Epidemia
Prólogo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 10 partes.
A un empleado de mantenimiento que estaba limpiando los pisos le preguntó dónde estaba el sector de ingresos, y él le señaló una raya roja pintada en el suelo. Marissa la siguió y llegó a la sala de urgencias. Allí había muy poco movimiento: apenas unos pacientes en la sala de espera y dos enfermeras detrás del mostrador. Pidió hablar con el médico de guardia y explicó quién era.
–¡Fantástico! Qué suerte que ha llegado. El doctor Navarro estuvo esperándola toda la noche.
Permítame… Voy a llamarlo. Marissa se distrajo y se puso a juguetear con unos sujetapapeles.
Cuando levantó la mirada, notó que las dos enfermeras la observaban. Les sonrió y ellas le devolvieron el gesto.
–¿No quiere un café? – preguntó la más alta de las dos. – Me vendría muy bien. Además de la ansiedad básica, estaba sintiendo los efectos de haber dormido sólo dos horas, sobresaltada, en el vuelo desde Atlanta.
Mientras sorbía el líquido caliente, recordó los cuentos policiales de médicos de Berion Rotieche que publicaba The New Yorker. Ojalá a ella le tocara un caso como el que había resuelto John Snow, el padre de la epidemiología moderna. En Londres logró contenerse una epidemia de cólera cuando Snow logró aislar el brote por métodos deductivos y circunscribirlo a una sola bomba de agua de la ciudad. Lo realmente significativo de la labor de Snow fue que la realizó antes de que se difundiera la teoría de las enfermedades producidas por gérmenes. ¿No sería fabuloso que le tocara una situación tan inequívoca?
Se abrió la puerta de la sala de guardia y apareció un hombre de pelo negro, muy apuesto.
Parpadeó debido a la intensa luz de la sala de urgencias, y se encaminó directamente hacia Marissa con una sonrisita en los labios.
–Doctora Blumenthal, no se imagina cuánto nos alegra su visita.
Se dieron la mano y el doctor Navarro la observó un instante sorprendido por su tamaño minúsculo y su aspecto juvenil. Por cortesía, le preguntó si había tenido buen viaje y si tenía hambre.
–Creo que lo más conveniente sería empezar ya con el trabajo -sugirió ella.
El doctor Navarro estuvo de acuerdo. Cuando salían de la habitación, le aclaró que era el jefe del departamento de medicina, dato que a Marissa no le infundió precisamente más confianza. El doctor Navarro seguramente sabía cien veces más que ella sobre enfermedades infecciosas.
Al llegar al salón de reuniones el doctor le indicó que se sentara a la mesa, tomó el teléfono y marcó un número. Mientras aguardaba a que le contestasen le explicó que el doctor Spencer Cox, director de Epidemiología del Estado de California, estaba ansioso por comunicarse con ella en cuanto llegase.
«Qué maravilla», pensó Marissa procurando sonreír. El doctor Cox recibió la llegada de Marissa con el mismo beneplácito que Navarro. Lamentablemente había tenido que viajar a la zona de San Francisco por un brote de hepatitis B que podría estar vinculado con el SIDA.
–Supongo que el doctor Navarro ya le habrá informado que el problema de la Clínica Richter sólo ha afectado hasta ahora a siete pacientes.
–Todavía no me ha dicho nada. – Seguramente se lo dirá en seguida, doctora. Aquí, sin embargo, tenemos casi quinientos casos de hepatitis B, así que se imaginará por qué no puedo regresar de inmediato.
–Por supuesto.
–Buena suene. A propósito, doctora, ¿cuánto hace que trabaja en el Centro?
–No mucho -reconoció Marissa. Se produjo una breve pausa. – Bueno, téngame al corriente -
expresó el doctor Cox.
Marissa le devolvió el teléfono al doctor Navarro y éste colgó.
–Si me permite, voy a ponerla al corriente de los acontecimientos -dijo Navarro, cambiando en el acto por el típico tono médico monocorde mientras sacaba del bolsillo unas fichas de cartulina-.
Tenemos siete casos de una enfermedad febril desconocida, pero obviamente grave, caracterizada por postración y compromiso multisistémico. El primer paciente que internamos fue precisamente uno de los cofundadores de la clínica, el propio doctor Richter. El siguiente fue una mujer de la sección de archivo.
Navarro comenzó a colocar las tarjetas sobre la mesa. Cada una representaba a un enfermo. Fue poniéndolas en el orden en que se habían presentado los casos.
Marissa abrió discretamente la cartera sin dejar que su interlocutor viera el contenido, sacó el cuaderno de notas y un lápiz. Hizo esfuerzos por recordar -los cursos que acababa de terminar. Allí le habían enseñado que era imprescindible analizar la información dividiéndola en categorías comprensibles. Primero la enfermedad: ¿Era realmente nueva? ¿Realmente existía un problema? Era necesario describir la enfermedad aunque no pudiera hacerse un diagnóstico específico. El paso siguiente era determinar los datos particulares de las víctimas, tales como edad, sexo, hábitos alimentarios, etc. Luego había que precisar hora, lugar y circunstancias en que cada paciente había mostrado los primeros síntomas a fin de determinar los denominadores comunes. Después habría que
pensar en la transmisión del mal, lo que podía conducir al agente infeccioso. Por último, habría que erradicar el huésped o reservorio. Aunque parecía todo muy sencillo, Marissa sabía lo difícil que le resultaría, incluso a un médico de tanta experiencia como Dubchek.
Se secó las manos húmedas en la falda y volvió a tomar el lápiz.
–Bueno -dijo-. Ya que no hay un diagnóstico concreto, ¿qué posibilidades se barajaron?
–Todas -respondió Navarro. – ¿Influenza? – sugirió, esperando que no se la considerara demasiado simplista.
–No es probable. Los pacientes tienen síntomas respiratorios, pero no son predominantes.
Además, los exámenes serológicos dan negativo para el virus de la influenza en los siete casos. No sabemos qué es lo que tienen, pero descartamos la influenza.
–¿Alguna idea? – Todos los estudios que hemos hecho dan negativo: cultivos de sangre, de orina, de esputo, de materia fecal, incluso de líquido cefalorraquídeo. Pensamos que podía ser paludismo y hasta iniciamos el tratamiento correspondiente pese a que no se hallaron los parásitos en la sangre.
Intentamos también con tetraciclina o cloranfenicol por si fuese tifus, a pesar de los cultivos negativos. Pero, al igual que con los antipalúdicos, no hubo el menor efecto. Los pacientes empeoran pese a todos nuestros esfuerzos.
–Deben de tener algún diagnóstico diferencial. – Por supuesto. Realizamos varias consultas vinculadas con enfermedades contagiosas. La opinión generalizada es que estamos ante un problema viral. – Navarro pasó varias fichas hasta encontrar la que buscaba-. Ah, aquí están los distintos diagnósticos: leptospirosis, fiebre amarilla, dengue, mononucleosis o, para cubrir todas las posibilidades, alguna otra infección enteroviral, arboviral o adenoviral. Huelga decir que los mismos tropiezos del diagnóstico los hemos tenido en el plano terapéutico.
–¿Cuánto hace que internaron al doctor Richter? – Hoy es el quinto día. Creo que le convendría ir a ver a los pacientes para hacerse una mejor idea de la enfermedad.
El doctor Navarro se puso de pie sin esperar la respuesta. Marissa casi tuvo que trotar para caminar a su lado. Pasaron por una puerta abatible y entraron en el hospital propiamente dicho. Pese a los nervios que la consumían, Marissa quedó impresionada por el lujoso alfombrado y la decoración casi de hotel.
Subió al ascensor con Navarro que la presentó a un anestesista. Marissa respondió al saludo, pero su mente estaba en otra parle. Sabía que el hecho de ver a los pacientes en ese momento sólo lograrla hacerla sentir indispuesta, tema que nunca se había planteado cuando estudiaba en Atlanta. En ese momento, sin embargo, constituía un gran problema. Pero, ¿qué podía decir?
Llegaron al puesto de las enfermeras del cuarto piso. El doctor Navarro se tomó su tiempo para presentarle a los del personal de noche que estaban preparándose para entrar en el cambio de turno.
–Los siete pacientes se encuentran en este piso -afirmó el doctor-, donde está nuestro personal de mayor experiencia. Los dos en estado crítico se encuentran en compartimientos separados del sector de cuidados intensivos. Los demás están en habitaciones individuales. Aquí tiene los historiales. –
Dio una palmada sobre las fichas apiladas en un extremo del mostrador-. Supongo que querrá ver primero la del doctor Richter -agregó, al tiempo que se la entregaba. Comenzó observando la hoja de
«signos vitales». Al quinto día de admisión se advertía en el paciente un marcado descenso de la presión y aumento de la temperatura, lo cual no era un buen indicio. Rápidamente miró el resto de los datos aunque sabía que después tendría que leerlos con detenimiento. No obstante, con sólo dar un vistazo comprobó que el trabajo realizado era excelente -incluso mejor de lo que podría haberlo hecho ella-, y los estudios de laboratorio, exhaustivos. Una vez más se preguntó qué hacía ella allí, erigiéndose en una autoridad sobre la materia.
Volvió a la primera página, a la sección titulada «Historia de la enfermedad actual», y algo saltó a la vista en el acto. Seis semanas antes de que comenzaran los síntomas, el doctor Richter había asistido a una convención de oftalmólogos en Nairobi (Kenya).
Siguió leyendo con una enorme curiosidad. Una semana antes de caer enfermo, el paciente había concurrido a un simposio sobre cirugía de párpados en San Diego. Dos días antes del ingreso había
sido mordido por un Cercopithecus aethiops, o lo que fuere.
–Es una clase de mono -le explicó el doctor Navarro_. El doctor Richter siempre tiene esos animales para sus investigaciones sobre herpes ocular.
Marissa volvió a mirar el resultado de los análisis y notó que el recuento de glóbulos blancos era bajo, así como también el tiempo de sedimentación y los trombocitos. Por otros análisis se sabía también que había disfunciones del hígado y los riñones. Hasta el electrocardiograma indicaba leves trastornos cardíacos.
La afección era realmente grave. Marissa dejó la historia clínica sobre el mostrador. – ¿Lista? –
quiso saber Navarro. Si bien respondió que sí con la cabeza, le habría gustado postergar la visita a los pacientes. Como no tenía delirios de grandeza, sabía que no iba a descubrir ningún dato importante que se les hubiera pasado a los demás y que sirviera para resolver el misterio. El hecho de ver a los enfermos en estos momentos era puro teatro, aparte de ser algo muy peligroso. Sin muchas ganas fue detrás del doctor Navarro.
Entraron en la unidad de cuidados intensivos, con el conocido telón de fondo de la complicada maquinaria electrónica. Los pacientes eran víctimas inmóviles, sujetos por una maraña de cables y tubos plásticos. Olía a alcohol y se oía el sonido de respiradores y monitores cardíacos. Se notaba también una febril actividad por parte de las enfermeras.
–Hemos aislado al doctor Richter en esta habitación contigua -dijo Navarro, deteniéndose ante una puerta cerrada.
A la izquierda de la puerta había una ventana, por la que Marissa vio al enfermo" dentro de la habitación. Al igual que los demás, estaba acostado bajo un enjambre de frascos de suero. Detrás, había un tubo de rayos catódicos con un electrocardiograma continuo que iba dibujándose en su pantalla.
–Creo que debería ponerse bata y mascarilla -sugirió Navarro-. Por razones obvias hemos puesto en práctica estrictas medidas de aislamiento en todos los pacientes.
–Por supuesto -convino Marissa tratando de no mostrarse demasiado ansiosa.
Si por ella fuera, se habría metido en una burbuja de plástico. Se puso bata, gorro, mascarilla, botas y hasta guantes de goma. El doctor Navarro hizo lo propio.
Sin darse cuenta de lo que hacía, Marissa respiró ligeramente al acercarse al enfermo que, en lenguaje vulgar, parecía a punto de «estirar la pata». Tenía un color amarillento, los ojos hundidos, la piel lacia. Además, una magulladura en el pómulo derecho, los labios resecos y restos de sangre seca en los dientes delanteros.
Marissa lo observó y no supo qué hacer, pero se sentía obligada a hacer algo porque el doctor Navarro estudiaba cada uno de sus movimientos. Richter abrió los ojos y Marissa advirtió en ellos unos derrames.
–No estoy nada bien -admitió el doctor Richter. Su voz era un áspero susurro. – ¿Es cierto que viajó a África hace un mes? Tuvo que agacharse para poder oírlo. – Hace un mes y medio. – ¿Estuvo en contacto con algún animal? – No -logró articular Richter-. Vi muchos pero no toqué ninguno.
–¿No atendió a alguna persona que estuviese enferma? El doctor, Richter movió la cabeza.
Obviamente le costaba muchísimo hablar.
Marissa se incorporó y señaló la magulladura que tenía el paciente debajo del ojo derecho.
–¿No sabe qué es esto? – le preguntó al doctor Navarro.
–Dos días antes de enfermarse lo asaltaron y se golpeó la mejilla contra el suelo.
–Pobre hombre -dijo Marissa, lamentándose de su desgracia. Y al cabo de un momento añadió-: Ya he visto suficiente por ahora.
Justo al lado de la puerta había un enorme cesto recubierto con una bolsa plástica donde Marissa y el doctor Navarro colocaron la ropa de aislamiento antes de regresar al puesto de las enfermeras.
Allí Marissa sintió la necesidad imperiosa de lavarse las manos. ¿Sabe algo del mono que mordió al doctor Richter? – preguntó.
–Lo tenemos en cuarentena. También le hemos hecho todos los cultivos posibles, pero al parecer está sano.
Evidentemente habían pensado en todo. Marissa tomó la historia clínica de Richter para fijarse si figuraban las hemorragias conjuntivales. Estaban.
Respiró hondo y miró a Navarro, que la observaba con aire expectante.
–Bueno, tengo mucho trabajo que hacer con estas historias -dijo, sin especificar.
De repente recordó una enfermedad denominada «fiebre hemorrágica viral Eran casos extremadamente raros, pero mortales, y muchos provenían de África. En la esperanza de agregar algo a los diagnósticos sugeridos por los médicos de la clínica, Marissa mencionó la posibilidad.
–Ya se habló sobre la fiebre hemorrágica viral. Justamente ésa fue una de las razones por las cuales nos comunicamos tan rápido con el CCE.
«Eso me pasa por emitir diagnósticos "cebra"», pensó Marissa refiriéndose al refrán que circula entre los médicos: cuando se oyen pisadas de animal hay que pensar en caballos, no en cebras.
Fue un inmenso alivio para Marissa que llamaran al doctor Navarro por los altavoces.
–Lo siento muchísimo -se disculpó él-, pero me necesitan en la sala de urgencias. ¿Hay algo que yo pueda hacer antes de irme?
–Bueno, creo que habría que mejorar el aislamiento de los pacientes. Si bien ya se los reunió en un mismo sector del hospital, pienso que sería necesario trasladarlos a otro pabellón totalmente aislado y que se extremaran las precauciones en su atención, por lo menos hasta que tengamos alguna idea sobre el grado de contagio del mal.
El doctor Navarro se quedó mirándola. Por un instante ella se preguntó qué estaría pensando y finalmente dijo:
–Tiene mucha razón. Marissa llevó los siete historiales hasta un cuartito que había tras el puesto de las enfermeras y los leyó todos. Fue así como se enteró de que, además del doctor Richter, había cuatro mujeres y dos hombres que presumiblemente padecían la misma enfermedad. Todos debían de haber tenido algún contacto directo unos con otros o haber estado expuestos a la misma fuente de contaminación. El método para afrontar una investigación de campo -particularmente esa que sería la primera para ella- era reunir la mayor cantidad posible de información y transmitirla luego a Atlanta.
Después tomó el historial clínico del doctor Richter y volvió a leerlo cuidadosamente, incluso las notas agregadas por las enfermeras. En hojas separadas de su libreta anotó hasta el último dato que pudiese ser importante, como por ejemplo que el paciente había vomitado sangre, dato que por cierto no era característico de la influenza. Mientras trabajaba, no podía dejar de pensar que Richter había estado en África, seis semanas antes. Esa información en sí debía ser significativa, aunque era improbable que la incubación hubiera durado un mes dada la sintomatología, a menos que se tratara de paludismo, que al parecer no era la enfermedad en cuestión. Claro que había otras enfermedades virales como el SIDA con períodos de incubación más largos, pero el SIDA no era una enfermedad infecciosa aguda. Estas últimas enfermedades tenían un período de incubación de aproximadamente una semana, días más días menos. Marissa se tomó el trabajo de analizar toda la información relativa a sexo, edad, estilo de vida, profesión y ambiente y de anotarlo todo en su cuaderno de notas utilizando una página aparte para cada paciente. Además del doctor Richter había una secretaria que trabajaba en la sección de archivo de la clínica, dos amas de casa, un fontanero, un promotor de seguros y un corredor de fincas. La oportunidad de un contacto común parecía remota siendo el grupo tan heterogéneo, y sin embargo todos debían de haber estado expuestos a la misma fuente de contagio.
La lectura de los historiales le sirvió también para completar el cuadro clínico de la enfermedad desconocida. Al parecer ésta se presentaba súbitamente con tremendas cefaleas, dolores musculares y fiebre alta. Luego se experimentaba una mezcla de malestares abdominales, vómitos, inflamación de garganta, tos y dolor de pecho. Un estremecimiento recordó su cuerpo al pensar que había estado expuesta a contraer el mal.
Se restregó los ojos que le escocían por la falta de sueño. Era hora de ir a visitar a los demás enfermos aunque no le gustara la perspectiva. Había muchos blancos en las historias, particularmente en lo referente a las actividades de cada paciente en los días previos a la enfermedad.
Comenzó con la secretaria que estaba internada en la habitación contigua a la del doctor Richter en cuidados intensivos. Antes de ver a cada uno se equipaba con un atuendo protector completo.
Todos los pacientes se hallaban en pésimas condiciones físicas, y ninguno tenía demasiadas ganas de hablar. Aun así Marissa formuló las necesarias preguntas cuyo principal objetivo era determinar si cada enfermo conocía a alguno de los demás. La respuesta fue siempre no, salvo que todos conocían al doctor Richter, ¡y además estaban suscritos al plan de salud de la clínica! La conclusión era tan obvia que llamaba la atención que nadie la hubiese advertido: El propio doctor Richter debía de haber contagiado la enfermedad. Marissa le pidió a la encargada del pabellón que le consiguiera las historias de todos los pacientes ambulatorios de la clínica.
Mientras estaba esperando, llamó el doctor Navarro. – Lamentablemente se ha producido otro caso. Se trata de uno dé los técnicos del laboratorio de esta misma clínica. Está en la sala de urgencias. ¿Quiere bajar a verlo?
–¿Está aislado? – Lo más que se puede. Estamos preparando un sector de cuarentena arriba, en el cuarto piso, y en cuanto esté listo trasladaremos allí a todos los pacientes.
–Cuanto antes mejor. Por el momento sería conveniente suspender todos los análisis de laboratorio que no fuesen imprescindibles.
–De acuerdo. ¿Va a venir a ver a este muchacho? – Bajo en seguida. Camino de la sala de urgencias, no podía dejar de pensar que estaban al borde de una epidemia de grandes posibilidades igualmente inquietantes: que hubiese contraído la enfermedad del mismo modo que los demás es decir, de una fuente activa de virus letal en la Clínica Richter, o bien -lo más probable en opinión de Marissa- que hubiese estado expuesto al agente a consecuencia de manipular material infectado proveniente de los otros casos.
El personal de guardia había instalado al enfermo en una de las salitas de psiquiatría, con un cartel en la puerta que prohibía la entrada. Marissa leyó la historia clínica. Se trataba de un chico de veinticuatro años, llamado Alan Moyers. La temperatura era de 39,7 grados. Después de ponerse el atuendo protector, Marissa entró en la minúscula habitación. El paciente la observó con mirada vidriosa.
–Tengo entendido que no se siente muy bien. – Como si me hubiera aplastado un camión. Jamás me sentí tan mal, ni siquiera cuando tuve la gripe el año pasado.
–¿Qué fue lo primero que notó? – El dolor de cabeza. – Se llevó los dedos a las sienes-. Aquí es donde me duele. Es un sufrimiento atroz. ¿No puede quitármelo con algo?
–¿Escalofríos? – Sí, empecé a sentirlos después de comenzar la jaqueca.
–¿No le ha ocurrido nada anormal en el laboratorio esta última semana?
–¿Como qué, por ejemplo? Gané un premio en la tómbola deportiva.
–Me interesaría algo de índole más profesional. ¿No lo mordió algún animal?
–No. Nunca trabajo con animales. ¿Qué es lo que tengo?
–¿Conoce al doctor Richter? – Por supuesto. Todos lo conocen. Ah, sí, me acuerdo de algo. Me pinché con la aguja de una jeringuilla para extracciones, cosa que nunca me había sucedido.
–¿Recuerda el nombre del paciente que figuraba en ella?
–No. Lo único que sé es que no tenía SIDA porque, como me preocupaba la posibilidad, me fijé expresamente en el diagnóstico. ¿Qué tenía?
–No lo decía, pero cuando es SIDA se pone SIDA. No es eso lo que tengo, ¿no?
–No, Alan. No tiene SIDA. – Gracias a Dios. Por un momento me asusté mucho. Marissa fue a reunirse con el doctor Navarro, pero se encontraba ocupado con un caso de paro cardíaco que había llegado momentos antes en ambulancia. Le pidió entonces a la enfermera que le avisara que pensaba quedarse en el cuarto piso. Volvió a los ascensores y comenzó a ordenar sus ideas para llamar después al doctor Dubchek.
–Disculpe. Sintió que le daban un golpecito en el brazo. Al volverse, se encontró con un hombre robusto de barba y gafas de montura metálica. – ¿Es usted la doctora Blumenthal, del Centro para el Control de Enfermedades? Sí, Ella asintió, sorprendida de que la hubiesen reconocido. El hombre le impedía el acceso a los ascensores.
–Soy Clarence Hems, de Los Ángeles Times. Mi esposa trabaja en el turno de noche de la unidad de cuidados intensivos. Me contó que usted había venido a ver al doctor Richter. ¿Qué enfermedad tiene?
–Nadie lo sabe todavía. – ¿Es grave? – Me imagino que eso puede contestárselo su mujer tanto como yo.
–Según ella, el doctor está agonizando y hay otros seis casos parecidos, incluso una secretaria de la sección de archivos. Todo parecería indicar que estamos ante un brote de epidemia.
–No estoy segura de que «epidemia» sea el término adecuado. Hoy hubo un caso más, pero fue el único que se presentó en el curso de dos días. Espero que sea el último, aunque nunca se sabe.
–Aterrador -musitó el periodista. – En efecto. Perdone que no pueda seguir hablando con usted, pero tengo mucha prisa.
Se deshizo del insistente Hems, subió al ascensor siguiente y regresó al pequeño despacho junto al puesto de las enfermeras, para llamar a Dubchek. Eran las tres menos cuarto en Atlanta y consiguió hablar con su jefe en seguida.
–¿Qué tal va su primer trabajo de investigación? – Es abrumador. Acto seguido y de la forma más escueta posible, pasó a describir los siete casos, reconociendo que no se había enterado de nada que los médicos de la clínica no supiesen ya de antemano.
–Eso no debería preocuparla. Tenga siempre presente que el epidemiólogo estudia los datos de una manera distinta que el clínico, de modo que la misma información puede significar cosas diferentes. El clínico analiza cada caso en particular, mientras que usted observa todo el panorama.
Cuénteme sobre la enfermedad.
Marissa le describió el síndrome clínico remitiéndose constantemente a sus notas. Le pareció que a Dubchek le interesaba en particular el hecho de que dos de los pacientes hubieran vomitado sangre, que otro tuviera diarrea sanguinolenta y que en los tres casos se habían comprobado hemorragias conjuntivales. Cuando Marissa dijo que Richter había asistido a una conferencia sobre oftalmología en África, Dubchek exclamó:
–¡Por Dios! ¿Sabe usted lo que me está describiendo? – No estoy muy segura -respondió poniendo en práctica la vieja estratagema médica de permanecer en terreno neutral por miedo a hacer el ridículo.
–Fiebre hemorrágica viral. Y si proviene de África podría tratarse de la fiebre Lassa, a menos que fuese Marburg o Ébola. ¡Santo cielo!
–Pero Richter estuvo allí hace más de seis semanas. – Maldición -exclamó Dubchek casi furioso-.
El período más largo de incubación para esa clase de enfermedades fulminantes es de unas dos semanas. Incluso para la cuarentena, veinte días se considera un lapso adecuado.
–También tuvo una mordedura de mono dos días antes de caer enfermo.
–Pero ese período de incubación, por el contrario, sería demasiado corto. Tendría que ser de cinco o seis días. ¿Dónde está ahora el mono?
–En cuarentena. – Bien. Cerciórese de que no le pase nada al animal, sobre todo si muere, porque entonces habría que practicarle los estudios para ver si portaba virus. Si en algo tuvo que ver el mono, habría que pensar en el virus Marburg. De cualquier modo, por lo que me cuenta, parece como si estuviéramos ante una fiebre hemorrágica viral, y hasta que no se demuestre lo contrario, deberíamos tomarla como tal. Desde hacía mucho tiempo nos preocupaba que ocurriera esta eventualidad ya que no existe vacuna ni tratamiento.
–¿Y la tasa de mortalidad? – Es alta. Dígame una cosa, ¿no tiene el doctor Richter una erupción cutánea?
Marissa no se acordaba. – Voy a fijarme -prometió.
–Lo primero que quiero que haga es sacar muestras de sangre y orina para hacer cultivos virales de los siete pacientes. Y cuando tenga los resultados, envíelos de inmediato aquí, al Centro. Utilice el servicio de envíos pequeños de la Delta, que es el medio más rápido. Quiero que las extracciones de sangre las efectúe usted personalmente, y por favor, tenga mucho cuidado. También, si puede, empaquete las muestras en hielo antes de remitirlas.
–Acabo de visitar a un enfermo que podría ser otro caso de la misma enfermedad. Se trata de uno de los técnicos del laboratorio.
–Inclúyalo a él también. Al parecer esto se vuelve cada vez más grave. Controle que todos los pacientes estén completamente aislados, que haya un estricto cerco sanitario. Y a quien esté a cargo de la clínica adviértale que no debe realizarse ningún trabajo de laboratorio hasta que llegue yo.
–Ya lo he dicho. ¿Viene usted mismo? – Por supuesto. Podría tratarse de una emergencia nacional, pero vamos a tardar un poco en tener listo el laboratorio móvil. Mientras tanto establezca la cuarentena para los contactos y trate de ponerse al habla con quienes organizaron la convención oftalmológica en África para ver si algún otro de los asistentes cayó enfermo. Ah, y otra cosa: no le cuente nada a la prensa. Con toda la publicidad que se le ha dado al SIDA no creo que la opinión pública pueda aceptar la amenaza de otra enfermedad viral mortífera. Podría cundir el pánico. Ah, Marissa, quiero que utilice el equipo completo de protección, incluso gafas, cuando visite a los pacientes. Podría conseguirlas en el departamento de patología, si no hay en otro lado. Yo voy a llegar lo antes posible.
Después de colgar, Marissa experimentó una profunda angustia al pensar si no se habría expuesto ya al contagio. También le preocupaba el hecho de haber hablado con Clarence Hems, de Los Ángeles Times; pero bueno, lo hecho, hecho está. Se alegraba de que Dubchek estuviese a punto de llegar porque, como era consciente de sus limitaciones, sabía que ese trabajo la desbordaba.
Después de avisar que quería comunicarse con el doctor Navarro, le pidió a una enfermera que la ayudara a preparar el instrumental necesario para tomar las muestras de sangre. Necesitaba frasquitos con anticoagulantes, bolsas plásticas e hipoclorito de sodio para desinfectar la parte externa de las bolsas. También le hacían falta frascos para orina e hisopos faringeos. Luego llamó al laboratorio de microbiología y pidió que le enviaran recipientes especiales para el transporte de muestras virales en hielo seco. Cuando el doctor Navarro la llamó, le transmitió las instrucciones de Dubchek respecto al cerco sanitario y que no debían practicarse estudios de laboratorio hasta que no llegara él con equipos especiales. También mencionó la necesidad de reunirse para imponer la cuarentena de todos los contactos. El doctor Navarro estuvo de acuerdo, y quedó muy impresionado al saber que, en opinión de Dubchek, podía tratarse de un brote de fiebre hemorrágica viral.
Siguiendo el consejo de su superior, Marissa consiguió unas gafas en el departamento de patología. Nunca pensó en la posibilidad de contraer una enfermedad por los ojos, pero sabía que la superficie ocular era una membrana mucosa tan susceptible de contraer un virus como la mucosa nasal. Cuando se hubo puesto la indumentaria completa de protección, se dirigió a la habitación del doctor Richter para extraerle las muestras.
Antes de comenzar lo revisó para ver si tenía alguna erupción cutánea. No le encontró nada en los brazos, pero sí notó una extraña mancha roja del tamaño de una moneda en su muslo derecho. Al levantarle la bata, advirtió una tenue -pero innegable- erupción maculopapulosa que le cubría casi todo el tronco. Le llamó mucho la atención que Dubchek hubiera previsto esa posibilidad.
Primero extrajo la sangre y luego llenó el frasco de orina utilizando la bolsa de la sonda. Después de cerrar ambas herméticamente, las lavó con hipoclorito de sodio e introdujo cada una en otra bolsa.
Sólo cuando la segunda bolsa estuvo desinfectada, permitió que se la llevaran de la habitación.
Marissa se quitó entonces la mascarilla, la bata, los guantes y las botas, y se puso otro juego para revisar a otro paciente, la secretaria médica cuyo nombre era Helen Townsend. Con ella repitió el mismo procedimiento que había seguido con el doctor Richter, y le encontró también una leve erupción en el torso, aunque no un círculo rojo en el muslo ni en ninguna otra parte. Parecía menos enferma que Richter, pero ni ella ni los demás pacientes estaban en condiciones de hacerle preguntas.
Sólo Alan Moyers logró hacer acopio de las fuerzas necesarias para plantear ciertas objeciones. Al principio no le quiso dar permiso para que le extrajera sangre a menos que le informara primero cuál era su diagnóstico. Estaba aterrado. Cuando Marissa le contó la verdad, que no sabía de qué enfermedad se trataba y que precisamente para eso necesitaba hacerle análisis de sangre, el chico finalmente cedió.
En cuanto al mono, Marissa no intentó siquiera tomarle muestras de sangre porque el encargado de su cuidado no estaba ese día, y ella no tenía la menor intención de hacer sola la tarea. El animal parecía sano pero no manso; tanto, que le arrojó a Marissa excrementos a través del enrejado de su jaula.
Una vez que terminó de empaquetarlo todo cerciorándose de que las tapas a rosca estuviesen herméticamente cerradas para que el dióxido de carbono del hielo seco no penetrara en las muestras, se dirigió personalmente al aeropuerto para enviar las cajas a Atlanta.
De regreso en la clínica entró primero en la biblioteca donde encontró varios textos clásicos que dedicaban algún capítulo a las enfermedades virales. Rápidamente leyó todo lo vinculado con la fiebre Lassa y los virus Marburg y Ébola. Entonces comprendió la reacción que tuvo Dubchek por teléfono: se trataba de los virus más mortíferos conocidos por el ser humano.
Al llegar al cuarto piso se enteró de que los ocho pacientes habían sido aislados en un pabellón separado. También supo que ya habían llegado los historiales de los pacientes ambulatorios que había pedido. Avisó entonces al doctor Navarro que deseaba hablar con él y se sentó luego a leer los historiales médicos.
El primero era el de Harold Stevens, el corredor de fincas. Comenzó desde atrás y de inmediato descubrió que la última visita registrada a un consultorio había sido el doctor Richter. Harold Stevens padecía de glaucoma crónico y visitaba regularmente a su oculista. El último control se lo había hecho el 15 de enero, cuatro días antes de que lo internaran.
Con una sensación de certeza cada vez mayor, Marissa buscó la última anotación de cada ficha y constató que todos los pacientes habían acudido al consultorio del doctor Richter el día 15 o el 16 de enero, salvo Helen Townsend, la secretaria de archivo, y Alan, el técnico del laboratorio. La última anotación que figuraba en la ficha de Helen Townsend era una consulta con un ginecólogo por un problema de cistitis. Alan había ido a ver a un traumatólogo por una luxación de tobillo que se le produjo en un partido de baloncesto. Salvo en esos dos casos -el de la secretaria y el químico del laboratorio-, todo parecía indicar que el doctor Richter era el transmisor de la enfermedad, como podía deducirse del hecho de que hubiera atendido a cinco de ellos antes de que aparecieran en él los síntomas.
Podía entenderse el contagio del técnico si éste se hubiera pinchado con una aguja contaminada, pero lo que Marissa no podía explicarse era el caso de la secretaria. Era necesario suponer que Helen se había visto con el doctor Richter días antes de esa semana puesto que había caído enferma sólo cuarenta y ocho horas después que él. A lo mejor Richter había pasado mucho tiempo en la sección de archivo a principios de semana.
Un empleado interrumpió sus cavilaciones para avisarle que había llamado el doctor Navarro y que le pedía se dirigiera al salón de conferencias de la clínica.
Al regresar a la sala donde había empezado su día, Marissa se dio cuenta de cuánto había trabajado. Estaba exhausta. El doctor Navarro cerró la puerta y le presentó a la otra persona que se encontraba allí: William Richter, hermano del oftalmólogo enfermo.
–Quería agradecerle personalmente que se hubiese molestado en venir aquí -expresó William. A pesar de su impecable traje a rayas, el rostro desencajado era un mudo testimonio de las pocas horas que había dormido-. El doctor Navarro me informó sobre el diagnóstico posterior, que la apoyaremos con todos nuestros recursos para contener esta enfermedad, pero también nos preocupa el efecto adverso que esta situación podría provocar en la clínica.
Marissa tomó las palabras con cierto enfado puesto que había tantas vidas en peligro, pero el propio Dubchek había dicho esencialmente lo mismo.
–Comprendo su inquietud -respondió, recordando que ya había hablado con un periodista-. Pero creo que habría que tomar medidas más estrictas de cuarentena.
Pasó entonces a explicar que sería preciso dividir a los posibles contactos en dos tipos: los primarios y secundarios. Los contactos primarios serían aquellas personas que hubieran hablado o tocado a alguno de los ocho pacientes. Los secundarios serían quienes hubiesen tenido contacto con algún primario.
–Dios santo -exclamó Navarro-. Estamos hablando de miles de personas.
–Eso me temo. Nos va a hacer falta todo el potencial humano que pueda conseguir la clínica.
También habrá que recurrir al Departamento de Salud del Estado.
–Nosotros suministraremos los recursos humanos -sostuvo Richter-. Preferirla que esto no trascendiera. Pero, ¿no habría que esperar hasta tener el diagnóstico definitivo?
–Si esperamos, tal vez luego sea demasiado tarde. De todas maneras, siempre se puede suspender la cuarentena si no fuese necesaria.
–Será imposible ocultárselo a la prensa -se lamentó el señor Richter.
–A decir verdad -opinó Marissa-, creo que la prensa puede desempeñar un papel positivo para ayudarnos a comunicar con todos los contactos. A los contactos primarios se les debe indicar que permanezcan lo más aislados posible durante una semana y que se tomen la temperatura dos veces al día. Si tienen más de 38,5 de fiebre, deben presentarse en la clínica. Los contactos secundarios pueden desarrollar sus tareas habituales, siempre y cuando controlen su temperatura una vez al día.
Marissa se puso en pie y se desperezó. – Cuando llegue el doctor Dubchek quizás él agregue alguna otra sugerencia, pero creo que ya hemos trazado el procedimiento clásico del Centro. La ejecución queda en manos de la clínica. Mi tarea consiste en tratar de averiguar de dónde proviene el virus.
Dejó a dos hombres totalmente aturdidos y se retiró de la sala. Abandonó el sector de internamiento y se dirigió a la recepción de la clínica para averiguar dónde estaba el consultorio del doctor Richter. Le informaron que estaba en el primer piso y hacia allí se dirigió.
Como la puerta estaba cerrada sin llave, Marissa llamó y entró. La secretaria del doctor estaba ante su escritorio como correspondía, pero no esperaba visitas puesto que rápidamente apagó un cigarrillo y escondió el cenicero en un cajón.
–¿En qué puedo servirle? Era una mujer cincuentona, de pelo canoso y con permanente. El letrerito que llevaba en la solapa decía «señorita Cavanagh». Tenía las gafas de leer en la punta de la nariz y sujetaba las patillas con una cadena dorada que le colgaba del cuello.
Marissa le explicó quién era y agregó: -Sería muy importante poder determinar cómo contrajo la enfermedad el doctor Richter. Y para eso necesitaría reconstruir todas las actividades que realizó durante una o dos semanas antes de que se le manifestaran los síntomas. ¿Puede ayudarme usted?
Pienso pedirle lo mismo a su esposa.
–Sí, por supuesto. – ¿Recuerda que le haya sucedido algo fuera de lo común? – ¿Por ejemplo? –
preguntó la mujer con rostro inexpresivo.
–¡Por ejemplo que lo mordiera un mono o que lo atacaran en el aparcamiento! – respondió Marissa en tono cortante.
–Esas cosas pasan. – Sí, desde luego. ¿Nada más que le haya parecido extraño?
–No se me ocurre nada por el momento. Ah, sí: le hicieron una abolladura a su coche.
–Muy bien; ésa es la idea -la alentó Marissa-. Siga pensando. Y a propósito, ¿se encargó usted de los detalles de su viaje a África?
–Sí. – ¿Y de la convención en San Diego? – También. – Le agradecerla que me consiguiera el número de teléfono de las organizaciones que la promovieron y una lista de todos los pacientes que visitó el doctor durante las dos semanas previas a su enfermedad. Y por último: ¿conoce usted a Helen Townsend?
La señorita Cavanagh se sacó las gafas de la nariz y las dejó colgar de la cadena antes de lanzar un suspiro de desaprobación.
–¿Helen Townsend tiene la misma enfermedad que el doctor?
–Creemos que sí -repuso Marissa escrutándole el rostro. Esa mujer sabía algo sobre Helen Townsend, pero como no quería hablar se puso a juguetear con las teclas de su máquina de escribir-.
¿Helen Townsend era paciente del doctor Richter?
La señorita Cavanagh levantó la mirada. – No; era su amante. Yo le advertí que podía ocasionarle problemas. Y ahí tiene: le contagió una enfermedad. Debió haberme hecho caso.
–¿No sabe si estuvo con ella justo antes de caer enfermo? – Sí, el día anterior. Marissa se quedó mirándola. Helen Townsend no contagió al doctor Richter sino al revés. Ahora ya entendía que todos los casos tenían relación con el doctor Richter y eso, desde el punto de vista epidemiológico, era sumamente importante. Significaba que el doctor Richter era un caso índice y que él, solamente él, había estado expuesto al foco desconocido del virus. Entonces era mucho más necesario reconstruir las actividades del oculista hasta en el más mínimo detalle.
Le pidió a la señorita Cavanagh que comenzara a anotar lo que recordaba sobre las actividades de su jefe durante las últimas dos semanas y le advirtió que después volvería, pero si la necesitaba antes, podía llamarla a través de la telefonista.
–¿Puedo hacerle una pregunta? – dijo tímidamente la mujer.
–Por supuesto -respondió Marissa, con una mano ya en el picaporte.
–¿Hay posibilidades de que yo también contraiga la enfermedad?
Marissa estaba tratando de alejar ese pensamiento porque no quería asustarla, pero tampoco le podía mentir. Al fin y al cabo, la secretaria debía ser considerada un contacto primario.
–Es posible. Vamos a pedirle que restrinja ciertas actividades durante una o dos semanas y que se tome la temperatura dos veces al día. Sin embargo, yo personalmente creo que no va a tener problemas ya que hasta ahora no ha evidenciado síntoma alguno.
De regreso en el sector de internación tuvo que esforzarse para luchar contra sus propios temores y contra el agotamiento. Tenía demasiadas cosas que hacer, por ejemplo, releer detenidamente todas los historiales clínicos con la esperanza de poder determinar por qué algunos pacientes del doctor habían contraído la enfermedad y otros no. También debía comunicarse con la señora Richter.
Confiaba que, entre la esposa y la secretaria, pudiesen reconstruir en forma casi completa las actividades del doctor los días anteriores a su enfermedad.
Al regresar al cuarto piso se topó con el doctor Navarro y le notó en la cara el mismo cansancio que ella tenía.
–Empeora el estado del doctor Richter. Sangra por todas partes; por los pinchazos de las inyecciones, por las encías, por el tracto gastrointestinal. Está al borde del colapso renal y la presión sanguínea es tremendamente baja. El interferón que le administramos no le produjo el menor efecto y ya no sabemos con qué medicamento probar.
–¿Y Helen Townsend? – Ella también ha empeorado y ya está empezando a tener hemorragias.
Navarro se sentó pesadamente. Marissa dudó un instante pero luego tomó el teléfono. Llamó a Atlanta deseando que Dubchek estuviese ya en camino, pero lamentablemente no fue así y la atendió en seguida.
–Aquí las cosas están bastante mal. En dos pacientes se están verificando cuantiosas hemorragias.
Desde el punto de vista clínico esto se parece cada vez más a la fiebre hemorrágica viral y nadie sabe cómo tratar a los enfermos.
–No es mucho lo que se puede hacer. Prueben con heparinización y si no les da resultado, lo único que queda es una terapia de apoyo. Cuando tengamos un diagnóstico seguro quizá podamos emplear un suero hiperinmune, si es que se consigue. A propósito, ya recibimos las muestras que tomó y Tad ya empezó a procesarlas.
–¿Cuándo viene usted? – Muy pronto. Ya tenemos el laboratorio móvil embalado.
Marissa se despertó sobresaltada. Felizmente no había entrado nadie en el cuartito que había tras el puesto de las enfermeras. Eran las diez y cuarto, o sea que sólo había dormido cinco o diez minutos.
Al ponerse de pie se sintió mareada. Le dolía la cabeza y sentía algo de ardor en la garganta.
Rogó que esos síntomas fuesen producto de la fatiga y no el comienzo de la fiebre hemorrágica viral.
Esa misma noche se habían presentado en la sala de guardia cuatro casos más con intensas cefaleas, fiebre alta y vómitos. Uno de ellos ya comenzaba con los signos de hemorragias. Todos eran familiares de las víctimas anteriores, lo cual sólo acentuaba la necesidad de una estricta cuarentena.
El virus ya había alcanzado la tercera generación. Marissa preparó muestras y las envió a Atlanta por medio de una agencia de transporte urgente.
Como se sabía al borde de sus fuerzas, decidió regresar al motel. Justo cuando se marchaba apareció una enfermera para avisarle que la esposa del doctor Richter quería verla. Comprendió que sería una crueldad no atenderla, razón por la cual se encaminó a la sala de visitas. Anna Richter, una mujer atractiva, bien vestida, de treinta y tantos años cumplidos, hizo lo posible por relatarle las actividades que había desarrollado su marido en las últimas dos semanas, pero estaba terriblemente angustiada, no sólo por la enfermedad de su esposo sino también con miedo por la salud de sus dos hijos. Marissa no quiso insistirle para que le suministrara demasiados detalles y la señora Richter prometió completarle al día siguiente la cronología. Marissa la acompañó hasta el coche del doctor, un BMW. Luego buscó el suyo, se dirigió al Motel del Trópico y allí se fue directamente a la cama.
22 de enero
Al día siguiente, cuando llegó a la clínica, le sorprendió ver una cantidad de camiones de la televisión frente a la entrada con sus antenas elevadas que resaltaban contra el cielo de la mañana.
Cuando trató de entrar al aparcamiento, un policía le impidió el paso, y tuvo que enseñar la credencial del Centro para el Control de Enfermedades.
–Cuarentena -le dijo el agente, indicándole que debía entrar por la puerta principal donde estaban las cámaras de la televisión.
Marissa obedeció preguntándose qué habría pasado durante las seis horas y pico que había estado ausente. Vio que los cables de la televisión serpenteaban por el suelo hasta el salón de reuniones y le llamó la atención el intenso movimiento que había en el vestíbulo principal. Al divisar al doctor Navarro le preguntó qué estaba sucediendo.
–Sus compañeros del CCE organizaron una conferencia de prensa -dijo. Tenía el rostro desencajado, sin afeitar y parecía evidente que no se había acostado. Tomó un diario que llevaba debajo del brazo y le mostró el titu- [aquí faltan dos páginas del original]
que los síndromes clínicos totalmente distintos son causados por microorganismos totalmente distintos también. Bueno, hemos terminado por hoy, pero los mantendremos informados. Gracias por haber venido a una hora tan temprana.
Se produjo un alboroto cuando cada periodista trató de que se le respondiera otra pregunta más.
Dubchek y sus colegas no les prestaron atención, y se retiraron. Marissa procuró abrirse paso entre el gentío pero no pudo. Fuera del salón, el policía impedía que los periodistas entraran en la zona privada del hospital. Después de enseñar su credencial, Marissa pudo pasar y consiguió reunirse con Dubchek frente a los ascensores.
–¡Aquí está! – exclamó Dubchek con expresión animada, y en tono amistoso la presentó a los demás.
–No sabía que iban a venir tantos -comentó ella al subir al ascensor.
–No nos quedaba otra alternativa -expresó el doctor Uyne.
El doctor Abbot asintió. – A pesar de lo que dijo Cyrill en la conferencia de prensa, este brote es extraordinariamente grave. La posibilidad de que apareciera una fiebre hemorrágica africana en el mundo desarrollado ha sido siempre nuestro temor desde que se conoció la enfermedad.
–Si es que se demuestra que se trata de dicha fiebre -añadió el doctor Eckenstein.
–Yo estoy convencido -aportó el doctor Vreeland-. Y el culpable resultará el mono.
–No le extraje muestras al mono -se apresuró a informar Marissa.
–No importa -dijo Dubchek-. Anoche lo sacrificamos y remitimos especimenes al Centro. Las muestras de hígado y bazo serán mucho más útiles que las de sangre.
Subieron hasta el cuarto piso, donde dos técnicos del Centro extraían muestras para analizar en el laboratorio móvil.
–Lamento mucho lo del artículo de Los Ángeles Times -se disculpó Marissa cuando pudo hablar a solas con Dubchek-. El periodista me abordó la primera vez que entré en el hospital.
–No se preocupe, pero eso sí: trate de que no vuelva a suceder.
Sonrió y le guiñó un ojo. Ella no entendió bien qué quería decir el guiño, como tampoco la sonrisa.
–¿Por qué no me avisó en cuanto llegó? – Porque supuse que estaría exhausta. Además, no había necesidad. Estuvimos la noche entera instalando el laboratorio, practicando la autopsia, simplemente orientándonos. También mejoramos las condiciones de aislamiento incorporando extractores de aire.
De todos modos a usted hay que felicitarla. Creo que tuvo un notable desempeño en todas las tareas iniciales. – Después de una pausa continuó-: Por el momento estoy abrumado por los detalles administrativos, pero querría que me pusiera al corriente de lo que ha averiguado. Tal vez podríamos cenar juntos esta noche. Ya le reservé una habitación en el hotel donde me alojo, que seguramente es mucho mejor que el del Trópico.
–Mi motel no está tan mal. Experimentó un leve fastidio, como si la intuición estuviese tratando de advertirle algo.
Marissa regresó al cuartito que había detrás del puesto de las enfermeras porque necesitaba continuar con el papeleo. Primero llamó a las instituciones organizadoras de los dos congresos médicos a los cuales había asistido el doctor Richter. Les dijo que necesitaba saber si alguno de los otros concurrentes había contraído una enfermedad viral. Después, y a pesar de la crueldad que implicaría su próxima llamada, marcó el número de la casa de Richter para preguntar si podía pasar a retirar el diario o agenda que le había prometido la señora Richter la noche anterior.
La vecina que atendió el teléfono quedó horrorizada al oír semejante solicitud, pero después de consultar con la viuda le indicó a Marissa que podía ir dentro de media hora.
Marissa llegó en coche hasta la casa de hermosos jardines y tocó el timbre. La misma vecina salió a abrirle y casi con enfado la condujo a la sala, donde unos minutos más tarde apareció Anna Richter.
Parecía haber envejecido diez años de la noche a la mañana. Tenía el rostro demudado y el pelo, rizado con esmero el día anterior, le caía en mechones lacios.
La vecina la ayudó a tomar asiento y Marissa observó que la pobre señora doblaba y desdoblaba con gesto nervioso unos papeles rayados donde al parecer había anotado las actividades desarrolladas por su marido en las últimas semanas. Como se daba cuenta de la enorme tensión que había soportado la mujer, Marissa no supo qué decirle, pero Anna simplemente le pasó las hojas. – Anoche de todos modos no pude dormir y a lo mejor esto sirve para ayudar a alguna otra familia. – Se le llenaron los ojos de lágrimas-. Era un hombre tan bueno… buen padre… mis pobres hijos…
Aunque no desconocía la relación amorosa con Helen Townsend, Marissa llegó a la conclusión de que el doctor Richter debía de haber sido un buen esposo. El dolor de Anna parecía real y Marissa se fue apenas pudo retirarse sin faltar a la cortesía.
Las notas que empezó a leer antes de poner el coche en marcha eran muy completas. Si a eso se le sumaba la propia agenda del doctor, y una entrevista posterior con la señorita Cavanagh, probablemente se podría obtener un panorama completo sobre las últimas semanas de Richter.
De vuelta en el hospital, Marissa anotó en una hoja aparte cada día de enero y luego enumeró las actividades de Richter. Algo que descubrió en seguida fue que el hombre se había quejado a la señorita Cavanagh respecto a un paciente de SIDA, de apellido Meterko, que padecía un trastorno en la retina no diagnosticado aún. Ese dato había que investigarlo.
Por la tarde sonó el teléfono en el cuartito. Sorprendida, Marissa escuchó la voz de Tad Schockley. Lo oía con tanta nitidez que por un momento pensó que su amigo estaba en Los Ángeles.
–No. No me he movido de Atlanta. Necesito hablar con Dubchek y la telefonista creyó que a lo mejor tú sabías dónde está.
–Si no está en la sala asignada al CCE, debe de haberse vuelto al hotel. Creo que no se acostaron en toda la noche.
–Bueno, intentaré encontrarlo en el hotel, pero por si acaso te pido que le transmitas un mensaje.
–Por supuesto. – No es una buena noticia. Marissa se enderezó y apretó el auricular contra el oído.
–¿Es algo personal? – No -dijo Tad, y soltó una risa breve-. Se trata del virus. Las muestras que enviaste son excelentes, sobre todo las del doctor Richter. Su sangre está cargada de virus…, más de mil millones por milímetro. Lo único que tuve que hacer fue poner la muestra en la centrifugadora y observarla luego con el microscopio electrónico.