Inmersión
Adiós
Es una mañana límpida, azul, azur. Azul.
Me lavo de todo, como ella.
Respiro al fin, como ella.
Le he pedido a Rakim que me condujese en su barquita y que no me hablase. Por el camino han surgido peces alados que tras recorrer varios centenares de metros sobre la cresta de las olas han vuelto a zambullirse. Sus alas despiden reflejos plateados bajo la luz matinal.
A partir de este momento, me las apaño yo solo. La botella está ahí, fijada al chaleco estabilizador, con el octopus. Busco con la mirada el mejor lugar. El motor de Rakim funciona al ralentí, es un murmullo, casi un canto. Observo cómo se despliega la costa, esa costa que ella amó, esa roca de pan de jengibre, las manchas verdes del palmeral, que van desapareciendo, el escudo azul del cielo en el que baila el sol. Rakim está atento. Busco con la mirada el mejor lugar. Me lo indicará el corazón.
Vislumbro una playa pequeña a nuestra izquierda, al pie de un acantilado. El agua es más verde ahí. De color malaquita, ese color que le gustaba llevar. Le hago señas a Rakim para que se detenga.
Éste echa el ancla.
Me enderezo. Me ato el cinturón de plomos alrededor de la cadera. Me calzo las aletas. Tengo las gafas en la frente. El sol calienta levemente.
Rakim me ayuda a ponerme el chaleco. Me siento en la borda del barco, que se balancea con mi peso. Agarro la cajita cilíndrica que contiene sus cenizas. Es de metal, muy sencilla.
En internet he encontrado un poema sublime. Tardé un poco de tiempo en hacerlo. Quería algo que no fuese triste, algo que no fuese fácil, ni metafórico, algo sencillo y hermoso, que le hubiese gustado, que fuese diáfano.
No encontré nada en español. Ni en francés. Estará en inglés.
Es de Philip Larkin. Se llama «Water».
Me lo aprendí de memoria anoche. No lloré.
Tenía claro que ella no debía regresar a Europa, que debía quedarse aquí, para siempre, en medio de lo que había elegido amar. Le compré la casita en la que había decidido posar su maleta, sus pinceles y sus sueños al pescador al que pertenecía. Quité la ropa, pero dejé sus lienzos, sus botes de pintura, la lona. Tal y como estaban, en ese fárrago de estudio. Como si ella todavía estuviese allí. Cuando abres la puerta y el sol inunda la estancia, todo adquiere su sentido, azul y luminoso. Azul. Le dije al pescador que tendría que guardar la casa, le pagaría por hacerlo, vendría a veces, contigo, Héctor, pero él podría abrir la puerta a quienes se lo pidieran. Porque, tal vez, habría quienes se acordaran de ella y otros que querrían conocerla, a aquella artista del otro lado del mundo cuyas poderosas pinceladas los dejarían atónitos. Me gustaría hacer de esta casa un lugar con vida, un museo, y no un mausoleo. Un museo para ella, porque me gustan los museos, porque en los museos hay vida.
Aprieto con fuerza la cajita, recito el poema. Me coloco el regulador entre los labios. Voy a esparcir tu cuerpo, Paz mía.
Inspiro hondo.
Me dejo caer.
Me sumerjo.
Terminaste Inmersión
Christophe Ono-dit-Biot
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