Epidemia

Robin Cook · Capítulo 1 de 3 · parte 4/10

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Epidemia

Prólogo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 10 partes.

–Creo que somos capaces de hacer nuestra propia limpieza -manifestó el doctor con cara de «¿Acaso supone que nací ayer?»

–Si me necesita, no tiene más que avisarme -sostuvo Marissa.

Luego dio media vuelta y se fue. Había hecho todo lo posible.

Ya en la planta baja se encaminó a un bonito salón que se comunicaba con la capilla. No sabía cómo iba a reconocer a la señora Zabriski, pero felizmente era la única persona que se hallaba en la habitación.

–Señora Zabriski -dijo Marissa con voz suave, y la mujer levantó la cabeza. Tenía alrededor de cincuenta años, y el pelo entrecano. Por los ojos enrojecidos era obvio que había estado llorando-. Soy la doctora Blumenthal. Perdone que la moleste, pero necesito formularle unas preguntas.

Una sombra de terror cruzó por los ojos de la mujer. – ¿Carl ha muerto?

– No. – Pero va a morir, ¿verdad? – Señora -dijo Marissa con deseos de eludir un tema tan espinoso, máxime porque le parecía correcta la intuición de la mujer. Se sentó a su lado para hablarle-. No soy uno de los profesionales que atiende a su marido sino que estoy aquí para averiguar qué clase de enfermedad padece y cómo la contrajo. ¿No hizo su marido algún viaje durante las últimas… -Iba a decir tres semanas, pero al recordar el viaje del doctor Richter a África, rectificó-, en los últimos dos meses?

–Sí. El mes pasado fue a una convención médica en San Diego y hace una semana, más o menos, estuvo en Boston.

Al oír «San Diego» Marissa se enderezó en su asiento. – ¿Se refiere a un congreso sobre cirugía de párpados realizado en San Diego?

–Creo que sí. Pero la que debe saberlo seguro es Judith, la secretaria de Carl.

La mente de Marissa era un torbellino. ¡Zabriski había concurrido al mismo simposio que el doctor Richter! ¿Acaso otra coincidencia? El único problema era que dicho congreso había tenido lugar unas seis semanas antes, aproximadamente el mismo intervalo de tiempo transcurrido entre el viaje de Richter a África y la aparición de sus síntomas.

–¿No sabe en qué hotel se alojó su marido en San Diego? ¿Podría ser en el Coronado?

–Me parece que sí. Mientras le venía a la mente el papel decisivo que había desempeñado cierto hotel de Filadelfia durante la epidemia de la Enfermedad del Legionario, se interesó por el viaje a Boston del doctor Zabriski. Sin embargo, la señora no sabía con qué motivo había ido y por eso le dio el teléfono de la casa de Judith, secretaria de su marido, ya que ella seguramente estaría al tanto de todo.

Marissa anotó el número y preguntó si al doctor Zabriski no lo había mordido algún mono o si no había estado en contacto con esa clase de animales últimamente.

–No, al menos que yo sepa. Marissa le dio las gracias y se disculpó por haberla molestado, tras lo cual fue a llamar a Judith.

Dos veces tuvo que explicarle a la secretaria quién era y por qué la llamaba a semejante hora. Finalmente Judith le confirmó lo que la señora Zabriski había dicho: que el doctor se había alojado en el Hotel Coronado de San Diego, que no lo había mordido animal alguno y que no tenía idea de que en los últimos tiempos hubiese tenido el menor contacto con monos.

Cuando Marissa le preguntó si Zabriski conocía a Richter, la respuesta fue que ese apellido no aparecía jamás en la correspondencia ni figuraba en su agenda telefónica. Según Judith, el motivo del viaje a Boston fue para colaborar con la organización de la próxima reunión de graduados del Instituto de Ojos y Oídos de Massachussets. Le dio a Marissa el nombre y el teléfono del colega de Zabriski en esa ciudad. En el momento de anotarlo, Marissa se preguntó si el doctor Zabriski, sin darse cuenta, no habría transportado el virus a la zona de Boston. Tendría que comunicar esa posibilidad a Dubchek.

Cuando colgó, recordó de pronto que no había llamado a Ralph desde el aeropuerto. Él contestó con voz de dormido y Marissa le pidió disculpas por despertarlo a esa hora y por no haber hablado con él antes de partir de Atlanta. Cuando le explicó lo que había sucedido, Ralph le contestó que la perdonaría sólo si le prometía llamarlo cada dos o tres días para tenerlo al corriente de la situación.

Luego regresó al pabellón en cuarentena y continuó la lectura de los historiales clínicos. Los últimos dos internados eran una tal Carol Montgomery y el doctor Brian Cester. Ambos habían acusado fiebre alta, terribles cefaleas y dolores abdominales pronunciados. Si bien los síntomas no eran del todo específicos, su intensidad constituía suficiente motivo de alarma. No había referencia alguna a viajes ni contacto con animales en ninguno de los dos pacientes.

Después de reunir el material necesario para la recolección de muestras, Marissa se puso el atuendo protector y fue a visitar a la primera paciente, una mujer un año mayor que la propia Marissa. Sabiendo ese dato, Marissa no pudo menos de identificarse con ella, una abogada que trabajaba en una de las empresas más importantes de la ciudad. Si bien conservaba la lucidez y podía hablar, era evidente que estaba gravemente enferma.

Marissa le preguntó si había viajado últimamente, y la respuesta fue negativa. Al preguntarle si conocía al doctor Zabriski la mujer respondió que sí puesto que era su oculista y que había ido a consultarlo apenas cuatro días antes.

Marissa obtuvo las muestras virales y se marchó acongojada de la habitación. No le gustaba en absoluto hacer un diagnóstico y después no poder tratar la enfermedad. El hecho de haber averiguado información semejante a la del primer brote del virus no era demasiada gratificación.

Esos datos, sin embargo, le trajeron a la memoria una pregunta que también se había formulado en Los Ángeles: ¿Por qué algunos de los pacientes del doctor Richter contrajeron el mal y otros no?

Después de ponerse una nueva indumentaria protectora fue a ver al doctor Brian Cester. Le formuló las mismas preguntas y obtuvo las mismas respuestas también, salvo cuando le preguntó si Cester había sido paciente de Zabriski.

–No -respondió cuando se le pasó un espasmo abdominal-. Jamás he ido a un oculista.

–¿No trabaja usted con él? – De vez en cuando hago anestesias para sus pacientes, – El dolor lo obligó a contraer el rostro. Cuando se repuso agregó-: Jugamos juntos al tenis más un poco a menudo de lo que trabajo con él. De hecho, tuvimos un partido hace apenas cuatro días.

Marissa extrajo las muestras y se retiró, más confundida que nunca.

Creía que para transmitir la enfermedad hacía falta un contacto bastante estrecho -particularmente por una membrana mucosa-, pero jugar al tenis con alguien no parecía atenerse a ese esquema.

Después de enviar el segundo juego de muestras virales, volvió al estudio del historial del doctor Zabriski. Volvió a leerlo hasta el más mínimo detalle y empezó a confeccionar el mismo tipo de diario que hiciera para el doctor Richter. Agregó los datos proporcionados por la esposa y la secretaria del enfermo, sabiendo que tendría que volver a consultar a ambas.

Pese a que ese trabajo no había bastado para determinar el foco del virus en el brote de Los Ángeles, tenía la esperanza de que, con el mismo método, pudiera hallar en el caso de Zabriski el elemento común aparte del hecho de que ambos habían asistido al mismo congreso de oftalmología en San Diego.

Eran más de las doce cuando llegaron Dubchek, Vreeland y Layne.

Marissa se alegró de verlos, máxime porque el estado clínico de Zabriski continuaba empeorando. El médico que lo atendía había pedido unos análisis de sangre de rutina para determinar su grado de hidratación, y Marissa se sintió entre la espada y la pared; entre la necesidad de tratar al paciente y por otro lado la de proteger el hospital. Por último autorizó sólo aquellos estudios que podían llevarse a cabo en la habitación del enfermo.

Después de un brevísimo saludo, los médicos del Centro no prestaron la menor atención a Marissa, mientras se esforzaban por poner en funcionamiento el laboratorio móvil y por mejorar el aislamiento de los pacientes. El doctor Layne había hecho llevar enormes extractores de aire, y el doctor Vreeland bajó en el acto a las oficinas de administración para intercambiar opiniones sobre la forma de perfeccionar la cuarentena.

Marissa volvió a consultar los historiales clínicos pero muy pronto agotó la información que éstos podían suministrarle. Se levantó y se encaminó al laboratorio móvil de aislamiento. Dubchek se había quitado la americana y arremangado la camisa mientras trabajaba con los dos químicos del Centro. Se había producido una avería eléctrica en el aparato.

–¿Puedo ayudar en algo? – Que yo sepa, no -le respondió Dubchek sin levantar la mirada y de inmediato se puso a hablar con uno de los técnicos para sugerirle que cambiara los electrodos.

–Necesito que me dedique un minuto para informarle lo que he investigado -dijo Marissa, ansiosa por comentar el hecho de que Zabriski había asistido a la misma convención de oftalmología en San Diego que el doctor Richter.

–Tendrá que esperar. Hacer funcionar este laboratorio es más importante que cualquier teoría epidemiológica.

Regresó al despacho de las enfermeras hecha una furia. No creía merecer el sarcasmo de Dubchek. Si lo que se había propuesto era minimizar el aporte hecho por ella, lo había logrado. Se sentó a meditar las alternativas que se le presentaban. Podía quedarse en la esperanza de que él le concediera diez minutos, a su conveniencia, o bien podía irse a dormir.

Ganaron las ganas de dormir. Entonces guardó los papeles en la cartera y regresó a la planta baja a buscar su maleta.

La telefonista la despertó a las siete. Después de tomar una ducha y vestirse se dio cuenta de que ya no estaba tan furiosa con Dubchek. Al fin y al cabo había que comprender que, si resultaba imposible controlar el brote de Ébola, el responsable sería él, no ella.

Cuando llegó al pabellón de aislamiento, uno de los médicos del Centro le informó que Dubchek había regresado a su hotel a las cinco de la madrugada. En cuanto a Vreeland y Layne, no sabía dónde estaban. En el despacho de las enfermeras reinaba el caos. Durante la noche habían sido internados cinco pacientes más con diagnósticos de presunta fiebre hemorrágica Ébola. Marissa recibió las fichas, pero como al colocarlas en orden advirtió que faltaba la de Zabriski, se la pidió a una enfermera.

–El doctor Zabriski falleció hoy a las cuatro. La noticia, no por esperada, dejó de impresionarla, tal vez porque inconscientemente había estado esperando un milagro. Se sentó y se cubrió la cara con las manos. Al cabo de un momento hizo esfuerzos por leer los nuevos historiales. Iba a ser más fácil si se mantenía ocupada. Sin darse cuenta, se tocó el cuello y notó una zona blanda. ¿Sería un ganglio linfático hinchado?

Le agradó que la interrumpiera el doctor Layne, director del programa de enfermedades infecciosas del CCE. Por las oscuras ojeras, por la expresión de agotamiento y la barba crecida resultaba obvio que apenas si había dormido en una cama. Marissa le sonrió; le gustó su físico de

espaldas anchas y su rostro curtido que le recordaban a un ex jugador de fútbol americano. Layne se sentó pesadamente, al tiempo que se masajeaba las sienes.

–Me da la impresión de que esto va a ser tan problemático como Los Ángeles -dijo-. Están a punto de subir a otro paciente y ya hay uno más en urgencias.

–Acabo de empezar a mirar los nuevos historiales -afirmó Marissa sintiéndose súbitamente culpable por haberse ido la noche anterior.

–Bueno, le digo una cosa: todos los nuevos pacientes parecen haber contraído la enfermedad en el sanatorio, y eso es lo que más me preocupa.

–¿Son todos pacientes del doctor Zabriski? – Ésos lo son -respondió el doctor Layne señalando las fichas que tenía Marissa ante sí-. Todos fueron atendidos últimamente por él. Al parecer los inoculó durante la consulta.

Los casos nuevos son ambos pacientes del doctor Cester, que fue el anestesista en los casos quirúrgicos de los últimos diez días.

–¿Cree usted que el doctor Cester contrajo el mal de la misma forma que el doctor Zabriski?

Layne meneó la cabeza. – No. Hablé extensamente con Cester y me enteré de que solía jugar al tenis con Zabriski.

Marissa hizo un gesto de asentimiento. – Pero -dijo-, ¿acaso bastaría con ese contacto? – Unos tres días antes de enfermar Zabriski, Cester le pidió prestada la toalla entre un set y otro. Creo que ahí se produjo el contagio, porque aparentemente la transmisión de virus requiere un contacto real de secreciones del cuerpo. Creo que Zabriski es otro foco de contagio, tal como el doctor Richter.

Marissa se sintió estúpida. Había dejado de interrogar a Cester antes de enterarse de un dato crucial. Esperaba no volver a cometer el mismo error.

–Ojalá supiéramos cómo se introdujo el Ébola en el hospital en primer lugar -expresó retóricamente el doctor Layne.

Con cara de cansado, pero ya afeitado y bien vestido como siempre, Dubchek llegó al despacho de las enfermeras. Marissa se sorprendió al verlo. Si realmente se había ido a las cinco, apenas había tenido tiempo de darse una ducha y cambiarse, y mucho menos de dormir un poco.

Antes de que Dubchek pudiese enfrascarse en una conversación con Layne, Marissa aprovechó para informarles a ambos que Zabriski había asistido a la misma convención médica, en San Diego, que Richter y que se habían alojado también en el mismo hotel.

–Fue hace demasiado tiempo como para que tenga importancia -opinó Dubchek, dogmático-. Ese congreso se realizó hace más de un mes y medio.

–Pero parece ser el único punto de contacto entre ambos médicos -

protestó Marissa-, y pienso que habría que investigar más en esa dirección.

–Como usted quiera. Mientras tanto, baje a patología y cerciórese de que se tomen todas las precauciones cuando se haga la autopsia de Zabriski esta mañana. Y dígales que se obtengan especimenes por congelación rápida de hígado, corazón, cerebro y bazo para aislamiento viral.

–¿Y de riñón no? – quiso saber Layne. – Sí, de riñón también.

Marissa partió con la sensación de ser la chica de los recados. Se preguntó si alguna vez recobraría el respeto de Dubchek, y al recordar cómo lo había perdido, su estado depresivo dio paso a una oleada de indignación.

En patología -donde reinaba una actividad febril le indicaron el camino hasta las salas de autopsia para buscar al doctor Rand. Al recordar sus modales pedantes y engreídos, no sintió el menor deseo de encontrarse con él. Las salas de autopsia estaban todas revestidas de azulejos blancos y brillante acero inoxidable. El penetrante olor a formalina le hizo saltar las lágrimas. Uno de los técnicos le informó que la autopsia de Zabriski se efectuaría en la sala tres. – Si desea presenciarla tiene que ponerse la ropa especial, porque es un caso sucio -le dijo.

Con el miedo que tenía de contraer el Ébola, Marissa obedeció de buen grado. Al entrar en la estancia vio que el doctor Rand estaba a punto de empezar. El doctor levantó la mirada de la mesa de terroríficas herramientas donde yacía el cadáver de Zabriski dentro de una bolsa de plástico transparente.

–¡Hola! – saludó Marissa. ¿Por qué no mostrar un estado de ánimo jovial? Al no recibir respuesta, procedió a transmitir las peticiones del CCE

al patólogo y éste accedió a proporcionar las muestras. Marissa sugirió luego el uso de gafas.

–Tanto en Los Ángeles como aquí, varios casos se contagiaron a través de la membrana conjuntiva -explicó.

El doctor Rand protestó con un gruñido y desapareció para volver luego con un par de gafas puestas. Sin mediar palabra, le entregó otro par a Marissa.

–Ah, y otra cosa -agregó ella-. El Centro recomienda evitar el uso de sierras eléctricas en casos de esta índole debido a la intensa formación de aerosol que se produce.

–Yo no pensaba utilizar ninguna herramienta eléctrica -sostuvo el doctor Rand-. Por extraño que le parezca, he tenido otros casos infecciosos en mi carrera.

–Entonces supongo que no debo advertirle que tenga cuidado de no cortarse los dedos -le replicó ella-. Un patólogo murió de fiebre hemorrágica viral precisamente por esa causa.

–Sí, ya me acuerdo. Fue la fiebre Lassa. ¿Nos honrará con alguna otra indicación? – No -repuso Marissa.

El patólogo hizo un corte en la bolsa plástica. Marissa n0 sabía qué hacer, si irse o quedarse. La indecisión se trocó en inacción: se quedó.

Por un micrófono de techo que funcionaba a pedal, el doctor Rand comenzó a describir las marcas externas del cadáver. Su voz adquirió ese tono monocorde que Marissa recordaba de sus épocas de estudiante de medicina. Sólo regresó al presente al oír que Rand mencionaba una herida suturada en el cuero cabelludo. Eso era un dato inédito que no había aparecido en la ficha, como tampoco el corte en el codo derecho ni el moretón del muslo derecho.

–¿Esas magulladuras se produjeron antes o después de la muerte?

–Antes -respondió Rand sin preocuparse por disimular el fastidio que le causaba la interrupción.

–¿Qué tiempo les calcula usted? – insistió ella, sin prestar atención al tono del patólogo.

Se inclinó para observarlas más de cerca. – Una semana aproximadamente. Dos días más o menos. Podríamos determinarlo si hiciéramos secciones microscópicas, pero dado el estado del paciente no me parece que sean tan importantes. Y ahora, si me lo permite, quisiera reanudar el trabajo.

Obligada a dar un paso atrás, Marissa reflexionó acerca de esos traumatismos. Quizá tuvieran una explicación como por ejemplo que Zabriski se hubiera caído mientras jugaba al tenis. Lo que le preocupaba era el hecho de que la magulladura y el corte en el cuero cabelludo no figuraran en el historial clínico ya que a ella le habían enseñado que todo debía constar en la ficha personal. No bien Rand hubo concluido y ella pudo cerciorarse de la correcta obtención de las muestras de tejido, resolvió averiguar la causa de las heridas.

Usó el teléfono de patología para comunicarse con Judith, la secretaria de Zabriski. Lo dejó sonar veinte veces pero no contestaron. Como no

deseaba molestar a la esposa de Zabriski, decidió probar suerte en el consultorio que debía de hallarse en la misma clínica. Allí se dirigió y encontró a Judith ante su escritorio.

–Judith era una chica de veintitantos años y aspecto frágil. Al notarle el maquillaje corrido, Marissa se dio cuenta de que había estado llorando. Pero además de triste, la chica parecía aterrorizada.

–La señora Zabriski está enferma -contó en cuanto Marissa se presentó-.

Hablé con ella hace un momento. Está abajo, en la sala de urgencias, pero van a internarla. Se cree que tiene lo mismo que tuvo el marido. Dios mío,

¿también yo me voy a contagiar? ¿Cuáles son los síntomas?

Con cierta dificultad Marissa la tranquilizó lo suficiente como para contarle que en el brote de Los Ángeles, la secretaria del médico no había contraído el mal.

–De todos modos yo me voy de aquí -dijo Judith abriendo un cajón del escritorio y sacando un jersey que arrojó dentro de una caja de cartón.

Evidentemente ya estaba recogiendo sus cosas-. Y no soy la única. Ya son varios los miembros del personal que anunciaron que se van también.

–Créame que la comprendo. – Marissa se preguntó si no habría que declarar en cuarentena a todo el sanatorio En la Clínica Richter esa medida había sido terrible de poner en práctica en el aspecto logístico-. Vine a hacerle una pregunta.

–Desde luego -aceptó Judith, mientras continuaba vaciando los cajones del escritorio.

–El doctor Zabriski tenía varias magulladuras y un corte en la cabeza, corno si se hubiera caído. ¿No sabe usted qué le pasó?

–Ah, no fue nada -respondió la joven restándole importancia al asunto con un ademán-. Lo asaltaron la semana pasada en una galería comercial adonde había ido a comprar el regalo de cumpleaños a su mujer. Le robaron la billetera y el Rolex de oro, y creo que lo golpearon en la cabeza.

Así quedaba resuelto el misterio de las lesiones. Marissa permaneció unos minutos observando cómo Judith guardaba sus cosas en la caja, tratando de ver si tenía alguna otra pregunta. Como no se le ocurrió ninguna, se despidió encaminándose al pabellón de aislamiento. En muchos sentidos se sentía tan atemorizada como Judith.

El pabellón de aislamiento había perdido su anterior tranquilidad. Con tantos nuevos pacientes hubo que convocar a todo el personal y las

enfermeras estaban abrumadas de trabajo. El doctor Layne estaba sentado, realizando anotaciones en varios historiales clínicos.

–Bienvenida al manicomio. Tenemos cinco internados más, y entre ellos, la señora Zabriski.

–Sí, ya me enteré. Marissa tomó asiento a su lado. Qué pena que Dubchek no la tratara como el doctor Layne, o sea, como a un colega.

–Hace un rato llamó Tad Schockley. Se confirmó que es Ébola.

Marissa sintió un estremecimiento en la espalda. El doctor Layne prosiguió:

–De un momento a otro llegará el ministro de Sanidad del Estado para decretar la cuarentena. Parece ser que numerosos integrantes del personal están abandonando sus funciones: enfermeras, químicos, incluso algunos médicos. El doctor Taboso se vio muy apurado para nombrar personal en este pabellón. ¿No ha visto el periódico local?

Marissa le indicó que no con un movimiento de cabeza. Estaba tentada de decir que ella tampoco deseaba quedarse si con ello exponía su vida.

–El titular es: «¡Regresa la Peste!» -El doctor Layne hizo una mueca de desagrado-. A veces los medios informativos son muy irresponsables.

Dubchek no quiere que nadie hable con la prensa. Que todas las preguntas se las dirijan a él.

Marissa se- volvió al oír que se abría la puerta del ascensor para pacientes. En ese momento salía una camilla cubierta con una tienda de plástico transparente para aislamiento. Cuando pasó a su lado reconoció a la señora Zabriski y volvió a estremecerse, preguntándose si de verdad habría sido exagerado el titular del periódico.

10 de abril

Se llevó a la boca otra cucharada de esa clase de postres que sólo se permitía en raras ocasiones. Era la segunda noche en Atlanta desde su regreso y Ralph la había invitado a cenar en un restaurante francés íntimo.

Al cabo de cinco semanas de dormir poco y tener que soportar lo que le servían en la cafetería del hospital, la comida delicada le resultaba una verdadera exquisitez. Notó que, como no había bebido una gota de alcohol en todo ese tiempo, el vino se le subía a la cabeza. Se daba cuenta de que estaba demasiado locuaz, pero Ralph parecía contento de escucharla.

Se disculpó por hablar tanto de su trabajo y señaló como pretexto la copa de vino vacía.

–No tienes por qué disculparte. Sería capaz de quedarme escuchándote la noche entera. Me resulta fascinante lo que habéis podido hacer tanto en Los Ángeles como en Saint Louis.

–Pero de todos modos yo te tenía al corriente cuando estaba fuera -

protestó Marissa, refiriéndose a las frecuentes charlas telefónicas. Durante su estancia en Saint Louis le llamaba cada dos o tres días. Sentía que con Ralph podía poner a prueba sus teorías, y hablar con él le servía además para disipar la frustración por el hecho de que Dubchek se empeñara en ignorarla. Ralph se mostró siempre comprensivo.

–Me gustaría que me contaras algo más sobre la reacción que se produjo en la ciudad. ¿Cómo lograron las autoridades y el personal médico del sanatorio vencer el pánico considerando que esta vez hubo treinta y -siete casos fatales?

Marissa le tomó la palabra y procuró describir la conmoción que hubo en el hospital de Saint Louis. Tanto el personal como los pacientes se indignaron cuando se impuso la cuarentena, y el doctor Taboso le confesó después, apesadumbrado, que suponía que el hospital iba a cerrar cuando se levantara la medida. A mí todavía me aflige la posibilidad de haber contraído la enfermedad. Cada vez que me duele la cabeza, pienso: «Me tocó el turno» Y si bien todavía no tenemos idea de dónde procede el virus, Dubchek opina que el foco tiene alguna relación con el personal médico, lo cual no me hace muy feliz que digamos.

–¿Eso crees tú también? Marissa se rió. – Por fuerza debo creerlo. Y de confirmarse esa teoría, tú en particular correrías peligro, puesto que en ambas ocasiones el enfermo portador fue un oculista.

–Ni me lo menciones, porque soy bastante supersticioso.

Marissa se echó hacia atrás para que el camarero le sirviera un segundo café. Estaba buenísimo, pero seguramente se lamentaría de haberlo bebido cuando quisiera dormir.

Cuando el camarero se hubo retirado con los platos del postre prosiguió:

–Sí la teoría de Dubchek es correcta, quiere decir que ambos oculistas de alguna manera tuvieron contacto con el misterioso foco. Hace varias semanas que este tema me tiene intrigada, pero no encuentro la explicación.

El doctor Richter estaba en contacto con monos, más aún, una semana antes de caer enfermo, lo había mordido uno, y se sabe que los monos tienen relación con un virus afín, denominado Marburg. Pero el doctor Zabriski no tuvo el menor contacto con animales.

–¿No me dijiste que había viajado a África? A mí ese dato me parece crucial porque, al fin y al cabo, en África ese virus es endémico. Es cierto, pero los tiempos no coinciden. El período de incubación de él habría sido de seis semanas, mientras que en los demás casos fue de entre dos y cinco días. Además, habría que relacionar un brote con el otro. El.doctor Zabriski no viajó a África, pero el único punto de relación fue que ambos profesionales asistieron al mismo congreso médico de San Diego. Y una vez más te digo -eso fue seis semanas antes de que enfermara Zabriski. Es una locura.

Marissa hizo un ademán como si se, diera por vencida.

–Alégrate de que por lo menos pudieron dominar los brotes. Dicen que fue peor cuando apareció el virus en África.

–Es cierto. En el brote de 1976 de Zaire se supone que el portador pudo haber sido un estudiante universitario estadounidense y hubo trescientos dieciocho enfermos, de los cuales doscientos ochenta murieron. – Por eso te lo digo -exclamó Ralph, contento de poder levantarle el ánimo. Dobló luego su servilleta y la dejó sobre la mesa-. ¿No quieres que pasemos por casa a tomar una copa?

Marissa lo miró y no pudo menos de asombrarse por lo cómoda que se sentía con él. Lo sorprendente era que la relación se había afianzado por teléfono.

–Sí, desde luego -aceptó con una sonrisa. Cuando salían del restaurante ella lo tomó del brazo. Antes de subir al coche él le abrió la portezuela y Marissa pensó que no le costaría nada acostumbrarse a ese trato.

Por el cariño con que tocaba los instrumentos y el volante de su nuevo Mercedes 300 SDL, resultaba obvio que a Ralph le encantaba. Marissa pudo apreciar el confortable interior, pero los coches nunca le llamaron demasiado la atención. Tampoco podía entender por qué la gente se compraba vehículos diesel, con el desagradable ruido que hacían. «Son económicos», lo justificaba Ralph. Pero al contemplar los detalles de lujo, se maravillaba de que alguien pudiese engañarse pensando que un Mercedes caro era económico.

Durante un rato no conversaron, lo cual la llevó a plantearse si había sido una buena idea ir a casa de él a esas horas de la noche. Pero al mismo tiempo confiaba en Ralph y estaba dispuesta a que la relación avanzara un poco más. Se volvió para mirarlo en la semipenumbra. Ralph tenía un perfil recio, con una nariz importante como la de su padre.

Cuando estuvieron en el sofá de la sala de estar, cada uno con una copa de coñac, Marissa mencionó algo que no había querido contarle a Dubchek debido a esa actitud de superioridad que había asumido él en los últimos tiempos.

–En los dos casos de los enfermos portadores del virus se da un detalle que resulta insólito. Ambos hombres fueron asaltados pocos días antes de contraer la enfermedad -dijo y aguardó una respuesta.

–Muy sospechoso -concordó Ralph, guiñando un ojo-. ¿Insinúas que alguien lleva consigo el virus, roba a la gente y transmite la enfermedad?

Marissa se rió. – Parece una estupidez, lo reconozco, y por eso no se lo he dicho a nadie.

–Sin embargo, hay que pensar en todo. Es el viejo estilo de la medicina, cuando nos enseñaban que había que preguntarlo todo, incluso en qué trabajaba el bisabuelo materno en su país de origen.

Marissa llevó la conversación expresamente al trabajo de Ralph y a su casa, sus dos temas preferidos. Como pasaba el tiempo y él no intentaba un acercamiento, se preguntó si el motivo no seria el miedo a que ella se hubiese contagiado del virus. Después, para empeorar las cosas, Ralph la invitó a dormir en el cuarto de huéspedes.

Marissa se ofendió, quizá tanto como si él hubiese tratado de desnudarla al entrar en la casa. Entonces le contestó que gracias, que no quería dormir en su cuarto de huéspedes sino en su propia casa, con la perra. Esas últimas palabras quisieron ser una suerte de insulto que Ralph ni siquiera comprendió. Por el contrario, siguió hablando de los planes que tenía para redecorar la planta baja de la casa, ya que la había habitado un tiempo suficiente como para saber a ciencia cierta qué era lo que quería.

Honestamente Marissa no sabía qué habría hecho si Ralph hubiese intentado un contacto físico. Para ella era un buen amigo, pero aún no le despertaba sentimientos románticos. En ese sentido, le gustaba mucho más el físico de Dubchek.

El hecho de pensar en Cyrill le recordó algo: -¿De dónde conoces- al doctor Dubchek, Ralph? – preguntó.

–Lo conocí cuando dio una conferencia a los residentes de oftalmología en el Hospital de la Universidad. Ciertos virus raros, tales como el Ébola e incluso el SIDA, fueron localizados en las lágrimas y en el humor acuoso.

Algunos llegan incluso a causar uveítis anterior.

–Ah -asintió Marissa como si entendiera, aunque en realidad no tenía la menor idea de lo que era la uveítis anterior.

Después le pareció que ese momento era tan bueno como cualquier otro para pedirle a Ralph que la llevara a su casa.

En el curso de los días siguientes se adaptó a una vida más normal, aunque cada vez que sonaba el teléfono, lo primero que pensaba era que seguramente le avisaban sobre un nuevo brote de Ébola. Recordó lo que había decidido con anterioridad y dejó preparada una maleta abierta en el armario, a la que sólo le faltaba el estuche de los cosméticos para poder salir de viaje en pocos minutos si surgía la necesidad. En el trabajo las cosas iban mejorando. Tad la ayudó a perfeccionar sus técnicas de laboratorio para los análisis virales y a redactar una propuesta de investigación sobre el Ébola. Como no se le ocurría ninguna hipótesis viable en relación con el posible foco del virus, decidió profundizar el tema de la transmisión.

Tomando como punto de partida la enorme cantidad de datos que reunió en Los Ángeles y Saint Louis, ideó unos complicados diagramas para ilustrar el contagio de la enfermedad de una persona a otra. También había logrado una descripción minuciosa de todos aquellos que fueron contactos primarios y sin embargo no contrajeron la enfermedad. Tal como sugiriera el doctor Layne, hacía falta un contacto personal cercano, presumiblemente por medio de una membrana mucosa aunque, a diferencia del SIDA, sólo había habido transmisión sexual en dos casos: entre el doctor Richter y su secretaria, y entre el doctor Zabriski y su esposa. Dado que la fiebre hemorrágica podía contagiarse entre dos desconocidos que compartieran una toalla o ante un mínimo roce casual, el Ébola hacía parecer el terror del SIDA como una tempestad en un vaso de agua.

Lo que Marissa deseaba hacer era poner a prueba su teoría utilizando conejillos de indias. Desde luego sería imprescindible utilizar el laboratorio de máximo riesgo, pero aún no había obtenido el permiso necesario.

–¡Sorprendente! – exclamó Tad una tarde, cuando Marissa le demostró una técnica que había inventado para salvar cultivos virales contaminados por bacterias-. Me imagino que ahora Dubchek no va a poder rechazar tu propuesta.

–No estés tan seguro. – Dudaba sobre si debía contarle o no lo que le había pasado con Dubchek en Los Ángeles, pero una vez más resolvió callarse porque no iba a ganar nada, y quizás hasta le trajera problemas a Tad en su relación con Cyrill.

Entraron en la oficina de Tad y se sentaron a tomar un café.

–Cuando estuvimos en el laboratorio de máximo riesgo me dijiste que allí se almacenaba todo tipo de virus, incluso el Ébola.

–Tenemos especimenes congelados de todos los brotes, y también de los últimos brotes tuyos.

Marissa no sabía bien qué impresión le causaba que la gente calificara las recientes epidemias como «de ella». Sin embargo, no expresó su pensamiento sino que, en cambio, preguntó:

–¿Hay algún otro sitio donde se almacene el virus Ébola aparte de nuestro Centro?

Tad, pensó unos instantes. – No estoy seguro. ¿Te refieres a Estados Unidos?

Ella asintió.

Es probable que el ejército tenga algunas muestras en el Centro para la Guerra Biológica, de Fort Detrick. El director trabajaba antes aquí y a él le interesaban las fiebres hemorrágicas virales.

¿El ejército cuenta con un laboratorio de máximo riesgo?

Tad lanzó un silbido.

–¡Por Dios! ¡Tienen de todo! – ¿Y dices que al director de Fort Detrick le interesan las fiebres hemorrágicas virales?

–Fue uno de los enviados a Zaire para combatir el primer brote de Ébola.

Marissa bebió un sorbo de café pensando que eso era una llamativa coincidencia. En su mente comenzaba a gestarse-una idea, pero tan desagradable que -como ya la imaginaba- no podía considerarla siquiera una hipótesis posible.

–Un momento, señorita -le pidió un centinela uniformado, de fuerte acento sureño. Se había detenido frente al portón de acceso a Fort Detrick. –

Aunque había intentado durante varios días alejar la sospecha de que pudiese ser el ejército el culpable de haber soltado el Ébola en medio de una población confiada, finalmente decidió utilizar su día de descanso para investigar por su cuenta. Los dos asaltos cometidos seguían llamándole poderosamente la atención.

Fue apenas un vuelo de hora y media hasta Maryland, luego un breve trayecto en un coche alquilado. Se valió de su experiencia en el manejo del Ébola como pretexto para poder hablar con quienquiera que estuviese

familiarizado con tan extraño virus y el coronel Woolbert accedió a su petición de buen grado.

El centinela regresó hasta el coche. – La esperan en el edificio número 18. Le entregó un pase que debía ponerse en la solapa de la chaqueta deportiva y luego la sorprendió haciéndole un saludo militar. La barrera blanca y negra se levantó y Marissa entró en la base.

El edificio 18 era una estructura de cemento, sin ventanas y con techo plano. Cuando Marissa se bajó del coche, la saludó con el brazo un hombre de mediana estatura vestido de civil. Era el coronel Kermeth Woolbert.

Le notó más aspecto de profesor universitario que de oficial del ejército.

El hombre adoptó una actitud amistosa, y se mostró sumamente feliz con la visita de Marissa. De entrada le dijo que era la investigadora más hermosa y diminuta que hubiese conocido jamás, y Marissa no lo tomó a mal.

Dentro del edificio se tenía la sensación de estar en un búnker al que se accedía por una serie de puertas correderas de acero que se accionaban por control remoto. Encima de cada una, había pequeñas cámaras de televisión.

El laboratorio mismo, sin embargo, parecía como cualquier otro laboratorio de un hospital moderno, hasta con la imprescindible cafetera sobre el mechero Bunsen. La única diferencia era la falta de ventanas.

Al cabo de un breve recorrido durante el cual no se mencionó que hubiera un sector de máximo riesgo, el coronel Woolbert la llevó a la cafetería, que no era más que una habitación con varias máquinas expendedoras. La invitó a una pasta y a una Pepsi y se sentaron ante una mesita.

Sin que ella se lo preguntara, Woolbert le contó que se había iniciado en el Centro para el Control de Enfermedades como oficial del SIE, el Servicio de Inteligencia en Epidemiología, a fines de la década de los cincuenta, y se había interesado cada vez más en la microbiología, y en los últimos tiempos en la virología. En los años setenta volvió a la universidad a estudiar con una beca del gobierno para obtener el doctorado.

–A mí esto me ha gustado mucho más que tener que curar anginas y dolores de oídos.

–¡No me diga que usted también fue pediatra! – exclamó ella.

Se rieron mucho al enterarse de que ambos habían practicado en el Hospital de Niños de Boston. Woolbert pasó luego a contarle cómo fue a parar a Fort Detrick. Parece ser que siempre hubo intercambio de gente entre Detrick y el Centro de Atlanta, y el ejército lo tentó con una oferta que

no pudo despreciar. El laboratorio y el instrumental eran excelentes -los mejores-, pero lo más importante era que no tenía que rebajarse para conseguir que le asignaran fondos.

–¿No le remuerde la conciencia el objetivo final de esta investigación?

–No -respondió el coronel-, porque el setenta y cinco por ciento de la investigación que practicamos es para defender a Estados Unidos de un ataque biológico, de modo que todo mi esfuerzo se canaliza en neutralizar virus como el Ébola.

Marissa asintió: nunca había pensado en eso. – Además -prosiguió el militar-, me dan una libertad total de movimiento. Puedo trabajar en lo que más me plazca.

–¿A qué se dedica en este momento? – preguntó ella inocentemente.

Se produjo un silencio. Al coronel le brillaban los ojos azules.

–Supongo que no violo el secreto militar contándoselo puesto que ya he publicado varios artículos vinculados con el tema. Hace tres años que vengo estudiando el virus de la influenza.

–¿No el Ébola? El coronel negó con la cabeza. – No. El último estudio que hice sobre el Ébola fue hace muchos años.

–¿Nadie de aquí está investigando el Ébola? Woolbert titubeó, pero luego dijo:

–Creo que no hay problema en que le conteste, ya que el Pentágono mismo publicó un trabajo sobre su política el año pasado en Estudios Estratégicos. La respuesta es no. No hay nadie que se dedique al Ébola, ni siquiera los soviéticos, fundamentalmente porque no existe la vacuna ni el tratamiento para ese virus. Se cree que, si se lo dejara en libertad, el Ébola se transmitiría como un reguero de pólvora tanto entre las tropas enemigas como en las propias.

–Pero no ha sido así. – Lo sé -reconoció Woolbert con un suspiro-. He seguido con gran interés los acontecimientos de los dos últimos brotes.

Algún día tendremos que revisar lo que conocemos sobre ese organismo.

–Por favor, pero que no sea por culpa mía. – Lo último que deseaba Marissa era despertar en el ejército el interés por el Ébola. Al mismo tiempo sintió un gran alivio al saber que los militares no estaban jugando con tan peligroso virus-. Me contaron que usted había formado parte del equipo internacional que fue enviado a Yambuku en 1976.

–Casualmente por eso soy capaz de valorar la labor de ustedes. Le digo que, cuando estuve en África, me asusté muchísimo.

Marissa sonrió. El coronel le caía muy bien y le inspiraba confianza.

–Usted es el primero que reconoce haberse atemorizado. Yo misma he tenido que luchar contra mi propio miedo desde el día en que me enviaron a Los Ángeles.

–Y con razón. El Ébola es un bicho extraño. Si bien da la impresión de que puede anulárselo con facilidad, es tremendamente infeccioso, ya que sólo hace falta que entren dos organismos para que se produzca la enfermedad. Y eso es una diferencia notable con respecto al SIDA, que exige la entrada de miles de millones de virus, y aun así sólo existen pocas probabilidades estadísticas de que el individuo se contagie.

–¿Y el origen del virus? Oficialmente se ha dado a conocer que nunca se descubrió el foco en África pero, ¿cuál es su opinión?

–Yo creo que se trata de una enfermedad animal y que en algún momento se la aislará, comprobándose que proviene del mono africano ecuatorial y por lo tanto es una zoonosis, una enfermedad de los animales vertebrados que ocasionalmente se transmite al ser humano.

–¿Entonces está de acuerdo con la posición oficial del CCE sobre los últimos brotes?

–Por supuesto. ¿Acaso hay otra explicación? Marissa se encogió de hombros. – Tiene alguna muestra de Ébola aquí? – No -respondió el coronel-. Pero sé dónde se la puede encontrar. _Yo también -contestó Marissa.

Bueno, eso no era del todo cierto. Tad le había dicho que se hallaba en el laboratorio de máximo riesgo, pero ella no sabía exactamente en qué sitio. Aquella vez que recorrieron en secreto el lugar, se olvidó de preguntárselo.

17 de abril

El teléfono debió de haber sonado un buen rato hasta que por fin Marissa se volvió para atenderlo. La telefonista del Centro en seguida le pidió disculpas por despertarla a semejante hora. Marissa procuró incorporarse mientras la joven le informaba que tenía en línea una llamada de Phoenix (Arizona). De inmediato Marissa le dio autorización para que se la pasara.

Colgó y esperó que el teléfono volviera a sonar. Entretanto aprovechó para ponerse una bata y mirar la hora. Eran las cuatro de la madrugada, o sea las dos en Phoenix. Pocas dudas le quedaban de que alguien había descubierto otro supuesto caso de Ébola.

El teléfono volvió a sonar. – Habla la doctora Blumenthal. La voz de su interlocutor distaba de ser calmada. Se presentó como el doctor Guy Weaver, director de Epidemiología del Estado de Arizona.

–Perdóneme que la despierte a estas horas, pero me han avisado que hay un problema muy grave en el Hospital Medicum de Phoenix. Supongo que lo conocerá.

–Le confieso que no.

–Pertenece a una cadena de sanatorios privados que se han asociado con el Grupo Medicum para ofrecer servicios de salud mediante pagos adelantados en este sector de Arizona. Nos aterroriza la posibilidad de que el hospital haya caído presa del Ébola.

–Espero que hayan aislado al paciente porque en… -Doctora -la interrumpió su colega-, no es un caso único sino ochenta y cuatro.

–¡Ochenta y cuatro! – repitió, incrédula. – Si. Cuarenta y dos médicos, trece enfermeras diplomadas, once practicantes de enfermería, cuatro técnicos de laboratorio, seis empleados administrativos, seis más del personal de cocina y dos del sector de mantenimiento.

–Todos al mismo tiempo? – Todos esta noche -le confirmó el epidemiólogo.

A esa hora de la madrugada no había vuelos convenientes a Phoenix, pero la aerolínea Delta ofrecía el vuelo más directo disponible. Apenas se vistió, llamó al oficial de guardia del CCE para avisarle que se marchaba a Phoenix, y que por favor se lo hiciera saber a Dubchek no bien éste llegara a trabajar.

Les dejó una notita a los Judson para pedirles que se llevaran a Taffy y le guardaran la correspondencia, y se dirigió al aeropuerto. El hecho de que el nuevo brote epidémico hubiese comenzado con ochenta y cuatro casos la abrumaba. Ojalá Dubchek y sus colegas pudieran llegar esa misma tarde.

El vuelo fue tranquilo -pese a que hubo dos escalas – y por cierto el avión no iba lleno. Después de aterrizar se encontró con un hombre bajo y rollizo que se presentó como Justin Gardiner, vicedirector del Hospital Medicum.

–Permítame la maleta -dijo Gardiner, pero le temblaba tanto la mano que la maleta se le cayó y tuvo que agacharse para alzarla. Se disculpó aduciendo estar muy nervioso.

–No me extraña -se solidarizó Marissa-. ¿Ha habido más ingresos?

–Varios, y en el sanatorio ha cundido el pánico. Algunos pacientes se han marchado y también miembros del personal, hasta que las autoridades de salud pública declararon la cuarentena. Yo pude venir a recibirla hoy sólo porque ayer tuve el día libre.

Marissa sintió que se le resecaba la boca de miedo al pensar en lo que se podía estar metiendo. La pediatría comenzó a parecerle entonces mucho más interesante.

El sanatorio era, como los anteriores, un edificio muy moderno. ¿Por qué atacaría el Ébola sólo esa clase de construcciones? Las líneas precisas, casi estériles de su arquitectura no parecían el ambiente más apropiado para tan mortal epidemia.

Pese a la hora temprana, la calle frente al sanatorio estaba atestada de periodistas y furgones de la televisión. Frente a ellos se extendía una hilera de policías, algunos de los cuales llevaban puestas mascarillas quirúrgicas.

A la incipiente luz del día, la escena parecía surrealista. El señor Gardiner aparcó detrás de uno de los furgones de la televisión.

–Tendrá que ir usted misma a buscar al director. Yo tengo orden de quedarme fuera para tratar de dominar el pánico. ¡Buena suerte!

Marissa se encaminó a la entrada principal y sacó su credencial. Se la enseñó a un policía, pero éste tuvo que consultar con su superior para ver si podía autorizarla a pasar. Al oír que pertenecía al Centro para el Control de Enfermedades, un grupo de periodistas la rodeó para pedirle alguna declaración.

–Todavía no he podido evaluar la situación en forma directa -respondió mientras los reporteros la empujaban de un lado a otro.

Mentalmente agradeció la presencia de la policía, que obligó a retirarse a la prensa y luego levantó una barricada para permitirle pasar.

Lamentablemente la situación era más caótica dentro del sanatorio. El vestíbulo estaba abarrotado de gente y Marissa volvió a sentirse apretujada.

Al parecer era la primera persona que lograba entrar o salir del edificio en el curso de varias horas.

Algunos eran pacientes, vestidos con pijamas y batas. Todos hacían preguntas al mismo tiempo y exigían respuestas inmediatas.

–¡Disculpen! – gritó alguien a la derecha de Marissa-. ¡Déjenme pasar, por favor! – Un hombre robusto, de cejas pobladas, llegó a su lado-. ¿La doctora Blumenthal? – preguntó.

–Sí -respondió ella, aliviada. El hombre la tomó del brazo, sin advertir que Marissa llevaba la cartera y la maleta. A empellones logró abrir paso para ambos y atravesar el vestíbulo hasta una puerta, que cerró con llave una vez estuvieron dentro de un despacho.

–Lamento muchísimo todo este barullo. Soy Lloyd Davis, director del hospital. Como verá, hay un poco de pánico.

Entraron en el despacho de Davis por la puerta de al lado ya que la de delante estaba cerrada y sujeta con el respaldo de una silla, lo cual la llevó a pensar que el pánico no era tampoco como él decía.

–El personal la está esperando para que le dirija la palabra -afirmó Davis tomando el equipaje de Marissa, para colocarlo junto a su escritorio.

Respiraba con dificultad, como si el esfuerzo de agacharse lo hubiese agotado.

–¿Y los pacientes con síntomas de Ébola? – Por el momento tendrán que esperar -repuso Davis, haciéndole señas para que regresara al pasillo.

–Pero lo prioritario es el aislamiento de los enfermos. – Están bien aislados -le garantizó el director-. De eso se ha ocupado el doctor Weaver. –

Con la mano la empujó suavemente por la espalda para obligarla a dirigirse hacia la puerta-. Por supuesto que acataremos todo lo que usted nos sugiera, pero ahora es preciso que hable con el personal, porque de lo contrario se producirá un motín.

–Espero que no sea tan terrible la situación. Una cosa era que se disgustaran los enfermos y otra muy distinta que el personal médico se dejara dominar por la histeria.

El señor Davis cerró la puerta de su despacho y avanzó por otro pasillo.

–A muchos les aterra la idea de que los obliguen a permanecer en el hospital.

–¿Cuántos más presuntos casos se han diagnosticado desde que dieron aviso al CCE?

–Dieciséis, pero ya no entre miembros del personal. Estos últimos son todos suscriptores del Plan Medicum.

Eso daba la pauta de que el virus ya se hallaba en su segunda generación al haber sido diseminado por los médicos que se contagiaron primero. Al menos ése fue el proceso que se dio en los dos brotes anteriores. Marissa misma temblaba ante la idea de quedar encerrada en el mismo edificio donde había tal grado de contagio, con lo cual tenía serias dudas de poder consolar al personal. Al haber tantas personas infectadas, se

preguntó si podrían dominar el problema tal como lo hicieron en Los Ángeles y Saint Louis. La mera idea de que el virus pudiera comunicarse al grueso de la población la llenaba de espanto.

–¿No sabe si alguno de los enfermos iniciales había sido asaltado en los últimos tiempos? – preguntó como para distraerse, no sólo para obtener una respuesta positiva.

Davis se limitó a mirarla de soslayo y enarcó las cejas como si la considerara loca. Al parecer, ésa fue toda la contestación que merecía semejante pregunta. Y Marissa no pudo menos de recordar la reacción de Ralph.

Se detuvieron frente a una puerta cerrada. Davis sacó su llavero, abrió y así pudieron entrar en el escenario del auditorio. No se trataba de un salón demasiado amplio, ya que sólo tenía capacidad para unas ciento cincuenta personas. Todas las butacas estaban ocupadas, y había además gente de pie al fondo. El murmullo de las conversaciones se acalló cuando Marissa, se encaminó nerviosa al estrado seguida por la mirada de todos los presentes.

Un hombre alto y extraordinariamente flaco se adelantó y le dio la mano. El señor Davis lo presentó como el doctor Guy Weaver, el médico que había hablado con ella por teléfono.

–Doctora Blumenthal -dijo Weaver con una voz gruesa que no concordaba con su delgadez-, no se imagina lo feliz que me hace verla.

Marissa experimentó la incómoda sensación de ser una impostora.

Después de dar unos golpecitos en el micrófono para cerciorarse de que estuviese conectado, el doctor Weaver procedió a presentarla.

Lo hizo en términos tan elogiosos que no pudo menos de sentirse cada vez más molesta. Por sus palabras parecía que ella y el Centro fuesen una misma cosa, y que todos los triunfos del CCE fuesen también de ella.

Luego, estirando su largo brazo, el doctor le pasó el micrófono.

Ni en las mejores circunstancias le había gustado hablar ante un grupo grande, mucho menos en esa situación… No sabía qué esperaban de ella y mucho menos qué debía decir. Aprovechó el tiempo que tardó en bajar el micrófono hasta su altura, para pensar.

Seguir: parte 5 de 10