Inmersión

Christophe Ono-dit-Biot · Capítulo 34 de 46

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Inmersión

Abu Nuwas

No tuve pesadillas. Dormí hasta tarde en un sofá del vasto salón empapelado de una biblioteca. Jules seguía creyendo en la infinita protección de los libros, en su capacidad de ampliar el horizonte, aunque a éste lo obstruyera una cortina de torres. No, no se había traicionado.

El olor del buen café me abrió los ojos. El sol entraba por el inmenso ventanal que daba, precisamente, a ese horizonte de torres. El sol chorreaba por las fachadas. Algunos rascacielos danzaban como llamas, otros parecían dispuestos a descorchar el cielo blanco. Había muchos otros coronados con tiaras, edificios reyes que emergían entre una corte de máquinas de carga, cuyas plumas y contraplumas, en acción, recordaban a unos flamencos rosados. Al fin caía en la cuenta de por qué se las

llamaba grúas.[17] Quise abrir el ventanal, saber a qué olía aquella ciudad por las mañanas. Busqué en vano el mecanismo de abertura que debía de descorrerlo.

—No se abre. —Me di la vuelta. Jules, en calzoncillos y camiseta, descalzo sobre el suelo de mármol, me tendía una taza humeante y un paquete de paracetamol—. Es por el aire acondicionado.

—¿La ventana no se abre?

—Lo siento.

Cogí la taza con la efigie del emir local. El sorbo ardiente me sentó bien.

—Por eso tengo un jeep —me dijo—. Al menos puedo oler la ciudad. ¿Te duele la cabeza?

—No, no mucho.

—¿A qué hora quieres que nos vayamos?

Moví la cabeza.

—Voy a ir solo, Jules.

—¿Estás seguro de que todo irá bien?

—No queda otro remedio.

Iba a contestar, cuando entró en la estancia un niño con un pijama a rayas, frotándose los ojos a la luz del sol. Muy moreno, de ocho años quizás.

—Te presento a Louis Hasan.

El niño se acercó a darme un beso. El calor de sus mejillas me recordó a ti. Lo había visto de pequeño. Habíamos jugado al fútbol con un balón de gomaespuma en el césped de Les Invalides.

—¿Te acuerdas de mí?

Asintió con la cabeza.

—He avisado a la niñera —me dijo Jules—. Aquí me tienes para lo que necesites, de verdad, no tengas reparo.

—Es preferible que vaya solo.

El niño se había quedado con todo.

—¿Entonces podemos ir a Dolphin Bay, papá?

Sonreí.

—Sí, puedes ir a Dolphin Bay con tu padre —dije antes de volverme hacia Jules —. ¿Qué es Dolphin Bay?

—Una inmensa piscina en la que se nada con delfines domesticados.

—¿Y también podremos ir a ver las obras de la rotating tower? —prosiguió el niño.

Jules asiente. El niño grita de alegría. Su padre se arrima al ventanal y extiende el brazo:

—Es allí, mira, en medio de las grúas. Le fascina esa torre. Cada planta está destinada a un piso de mil metros cuadrados con un ascensor en el que puedes subir con el coche. Pero eso no es nuevo. La novedad es que el piso puede girar sobre el eje de la torre independientemente del resto de plantas, de manera similar a un molino de plegarias. Por control vocal… Basta con el sonido de la voz del propietario para que el piso se ponga en movimiento, ofreciendo a los residentes unas vistas panorámicas de la megalópolis…

Se calló y se limitó a beber el café.

—¿Te gusta vivir aquí?

—Sol todo el año, aunque se ponga demasiado temprano. La playa en la ciudad, aunque ésta sea artificial, la ausencia de referencias, de indicadores cronológicos, pero una energía que ya no encuentras en Europa. Tengo la sensación de estar en el centro de un mundo en plena ebullición, en movimiento. No es necesariamente un movimiento creativo o positivo, pero es un movimiento…

Nos abrazamos. Largamente. Me dio ánimos.

—Me llamas por teléfono si la cosa no va bien. Cojo el jeep y me pongo allí en nada. —Me dijo que tardaría cuatro horas en llegar. Me llamó un taxi—. Igual no es ella, sabes…

—Tienen su pasaporte, Jules. Ya me contarás qué tal los delfines.

El Lincoln Navigator con aire acondicionado corre como un glóbulo por las arterias abrasadoras de la megalópolis. Estoy rodeado de paredes de cristal y agujas gigantes que han sido clavadas en la arena por carne humana, la de los nuevos esclavos llegados de la India, Pakistán o Somalia para dar vida a aquellas estructuras colosales que se asan, al igual que ellos, a cuarenta grados bajo el sol implacable. Algunas están cubiertas de anuncios. Uno de ellos transmite una orden que me deja helado: «non stop you!».

Es una ciudad sin aceras. Por la carretera, unas mujeres ataviadas con velos de colores caminan a ras de asfalto, entre nubes de polvo y de calor, con un paraguas a modo de sombrilla. Filipinas, etíopes o esrilanquesas que se desplazan hasta el lugar en el que trabajaban como sirvientas. En un viaducto, a lo lejos, un tren inmaculado se desliza por los raíles como un bobsleigh hacia la siguiente estación, una cáscara de acero en levitación. A la izquierda se alza una pirámide egipcia atestada de estatuas de dioses con cabeza de halcón. A la derecha, un templo azteca del que desciende a plomo un colosal tobogán acuático. Estamos por doquier. Ya no hay historia. Me entra vértigo.

Salimos de la ciudad. Ahora nos encontramos ante el desierto, una carretera recta, interminable. Me cruzo con camiones, utilitarios como el mío, limusinas, furgonetas negras. Tras las ventanillas, a ambos lados de la carretera, unos gigantescos espantajos de hierro extienden sus múltiples brazos, dioses indios rígidos, atravesados por hilos que zigzaguean en la plana inmensidad. Un ejército de torretas eléctricas de asombrosa altura, cuya retaguardia desaparece en la calina. Cojo el teléfono, marco el número de mis padres. Contesta mi madre:

—Estamos en la cocina. Héctor está haciendo macarons. ¿Quieres hablar con él?

—Dile que le quiero.

—¿Quieres hablar con él? —me repite.

Tengo miedo de desmoronarme. Se me quiebra la voz.

—No, cuidad bien de él. Y de vosotros.

—¿Dónde estás?

—Lejos.

—Pero ¿todo va bien?

—Sí. Os mando un beso. No puedo seguir hablando. No estoy solo. Os mando un beso.

Cuelgo. Procuro no pensar en nada. Sigo la trayectoria del tendido eléctrico con la mirada. El tipo del consulado —o de la embajada, ya ni sé— llegará allí dentro de unas horas. Le pregunto al taxista si puede poner música. Teclea en el teléfono móvil que tiene instalado en una cavidad del salpicadero. Los acordes de veinte violines prorrumpen en la cabina. El laúd árabe, la darbuka y el kanun entran en juego. Una música potente y ondulante como la serpiente Kaa de El Libro de la selva, que la voz de contralto cálida y algo áspera de la gran diva egipcia Oum Kalsoum no tarda en encantar y domar, se desliza sobre el cuero y los paneles de madera.

 

Inta omri illi ibtada b’nourak sabahouh.

Ya Habibi ad eyh min omri raah.

Con tu luz, el alba de mi vida comenzó.

Se trata de un pasado perdido, amor mío.

 

Horas y horas de Oum Kalsoum. Como un bálsamo que recubre mi sufrimiento con el suyo. Un estiramiento infinito, hipnótico, inmóvil, que me conduce muy lejos, al otro lado de las montañas dentadas de color ocre que el sol golpea y que aparecen en el parabrisas. Una música que me transporta y me sustrae a la influencia deprimente de los lúgubres burgos que cruzamos, ciudades dormitorios sin un alma viviente, salvo en las camionetas descubiertas, que conducen hombres con kufiya y

un zaub[18] abotonado hasta el cuello, con una silueta negra a su lado, en el asiento del copiloto, de la que sólo se aprecian los ojos.

Cierro los míos. Es una caricia, con algunos toques cavernosos. Oriente vuelve a exhalar el agradable aroma a jazmín de los patios floridos y a tabaco de narguile. Un Oriente que no era el de la megalópolis ni el de aquellas horrorosas rotondas que adornaban la entrada de las localidades: terraplenes de césped verde en mitad del desierto, parterres de geranios con un aguamanil gigante de cuatro metros de alto o una lámpara mágica como la de Las mil y una noches en el centro. Pienso en lo que le dije a Héctor antes de marcharme: «Voy al país de Aladino». De un kitsch demoledor. En ocasiones resulta más inquietante: dos alfanjes de hormigón pintado que se entrelazan por encima de la carretera, como una guardia de honor siniestra, anuncian la localidad. Unas flamantes mezquitas, blancas, hermosas, me hacen pensar enseguida en lo que me dijo un amigo islamólogo: «Buena parte del Corán sólo se puede entender a partir de la hipótesis sexual…». Tengo la prueba ante mis ojos. Cúpulas redondas de flancos hinchados y punta erguida y alminares oblongos apuntando hacia el cielo. Es flagrante.

Hemos cruzado varios puestos de control. En cada uno de ellos, unos militares me piden el pasaporte, me miran con insistencia, examinan minuciosamente el coche y nos dejan pasar. Otros bosques de torretas, otras rotondas, otros emiratos, otros sultanatos de nombre melodioso: Al-Fulaytah, Al-Qutaybah, Al-Tawq al-hamamah… Lo único que cambia son los nombres. Por lo demás, el mismo mar de arena salpicado de rocas negras y pardas que parecen teñirse de rubio según avanzamos hacia el sur, hacia el desierto más absoluto. Una barrera de montañas se perfila y, delante, en el parabrisas, se vislumbran los cubitos de la tan esperada aldea, cada vez más cerca.

—Abu Nuwas —dice el taxista.

Hemos llegado. Respiro a fondo, agarro el teléfono y marco el número. «Lo estoy esperando», me dice la voz al oído, en francés. «Póngame con el chófer, será más sencillo.»

Oigo a este último decir: «OK. OK. Yallah».

Gira la cabeza hacia mí como si quisiese comprobar que es ahí efectivamente adonde vamos. «Yallah», le digo.

El hombre me está esperando ante el austero edificio color crema, de una sola planta, cuya función ha de figurar en el letrero blanco que hay por encima de la puerta que, sin embargo, no alcanzo a descifrar: letras árabes rematadas por una media luna roja y dos alfanjes batiéndose en duelo. Bendita manía.

A pesar del calor, viste traje oscuro. Le agradezco el detalle. El alero del tejado, de chapa, le procura algo de sombra, a él y a una cabra que se refresca arrimándose al muro del edificio. Entre el hombre y la cabra hay una puerta negra cerrada, flanqueada por dos ventanas con rejas. Abro la portezuela para apearme. Le digo al taxista: «Espéreme».

El aire abrasador me invade la garganta. Camino hacia el hombre. Camino hacia el horror. ¿Hacia la esperanza? No lo creo. Si estuviese viva, ¿no habría vuelto a saber de ella?

El hombre se presenta y me alarga su tarjeta. Célula de crisis del consulado. Dice que debe hablar conmigo antes de que entremos, que la muerte de un allegado es siempre un acontecimiento difícil de superar, sobre todo si ésta se produce en el extranjero, pero él está ahí para ayudarme. Se emitirá un certificado de defunción local y los servicios consulares franceses —es decir, él mismo— se harán cargo de «transcribir el certificado de defunción extranjero en el registro civil francés». No tendré que preocuparme de ello. Me entregarán unas diez copias compulsadas del certificado para que a mi regreso a Francia pueda realizar los trámites que desee respecto a la sucesión, a los préstamos que la desaparecida hubiese suscrito… Le pido que pare.

Avanzo hacia el dispensario. «El cuerpo está en buen estado», precisa a mi espalda, como si tuviese suerte, dentro de la desgracia. Vuelvo a pensar en Phuket, en aquellos cuerpos verdosos por la carretera de Khao Lak, en aquellos psicólogos que me habían confundido con un familiar que acudía a reconocer un cuerpo. Qué ironías tiene la vida…

A pesar del calor, tiemblo. Tiemblo y sudo, noto incluso cómo me resbala el sudor por la columna vertebral, pero éste es frío, y el frío me cala los huesos. El diplomático quiere pasar delante para abrirme la puerta, pero la alcanzo antes que él. Dentro, tres ancianos con turbante esperan sentados en unas sillas de plástico. Uno de ellos tiene el pie del tamaño de una sandía. El olor es atroz, pero él no se queja. Aparto la mirada. En la pared, un cartel rasgado muestra un corte vertical del cuerpo humano con los principales órganos. Junto a éste, en un marco dorado, la foto del jerarca local, con una kufiya blanca. Y en otro marco, inmediatamente por encima, un sura del Corán, caligrafiado con letras blancas sobre fondo verde.

Un hombre corpulento con una bata médica se levanta de su escritorio al verme. Debemos seguirle por un pasillo. Tan sólo unos metros. Al fondo hay una puerta con un pictograma con forma de copo de nieve. Empuja la pesada puerta. El frío y un olor acre me arañan.

Sobre una mesa hay un cuerpo tendido, cubierto con una sábana. El dolor me taladra el estómago. Es irreal. Hay incienso quemándose. ¿Para disimular los olores? ¿Cómo es posible que hayamos llegado a esto, en este miserable dispensario del otro lado del mundo? El hombre dice algo en árabe. El diplomático traduce con un gesto de la mano, como si me invitase a entrar en un teatro: «Después de usted». Me acerco. Contengo la respiración.

El hombre retira la sábana hasta los hombros.

No hay sorpresa. Dios, los dioses o la suerte no están conmigo.

Es ella.

Por supuesto que es ella.

Por desgracia, es ella.

Ese rostro amado, intacto, pálido, enmarcado por los largos cabellos negros.

Y no es ella.

No es más que una envoltura. Un desperdicio. Un desperdicio de color marfil. No es su piel. No es su piel cuando la sangre le corría, le bullía por debajo y le daba esa tonalidad atezada de diosa mediterránea. Ya no es ella.

Es como si el dolor se hubiese volatilizado instantáneamente. No más esquirlas eléctricas ni aguijoneos ácidos. Sólo una inmensa noche en el corazón. Como si en él se hubiese atascado un seguro. No había sitio sino para la ira. Ira contra aquel desperdicio.

—¿Dispone de otros detalles? —le pregunté al diplomático.

—No. La encontramos en la playa, como le dije… Así… —Lo noté incómodo—. Así —repitió—. Como está ahora.

Quería decir «desnuda» y no se atrevía. Se atrevía a jorobarme con sus certificados de defunción, pero no se atrevía a decir «desnuda»…

El empleado volvió a colocar la sábana sobre el cuerpo.

—¿Ahogada, así, sin más explicaciones? ¿Se ha llevado a cabo una investigación?

El diplomático me alargó un sobre de papel kraft.

—Aquí tiene el informe. Con la traducción en inglés. Tenía agua en los pulmones. El cuerpo no presentaba ninguna marca sospechosa. Ahogamiento, sí…

Insistí:

—Pero por teléfono alguien me habló de un centro de buceo…

—Sí, porque fue el Dive Center quien avisó a las autoridades.

El empleado abre la puerta. Una ola de aire caliente y polvoriento nos sumerge. Y, mientras se da la vuelta, pronuncia la primera frase desde que hemos llegado:

—Sayyid Marine.

Me vuelvo, como si me hubiesen mordido en el talón. Un presentimiento.

—What did you say?

—Sayyid Marine —contesta mientras sigue sosteniéndonos la puerta.

Me viro hacia el diplomático, quien me dice:

—¿Nos vamos?

—No, primero dígame qué es lo que ha dicho.

El diplomático le hace una pregunta en árabe, escucha la corta respuesta y me traduce:

—Dice que la encontró un Marine. Lo lamento, no entiendo lo que quiere decir…

Me acerco al empleado. Lo miro con atención y le digo:

—No es Marine. Es Marin, ¿verdad?

El empleado asiente.