Inmersión
En la montaña
Cangas de Onís. El nombre sonaba de maravilla. Tenía algo que comprar. Me había pedido que la esperara. El pueblo estaba atravesado por un río tumultuoso que corría por debajo de un puente de piedra espectacular y sombrío. Espectacular era, asimismo, la monumental cruz asturiana, de tres metros de envergadura, que se hallaba suspendida de él y que casi rozaba el agua. Estaba hipnotizado por el símbolo, por las cadenas que sujetaban el alfa y el omega, «el principio y el fin». Pensaba en nuestro abrazo en la mina, en su cuerpo que no había visto, pero sí palpado, sentido, explorado. Un bocinazo me sustrajo a la contemplación. Teníamos que regresar.
La bruma ascendía alrededor del vehículo. Nos encontrábamos en medio de la montaña; unos nubarrones espesos parecían deseosos de llenar el precipicio que se abría a mi derecha. No quedaba mucho para que el día acabase. En la cabina ya sólo distinguía, en una sombra chinesca, el perfil con barbilla voluntariosa de Paz. Ella había apagado el sonido de la radio.
—Es impresionante esta bruma.
Estábamos, con todo, en pleno verano.
—Cuando era niña tenía un libro, un libro de mitología de la zona. En él se hablaba de Nuberu. El señor de las nubes. También desencadena las tormentas.
—¿No hay xana por aquí?
Estalló en risas.
—Has aprendido bien la lección…
—Tú fuiste quien habló de iniciación…
—Hay xanas por todas partes, no sólo en las riberas. Pero aquí, en las montañas, abunda más el cuélebre, una serpiente alada que custodia tesoros que nunca nadie ha visto. Se dice que vive con mujeres a las que ha embrujado.
—Las mujeres siempre han escuchado a las serpientes… —dije.
—Eso es puramente sexual —respondió, antes de proseguir—: Muy importante también el trasgu, el duende de Asturias. Bastante feo pero capaz de todo. Le encanta esconderse en las casas. Cuando extraviaba un juguete y me aburría ponerme a buscarlo, mi madre, a quien acudía para quejarme, me decía para fastidiarme: «Nunca lo encontrarás, un trasgu ha debido de quitártelo». Enfadada, hacía todo cuanto estaba en mi mano para recuperarlo.
Le pregunté acerca de sus padres. Contestó vagamente. Se limitó a decir: «es complicado».
La noche había caído. No cesábamos de ascender por carreteras zigzagueantes. El motor sufría. Al ver que me preocupaba, soltó:
—Confío en él.
En el foco de los faros apareció una valla. Al fondo de ésta, una casa.
—Espérame.
Salió del coche, se introdujo por la valla. Desapareció del haz y luego volvió a aparecer al encenderse una luz en el muro de la casa. Un perro ladró. Paz estaba en la puerta, que se abrió recortando la silueta de una anciana. Entró. En derredor, todo estaba oscuro, no sabía ni dónde ni con quién me encontraba realmente, salvo que ella era fotógrafa y que su especialidad era la playa. Volvió a salir. Con un bolso que depositó en el asiento trasero.
—¿Todo va bien? —me preguntó—. Es aquí al lado.
Encendió el contacto de nuevo, seguimos subiendo y luego, cuando llegamos a lo más alto, enfiló un caminito de tierra al final del cual se detuvo. Los faros iluminaban la puerta de una casa. Una puerta rara, de doble hoja, como la de un establo.
Entré tras ella. Manipuló un disyuntor y se hizo la luz. El único mobiliario de la pieza se reducía a poco más que una mesa de madera alargada. Colocó encima de ésta el preciado cargamento. En el fondo, un rincón hacía las veces de cocina. Al otro lado, una escalera de madera conducía a lo que parecía ser un granero y donde debía de encontrarse su cama.
—Estás en mi casa. Mi verdadera casa.
Había una chimenea y el suelo era de pizarra negra.
—¿No tienes frío? —me preguntó.
Aquella frase, cómo decirlo, me conmovió como nada lo había hecho en mucho tiempo. Le tomé la mano y me la llevé a los labios. Ella tembló.
Hice fuego. Pese al verano, la noche en los Picos de Europa era polar. Contemplaba cómo las llamas devoraban los troncos y se retorcían con la suavidad de una Salomé que agita sus siete velos. Decenas de Salomés crepitantes, elegantes, aderezaban la estancia con chispas danzarinas y me llenaban de alegría. Examiné con respeto y temor la escalera de madera que aquella noche me iba a conducir al paraíso de los seres vivos. Al lado, Paz cocinaba. Desde la cocina me llegaban ondas de amor. Pues alguien que te hace de comer, lo hace forzosamente porque te estima. Una chica del siglo xxi que, tras décadas de feminismo, no se contenta con poner un par de bandejas de platos precocinados en el microondas, sino que, pelador en ristre, le quita la piel a unas hermosas verduras dejando al descubierto la carne naranja, rojo vivo o amarillo sol y, a continuación, las trocea con un cuchillo bien afilado y las hace dorar con un fondito de aceite de oliva; una chica como ésa, dispuesta a llorar a causa del efecto irritante de las cebollas, que nunca agonizan sin antes defenderse; una chica que coloca, como lo hace ella en estos momentos, un pan de hogaza encima de la mesa, una fuente de ensalada de tomates, rojos como sus mejillas después de hacer el amor, y varias lonchas de pata negra con sabor a avellana, es una mujer que ama.
Al igual que un hombre que le tiende una copa de vino sonriéndole sosegadamente, sin albergar ninguna intención en esa sonrisa, sino toda su alma, es un hombre enamorado.
Quise a Paz. Y aún la quiero. ¿Qué te puedo decir sobre lo que pasó en aquel antiguo establo encaramado en las montañas? ¿Lo que nos dijimos? No mucho. Nos estuvimos mirando mucho, en silencio, o casi. Como ella me había iniciado en su infancia, le hablé de la mía. De Étretat, de los fósiles de amonitas que iba a buscar con mi padre, de mi caja de los tesoros, en la que dormían una medalla de San Cristóbal, un caballito de mar seco y un diente de tiburón que cogimos en la roca caliza del acantilado de Bruneval. De mi adorado abuelo también, el que me contaba historias de corsarios y me enseñó las palabras «gaviero» y «bucanero». Cuya frente glacial besé antes de la combustión de su cuerpo. Su alma, no obstante, es inmortal, está conmigo.
Ella me preguntó si había viajado. Le contesté que sí. Le hablé del opio birmano y de la mujer tigre, de aquel anciano tumbado, de su alargada pipa negra, de su nieta, que le preparaba el utensilio, de las estrellas que, en aquel cielo del Triángulo de oro, tenían para mí el rostro de una promesa; le hablé de la droga ascética del monte Athos, de las noches pasadas entre los iconos atiborrándome el alma de incienso ante los ojos del Cristo Pantocrátor, con el rumor de las olas del mar Egeo a mis pies, cien metros más abajo. Le hablé de los pueblos de Panshir y del Salto Ángel, el salto de agua más elevado del mundo, de los tejados de El Cairo, donde dormía dilapidando el sudor, y de aquella secta india cerca de Trivandrum, en Kerala, a donde me había llevado mi amigo Jules por error y de donde había escapado con una chiquilla de diecisiete años —yo tenía dieciocho.
Me dijo que ella también quería viajar. Por primera vez, le dije que, en lo que me concernía, había terminado de hacerlo. Que había decidido que Europa sería mi pajarera y mi tumba. Allí teníamos todo aquello con lo que podíamos soñar. Ella sonrió. Con esa sonrisa giocondina que nunca, nunca, sabes lo que quiere decir.
En ese granero experimenté los goces más hermosos de mi vida de hombre. La piel de Paz parecía ser capaz de captarlo todo, de sentirlo todo. Desde los dedos del pie a la punta de los cabellos, su cuerpo se me ofrecía y apenas sabía qué hacer de él. Entonces me convertí en el instrumento. La xana era ella, con el rostro transfigurado por el resplandor del fuego de la chimenea. De frente, de espaldas, de lado, de espaldas y de lado, ya ni sé ni quiero saber. Sé que me sumergí una y otra vez en todos y cada uno de los intersticios de su cuerpo, de recursos infinitos. Bebí de ella hasta la última gota, con mis labios en los suyos, ardientes, me introduje en su oscuridad, en sus bocas, me demoré en ellas, la engullí, la mordí; ella también echó mano y boca a cada milímetro cuadrado de mi epidermis. Me hallaba en una crucifixión rosada. Arañado, destrozado, rendido, tenso hasta la rotura y tremulante como un títere, atravesado por un placer sinusoidal. Orgía de alcoholes orgánicos, sabores picantes, perfumes almizcleños, rachas de espasmos, tropel de latidos, dilataciones excepcionales, oleadas eléctricas, largas succiones, meticulosas y luego brutales, gritos. Estaba a su disposición, servil a merced en el amor. Después de que lo hubiera hecho mi alma, mi cuerpo habló: yo la amaba.
Abrí los ojos. Mi primer gesto hubiera sido descorrer las sábanas sobre su piel para ver al fin la cruz tatuada en su carne… de no haber estado solo. Me enfundé los vaqueros, bajé a toda prisa por la escalera. Tampoco estaba abajo. Abrí la puerta. El sol me cegó, y, cuando mis ojos se hubieron acostumbrado al resplandor, estuve a punto de sucumbir ante tanta belleza. «Y de súbito me pareció como si un día se
juntara a otro día, y Quien lo puede adornara el cielo con otro sol»,[6] decía Dante del Paraíso. ¿Había muerto de placer aquella noche y me estaba despertando en la estancia de los bienaventurados?
Una fortaleza de piedra tomaba el cielo por asalto. Era como una mandíbula que nos aislaba del mundo. Unos incisivos y molares de roca mordían el azul, donde flotaba un sol de oro. Frente a mí, un manto de hierba y de musgo descendía hasta un gigantesco espejo natural. Un lago en el que se desdoblaban las montañas y en el que una Paz en biquini se disponía a zambullirse.
—¡Espera! —grité, corrí hasta ella, con los pies descalzos sobre el rocío. Se dio la vuelta.
—¿Qué ocurre?
—Perdona —dije. El suspense no podía prolongarse más. Tiré de su traje de baño, dejé las nalgas al aire libre y —¡oh, por fin!— el tatuaje.
—¡Estás loco! —reía. La cruz de los Ángeles, el alfa y el omega. ¡Era ella! Besé el tatuaje, le abracé los muslos.
—Sí, estoy loco.
Está tendida a mi lado. Le beso los párpados y las muñecas. Esta película de amor puede por fin rebobinarse hasta el ordenador de Anton. ¡Gracias, Anton! Tú que decías que tenía que volver a vivir.
—Nos van a ver…
—Nos lo agradecerán.
Me maravillaba ver la sangre latir en las venas finas y azules que surcaban sus diminutos pies.
—Te quiero, Paz —dije.
Ella contestó:
—Lo que acabas de decir es muy serio. —Se incorporó, cogió impulso y desapareció en el agua del lago.
En el espejo azul, las agujas de piedra tricotaban las nubes. Me sumergí a mi vez para reunirme con aquella muchacha de agua.
Me tapé la nariz con el pulgar y el índice, expulsé el aire de los pulmones y me dejé hundir, con los ojos abiertos. Los rayos del sol traspasaban la superficie y acariciaban la vegetación subacuática de aquel lago de montaña que se llamaba lago Enol. Enol, como tu segundo nombre.
Nos quedamos allí días y días. Surcamos la región, su costa y sus montañas, desde Bulnes a Torimbia, de Gulpiyuri a Cangas del Narcea. Nos pusimos morados en granjas, sobre el trigo recién segado, nos bañamos en ríos de agua verde, la sidra corrió en los merenderos, esos banquetes al aire libre en los que, en torno a largas mesas de madera, familias enteras celebran el domingo.
Lo probábamos todo. Lo hacíamos todo. Incluso guardar silencio en viejas iglesias prerrománicas, unas joyas de la arquitectura desiertas, Santa María del Naranco o San Salvador de Valdediós, donde un rey asturiano había terminado su vida, tras ser derrocado por sus hijos.
Salíamos en busca de playas inaccesibles, con una topografía tan enrevesada que parecía que unos gigantes las habían excavado en la roca. Algunas de ellas, que recorríamos descalzos cuando la marea bajaba, se encontraban erizadas de picos de granito como dientes de dragón. Por la noche, cuando la espuma de las olas se entreveraba con la bruma, el espectáculo se volvía cósmico. Notábamos cómo los peces nos rozaban el vientre desnudo. Peces que ella devoraba por la noche, en los chiringuitos que había al fondo de las calas.
Sus gestos eran encantadores: la forma de volver a colocarse un mechón detrás de la oreja, la manía de estirarse por la mañana arqueándose desmesuradamente, la costumbre de encender los cigarrillos con un movimiento rápido —que me hacía pensar en el cartel de la mina— como si le urgiese dinamitar a quienes amenazaban su libertad.
Por desgracia, le pregunté por el tatuaje. Ella estaba echada boca abajo en la arena, bajo un saliente de roca, con la cabeza apoyada en mis muslos. El mar subía a nuestro alrededor y el agua empezaba a lamerle el cuerpo desnudo. Con el índice, yo seguía las líneas del dibujo.
—Dime, Paz, ¿qué significa ese tatuaje?
—¿Eres tonto o qué? Hace una semana que la vemos todos los días.
—Sí, ya lo sé… La cruz de la Reconquista.
Giró su linda cabeza, mirándome desde abajo.
—¿Entonces?
—¿Por qué te lo hiciste?
—¿Hubieses preferido que tuviera un trasgu jorobado, con su narizota? ¿O un delfín, como todas las adolescentes? ¿«Indignaos» en letras góticas? La cruz tiene su empaque, ¿no?
—Sí, pero sólo tienes un tatuaje. Esa cruz. ¿Por qué? ¿Qué valor tiene para ti?
—Me gusta, idiota… ¿Qué pasa? Estás serio.
—¿No la llevas por razones políticas? —pregunté.
—¿Políticas?
—Sí, podría ser independentista, algo por el estilo… o integrista.
Rompió a reír tan fuerte que me pasé tres días avergonzado.
—¿Qué pasa, que soy integrista porque me has visto conmoverme en las iglesias y porque tengo una cruz en la nalga? Mira que eres sutil… A lo mejor soy marrana y llevo una cruz para dar el pego. ¿Sabes lo que significa «marrana»?
Agaché la cabeza, confuso. ¿Se apiadó?
—Es una cosa de adolescentes, por si te interesa saberlo. ¿Quieres que me lo borre?
—No, para nada.
—Y además, sabes, me gustan las cruces, los cristos y las crucifixiones, las vírgenes que sacan en procesión por las calles, porque todo ese dolor resulta obsceno y por eso se convierte en algo hermoso. Es bastante fascinante que un instrumento de tortura haya acabado siendo el logotipo de una religión, ¿no te parece?
—Es probable que lleves razón.
—¿Te quedas más tranquilo, estúpido gabachito mío? Hazme el amor con la boca, tengo ganas de tener un orgasmo.
Por la noche le gustaba aislarse en su hórreo. Un antiguo granero de cereales que descansaba desde hacía mil años sobre cuatro pilares de piedra para impedir que los roedores se introdujeran en él. Lindaba con la casa. Paz lo había transformado en laboratorio. Como quiera que la altura del techo no superaba el metro y medio, ella trabajaba entre cubetas, sentada como un buda, rodeada por una luz roja y por toda una química compleja —sales de plata, selenio, oro y cianuro— contenida en unos frasquitos que revelaban con perfumes acres las imágenes que su ojo, dirigiendo el cuerpo de la cámara, había capturado. Clichés de nosotros dos, fragmentos de paisajes. Un cicatriz en mi hombro, una ceja fruncida, una piedra con forma de ídolo pagano, un niño que correteaba por la arena con la marea baja, el pliegue de una ingle, una ola rompiendo.
Yo me colaba por detrás de ella y apoyaba la cabeza en su hombro.
—No me importaría vivir en un hórreo…
—Tendrías que vivir acostado… No sería muy práctico.
—Apenas notaríamos la diferencia —repuse.
—¿Sabes que está construido sin un solo clavo y es, por tanto, completamente desmontable, y que se daba como dote cuando la hija se casaba con alguien de fuera para que se pudiera montar en el pueblo del esposo?
Decididamente, me gustaba aquel lugar. Me entraron deseos de algo:
—¿Te parece que quedaría bien en el paisaje de Montmartre?