Inmersión
La carne contra el mármol
Creía que mi fantasía había ganado, creía que había aplastado a la suya. Pensaba que la había vuelto a poner en buen camino. Que los tiburones se habían dispersado, que apenas volveríamos a hablar de aquel asunto de la adopción.
Paz se sentía inspirada. Mejor aún: entusiasmada, esa palabra que para los Antiguos significaba estar poseído por un dios. Mi asturiana había ascendido directamente al Olimpo.
Abandonó las playas y se dedicó a recorrer los museos.
Capodimonte, el Reina Sofía, la galería Borghèse o Delfos. Y Orsay, donde se pasaba la vida, a la espera del Louvre, de momento un pez demasiado gordo para ella, según decía. «Si esto funciona, entonces lo intentaré con el Louvre.»
Se lanzó de lleno en su nuevo trabajo. Había encontrado un tema atrevido en aquellos tiempos en los que todas las referencias se hacían añicos, en los que sólo parecíamos vivir en la inmediatez: confrontar a los espectadores con las obras de arte. Siempre aplicaba el mismo método: «Es preciso repetir, que no repetirse», le había dicho Josef Koudelka, el inmenso fotógrafo que había consagrado años enteros a fotografiar a sus gitanos. Me había cruzado con ambos una noche, cerca de la agencia Magnum, por encima de la plaza de Clichy. Cuando no estaba de viaje fotografiando, Koudelka tenía por costumbre dormir allí, sobre dos banquetas pegadas una a la otra, él mismo convertido en un verdadero gitano a los setenta y cinco años. Estaban tomándose una cerveza blanca y, entre la cerveza, Paz y Josef, no hubiera sabido decir cuál de ellos era el más refrescante. Ella volvía de la piscina y llevaba un vestidito gris perla de tirantes finos y el pelo mojado recogido en un moño. Él, la barba desaliñada, blanca como su pelo desmadejado, los ojos ardientes de malicia tras el cristal de las gafas, vestido con una camisa militar verde oscuro que me hacía pensar en un viejo guerrillero sin principios. O unos principios que iban a contracorriente de los de la masa de humanos.
—No quiero que me haga ilusión volver a un sitio al que se supone que debo regresar. Vivo donde vivo y cuando no me quedan más fotos por hacer, me voy a vivir a otro lado, así de sencillo…
Ella se había quedado callada. Ensimismada, trazaba figuras complejas con el índice en el vaho que recubría su copa, de formas femeninas.
—Hay que repetir una y otra vez la misma foto —afirmaba Koudelka—, es el único modo de sacar el máximo partido.
Por tanto, el mismo método. Siempre con la cámara oscura, que le permitía, decía, jugar con la luz, las materias —mármol, sol y bronce—, como un pintor. También jugar con el tiempo, pues la cámara oscura permitía realizar fotografías de larga exposición. Siempre encima de su plataforma, dominándolo todo, a la gente, a las obras. Tan sólo el cielo estaba a mayor altura que tu madre. ¡Qué gozada verla en mitad de aquel museo, en el centro de aquella nave de Orsay, en otro tiempo poblada de trenes, antes de que a éstos los expulsaran aquellos vehículos mucho más potentes que eran las obras de arte! Tenía dos asistentes, dos estudiantes de Bellas Artes que se llamaban Julien y Aurélia, y a los que yo llamaba vestales porque tenían una paciencia infinita y se volcaban con aquella sacerdotisa contemporánea, que en ocasiones se colocaba una corona de hiedra en el cabello y los dirigía empleando palabras incomprensibles para mí, pero que forjaban aquel ritual en el que se captaba la vida, en el que se capturaba la vida, transformando a hombres y mujeres, e incluso a las obras de arte que atrapaba en la red de su objetivo, en algo así como juguetes. Cuando contemples esas fotos, entenderás lo que digo: hasta las obras de arte parecían juguetes. Ella sobresalía. Imponía una distancia. Era la reina. Ellos eran liliputienses. Ella lo dominaba todo. Por encima de su cabeza, tamizada por la cristalera en forma de túnel, la luz estival estallaba en mil cristales.
Un mes más tarde descubrí las primeras fotografías. Las sacó de un sobre de papel kraft, a la espera de que le diese mi parecer, aunque con cierta predisposición, pues ella misma sabía que no me creería si le decía que era genial y que se quedaría aniquilada psicológicamente si no me mostraba tan entusiasta como ella deseaba.
—Es potente —dije.
Sí, potente. Porque no sólo era hermoso. Era de una belleza que te cogía por el plexo, te subía a la cabeza y te bajaba a los riñones, y te agradaba porque estaba saturado de vida y porque ibas a deleitarte con aquella vida.
—¿De verdad? ¿Lo estás diciendo en serio?
Le acababa de subir la temperatura del cuerpo. La ansiedad o la satisfacción hacían que le vibrase la carne. Paz era lo contrario de un cubito de hielo, y eso se notaba enseguida cuando te acercabas a ella. A veces, en sueños, cuando se agitaba, varias gotas de sudor le perlaban las sienes…
—Es muy potente.
Se apartó los mechones que le caían por delante del ojo izquierdo. Tenía el ojo afilado, negro, como un puñal, pero en aquel instante se le había embotado el filo y se había transformado en una almendra que estaba para comérsela a mordiscos. Tenía la irreverente barbilla apoyada en la palma de la mano, y su sonrisa, que dejaba ver sus dientes, te sobrecogía.
Aquel nuevo trabajo era asombroso. Una bomba. ¿Qué era lo que se podía ver? En pocas palabras, gente y obras de arte. La gran confrontación entre lo que es mortal y lo que no lo es. Entre la carne y el mármol, la desnudez y lo que está cubierto de ropa. Atracción, repelencia, una lenta familiarización. El tiempo suspendido. También la efervescencia de las masas. Había largas hileras de visitantes asiáticos deslizándose como dragones de Año Nuevo entre las estatuas del siglo xix, alumnos que trotaban frente a las vacas impresionistas y una muchacha solitaria que se enjugaba una lágrima ante una aguadora de bronce. Se enjugaba una lágrima, sí, eso era. Porque, como ocurría en lo que Paz, «la diana cazadora de la fotografía» (como se referiría a ella Il Corriere della Sera), hacía, todo se apreciaba con nitidez prodigiosa. Daba la sensación de que era un dios al que no se le escapaba nada. Como aquellas dos ancianas sentadas, cansadas, y aquella tercera que acababa de levantarse, sintiéndose repuesta de pronto gracias a Las islas de oro de Henri-Edmond Cross, donde la arena centelleaba y el sol bailaba sobre el mar. ¿Qué recuerdo se había reactivado? Volví a pensar en lo que nos había dicho el director del Louvre: las obras nos escogen. Un grupo de alumnos se había dividido en dos. Los niños, de diez años como mucho, excitados como pulgas ante La caza del tigre de Delacroix (el ojo desquiciado del caballo, la determinación del jinete, el rojo de las capas y el pelaje de la fiera, las mandíbulas ensangrentadas, el fulgor del acero). Las niñas, mudas de estupor y de envidia frente a las princesas etéreas de Gustave Moreau, anilladas de piedra de luna y coronadas de diamantes. No, también había un niño… Y la postura, que me encantaba, de las exquisitas estudiantes de arte, sentadas con las piernas cruzadas, reconcentradas en exceso, esbozando en las inmensas hojas blancas de sus cuadernos la caída de las telas formando mil pliegues y las complejas musculaturas de los guerreros mitológicos.
En ocasiones, las obras sólo servían de enlace entre los humanos. Un vector inerte para sus atracciones magnéticas. Por ejemplo, ¿aquella pareja que se cogía de la mano, paralizada frente al gran Rolla de Gervex (la muchacha desnuda, con la piel temblorosa después de hacer el amor, el corsé tirado en el suelo, la mano en el pelo, la sábana enroscada por delante mismo del sexo, que, de lo contrario, quedaría expuesto a los ojos del espectador; y el hombre, junto a la ventana, en mangas de camisa, vigilando la calle como si temiera que de ella pudiese surgir una amenaza), era también una pareja clandestina, deshonrosa, oculta? ¿Por qué aquella señora de sesenta o setenta años, muy digna, muy enjoyada, con un abrigo color ciruela y un moño elaborado, casi etrusco, miraba de hito en hito a aquel hombre algo más joven con un aire a Sami Frey, pero metido en carnes, que estaba en pleno diálogo con el cuerpo entregado de La joven tarantina…?
Había tantas historias en sus fotografías… Podías pasar horas y horas en ellas, casi se oían los pensamientos de los personajes que se movían por la imagen. ¿Quién era el hombre al que miraba aquella mujer veinte años mayor? ¿Un antiguo amante? ¿Uno futuro? ¿Un antiguo alumno? ¿Un hijo perdido? La fotografía no acababa de completarnos el relato de lo que sucedía… Esto es sólo para decirte, Héctor, que tu madre se hallaba en la cima de su capacidad artística, que era dueña absoluta de su mirada, personal, mordaz, sensible. Que captaba como nadie el apetito por la vida, la sensualidad que toda aquella belleza despertaba en el cerebro de los paseantes.
Por supuesto, eso no es más que mi interpretación. Quién sabe si para ella no se trataba de lo contrario, de un paso más hacia su ruptura con el género humano. Pues, si se la examinaba detenidamente, aquella nueva serie consagraba el reino de las estatuas a través de la fotografía. Un reino estético, un reino sobre el tiempo. A los espectadores se les fruncía la piel, se les sonrojaba, se les descamaba. Las estatuas, blancas y negras, la hacían contrastar con la absoluta inmovilidad de su carne mineral. Aquello era intenso, trágico. Paz iba a tener un éxito enorme.
—Esta vez, cuando exponga en la galería de Tariq, no escribas ningún artículo, por favor —me advirtió una noche.
—No puedo, querida, ahora estamos juntos, se daría un conflicto de intereses.
***
Yo creía que la lisura del mármol había prevalecido sobre la rugosidad de las escamas. Ya no hablaba de tu hermano acuático.
Y entonces encontré un SMS por casualidad. Es estúpido encontrar un SMS. Es de una vulgaridad enorme. Sobre todo en el caso de alguien como yo, que nunca ha querido abismarse en el espionaje conyugal. Paz y yo habíamos acordado lo siguiente: si nos acostamos con otra persona, si se trata tan sólo de una cuestión física, no pasa nada, no se lo decimos al otro, es algo que puede suceder.
Ella había añadido:
—Yo no quiero saber nada, si no te saco los ojos y me marcho en cuanto lo haga. Te saco los ojos, no porque esté enfadada, sino porque no soy tu madre, porque resultarás patético si me lo cuentas y porque la gente patética merece un escarmiento.
—Yo no te sacaré los ojos. No tendría fuerzas para hacerlo.
Me había preguntado de inmediato:
—¿Me estás engañando?
Yo no engañaba a mi mujer, pero como quien dice, no tenía mérito alguno: la quería. Tampoco es que tuviera tentaciones: ella era todas las mujeres. Unas veces asiática, otras africana, rusa o siciliana, en ocasiones etérea, pero a menudo lujuriosa.
—¿Y si nos enamoramos? —preguntó.
—Propongo que nos lo digamos. Eso significará que nuestro partido se ha terminado. Suena el silbato, nos dirigimos a los vestuarios, nos duchamos, nos vestimos, preparamos nuestras cosas. No vamos a organizar una cumbre para elaborar un plan de rescate. En época de crisis, todo acaba siempre yéndose a pique.
Ella había añadido, y aquello casi había hecho que se me saltaran las lágrimas:
—¿No lo intentaremos siquiera un poco?
Y ahora aquel SMS. Se estaba dando un baño con agua caliente espolvoreada con sales del mar Muerto. La pantalla de su Blackberry se había encendido sobre la mesita del salón exhalando un breve y trémulo suspiro. No pude por menos de verlo. Un mensaje escueto. En principio nada dramático. Nada de «Soñé contigo, te extraño» ni de «Ha sido una noche mágica. Vuelve pronto» o «Me acaricio pensando en ti». No, en principio nada del otro mundo. Tan sólo aquella frase sin verbo: «Ampollas de Lorenzini», encima de la cual aparecía el nombre del remitente grabado en la agenda de Paz: «Marin».
De entrada pensé que se trataba de una receta del médico o de un consejo de bricolaje relativo a la iluminación de su estudio. Pero luego cogí el móvil y me metí en un par de clics en la gran red mundial, el océano infinito de la información: las «ampollas de Lorenzini» hacían referencia a un órgano de percepción característico de los tiburones, que les permitía detectar bajo el agua el más mínimo campo eléctrico, latido del corazón o contracción muscular de una presa…
Había vuelto a las andadas con más intensidad que nunca.
Oí el sonido de la puerta corredera del cuarto de baño cerrándose y el de sus pasos sobre el parqué dirigiéndose a la habitación. La seguí con el corazón palpitante. Estaba arropada en un albornoz y la toalla que llevaba enroscada en el pelo le hacía una especie de tiara. Tenía que averiguar quién era aquel Marin.