Epidemia

Robin Cook · Capítulo 1 de 3 · parte 8/10

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Epidemia

Prólogo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 10 partes.

Marissa se estremeció. El brote de Filadelfia no se había superado aún y ya aparecía otro. Se maquilló, terminó de arreglarse el pelo y desayunó.

Luego buscó la dirección de AMA y hacia allí se dirigió.

Si un año antes le hubiesen dicho que iba a visitar la Asociación, jamás lo habría creído. Sin embargo ahí estaba, atravesando la puerta de entrada.

La mujer que atendía el mostrador de informaciones le indicó cómo llegar a la oficina de Relaciones Públicas. El director, un tal James Frank, entraba casualmente cuando Marissa procuraba explicarle a una empleada lo que quería. De inmediato él la invitó a su despacho.

El señor Frank le recordaba a su asesor de secundaria, un hombre de edad indefinida, con algo de exceso de peso. Se estaba quedando calvo, pero su rostro irradiaba una expresión de sinceridad y simpatía. Tenía la mirada brillante y se reía mucho. A Marissa le gustó en el acto.

–Comité Médico de Acción Política -repitió cuando Marissa le preguntó por tal organización-. Nunca lo oí mencionar. ¿De dónde lo ha sacado?

–De la lista de contribuyentes de un congresista. – Qué curioso. Habría jurado que conocía a todos los comités políticos activos. A ver qué dice mi computadora.

El señor Frank tecleó el nombre. Se produjo una breve demora y luego la pantalla se encendió.

–¡Tiene usted razón! – Señaló la pantalla-. Comité Médico de Acción Política. Se trata de una sociedad privada registrada.

–¿Y eso qué quiere decir? – Menos de lo que parece. Significa que es una organización legalmente constituida porque cuenta con una comisión para administrar fondos para contribuir a campañas electorales. Veamos a quién han estado apoyando.

–Un candidato se lo puedo adelantar yo misma: Calvin Markham.

El señor Frank asintió. – Sí; aquí aparece el nombre de Markham junto con otros varios, todos conservadores. Al menos conocemos la tendencia política.

–De derechas -sostuvo Marissa. – Probablemente de la extrema derecha.

Casi me atrevería a afirmar que están tratando de derrotar a los GD (los Grupos de Diagnóstico), limitar la inmigración de médicos extranjeros, impedir que se establezcan subsidios por salud y cosas por el estilo. Si me permite, voy a hablar con alguien de la Comisión Federal de Elecciones.

Llamó a un amigo suyo, y después de una breve charla, le preguntó por el Comité Médico de Acción Política. Hizo repetidos gestos de asentimiento mientras escuchaba la respuesta; luego corrió y regresó al lado de Marissa.

–Él tampoco sabe mucho sobre el CMAP, pero miró los estatutos sociales y vio que se habían constituido legalmente en Delaware.

–¿Por qué allí? – Porque sale más barato. – ¿Qué posibilidades hay de saber algo más sobre la organización?

–¿Como qué, por ejemplo? ¿Dónde tienen las oficinas? ¿Quiénes la integran?

–Sí. Frank volvió a tomar el teléfono. – A ver qué podemos averiguar en Delaware -dijo. Si bien en el primer momento el empleado de la municipalidad de Delaware le indicó que debía ir personalmente para solicitar la información, el señor Frank pidió hablar con el jefe y éste accedió a su solicitud.

Frank estuvo casi un cuarto de hora en el teléfono, escribiendo mientras escuchaba. Después de colgar le entregó a Marissa una nómina de los miembros del directorio. Presidente: Joshua Jackson; vicepresidente: Rodd Becker, tesorero: Sinclair Tieman; secretario: Jack Krause; directores: Gustave Swenson, Duane Moody y Trent Goodridge, todos ellos médicos.

Marissa abrió entonces su cartera y sacó la lista de socios de Professional Labs. ¡Los nombres eran los mismos!

Cuando salió de la Asociación Médica le daba vueltas la cabeza. El interrogante que iba gestándose en su mente le parecía demasiado increíble como para planteárselo siquiera: ¿Qué hacía una organización médica ultraconservadora con un laboratorio donde había el más sofisticado instrumental, apto sólo para el estudio de virus mortíferos? Expresamente eludió llegar a una respuesta.

Echó a andar en dirección a su hotel, con la mente hecha un torbellino.

Otros peatones la empujaban al pasar, pero ella ni se daba cuenta.

Tratando de rebatir su propia teoría, fue pensando en los hechos más sobresalientes: todos los brotes de Ébola se habían producido en clínicas privadas adheridas a sistemas de salud por pagos adelantados, la mayoría de los pacientes portadores tenían apellidos que sonaban a extranjeros, y siempre que hubo un caso primario, esa persona había sido atacada inmediatamente antes de caer enferma. La única excepción era el brote de Phoenix, que Marissa seguía atribuyendo a un alimento.

Por el rabillo del ojo vio un escaparate con zapatos de Charles Jourdan, su única debilidad. Al detenerse súbitamente ante el escaparate, le sorprendió que el hombre que venía detrás casi chocara contra ella. El señor la miró enfadado, pero ella no le dio importancia. Mentalmente iba trazando un plan. Si sus sospechas tenían algún asidero y los brotes anteriores no habían sido producto del azar, el paciente portador del virus de Nueva York debía de trabajar en una clínica de sistema de salud mediante pagos adelantados y seguramente había sido asaltado unos días antes de contraer el mal. Por consiguiente, tenía que viajar a Nueva York.

Miró a su alrededor para orientarse y saber dónde estaba en relación con su hotel. Apretó el paso pero súbitamente se sintió dominada por el temor.

Con razón la habían atacado en su casa. Con razón el hombre que la persiguió por el laboratorio tenía intenciones de asesinarla. Con razón Markham había conseguido que le dieran el traslado. Si sus temores eran ciertos, quería decir que existía una conspiración de gigantescas proporciones, y ella se encontraba en grave peligro.

Hasta ese momento se había sentido segura en Chicago, pero dondequiera que miraba le parecía ver personajes sospechosos. Estaba segura de que un hombre, que fingía mirar un escaparate, en realidad la observaba a ella por el reflejo del cristal. Cruzó entonces la calle esperando que la siguiera, lo que no ocurrió.

Entró en un bar y pidió una taza de té para serenarse. Se sentó a una mesa contra la ventana y observó la calle. El hombre que la había asustado salió de una tienda con una bolsa, y detuvo un taxi. En definitiva, nada. Fue entonces cuando reparó en un hombre de negocios. Lo que le llamó la atención fue la forma en que éste sostenía su cartera, el ángulo insólito de su brazo, como si no pudiera doblar el codo.

En el acto revivió el episodio de su casa, la lucha desesperada por defenderse de una figura invisible que parecía tener rígido el brazo a la altura del codo. Y después aconteció la pesadilla del laboratorio…

Mientras lo observaba, el individuo sacó un cigarrillo y lo encendió, todo con una sola mano mientras la otra no se separaba de la cartera.

Marissa recordó entonces el comentario de Tad acerca de que el intruso llevaba un maletín.

Marissa se tapó el rostro con las manos mientras rogaba estar imaginando cosas. Se restregó los ojos unos instantes, y cuando volvió a abrirlos, el hombre había desaparecido.

Terminó el té y preguntó cómo llegar al Palmer House. Caminó de prisa, cambiando su propia cartera de una mano a la otra en gesto nervioso. En la primera esquina espió por el hombro: el mismo sujeto se le acercaba.

Para cambiar drásticamente de rumbo cruzó la calle. Por el rabillo del ojo advirtió que el hombre continuaba hasta mitad de la acera y luego cruzaba tras ella. Cada vez más atemorizada buscó un taxi, pero la calle estaba vacía. Se volvió entonces y corrió hacia el tren elevado. Subió la escalera y se unió a un grupo de personas. Quería perderse en una multitud.

Una vez en el andén se sintió mejor porque había mucha gente. Caminó un buen trecho para alejarse de la entrada. El corazón seguía latiéndole desordenadamente, pero al menos podía pensar. ¿Era realmente el mismo hombre? ¿Había estado siguiéndola?

Como dando respuesta a sus interrogantes, el individuo apareció en su campo visual. Tenía facciones gruesas, piel áspera y una sombra oscura de barba. Los dientes eran cuadrados y muy espaciados. Tosió y se cubrió la boca con la mano cerrada.

En ese momento el tren entró ruidosamente en la estación; la muchedumbre se adelantó empujando consigo a Marissa, llevándola hasta el interior del vagón. Allí perdió de vista al sujeto.

Luchó por permanecer cerca de la puerta para bajar en el último momento como había visto hacerlo en las películas de espionaje, pero el

amontonamiento de gente se lo impidió y las puertas se cerraron sin darle tiempo de acercarse. Entonces se volvió y fue escrutando los rostros que la rodeaban, pero no vio al hombre del codo rígido.

Al ponerse el vehículo en movimiento tuvo que sostenerse de un pasamanos del techo. Justo en el momento en que lo asía, volvió a ver al individuo que se sujetaba del mismo barrote con su brazo sano. Lo tenía tan cerca que hasta podía oler la colonia que usaba. Una tenue sonrisa se dibujó en los labios del hombre al tiempo que soltaba el pasamanos, tosía y metía la mano en el bolsillo de su chaqueta.

Súbitamente Marissa perdió el control, lanzó un alarido y trató por todos los medios de alejarse, pero una vez más se lo impidió la muchedumbre. Su grito fue apagándose, y nadie se movió ni le dirigió la palabra; sólo la miraban fijamente. Al tomar el tren una curva pronunciada, Marissa y el sujeto debieron sostenerse nuevamente del pasamanos para mantener el equilibrio. Sus manos se rozaron.

Marissa se soltó como si estuviese tocando un hierro candente. Luego, para su enorme alivio, advirtió que un policía ferroviario venía abriéndose paso hacia ella.

–¿Se encuentra bien? – gritó el agente del orden para hacerse oír pese al ruido del tren.

–Este hombre me ha estado siguiendo -respondió ella, señalándolo.

El policía miró al hombre. – ¿Es cierto?

El hombre negó con la cabeza. – Nunca la había visto y no sé de qué me habla. El policía se dirigió a Marissa mientras el tren aminoraba la marcha.

–¿Quiere presentar una denuncia? – No, siempre y cuando él me deje en paz. El chirrido de las ruedas y el silbido de los frenos de aire no dejaron oír nada hasta que el tren se detuvo. Las puertas se abrieron al instante.

–No tengo ningún inconveniente en bajar si la señorita así lo prefiere.

Varias personas descendieron. Las demás sólo miraban. El policía apoyó su cuerpo contra la puerta para que ésta no se cerrase e interrogó a Marissa con la mirada.

–Sí, lo prefiero -declaró Marissa. El hombre de negocios se encogió de hombros y se marchó. Casi de inmediato las puertas se cerraron y el tren se puso en marcha una vez más.

–¿Se siente mejor ahora? – Mucho mejor. Era un alivio que el individuo se hubiese ido, pero al mismo tiempo tenía miedo de que el policía le

pidiera la documentación. Le dio entonces las gracias y desvió la mirada. El agente captó la indirecta y se retiró.

Al ver que todos los ojos estaban fijos en ella, se sintió tremendamente avergonzada. Por, eso, apenas el tren entró en la estación siguiente, se bajó.

Llegó a la calle dominada por un temor irracional de que el individuo hubiese encontrado la forma de seguirla, y tomó en seguida un taxi para regresar al Palmer House.

Dentro de la seguridad que le proporcionaba el taxi, pudo recobrar en parte el dominio de sí misma. Sabía que corría un peligro extremo, pero no tenía idea de a qué persona importante podía acudir. Estaba presuponiendo una conspiración cuyos límites no era capaz de precisar. Y lo peor de todo era que carecía de pruebas, pues sólo contaba con algunos datos circunstanciales.

Resolvió entonces que lo más conveniente seria seguir el viaje a Nueva York. Si su sospecha acerca del brote resultaba ser cierta, decidiría allí a quién informársela. Entretanto esperaba que Ralph le hubiese conseguido un buen abogado para que se encargara él de manejar todo el asunto.

Llegó al hotel y subió directamente a su habitación. Se sentía paranoica y por eso quería irse cuanto antes. Había sido una tontería utilizar la tarjeta de crédito, y, por lo tanto, su nombre verdadero. Si usó un nombre falso y pagó en efectivo el billete del avión para viajar de Atlanta a Chicago, lo mismo debió haber hecho en el hotel.

Mientras subía en el ascensor decidió embalar lo poco que había traído e ir directamente al aeropuerto. Abrió la puerta y se encaminó al lavabo, dejando caer la billetera y la cartera sobre el escritorio. Por el rabillo del ojo advirtió signos de movimiento y se agachó automáticamente. Así y todo no pudo evitar el fuerte golpe que la arrojó sobre la cama gemela que tenía más cerca, para ir a parar al suelo, entre las dos. Levantó la mirada y vio que se le abalanzaba el hombre del tren.

Trató desesperadamente de esconderse debajo de la cama, pero el individuo la aferró de la falda con el brazo sano y la sacó de un tirón.

Marissa rodó lanzando fuertes patadas. Algo se cayó de la mano del hombre y produjo un ruido metálico al chocar contra el suelo. «Una pistola», pensó Marissa, aterrada.

El sujeto se inclinó para alzarlo y Marissa aprovechó para arrastrarse debajo de la cama más próxima a la puerta. El hombre volvió y la buscó debajo de una cama y luego debajo de la otra, donde ella se había refugiado.

La buscó con su manaza, pero como no pudo agarrarla, se puso de rodillas, logró sujetarla de un tobillo y la arrastró hacia fuera.

Por segunda vez en el mismo día Marissa dio un alarido. Volvió a lanzar puntapiés con lo cual consiguió que el individuo la soltara, y en un instante pudo volver a meterse debajo de la cama.

Cansado ya del tira y afloja, el hombre dejó el arma sobre la cama y se dispuso a atrapar a Marissa, pero ésta salió por el otro lado, se puso de pie con cierta dificultad y corrió hacia la puerta. Justo en el momento en que la abría, el sujeto saltó por encima de la cama y la agarró del pelo. La obligó a volverse y la lanzó contra la cómoda con tanta fuerza que el espejo se cayó hecho añicos.

El hombre se asomó a echar un rápido vistazo por el pasillo; luego cerró y atrancó la puerta. Marissa corrió al lavabo y tomó de la cama el objeto que creía era un pistola. Casi había conseguido cerrar la puerta del lavabo cuando llegó el individuo.

Marissa apoyó la espalda contra el lavabo e hizo fuerza para impedir que su agresor abriera más la puerta, pero poco a poco fue imponiéndose la superioridad masculina. La puerta se entreabrió, permitiéndole pasar adentro el brazo rígido.

Marissa reparó en el teléfono de pared, pero no podía alcanzarlo sin sacar los pies de la puerta. Miró entonces el arma que tenía en la mano preguntándose si lograría amedrentar a su atacante disparando un proyectil contra la pared. Fue entonces cuando se dio cuenta de que lo que sostenía era una pistola neumática de inoculación, de esas que se utilizaban para vacunaciones masivas en su vieja clínica pediátrica. La puerta se había entreabierto lo suficiente como para que el individuo moviera el brazo con más libertad. Tanteando a ciegas, logró entonces aferrar a Marissa de un tobillo. Cuando comprendió que no le quedaba otra alternativa, Marissa apretó la pistola contra el antebrazo agresor y disparó. El hombre lanzó un grito, retiró el brazo y la puerta se cerró del golpe.

Lo oyó atravesar velozmente la habitación, abrir la puerta y salir corriendo al pasillo. Marissa entró de nuevo en el dormitorio, y después de soltar un suspiro de alivio, sintió un fuerte olor a desinfectante fenólico.

Giró la pistola Dermojet hacia sí con mano temblorosa y espió el cañón.

Intuyó que la pistola contenía Ébola, y que el desinfectante que olía era parte de un mecanismo para impedir el contagio de quien la usara. En ese instante se sintió sinceramente aterrada. No sólo había matado posiblemente

a un hombre sino que quizás había ocasionado un nuevo brote. Procuró por todos los medios mantener la calma, colocó la pistola con cuidado en una bolsita de plástico que sacó de la papelera y luego tomó otra bolsita del cesto que había debajo del escritorio, la colocó sobre la primera y la ató con un fuerte nudo. Hubo un momento en que pensó si no debía dar aviso a la policía, pero luego llegó a la conclusión de que ellos nada podían hacer. El hombre ya debía de estar lejos, y si la Dermojet realmente contenía Ébola, no había manera de que encontraran a ese sujeto discretamente si él no quería que lo encontraran.

Salió al pasillo y vio que no había nadie. Colocó en la puerta el cartelito de «No molestar» y bajó con todas sus cosas al sector de servicio. Al no ver a nadie del personal de limpieza, buscó un frasco de desinfectante para limpiar el exterior de la bolsita plástica y lavarse luego las manos. No se le ocurría qué otra medida profiláctica podía adoptar.

Desde el vestíbulo central, donde había suficientes personas como para hacerla sentir a salvo, llamó al jefe de Epidemiología del Estado de Illinois y, sin darse a conocer, le informó que la habitación 2410 del Palmer House podía estar contaminada con Ébola. No le dio tiempo para que reaccionara con una pregunta y cortó la comunicación.

Acto seguido llamó a Tad. Toda esta actividad le permitía no pensar en lo que acababa de suceder. La frialdad con que la atendió Tad se derritió cuando se dio cuenta de que su amiga estaba al borde de la histeria.

–¿Qué es lo que pasa ahora? Marissa, ¿estás bien? – Tengo que pedirle dos favores. Después de todos los problemas que te ocasioné juré que no iba a molestarte de nuevo, pero no me queda otra salida. Primero, necesito un frasquito del suero de convalecientes del brote de Los Ángeles. ¿Podrías enviarlo por transporte nocturno a Carol Bradford, al Hotel Plaza de Nueva York?

–¿Quién diablos es esa mujer? – Por favor, no me hagas preguntas -

respondió ella tratando de contener las lágrimas-. A estas alturas, cuanto menos sepas, mejor.

Carol Bradford había sido compañera de universidad, y ése era el nombre que usó en el vuelo de Atlanta a Chicago.

–El otro favor tiene que ver con un objeto que te envío esta misma noche. Te pido que no lo abras sino que lo lleves y lo escondas dentro del laboratorio de máximo riesgo.

–¿Nada más? – Nada más. ¿Me vas a ayudar, Tad? – Supongo que sí. Lo que me pides es bastante sencillo.

–Gracias. Dentro de unos días podré explicártelo todo.

Colgó y reservó por teléfono una habitación en el Plaza a nombre de Carol Bradford. Luego observó detenidamente el vestíbulo del Palmer House y le pareció que nadie le prestaba atención. Como sabía que el hotel le enviaría la factura por medio de la tarjeta de crédito, no se molestó en avisar que se marchaba.

La primera parada fue en las oficinas del transporte Federal Express.

Los empleados estuvieron sumamente amables cuando les dijo que enviaba una vacuna especial que se necesitaba al día siguiente en Atlanta. La ayudaron a embalar la bolsita plástica en una caja irrompible e incluso le escribieron los datos del destinatario cuando vieron cómo le temblaba la mano.

Ya en la calle detuvo un taxi para ir al aeropuerto. Apenas estuvo sentada comenzó a tocarse los ganglios linfáticos y a probar si sentía algún ardor de garganta. En anteriores ocasiones había estado cerca del Ébola pero no tanto como en esta última vez. Se estremeció ¿Y pensar que el hombre quería inocularle el virus. Lo irónico fue que la única manera de escapar había sido contagiarlo a él. Esperaba que ese hombre supiera que el suero convaleciente poseía un efecto protector si se lo administraba antes de que aparecieran los síntomas. A lo mejor era por eso que se había marchado tan de prisa.

Durante el largo trayecto hasta el aeropuerto recobró algo de serenidad como para poder pensar con lógica. El hecho de haber sido atacada otra vez daba más crédito a sus sospechas. Y si se comprobaba que la pistola de vacunación contenía virus de Ébola, tendría su primera prueba concreta.

El taxista la dejó en la terminal de American Airlines anticipándole que esa empresa tenía vuelos a Nueva York cada hora. Después de adquirir el billete, pasar por seguridad y caminar el largo trecho hasta la puerta de embarque, le quedaba aún media hora de espera. Decidió entonces llamar a Ralph. Necesitaba imperiosamente oír una voz amiga, y además quería preguntarle por el abogado.

Durante varios minutos tuvo que lidiar con la secretaria de Ralph, que protegía a su jefe como si éste fuera el papa. Le imploró que al menos le hiciera saber que ella estaba al teléfono hasta que finalmente su amigo la atendió.

–Espero que estés de regreso en Atlanta -dijo, sin darle tiempo siquiera a saludarlo.

–Pronto. Le explicó que se hallaba en el aeropuerto de Chicago a punto de salir para Nueva York, pero que probablemente volvería a Atlanta al día siguiente, sobre todo si él le había encontrado un buen abogado.

–Hice algunas averiguaciones discretas y creo que di con el hombre más indicado. Se llama McQuinllin y pertenece a un bufete importante en Atlanta.

–Espero que sea inteligente, porque va a tener mucho trabajo conmigo.

–Se le considera uno de los mejores. – ¿Crees que me pedirá un adelanto de dinero? – Algún anticipo sí. ¿Eso va a ser un problema? –

Depende de la cantidad. – Bueno, no te preocupes. Yo te echaré una mano con mucho gusto.

–No me atrevería a pedírtelo. – No me lo estás pidiendo sino que te lo ofrezco yo. Pero a cambio quiero que termines ya con ese viaje de locos.

¿Por qué es tan importante Nueva York? Espero que no sea por el nuevo brote de Ébola. No tienes que repetir la experiencia de Filadelfia. ¿Por qué no regresas a Atlanta? Estoy muy preocupado por ti.

–Te prometo que volveré muy pronto. Después de cortar, Marissa dejó la mano sobre el receptor. La tranquilizaba hablar con Ralph, un amigo que siempre se interesaba por ella.

Al igual que la mayoría de la gente de negocios -que constituía el noventa por ciento del pasaje- Marissa pidió una copa. Seguía hecha un manojo de nervios, pero el vodkatonic la tranquilizó notablemente, tanto que pudo entablar una típica conversación de viaje con un joven financiero de Chicago, de nombre Danny, que resultó tener una hermana médica en Hawai. El muchacho charlaba con tanto entusiasmo que Marissa por último cerró los ojos y fingió dormirse para poder poner en orden sus pensamientos.

El interrogante que le rondaba por la mente era: ¿Cómo supo el hombre del brazo rígido que ella estaba en Chicago? Y suponiendo que se tratara del mismo individuo, ¿cómo se enteró del momento en que ella iba a entrar en el laboratorio de máximo riesgo? Para responder ambas preguntas no tuvo más remedio que pensar en Tad. Cuando Tad descubrió que le faltaba la tarjeta de acceso seguramente dedujo que ella la usaría esa misma noche.

A lo mejor dio aviso a Dubchek para evitarse problemas. Tad también sabía que ella se iba a Chicago, aunque no podía creer que intencionalmente él

hubiese dado una pista a una persona que intentaba matarla. Y por enfadada que estuviera con Dubchek, Marissa lo respetaba como científico abnegado, y en modo alguno podía relacionarlo con una organización de tendencia derechista, orientada al lucro, como el Comité Médico de Acción Política.

Muy confundida respecto de cuáles eran deducciones inteligentes y cuáles paranoicas, deseó no haberse desprendido de la pistola Dermojet. Si Tad estaba comprometido, ella había perdido su única prueba concreta, siempre y cuando se comprobara que contenía virus Ébola.

Cuando el avión aterrizaba ya en el aeropuerto de La Guardia tomó una decisión. Si el brote de Nueva York confirmaba su teoría acerca del origen de todos los brotes de Ébola, iría directamente a ver al abogado de Ralph para que él y la policía resolvieran qué debía hacerse. Marissa no quería seguir trabajando más como detective y tener que enfrentarse con hombres que no reparaban en arriesgar la vida de poblaciones enteras.

Una vez que el avión se detuvo y se apagó el cartelito de los cinturones, Marissa se puso de pie y sacó su maleta del portaequipajes elevado. Danny insistió en ayudarla al bajar por la escalera, pero cuando se separaron, Marissa juró que en el futuro iba a tener más cuidado. Nunca más conversaría con extraños y no daría a nadie su nombre verdadero. Más aún, resolvió no alojarse en el Plaza como Carol Bradford sino ir a pasar la noche al Essex House, utilizando el nombre de una vieja amiga de la escuela secundaria, Lisa Kendrick.

George Valhala estaba de pie junto al mostrador de la agencia Avis para el alquiler de coches, observando el gentío del sector equipajes. Sus patrones lo llamaban «el Sapo», pero no por una característica física sino por su inusual paciencia, que le permitía quedarse horas enteras en un puesto de vigilancia como un sapo que espera un insecto.

No obstante, en esa misión no iba a usar de su especial talento. Hacía apenas un rato que había llegado al aeropuerto, con la sola información de que la muchacha llegaría en el vuelo de las cinco, o en el de las seis, proveniente de Chicago. El de las cinco acababa de aterrizar, y algunos pasajeros comenzaban ya a aparecer.

El único problema que tenía George era lo impreciso de la descripción que le suministraran: una mujer joven, bonita, baja, de unos treinta años y pelo castaño. Por lo general le daban una foto, pero en este caso no hubo tiempo de conseguirla.

Fue entonces cuando la vio. No podía ser otra que ella. Medía casi treinta centímetros menos que la multitud de viajeros con una cartera en la mano que irrumpió en la zona de equipajes. George advirtió que no se detenía ante la cinta transportadora del equipaje puesto que traía ya su maleta en la mano.

Se retiró entonces del mostrador de Avis y se le acercó para mirarla de cerca. La siguió hasta la calle, donde ella se puso en la cola de los taxis.

Decididamente era bonita, y muy menuda. George se preguntó cómo habría hecho para dejar fuera de combate a Paul en Chicago, y la única explicación que encontró fue que se tratara de una experta en artes marciales o algo por el estilo. De todos modos esa minúscula mujercita le inspiraba cierto respeto y sabía que lo mismo le pasaba a Al, porque de lo contrario no se estaría tomando semejantes molestias.

Después de estudiarla de cerca, George cruzó la calle y subió a un taxi que lo aguardaba frente a la parada.

El conductor se volvió para mirarlo. – ¿La has visto? – preguntó. Era un hombre delgado, de facciones como de pájaro, que contrastaba con la obesidad de George. – Jake, ¿tengo cara de idiota? Pon el coche en marcha.

Ella está en la cola de los taxis.

Jake obedeció. Hacía cuatro años que George y él trabajaban para Al y se llevaban bien, salvo cuando su amigo comenzaba a impartir órdenes, lo que felizmente no sucedía a menudo.

–Está allí -señaló George, en el momento en que Marissa subía a un coche-. Adelántate un- poco, pero deja que ellos nos pasen.

–Eh, el que conduce soy yo se quejó Jake-. Tú vigilas, yo me encargo del volante.

No obstante, puso en marcha el vehículo y avanzó lentamente.

George miró por la ventanilla de atrás y comprobó que el coche en el que viajaba Marissa tenía el techo abollado. «Va a ser fácil seguirlo», se dijo. El taxi los pasó por la derecha, y Jake se colocó detrás. Antes de entrar en la autopista de Long Island, permitió que otro coche se interpusiera entre ambos vehículos.

No fue difícil seguir el rastro pese a que el coche de Marissa tomó por el puente Queensborough, sumamente transitado por ser una hora punta. Al cabo de cuarenta minutos la vieron bajar frente al Essex House. Jake aparcó entonces quince metros más adelante.

–Bueno, ahora ya sabemos dónde se aloja, George. – Para estar más seguro iré a comprobarlo. En seguida vuelvo, Jake.

23 de mayo

Marissa no durmió bien. Después del incidente en la habitación del Palmer Hotel tal vez no volviera nunca a sentirse cómoda en un hotel. Cada ruido del pasillo le daba miedo de que alguien intentara entrar en su habitación por la fuerza. Y había mucho ruido por la cantidad de gente que regresaba tarde y pedía que le subieran algo de comer.

También se imaginaba síntomas. No podía olvidar la sensación que le produjo tener la pistola de vacunación en la mano, y cada vez que se despertaba le parecía que tenía fiebre o algún otro síntoma.

A la mañana siguiente estaba exhausta. Pidió un servicio de frutas y café, que le llegó además con un ejemplar del New York Times. En la portada había un artículo acerca de los brotes de Ébola. En Nueva York, el número de casos había ascendido a once con una víctima mortal, mientras que en Filadelfia la cifra se detuvo en treinta y seis, con diecisiete bajas. El único muerto de Nueva York fue el caso inicial, el doctor Girish Melita.

A partir de las diez comenzó a llamar una y otra vez al Plaza para averiguar si había llegado un paquete a nombre de Carol Bradford. Iba a seguir llamando hasta el mediodía, pues los transportes nocturnos generalmente garantizaban la entrega hasta esa hora. Si el paquete llegaba, ya no tendría tanto temor de que Tad la hubiese traicionado, y después se dirigiría a la Clínica Rosenberg. A las once le contestaron que el paquete estaba ahí, a la espera de que el destinatario pasara a retirarlo.

Cuando se disponía a marcharse del hotel no sabía si debía -o no-llamarle la atención que Tad le hubiese enviado el suero. Por supuesto que el paquete podía estar vacío, o tal vez lo había remitido para obligarla a dejar al descubierto el sitio donde se ocultaba. Lamentablemente no tenía forma de cerciorarse, y tanto necesitaba ese suero que todas sus dudas le parecían, en comparación sólo académicas. No le quedaba más remedio que correr el riesgo.

Sólo tomó la billetera y trató de imaginar algún modo de retirar el envío que no ofreciera peligro, pero no se le ocurrió otra idea más brillante que tener un taxi esperando y procurar que hubiera mucha gente alrededor.

George Valhala estaba desde temprano en el vestíbulo del Essex House.

Ésa era la clase de situaciones que le gustaban. Pudo tomar café, leer los periódicos y echarle una mirada a unas atractivas mujerzuelas. En general

lo pasó muy bien y ninguno de los detectives de la casa lo molestó, vestido como estaba con un costoso traje y zapatos de cocodrilo legítimo.

Estaba pensando en ir al baño cuando advirtió que Marissa salía del ascensor. Dejó entonces su New York Post y se apresuró para salir antes que ella por la puerta giratoria. Cruzó la transitada calle Cincuenta y Nueve hasta el sitio donde lo esperaba Jake en el taxi, y se sentó en el lugar del acompañante.

Jake había avistado a Marissa y ya había puesto el motor en marcha.

–De día parece más bonita aún -comentó, listo para realizar un giro en U.

–¿Seguro que ésa es Blumenthal? – preguntó el hombre que estaba en el asiento de atrás.

Su nombre era Alphonse Hicktman, pero todo el mundo le llamaba Al.

Se había criado en Alemania Oriental y luego huyó a occidente atravesando el muro de Berlín. Tenía un rostro engañosamente juvenil y pelo rubio que llevaba cortado al estilo Julio César. Sus ojos celestes eran fríos como un cielo de invierno.

–Se registró con el nombre de Lisa Kendrick, pero concuerda con la descripción que nos dieron -dijo George-. Es ella, sin duda.

–Es muy hábil o tiene una suerte increíble -opinó Al-. Tenemos que eliminarla sin cometer el menor desliz. Heberling dice que esa mujer puede arruinar todo el asunto.

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La vieron subir a un taxi y dirigirse hacia el este. Pese al tráfico, Jake dio la vuelta y logró situarse a dos coches de distancia del taxi de Marissa.

–Señorita, dígame por favor adónde quiere ir -pidió el conductor, mirándola por el espejo retrovisor.

Marissa estaba de espaldas, mirando la entrada del Essex House. Por la puerta no había salido nadie que pareciera querer seguirla. Entonces se volvió y le indicó al taxista que diera la vuelta a la manzana. Seguía pensando en la forma más conveniente de ir a retirar el Suero.

El hombre murmuró algo por lo bajo y giró en la esquina. Marissa observó la entrada del Plaza que daba sobre la Quinta Avenida. Había infinidad de coches, y el pequeño aparcamiento frente al hotel estaba atestado de gente. Junto a la acera se alineaban cabriolés a la espera de sus clientes. Había incluso varios policías montados, con relucientes cascos negros y azules. Marissa se sintió más animada. En medio de semejante ambientación nadie podría sorprenderla.

Cuando volvían a circular por la calle Cincuenta y Nueve, le pidió al chofer que se detuviera en el Plaza y la aguardara mientras iba dentro y volvía en seguida.

–Señorita… -En un minuto vuelvo.

–Hay muchos taxis. ¿Por qué no busca otro? – Le pago cinco dólares más de lo que marque el contador y le prometo no tardar.

Luego le obsequió con la más simpática de sus sonrisas.

El taxista se encogió de hombros. Al parecer, los cinco dólares y la sonrisa bastaron para hacerle olvidar sus reservas. Se detuvo frente al Plaza y el portero del hotel se acercó a abrir la puerta a Marissa.

Estaba muy nerviosa y esperaba lo peor en cualquier momento. Bajó del coche, y cuando vio que su dueño lo aparcaba unos metros más allá, entró resueltamente.

Tal como suponía, el vestíbulo estaba muy concurrido. Sin vacilar se dirigió hasta un escaparate donde se exhibían alhajas, y fingió mirarlas. Por el reflejo de los cristales comprobó que nadie daba muestras de estar vigilándola. Nadie le prestaba atención.

Volvió a cruzar el vestíbulo y se encaminó al mostrador de conserjería.

El corazón le latía con fuerza mientras esperaba que la atendieran.

–Tiene alguna identificación? – le preguntó el hombre cuando pidió el paquete.

Sorprendida, respondió que no. – Entonces bastará con la llave de su habitación -acordó el señor, con deseos de ser comedido.

–Pero es que aún no me he registrado. El hombre sonrió. – Vaya y regístrese primero, y después le entregaremos el paquete. Espero que me comprenda. Para nosotros es una gran responsabilidad.

–Por supuesto -murmuró ella, desalentada. Obviamente no había planeado las cosas como correspondía, pero ya que no le quedaba otro remedio, fue al mostrador de entrada.

Hasta el simple proceso de dar sus datos le resultó complicado cuando anunció que no tenía tarjeta de crédito, razón por la cual debió dejar una abultada suma en concepto de depósito antes de que le entregaran la llave.

Por último, ya con la llave en la mano, consiguió que le dieran el envío.

Fue abriéndolo -mientras caminaba. Sacó el frasquito y lo miró: parecía auténtico. Arrojó el envoltorio en una papelera y se guardó el suero en el bolsillo. Hasta ese momento todo iba sobre ruedas.

Al salir a la calle vaciló unos instantes hasta que sus ojos se acostumbraron al resplandor del mediodía. El taxi seguía esperándola en el mismo sitio. El portero le preguntó si necesitaba un vehículo, y ella le respondió que no con una sonrisa.

Miró a ambos lados de la calle Cincuenta y Nueve. Si algo había cambiado, era el tráfico, más intenso que antes. Centenares de personas caminaban presurosas por las aceras como si se les hubiera hecho tarde para llegar a una reunión importante. Satisfecha, Marissa bajó la escalinata y corrió hasta el taxi.

Al llegar al coche agarró el tirador de la puerta y miró un instante por encima del hombro, hacia la entrada del Plaza. Nadie la seguía. Los temores que le inspiraba Tad eran infundados.

Iba ya a subir al coche cuando vio que la apuntaba el cañón de un arma en manos de un hombre rubio, quien al parecer había estado tendido en el asiento de atrás. El chofer del taxi iba a hablar pero ella no le dio tiempo, cerrando de golpe la puerta. El arma se disparó produciendo un silbido. Era una sofisticada pistola de aire comprimido. La ventanilla del taxi se hizo añicos, pero Marissa ya no estaba mirando sino que huía como jamás había corrido en su vida. Por el rabillo del ojo advirtió que el taxista se bajaba del coche y corría en diagonal, alejándose de ella. Cuando volvió a mirar, el hombre rubio se abría paso entre la muchedumbre, para seguirla.

La acera era una pista de obstáculos llena de gente, equipaje, carritos, cochecitos de bebé y perros. El hombre rubio guardó el arma en un bolsillo, pero ella ya no estaba convencida de que el gentío fuese a servirle de protección. ¿Quién oiría siquiera el tenue zumbido de una pistola de aire?

Marissa caería al suelo y su atacante escaparía sin que nadie se percatase de que ella acababa de recibir un disparo.

Los peatones protestaban a gritos cuando los embestía, pero ella siguió avanzando. La confusión que creaba constituía un estorbo para su perseguidor, quien no obstante iba acortando la distancia que los separaba.

Marissa atravesó corriendo el sendero de acceso al Plaza esquivando taxis y limusinas, y llegó al límite del jardín, con su fuente en el centro.

Estaba dominada por el pánico y no sabía adónde ir, pero sabía que algo tenia que hacer. Fue en ese momento cuando reparó en el caballo de un policía montado. El animal estaba atado al cerco de cadenas que bordeaba el pequeño sector de césped del parque. Mientras corría desesperadamente hacia allí, Marissa buscó con la vista al policía. Seguramente debía de estar cerca, pero ella tenía muy poco tiempo. Pudo oír los pasos de su perseguidor que llegaba a la acera y no sabía para qué lado tirar. Se encontraba en el sendero que separaba el parque del hotel.

Marissa agarró las riendas y se agachó debajo del animal mientras éste sacudía, nervioso, la cabeza. Miró atrás y comprobó que el sujeto estaba en la calle, dando la vuelta alrededor de una limusina.

Recorrió el parque con mirada angustiada. Había gran cantidad de personas -muchas de las cuales miraban en dirección a ella-, pero ningún agente. Entonces se dio por vencida y echó a correr por el parque. Tan cerca venía el hombre que no había forma de esconderse.

Un grupo nutrido se hallaba sentado junto a la fuente, y todos la observaban con estudiada indiferencia. Claro, como neoyorquinos estaban acostumbrados a cualquier exceso, incluso a una huida producto del terror.

En el momento en que daba la vuelta a la fuente, tenía tan cerca al hombre rubio que casi lo oía respirar. Al volverse Marissa chocó contra la gente que entraba en el parque. A empujones se abrió paso en medio de los peatones, que reaccionaban airados.

Cuando llegó a un claro supuso que estaba libre, hasta que notó que se hallaba en el centro de un círculo formado por varios centenares de personas. Tres negros de aspecto atlético realizaban una demostración de break dance al ritmo de una insistente melodía. Los ojos desesperados de

Marissa se posaron en los de los jóvenes, y en ellos sólo vio furia: les había arruinado el espectáculo.

En aquel momento el hombre rubio entró en el círculo y casi perdió el equilibrio al detenerse en seco. Intentó levantar la pistola pero no lo logró, puesto que, de un puntapié, uno de los indignados bailarines lanzó el arma por los aires, hasta que cayó en medio del público. La gente comenzó a alejarse al ver que el intruso respondía también dando al bailarín una patada en el brazo que lo envió al suelo.

Tres de sus amigos, que estaban observando desde un lado, dieron un salto y empujaron violentamente al rubio desde atrás.

Marissa no esperó sino que, por el contrario, aprovechó para confundirse entre la multitud que se alejaba de la imprevista riña. La mayoría de la gente cruzaba la Quinta Avenida, y eso mismo hizo ella. Ya en la calle Cincuenta y Nueve detuvo otro taxi y le pidió que la llevara a la Clínica Rosenberg. Desde el coche pudo ver un gentío enorme cerca de la fuente. El policía por fin había vuelto a montar su caballo, y probablemente tendría ocupado al hombre rubio durante varias semanas.

Una vez más espió en dirección a la entrada del Plaza pero no advirtió signos de nada insólito. Entonces se reclinó en el asiento y cerró los ojos.

De pronto, en vez de miedo se sentía consumida por la indignación. Estaba furiosa con todo el mundo, particularmente con Tad. No cabía duda de que era él quien informaba sobre su paradero a los perseguidores. Hasta el suero, que tanto le había costado conseguirlo, era inútil. Debido a todo lo que sospechaba, de ninguna manera iba a inocularse dicho suero. Tendría que arriesgarse y confiar en que la pistola de vacunación tuviese un efectivo sistema para proteger a quien la utilizaba.

Pensó si no le convenía evitar el viaje a la Clínica Rosenberg, pero consideró más importante poder demostrar -al menos ante sí misma- que se estaba efectuando un contagio deliberado con virus Ébola. Quería estar plenamente segura. Además, después del último y complicado ataque, nadie estaría esperándola.

Bajó del taxi a poca distancia de la clínica y los metros restantes los recorrió a pie. El lugar ciertamente no era difícil de encontrar. Era un bello edificio renovado que ocupaba casi una manzana entera, frente al cual había aparcados un furgón de televisión y algunos vehículos policiales. En la escalinata de acceso, varios oficiales de policía. Marissa tuvo que mostrar su credencial del CCE para que le permitieran pasar.

En el vestíbulo reinaba el mismo caos que había visto en los otros hospitales donde se había desatado un brote de Ébola. A medida que avanzaba entre la multitud iba perdiendo el ánimo. Poco a poco se le iba la furia que experimentara en el taxi, y en su lugar volvía a sentir el viejo temor a contagiarse con el virus. Además, ya no se sentía exultante por el solo hecho de haber escapado de su agresor sino que comenzaba a apreciar la realidad de verse atrapada en una peligrosa red de conspiración e intriga.

Se detuvo y miró en dirección a la salida pensando si no debería marcharse.

Sin embargo, llegó a la conclusión de que su única esperanza residía en poder estar totalmente segura. Antes de convencer a nadie debía disipar cualquier duda que aún le quedara.

Le pareció necesario comprobar primero la información más fácil. Para ello se dirigió a la administración y encontró un escritorio con el cartel

«Nuevos Asociados». Si bien estaba vacío, había allí gran cantidad de material impreso. Tardó apenas un instante en averiguar que la Clínica Rosenberg era de asistencia médica mediante pago adelantado, tal como lo suponía.

Los otros interrogantes que la preocupaban iban a ser más difíciles de resolver puesto que había fallecido el paciente inicial. Regresó al vestíbulo principal y permaneció unos momentos observando a la gente que entraba y salía hasta que pudo deducir dónde estaba el vestuario de los médicos.

Calculó exactamente el tiempo para llegar a la puerta junto con una profesional de la clínica, que se detuvo para hacerle una seña al empleado de recepción. La puerta del vestuario se abrió con un dispositivo eléctrico, y Marissa entró detrás de su colega. Una vez dentro pudo agenciarse un guardapolvo. Se lo puso y luego se lo arremangó. En la solapa tenía una etiqueta con el nombre: Doctora Ann Elliott, que rápidamente retiró y se guardó en un bolsillo.

Cuando volvió a salir al vestíbulo vio al doctor Layne. Se volvió inmediatamente esperando que en cualquier instante él diera muestras de haberla reconocido. Por fortuna, cuando miró de nuevo comprobó que él se marchaba del sanatorio.

El hecho de verlo la puso más nerviosa. Estaba aterrada de toparse con Dubchek como le había sucedido en Filadelfia, pero también sabía que era imperioso averiguar más datos sobre el paciente inicial fallecido.

Por el tablero indicador supo que el Departamento de Patología quedaba en el tercer piso. Tomó el ascensor que tenía más cerca. La Clínica

Rosenberg era imponente. Tuvo que atravesar el laboratorio químico para llegar al sector de patología. En el trayecto notó que contaban con el más moderno instrumental automatizado.

Cruzó una puerta doble y se encontró rodeada por secretarias que grababan en sus respectivos dictáfonos. Allí era donde se pasaban en limpio todos los informes patológicos.

Una de las mujeres se quitó los auriculares al verla entrar.

–¿En qué puedo servirla? – Soy una dé las doctoras del Centro para el Control de Enfermedades. ¿No sabe si están mis compañeros por aquí?

–Creo que no -respondió la secretaria, al tiempo que se ponía de pie-, pero puedo preguntárselo al doctor Stewart que está en su oficina.

–Estoy aquí -exclamó un hombre corpulento de poblada barba-. Y ya le contesto que el personal del CCE está en el segundo piso, en el sector de aislamiento. – Bueno, a lo mejor usted puede ayudarme -dijo Marissa, evitando a propósito presentarse-. Yo he investigado todos los brotes de Ébola desde el comienzo, pero lamentablemente me retrasé en llegar a Nueva York. Tengo entendido que el primer caso, un tal doctor Melita, ya falleció. ¿Le hicieron la autopsia?

–Esta misma mañana. – ¿Puedo hacerle algunas preguntas? – No fui yo quien practicó la autopsia. – El doctor Stewart le habló luego a su secretaria-. Helen, ¿por qué no trata de localizar a Curt?

Acompañó a Marissa hasta una habitación pequeña donde había un moderno escritorio y una mesa de formica con un extraordinario microscopio binocular Zeiss de dos tubos oculares.

–¿Usted conocía al doctor Melita? – Muy bien -respondió Stewart, sacudiendo la cabeza-. Era nuestro director, y su muerte será una enorme pérdida para nosotros.

Acto seguido procedió a describir la forma en que había contribuido el doctor Melita para la instalación de la clínica, y la gran popularidad de que gozaba tanto entre el personal como entre los mismos pacientes.

–¿No sabe dónde estudió? – No estoy seguro en qué facultad de medicina cursó sus estudios… aunque creo que fue en Bombay, pero sí sé que la residencia la hizo en Londres. ¿Por qué me lo pregunta?

–Tenía curiosidad por saber si era un médico extranjero.

–¿Acaso eso cambia las cosas? – quiso saber Stewart, frunciendo el entrecejo.

–Tal vez -admitió Marissa, sin precisar-. ¿Hay un porcentaje alto de médicos extranjeros aquí?

–Por supuesto. Todas las clínicas de sistemas de salud mediante pago adelantado comenzaron contratando a grandes cantidades de médicos del extranjero. Los graduados estadounidenses se inclinan por el ejercicio privado de la profesión. Pero felizmente eso está cambiando. Hoy en día podemos contratar directamente de las mejores residencias.

Se abrió la puerta y entró un muchacho joven. – Éste es Curt Vandermay. Marissa no tuvo más remedio que dar su nombre verdadero.

–La doctora Blumenthal quiere hacerle unas preguntas relativas a la autopsia -explicó Stewart.

Retiró su sillón del microscopio para dejarle el lugar al doctor Vandermay, quien se sentó y cruzó elegantemente las piernas.

–Todavía no hemos procesado los cortes, de modo que sólo puedo darle los resultados generales. – En realidad lo que me interesa es el examen externo. ¿Notó usted alguna anormalidad?

–Sí, claro. Tenía profusas lesiones hemorrágicas en la piel.

–¿Y traumatismos? – ¿Cómo lo adivinó? – repuso el doctor Vandermay, sorprendido-. Tenía la nariz quebrada. Me había olvidado de eso.

–¿Fecha probable? – Una semana, diez días, más o menos. – ¿En el historial no se menciona la causa? – A decir verdad, no me fijé. Como era prioritario constatar si el hombre había muerto de fiebre hemorrágica Ébola reconozco que no le presté demasiada atención a la fractura nasal.

–Entiendo. El historial clínico está aquí, ¿verdad? ¿Puedo verlo?

–Desde luego. – Vandermay se puso de pie-. ¿Por qué no baja conmigo a la sala de autopsias? Hice sacar varias fotos Polaroid de la nariz quebrada.

Lo digo por si quiere examinarlas.

–Por supuesto. Stewart se disculpó porque tenía que asistir a una reunión, y Vandermay explicó que el cadáver había sido desinfectado y luego conservado dentro de bolsas dobles, en recipientes especiales, para evitar la contaminación. La familia había pedido que se enviaran los restos mortales a la India, pero la autorización fue denegada con justa razón.

El historial no era todo lo completo que a ella le habría gustado, pero se hacía referencia a la nariz fracturada, que luego arregló un colega del doctor Melita, cirujano otorrinolaringólogo. Marissa se enteró también de que el mismo doctor Melita era otorrinolaringólogo, dato aterrador si uno se ponía a pensar en la forma que se había difundido el virus en los brotes anteriores.

No se aclaraban las circunstancias en que el doctor Melita se había roto la nariz.

Vandermay sugirió comunicarse por teléfono con el médico que se la arregló. Mientras él hacía la llamada, Marissa leyó el resto del historial, y así se enteró de que el doctor Melita no registraba antecedentes de viajes en los últimos tiempos, de contacto con animales ni la menor relación con los brotes anteriores de Ébola.

–Al pobre lo asaltaron -comentó Vandermay después de colgar el teléfono-. Lo atacaron a golpes y le robaron en la entrada de su propia casa.

¿Se da cuenta en qué mundo vivimos?

«Si usted supiera», pensó Marissa, convencida ya de que los brotes de virus eran ocasionados intencionadamente. Un intenso temor la dominó, pero se esforzó por seguir interrogando al patólogo.

–¿No le notó usted una lesión numular en el muslo? – No recuerdo -

admitió el doctor Vandermay-. Pero aquí están las Polaroid.

Desplegó las fotos como si estuviera repartiendo una mano de póquer.

Marissa observó la primera. Todas mostraban en forma brutal el cuerpo desnudo, tendido sobre la camilla de acero inoxidable para autopsias. Pese a la profusión de lesiones hemorrágicas, pudo detectar la misma lesión circular que le había visto en el muslo al doctor Richter, y cuyo tamaño coincidía con la boca de una pistola de vacunación.

Seguir: parte 9 de 10