Epidemia
Prólogo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 10 partes.
Como era típico de él, se levantó al verla llegar y le retiró la silla.
Marissa sonrió, aunque le costaba contener las lágrimas. Sus galantes modales no parecían acordes con la ropa quirúrgica que tenía puesta.
–Gracias por apartar tiempo para verme, Ralph. Sé lo ocupado que estás.
–No digas tonterías. Siempre tengo tiempo para ti. Ahora cuéntame qué pasa. Te noté muy alterada por teléfono.
–Vayamos a buscar primero la comida. La interrupción le vino bien puesto que, al volver con las bandejas, había podido controlar un poco sus emociones.
–Tengo problemas en el Centro -confesó. Después le relató la forma en que se había comportado Dubchek en Los Ángeles y el incidente del hotel-.
A partir de ese momento el trato ha sido difícil. Quizá yo no reaccioné de la mejor forma posible, pero tampoco creo que fuera todo culpa mía. Al fin y al cabo, fue una especie de hostigamiento sexual.
–No me parece propio de Dubchek -opinó Ralph, frunciendo el entrecejo.
–Pero me crees, ¿verdad? – Desde luego. Sin embargo, no creo que puedas echar la culpa de todos tus problemas a aquel lamentable episodio.
Recuerda que el CCE es un organismo estatal, aunque la gente trate de restarle importancia a ese hecho. – Hizo una pausa para dar un bocado al sándwich-. ¿Puedo hacerte una pregunta?
–Por supuesto. – ¿Crees que soy tu amigo y que sólo pienso en tu bien?
Marissa asintió, mientras se preguntaba qué vendría a continuación.
–Entonces puedo hablarte con franqueza. Me han llegado rumores de que ciertas personas del Centro no están muy contentas contigo porque no te adhieres a la línea oficial. Ya sé que no me pediste consejo, pero te lo doy igualmente. En un sistema burocrático, hay que guardarse las opiniones personales hasta que llegue el momento apropiado. Digamos que hay que aprender a callar. Y yo lo sé porque durante un tiempo estuve en el ejército.
–Supongo- que te refieres a la posición que adopté respecto del Ébola -
saltó ella, a la defensiva.
Al margen de que Ralph tuviera razón, sus palabras la habían herido porque consideraba que, en términos generales, su comportamiento había sido correcto.
–Ésa es sólo una parte del problema. Sencillamente no has sabido trabajar en equipo. – ¿Quién te lo dijo? – se indignó ella.
–Con decírtelo no se soluciona nada. – Tampoco si yo me quedo callada. No puedo aceptar la posición que sustenta el Centro en relación con el Ébola. Hay demasiados puntos contradictorios e interrogantes sin resolver. Casualmente uno de ellos lo supe anoche, durante mi visita no autorizada al laboratorio.
–¿A qué te refieres? – Se sabe que el Ébola sufre constantes mutaciones.
Sin embargo nos enfrentamos con el hecho de que las tres cepas de Estados Unidos son idénticas, y lo más sorprendente es que se trata de la misma cepa del brote que hubo en Zaire, en 1976. Para mí, esta enfermedad no se está propagando naturalmente.
–Tal vez tengas razón, pero estás en una situación política y debes obrar en consecuencia. Y aun si se produjera otro brote, espero que no lo haya, tengo una confianza absoluta en que el Centro será capaz de controlarlo.
–Ése es otro gran interrogante. Las estadísticas de Phoenix no fueron alentadoras. ¿Te das cuenta de que hubo trescientos cuarenta y siete casos mortales y sólo trece sobrevivientes?
–Sí; vi las cifras. Pero con ochenta y cuatro casos iniciales creo que vuestra labor fue excelente.
–No sé si te parecería tan excelente si el brote se hubiera producido en tu sanatorio.
–Tienes razón. La idea de que vuelva a producirse otro brote de Ébola me aterroriza. Quizá sea por eso que quiero creer en la posición oficial. Si es correcta, tal vez el peligro haya terminado.
–¡Caramba! – expresó -Marissa con repentina vehemencia-. Tan preocupada estaba por mí misma que me olvidé por completo de Tad Dubchek debe de saber que fue él quien me llevó al laboratorio. Será mejor que vaya a ver qué le ha pasado.
–Te dejo ir con una condición: que salgamos a cenar mañana sábado.
–Qué amoroso. Desde luego; será un placer. Se inclinó hacia delante y le dio un beso en la frente. Ralph era tan bueno… Ojalá le atrajera más como hombre.
Cuando regresaba en su coche al Centro, tomó conciencia de que ya no estaba tan enfadada con Dubchek, y que en cambio tenía miedo de perder el empleo y sentía remordimiento por su propio proceder. Indudablemente Ralph tenía razón: no había sabido trabajar en equipo.
Encontró a Tad en el laboratorio de virología, trabajando en un nuevo proyecto vinculado con el SIDA, enfermedad que seguía ocupando el lugar prioritario en el Centro. Al verla, Tad se tapó la cara con un brazo, fingiendo adoptar una actitud de defensa.
–¿Tan mal te fue? – le preguntó Marissa. – Peor. – Perdóname. ¿Cómo se enteró? – Me lo preguntó. – ¿Y tú se lo contaste? – Por supuesto. No iba a mentirle. También me preguntó si salía contigo.
–¿Y eso también se lo dijiste? – quiso saber ella, mortificada.
–¿Por qué no? Por lo menos se convenció de que no llevo al laboratorio a cualquier persona de la calle.
Marissa respiró profundamente. Tal vez era mejor que se supiera todo.
Apoyó entonces una mano sobre el hombro de su amigo.
–Lamento muchísimo haberle causado tantos trastornos. Y para resarcirle, te invito a cenar esta noche. Cocino yo.
A Tad se le iluminó el rostro. – Me parece fantástico.
A las seis de la tarde Tad pasó a buscarla por su oficina y la siguió en su coche hasta el supermercado. Eligió él las costillas de cordero y esperó que el carnicero se las cortara, mientras Marissa iba a buscar patatas y verdura para la ensalada.
Guardaron luego la bolsa en el maletero del coche de Marissa, y Tad propuso ir él a comprar vino y que ella se adelantara para empezar a cocinar.
Llovía, y mientras escuchaba el rítmico movimiento de los limpiaparabrisas, sintió un hálito de esperanza como no había experimentado en todo el día. Ciertamente era mejor que todo se supiera. El lunes a primera hora hablaría con Dubchek y le pedirla disculpas.
Seguramente podían arreglar la situación como dos adultos.. Pasó por una panadería y compró dos pastas rellenas. Al llegar a su casa, decidió entrar por la cocina para no tener que caminar tanto cargada con las bolsas.
Todavía no se había puesto el sol, pero ya estaba oscuro. Tuvo que buscar en el llavero la llave que correspondía a la cerradura. Encendió la luz de la cocina con el codo antes de depositar las dos bolsas sobre la mesa. Mientras desactivaba la alarma, se preguntó por qué Taffy no habría acudido a recibirla. Llamó a la perra pensando si los Judson no se la habrían llevado por alguna razón. Volvió a llamarla, pero en la casa reinaba un silencio anormal.
Se encaminó a la sala de estar y en el trayecto encendió la luz que había junto al sofá. «Ta-a-a-ffy», gritó, alargando el nombre. Se dirigió a la escalera por si acaso la perra se había encerrado sin querer en alguno de los dormitorios de arriba, como más de una vez le había ocurrido. Fue entonces cuando la vio tendida en el suelo cerca de la ventana, con la cabeza doblada en un ángulo extraño y alarmante. – ¡Taffy! – clamó desesperada.
Corrió a arrodillarse a su lado, pero antes de que pudiera tocarla, la sujetaron por atrás y le dieron un tirón tan fuerte del cuello que la
habitación comenzó a darle vueltas. Instintivamente levantó una mano y aferró el brazo extraño, notando que tocaba algo de madera debajo de la tela de la manga. Ni haciendo acopio de todas sus fuerzas logró siquiera que el desconocido aflojara la presión sobre su cuello. Sintió que se le rasgaba el vestido y trató de volverse para ver a su atacante, pero no lo logró.
El dispositivo para hacer sonar el sistema de alarma estaba en el bolsillo de su chaqueta. Metió la mano con desesperación, y justo cuando consiguió activar el botón, un fuerte golpe en la cabeza la arrojó al suelo. Procuró ponerse de pie en el momento en que comenzaba el atronador bramido de la alarma. Luego oyó la voz de Tad que le gritaba al intruso. Se volvió, medio atontada, y lo vio forcejeando con un individuo alto y fornido.
Se cubrió las orejas para protegerse del incesante chillido de la sirena y salió gritando afuera para llamar a los Judson. Atravesó corriendo el jardín y cruzó por entre los arbustos que separaban ambas propiedades. Al llegar a casa de sus vecinos, vio que el señor Judson abría la puerta. Le pidió a gritos que llamara a la policía, pero no perdió tiempo en explicarle nada.
Giró sobre sus talones Y volvió de prisa a su casa. El sonido de la alarma resonaba entre los árboles que bordeaban la calle. Subió de dos en dos los escalones de la entrada pero le llamó la.atención encontrar vacía la sala de estar. Atemorizada corrió a la cocina. La puerta del fondo estaba entornada.
Alargó el brazo y desconectó la alarma en el correspondiente tablero.
–¡Tad! – gritó de regreso a la sala de estar, al tiempo que se fijaba en el cuarto de huéspedes.
Pero no había rastros de su amigo. El señor Judson llegó corriendo por la puerta del frente blandiendo un hierro. Juntos se encaminaron a la cocina y salieron por atrás.
–Mi mujer está llamando a la policía. – Yo estaba con un amigo -le explicó Marissa, jadeante-, y no sé dónde se ha ido.
–Ahí viene alguien -afirmó el señor Judson, señalándolo.
Marissa vio una silueta que se acercaba entre los pinos. Era Tad. Corrió entonces a recibirlo, le echó los brazos al cuello y le preguntó qué había pasado.
–Lamentablemente me derribaron de un golpe -contó él tocándose la sien-. Cuando me levanté, el tipo estaba fuera, donde lo aguardaba un coche.
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Marissa lo llevó a la cocina y allí le limpió la cara con una toalla húmeda. Tenía sólo una herida superficial.
–El brazo de ese tipo parecía duro como un garrote -dijo Tad. – Tuviste suerte de que no te causara una herida más profunda. No debías haberlo perseguido. ¿Y si hubiese estado armado?
–Mi intención no era convertirme en héroe. Y lo único que le vi fue una cartera.
–¿Una cartera? ¿Qué clase de ladrón lleva una cartera?
–Iba bien vestido; eso hay que reconocerlo. – ¿Pudo verlo bien como para identificarlo después? – intervino el señor Judson.
Tad se encogió de hombros. – No demasiado. Todo fue tan rápido… A lo lejos oyeron que se acercaba la sirena de un coche patrulla. El señor Judson miró la hora.
–Establecieron un buen promedio. – ¡Taffy! – gritó Marissa, al recordar súbitamente a la perra.
Corrió a la sala de estar, seguida de cerca por Tad y el señor Judson.
El animal no se había movido. Cuando Marissa se agachó para alzarlo con cuidado, la cabeza de Taffy cayó, floja, hacia un lado; le habían roto el cuello.
Hasta ese momento Marissa había logrado dominar sus emociones, pero al ver a su perrita prorrumpió en llantos histéricos. Al señor Judson le costó mucho lograr que soltara al animal. Tad abrazó a su amiga procurando consolarla.
Llegó el vehículo policial con sus luces encendidas, y dos agentes uniformados entraron en la casa. Marissa no pudo dejar de reconocer que actuaron con eficacia y sensibilidad. En seguida averiguaron que el sujeto había entrado por una ventana de la sala y explicaron por qué en un primer momento no había sonado la alarma: porque el intruso rompió el cristal y entró por la ventana, en lugar de levantar la hoja movible.
Después, con un estilo metódico, los policías recogieron toda la información pertinente sobre el hecho. Desgraciadamente ni Marissa ni Tad pudieron dar una descripción del agresor, salvo que tenía el brazo rígido.
Cuando le preguntaron si le faltaba algo, Marissa tuvo que confesar que todavía no lo había comprobado. Y cuando relató el episodio de Taffy, se echó a llorar nuevamente.
Los policías le preguntaron si quería ir a un hospital, pero ella rechazó el ofrecimiento. Los agentes le aseguraron que volverían a comunicarse con
ella, y partieron. El señor Judson también se retiró, no sin antes decirle que podía llamarlo en caso de necesitar algo, y que no se preocupara por los restos de la perrita. Además, al día siguiente él se encargaría de que le arreglaran la ventana.
De pronto Marissa y Tad se encontraron solos, sentados a la mesa de la cocina, con los alimentos aún dentro de sus bolsas.
–Lamento muchísimo todo esto -expresó Marissa, restregándose el lugar de la cabeza que le dolía.
–No seas tonta. ¿Por qué no vamos a cenar fuera? – No tengo ánimos para ir a un restaurante, pero tampoco quiero quedarme aquí. ¿Qué te parece si cocino en tu apartamento?
–¡Perfecto! Vamos. – Aguarda un momento. Voy a cambiarme.
20 de mayo
EL lunes por la mañana Marissa seguía dominada por el temor. No había sido un buen fin de semana. El viernes fue el peor día de su vida, empezando por el incidente-con Dubchek para seguir luego con el asalto y la muerte de Taffy. Después del asalto trató de minimizar las consecuencias emocionales, pero lo único que consiguió fue tener que pagarlo después.
Preparó la cena y se quedó en casa de Tad, pero fue una velada turbulenta, llena de lágrimas e indignación contra el intruso que le había matado la perrita.
El sábado estaba igualmente deprimida pese a los intentos de Tad, y luego de los Judson, por animarla. Por la noche salió a cenar con Ralph como tenía pensado, y él le sugirió que solicitara unos días de permiso, ofreciéndose incluso a llevarla al Caribe, ya que seguramente unas breves vacaciones servirían para que se enfriaran los ánimos en el Centro. Como Marissa insistió en que quería seguir trabajando, Ralph le aconsejó dedicarse a cualquier tema menos al Ébola, propuesta que ella tampoco aceptó. «Entonces al menos no hagas más olas.» Para Ralph, Dubchek era fundamentalmente un buen hombre que aún estaba reponiéndose por la pérdida de la esposa que adoraba.
Marissa debía darle otra oportunidad. En ese punto al menos estuvieron de acuerdo.
Temiendo otra confrontación con Dubchek, pero al mismo tiempo resuelta a pedirle disculpas, llegó a su oficina y se encontró con otra comunicación interna sobre el escritorio. Supuso que era de Dubchek, pero al tomar el sobre advirtió que el remitente era el doctor Carbonara, director
del Servicio de Inteligencia en Epidemiología y, por lo tanto, el verdadero jefe de Marissa. La abrió con el corazón en la boca y leyó la nota en la cual se le pedía que fuera a verlo de inmediato. Tuvo entonces un mal presentimiento.
El despacho del doctor Carbonara estaba en el primer piso. Cuando subía por la escalera se preguntaba si estarían a punto de despedirla. La oficina era amplia y confortable. Una pared estaba casi cubierta con un inmenso planisferio en el que se indicaban con alfileres rojos los lugares del mundo donde cumplían tareas funcionarios del Servicio. El doctor Carbonara, un hombre muy amable y paternal, de abundante pelo canoso, le hizo señas para que tomara asiento mientras terminaba de hablar por teléfono. Cuando colgó, la obsequió con una sonrisa simpática, con lo cual Marissa se tranquilizó un poco ya que no vio en él la actitud del jefe que está por echar a un empleado. Luego la sorprendió compadeciéndose de ella por el asalto sufrido y por la muerte de la perrita. A excepción de Tad, Ralph y los Judson, ella creía que nadie más estaba enterado del episodio.
–Quería pedirle que se tomara unas vacaciones. Creo que un cambio de aire no le vendría mal después de una experiencia tan desagradable.
–Le agradezco la gentileza, pero sinceramente prefiero continuar trabajando. Eso me va a ayudar a tener la mente ocupada, aparte de que estoy convencida de que los brotes epidémicos no han terminado aún.
El doctor tomó una pipa y se dispuso a encenderla. Cuando lo logró, dijo:
–Lamentablemente existen ciertas dificultades en relación con el Ébola.
A partir de hoy se la traslada del Departamento de Virología al de Bacteriología, pero puede conservar la misma oficina. En realidad le quedará más cerca de su nuevo empleo que del viejo. Estoy seguro de que el nuevo cargo le resultará tan apasionante como el anterior.
Dio intensas chupadas a la pipa, despidiendo volutas de humo gris.
Marissa quedó desolada: el traslado era, para ella, como si la echaran.
–Podría decirle cualquier mentira -prosiguió Carbonara-, pero la verdad es que el jefe del Centro, el doctor Morrison, me pidió personalmente que la sacara de virología, alejándola particularmente del problema del Ébola.
–Eso no lo creo. ¡Fue el doctor Dubchek! – No, en absoluto -expresó enfáticamente Carbonara, para agregar a continuación-: Aunque reconozco que no se opuso a tal decisión.
Marissa dejó escapar una risita irónica. – Sé muy bien, Marissa, que entre usted y Dubchek ha habido un grave choque de personalidades, pero…
–Sería más exacto hablar de hostigamiento sexual. Ese hombre se ha empeñado en obstaculizar mi tarea desde que tuve el valor de resistirme a sus insinuaciones.
–Lamento oírle decir eso -afirmó él con voz pausada-. Tal vez, por el bien de todos, convendría que le contara la verdadera historia. Verá usted: el doctor Morrison recibió una llamada del congresista Calvin Markham, integrante de la Subcomisión de Presupuesto de la Cámara Baja para el Departamento de Sanidad Pública. Como usted sabe, dicha subcomisión fija anualmente los fondos para el Centro. Fue ese legislador quien pidió que se la separara del tema Ébola, no Dubchek.
Marissa quedó anonadada una vez más. La idea de que un congresista de Estados Unidos llamara al director del Centro para que éste la separara de su cargo le resultaba increíble.
–¿Markham mencionó mi nombre expresamente? – preguntó, una vez que hubo recuperado el habla.
–Sí. Y créame que yo también lo puse en duda. – Pero, ¿por qué? – No hubo explicación alguna. Además, fue más una orden que una petición. Por razones políticas no nos queda otra alternativa. Supongo que lo comprenderá.
Marissa movió la cabeza. – El problema es casualmente que no entiendo, pero sí me hace cambiar de parecer respecto de las vacaciones.
Pienso que al fin y al cabo me convendría tomarme unos días.
–Espléndido. Se las concedo a partir de este momento. Después del descanso va a empezar renovada. Tenga la seguridad de que no estamos en desacuerdo con su trabajo; por el contrario, nos ha impresionado notablemente su desempeño. Esos brotes de Ébola nos han aterrado muchísimo. Usted será una valiosa adquisición para el grupo que está trabajando en bacterias intestinales y no me cabe duda de que le caerá muy bien la jefa de dicha división, la doctora Harriet Samford.
Su mente era un torbellino cuando regresaba a su casa. Había dado por descontado que el trabajo le serviría de distracción para olvidar la brutal muerte de Taffy, y si bien en algún momento consideró la posibilidad de que la despidieran, jamás se le ocurrió siquiera que fuesen a otorgarle una licencia. Se preguntó si Ralph habría hablado en serio cuando la había
invitado al Caribe. Sin embargo, la idea tenía ciertas desventajas, ya que si bien él le gustaba como amigo, no estaba segura de que le atrajera en ningún otro sentido.
La casa le pareció desolada sin el exuberante recibimiento de la perrita.
Marissa experimentó la imperiosa necesidad de meterse en la cama y taparse la cabeza con las mantas, pero con eso sólo conseguiría allanar el camino a la depresión que tan decididamente quería combatir. No había aceptado del todo el pretexto que le diera el doctor Carbonara para separarla del tema Ébola: una insinuación casual de un parlamentario no solía producir efectos tan inmediatos. Si se ponía a indagar, seguramente descubriría que Markham era amigo de Dubchek. Miró de soslayo la cama con sus tentadoras almohadas y decidió no ceder ante el impulso de evadirse. Recordaba con demasiada nitidez la última vez que reaccionó con un estado depresivo, después de haber cortado con Roger. En vez de entregarse y aceptar la situación -como había hecho antes-, se dijo que debía hacer algo, aunque no sabía muy bien qué.
Cuando estaba buscando ropa sucia para lavarla, como terapia, encontró la maleta preparada y para ella fue como un presagio.
Impulsivamente tomó el teléfono y llamó a la línea aérea Delta a fin de reservar un pasaje en el siguiente vuelo a Washington.
–Hay un mostrador de información pasando apenas la puerta -le indicó el avezado taxista señalando la escalinata del edificio de oficinas del Congreso.
Una vez dentro, Marissa pasó por un detector de metales mientras un guardia uniformado le revisaba la cartera. Cuando preguntó por el despacho del congresista Markham, le respondieron que estaba en el cuarto piso.
Siguió las complicadas instrucciones -al parecer los ascensores sólo llegaban hasta el tercer piso – y le llamó la atención lo descuidado que estaba el edificio. Las paredes del ascensor estaban literalmente cubiertas de pintadas.
Pese a lo tortuoso del camino, no tuvo problema en localizar la oficina.
Como la puerta estaba entreabierta pasó sin llamar, en la esperanza de que el elemento sorpresa jugara a su favor. Desgraciadamente el congresista no estaba.
–Volverá de Houston dentro de tres días. ¿Quiere pedir una entrevista con él?
–Déjeme pensarlo -respondió Marissa, sintiéndose un poco tonta por el hecho de haber viajado desde Atlanta sin cerciorarse primero de si el hombre estaría en la ciudad, y mucho menos dispuesto a recibirla.
–¿No desea hablar con el señor Abrams, su secretario privado?
–Bueno. A decir verdad no estaba muy segura de cómo debía abordar a Markham. Si simplemente le preguntaba si había intentado separarla del grupo del Ébola para hacerle un favor a Dubchek, obviamente lo negarla.
Mientras seguía cavilando, se le acercó un joven que se presentó como Michael Abrams.
–¿En qué puedo servirla? – dijo, tendiéndole la mano. Debía de tener unos veinticinco años, el pelo oscuro, casi negro- y una sonrisa amplia que para Marissa no podía ser tan sincera como parecía al principio.
–¿No hay algún lugar donde podamos conversar en privado? – quiso saber Marissa, puesto que estaban de frente al escritorio de la secretaria.
–Por supuesto. La hizo pasar al despacho del congresista, una habitación amplia, de techo alto, con un inmenso escritorio de caoba flanqueado por la bandera estadounidense por un do y la del Estado de Texas por el otro. En las paredes, innumerables fotos de Markham estrechando la mano a una variedad de celebridades, incluso los últimos presidentes.
–Soy la doctora Blumenthal. ¿No le dice nada mi apellido? Michael negó con la cabeza. – ¿Acaso debería sonarme? – preguntó él, en tono simpático.
–Tal vez -respondió Marissa, dudando sobre la forma en que debía continuar.
–¿Es usted de Houston? – Soy de Atlanta, del Centro para el Control de Enfermedades.
Lo observó atentamente para ver si advenía en él alguna reacción especial, pero no notó ninguna.
–Del Centro para el Control de Enfermedades -repitió el muchacho-.
¿Viene en misión oficial?
–No. Me interesa la relación que tiene el congresista Markham con el Centro. ¿Es uno de los temas especiales de que se ocupa?
–Yo diría que «especiales» no es la palabra adecuada
–fue la cauta respuesta de Michael-. Él se ocupa de todas las áreas de la sanidad pública. De hecho, es el congresista que más se ha interesado por los temas de salubridad. Últimamente presentó proyectos para limitar la
inmigración de médicos extranjeros, un proyecto para el arbitraje obligatorio en caso de ejercicio ilegal de la profesión, otro para limitar los subsidios del estado a los programas de medicina por el sistema de pagos adelantados…
Hizo una pausa para recobrar el aliento. – Me deja asombrada. Es evidente que se interesa vivamente por la medicina en nuestro país. – Ya lo creo. El padre de él era un médico clínico que gozaba de enorme prestigio.
–Pero usted no tiene conocimiento -continuó Marissa- de que tenga previsto ningún proyecto específico vinculado con el Centro de Atlanta.
–Que yo sepa, no. – Y debo suponer que usted está al tanto de todo lo que se trata aquí.
Michael le obsequió con una sonrisa por toda respuesta.
–Bueno, muchas gracias por atenderme. Intuitivamente se dio cuenta de que no iba a poder sonsacarle nada más a Michael Abrams.
Al salir a la calle volvió a sentirse abatida. Ya no tenía más la sensación de estar haciendo algo positivo por sí misma. No sabía si le convenía permanecer tres días en Washington aguardando la llegada de Markham, o si debía regresar a Atlanta.
Comenzó a caminar en dirección al Capitolio. Ya se había alojado en un hotel de Georgetown; entonces, ¿por qué no quedarse? Podía ir a museos y galerías de arte. Sin embargo, al contemplar la imponente cúpula blanca del Capitolio, no pudo menos de pensar por qué un hombre de la posición de Markham se preocupaba por ella, aunque fuese amigo de Dubchek. De repente vislumbró una idea. Le hizo señas a un taxi, subió de prisa y te dijo al chofer:
–A la Comisión Federal de Elecciones. ¿Sabe dónde queda?
El conductor, un negro guapo, se volvió para responderle:
–Si en esta ciudad hay algún lugar que yo no conozca, le prometo que la llevo gratis.
Quince minutos más tarde aparcaban frente a un edificio semimoderno, en un sector viejo del centro de Washington. Poca atención le prestó a Marissa el guardia uniformado, salvo para advertirle que debía firmar el libro de entrada. Como no sabía con certeza a qué oficina tenía que ir, terminó entrando en una de la planta baja, donde había cuatro empleadas escribiendo a máquina en sus respectivos escritorios.
Una de ellas le preguntó en qué podía servirla. – Necesito averiguar algo respecto de los fondos con que financió su, campaña un congresista.
Tengo entendido que ese tipo de información está a disposición del público,
¿verdad?
–Por supuesto -respondió la mujer, y se puso de pie-. ¿Qué es lo que le interesa, las contribuciones o los desembolsos?
–Las contribuciones… supongo. La mujer la miró intrigada. – ¿Cuál es el nombre del congresista? – Calvin Markham. La empleada se encaminó a una mesa redonda donde había libros de hojas intercambiables. Encontró el indicado y lo abrió en la M, explicando que los números que aparecían a continuación de cada nombre indicaban el correspondiente al rollo de microfilm. Luego acompañó a Marissa a unas enormes estanterías repletas de rollos, buscó el que necesitaba y lo colocó en el aparato de lectura.
¿Qué elección le interesa? – preguntó, lista ya para oprimir las teclas respectivas.
–La última… supongo. Todavía no sabía a ciencia cierta qué era lo que quería encontrar… Tal vez algún vínculo entre Markham y Dubchek o el CCE.
La máquina empezó a funcionar con un zumbido, y en la pantalla iban pasando con tanta rapidez los documentos que parecían una sola mancha borrosa. Luego la mujer apretó un botón y le enseñó cómo regular la velocidad.
–Si quiere alguna copia, son cinco centavos cada una. La moneda tiene que ponerla allí. – Señaló una ranura-. Si se presenta algún problema, no tiene más que llamar.
A Marissa le intrigaba tanto el aparato como la información que éste le brindaba. A medida que revisaba los nombres y domicilios de todos los contribuyentes a las arcas para la reelección de Markham, notó que éste obtenía apoyo fiscal a nivel nacional no sólo de su distrito de Texas. Esto no le pareció típico salvo quizás en el caso del presidente de la Cámara o el presidente de la Comisión de Recursos. También advirtió que gran parte de los donantes eran médicos, lo cual no le llamaba la atención a la luz del papel desempeñado por Markham en la aprobación de leyes relativas a la salud.
Los nombres figuraban en orden alfabético y si bien se fijó expresamente en todos los que empezaban con D, no encontró el de Dubchek. De todos modos había sido una idea alocada, se dijo. ¿De dónde iba a sacar dinero Cyrill para apoyar a un poderoso congresista? Podía tener
cierto ascendiente sobre Markham, pero no de índole económica. Lanzó una risita. ¡Y pensar que consideraba ingenuo a Tad!
De todas formas sacó copia de la lista de contribuyentes para poder luego revisarla con tranquilidad. Notó que un.médico con seis hijos había donado la cifra mayor por él y por cada miembro de su familia. Eso sí que era apoyar a alguien. Al final de los particulares se enumeraban las empresas patrocinadoras. Una de ellas, llamada «Comité Médico de Acción Política», había donado más dinero que muchas compañías petroleras de Texas. Al consultar los datos sobre la elección anterior, Marissa se encontró con el mismo grupo. Debía de tratarse de una organización establecida, y firme partidaria de Markham.
Después de agradecerle la atención a la empleada, Marissa salió a la calle y buscó un taxi. Mientras avanzaban en medio del denso tránsito de la hora punta, aprovechó para releer la lista de contribuyentes. De pronto casi soltó los papeles. El nombre del doctor Ralph Hempston parecía saltar de la página. Seguramente era una coincidencia -qué pequeño era el mundo-, pero pensándolo bien no le llamaba tanto la atención ya que uno de los defectos que siempre le había encontrado a su amigo Ralph era precisamente su conservadurismo. Le parecía típico de él propiciar a alguien con la mentalidad de Markham.
A las cinco y media entraba en el simpático salón de su hotel, y al pasar por el pequeño quiosco de revistas divisó los titulares del Washington Post.
¡VUELVE EL AZOTE DEL Ébola!
Como hierro atraído por un imán, cruzó el salón, tomó un periódico y leyó el subtítulo: EL FLAGELO ATERRORIZA LA CIUDAD DEL
AMOR FRATERNAL.
Buscó monedas en el fondo de la billetera para pagar el periódico y siguió leyendo mientras se encaminaba a los ascensores. Se habían presentado tres supuestos casos de Ébola en la Clínica Berson de Abington (Pennsylvania), en las afueras de Filadelfia. La noticia destacaba el pánico que reinaba en la ciudad suburbana. Después de apretar el botón de su piso, leyó las declaraciones de Dubchek en las cuales éste aseguraba que el brote se dominaría en breve y que no había motivo de inquietud, ya que el Centro para el Control de Enfermedades había aprendido mucho sobre el modo de luchar contra el virus en los tres brotes previos.
Peter Carbo, uno de los dirigentes del grupo pro Derechos de los Homosexuales, de Filadelfia, manifestaba tener la esperanza de que Jerry
Falwell se hubiese fijado en que ni un solo homosexual había contraído esta enfermedad nueva y mucho más peligrosa, proveniente de la misma zona de África que el SIDA.
Ya en su habitación buscó en el periódico las fotos de las páginas interiores. La toma de la barrera policial en la entrada del hospital le recordó Phoenix. Terminó de leer el artículo, dejó el periódico sobre la cómoda y se miró en el espejo. A pesar de que estaba de vacaciones y oficialmente la habían alejado del equipo del Ébola, sentía la necesidad de obtener información de primera mano. Su total dedicación al fenómeno Ébola no le dejaba otra alternativa. Trataba de quedarse pensando que Filadelfia quedaba prácticamente al lado de Washington, que hasta podía ir en tren. Militarmente, giró sobre sus talones y comenzó a reunir sus pertenencias.
Al salir de la estación de Filadelfia tomó un taxi hasta Abington, y resultó un viaje mucho más largo de lo que suponía. Felizmente tenía varios cheques de viajero en la billetera, y el conductor se los aceptó. Frente a la Clínica Berson encontró la TTM77 policial que había visto fotografiada en el diario. Tras de intentar trasponerla, le preguntó a un periodista si el edificio estaba en cuarentena. «No», le respondió, quien había estado tratando de entrevistar a algún enfermo. La policía se encontraba allí por si acaso se establecía la cuarentena. Marissa exhibió su credencial del CCE y en el acto se le permitió el acceso.
Había muchas personas en el vestíbulo central, pero no reinaba el caos de aquella otra vez, en Phoenix. La gente parecía ansiosa pero no aterrorizada. El empleado de recepción le informó que todos los casos estaban en la unidad aislada, del quinto piso. Cuando se dirigía al ascensor, un señor le gritó:
–Perdone, pero no se permiten las visitas. – Marissa volvió a mostrar su credencial. Ah, disculpe, doctora. Tome el último ascensor, que es el único que sube hasta el quinto.
Apenas se bajó, una enfermera le pidió que se colocara ropa de protección, aunque no le preguntó por qué estaba allí. Marissa se alegró de poder ponerse la mascarilla, no sólo por razones -o protección sino para mantener el anonimato.
–Perdón -dijo sobresaltando a dos mujeres que charlaban en el despacho de las enfermeras-, ¿no están por aquí ninguno de los médicos del CCE?
–No la oímos venir; explicó la mayor de las dos. – La gente del Centro partió hace alrededor de una hora -respondió la otra-. Creo haber oído que bajaban a la oficina del administrador. Pruebe allí.
–Bueno, no importa. ¿Cómo están los tres pacientes?
–Ya son siete -contestó la primera mujer, y luego le pidió a Marissa que se identificara.
–Soy del Centro para el Control de Enfermedades -respondió, sin dar su nombre, a propósito-. ¿Y ustedes?
–Desgraciadamente somos las enfermeras que estamos siempre a cargo de este sector. Solemos aislar a los pacientes con menor resistencia a la enfermedad, pero no estamos acostumbradas a tratar casos mortales de un mal contagioso. Por eso nos alegramos de que hayan venido ustedes.
–Al principio uno se asusta mucho -se condolió Marissa, al tiempo que entraba, intrépidamente, en el despacho de las enfermeras. Por si les sirve de consuelo, les diré que yo participé en los tres brotes anteriores y nunca tuve problema alguno. ¿Las fichas están aquí o en las habitaciones?
–Aquí -señaló una de las mujeres. – ¿Cómo están los pacientes? –
Pésimamente. Esta respuesta no le parecerá muy profesional, pero jamás he visto personas más enfermas. Se les ha prestado atención especial durante las veinticuatro horas del día, pero así y todo, empeoran.
Marissa comprendía la frustración de la mujer. Los pacientes terminales en general deprimen al personal que los cuida.
–¿Alguna de ustedes sabe cuál fue el que se internó primero?
La enfermera de más edad se acercó a Marissa, revisó las fichas y sacó una que luego le entregó.
–El primero fue el doctor Alexi -manifestó-. Lo que me sorprende es que haya durado tanto.
En el historial figuraban todos los síntomas habituales, pero no había mención alguna de viaje al extranjero, de contacto con animales ni de la menor vinculación con los brotes anteriores. Sin embargo, se consignaba que Alexi era ¡jefe de oftalmología! ¿Acaso Dubchek tendría razón después de todo? Al no saber cuánto tiempo podía permanecer en el pabellón, prefirió ir de inmediato a ver al enfermo, para lo cual se colocó encima otro atuendo protector, incluso gafas desechables.
–¿Está consciente? – le preguntó a la enfermera especial, llamada Marie.
El doctor Alexi estaba acostado con la boca abierta y la mirada clavada en el techo. Su piel presentaba ese tono amarillento que Marissa asociaba con la muerte próxima.
–A ratos. Está hablando y de pronto no responde más. La presión sanguínea le ha bajado nuevamente.
Marissa tragó saliva. – Doctor Alexi -pronunció Marissa, tocándole suavemente el brazo. Cuando el hombre volvió la cabeza muy despacio para mirarla, le notó un enorme moretón debajo del ojo derecho-. ¿Me oye, doctor?
El enfermo asintió. – ¿Ha viajado a África últimamente? El doctor negó con la cabeza. – ¿Asistió usted a un congreso sobre cirugía de párpados realizado hace unos meses en San Diego?
El hombre logró articular un «sí». A lo mejor Dubchek realmente tenía razón porque era demasiada coincidencia: en todos los brotes, la primera víctima fue siempre un oculista que asistió al congreso de San Diego.
–Doctor, ¿tiene usted amigos en Los Ángeles, Saint Louis, o Phoenix?
¿Los ha visto últimamente?
Pero antes de que ella terminara, Alexi había vuelto a perder el conocimiento.
–Ha estado así todo el tiempo -explicó la enfermera, situándose al otro lado de la cama para volver a tomarle el pulso.
Marissa no sabía qué hacer, si aguardar unos minutos y tratar de interrogarlo una vez más. Volvió a fijarse en el moretón que tenía el hombre en la cara, y le preguntó a la enfermera si sabía cuándo se lo había hecho.
–Su mujer me contó que lo habían asaltado. – Luego agregó-: La presión está más baja todavía.
Meneó la cabeza apesadumbrada, mientras guardaba el estetoscopio.
–¿Lo asaltaron justo antes de enfermar? Quería estar segura de haber oído bien. – Sí. Creo que el ladrón lo golpeó en la cara pese a que él no opuso resistencia.
–Marie -dijo alguien por un intercomunicador-, ¿hay una doctora del CCE en esa habitación?
La enfermera miró a Marissa y luego volvió a posar sus ojos en el aparato.
–Sí -respondió. Pese al zumbido indicador de que el aparato seguía encendido, Marissa pudo oír una voz femenina que le informaba a alguien:
«Está en la habitación del doctor Alexi», y otra que replicaba: «¡No diga nada! Yo mismo bajaré a hablar con ella.»
Marissa sintió que se le aceleraba el pulso. ¡Era Dubchek! Desesperada paseó la vista por la habitación como buscando un sitio donde esconderse.
Pensó en preguntarle a la enfermera si no había otra salida, pero sabía que iba a parecer una ridiculez, y además ya era tarde porque ya se oían pisadas por el pasillo.
Cyrill entró arreglándose las gafas. – ¿Usted es Marie? – preguntó. – Sí
-respondió la enfermera. Marissa quiso ir hacia la puerta pero Dubchek la agarró de un brazo. Le pareció una vergüenza tener un enfrentamiento de esa índole delante de un moribundo, pero también temía la reacción de Dubchek puesto que sabía cuántas normas había violado. Al mismo tiempo la indignaba haberse visto obligada a transgredirlas.
–¿Adónde diablos va? – preguntó él de mala manera, sin soltarle el brazo.
–Tenga un poco de respeto por el paciente, al menos -respondió ella, logrando por fin liberarse.
Salió de la habitación seguida por Dubchek. Se quitó el gorro y el delantal exteriores, que depositó en el recipiente indicado. Dubchek hizo lo propio.
–¿Se ha propuesto expresamente despreciar toda autoridad? – se enfureció él-. ¿Acaso toma esto como un juego?
–Prefiero no hablar del tema. Se daba cuenta de que, por el momento, Dubchek era incapaz de entrar en razones. Se dirigió al ascensor.
–¿Qué es eso de que «prefiere no hablar»? – gritó él-. ¿Quién se cree que es?
Volvió a aferrarla del brazo y le dio un tirón para obligarla a que lo mirase.
–Creo que deberíamos esperar hasta que se le pase el enfado -atinó a decir ella con calma.
–¿El enfado? Mire, jovencita -explotó Dubchek-, ahora mismo voy a llamar al doctor Morrison para exigirle que la obligue a tomarse una licencia prolongada y no unas simples vacaciones. Y si se niega, exigiré una audiencia formal.
–Me parece perfecto -sostuvo ella, manteniendo apenas el dominio de sí-. Hay algo extraordinario en estos brotes de Ébola y usted se niega a
aceptarlo. A lo mejor lo que nos hace falta es precisamente una audiencia formal. – Váyase de aquí antes de que la haga echar.
–Será un placer.
Cuando salía del hospital se dio cuenta de que temblaba. Odiaba las confrontaciones, y una vez más se sentía acosada entre la furia y el cargo de conciencia. Estaba convencida de que le faltaba muy poco para averiguar la verdadera causa de los brotes, pero aún no podía explicar claramente sus sospechas para sentirse satisfecha y mucho menos para persuadir a otra persona.
Trató de llegar a alguna conclusión camino al aeropuerto, pero lo único que le venía a la mente era la desagradable escena con Dubchek. Sabía que había corrido un riesgo al presentarse en la Clínica Berson cuando expresamente le habían retirado el permiso para hacerlo, razón por la cual Cyrill estaba en todo su derecho al enfurecerse. Lástima que no pudiesen intercambiar opiniones sobre la extraña coincidencia de que todos los enfermos portadores hubiesen sido asaltados justo antes de contraer el mal.
Mientras aguardaba el avión que la llevaría de regreso a Atlanta, llamó a Ralph desde un teléfono público. Su amigo atendió en seguida y le contó que, como ella no respondía el teléfono, se preocupó muchísimo y fue a su casa a ver qué le pasaba. Le preguntó dónde se encontraba, y fingió enfadarse por el hecho de que se hubiese ido de viaje sin avisarle.
–En Washington y ahora en Filadelfia, pero ya vuelvo a Atlanta.
–Fuiste a Filadelfia debido al nuevo brote de Ébola? – Sí. Han pasado muchas cosas desde la última vez que hablamos. Es una larga historia, pero te adelanto que no debí presentarme aquí, y cuando Dubchek me pilló, se puso como loco.-A lo mejor ya me he quedado sin trabajo. ¿Sabes de alguien que necesite a una pediatra?
–No habrá ningún problema. Puedo conseguirte un puesto aquí mismo, en el Hospital de la Universidad. ¿En qué vuelo llegas? Pienso ir a buscarte al aeropuerto. Estoy impaciente por que me cuentes qué pudo haber tan importante como para que te fueras de viaje sin decírmelo.
–Gracias, pero no hace falta que vengas a buscarme, porque dejé el Honda en el aparcamiento.
–Entonces ven a casa en el camino de regreso. – Tal vez se me haga un poco tarde -respondió, pensando si no lo pasaría mejor en casa de Ralph que en su propia casa vacía-. Pienso pasar primero por el Centro porque necesito hacer algo allí mientras Dubchek no está en la ciudad.
–No me parece tan buena idea. ¿Qué te traes entre manos?
–Créeme que no mucho. Sólo quiero echar otra miradita rápida al laboratorio de máximo riesgo.
–Yo te aconsejaría que no fueras por el CCE. La mayor parte de tus problemas proviene de aquella vez que entraste en el laboratorio.
–Lo sé, pero voy a hacerlo de todos modos. Este asunto del Ébola está enloqueciéndome.
–Como quieras, pero después ven a verme. Pienso quedarme levantado hasta tarde.
–¿Ralph? – dijo Marissa, haciendo un enorme acopio de coraje para formularle la pregunta-. ¿Conoces al congresista Markham?
Se produjo una pausa.
–He oído hablar de él. – ¿Nunca has contribuido con dinero para su campaña?
–Qué pregunta más rara, sobre todo para hacerla desde larga distancia.
–¿Has contribuido? – Sí, varias veces. Concuerdo con la posición que tiene él en relación con diversos temas médicos.
Después de prometerle una vez más ir a visitarlo esa noche, Marissa cortó con una sensación de alivio. Estaba contenta de haber planteado el tema Markham y de que Ralph le hubiese respondido con tanta sinceridad.
Pero una vez que despegó el avión, la acometió de nuevo, la inquietud. La teoría que se estaba gestando en su mente era tan siniestra que no se atrevía siquiera a darle forma.
Pero lo más horrible era que comenzaba a preguntarse si el asalto en su casa y la muerte de Taffy no habría sido algo más que un simple atraco, como había supuesto.
20 de mayo por la noche
Al salir del aeropuerto enfiló directamente a la casa de Tad. No le había llamado antes porque le pareció mejor darle una sorpresa, aunque eran casi las nueve.
Aparcó frente a la casa y vio con alegría que había luces encendidas dentro.
–¡Marissa! – exclamó Tad al abrir la puerta, con una publicación médica en la mano-. ¿Qué haces aquí?
–Quiero ver al hombre de la casa. Estoy realizando una encuesta sobre preferencias en dulces.
–Estás bromeando. – Por supuesto. ¿Me invitas a pasar o vamos a quedamos aquí de pie toda la noche?
Esa nueva actitud suya de agresividad la sorprendía hasta a ella misma.
–Perdón. Pasa, por favor. Marissa entró primero que él y advirtió que en la repisa del vestíbulo estaba la tarjeta para entrar al laboratorio.
–Estuve llamándote el día entero. ¿Dónde te habías ido?
–Salí. Tuve un día muy interesante.
–Me contaron que ya no estabas más en Patógenos Especiales y te habías ido de vacaciones. ¿Qué está pasando?
–Ojalá lo supiera -respondió, sentándose en el sofá. De pronto apareció el gato y de un salto se instaló en su falda-. ¿Qué sabes del brote de Filadelfia? ¿Es Ébola?
–Lamentablemente sí -dijo Tad, sentándose a su lado-. El aviso nos llegó el domingo. Esta mañana recibí las muestras, y están cargadas de virus.
–¿Es de la misma cepa? – Eso no lo puedo saber en seguida. – ¿Sigues pensando que todo viene de aquel congreso de oftalmólogos de San Diego?
–No lo sé -admitió él, algo irritado-. Soy virólogo, no epidemiólogo.
–No te enfades, pero no hace falta ser epidemiólogo para darse cuenta de que algo muy raro está sucediendo. ¿Tienes idea del motivo por el cual me dieron otro destino?
–Supongo que lo habrá solicitado Dubchek. – No. Fue un legislador del Congreso Nacional por Texas, de apellido Markham. Él llamó directamente al doctor Morrison, y como es presidente de la Comisión de Presupuestos que aprueba los fondos para el Centro, Morrison tuvo que obedecerle. Pero,
¿no te parece muy extraño? Al fin y al cabo soy apenas una empleada a sueldo del Servicio de Epidemiología.
–Sí, claro. Tad se ponía cada vez más nervioso. Marissa estiró un brazo y le apoyó la mano en el hombro.
–¿Qué te ocurre? – le preguntó. – Todo esto me preocupa. Tú sabes que me gustas, Pero donde tú vas siempre hay problemas, y yo no quiero líos.
Sucede que me agrada mucho mi trabajo.
–No deseo comprometerle, pero necesito tu ayuda por última vez. Por eso vine a verte tan tarde.
Tad sacudió la cabeza. – Por favor, no me pidas que viole ninguna otra disposición.
–Necesito volver al laboratorio… sólo por unos minutos.
–¡No! – se opuso Tad, enérgicamente-. No puedo correr semejante riesgo. Discúlpame.
–Dubchek no está en la ciudad. No va a haber nadie allí a esta hora.
–No. No pienso llevarte. Marissa comprendió que su postura era inflexible. – Está bien. Te entiendo. – ¿Sí? – dijo él, asombrado de que se hubiese dado por vencida tan fácilmente.
–Desde luego, pero si no puedes acompañarme al laboratorio, lo menos que puedes hacer es invitarme a beber algo.
–Por supuesto -aceptó él-. ¿Cerveza? ¿Vino blanco? – Cerveza, por favor. Tad fue a la cocina. Cuando Marissa oyó que abría la nevera, se levantó y fue de puntillas hasta el vestíbulo. Miró en dirección al estante y comprobó que había dos tarjetas de acceso al laboratorio. A lo mejor Tad no se daría cuenta si tomaba prestada una, se dijo en el momento en que se guardaba una en el bolsillo. Ya estaba sentada de nuevo en el sofá cuando su amigo regresó con las bebidas.
Tad le entregó un botellín y se guardó otro para sí. También abrió un paquete de patatas fritas. Para halagarlo, Marissa le preguntó por su última investigación, pero era evidente que no prestaba atención a sus respuestas.
–¿No te gusta la cerveza? – preguntó él al ver que no la había probado.
–Sí, sí -respondió bostezando-. Lo que pasa es que estoy más cansada que sedienta. Será mejor que me vaya.
–Puedes quedarte a pasar la noche si lo deseas. – Gracias -dijo ella al tiempo que se ponía de pie-, pero tengo que volver a casa.
–Lamento no poder llevarte al laboratorio -declaró Tad, y se agachó para darle un beso.
–Te comprendo.
Rápidamente se dirigió hacia la puerta antes de que él pudiera abrazarla.
Tad esperó hasta oír que se cerraba la puerta de fuera antes de volver a entrar en el apartamento. Por una parte se alegraba de haber tenido la sensatez necesaria como para no dejarse manejar por Marissa, pero por otra parte le daba mucha pena haberla desilusionado.
Desde donde estaba miraba directamente el estante donde había dejado la tarjeta de acceso y las llaves. Pensando aún en Marissa se dio cuenta de que faltaba una de las tarjetas. Entonces revisó con esmero todas las cosas que había sacado de los bolsillos y registró los anaqueles de arriba y de abajo, pero la tarjeta no apareció.
–¡Mierda! Debió haber previsto alguna jugarreta de su parte ya que se dio por vencida tan fácilmente. Abrió la puerta, bajó de prisa la escalinata y salió a la calle con la esperanza de alcanzarla, pero no había nadie en las inmediaciones. No corría ni la más mínima brisa en la noche húmeda, de modo que las hojas de los árboles permanecían quietas, abatidas.
Tad volvió a entrar en su casa tratando de decidir qué hacer. Miró la hora y fue hasta el teléfono. Marissa le gustaba, pero esa vez se había pasado. Tomó entonces el teléfono y empezó a marcar.
En el camino al Centro, iba pensando que ojalá Dubchek no hubiese dado aviso al guarda de que ella ya no trabajaba en virología. Pero cuando mostró su credencial, el oficial la obsequió con una sonrisa.
–¿Otra vez trabajando tarde? Por precaución, fue primero a su oficina por si el oficial decidía seguirla. Encendió las luces, se sentó a su escritorio y esperó, pero no oyó pasos por el corredor.
Había varias cartas sobre la mesa: dos eran propaganda de casas de productos farmacéuticos, y una tercera de Lab Engineering, de South Bend.
Marissa abrió ese último sobre. Un vendedor le agradecía la consulta que ella había hecho acerca de las campanas filtrantes tipo 3 HEPA pero le informaba que ese tipo de instrumental se fabricaba sólo por pedido. Si le interesaban, debía tratar primero con algún estudio de arquitectos que se especializara en la construcción de edificios destinados al cuidado de la salud. Terminaba respondiendo la pregunta que daba origen a la carta: ese último año Lab Engineering había fabricado un solo equipo para Professional Labs, una empresa situada en Grayson (Georgia).
Marissa consultó un mapa de Estados Unidos que el anterior ocupante del despacho había dejado en la pared y que ella nunca se molestó en sacar, pero no figuraba el pueblecito. Registró los cajones porque creía tener un mapa de carreteras de Georgia hasta que por fin lo encontró en el fichero.
Grayson era una pequeña localidad a pocas horas de Atlanta, en dirección este. ¿Qué demonios hacían allí con una campana tipo 3 HEPA?
Una vez hubo guardado el mapa en su lugar y la carta en el bolsillo de su chaqueta deportiva, escrutó el pasillo. El silencio era total, y el ascensor continuaba detenido en ese piso, o sea que nadie lo había usado. Por lo tanto había llegado el momento de actuar.