Inmersión

Christophe Ono-dit-Biot · Capítulo 33 de 46

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Inmersión

IV. El País de Aladino

Middle East Sushi Bar

Alargué el billete y penetré en el pasillo de embarque. Un largo cuello de botella comercial. En las paredes, los eslóganes de un banco inglés, creado ciento cincuenta años atrás para financiar el tráfico de opio, golpeaban en ráfagas: «El futuro está lleno de oportunidades», «Los intercambios de sur a sur serán la norma, no la excepción», «El algodón y el maíz competirán por las inversiones». El comercio planetario proliferaba hasta el umbral de las nubes.

E incluso hasta las mismas nubes. El empuje de los reactores nos había propulsado a diez mil metros de altitud. Nos habían servido alcohol a raudales. Vencido por la tensión, dormitaba cómodamente instalado en el asiento, cuando la voz almibarada y mecánica de un auxiliar de vuelo me sacó del limbo, invadiendo mis conductos auditivos.

«Señoras y señores pasajeros, a continuación pasaremos entre ustedes para proponerles los productos de nuestra tienda. Artículos para smartphone, perfumes de grandes marcas, Gucci, J.-P. Gaultier o Calvin Klein. Nos gustaría señalarles que dichos productos están disponibles a un precio inferior al que se ofrece en los comercios, de un veinte a un treinta por ciento menos. Si desea obtener más información sobre aquellos productos que merecen la pena realmente, no dude en preguntarme. Podrá pagar con tarjeta de crédito. Hasta ahora.»

Prosiguió en inglés: «They are cheaper than in the commerce, cheaper than in the commerce». No me quedaba del todo claro que «cheaper than in the commerce» fuese correcto desde un punto de vista lingüístico, pero lo que me más me chocaba del mensaje era su insistencia y su brusquedad. Nada que ver con la discreción de las azafatas que, hasta hace poco, empujaban con delicadeza un carrito, proponiendo esos productos libres de impuestos mediante una sugerencia educada, casi magnética. A partir de entonces se nos conminaba a base de martillazos. Como Europa empobrecía, el tipo estaba necesitado. Se llevaba una comisión sobre las ventas aéreas. Sin ellas no podría pagarle la pensión alimenticia a su exmujer, pues le habían reducido el sueldo un treinta por ciento debido a la crisis y a los «esfuerzos de solidaridad» que la compañía pedía a los empleados.

Por la ventanilla, el cielo se extendía azul y blanco. ¿Inventarían dentro de poco un sistema de publicidad que se pudiese ver desde las nubes?

Volví a retomar la lectura de la Ilíada. En las murallas de Troya, Héctor, con su casco, listo para partir al combate, se despedía de Andrómaca «la de los brazos blancos» y de su hijo Astianacte, que debía de tener dos o tres años. En nombre de su amor y en el de su hijo, ella le imploraba entre lágrimas que no fuese a luchar, que no la convirtiese en viuda, ni a su hijo en huérfano. Héctor la reconfortaba, le hablaba de honor —como buen troyano chapado a la antigua—, y se agachaba hacia su hijito, que de pronto se ponía a gritar, asustado por la armadura centelleante y las crines de caballo que adornaban el casco de su padre. Héctor soltaba una enorme risotada, se quitaba el casco, cogía a su hijo en brazos y lo estrechaba contra su amplio torso encomendándolo a los dioses: «Que un día se diga de él: “es superior a su padre”». Los griegos, después de entrar en la ciudad, arrojarían al crío de lo alto de las murallas de Troya.

No era una buena idea para conciliar el sueño. Cerré la Ilíada, cogí la Odisea y pedí otro vodka. Las nubes flotaban en el cielo como partículas de espuma de afeitar en un lavamanos. No se veía el reborde de loza.

Fue el consulado español quien llamó a las autoridades francesas. Hallaron mi nombre y mi número de teléfono entre sus pertenencias.

La pantalla encastrada en el respaldo del asiento delantero simulaba la trayectoria del avión. Indicaba la ubicación de la Kaaba, el edificio cúbico que se encontraba en el centro de la mezquita sagrada de La Meca y hacia el cual confluían todas las oraciones de los musulmanes. Lo hubiera dado todo por demorar la marcha, por apañármelas para que no llegásemos nunca. Mi vecino, un joven de unos treinta años, con barba escasa, vaqueros y zapatillas de deporte, entabló la conversación. Estaba alegre. Incluso excitado. Hubiese querido dormir, pero acorralado como estaba entre él y la ventanilla, se me hacía difícil eludirlo.

—Voy a hacer el hajj —me dijo.

—Pero es usted muy joven —observé.

—El hajj es un pilar del islam y hasta que no lo haya hecho, me faltará una quinta parte de mi práctica musulmana. Y, además, no sé cuándo voy a morir, ahora mismo tengo buena salud y los recursos para hacerlo, y se debe hacer cuando uno tiene los recursos necesarios…

—«Todo aquel que posea provisiones y una montura capaz de llevarle hasta la casa sagrada de Alá, pero no haga la peregrinación, que muera siendo judío o cristiano» —murmuré.

Se le agrandaron los ojos:

—Wallah, usted conoce bien…

—Me interesa.

—Todos mis respetos. —Se puso la mano en el corazón—. Me llamo Brahim.

Me habló de la inversión que suponía para él aquella peregrinación: más de tres mil euros. Pero me expuso su razonamiento: cuanto más pasaba el tiempo, más disminuirían los recursos de petróleo y más se encarecería el billete de avión. También, cuanto más se esperara, el hajj se acercaría más del verano, y el peregrinaje, que constituía de por sí una prueba debido a la muchedumbre, sería más difícil de soportar porque se le sumaría el calor. De momento no tenía hijos, pero sí numerosos proyectos, así que le parecía lógico cumplir con el hajj antes de realizarlos, para que después «Alá estuviese complacido con él».

Luego añadió:

—Algún día la Kaaba será destruida…

—Sí, pero al final de los tiempos —dije.

—Quizá sea dentro de poco, quién sabe…

—Llega más rápido de lo que creemos, tiene usted razón.

Cerré los ojos. Con ayuda del alcohol, despegaba progresivamente hacia el sueño, cuando su voz me volvió a pegar a la pista.

—Estoy impaciente por ver la Kaaba…

Tenía estrellitas en los ojos. Eso me conmovió.

—¿Va a tratar de tocar la piedra negra? —le pregunté.

Me miró con admiración:

—Usted lo sabe todo.

—Ya se lo he dicho, me interesa.

—Debería venir conmigo.

Sonreí. La entrada a la Meca estaba prohibida a los no musulmanes, quienes ni siquiera tenían derecho a poner un pie en el asfalto de la ciudad sagrada. Se decía que aquella piedra engastada en un soporte de plata, al pie del gran cubo sagrado, la había traído un ángel del paraíso; que al principio era blanca, pero la mano pecadora de los hombres la había ennegrecido. Se decía que procedía de un culto muy antiguo, anterior al de Mahoma. También que, el día de la resurrección, estaría provista de una lengua que atestiguaría la sinceridad de los corazones.

—¿Usted qué piensa, que se trata de un meteorito?

Negó con la cabeza.

—Cayó del paraíso para señalarles a Adán y a Eva el emplazamiento de su templo. Recibió el beso del profeta y con eso me basta.

Había leído muchas cosas al respecto. En parte, para comprender por qué la religión, en primer lugar el islam, volvía a irrumpir por entonces de forma tan estrepitosa. Había llegado a la conclusión de que se debía al rechazo de las imágenes, de aquel mundo de la imagen que lo colonizaba todo. La Kaaba estaba vacía, vacía de imágenes, porque no se debía representar al profeta. Ninguna imagen. Volví a pensar en Paz, que creaba unas tan bellas, tan potentes.

—Y usted, ¿qué va a hacer allí?—me preguntó.

Dudé y luego respondí:

—Voy a reunirme con mi mujer.

—¿Es musulmana?

—Que yo sepa, no.

—¿Qué está haciendo allí?

—No lo sé.

Tuvo la elegancia de no insistir.

Cierro los ojos. La máquina de los recuerdos se desboca. Menos mal que mi amigo Jules estará esperándome cuando el avión aterrice. Mi mejor amigo. Al que perdí de vista desde que decidió vivir en aquellas tierras lejanas. Hicimos la carrera juntos y mamamos copiosamente del gran biberón literario. Años eléctricos, escuela de la mente, escuela de la carne. Rodeados de cuerpos celestes de cabello largo, leímos mucho, acariciamos mucho, soñamos mucho. Con ser escritores, estrellas del rock, sabios místicos. Jules y César. Una broma de la que hubiese sido estúpido no reír. Nuestro primer viaje lo hicimos juntos. A la India, hace dieciocho años. ¿A qué se dedicaba allí? Era banquero. Especialista en finanza islámica. Qué curiosa es la vida. No quiero pensar en ello. Por ahora necesito dormir algo para no sentir nada más.

Vi una película del tres al cuarto antes de deslizarme hacia la nada, aturdido por el alcohol y las visiones de guerreros con casco arrastrados por los carros enemigos, reinas llorando y dioses celosos.

El avión inició el descenso sin que me percatase. No abrí los ojos hasta el preciso instante en que los neumáticos del Airbus mordieron la pista con un espantoso ruido de fricción, como el de un torno colosal en el marfil del molar de un gigante.

Recojo la maleta entre una multitud de estatuas vivientes ataviadas con paños blancos y zapatillas de cuero desgastadas. Es tarde. Tengo los ojos secos del aire acondicionado, cansados por la luz artificial que mana de los letreros de las tiendas, de las fuentes kitsch, de las palmeras artificiales de plástico. El aire es denso, ruidoso, glacial; el perfume que se desprende de los kilómetros de tiendas, acre y nauseabundo. Me siento azorado y he estado a punto de que me atropellase un cochecito eléctrico que avanza rechinando por el pavimento liso, con tres mujeres con velo y guantes negros a bordo. Me veo en Beirut. Tengo miedo de lo que voy a hallar. Pienso en Paz. Me agarro a una barandilla. Me encamino hacia los controles de seguridad deslizándome por el suelo de granito blanco, liso como la mejilla de un niño. Me gustaría que me detuviesen y me mandasen de vuelta a Europa. Pero es demasiado tarde, apenas supongo una amenaza para la seguridad del reino. El tipo de la garita transparente, tocado con una kufiya, me hace un gesto desganado, no le intereso, puedo irme.

He pasado al otro lado. He faltado a mis promesas. Pienso en el cuerpo que me espera, se me hace una bola en el estómago. Uf, ahí está Jules. No ha cambiado. La misma silueta de marioneta alta y huesuda, pero encorbatada hasta la glotis.

—¿Cómo te encuentras, amigo? —me suelta mientras me abraza con energía, zamarreándome cariñosamente. En realidad no conoció a Paz. Añade—: Lo siento.

Trago saliva. Por encima de sus hombros, los letreros parpadean y las túnicas de las mujeres y de los hombres se retuercen como antorchas… Los focos son demasiado blancos, la tentación de volver a subir a un avión demasiado apremiante.

—Jules, ¿te importa si nos largamos de aquí?

Fuera, el aire es tibio y me trae sosiego. La gente pega bocinazos, grita sonidos ásperos en sus teléfonos móviles; asisto al mismo baile de taxis que en el resto del mundo, sólo que los automóviles son más largos, más espaciosos, tienen los cristales ahumados. La maleta rueda por el asfalto.

Jules se detiene ante un engendro automovilístico: un jeep Wrangler verde camuflaje aparcado en mitad de una hilera de berlinas negras. Por encima de los asientos, tan sólo un techo de chapa.

Arroja mi bolso a la parte de atrás, subimos al destartalado coche, enciende el contacto, estira el brazo hasta la radio. Un sonido familiar. Unos acordes alegres y una voz inglesa aguda. Me guiña un ojo. Pulp: Disco 2000, el himno de nuestros veinte. Zigzaguea entre los magníficos cochazos, abandona el aparcamiento y sale disparado hacia la megalópolis que, vista desde allí, se parece a la ciudad de Blade Runner.

 

And they said that when we grew up,

We’d get married and never split up.

We never did it although often I thought of it.

Decían que cuando creciéramos,

nos casaríamos y nunca nos separaríamos.

Nunca lo hicimos, aunque pensé en ello a menudo.

 

A lo lejos, la luz burbujea como un refresco gigante. El coche, que la ciudad parece succionar, avanza veloz por la larga franja de asfalto, que no termina de desplegarse sobre los puentes, bajo los túneles, enroscándose en las intersecciones a desnivel. A nuestro alrededor se extiende un bosque de torres pixelizadas de fulguraciones multicolores, levantadas en la superficie del desierto con formas insólitas que van desde una llama hasta un abrebotellas gigante. La más alta es una aguja telescópica que atraviesa el tejido de la noche. El coche aminora la marcha, dobla a la izquierda. Vuelve a aminorar y acto seguido acelera para adelantar a tres largas limusinas. El viento hace restallar la chapa del techo. Jules sube el volumen:

 

You were the first girl at school to get breasts.

Martyn said that yours were the best.

Fuiste la primera chica del colegio a la que le salieron los pechos. Martyn decía que los tuyos eran los mejores.

 

Un aluvión de recuerdos me empaña los ojos. Recuerdo a una danesa, de un rubio de esquiadora, avanzando a gatas bajo las vigas de madera de su piso, con el parqué renegrido por las cenizas de nuestros cigarrillos. Recuerdo las tapas de la edición de bolsillo de Los demonios, con la cabeza de un Loco por Cristo sobre fondo rojo. Recuerdo nuestra expedición a Barcelona, donde me aguardaba el pecho rollizo de una chica de boca triste en la fuente del barrio gótico a la que ésta se había arrimado… Recuerdo la suavidad de las mantas de algodón procedentes de la India, acolchadas y frescas, en las que me arrebujaba cuando estaba en casa de Jules; el bonito dibujo que me había hecho una estudiante de arte en la época en la que me daba al «hada verde»: una botella en cuya etiqueta aparecía un bosquejo con la inscripción «Alma santa». Recuerdo a los mendigos de los baños públicos de la plaza Monge, a los que iba a enjabonarme antes de salir a bailar aquella canción:

 

The boys all loved you but I was a mess

I had to watch them trying to get you undressed. Todos los chicos te querían y yo estaba anonadado por ver cómo trataban de desvestirte.

Una vida que Paz no conoció.

 

El jeep modera la velocidad, sale de la autopista, se desliza por otra pista, bordea una mezquita cuyos alminares se alzan como si estuviesen en una rampa de lanzamiento, y se mete en el aparcamiento de un gran hotel, adornado con un jardín. Por fin palmeras de verdad. Y el perfume del mar. Jules apaga el contacto. Aguzo el oído, el sonido de una discoteca por encima del de las olas. «Vamos a tomar una copa», dice. Varias parejas nos adelantan por el paseo que corre junto a la espuma y desemboca en una terraza con muebles de diseño blancos que atiende una recepcionista con traje sastre. Jules le da un beso y me la presenta. Huele bien, lo que me recuerda que me hubiese gustado tomar una buena ducha tras todas esas horas de avión. Tiene una sonrisa rojísima. Llama a otra chica. Ésta nos conduce a una mesa con vistas a un pontón en el que cabecean unos yates. Jules pide dos diablo mojitos.

Se saca una cajetilla de cigarrillos de la chaqueta, me alarga uno. Lo sujeto entre los labios, la llama lo lame. El humo me sienta bien.

—Bueno —dice—. ¿Cómo ocurrió?

—Pues la encontraron allí, en una playa.

Evidentemente, me hace la pregunta para la cual no tengo respuesta:

—¿Qué puñetas estaba haciendo allí?

Meneo la cabeza. Agacha la suya, me da vergüenza no saberlo. La música sube en derredor. Música electrónica con un aire de clavecín.

—¿Conoces Abu Nuwas?

—Está en otro emirato. Creo que es minúsculo. Nunca he ido.

Quiere decir algo más. Vacila. Le digo:

—No te preocupes, Jules. No puede ser peor que todo en lo que he estado pensando en estos tres últimos días…

—¿Dónde está? Vamos, quiero decir, su cuerpo…

Le contesto que sigue allí y que lo han puesto al fresco.

Al oír «puesto al fresco», gesticula y dice:

—Lo siento, yo…

Me hago el valiente:

—Eso es lo que se hace con un cuerpo, se pone al fresco.

Coloca la mano sobre la mía. Me dice que iremos juntos.

—No te preocupes, César. A lo mejor no es ella.

He pensado en eso muchas veces y me alegra que otra persona me lo diga. Sólo que no me lo creo. Levanto la mano para llamar al camarero. El mar se hincha. Oigo las risas de las chicas que están prácticamente acostadas en los sillones blancos, frente a unas mesitas con revestimiento translúcido. Llegan otras chicas, acaban de salir del trabajo y visten traje de chaqueta, o han pasado por casa para cambiarse y llevan un vestido veraniego. Seda, raso, colores, tejidos plisados, blusas muy escotadas, cabellos rubios, tacones altos; algunas son morenas y llevan una especie de sari o unos vaqueros blancos ajustadísimos. Es viernes. Llegan unos chicos con polo Ralph Lauren —se aprecia bien el dibujo del jinete— y otros en camisa de color o de rayas con cuello y puños blancos; son lampiños y rubios, morenos y barbudos. Una chica se reajusta el tirante del vestido, tiene piel de pelirroja, a su lado, una china moja los labios en un gin tonic. Puedo ver las burbujas en efervescencia dentro de la botella de cristal. Cuánta vida palpita en el mundo mientras yo me dirijo hacia la muerte.

La megalópolis continuaba más allá del puerto deportivo. Otra hilera de torres moteadas de luces acababa de aparecer. Apuré la copa.

—Bueno, ¿y tú? —dije.

—Louis Hasan tiene ocho años. Oficialmente sigo con su madre. Oficiosamente la situación es más complicada: nunca sé dónde anda metida…

Había conocido a Leila tras suspender las oposiciones a una cátedra, cuando su padre lo recondujo por el buen camino de la economía. Estaba en Londres, en la prestigiosa London School of Economics. Gran amor. Leila era bellísima, pero estaba majara.

—¿A qué se dedica aquí?

—A engañarme. —Hizo una pausa—. Por lo menos ha dejado de beber… En fin, deja de beber todos los días… Las Navidades pasadas, en Argentina, montó a caballo completamente desnuda delante de mis padres…

—¿Qué me dices?

—La verdad. Estábamos en casa de unos amigos de mis padres, en Argentina. ¿Sabes que mis padres ahora están en Argentina?

—No, no lo sabía.

A Jules todo le dejaba indiferente. Sus novias siempre se habían quejado de ello. Estaba saliendo, me dijo, con una azafata nigeriana con la que coincidió en un vuelo Teherán Dubái de Lufthansa. Pidió una tercera ronda. Me dejé llevar. Al día siguiente me esperaba un día espantoso. La anestesia era necesaria. Olvidar. Sólo aquella noche. Cogí un buñuelo de gambas.

—Así que eres banquero…

Adoptó un aire disgustado.

—Pues sí…

—Especialista en finanza islámica.

Asintió con la cabeza.

—¿Qué significa exactamente finanza islámica?

—Finanza compatible con la sharía.

—Me encanta el apelativo, pero ¿qué significa en realidad?

—Emito sukuk, bonos islámicos.

—¿Sukuk?

—Sí, es el plural de sek, la palabra de la que deriva «cheque». Son bonos islámicos certificados, porque, verás, para el islam, amasar dinero con dinero, es decir, ganar intereses, está prohibido. Tu financiación debe estar vinculada a bienes reales, coches, inmuebles, metales… Y a eso no se le llama «interés», sino «alquiler».

—Pero viene a ser lo mismo, ¿no?

—En principio no, pues tienes la certeza de que la esfera de la economía financiera refleja la esfera de la economía productiva. En verdad, es más bien una gigantesca herramienta de marketing, puesto que a los bancos islámicos se les remunera para que concedan préstamos islámicos del mismo modo que a los bancos convencionales.

—¿Y te gustan los sukuk?

—Están arrasando. Setecientos mil millones en 2008, un billón cien mil en 2011. Y los vamos a desarrollar en Francia porque las perspectivas son excelentes.

Sonreí y dije:

—Qué curioso, ¿verdad?

—¿Qué te parece curioso?

—Nosotros. Recuerda que hace veinte años estábamos en andrajos en la India… Estuvimos a punto de que nos raptase la organización Hare Krishna por tus gilipolleces.

—Joder, sí, los tipos a los que les faltaba un brazo o una pierna…

—En menuda nos habías metido, para no variar…

Alzó la mano para llamar al camarero. El carrusel de recuerdos se puso en marcha. El perfume de los mango lassi en Pondicherry. El de la mantequilla y las flores descompuestas en las estatuas de Ganesha, en el templo Sri Meenakshi de Madurai. El tiempo que estuve enfermo a la sombra de las aspas del ventilador.

—Tu delgadez —dijo Jules—, tu manía de pasearte en sarong, sin camiseta, con aquel cordón rojo de brahmán.

—Y Mathieu, que viajaba con nosotros…

—Sí, Mathieu…

Dejamos pasar un silencio, pues por unos instantes se nos enfrió el entusiasmo. Jules continuó, preguntándome con aire circunspecto:

—¿Te acuerdas del pacto?

—Cómo no me voy a acordar —le respondí pensativo.

Prosiguió:

—Después de la India, debíamos marchar a Oriente para vivir en los tejados de El Cairo, casarnos con una Sherezade, aprender árabe con ella… fumar el narguile, como en mi casa, en la Rue de l’Estrapade… despreciar el dinero y vivir como mendigos orgullosos leyendo a Albert Cossery…

—Lo sé —dije volviéndome hacia el mar, que desenrollaba sus olas—. Y sin embargo no fue lo que en realidad hicimos. Tú sólo creías en Los holgazanes en el valle fecundo y has terminado siendo banquero… banquero en conformidad con la sharía…

—Y tú querías ser el novelista de tu generación y eres periodista… ¿Nos hemos traicionado?

—Sí, creo que nos hemos traicionado.

—Pero al traicionarnos lo hemos logrado.

—¿Qué hemos logrado?

—Sobrevivir, tal vez…

La tristeza se abatió sobre él. También sobre mí. Sabía quién acababa de colarse en la conversación. Mathieu. Mathieu, que estudiaba a Deleuze y había saltado desde el techo de un edificio de la ciudad universitaria. Fumar mata. Filosofar también.

—Pero —añadió tomando un sorbo de diablo mojito (el nombre era absolutamente ridículo)— no hemos perdido nuestra alma…

Lo miré sonriendo:

—¿Es una pregunta, Jules?

No quiso contestar. No se atrevió a reconocer que se lo cuestionaba. Tampoco quería seguir dándole vueltas al asunto. Además, una cohorte de jóvenes se acercaba a nuestra mesa.

Jules me presenta. Compañeros del banco y de otros bancos. Negociantes y corredoras de bolsa, especialistas de Mergers & Acquisitions o de Equity Capital Markets. Se llaman Ali, Graziella, Alistair o Natalia. Niloufar, Kylie o Abdalraheem. Son de Pakistán, Singapur, Inglaterra o Rusia. Los llaman expatriados, pero ésta es su verdadera patria. Las chicas me dan un beso o me estrechan la mano, piden cócteles con o sin alcohol y entablan conversaciones que enseguida interrumpen para consultar su smartphone antes de volver a lo que decían, sin que eso resulte inoportuno. Todo se produce deprisa, sin choques, el vehículo es lingüístico y es el inglés.

Mi vecina, una chica negra guapísima, lleva puesto un pantalón malva abullonado de una tela que parece tan ligera como la textura de un ala de libélula. Se dedica a la reestructuración de deudas y de súbito le da por ponerse a gritar como si le hubiese metido una mano helada entre la piel que le recubre la zona lumbar y la vaporosa seda de su prenda de ropa: «OMG, my parents!». OMG es «Oh my God!». Y empieza a teclear con los dedos, finos como largas cerillas, en su smartphone, que protege una carcasa engastada con cristales azules. Aparece la cara de sus progenitores y ella se pone a hablar por Skype a nuestro lado, sin necesidad de intimidad, en una lengua desconocida.

—¿Dónde viven? —le pregunto cuando cuelga.

—En las Islas Turcas y Caicos —contesta con voz suave y parsimoniosa, como ha de ser la vida en ese paraíso fiscal que descansa sobre el mar Caribe, a doce mil kilómetros de mi diablo mojito.

 

***

 

Se ha empezado por abolir el espacio. Físicamente, es posible ir a cualquier sitio en sólo cuestión de horas; virtualmente, podemos sobrevolar cualquier ciudad con unos cuantos clics, a través de Google Earth. Y ahora abolimos el tiempo: la inmediatez reina a sus anchas, ya no existe el pasado ni el futuro, sino un presente eterno. Es el Nuevo Mundo.

 

***

 

Me sumo en un estado en el que ya no veo doble, sino triple. Los lugares y las horas han dejado de ser reales. Todo es fluido, altamente tecnológico. Las torres me rodean. Tengo la sensación de estar en una bola de nieve de cristal. Es el Nuevo Mundo.

 

***

 

Pieles jóvenes y pantallas retroiluminadas. No hay viejos. No hay pobres. No existen las asperezas. Es el Nuevo Mundo.

 

***

 

El tiempo no transcurre, se desliza. Jules bailaba y ahora está al mando de los platos. Se ha vuelto DJ, disc-jockey, jinete de la música. Se inclina por encima de su obra, sujeta el casco entre la oreja y el hombro. Pone toda la discografía británica de los años noventa. Nos está rindiendo tributo. A nuestra juventud, a la música que nos gustaba. La música que Paz no escuchó. Las lágrimas me corren por las mejillas. Trae el pasado a este presente eterno. Advierto que no tiene arrugas. Es el mismo Jules. El mismo con el que contemplaba la lluvia del monzón en una plantación de té de Sikkim. El mismo con el que iba a pescar cangrejos en los ríos de las montañas cátaras, antes de sumergirme como una angula en el agua fresca.

Pone Tell me de los Stone Roses («I love only me, I love only me, I’ve got the answer to everything») y recuerdo a una inglesa de pechos minúsculos que libé al borde de una piscina de Toulouse, ciudad rosa.

Pone Trash de Suede («Maybe it’s the times we’ve had/The lazy days and the crazes and the fads»); recuerdo una casa de la periferia, cerca de un río arropado por la bruma, estoy leyendo a Villiers de L’Isle-Adam, con un cuchillo de plástico, corto las medias de rejilla de una chica de formas opulentas.

Sí, en aquel Sushi Bar del Nuevo Mundo, la finanza islámica estaba al mando de los platos y convocaba a todos mis fantasmas femeninos. Pero ninguno le llegaba a la suela de los zapatos a Paz. Ninguno me había proporcionado tanto placer como Paz, ni tanto dolor.