Inmersión

Christophe Ono-dit-Biot · Capítulo 40 de 46

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Inmersión

Sub-marin

Reflejo estúpido.

Pero espectacularmente excepcional.

Cuando los vuelvo a abrir, descubro un mundo que voy a describir procurando no resultar demasiado banal. Todos hemos visto la vida bajo el agua en libros, en películas. Salvo que en ese caso, formamos parte de la película, del libro. En sólo unos segundos, acabo de pasar de la superficie desierta del mar, de la lisura de cuadro monocromo, a un universo que bulle de vida, de movimientos y de sorpresas, con una geografía tan sofisticada, que parece haber salido directamente de la mente de un arquitecto bajo el efecto de una nueva droga que lo hubiese empujado a creer que todo es posible. Y a hacerlo…

A mis pies se erige una auténtica ciudad de roca y coral, erizada de torres que desafían la ley de la gravedad, sosteniendo amplias terrazas que parecen suspendidas, labradas como encajes azules, verdes y amarillos. Unos abanicos gigantes, de color rojo chillón, ondulan despidiendo llamas en la corriente invisible. Estoicos y malvas, unos robustos candelabros dejan que sus brazos se abran en infinitas ramificaciones cuyas puntas terminan por unirse en delirantes rosetones.

Oigo mi respiración. Es inquietante, nada natural, angustiosa, entrecortada. Cuanta más atención le presto, más entrecortada se vuelve.

Agito las piernas como alguien que querría agarrarse a los travesaños de una escalera que no existe. Marin me aprieta la molla del brazo, dibuja una «v» con el índice y el corazón, y se señala las gafas con ambos dedos para que mire sus ojos, intensos y dulces, tras la pared de cristal. Trato de serenarme, de no seguir dando aletazos.

Sigo oyendo mi respiración. Es más regular.

Bajamos paulatinamente por el arrecife. Unas cúpulas voluminosas, rosadas como pezones y estriadas con circunvoluciones intrincadas, parecen cerebros de gigantes sobre los que otro cerebro, poseído por la audacia, hubiese edificado catedrales con agujas aceradas y una maraña de balcones festoneados con motivos en forma de trébol. Santuarios góticos y submarinos en los que unos colosales bivalvos con labios en forma de ola, de un color azul que tira a malva, hacen las veces de pila de agua bendita. Ése es, por cierto, el nombre que se les da en francés. ¿Por qué culto? Unos peces ángel se reúnen en grupos, una morena ascética sale de su gruta, alargando su horrorosa boca para recibir el beso de un dios invisible. Unos pesados meros solitarios, hocicudos y listados de oro, parecen dispuestos para un cónclave. Legiones de peces payaso se deleitan con la unción acariciante de una anémona que les ofrece el cálido recoveco de su delicioso seno, cubierto de finos tentáculos como dedos de Virgen.

Oigo mi respiración. Es todavía más regular.

Es probable que lo sea porque olvido, porque me olvido. La presión en los músculos, en todo el cuerpo, me es agradable, tengo la sensación de que una fuerza me aglutina, pone fin al sufrimiento, a la dispersión.

Se me despegan los ojos. Todo hormiguea, los colores y las formas estallan. Tras el arquitecto drogado, el dios loco: sus criaturas presentan formas aberrantes, colores delirantes, a veces, todos los colores en un mismo animal: labios azules, ojo naranja, mejillas verdes y vientre negro con grandes puntos blancos. Algunos peces se asemejan a flautas alargadas, translúcidas y vulnerables, otros a odres ágiles erizados de pinchos. Unos van al baile, maquillados como preciosidades, con los labios hinchados hermoseados con carmín rosa y los párpados caídos con sombra de ojos malva; el resto sale de caza, como esas tres fieras con aletas, listas marrones y blancas y escamas que al desplegarse parecen las plumas de un tocado de gran jefe indio. Seguimos descendiendo hasta que nuestras aletas tocan la arena. Marin se pone de rodillas, y yo quiero hacer lo mismo, pero no lo consigo, subo, me agarra, me hace una seña, creo comprender que he de vaciar los pulmones. Obedezco. Vuelvo a bajar, lo consigo. Noto cómo la arena cruje bajo la presión de mis rodillas envueltas en neopreno. Me inclino ante el espectáculo. Estamos en primera fila. Una raya gris, salpicada de puntos malvas y provista de una larga cola que se termina en punta de flecha, se desliza con sigilo a nuestro lado, ondeando el faldón. Marin se quita el regulador de la boca, levanta la cabeza y espira lentamente. Las burbujas de aire suben hacia el cielo. Las olas vistas desde abajo son las nubes ondulantes que los gloriosos rayos de sol horadan, como en los cielos normandos que barruntan lluvia.

Estoy deslumbrado. Cautivado. Vencido.

Oigo mi respiración. Se ha estabilizado por completo.

Marin me hace un gesto con el pulgar. Tenemos que subir. Ya. Despacio, me indica. Lenguaje silencioso, fluido, armonioso. Le tengo confianza. Pongo mi vida entre sus manos. Un arrebato de pánico y lo pierdo, rebaso los límites, me estallan los pulmones, me lo ha dicho. Pero ¿por qué habría de perderle? Me tiene agarrado por el brazo, estoy tranquilo. Arriba, unas formas humanas se agrupan, con los brazos cruzados sobre el pecho, como en estado de ingravidez. Están sentados en el agua, con las piernas cruzadas, bajando y subiendo de manera imperceptible por un hilo invisible.

Marin me muestra tres de sus dedos estirados y señala el ordenador de buceo fijado a su muñeca. ¿Tres minutos? Nos reunimos con el grupo. Los otros buceadores, singulares faquires vestidos de neopreno suspendidos en el azul del agua, se apartan. Una cuerda desciende del cielo acuático. Marin conduce mi mano hasta ella, la agarro, coloca la mano por encima de la mía para comprobar que ésta está bien asida a la cuerda. Me hallo en medio del grupo. No me quitan los ojos de encima tras el cristal de sus gafas. Una familia benevolente. Las aletas les hacen unas piernas desmesuradamente largas, entre las del hombre y las del batracio. Noto una presión en el brazo. Giro la cabeza. A cuarenta centímetros, dos ojos verdísimos —los colores se aprecian extremadamente bien y las gafas tienen potencia amplificadora— se clavan en mí. Uno de ellos me hace un guiño. Me invade un calor suave. Alrededor de las gafas, los cabellos se han vuelto rojos y se despliegan como tiras de seda en torno al cuerpo longilíneo. Todo está tan tranquilo y es tan agradable. Lo admito, ya no pienso en Paz. Mi cuerpo está comprimido de una manera deliciosa. El sol se filtra por la cortina acuática, nos baña con sus rayos. A tres metros por encima de mi cabeza, a través del techo de olas, arde su disco dorado. Marin me hace señas, puedo soltar la cuerda, inicio el ascenso, la presión me impulsa como si fuese un tapón de corcho, en apenas unos segundos traspaso la pared líquida…

Se está comiendo un gajo de naranja. Le cae zumo por la comisura de los labios. El sol nos acaricia la piel. Tendido sobre el techo del barco que se balancea, estoy inerte, exhausto, feliz.

—Te he visto —dice ella— te ha ido bastante bien.

Sonrío bajo el cielo azul.

—Querrás decir muy bien. —Es la voz de Marin, que se sienta frente a nosotros con una taza de té humeante en la mano. Me escudriña con sus ojos morados, atigrados—. Muy muy bien, incluso —repite mirándome fijamente con esa mirada extraña.

Parece tan seguro de sí. No arrogante. Seguro de sí, de su cuerpo y de su fuerza mental. Seguro de que sólo puede suceder lo que él tiene decidido. Sonriente como alguien que acaba de realizar algo importante. Probablemente sea importante. De no ser así, ¿me sentiría como me siento, con la sensación de haber abierto una nueva ventana en mi cerebro? Le sonríe a Kim. ¿De qué índole son sus relaciones? ¿Son amantes? Y Paz, ¿qué pinta en todo eso? De repente vuelve a formar parte del juego. ¿Con que seguro de que sólo puede suceder lo que él ha decidido? ¿Y Paz entonces?

Toma la mano derecha de Kim con su mano izquierda y con su mano derecha toma la mía. Lo dejo hacer, intrigado. Formamos una cadena. Entonces dice, con tono entusiasta y grave a la vez:

—Ahora formas parte de la comunidad.

Me siento algo incómodo. Incómodo también por su gesto, a tal extremo que quito la mano. Durante unas milésimas de segundo, se le forma una arruga de contrariedad en la cara.

—¿De la comunidad?

—La de los buceadores, la de la gente que se sumerge bajo la superficie —dice —. ¿Te choca la palabra?

El color malva de los ojos se le ha oscurecido. He enfriado su entusiasmo. Kim también me mira de hito en hito, se diría que está esperando el desenlace con impaciencia.

—Digamos que la palabra me parece un poco fuerte.

—Como la palabra «bautismo» —dice mirándome.

—En efecto.

—¿Y esa palabra no te choca?

—Es una imagen, ¿no?

—¿Una imagen? Si a ti te lo parece, es una imagen… —Su tono es de irritación. Vuelve a llevarse la mano al cuello—. Disculpadme. —Se levanta y se dirige a la escalera que lleva de vuelta a la cubierta.

Miro a Kim.

—Parece que lo he ofendido.

Se encoge de hombros.

—Marin es un poco radical en todo lo que se refiere al mundo submarino.

—¿Y tú?

—No disto mucho de pensar como él. Nunca había buceado antes de venir aquí y desde entonces lo hago todos los días. Me di cuenta de que lo necesitaba, de que mi cuerpo me lo reclamaba. No te voy a salir con eso de que es una droga, porque me parece ridículo, pero en el fondo, creo que es similar: mi organismo quiere su dosis de adrenalina. Y, además, te aseguro que lo que a veces se ve es tan asombroso…

Me cuenta el día en el que por primera vez, agarrada a la roca, vio venir hacia ella, como inmensos bombarderos sigilosos, las grandes formas negras. Cómo se escondió detrás de una alfombra de anémonas y vio de cerca a las enormes mantas, de cuatro metros de envergadura, «que dan vueltas, planean por encima de ti, con sus dos cuernos. ¿Sabías que las llamaban Diablos de los mares?». No se deben tocar bajo ningún concepto porque entonces el olor humano las impregnaría y sus compañeras las abandonarían; sólo hay que limitarse a observarlas mientras se arremolinan apaciblemente, con su gran boca abierta para el plancton…

—Un espectáculo, darling, que te resarce de todo lo demás, de las penas que tienes, de los imbéciles a los que conoces, de la fealdad del mundo. Una belleza sin contrapartida, simplemente estás ahí, formas partes del todo, te quedas en tu sitio, no haces más que lo necesario, te conformas con respirar y estar ahí, en la misma agua, en la misma historia que esos monstruos maravillosos… Así que, a ver, cuando Marin habla de comunidad, en el fondo creo que lo entiendo, creo que me da ganas incluso de pensar como él, de hablar como él.

Mi mirada deriva hacia el horizonte. Mar calmo, luminoso como un escudo de plata. El sol se le echa encima como un predador hambriento. Las murallas de la orilla parecen, más que nunca, hechas de pan de jengibre. Son las diez.

El rostro de Paz irrumpe en mi cerebro. Me avergüenzo de sentirme tan bien. Kim se estira como una gata e inclina la cabeza hacia detrás. Su cabello pelirrojo acaricia el kevlar del techo ardiendo.

—¿Por qué te sientes tan sereno después de bucear? —pregunto.

—Es la dosis de libertad que te has inyectado en el cerebro. La belleza. Y también el nitrógeno que inunda tu sangre, que te cansa agradablemente.

—¿Nitrógeno?

—Sí, el nitrógeno que hay en la botella y que absorbe tu organismo.

Uno de los chicos del barco aparece con una bandeja. Apenas si puedo distinguirlo bajo el sol cegador.

—¿Quieres un dátil?

—Bajo ningún concepto.

—¿Bajo ningún concepto? —repite ella cogiendo con la mano derecha, de uñas rojas, uno de los frutos marrones—. ¿Por qué dices eso? Es un poco exagerado…

—No me gustan.

Agarra otro dátil en la bandeja y lo dirige hacia mis labios.

—No seas tonto, es el fruto local…

Abro la boca. Me introduce la carne marrón entre los labios y, con la cabellera desatada, sonríe. Me avergüenzo. Ocho meses. Hace ocho meses. Cierro los ojos, asqueado de mí mismo, asqueado de la vida, del hecho de que ésta siempre consiga florecer sobre la muerte.

A media mañana, amarraron el barco al borde del acantilado. El arrecife formaba manchas púrpuras en el agua azul. Nos sirvieron un refrigerio. Frutas, arroz. Marin hablaba con Kim y el resto de buceadores a propósito de un tal capitán Watson. Al buceador viejo le parecía que éste iba demasiado lejos y Marin se había acalorado. Me incliné hacia Kim.

—¿Quién es ese Watson?

—Un activista por la protección de los océanos. Un disidente de Greenpeace. Está haciendo campaña en contra de la caza de ballenas y tiburones. Hace poco, en Costa

Rica, embistió un barco de pesca que estaba haciendo [23] finning en un parque natural. Los tipos presentaron una denuncia, el gobierno local se inmiscuyó. A Watson le están dando caza y la Interpol lo está buscando.

—¿Nada menos que la Interpol?

—Sí. Es un asunto muy serio. Le estropea el negocio a gente muy influyente. ¿Sabes a cuánto está el kilo de aleta de tiburón?

—No sé, dímelo, ¿a cuánto?

Sonrió.

—A quinientos dólares. Y ellos se lo compran a los pescadores a ochenta centavos. No hace mucho, en China, una aleta de tiburón ballena alcanzó los diez mil dólares en una subasta. Semejantes márgenes sólo se consiguen con la venta de droga.

—¿Y Watson está escondido?

—Está escondido. Juega mucho con ese lado pirata suyo. Sus barcos navegan con la bandera negra. Ésa de ahí… —con un ademán de la barbilla, me señaló la bandera que flotaba en el viento de Arabia.

—¿Marin forma parte?

—Sí. Transfiere el cincuenta por ciento de las ganancias del centro a la organización de Watson. Sea Sheperd: el pastor del mar.

Marin seguía explicándose ante el otro buceador:

—¡Pero los individuos a los que Watson embistió estaban pescando con palangre! ¡Con un palangre, en un parque natural!

—Un sedal de varios kilómetros con un anzuelo cada tres metros —me aclaró Kim.

—Imagina —continuó Marin— que haces eso en la selva amazónica; que desde un enorme helicóptero lanzas centenares de sedales: te llevarías a monos, erizos, papagayos… El palangre no selecciona, es una masacre. Bastaría con grabar los alaridos de los animales para que todo el mundo pusiese el grito en el cielo. Pero ése es el problema de los animales marinos. ¡Como no chillan, nos importa un bledo! Figúrate que se dedican a arrojar los jodidos palangres cuando lo único que les interesa son las aletas de los tiburones. ¿Y esos cientos de tortugas, delfines y aves que quedan atrapados en los anzuelos?

—Vale, Marin —decía el buceador viejo—, pero con violencia no se arregla nada.

—¿Con violencia? ¿Qué ha hecho? Anegarles el motor con un cañón de agua. Estaban en una reserva marina, ¡joder! Los tíos pisotean la ley, y la ley la emprende con el único tipo que tiene los cojones de tratar que se la respete…

—Pero no lo han atrapado…

—Faltaría más.

Nos sirvieron té. Miré la bandera negra ondulando antes de cerrar los ojos y quedarme dormido, con la cabeza llena de nitrógeno y de visiones de un ejército submarino de guerreros provistos de aletas, que se abatían sobre el casco de los navíos destructores de la naturaleza frunciendo los ojos tras las gafas de cristal.