Epidemia
Prólogo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 10 partes.
–¿Pudiste determinar lo que era? – Por supuesto -respondió Tad, emocionado-. Existen sólo dos virus que tienen este aspecto, y me dio positivo en el análisis de Ébola con anticuerpos que se ven por fluorescencia indirecta. El doctor Richter tiene fiebre hemorrágica Ébola.
–Tenía -lo corrigió Marissa, fastidiada por tal despliegue de entusiasmo por parte de Tad.
–¿Acaso murió? – Sí, anoche. – No me sorprende. Esta enfermedad tiene una tasa de mortalidad de más del noventa por ciento.
–¡Dios santo!-Debe de ser el virus más mortífero que se conoce.
–Algunos le conceden al de la rabia ese dudoso honor, pero yo personalmente creo que es el Ébola. Uno de los problemas con que nos enfrentamos es que no se sabe casi nada sobre la enfermedad porque hay muy poca incidencia. A excepción de dos brotes que hubo en [@V@a expene ca] [¿??], es totalmente desconocida. Os costará muchísimo explicar cómo fue que apareció en Los Ángeles.
–Tal vez no tanto: justo antes de enfermar, el doctor Richter había sido mordido por un mono proveniente de África. El doctor Vreeland está casi convencido de que el animal fue el transmisor.
–Probablemente tenga razón -convino Tad-. Los monos fueron los causantes de un brote de fiebre hemorrágica ocurrido en 1967 en la ciudad alemana de Marburg, y se le puso ese mismo nombre al virus. Te advierto que ese virus es muy parecido al Ébola.
–Pronto, lo vamos a saber. Ahora está todo en tus manos. Ya te hemos enviado muestras del hígado y el bazo del mono. Te pido que las analices en seguida y me avises del resultado.
–Con mucho gusto. Entretanto voy a dedicarme al virus Ébola. Quiero ver si resulta fácil realizar el cultivo y averiguar a qué cepa corresponde. Avisa a Dubchek y a los demás que ya sabemos lo del Ébola. Aunque el dato no les sirva de mucho, al menos los obligará a tomar estrictas precauciones. Te llamaré cuando sepa algo. Cuídate.
Marissa salió al pasillo y fue a asomarse a la sala asignada al CCE pero no encontró a nadie.
Entró en la habitación contigua y preguntó dónde estaban todos. Le contestaron que algunos de los médicos habían bajado a patología puesto que habían fallecido otros dos pacientes y otros se hallaban en urgencias, recibiendo a varios casos nuevos. El doctor Dubchek había vuelto al hotel. Marissa informó a los técnicos del laboratorio que el virus era Ébola, y los dejó para que fueran ellos quienes comunicaran la mala noticia a los demás.
El Beverly Hilton era tal cual lo había descrito Dubchek, y ciertamente mucho mejor que el decrépito Motel del Trópico, aparte de hallarse más cerca de la Clínica Richter. Sin embargo, mientras caminaba detrás del botones hasta su habitación del séptimo piso, seguía pensando que no había necesidad de cambiar de alojamiento. El hombre encendió todas las luces de la habitación y se marchó, después de darle Marissa un dólar de propina.
En el Trópico no había llegado a deshacer la maleta, razón por la cual la mudanza le resultó sencilla. De todos modos, no la habría hecho si Dubchek no hubiese insistido. Él la había llamado esa tarde, varias horas después de que ella hubiera hablado con Tad. Marissa no había querido ponerse al habla con él por miedo a despertarlo. Apenas oyó su voz por el teléfono le contó lo que le adelantó Tad sobre el virus Ébola, noticia que Dubchek tomó con naturalidad, casi como si lo hubiese esperado. Luego él le dio instrucciones para llegar al hotel, advirtiéndole que sólo tenía que recoger la llave de su habitación, puesto que ya estaba reservada. Le dijo, además, que si no tenía
inconveniente, cenarían a las siete y media, para lo cual debía ir a su habitación, que estaba a corta distancia de la de ella. Dubchek prefería pedir que les subieran la cena, pues así podían conversar del tema médico mientras comían.
Al mirar la cama de su habitación Marissa se dio cuenta del enorme agotamiento que sentía, pero como ya eran más de las siete, buscó la bolsa de los cosméticos y fue al baño a peinarse y retocarse el maquillaje. Sacó luego de la cartera los papeles donde había anotado las actividades realizadas por el doctor Richter antes de enfermar, se dirigió a la otra habitación y llamó a la puerta.
Dubchek la atendió sonriente y la hizo pasar. Estaba hablando por teléfono, aparentemente con Tad. Marissa se sentó y procuró seguir la conversación. Así fue como se enteró de que las muestras del mono habían arrojado resultados negativos en los análisis.
–¿Dice usted que con el microscopio electrónico no detectó ni atisbos del virus? – se sorprendió Dubchek.
Se produjo un largo silencio mientras Tad explicaba los resultados de los diversos estudios.
Marissa miró su reloj y calculó que debían ser casi las once en Atlanta. Evidentemente Tad estaba trabajando horas extra. Observó a Dubchek y se dio cuenta de que ese hombre le producía una sensación extraña. Recordó lo nerviosa que se puso aquella noche al verlo llegar a la casa de Ralph y sin embargo ahora se sentía atraída hacia él. De vez en cuando él levantaba la mirada y Marissa le notaba un brillo especial en los ojos oscuros. Como se había quitado la americana y la corbata, Marissa le notó un triángulo de piel bronceada en el cuello.
Finalmente Dubchek cortó y fue hasta ella, sonriente. – No cabe duda de que es usted lo más hermoso que he visto hoy. Seguro que su amigo estaría de acuerdo conmigo. Le preocupa mucho la posibilidad de que usted corra peligro.
–Tengo los mismos riesgos que cualquiera de los otros médicos del Centro -sostuvo ella, con un poco de fastidio por el giro que tomaba la conversación.
En el rostro de Dubchek se dibujó una ancha sonrisa. – Tad debe de pensar que el resto del personal no es tan atractivo como usted.
Marissa sacó el tema de las muestras de hígado y bazo del mono para que la charla asumiera un tono más profesional.
–Hasta ahora están limpias -sostuvo Dubchek-, pero sólo se las estudió con microscopía electrónica. Tad empezó también el cultivo viral, de modo que dentro de una semana sabremos los resultados finales.
–Mientras tanto habría que considerar otras posibilidades.
–Supongo que sí. Dubchek parecía distraído. Marissa se inclinó hacia delante y le entregó sus apuntes.
–Pensé que podría interesarle esto. El hombre tomó los papeles y les echó un vistazo. Marissa había anotado en orden cronológico todo lo que había hecho desde que llegó a Los Ángeles. Explicó con argumentos convincentes que el doctor Richter era el agente difusor del Ébola ya, que había contagiado el mal a algunos de sus pacientes. Habló luego de la relación que lo unía con Helen Townsend y de los dos congresos médicos a los que había asistido. Los organizadores de ambos simposios iban a remitirle una lista completa de los asistentes, junto con sus domicilios y números telefónicos.
Durante todo el monólogo, Dubchek realizó gestos de asentimiento para darle a entender que la escuchaba, pero igualmente parecía estar distraído, más concentrado en la cara que en las palabras de Marissa. Al obtener tan poca respuesta, ella fue dejando de hablar poco a poco preguntándose si no estaría cometiendo algún grave error profesional. Dubchek sonrió y lanzó un suspiro.
–Buen trabajo -dijo, simplemente-. Cuesta creer que ésta es su primera labor de investigación. –
Se levantó al oír que llamaban a la puerta-. Debe de ser la cena. Qué suerte, porque ya estaba hambriento.
La comida fue mediocre. La carne y la verdura llegaron tibias. Marissa se preguntó por qué no habían bajado al comedor. Supuso que él tenía intenciones de hablar de temas profesionales, pero la
conversación se refirió a aquella noche en la casa de Ralph y de dónde lo conocía ella, al CCE, y si le gustaba trabajar allí. Hacia el final de la cena, Dubchek dijo:
–Quería que supiera que soy viudo. – Lo siento muchísimo -respondió Marissa con sinceridad, aunque no entendía el motivo que lo llevaba a darle información sobre su vida privada.
–Pensé que debería saberlo -agregó él como si le hubiera leído los pensamientos-. Mi mujer murió hace dos años en un accidente de coche.
Marissa hizo un ademán de asentimiento porque tampoco supo cómo reaccionar.
–Y usted, ¿sale con alguien, Marissa? Jugueteó con el asa de su taza de café. De ninguna manera iba a mencionar su ruptura con Roger. – No; por el momento, no -logró articular. ¿Sabría Dubchek que había estado saliendo con Tad? No era un secreto, pero tampoco era de dominio público, porque ninguno de los dos lo había comentado con sus compañeros de trabajo. De repente empezó a sentirse incómoda, ya que tenía la impresión de que se violaba la norma que se había impuesto de no mezclar su vida privada con la profesión. Observó a. Dubchek y no pudo menos de pensar que le resultaba interesante. Tal vez era eso lo que más la cohibía, máxime porque no pensaba establecer con él una relación más personal. Todo esto le hizo sentir deseos de salir disparada de allí para continuar su trabajo.
Dubchek empujó su sillón hacia atrás y se puso de pie. – Convendría que nos pusiéramos en camino hacia la clínica,– sugirió.
A ella le pareció bien. Se levantó y se encaminó a una mesita en busca de sus papeles. Cuando se levantó notó que Dubchek se le había acercado por detrás. Sin darle tiempo a reaccionar, él la sujetó por los hombros y la obligó a volverse, gesto que la tomó totalmente por sorpresa. Durante un brevísimo instante sus labios se unieron. Luego ella se retiró y se le cayeron los papeles.
–Perdóneme. No pensaba hacerlo, pero desde el día en que llegó al Centro he sentido la tentación.
Nunca me pareció bien salir con alguien de la oficina; sin embargo, desde que murió mi esposa es la primera vez que siento interés por una mujer. Usted no se le parece en absoluto, Jane era alta y rubia, pero demuestra el mismo entusiasmo por su trabajo. Ella se dedicaba a la música y cuando tocaba algo bien, ponía la misma cara apasionada que he notado en usted.
Marissa permaneció en silencio. Sabía que su propia actitud era ruin, que Dubchek no le había acosado en absoluto, pero como le daba vergüenza, no quiso decir nada que rompiese la violencia.
–Marissa -le dijo él con dulzura-, lo que le digo es que cuando regresemos a Atlanta me gustaría salir con usted, pero si ya está comprometida con Ralph, o sencillamente no lo desea…
Su voz fue perdiéndose. Marissa se agachó para recoger sus apuntes. – Si vamos a volver al hospital, ya es hora de marcharnos -manifestó en tono cortante.
Dubchek la siguió con expresión severa hasta el ascensor. Más tarde, cuando Marissa iba en su coche alquilado, se reprendió a sí misma. Cyrill era el hombre más atractivo que había conocido después de Roger. ¿Qué la habría inducido a un comportamiento tan absurdo?
27 de febrero
Casi cinco semanas más tarde, cuando regresaba en taxi del aeropuerto, Marissa venía pensando si sería capaz de restablecer una relación afable, profesional, con Dubchek, ahora que ambos habían regresado a Atlanta. Él se había marchado pocos días después de la conversación que habían mantenido en el Beverly Hilton, y las pocas veces que se encontraron en la Clínica Richter se trataron con cierta tirantez.
Cuando el vehículo llegó a su barrio, al ver las ventanas iluminadas y las escenas de vida familiar en el interior de las casas, se sintió abrumada por una profunda soledad.
Después de pagar al chofer y de desconectar la alarma corrió a la casa de Judson a recoger a Taffy y toda la correspondencia que se había acumulado en más de un mes. La perra quedó arrobada al verla y los Judson estuvieron sumamente afectuosos, ya que en vez de hacerla sentir culpable por tan larga ausencia, se mostraron sinceramente apenados de ver partir a Taffy.
Ya en su casa, Marissa subió la calefacción. La vida era muy distinta por el solo hecho de tener el animalito.
Taffy no se apartaba de su lado y exigía una atención casi constante.
Marissa abrió la nevera para buscar algo de comida y descubrió que algunos alimentos se habían estropeado. Volvió a cerrarla y resolvió que la limpieza la haría al día siguiente.
Cenó higos y un refresco, mientras revisaba la correspondencia. Aparte de una tarjeta enviada por un hermano y de una carta de sus padres, lo demás era todo propaganda farmacéutica.
Se sobresaltó al oír el teléfono, pero cuando atendió tuvo el placer de escuchar la voz de Tad que le daba la bienvenida a Atlanta.
–¿No quieres salir a tomar algo? Puedo pasar a buscarte.
Su primera reacción fue decirle que estaba exhausta del viaje, pero después recordó que la última vez que habían hablado por teléfono él le contó que había terminado su proyecto sobre el SIDA, y se había dedicado al estudio del virus Ébola. Se le fue parte del cansancio como por arte de magia y le preguntó cómo iban las investigaciones.
–¡Bien! El virus se extiende como una mancha de aceite en los cultivos de tejido. La parte de morfología del trabajo está completa y ya empecé con el análisis de proteínas.
–Me encantaría ver lo que estás haciendo. – Con mucho gusto te enseñaría todo lo que tengo, pero lamentablemente gran parte de la investigación se lleva a cabo en el laboratorio de máximo riesgo.
–Lo suponía. Marissa sabía que un virus tan mortal sólo podía manipularse en un laboratorio donde, como lo indicaba su nombre, se conservaban los microorganismos más peligrosos. Creía que existían unos cuatro sitios semejantes en el mundo: uno el CCE, otro en Inglaterra, otro en Bélgica y el último en la Unión Soviética. No estaba segura incluso si el Instituto Pasteur de Paris contaba siquiera con instalaciones de esa clase. Por razones de seguridad, allí sólo se permitía la entrada de unas pocas personas autorizadas, entre las cuales no estaba incluida Marissa. Sin embargo, después de comprobar el devastador efecto del virus Ébola, confesó a Tad cuánto ansiaba poder ver sus estudios.
–No tienes permiso -dijo él, sorprendido por la aparente ingenuidad de su amiga. – Ya lo sé, pero,
¿qué tiene de malo que me enseñes lo que estás haciendo con el Ébola y después salir a tomar una copa? Al fin y al cabo es tarde y nadie se va a enterar si me llevas ahora.
Se hizo una pausa. – Pero la entrada es restringida… Marissa tenía plena conciencia de que se estaba aprovechando de Tad, pero también era cierto que no había peligro alguno si iba acompañada por él. – ¿Quién se va a enterar? – lo coaccionó-. Además, Yo formo parte del equipo.
Sí, claro -aceptó Tad, renuente. Era obvio que dudaba. El hecho de que Marissa accediera a salir con él sólo si la llevaba primero al laboratorio, terminó por decidirlo. Le dijo entonces que pasaría a recogerla media hora después y que no debía contarle nada a nadie.
Marissa aceptó rápidamente las condiciones.
–Esto no me hace demasiado feliz -reconoció Tad cuando iban camino del Centro para el Control de Enfermedades.
–Tranquilízate. Por Dios, yo también trabajo aquí, en la sección Patógenos Especiales.
Fingió sentirse algo molesta. – Pero podríamos solicitar mañana una autorización. Marissa se volvió para mirarlo de frente. – ¿Te estás acobardando? Sabía que Dubchek regresaba al día siguiente de un viaje a Washington y que podía hacer una solicitud formal, pero no creía que se lo concediera.
Dubchek se había mostrado absurdamente frío durante las últimas semanas, por más que el motivo fuese la estupidez de ella. ¿Por qué no tuvo el valor de pedirle disculpas o de decirle incluso que le gustaría salir con él una noche? Y así, cada día que pasaba iba en aumento la frialdad que los separaba, sobre todo por parte de él.
Tad dejó el coche en el aparcamiento y caminaron en silencio hacia la entrada principal. Marissa iba cavilando acerca del orgullo masculino y cuántos trastornos solía causar.
Firmaron el registro bajo la mirada atenta del guardia, y mostraron la credencial del Centro como correspondía. En la columna de «Destino», Marissa escribió «oficina». Subieron tres pisos en ascensor. Recorrieron todo el edificio, pasaron por una puerta que daba al exterior y siguieron por
una pasarela franqueada por una tela metálica que comunicaba el edificio principal con los laboratorios de virología. Todos los edificios del Centro se comunicaban en casi todos los pisos por medio de pasillos similares.
–Para el laboratorio de máximo riesgo hay estrictas medidas de seguridad -comentó Tad en el momento de abrir la puerta del sector virología-, porque aquí almacenamos todos los virus patológicos conocidos por el hombre.
–¿Hasta el último de ellos? – se asombró Marissa. – Casi te diría que sí -respondió Tad, orgulloso. – ¿El Ébola también? – Tenemos muestras de los brotes anteriores. También tenemos Marburg, viruelas (que ya se consideran extinguidas), polio, fiebre amarilla, dengue, SIDA, lo que quieras.
–¡Dios mío! Una colección de horrores. – Se la puede definir así. – ¿Cómo se conservan los virus? – Congelados en nitrógeno líquido. – ¿Son infecciosos? – Basta con descongelarlos. Cruzaban en ese momento por un vestíbulo después de dejar atrás una cantidad de oficinas pequeñas y oscuras.
Marissa había estado antes en ese sector del edificio, cuando iba al despacho de Dubchek.
Tad se detuvo frente a un congelador con entrada para personas, semejante a los que se ven en los frigoríficos.
–Esto quizá te resulte interesante -dijo, al tiempo que abría una pesada puerta.
Dentro había una luz encendida. Tímidamente Marissa cruzó el umbral internándose en el frío húmedo seguida por Tad. Experimentó una sensación de temor cuando la puerta se cerró sola.
En el interior del congelador había estanterías con cientos de miles de frasquitos.
–¿Qué es eso? – Suero congelado -respondió Tad, tomando un frasco que tenía anotado un número y una fecha-. Son -muestras extraídas de pacientes del mundo entero, de todas las enfermedades virales conocidas y muchas que no lo son. Están aquí para ser sometidas a estudios inmunológicos, y obviamente no son infecciosas.
Marissa se alegró de regresar al vestíbulo. Unos quince metros más adelante del congelador el pasillo giraba bruscamente a la derecha y toparon con una imponente puerta de acero. Sobre el picaporte había un panel con botones semejante al sistema de alarma que tenía Marissa en su casa.
Debajo había una ranura muy parecida a las que tienen los cajeros automáticos para introducir allí una tarjeta. Tad le mostró una tarjeta que llevaba colgada del cuello con una correa de cuero y la colocó en la ranura.
–La computadora está registrando la entrada -dijo. Luego marcó su número en código en el panel de mando: 100-60-95-. Buenas medidas -bromeó.
–Gracias -se rió Marissa. Como el edificio de virología estaba desierto, Tad parecía más tranquilo. Al cabo de una breve demora se oyó el clic del cerrojo que se abría, y Tad empujó la puerta. Marissa tuvo la sensación de estar entrando en otro mundo. En vez de estar en un vestíbulo sucio y desordenado como en el sector externo del edificio, se encontró rodeada por tuberías, manómetros y demás instrumentos futuristas pintados de distintos colores siguiendo un código determinado, todo de reciente construcción. La iluminación era tenue. Tad abrió entonces una caja donde había una serie de interruptores y los accionó. El primero encendió las luces de la habitación donde se encontraban, de una altura casi doble de lo normal, llena -de todo tipo de equipos. Flotaba en el aire cierto olor fenólico que a Marissa le hizo recordar la sala de autopsias de la facultad de medicina.
El siguiente interruptor encendió las luces de una hilera de ventanas estilo ojo de buey instaladas a los lados de un cilindro de tres metros de altura que sobresalía dentro del recinto. En el extremo del cilindro había una puerta ovalada semejante a la escotilla de un submarino.
El último interruptor produjo un zumbido al ponerse en funcionamiento alguna máquina eléctrica de enormes proporciones.
–Son compresores -explicó Tad ante la mirada inquisidora de Marissa, pero no explicó más. En cambio, realizó un amplio ademán-. Esta es la zona de control del laboratorio de máximo riesgo.
Desde aquí podemos operar todos los ventiladores y filtros, incluso los generadores de rayos gamma.
Fíjate en la cantidad de lucecitas verdes, indicadoras de que todo marcha como debe. ¡Al menos eso espero!
–¿Por qué lo dices? – preguntó Marissa atemorizada, pero al ver la sonrisa de su amigo, se dio cuenta de que le tomaba el pelo.
Así y todo, de repente ya no estuvo tan segura de querer continuar con el recorrido. La idea le había parecido muy buena cuando estaba en el marco protegido de su propia casa, pero al verse rodeada por un instrumental desconocido, sabiendo qué clases de virus se alojaban allí, ya no estaba tan segura. Pero Tad no le dio tiempo a cambiar de opinión. Abrió la puerta hermética tipo escotilla y le hizo señas de que entrase. Marissa tuvo que agachar la cabeza al cruzar el umbral de diez centímetros de alto. Tad entró después, cerró y atrancó la puerta. A Marissa la invadió una sensación de claustrofobia, máxime cuando tuvo que tragar saliva para destaparse los oídos debido al cambio de presión.
En el cilindro se alineaban las ventanas redondas que Marissa había visto desde fuera. A lo largo de ambos lados había bancos y armarios verticales. Al fondo, estanterías y otra puerta hermética.
–¡Sorpresa! – exclamó Tad arrojándole unas prendas de algodón-. No se permite entrar con ropa de calle.
Al cabo de un momento de vacilación durante el cual buscó en vano un sitio que le permitiera un mínimo de intimidad, Marissa comenzó a desabrocharse la blusa. Por mucha que fuera la vergüenza que sentía ante la necesidad de desvestirse delante de Tad, él estaba más cohibido y miró hacia otro lado mientras Marissa se desnudaba.
Luego atravesaron una segunda puerta. – A medida que nos internamos en el laboratorio, cada habitación que pasamos tiene una presión más baja que la anterior, con lo cual se asegura que el único movimiento de aire se dé hacia adentro del laboratorio, no hacia fuera.
La segunda habitación era aproximadamente del tamaño de la primera, pero no tenía ventanas y el olor a desinfectante fenólico era allí más pronunciado. Una cantidad de monos plásticos de color azul colgaban en percheros de pared. Tad buscó uno que fuera más o menos de la medida de Marissa y se lo entregó. Era una especie de traje espacial pero sin relleno ni escafandra pesada. Al igual que un atuendo espacial, cubría el cuerpo entero, manos y pies incluidos. Se cerraba con una cremallera que iba desde el pubis al cuello. De la espalda, como una larga cola, salía una manguera de aire.
Tad señaló las tuberías verdes que corrían a lo largo de la habitación a la altura del pecho, y comentó que en todo el laboratorio había tubos de ésos. A intervalos frecuentes, había tubos de múltiples bocas -pintados de un verde más claro-, con adaptadores para conectar allí las mangueras de aire de los trajes. Tad aclaró que los trajes estaban llenos de aire limpio, de presión positiva, de modo que nunca se respiraba el aire del laboratorio propiamente dicho. Ensayó con Marissa el método para conectar y desconectar el tubo de aire hasta convencerse de que ella lo hacía con precisión. – Muy bien. Llegó el momento de vestirse -dijo, mostrándole la forma en que había que ponerse la gruesa indumentaria. El proceso era complicado, sobre todo introducir la cabeza dentro de la capucha cerrada. Cuando Marissa miró por la mascarilla de plástico transparente, ésta se empañó de inmediato.
Tad le indicó que debía conectar su tubo de aire, y en el acto ella percibió el aire fresco sobre su cuerpo, que también le desempañó el visor. Tad le subió el cierre del traje, y con movimientos diestros se vistió con el suyo. Infló su traje, luego desconectó el tubo de aire y, llevándolo en la mano, se encaminó a la puerta más lejana. Marissa lo siguió caminando con dificultad.
A la derecha de la puerta había una consola de mando. – Luces interiores del laboratorio -explicó Tad, al tiempo que accionaba los interruptores.
La vestimenta ahogaba la voz y además costaba entender debido al zumbido que producía la entrada de aire. Atravesaron otra puerta hermética que Tad cerró al pasar.
La habitación siguiente era más pequeña que las dos primeras. Allí, paredes y tuberías estaban cubiertas por un polvillo blanco, y el suelo por una rejilla de plástico.
Conectaron sus tubos de aire por un instante. Luego pasaron por una última puerta que daba al laboratorio propiamente dicho. Marissa le pisaba los talones a su amigo y desplazaba su manguera de aire de la misma forma que él lo hacía.
Entraron en una espaciosa habitación rectangular con un sector central de mesas de laboratorio sobre las cuales se levantaban campanas protectoras de aspiración. Contra las paredes se veía todo tipo de instrumental: centrífugas, incubadoras, varios microscopios, terminales de computadoras y otros innumerables objetos que ella no conocía. A la izquierda, había también otra puerta hermética, cerrada con llave.
Tad la llevó directamente hasta una incubadora y abrió las portezuelas. Los tubos con cultivo de tejido se hallaban colocados en bandejas que giraban lentamente. Tad sacó uno y se lo entregó.
–Aquí tienes tu Ébola -dijo. Además de la pequeña cantidad de líquido que contenía el tubo, éste estaba revestido por un lado con una fina película, una capa de células vivas infectadas con el virus.
Dentro de las células, el virus se esforzaba por reproducirse. Por inocente que fuera su aspecto, Marissa sabía que el contenido de esa probeta alcanzaba para matar a toda la población de Atlanta, tal vez hasta la de Estados Unidos. Sintió un estremecimiento que la hizo sostener el tubo con más fuerza.
Tad le pidió que se lo devolviese y lo llevó hasta un microscopio. Depositó en él el espécimen, graduó el foco y dio un paso atrás para que se acercara Marissa.
–¿Ves esos pelotones oscuros en el citoplasma? Marissa asintió. Pese al visor del plástico, podía distinguir los corpúsculos de inclusión que describía Tad, así como los núcleos irregulares de las células.
–Ése es el primer signo de infestación. Acabo de implantar estas colonias. Este virus es increíblemente potente.
Cuando Marissa se levantó del microscopio, Tad volvió a poner la probeta en la incubadora.
Luego empezó a explicar su compleja investigación señalando el instrumento y aclarando con lujo de detalle los diversos experimentos. A Marissa le costaba concentrarse. No había ido allí con deseos de oír hablar del trabajo de Tad, pero eso no podía, decírselo.
Finalmente la condujo por un pasillo hasta un laberinto de jaulas de animales que llegaban casi hasta el techo. Había monos, conejos, cobayos, ratas y ratones. Marissa se sintió observada por centenares de ojos, algunos indiferentes, otros cargados de odio. En un sector apartado del salón, Tad extrajo una bandeja de animales que denominó ratones suizos e iba a mostrárselos a Marissa cuando de repente se detuvo.
–¡Caramba! – exclamó-. A estos bichos los inoculé esta misma tarde y la mayoría ya ha muerto. –
Miró a su amiga-. Tu virus Ébola es realmente letal, como la cepa M Zaire de 1976.
Marissa observó con desagrado los ratones muertos. – ¿Hay alguna forma de comparar las diversas cepas? – quiso saber.
–Por supuesto. Tad retiró los animalitos muertos. Regresó luego al laboratorio principal y los colocó sobre una bandeja para que se les practicara la autopsia. Luego se volvió e intentó responder la pregunta de Marissa. A ella le costaba entenderle cuando no le hablaba de frente porque la voz sonaba hueca por el traje de plástico.
–Ahora que he empezado a determinar los rasgos distintivos del Ébola, será sencillo compararlo con las cepas anteriores. De hecho comencé con estos ratones, pero los resultados tendrán que esperar la evaluación estadística.
Tad se detuvo frente a la puerta hermética, con cerrojo.
–No creo que quieras entrar aquí -dijo. Sin esperar respuesta, abrió y entró con los ratones muertos. Al abrirse la puerta Marissa percibió cierto vaho. Quiso espiar dentro, pero en el acto reapareció su amigo y cerró con fuerza la puerta a sus espaldas.
–¿Sabes una cosa? También pienso compararlos polipéptidos estructurales y el ARN de tu virus contraponiéndolos con la cepa anterior de Ébola.
–¡Ya basta! – exclamó ella, riendo-. Me haces sentir muy ignorante. Tengo que buscar mi viejo texto de virología para comprender todo esto. ¿Por qué no lo dejamos ya, y nos vamos a tomar esa copa que me prometiste?
–Con mucho gusto. Hubo una sorpresa al salir. Cuando llegaron a la habitación del polvillo blanco, de pronto quedaron empapados por una lluvia de desinfectante fenólico. Mirando el desconcierto de Marissa, Tad no pudo menos de sonreír.
–Ahora ya sabes cómo te sentirías dentro de un inodoro -dijo.
Mientras se ponían la ropa de calle, ella le preguntó qué había en esa habitación donde había llevado los ratones muertos.
–No es más que un enorme congelador -respondió Tad, quitándole importancia al tema con un ademán.
En los días siguientes Marissa se readaptó a la vida en Atlanta y pudo disfrutar de su casa y su perra. Al día siguiente de su llegada se ocupó de las tareas difíciles, como eliminar los alimentos estropeados en la nevera y ponerse al día en los pagos atrasados. En el trabajo se dedicó a estudiar la fiebre hemorrágica viral, en particular la originada por el virus Ébola. En la biblioteca del Centro obtuvo material relacionado con los diversos brotes de Ébola: Zaire 1976, Sudán 1976, Zaire 1977 y Sudán 1979. En cada uno de estos casos, el virus apareció misteriosamente y luego desapareció. Se realizaron intensos estudios para determinar qué organismos le servían de receptáculo, para lo cual se analizaron más de doscientas especies distintas de animales e insectos como huéspedes potenciales, y todas dieron negativo. El único hallazgo positivo fue de ciertos anticuerpos en algún conejillo de indias doméstico.
Le resultó particularmente interesante la narración de cómo sucedió el primer brote epidémico de Zaire. La transmisión de la enfermedad se relacionó con un centro de salud denominado Hospital de la Misión de Yambuku. Se preguntó qué posibles elementos similares existían en la Misión de Yambuku y la Clínica Richter, o mejor aún, entre Yambuku y Los Ángeles. No debía de haber muchos.
Se había situado al fondo de la biblioteca para leer el clásico texto Virología, de Fields. Estaba repasando lo referente a cultivo de tejidos para realizar trabajos prácticos en el laboratorio virológico.
Tad se había comprometido a facilitarle algunos virus relativamente inocuos a fin de que pudiera familiarizarse con el más moderno instrumental de virología.
Marissa miró la hora. Eran más de las dos, y a las tres y cuarto tenía que ir a ver a Dubchek. El día anterior le había entregado a la secretaria una solicitud formal de autorización para que se le permitiera acceder al laboratorio de máximo riesgo para lo cual debió describir la investigación que deseaba practicar sobre el grado de infecciosidad del virus Ébola. Sin embargo, no tenía demasiadas esperanzas de que Dubchek accediera a su petición ya que, desde el regreso de Los Ángeles no le había prestado ni la más mínima atención.
Notó que se cruzaba una sombra sobre la página del texto y automáticamente levantó la cabeza.
–¡Bueno, bueno! ¡Todavía estás viva! – exclamó una voz conocida. _Ralph -murmuró ella, asustada tanto por su inesperada presencia en la biblioteca como por el volumen de su voz.
Varias cabezas se volvieron para observarlos. – Me habían dicho que estabas viva, pero tenía que comprobarlo personalmente -continuó Ralph, sin prestar atención a la mirada furibunda de la señora Campbell.
Marissa le hizo señas de que se callara y luego lo llevó de la mano al vestíbulo, donde podían hablar con tranquilidad. Sintió un profundo afecto por él al advertir una sonrisa cálida en su rostro.
–Cuánto me alegro de verte -dijo, y lo abrazó con cierto remordimiento por no haberlo llamado desde su regreso. Mientras estaba en Los Ángeles habían hablado por teléfono por lo menos una vez por semana.
Como si le hubiese leído el pensamiento, él preguntó:
–¿Por qué no me llamaste? Dubchek me dijo que habías vuelto hacía cuatro días.
–Iba a llamarte esta noche -respondió ella, sumisa, fastidiada de que Ralph estuviese recibiendo información sobre su persona por boca de Dubchek.
Bajaron a la cafetería a tomar un café. A esa hora de la tarde estaba casi desierta y se sentaron junto al ventanal que daba al patio del Centro. Ralph comentó que salía del hospital y se dirigía a su consultorio y que había querido encontrarla antes de la noche.
–¿Qué te parece si vamos a cenar? – la invitó, apoyando una mano sobre la de Marissa-. Estoy impaciente por saber los detalles de cómo vencisteis al Ébola en Los Ángeles.
–No estoy segura de que veintiuna muertes puedan considerarse un triunfo. Y lo peor de todo es que, desde un punto de vista epidemiológico, fracasamos porque no pudimos determinar la procedencia del virus. Tiene que haber algún foco específico. Imagínate cómo habría reaccionado la prensa si el CCE no hubiese podido hallar la bacteria de los Legionarios en el sistema de aire acondicionado.
–Creo que te juzgas con demasiada severidad. – Pero es que no tenemos idea de cuándo puede volver a aparecer el Ébola. Lamentablemente yo tengo la sensación de que se va a repetir. Y es tan mortal…
Tenía muy presente sus efectos letales. – Tampoco se pudo saber de dónde provino el Ébola en África -aclaró Ralph, tratando de levantarle el ánimo.
Le llamó la atención que Ralph conociese ese dato y se lo dijo.
–Basta con mirar los noticieros de la televisión para instruirse en temas médicos. – Le apretó la mano-. Pienso que deberíais considerar la estancia en Los Ángeles como un éxito, porque pudisteis contener una posible epidemia de enormes proporciones.
Marissa sonrió. Se daba cuenta de que Ralph procuraba que se sintiese mejor y mentalmente se lo agradecía.
–Sí, tienes razón. El brote pudo haber sido mucho peor, y hubo un momento en que así lo pensamos. Gracias a Dios, la cuarentena fue la solución. Y me alegro, porque la tasa de mortalidad era superior al noventa y cuatro por ciento, con sólo dos casos de supervivencia. Hasta a la Clínica Richter había que considerarla como una víctima ya que ahora tiene tanta mala fama por el Ébola como las casas de baño de San Francisco por el SIDA.
Marissa miró la hora y vio que eran más de las tres. – Tengo una reunión dentro de unos minutos
-se disculpó-. Te agradezco muchísimo que hayas venido a verme. La idea de cenar juntos esta noche me parece estupenda.
–Hasta luego -dijo él, levantando la bandeja con las tazas vacías.
Marissa subió corriendo la escalera hasta el tercer piso y cruzó al edificio de virología. A la luz del día no le pareció tan atemorizante como de noche. Al encaminarse a la oficina de Dubchek, pensó que apenas dando la vuelta se encontraba la puerta de acero que daba acceso al laboratorio de máximo riesgo. Eran las tres y diecisiete cuando estaba frente a la secretaria de Dubchek.
Fue una tontería haberse apresurado. Se sentó ante la secretaria, se puso a hojear el Virology Times -con su sección central dedicada al virus del mes- y comprendió que, por supuesto, Dubchek la haría esperar. Volvió a fijarse en la hora: cuatro menos veinte. Del otro lado de la puerta oía a Dubchek hablando por teléfono. Y en la consola que tenía la secretaria sobre su escritorio podría darse cuenta cuando se apagara la lucecita titilante y volviera a encenderse para llamar otra vez. Eran las cuatro menos cinco cuando por fin se abrió la puerta y Dubchek le hizo señas de que pasara.
La oficina era pequeña y había a la vista multitud de fotocopias de artículos amontonados sobre el escritorio, sobre el archivador o directamente en el suelo. Dubchek estaba en mangas de camisa, con la corbata escondida entre el botón segundo y tercero para que no le estorbara. No se disculpó ni le explicó por qué la había hecho esperar. Más aún, en su rostro se dibujaba un atisbo de sonrisa que a Marissa le causó desagrado.
–Espero que haya recibido mi nota -dijo ella, procurando hablar en un tono expeditivo.
–Así es. – ¿Qué es lo que me aconseja? – Que siga exactamente con lo que hace ahora. Continúe trabajando con virus menos patógenos hasta que adquiera experiencia.
–¿Y cómo sabré que he reunido suficiente experiencia?
Comprendía que Dubchek tenía razón, pero también se preguntaba si la respuesta de él habría sido distinta de haber estado saliendo juntos. Lo que más la mortificaba era no ser capaz de pedir disculpas por su grosero rechazo. Dubchek era guapo, un hombre que le resultaba mucho más inteligente que Ralph, con quien sin embargo aceptaba salir a cenar.
–Creo que yo me voy a dar cuenta de cuándo ha obtenido un nivel adecuado de experiencia -dijo él interrumpiéndole los pensamientos-. O bien lo sabrá Tad Schockley.
Se sintió más animada. Si la decisión quedaba a criterio de Tad, seguramente conseguiría alguna vez la autorización.
–Mientras tanto -continuó el hombre dando la vuelta al escritorio para ir a sentarse-, tengo algo más importante que comentarle. Acabo de hablar por teléfono con varias personas, incluso con el jefe de Epidemiología del Estado de Missouri. Se ha presentado en Saint Louis un único caso de enfermedad viral que podría ser Ébola. Quiero que se traslade allí en el acto, que evalúe la situación en su aspecto clínico, envíe muestras a Tad y vuelva a informar. Aquí tiene la reserva de pasaje aéreo.
– Le entregó un papel con una nota: aerolínea Delta, vuelo 1083. Hora de salida: 17:34. Hora de llegada: 18:06.
Quedó atónita. Con el tránsito congestionado de la hora punta, tenía el tiempo justo para llegar.
Sabía que un experto en enfermedades infecciosas siempre debía tener lista una maleta, pero ella no la tenía y además estaba el problema de Taffy.
–Vamos a tener listo el laboratorio móvil por si es necesario -decía, Cyrill en ese momento-, pero esperemos que no haga falta.
Le tendió la mano, pero Marissa estaba tan preocupada con la posibilidad de enfrentarse posiblemente con el letal virus Ébola, que no se percató. Había ido allí a pedir permiso para utilizar el laboratorio de máximo riesgo ¡y salía con la orden de volar en seguida rumbo a Saint Louis! Miró brevemente la hora y echó a correr: le quedaba el tiempo justo.
3 de marzo
Sólo cuando el avión corría por la pista recordó Marissa la invitación de Ralph. Bueno, con suerte podría llamarlo por teléfono justo cuando él regresara a su casa. El único consuelo que le quedaba era que, en el plano profesional, se sentía más tranquila que al viajar a Los Ángeles. Al menos tenía cierta idea de la labor que debería realizar. Sin embargo, como ya sabía el grado terrible de mortalidad del Ébola -si es que se trataba de ese virus-, tenía más miedo por su propia seguridad. Si bien no se lo había confesado a nadie, aún la inquietaba la posibilidad de haber contraído la enfermedad en el brote anterior. Cada día que pasaba sin experimentar síntomas sospechosos era para ella un alivio. Pero el temor no había desaparecido del todo.
El otro tema que la perturbaba era que hubiese aparecido tan pronto otro brote de Ébola. De comprobarse que se trataba del mismo virus, ¿cómo había llegado a Saint Louis? ¿Era una epidemia distinta de la de Los Ángeles o una prolongación de aquélla? Se le planteaban muchos interrogantes, ninguno de ellos alentador.
–¿Va a cenar? – le preguntó una azafata interrumpiéndole los pensamientos.
–Sí, claro -respondió, bajando la mesita abatible. Le convenía cenar algo aunque no tuviese hambre, porque una vez en Saint Louis quién sabe si tendría tiempo para comer.
Al bajar del taxi que la condujo desde el aeropuerto de Saint Louis hasta el Community Health Plan Hospital, comprobó con agrado que había un cómodo cobertizo para vehículos. Llovía a cántaros, y pese al techo de cemento, tuvo que levantarse las solapas del abrigo para no empaparse con la lluvia que arrastraba el viento. Entró por la puerta giratoria acarreando la cartera y la maleta, puesto que no había tenido tiempo de pasar primero por el hotel.
El edificio era imponente incluso en una noche oscura y tormentosa. Era de estilo moderno, con fachada de mármol italiano que representaba en la fachada, y hasta los tres pisos de altura, una réplica del Gateway Arch. El interior era de roble claro y alfombras de un rojo intenso. Una
desenvuelta recepcionista le indicó cómo llegar a las oficinas administrativas, para lo cual debía atravesar unas puertas abatibles.
–¡Doctora Blumenthal! – exclamó un diminuto oriental levantándose de su escritorio. Marissa dio un paso atrás cuando el hombre le tomó la maleta y le estrechó enérgicamente la mano libre-. Soy el doctor Harold Taboso, director de esta institución. Y éste es el doctor Peter Austin, jefe de Epidemiología del Estado de Missouri. Estábamos esperándola.
Marissa le dio la mano al doctor Austin, un hombre alto y delgado, de cutis rojo.
–Estamos muy agradecidos de que haya podido venir tan rápido -expresó Taboso-. ¿Desea algo de comer o beber?
–Comí en el avión, gracias. Además preferiría ponerme a trabajar en seguida.
–Por supuesto, por supuesto.
Por un momento pareció confundido y su colega Austin aprovechó el silencio para hacerse cargo de la situación.
–Conocemos perfectamente lo ocurrido en Los Ángeles y por eso nos preocupa que podamos estar aquí ante el mismo problema. Como usted sabe, hemos ingresado un caso sospechoso esta mañana y otros dos más mientras usted venía hacia aquí.
Marissa se mordió el labio. Tenía la esperanza de que resultara una falsa alarma, pero al haberse presentado dos casos nuevos, no había razón que justificase su optimismo. Se dejó caer en la silla que le alcanzó el doctor Taboso, y dijo:
–Seria conveniente que me informaran lo que han averiguado hasta ahora.
–Me temo que no es demasiado -se justificó Austin-, porque ha habido poco tiempo. El primer caso ingresó alrededor de las cuatro. Hay que reconocer el mérito del doctor Taboso por haber dado la alarma en seguida. Como el paciente fue aislado de inmediato, esperamos haber reducido al mínimo los contactos aquí en el hospital.
Marissa miró de soslayo al doctor Taboso y éste sonrió nervioso, aceptando el cumplido.
–Eso fue muy positivo. ¿Se practicó algún estudio de laboratorio?
–Desde luego -respondió Taboso. – Allí podría haber algún problema. – Sí, lo sabemos. Pero el análisis se ordenó apenas ingresó el enfermo, antes de que sospecháramos cuál podía ser el diagnóstico. Apenas se informó a mi oficina, dimos aviso al Centro para el Control de Enfermedades.
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–¿Pudieron establecer alguna vinculación con el brote de Los Ángeles?
¿Ninguno de los pacientes provenía de allí? – No -repuso el doctor Austin-.
Investigamos esa posibilidad, pero no pudimos establecer conexión alguna.
–Bueno -dijo ella poniéndose de pie sin demasiadas ganas-, vamos a ver a los pacientes. Supongo que contarán con el equipo completo de ropa protectora.
–Sí, por supuesto. Atravesaron el vestíbulo hacia los ascensores.
Cuando iban subiendo, Marissa preguntó:
–¿Alguno de los enfermos ha estado últimamente en África?
Los dos médicos se miraron y Taboso respondió: -Creo que no. Marissa no se esperaba una respuesta afirmativa. Así, todo habría sido demasiado fácil. Iba observando el indicador de los pisos y vio que se detenían en el séptimo.
A medida que avanzaban por el pasillo vio que la mayoría de las habitaciones no estaban ocupadas. Gran parte de ellas no estaban ni siquiera terminadas de amueblar y las paredes del pasillo apenas tenían la primera mano de pintura.
El doctor Taboso advirtió la expresión del rostro femenino.
–Perdone -dijo-; debí habérselo explicado. Cuando se construyó este sanatorio se planificó una cantidad excesiva de camas. Por eso nunca se terminó el séptimo piso que decidimos utilizar para esta emergencia porque es perfecto para el aislamiento, ¿no le parece?
Llegaron al despacho de las enfermeras, donde aparentemente no faltaba nada, salvo los armarios. Marissa tomó el historial médico del primer paciente. Se sentó ante un escritorio y leyó el apellido del hombre: Zabriski. En la página de signos vitales aparecían los familiares síntomas de fiebre alta y baja presión sanguínea. En la hoja siguiente se consignaban los datos personales del enfermo, el doctor Carl M. Zabriski. Marissa, enarcó las cejas y le preguntó a Taboso con gesto de incredulidad si el paciente era también médico.
–Sí. Es oculista y trabaja en este mismo sanatorio. Se dirigió luego al doctor Austin. – ¿Sabía usted -le preguntó- que el paciente portador del virus en Los Ángeles también era médico? Más aún, ¡oftalmólogo! – Estaba al tanto de la coincidencia -reconoció el doctor Austin, frunciendo el entrecejo.
–¿El doctor Zabriski realiza investigaciones con monos?
–Que yo sepa, no -contestó el doctor Taboso-. Al menos aquí en el hospital, seguro que no.
–Si no recuerdo mal, en el brote de Los Ángeles no hubo otros médicos,
¿verdad?
–No; sólo el caso original. Hubo tres técnicos químicos y una enfermera, pero ningún otro médico.
Marissa continuó leyendo el historial y notó que no era tan completo como el que se había confeccionado sobre el doctor Richter en la clínica de su mismo nombre. No había mención de recientes viajes ni de contacto con animales, pero los estudios de laboratorio eran impresionantes. Si bien aún no estaban todos los resultados, los que había indicaban lesiones de hígado y riñón. Por consiguiente, todo apuntaba hacia la fiebre hemorrágica Ébola.
Cuando terminó de leer el historial clínico, preparó lo necesario para recoger y empaquetar las muestras virales. Luego una enfermera la acompañó hasta el sector aislado, donde se puso la mascarilla, gorro, guantes, botas y gafas.
En la habitación de Zabriski había otras dos mujeres con similar indumentaria. Una de ellas era enfermera y la otra, médico.
–¿Cómo está el paciente? – preguntó Marissa acercándose a la cama.
La pregunta fue retórica, pues el estado del enfermo saltaba a la vista.
Lo primero que notó fue la erupción en el torso. Segundo, signos de hemorragia, ya que se advertía flujo por la sonda nasogástrica. El doctor Zabriski se hallaba consciente aunque en grado mínimo, y no estaba en condiciones de responder preguntas.
Una breve conversación con la doctora encargada confirmó las impresiones de Marissa. El enfermo había empeorado durante el día, particularmente en el curso de la última hora, puesto que comenzaba a observarse un progresivo descenso de la presión sanguínea.
No necesitó ver más. Clínicamente el caso de ese hombre era horriblemente parecido al del doctor Richter. Hasta que no se demostrara lo contrario, debía suponerse que el doctor Zabriski y los dos casos posteriores ingresados en el hospital padecían fiebre hemorrágica Ébola.
La enfermera la ayudó a obtener muestras de tejido nasal, de sangre y orina. Marissa procedió tal como había hecho en Los Ángeles: guardando el material en una bolsa y luego en otra y desinfectando la parte externa de ambas con hipoclorito de sodio. Después de quitarse el atuendo protector, se
lavó las manos y volvió al despacho de las enfermeras para llamar a Dubchek.
La conversación telefónica fue corta y precisa. Ella manifestó haberse formado la impresión clínica de que se hallaban ante otra epidemia de Ébola.
–¿Y las medidas de aislamiento? – Eso lo han hecho muy bien. –
Nosotros llegaremos cuanto antes -expresó Dubchek-. Tal vez esta misma noche. Entretanto quiero que haga suspender todo estudio en el laboratorio y que supervise la desinfección. Dígales también que organicen la misma cuarentena que se puso en práctica en Los Ángeles para los contactos.
Marissa iba a responderle cuando se dio cuenta de que él había cortado.
Lanzó entonces un suspiro y colgó el receptor. ¡Qué maravillosa relación de trabajo tenía con su jefe!
–Bueno -dijo Marissa a los doctores Taboso y Austin-, manos a la obra.
Rápidamente pusieron en vigor las normas para la cuarentena y la esterilización del laboratorio y ellos aseguraron que esa misma noche se remitirían las muestras al Centro de Atlanta.
Cuando se marcharon a cumplir con sus tareas, Marissa pidió el historial de los otros dos pacientes. Una enfermera, de nombre Pat, se los entregó y dijo:
–No sé si le habrá avisado el doctor Taboso, pero está abajo la señora Zabriski.
–¿También internada? – No, no. Insiste en permanecer en el hospital.
Quería quedarse aquí arriba, pero al doctor Taboso no le pareció una buena idea y le indicó que bajara al vestíbulo de la planta baja.
Marissa dejó un instante los historiales porque no sabía muy bien qué hacer. Resolvió ver a la señora Zabriski puesto que tenía muy pocos datos acerca de las últimas actividades del marido. Además, debía pasar por el laboratorio para controlar la esterilización. Bajó entonces al primer piso.
Miró los rostros de las personas que iban en el ascensor tratando de imaginar cómo reaccionarían cuando se enteraran de que había habido un brote de Ébola en el sanatorio. Al abrirse las puertas en el primer piso, fue la única que se bajó allí.
Pensó que iba a encontrarse con el personal de la noche en el laboratorio, pero le llamó la atención comprobar que el propio director, el doctor Ailhur Rand, patólogo- se hallaba aún en su lugar de trabajo pese a que eran más de las ocho de la noche. Se trataba de un hombre de edad,
pedante, vestido con un chaleco a cuadros, hasta con un reloj de oro pendiente de una cadena que le asomaba por un bolsillo. No demostró estar impresionado de que el CCE hubiese enviado a Marissa, y la expresión de su rostro no varió al informarle ella que, en su opinión, había habido un brote de Ébola en el hospital.
–Tenía entendido que eso apareció en el diagnóstico diferencial.
–El Centro solicitó que no se practiquen más análisis de laboratorio a los pacientes en cuestión, doctor. – Marissa se dio cuenta de que ese hombre no le iba a facilitar la labor-. Esta misma noche traeremos un laboratorio móvil de aislamiento.
–Sugiero que eso se lo comunique al doctor Taboso. – Ya lo he hecho.
También pensamos que habría que desinfectar este laboratorio. En el brote de Los Ángeles, tres de los casos se originaron por el contagio proveniente del laboratorio-Yo con mucho gusto estoy dispuesta a ayudar, si lo desea.