del fichero y le entregó de inmediato. Se trataba de una típica comida de cafetería: tres platos principales, dos clases de sopas y varios postres.

–¿Esto era lo único que se podía elegir ese día? – No. Además de los platos del día, tenemos siempre sándwiches y ensaladas.

Como Marissa necesitaba quedarse con el menú, la encargada fue a sacarle una fotocopia. Marissa decidió que iría de nuevo a hablar con los pacientes, a preguntarles qué habían comido tres días antes. También interrogaría a un grupo de control constituido por personas que habían ingerido los mismos alimentos sin contraer la enfermedad.

La señorita Beronson regresó con la fotocopia. Cuando la estaba doblando, le preguntó Marissa:

–Una de sus empleadas se enfermó, ¿verdad? – Sí, María González. –

¿Qué es lo que hace aquí? – Trabaja en el mostrador o en la distribución de las ensaladas.

–¿De qué se ocupó ese día en particular? La señorita Beronson se levantó y fue a consultar un enorme diagrama de la pared.

–De postres y ensaladas. Marissa se preguntó si no habría que practicar estudios en toda la cafetería en busca de anticuerpos del Ébola.

–¿Quiere recorrer el local? – ofreció la señorita Beronson, ansiosa de prestar ayuda.

Durante los siguientes treinta minutos le mostró las instalaciones, tanto las de la cocina como las del comedor. Entre las primeras observó la cámara frigorífica, la antecocina y la gran ristra de hornos y fogones. En la zona de los comedores pasó ante el largo mostrador, curioseando en los cajones de los cubiertos y destapando las fuentes de las ensaladas.

–¿Quiere ver la despensa? Le dio las gracias pero no aceptó, puesto que ya era hora de averiguar qué habían elegido los primeros enfermos de Ébola del menú que llevaba en la cartera.

Se echó hacia atrás en el sillón giratorio y se restregó los ojos. Eran las once de la mañana de su segundo día en Phoenix, y apenas si había logrado dormir cuatro horas la noche anterior. La habían instalado en uno de los consultorios de ginecología, y cada vez que alguien pasaba por allí, la despertaba.

Oyó que se abría la puerta a sus espaldas. Al volverse vio que entraba Dubchek sosteniendo desplegada la primera plana de un diario local cuyo titular decía: EL CENTRO PARA EL CONTROL DE ENFERMEDADES

OPINA QUE EXISTE FUENTE OCULTA DE ÉBOLA EN ESTADOS

UNIDOS. Con sólo verle la expresión Marissa se dio cuenta de que, como de costumbre, estaba enfadado.

–Le dije que no debía hablar con la prensa. – No hablé. Dubchek dio un golpe al diario. – Aquí dice que una tal doctora Blumenthal, del CCE, sostiene que hay un foco de Ébola en este país, y que la epidemia de Phoenix se originó en agua o alimentos contaminados. Marissa, ¡le aseguro que tendrá usted graves problemas!

Marissa tomó el periódico y leyó rápidamente el artículo. Cierto era que se mencionaba su nombre pero sólo indirectamente. La noticia la habían obtenido de un tal Bill Freeman, uno de los médicos que colaboró para confeccionar las historias de los pacientes, y así se lo hizo notar a Dubchek.

–No importa que hable directamente con los periodistas o con un intermediario: el efecto es el mismo. Esto parecería indicar que el Centro avala sus opiniones, lo cual no es verdad. No hay pruebas de que el problema se relacione con los alimentos, y tampoco tenemos el menor deseo de provocar una reacción de histeria generalizada.

Marissa se mordió el labio inferior. Tenía la impresión de que cada vez que él le dirigía la palabra era para criticarla por algo. Lástima que ella no hubiese podido llevar mejor el episodio del hotel de Los Ángeles, obrar más diplomáticamente, porque tal vez él no estaría tan irritado. Después de todo,

¿qué esperaba? ¿Que no hablara con nadie? El trabajo en, equipo supone siempre la comunicación.

Sofocó su enfado y le entregó entonces un papel. – Pienso que tendría que mirar esto. – ¿Qué es? – preguntó él con fastidio. – Es el resultado de la segunda investigación practicada sobre los pacientes iniciales, al menos los que estaban en condiciones de responder. Notará usted un dato a simple vista: salvo dos personas que no lo recordaban, todos comieron flan hace cuatro días en la cafetería del hospital. Recordará que en mi primera

indagación, el único dato en común era el almuerzo en la cafetería. También notará que otras veintiuna personas que almorzaron ese día en la misma cafetería, pero no pidieron flan, no contrajeron el mal.

Dubchek dejó el papel. – Para usted es un maravilloso ejercicio, pero se olvida de un dato importante: el Ébola no se propaga en los alimentos.

–Lo sé. Pero no puede desestimar que este brote comenzó con una avalancha de casos, que fueron disminuyendo notablemente gracias al aislamiento.

Dubchek respiró profundamente. – Mire -pronunció en tono condescendiente-, el doctor Layne confirmó el dato que obtuvo usted: que uno de los pacientes había asistido con Richter y Zabriski al congreso de San Diego. Precisamente en ese dato se basa la posición oficial, que Richter trajo el virus de su hábitat endémico, en África, y lo contagió a sus colegas de San Diego, incluso al infortunado oculista de este sanatorio.

–Pero esa teoría desconoce el período de incubación de la fiebre hemorrágica.

–Sé que hay problemas -reconoció Dubchek-, pero por el momento es nuestra posición oficial. No me molesta que siga estudiando la posibilidad de transmisión por medio de los alimentos, pero por Dios, deje de hacer declaraciones. Recuerde que está aquí en carácter oficial. No quiero que vaya comentando sus impresiones personales a nadie, en particular a la prensa.

Marissa hizo un gesto de asentimiento. – Ah, y le encargo varias cosas más. Póngase en contacto con el Ministerio de Sanidad Pública y pídales que retengan los despojos de algunas víctimas porque necesitamos congelar especimenes par-a enviar a Atlanta.

Marissa volvió a asentir. Dubchek se encaminó a la puerta, vaciló y se volvió. Con una expresión más amable, agregó:

–Tal vez le interese saber que Tad empezó a comparar el Ébola de Los Ángeles, el de Saint Louis y el de Phoenix. Todo parece indicar que los tres son de la misma cepa, lo cual avalaría la hipótesis de que en realidad se trata de un mismo brote epidémico relacionado.

Marissa cerró los ojos y meditó acerca de lo que debía hacer.

Lamentablemente no había quedado flan del fatídico almuerzo. Eso habría sido demasiado fácil. Resolvió entonces extraerle sangre a todo el personal de la cocina para comprobar la existencia de anticuerpos de Ébola. También decidió remitir muestras de ingredientes del flan a Tad para que averiguara

si había contaminación viral. Sin embargo presentía que, aun si el culpable fuese el flan, no iba a obtener información alguna de los ingredientes. Se sabía que el virus es extremadamente sensible al calor, de modo que sólo pudo haber sido introducido en el flan después de que éste se hubiera enfriado. Pero ¿cómo? Clavó la vista en el montón de papeles. Allí debía de estar la pista que le faltaba. Tal vez si tuviese más experiencia seria capaz de encontrarla.

16 de mayo

Casi un mes después Marissa estaba por fin de regreso en Atlanta, en su pequeño despacho del Centro para el Control de Enfermedades. Finalmente se pudo contener la epidemia de Phoenix y se les permitió partir a Dubchek, ella y los demás colegas del CCE, pero sin que se pudiera determinar con certeza cuál había sido la causa del brote ni si era posible impedir que se repitiera.

En la última etapa, cuando ya se daba por dominado el brote, Marissa se sentía cada vez más ansiosa por volver a su casa y a trabajar en el Centro.

Sin embargo, ahora estaba allí y no se sentía feliz. Con lágrimas en los ojos, producto de una mezcla de desaliento e indignación, miraba fijamente la carta que comenzaba: «Lamentablemente debo comunicarle…» Dubchek volvía a denegar su petición de investigar el Ébola en el laboratorio de máximo riesgo pese a los denodados esfuerzos que había realizado para dominar ampliamente las técnicas de estudio de virus y cultivos de tejidos.

Esta vez se sintió realmente desilusionada. Seguía opinando que el brote de Phoenix estaba relacionado con el flan, y ansiaba desesperadamente sustentar su teoría utilizando sistemas animales. Pensaba que si llegaba a comprender la transmisión del virus podía quizá descubrir de dónde provenía en primer lugar.

Contempló los largos folios donde se consignaba la transmisión del virus Ébola de una generación a otra en los tres brotes de Estados Unidos.

También había confeccionado unos diagramas similares aunque menos completos en los que se registraba la propagación del Ébola en las primeras dos epidemias de 1976. Ambas habían ocurrido casi simultáneamente, una en Yambuku (Zaire) y la otra en Nzara (Sudán). La información la había obtenido de datos originales guardados en los archivos del Centro.

Algo que le llamó particularmente la atención vinculado con los casos de África fue que nunca se encontró el foco de la epidemia. Ni siquiera el hecho de descubrir que el virus causante de la fiebre hemorrágica Lassa

anidaba en una especie particular de ratón doméstico ayudó a localizar el foco del Ébola. Se sospechó de todo tipo de criaturas -mosquitos, chinches, monos, ratas, ratones-, pero finalmente se las descartó. En África fue un misterio tanto como en Estados Unidos.

Arrojó el lápiz sobre el escritorio, dominada por la frustración. No le había sorprendido la nota de Dubchek, máxime porque manifiestamente él había hecho lo posible por separarla del trabajo de Phoenix, enviándola de regreso a Atlanta el mismo día que se levantó la cuarentena. Parecía decidido a sostener la teoría de que el virus Ébola había sido traído de África por el doctor Richter, quien luego lo contagió a sus colegas oftalmólogos en el congreso de San Diego sobre cirugía de párpados. No obstante admitía que el largo periodo de incubación era una anomalía.

Impulsivamente se levantó y fue a buscar a Tad. Como él la había ayudado a redactar la solicitud, seguramente le permitiría llorar sobre su hombro ahora que se la habían rechazado.

Tad protestó un poco, pero finalmente accedió a salir del laboratorio de virología antes de tiempo para ir a almorzar.

–Tendrás que volver a intentarlo -fueron sus palabras cuando ella le contó de entrada la mala noticia.

Marissa sonrió. Ya se sentía mejor. La ingenuidad de su amigo le resultaba tierna.

Cruzaron la pasarela en dirección al edificio principal. Una ventaja de comer temprano era que no había colas en la cafetería.

Como para aumentar el tormento de Marissa, ese día uno de los postres era flan acaramelado. Cuando llegaron a una mesa y depositaron el contenido de las bandejas, le preguntó a Tad si había analizado los ingredientes del flan que ella le había enviado desde Arizona.

–No hay Ébola -fue la lacónica respuesta. Marissa se sentó pensando qué fácil habría sido descubrir que el culpable era algún proveedor de alimentos del hospital. Eso habría explicado por qué el virus aparecía siempre en ambientes médicos.

–¿Y las muestras de sangre del personal de la cocina?

–Tampoco encontré allí anticuerpos contra el Ébola. Pero te advierto que Dubchek vio el trabajo y se indignó. Marissa, ¿qué pasa entre vosotros dos? ¿Ocurrió algo en Phoenix?

Estuvo tentada de contarle toda la historia, pero una vez más decidió que así sólo conseguiría empeorar la situación. En respuesta a su pregunta

le explicó que, sin darse cuenta, ella había sido fuente de información de una noticia periodística que difería de la posición oficial sostenida por el Centro.

Tad comió un bocado de su sándwich. – Te refieres a aquella historia de que existe un foco oculto de Ébola en Estados Unidos?

Ella asintió. – Yo estoy segura de que el Ébola se alojaba en el flan, y que además vamos a tener otros brotes epidémicos.

Tad se encogió de hombros. – Mis investigaciones parecen dar la razón a Dubchek. He estado aislando el ácido ribonucleico y las proteínas del virus de los tres brotes, y por sorprendente que sea, son idénticos. Esto significa que todos los virus estudiados pertenecen a la misma cepa, lo que a su vez implica que en realidad no son tres brotes sino uno solo.

Normalmente el Ébola sufre alguna mutación. Incluso en los dos episodios de África -el de Yambuku y el de Nzara, aldeas que quedaban a ochocientos cincuenta kilómetros una de otra-, se detectó una pequeña diferencia entre las cepas.

–Pero, ¿qué me dices del período de incubación? Siempre fue de entre dos y cuatro días. Sin embargo, pasaron tres meses entre la convención de San Diego y el incidente de Phoenix.

–De acuerdo; reconozco que es un atolladero, pero no me parece más difícil de explicar que la forma en que pudo haberse introducido el virus en el flan, y en tales cantidades.

–Por eso fue que te envié los ingredientes. – Pero Marissa, el Ébola se neutraliza hasta en una temperatura de sesenta grados centígrados. Aunque se hubiese alojado en los ingredientes, el proceso de cocción lo habría anulado.

–La mujer que servía los postres contrajo la enfermedad. A lo mejor fue ella quien contaminó el flan.

–Entonces dime dónde pescó un virus que sólo habita en lo más recóndito de África.

–No lo sé -reconoció-. Pero estoy segura de que ella no asistió al congreso de San Diego.

Siguieron comiendo en silencio unos minutos, con cierto fastidio.

–-Esa mujer pudo haber contraído el virus en un solo lugar.

¿Dónde? – Aquí, en el Centro. Tad dejó el resto de su sándwich y la miró abriendo desmesuradamente los ojos.

–¡Dios mío! ¿Sabes lo que estás insinuando? – Yo no insinúo nada.

Simplemente expongo un hecho. La única reserva de Ébola que se conoce es nuestro laboratorio de máximo riesgo.

Tad movió la cabeza, incrédulo.

–Tad -dijo Marissa a su amigo con voz decidida-, quiero pedirte un favor. ¿Por qué no me consigues en la Oficina de Bioseguridad la lista de personas que entraron y salieron del laboratorio este último año? – No me atrae la idea -respondió él, recostándose en el respaldo.

–Vamos. Con darme una copia no haces daño a nadie. Ya se te va a ocurrir un pretexto para justificar la petición.

–La copia no es problema, porque incluso lo he hecho otras veces. Lo que no deseo es fomentar tu descabellada teoría y mucho menos interponerme entre ti y la administración, en particular Dubchek.

–Pamplinas. No vas a interponerte entre él y yo con sólo conseguirme un papel. Además, ¿por qué habría de enterarse ni él ni nadie?

–Es verdad -admitió Tad a regañadientes-. A menos que tú se la enseñes a alguien.

–Bueno -dijo ella, como si se hubiese zanjado la cuestión-. Esta noche paso por tu casa a recogerla. ¿Te parece bien?

–Supongo que sí. Se lo agradeció con una sonrisa. Tad era un amigo estupendo que haría casi cualquier cosa por ella, lo cual le infundió una sensación de tranquilidad, puesto que tenía otro favor que pedirle: pretendía entrar en el laboratorio de máximo riesgo.

Dio un buen tirón para colocar el freno de mano y se bajó del Honda rojo. Como la pendiente de la calle era pronunciada, tomó la precaución de hacer girar las ruedas contra el bordillo. Pese a que había salido muchas veces con Tad, jamás había estado en su apartamento. Subió la escalinata del frente y no sin esfuerzo localizó el botón correspondiente del portero electrónico. Eran casi las nueve de la noche y ya había oscurecido por completo. Apenas vio a su amigo se dio cuenta de que ya había conseguido lo que ella quería. Lo notó en la sonrisa con que la recibió.

Se dejó caer en un sillón y aguardó a que el enorme gato de Tad terminara de restregarse sensualmente contra su pierna.

En seguida su amigo le mostró el impreso de computadora con una sonrisita de satisfacción.

–Les dije que se estaba practicando un estudio interno sobre frecuencia de entrada y ni siquiera enarcaron una ceja.

Marissa vio que cada visita al laboratorio de máximo riesgo figuraba debidamente registrada con nombre, hora de entrada y de salida. Fue recorriendo la lista con el índice pero apenas reconoció unos pocos nombres. El que aparecía con más frecuencia era el de Tad.

–Todos saben que soy el único que trabaja en el Centro -comentó él soltando una risita.

–Jamás pensé que la lista fuera tan larga -se quejó Marissa, haciendo pasar las páginas-. ¿Todas estas personas siguen teniendo permitido el acceso?

Tad se le acercó para pasar las páginas. – A ver, vuelve al principio.

Este tipo -dijo señalando un nombre- ya no tiene más autorización. Se llama Gastón Dubois. Pertenecía a la Organización Mundial de la Salud y vino a la ciudad por unos pocos días. Y este otro -señaló a Harry Longford- era un graduado de Harvard que tuvo acceso sólo para realizar un proyecto en particular.

Reparó en que el nombre del coronel Woolbert aparecía repetidas veces, así como también el de un tal Heberling, quien al parecer había efectuado visitas frecuentes hasta el mes de septiembre, en que su nombre desapareció. Marissa preguntó por él.

–Trabajaba antes aquí, pero hace seis meses consiguió otro empleo. Ha habido muchos cambios en el personal académico de virología últimamente debido a las fabulosas cantidades que se asignan a la investigación del SIDA.

–¿Adónde se fue?

–No tengo la menor idea. Creo que deseaba ir a Fort Detrick, pero nunca hizo buenas migas con Woolbert. Heberling es inteligente, aunque no es demasiado fácil congeniar con él. Se comentaba incluso que aspiraba al puesto que obtuvo Dubchek, pero me alegro de que no lo haya conseguido porque me habría hecho la vida imposible.

Marissa siguió pasando las hojas hasta enero y señaló un nombre que aparecía varias veces en el término de quince días: Gloria French.

–¿Quién es? – -preguntó. – Es de enfermedades parasitarias y utiliza de vez en cuando el laboratorio para estudiar problemas virales transmitidos por artrópodos.

Marissa enrolló los papeles. – ¿Satisfecha? – Es un poco más de lo que esperaba -reconoció-. Pero te agradezco la atención. Ah, y hay otra cosa.

–No, no, eso sí que no. – No te pongas nervioso. Me dijiste que el Ébola de Los Ángeles, el de Saint Louis y el de Phoenix eran de cepas idénticas,

¿no? Me gustaría saber cómo llegaste a esa conclusión.

–Todos los datos están en el laboratorio… -¿Y qué? – Que no tienes autorización para entrar allí. Tad sabía cuál seria la próxima petición. – No tengo permiso para practicar un estudio, o sea que no puedo entrar sola, pero sería distinto si voy contigo, máxime si no hay nadie allí. La otra vez que fuimos no hubo problemas, ¿no es cierto?

Tad tuvo que admitirlo. Si no había habido inconvenientes, ¿por que no hacerlo de nuevo? Nunca le advirtieron expresamente que no podía llevar adentro a otros miembros del personal, de modo que en caso de necesidad podría aducir ignorancia. Sabía que Marissa lo estaba usando, pero era difícil resistirse a su simpatía. Además, se sentía orgulloso de su trabajo y quería lucirse mostrándolo. Seguramente ella quedaría impresionada.

–Está bien. ¿Cuándo deseas ir? – ¿Qué te parece ahora mismo? Tad miró su reloj.

–Tanto da ir ahora como en cualquier otro momento -admitió.

–Después podríamos salir a tomar una copa. Invito yo. Cuando fue a buscar su cartera, advirtió que las llaves de Tad y su tarjeta de acceso estaban en el mismo estante, junto a la puerta.

Camino del laboratorio en el coche de ella, Tad empezó a describir el complicado trabajo que estaba realizando. Marissa apenas lo escuchaba, pues su interés por el laboratorio era muy distinto.

Al igual que la vez anterior, firmaron a la entrada del CCE y subieron luego en el ascensor como si se dirigieran a la oficina de Marissa. Se bajaron en el piso de ella, descendieron un tramo de escalera y cruzaron por la pasarela hasta el edificio de virología. Antes de que Tad hubiese abierto la pesada puerta de acero, Marissa repitió el número en código de su amigo: 100-60-95.

–¡Qué memoria! – exclamó él, mirándola con respeto.

–Te olvidas de que ésas son mis medidas. Tad soltó una risita burlona.

Cuando él encendió las luces de delante y los compresores, Marissa experimentó la misma intranquilidad que la vez anterior. El laboratorio tenía algo de atemorizante; parecía formar parte de una película de ciencia ficción. Entraron en los vestuarios y en silencio se pusieron primero un traje de algodón y luego los de plástico, voluminosos. Siguiendo el ejemplo de Tad, Marissa acopló su tubo de aire a la llave múltiple.

–Ya pareces toda una profesional -comentó él al tiempo que encendía las luces del interior.

Después le indicó que desconectara su tubo de aire y pasara a la cámara siguiente.

Mientras lo esperaba en la pequeña habitación donde recibirían la lluvia de desinfectante fenólico a la salida, experimentó una incómoda claustrofobia, sensación que disminuyó cuando entraron en el más espacioso laboratorio principal. El trabajo práctico con virus que había realizado le vino bien puesto que pudo reconocer gran parte del instrumental, como por ejemplo las incubadoras de cultivos histológicos y las unidades de cromatografía.

–Por aquí -le indicó Tad una vez ambos se hubieron acoplado a la llave múltiple adecuada.

La llevó hasta una mesa de trabajo donde había complicados aparatos de cristal, y comenzó a explicarle cómo hacía para separar el ácido ribonucleico y las proteínas del Ébola.

Marissa no le prestaba demasiada atención, porque lo que realmente quería ver era dónde almacenaban los virus. Posó sus ojos en la puerta aislante, detrás de la cual seguramente se guardaba el Ébola. En cuanto Tad hizo una pausa le preguntó si le iba a enseñar dónde se lo conservaba.

Él titubeó un momento. – Allí -contestó luego, señalando hacia la puerta. – ¿Puedo verlo? Él se encogió de hombros e hizo un gesto con la mano para que Marissa le siguiera. Se dirigió hacia un lado de la habitación y en vez de abrir la puerta aislante como ella esperaba, señaló un aparato que se hallaba junto a una incubadora de cultivo histológico.

–¿Ahí se guardan los virus? – se sorprendió ella, desilusionada al ver que no se trataba de un recipiente más apropiado-. Parece el congelador de mis padres.

–Lo es. Lo único que hicimos fue modificarlo para que trabajara con nitrógeno líquido como refrigerante. – Indicó los tubos de entrada y salida-.

Mantenemos la temperatura en setenta grados bajo cero.

Alrededor del congelador, sujetando el tirador, había una cadena con un candado de combinación. Tad levantó el candado e hizo girar el dial.

–La persona que puso esto tenía sentido del humor -dijo-. La combinación mágica es 6-6-6.

–No me parece muy segura que digamos -apuntó Marissa.

Tad reaccionó encogiéndose de hombros. – Pero, ¿quién va a entrar aquí? ¿La mujer de la limpieza?

–Hablo en serio -protestó ella.

–Aquí no puede entrar nadie si no tiene una tarjeta de acceso -respondió él, retirando la cadena.

«Sí, claro», pensó Marissa. Tad levantó la tapa del congelador y Marissa espió su interior, casi como esperando que algo le saltase a la cara. En medio de la bruma helada lo que vio fueron miles y miles de frasquitos con tapa de plástico, colocados en bandejas metálicas.

Con la mano enguantada, Tad limpió la escarcha en el sector interno de la tapa, donde había un diagrama para localizar los diversos virus. Buscó la bandeja correspondiente al Ébola y empezó a revolver el congelador como quien busca pescado en la nevera de un mercado. – Aquí tienes tu Ébola -

dijo, tomando una botellita y fingiendo que se la arrojaba.

Aterrorizada, Marissa extendió las manos. Oyó la risa de su amigo, que sonaba distante y hueca al provenir del interior del grueso traje. Se enfadó mucho, ya que ése no era lugar para hacer bromas.

Sosteniendo el frasquito con el brazo estirado, Tad le dijo a Marissa que lo tomara, pero ella se negó con un movimiento de cabeza. Un miedo irracional la atenazaba.

–No impresiona mucho por el aspecto -comentó Tad señalando el material congelado-, pero aquí dentro hay aproximadamente mil millones de virus.

–Bueno, ahora que ya lo he visto puedes guardarlo. No habló más cuando él volvió a poner el frasquito en la bandeja metálica, cerró el congelador y colocó el candado. Marissa paseó la vista a su alrededor. El ambiente le era extraño, aunque cada aparato individual era relativamente conocido. – ¿Hay algo aquí que no exista en un laboratorio cualquiera? En los laboratorios comunes no hay esclusas de aire ni sistemas de presión negativa.

–No. Me refiero al instrumental científico. Tad paseó la vista por la sala.

Sus ojos se posaron en las cubiertas protectoras que tenían las mesas de trabajo.

–Esas cosas son únicas -dijo señalándolas-. Se llaman campanas filtrantes tipo 3 HEPA.

–¿Sólo se las usa en los laboratorios de máximo riesgo?

–Efectivamente. Hay que construirlas a medida. Marissa se acercó hasta el casquete que protegía el lugar de trabajo de Tad. Era una especie de enorme extractor.

–¿Quién los fabrica? – Fíjate tú misma -respondió él, rozando con los dedos la etiqueta metálica que había a un costado y que decía: Lab Engineering, South Bend (Indiana). Marissa preguntó si alguien habría encargado protectores similares en los últimos tiempos. Sabía que la idea que se le había ocurrido era insensata, pero desde que se convenció de que el episodio de Phoenix fue causado por el flan, no pudo dejar de preguntarse si alguno de los brotes no habría sido causado intencionadamente. 0 de lo contrario, si algún médico no habría estado realizando investigaciones que luego se le escaparon de las manos.

–Eh, yo creí que te interesaba mi trabajo -exclamó súbitamente Tad.

–Por supuesto. Pero lo que pasa es que este sitio me abruma.

Tad tuvo que pensar un instante para recordar en qué punto de su discurso había quedado, y luego volvió a tomar la palabra. La mente de Marissa divagaba. No debía olvidarse de escribir luego a Lab Engineering.

–¿Qué te pareció, Marissa? – Estoy impresionada… y con mucha sed.

¿Vamos a tomar esas copas que dijimos?

Cuando salían, Tad la llevó a su diminuta oficina y le mostró cómo coincidían sus estudios finales, lo cual le daba la pauta de que todos los brotes eran, en realidad, uno solo.

–¿Comparaste la cepa estadounidense con las de África?

–Todavía no. – ¿Tienes los mismos mapas o diagramas para todos los brotes?

–Por supuesto. – Tad se acercó a su fichero y abrió el cajón inferior.

Estaba tan lleno que le costó extraer varios sobres marrones-. Aquí están el de Sudán y el de Zaire.

Los dejó en el escritorio y tomó asiento. Marissa abrió la primera carpeta. Los mapas le parecían absolutamente iguales, pero Tad le hizo notar importantes diferencias en casi todas las seis proteínas del Ébola.

Marissa abrió luego la segunda carpeta. Tad se inclinó hacia delante, tomó los mapas de Zaire y los puso al lado de los que acababa de completar.

–¡No puede ser! – exclamó. Tomó entonces otros varios mapas y los dispuso en hilera sobre el escritorio.

–¿Qué pasa, Tad? – Mañana voy a tener que pasarlos todos por el espectrofotómetro para verificarlo.

–¿Verificar qué? – Hay una homología estructural casi completa aquí.

–¡No me hables con tecnicismos! ¿Qué estás diciendo? – La cepa de Zaire de 1976 es exactamente la misma que la de tus tres brotes.

Se miraron uno a otro durante unos instantes. Finalmente fue Marissa quien habló. – Eso significa que el brote ha sido el mismo desde 1976, en el Zaire, hasta 1987, en Phoenix.

–Imposible. – Pero eso es lo que estás diciendo. – Sí ya sé. Debe de ser alguna rareza estadística. – Movió la cabeza. Sus ojos celestes se posaron luego en Marissa una vez más-. Lo único que te puedo asegurar es que me llama poderosamente la atención.

Después de atravesar la pasarela que conectaba el laboratorio con el edificio principal, Marissa le pidió que esperara unos minutos en su oficina mientras ella escribía a máquina una breve nota.

–¿Quién es tan importante como para que tengas que escribirle esta misma noche?

–No quería dejarlo pasar. – Marissa sacó el papel de la máquina y lo puso en un sobre-. Bueno, no tardé tanto, ¿no?

Buscó un sello en su cartera y escribió luego los datos del destinatario: Lab Engineering de South Bend (Indiana).

–¿Para qué diablos les escribes? – Quiero que me manden información sobre las campanas filtrantes tipo 3 HEPA.

–Pero, ¿para qué? – quiso saber Tad, con cierta preocupación.

Sabía que su amiga era impulsiva, lo cual le hizo pensar si no habría sido un error llevarla al laboratorio de máximo riesgo.

–¡Vamos! – exclamó ella, sonriente-. Si Dubchek sigue negándome autorización para usar el laboratorio, tendré que hacerme fabricar uno propio.

Tad iba a decir algo pero ella lo tomó del brazo y lo arrastró en dirección a los ascensores.

17 de mayo

Marissa se levantó temprano y de buen ánimo. Era una maravillosa mañana primaveral, que quiso aprovechar saliendo a correr con Taffy por el vecindario. Hasta la perra parecía disfrutar del buen tiempo mientras describía círculos alrededor de su dueña.

De vuelta a casa Marissa se dio una ducha, vio una parte del Today Show por televisión al mismo tiempo que se vestía, y a las ocho y media partía ya al Centro. Entró en su oficina, dejó la cartera sobre el fichero y se

sentó. Quería saber si se disponía de suficiente información sobre las proteínas del Ébola como para hacer el cálculo de probabilidades estadísticas de que la cepa de Estados Unidos fuese la misma que la de 1976 de Zaire. Si las posibilidades eran tan ínfimas como suponía, sus sospechas tendrían entonces un fundamento científico.

Empero no avanzó mucho. En el centro mismo de su escritorio había una comunicación interna. La abrió y se encontró con un lacónico mensaje en el que se le ordenaba presentarse de inmediato en el despacho de Dubchek.

Cruzó entonces al edificio de virología. De noche la pasarela no le daba miedo, pero a la luz del sol la tela metálica la hacía sentir enjaulada. Como aún no había llegado la secretaria de Dubchek, llamó directamente a la puerta.

El doctor estaba sentado, revisando la correspondencia. Cuando la vio, le dijo que cerrara la puerta y tomara asiento. Marissa acató la orden, notando que los ojos de su jefe no la perdían de vista. La oficina estaba tan desordenada como de costumbre, con montones de fotocopias de artículos científicos por todos lados. Evidentemente el desorden era típico de Dubchek, aunque en lo personal su aspecto era siempre impecable.

–Doctora Blumenthal -comenzó a hablar él con voz contenida-, me he enterado de que anoche estuvo en el laboratorio de máximo riesgo.

Marissa no abrió la boca ya que él no le preguntaba nada sino que simplemente hacía una aseveración.

–Creí haber dejado claro que no podía entrar allí hasta que no cuente con la necesaria autorización. Su desconsideración me causa mucho fastidio, por no decir otra cosa, sobre todo el hecho de haber obligado a Tad a practicar estudios no autorizados de muestras de alimentos provenientes del Hospital Medicum.

–Trato de cumplir con mi tarea lo mejor posible -argumentó ella.

El nerviosismo que sentía rápidamente se iba convirtiendo en furia.

Dubchek le demostraba que nunca le iba a perdonar aquel desaire de Los Ángeles.

–Entonces tiene usted un concepto erróneo de qué es «lo mejor posible». Además, pienso que no comprende la enorme responsabilidad que le cabe al Centro para con el público, y más sabiendo la histeria que hay en tomo del tema del SIDA.

–Bueno, yo creo que está equivocado -expresó ella devolviéndole la mirada-. Tomo muy en serio nuestra responsabilidad para con el público, y considero que se le rinde un pobre servicio al minimizar los riesgos del Ébola. No hay razones científicas para suponer que no habrá nuevos brotes de Ébola, y yo estoy poniendo el máximo empeño en averiguar la fuente antes de que debamos afrontar otro brote.

–¡Doctora Blumenthal, usted no es quien dirige el Centro!

–Ya lo sé muy bien, doctor Dubchek. Si lo fuera, tenga por seguro que no apoyaría la versión oficial de que fue Richter quien trajo el virus de África y luego experimentó un insólito periodo de incubación de seis semanas. ¡Y si no fue Richter el que lo trajo, la única otra fuente que se conoce está aquí mismo, en el Centro!

–No pienso tolerar ese tipo de conjeturas irresponsables.

–Llámelo conjetura, si quiere -dijo, poniéndose de pie-.Yo lo llamo hecho concreto. Ni siquiera en Fort Detrick tienen Ébola. Solamente hay aquí, en el Centro, y se lo guarda en un congelador con un simple candado de bicicleta. ¡Excelente protección para el virus más letal conocido por el hombre! Y si cree que el laboratorio de máximo riesgo es seguro, recuerde que hasta yo fui capaz de entrar allí.

Horas más tarde, todavía temblaba cuando entró en el Hospital de la Universidad y preguntó cómo llegar a la cafetería. Mientras recorría los pasillos no dejaba de maravillarse de haber podido reunir tanto coraje.

Jamás se había enfrentado a la autoridad como lo hizo ese día. Sin embargo, se sentía muy mal al recordar la cara que puso Dubchek cuando la echó de su oficina. Como no sabía qué hacer y estaba segura de que su carrera en el Servicio de Inteligencia de Epidemiología se había terminado, salió del Centro, subió a su coche y empezó a dar vueltas sin rumbo fijo hasta -que se acordó de Ralph y pensó pedirle consejo. Pudo localizarlo entre una operación y otra, y, quedaron en encontrarse para almorzar. La cafetería del hospital era un recinto agradable, con mesas de cubierta amarilla y suelo de baldosas blancas. Marissa vio que Ralph le hacía señas desde un rincón.

Seguir: parte 6 de 10