La campaña Escarlata

Brian McClellan · Capítulo 20 de 45

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La campaña Escarlata

Capítulo 20

 

Tamas oía los rugidos de su estómago mientras su caballo trotaba al final de la columna. Delante de él, los hombres de la Novena Brigada avanzaban arrastrando los pies al paso que dictaba un único tamborilero. El aire estaba caliente y era sofocante, incluso a la sombra de los altos pinos. La humedad veraniega empapaba la chaqueta sucia de Tamas y hacía que cada respiración fuera trabajosa.

Observaba a uno de los soldados de infantería que se encontraba un poco más adelante en la columna. El sujeto era alto, con el pelo rubio oscuro recogido en una coleta que le caía sobre el hombro. Unos veinte minutos antes, sus hombros habían comenzado a oscilar peligrosamente. Estaría a punto de desmayarse. Tamas habría apostado que sería así.

Cada poco tiempo, los soldados miraban el caballo de Tamas con ojos hambrientos. Miraban con la misma expresión a todo explorador y oficial que aún cabalgara. Era algo inquietante.

Habían sacrificado los últimos caballos keseños hacía dos días, y habían distribuido la carne. Tamas oyó el rumor de que algunos de los intendentes de compañía no estaban entregando todo y que vendían los preciados últimos trozos. Él había intentado llegar al fondo de aquello, pero nadie estaba dispuesto a confesar. En cada arroyo que pasaban, unos diez o doce hombres abandonaban la hilera y se arrojaban al fango en busca de peces minúsculos y cangrejos. Los sargentos tenían que aporrearlos para que regresaran a la columna.

—Piensan que pronto comerán —dijo Olem.

Tamas sacudió la cabeza y salió de su ensueño. Se sentía mareado, débil. No había comido nada durante cuatro días. Los hombres que avanzaban a pie lo necesitaban más que él. Al menos los caballos podían pastar periódicamente.

Olem señaló a un par de buitres volando en círculos por encima de la copa de los árboles.

—Ah —dijo Tamas.

—Nos han estado siguiendo durante ochenta kilómetros —dijo Olem.

—No puedes estar seguro de que sean los mismos buitres.

—Uno de ellos tiene rojas las puntas de las plumas.

Tamas gruñó. Las palabras le salían lentas. El calor le quitaba las ganas de hablar.

—Hace dos mañanas, cuando sacrificamos los caballos, ese buitre de puntas rojas permaneció con nosotros, a pesar de que la mayoría se quedó detrás en el campamento. —Olem frunció los labios—. Creo que tiene la esperanza de llevarse el premio mayor.

Tamas miró a los buitres. No quería hablar de ellos. Había visto demasiados, en demasiados campos de batalla.

—No te he visto fumar en una semana —dijo.

—Hace un calor de la hostia, si me disculpáis el lenguaje, señor. —Olem se dio una palmada en el bolsillo del pecho—. Además, me estoy guardando el último.

—¿Por alguna ocasión especial?

Olem siguió mirando a los buitres.

—Gavril me dijo que opondremos resistencia en los Dedos. Supongo que será bonito morir con un cigarrillo entre los labios.

Tamas no pudo evitar poner un gesto de preocupación.

—¿Se lo has dicho a alguien? O sea, acerca de lo de los Dedos.

—No, señor.

—El condenado Gavril. Tiene que mantener la boca cerrada.

—¿Entonces es cierto?

—No tengo la intención de oponer la última resistencia, Olem. Mi intención es destrozar a los keseños. Oponer la última resistencia es para aquellos que planean perder.

—Así es, señor.

Tamas suspiró para sus adentros. Los soldados tenían un sentido extraño de la fatalidad. La mayoría no se daba cuenta de que cualquier desventaja podía ser vencida con la maniobra correcta.

—Olem… —dijo Tamas.

—¿Señor?

—Acerca de lo que vi el otro día…

A Olem se le movió un músculo de la mandíbula.

—¿A qué se refiere, señor?

—Creo que sabes a qué me refiero. Vlora. Si hubiera ido algunos minutos más tarde, creo que os habría encontrado en una posición mucho más comprometedora.

—Esa era la idea, señor.

Tamas parpadeó sorprendido. No se había esperado semejante franqueza.

—No puedes cerrar la boca ni para salvar las apariencias, ¿verdad?

—Ni siquiera para salvar mi vida, señor.

—No permitiré confraternización de esa clase, Olem.

—¿De qué clase, señor? —A Olem se le tensaron los ojos.

—Tú y Vlora. Ella es capitana, tú eres…

—Capitán —dijo Olem—. Vos mismo me nombrasteis capitán. —Se tocó las insignias de oro de las solapas como para recordárselo.

Tamas se aclaró la garganta y levantó la mirada. Los malditos buitres seguían allí.

—Quiero decir que ella es una maga de la pólvora. Sabes que mis magos son un contingente distinto del Ejército. No permitiré que se cruce esa línea.

Olem parecía querer decir algo. Movió la mandíbula, como masticando un cigarrillo fantasma.

—Sí, señor. Lo que digáis, señor.

El sarcasmo del tono de Olem fue tan claro como un farol en la oscuridad. Casi conmocionó a Tamas. Olem siempre era muy leal, muy rápido para obedecer. Tamas abrió la boca con una reprimenda en la punta de la lengua.

El soldado de la coleta se tambaleó, cayó y golpeó el suelo con fuerza. Dos de sus compañeros se detuvieron para ayudarlo.

—Avanza por la columna —dijo Tamas—. Da la orden de descansar. Los hombres necesitan sentarse.

Olem, quizá demasiado agradecido por poder alejarse, espoleó su caballo y gritó:

—¡El mariscal de campo ordena que la columna se detenga! ¡Rompan filas!

Tamas oyó que la orden se repetía a lo largo de la columna. Lentamente, la hilera de soldados se detuvo. Algunos hombres fueron a buscar el arroyo más cercano, algunos hicieron sus necesidades en el bosque, otros se dejaron caer al suelo donde estaban, demasiado exhaustos para moverse.

Tamas abrió su cantimplora y bebió las últimas gotas que quedaban. El agua estaba caliente y tenía gusto a metal.

—Soldado —dijo Tamas señalando a un hombre que parecía ser el menos afectado—. Búscame agua fresca y limpia, y llénamela, luego dile a tu sargento que esta noche quedas libre del servicio de letrina.

El hombre cogió la cantimplora.

—Sí, señor.

Tamas desmontó de su caballo y colgó las riendas de la rama de un árbol. Caminó a lo ancho del camino para volver a sentir las piernas después de cabalgar durante medio día. Se detuvo y miró hacia el sur. No había señales de los keseños. El bosque era demasiado denso. Según los últimos informes, la cabeza de la columna keseña estaba unos dieciséis kilómetros detrás de ellos. Tenían dragones explorando la zona que los separaba, intentando atrapar a algún adrano rezagado y hostigar la retaguardia de la columna, pero lo que más le importaba a Tamas era dónde se encontraba el grueso de la caballería.

Iba a necesitar esa ventaja.

—Señor.

Tamas se volvió y vio a Vlora de pie junto a su caballo. Tenía el uniforme sucio, la chaqueta abierta en el cuello y el cabello negro recogido detrás de la cabeza. Tamas tuvo una breve imagen mental de ella desnuda bajo la cascada, inclinándose para besar a Olem. Se obligó a descartar la imagen, tratando de que no se le notara la vergüenza en el rostro.

—Capitana.

—¿Cómo está la pierna, señor?

Tamas flexionó los músculos de la pierna y sintió una punzada de dolor. Cabalgar no había ayudado a aflojarle la pierna en absoluto, pero el dolor no era tan intenso.

—Está bien, gracias. ¿Hubo suerte con la caza?

—Los ciervos se mantienen bien lejos de la columna. Si cazamos a más de dos o tres kilómetros del camino, no podremos regresar con la presa. Algunas ardillas y conejos. Lo suficiente para mantener alimentados a los magos de la pólvora. —Al menos sus magos estaban manteniendo sus fuerzas. El estómago se le retorció ante la mención de los conejos—. Si acampáramos durante más de una noche, o si disminuyéramos un poco la velocidad, podríamos cazar algunos ciervos.

—Lo lamento, capitana. No puedo permitirlo. Tenemos que llegar a los Dedos mucho antes que los keseños.

—Los exploradores dicen que llegaremos en dos días, señor.

—Así es —dijo Tamas—. Una vez que crucemos el primer río, quemaremos el puente y descansaremos durante un par de días. Y nos aprovisionaremos.

—Eso espero, señor. Los hombres no tienen buen aspecto.

Tamas desvió su atención hacia el hombre que se había desmayado. Ahora se encontraba sentado, bebiendo de una cantimplora y hablando con uno de sus compañeros. Tamas entrelazó las manos detrás de la espalda y enfrentó a Vlora.

—Capitana, tú y yo sabemos que lo que sucedió el otro día estuvo fuera de lugar.

Vlora ni siquiera parpadeó.

—¿Os referís a cuando me observasteis bañarme?

Tamas podría haberla abofeteado por eso. Condenada muchacha. Sabía lo que él quería decir, y no se lo pondría fácil.

—Tú y Olem…

—Señor, creo que eso no os concierne. Con todo respeto.

—Yo soy tu oficial superior…

—Sí, señor. Y siempre habéis dejado muy claro que lo que dos soldados hagan en su tiempo libre es cuestión de ellos, siempre y cuando eso no rompa las convenciones entre los rangos.

—Esto es distinto. —Aquello era distinto, se dijo Tamas—. No permitiré que uno de mis Marcados se pasee por ahí con mi guardaespaldas, ¿está claro? No permitiré que mi guardaespaldas ande con… con…

—¿Una puta? —lo dijo en voz baja, pero Tamas sintió que perdía el aliento—. Eso es lo que queréis decir. ¿No es verdad, señor? ¿Queréis tildarme de puta por lo que le hice a Taniel? ¿De zorra? Oigo las palabras en la punta de su lengua, aunque no las digáis.

—Cuida el tono, soldado —le advirtió Tamas.

—Solicito permiso para hablar libremente, señor.

—Permiso denegado.

Vlora no hizo caso.

—¿Creéis que no sé lo que le hice a Taniel? ¿No creéis que me está matando por dentro saber que arrojé todo lo que teníamos a la basura por unos meses de pasión con un imbécil?

—Permiso denegado, capitana.

—Vos no oís hablar a los hombres. —Vlora alzó la voz—. No oís lo que todos dicen a mis espaldas, o incluso a la cara. No veis las miradas burlonas. «Ahora Vlora le abre las piernas a cualquiera». No los oís susurrar fuera de tu tienda por la noche, apostando a ver quién será el primero en acostarse conmigo.

—¡Permiso denegado! —Tamas avanzó un paso. Cualquier otro soldado se habría encogido ante la furia roja que había en los ojos de Tamas, pero Vlora se negó a retroceder.

—Me pasé un año y medio sola, mientras Taniel estaba en Fatrasta porque vos lo enviasteis allí. Taniel, el héroe de guerra. La gente decía que todas las mujeres de Fatrasta estaban dispuestas a arrojársele encima. Y luego oí que tenía una pequeña salvaje siguiéndolo a todos lados. ¿Qué debía pensar acerca de eso? Ningún hombre me dirigía la mirada en la universidad. Sabían quién era yo. Le tenían demasiado miedo a Taniel para decirme algo bonito. — Vlora le escupió las palabras en el rostro, con la voz chorreando amargura y todo el cuerpo temblándole de rabia—. Y entonces aparece un hombre al que no le importa de quién soy la novia. Me seduce, me ama y me asegura que no hay otra en el mundo que lo haga tan feliz. Confié en él. —El rostro de Vlora se torció del asco—. Y entonces me enteré de que se estaba acostando conmigo para haceros quedar mal a vos.

El dolor de los ojos de Vlora y la malicia de su voz eran más de lo que Tamas podía soportar. Alguna vez, ella lo había considerado su padre, su amigo, su mentor. Ahora él se había convertido en nada más que un objeto de odio, un enemigo a quien despreciar.

—Desaparece de mi vista, capitana. Si no estuviéramos en guerra, te sometería a un tribunal militar.

Ella se inclinó hacia delante, más cerca de lo que se habría atrevido cualquier persona que no conociera a Tamas tan bien como ella. Lo suficientemente cerca para abrazarlo. Para clavarle un cuchillo en las costillas si lo hubiera querido.

—Matadme vos si tenéis tanta prisa por verme muerta —dijo ella—. No le deis el trabajo a hombres inferiores.

Se volvió sobre sus talones y avanzó junto a la columna. Los soldados la observaron boquiabiertos cuando ella pasó, y luego volvieron la mirada hacia Tamas, esperando que su ira brotara, como el trueno después del rayo.

Tamas observó a Vlora casi desaparecer detrás de un recodo del camino. Entonces ella se detuvo abruptamente, en el momento en que aparecía Olem a caballo. El guardaespaldas se inclinó sobre el animal y le dijo algo. Ella le apoyó la mano en el muslo. Él le apartó la mano suavemente y miró significativamente a Tamas.

Vlora tomó a Olem del cinturón, lo obligó a desmontar y lo empujó hacia el bosque, fuera del camino. Tamas maldijo en voz baja y dio dos pasos junto a la columna.

Alguien se aclaró la garganta. Tamas miró a su alrededor.

Era el soldado al que había enviado a buscar agua.

—Su cantimplora, señor.

Tamas tomó bruscamente la cantimplora. Cuando volvió a mirar, Olem y Vlora habían desaparecido.

Tomó varias bocanadas de aire y regresó a su caballo.

—Señor, ¿os molestaría que os preguntase cuánto tiempo tenemos hasta que volvamos a marchar? —preguntó el soldado.

Tamas bebió un buen trago de agua. Estaba tan fría que parecía quemarle la garganta al pasar. Le daba dolor de dientes.

—Treinta minutos, maldita sea. Aprovecha para descansar.

 

Adamat golpeó la puerta. Se encontraba afuera de la oficina de la capataza de la fábrica textil. Debajo de él, decenas de telares de vapor resonaban a toda marcha. Creaban un alboroto que lo tapaba casi todo, y no paraban en ningún momento. Cientos de trabajadores llevaban adelante las tareas de la fábrica y se movían por la planta; parecían insectos desde ahí arriba.

Adamat entró en la oficina de la capataza. Allí dentro el sonido estaba considerablemente acallado.

—Margy —gritó.

La mujer salió de la parte trasera de la sala y sonrió cuando vio a Adamat. Él se inclinó y le dio un beso en la mejilla.

Ella se alejó de él conmocionada.

—¡Por los Nueve! ¿Qué te has hecho?

—Me caí por la escalera —dijo Adamat. Su voz era un gemido nasal, y el rostro aún le dolía como si solo hiciera una hora que le hubieran roto la nariz.

Margy se aclaró la garganta con fuerza.

—Pues más parece que te hubieran golpeado con ella —dijo—. Siempre te dije que meter la nariz en los asuntos de otras personas solo haría que te la rompieran.

Adamat levantó las manos fingiendo una señal de rendición.

—Solo tengo un momento, Margy. Pasé por aquí para ver si tenías alguna pista sobre la alfombra.

—Bueno, bueno. —Margy fue al escritorio que había junto al microscopio y comenzó a buscar entre los papeles—. Le envié una carta a Faye la semana pasada —dijo ella.

—Le preguntaré si la recibió. Adamat se apoyó en el marco de la puerta y cerró los ojos. Le dolía el rostro. Le dolía la espalda. Le dolían las manos y le dolía la cabeza. Le dolía todo, y no estaba durmiendo lo suficiente. No podía recordar la última vez que había comido algo más que tostadas con té. Volvió a abrir los ojos cuando Margy le puso un trozo de papel en la mano.

—Ese es el comprador —dijo ella—. No pude obtener un nombre, solo la dirección que figuraba en un recibo de cheque.

—Gracias, Margy.

—Dile a Faye que venga a visitarme pronto, ¿vale?

—Por supuesto.

Adamat salió de la fábrica textil y no miró el papel hasta que estuvo afuera. Sin un nombre, le llevaría más trabajo averiguar quién era el dueño de la dirección. Conociendo al Propietario, Adamat debería pasar por varias capas de direcciones y nombres falsos antes de poder averiguar la identidad del Propietario.

Le hizo un gesto a un carruaje de alquiler y miró el papel.

Tuvo que mirar de nuevo, y parpadeó para asegurarse de que los ojos no lo estuvieran engañando.

Se trataba de una dirección que conocía.

 

El cielo se había nublado durante la mañana, y Adamat paró en su piso franco, en el oeste de Adopest, para buscar un paraguas. Se detuvo en el pasillo. La puerta del apartamento estaba abierta.

Una parte de él le gritó que se volviera y se alejara. Podría no sobrevivir al siguiente altercado con los matones de Vetas.

Sacó la pistola y se fijó si estaba cargada, luego empujó la puerta con suavidad.

SouSmith estaba sentado en el sofá. Estaba dormido, con los brazos cruzados sobre el estómago y la barbilla apoyada sobre el pecho. Tenía la camisa cubierta de sangre.

—¿SouSmith?

El enorme boxeador se despertó sobresaltado.

—Qué.

—¿Qué ha pasado?

SouSmith levantó una ceja, como si le resultara extraño que Adamat le preguntara por la camisa ensangrentada.

—¿Qué te ha pasado a ti? ¿Te rompieron la nariz?

Adamat le pidió a la casera que pusiera a calentar agua y cerró la puerta detrás de él.

—Estás empapado en sangre.

—No es mía —dijo SouSmith—. Al menos, no mucha. ¿La nariz?

—Uno de los matones de Vetas me estaba esperando en mi antigua casa. Me golpeó la nariz con una porra. Y ahora, ¿qué es esto? No puedes aparecer en una sala de estar ajena cubierto con la sangre de otra persona sin una explicación.

—Cuatro hombres de Vetas fueron a la casa de mi hermano —dijo SouSmith—. Le dispararon a uno de mis sobrinos. Daviel y yo… matamos a los cuatro.

—Diablos, SouSmith. Lo lamento mucho. ¿Tu sobrino…?

—Tenía doce años. Daviel justo había juntado lo suficiente para enviarlo a la escuela. —SouSmith se puso de pie y se estiró. La sangre de la camisa estaba negra y seca; probablemente fuera de hacía algunas horas. Los ojos le brillaron de rabia—. Cuenta conmigo —dijo—. No me importa el Propietario, veré arder a Vetas. Luego atenderé a mi familia.

Adamat estaba a punto de preguntar qué habían hecho con los cuerpos, pero recordó que el hermano de SouSmith era carnicero. Seguramente no querría saberlo. Hizo un gesto cauteloso con la cabeza.

¿Podía confiar en SouSmith? ¿Y si Vetas lo había puesto en su contra?

¿Y si Vetas tenía cautiva a la familia de SouSmith al igual que a la de Adamat?

¿Podía darse el lujo de hacerse esas preguntas? Adamat necesitaba de su lado a cuanto hombre pudiera conseguir.

—Aséate —le dijo—. Dejaste algo de ropa aquí.

—¿Vamos a algún lado?

—Tengo que ir a ver a un hombre para que me dé cincuenta mil kranas.

 

Adamat bajó del carruaje en las Jaurías: el mejor lugar de la ciudad, repleto de enormes casas de ladrillos pertenecientes a banqueros. Las calles eran anchas, estaban pavimentadas con adoquines lisos y delineadas por olmos altísimos. Adamat se levantó el sombrero y buscó la casa que deseaba encontrar.

Allí, justo entre las dos mansiones enormes pertenecientes a unos banqueros acaudalados, había una casa pequeña y austera con un jardín bien cuidado. Adamat fue directo hacia esa casa seguido de cerca por SouSmith.

—El tesorero, ¿verdad? —preguntó SouSmith.

—Sí.

Ondraus el tesorero. Uno de los miembros de la junta de Tamas, arquitecto del golpe de Estado que derrocó a Manhouch. Era un anciano amargado y poco amistoso. A Adamat no le hacía gracia la idea de volver a reunirse con él. Llamó a la puerta.

Estuvo llamando durante diez minutos hasta que finalmente oyó que el pestillo se movía y la puerta se abrió ligeramente.

—Como hombre rico que sois —dijo Adamat—, me sorprende que vos mismo atendáis la puerta.

Ondraus el tesorero miró a Adamat con los ojos entrecerrados.

—Salid de mi propiedad u os haré encarcelar por hostigamiento.

Ondraus llevaba una bata y pantuflas. Iba despeinado.

—Necesito dinero —dijo Adamat—. Sus contables me dijeron que me han cortado los ingresos.

Ondraus lo miró con expresión burlona.

—Tamas está muerto. Cualquier acceso a los fondos que él le haya prometido ha sido interrumpido. Os sugiero que busquéis empleo en otro lado.

—Ah, eso es un problema. ¿Puedo entrar?

—No.

Adamat se inclinó contra la puerta. Ondraus se sobresaltó y retrocedió hacia su diminuto vestíbulo.

—Espera aquí afuera, por favor —le dijo Adamat a SouSmith. El boxeador asintió con la cabeza.

Ondraus corrió hacia su oficina. Adamat sacó la pistola del bolsillo y se aclaró la garganta.

El tesorero se quedó helado cuando vio la pistola.

—¿Qué significa esto? —preguntó enérgicamente.

Adamat observó la sala. Casi no había cambiado en los meses que habían pasado desde su última visita. Se había quitado el polvo de la repisa de la chimenea y el hogar había sido limpiado, pero la alfombra no parecía estar más desgastada y los olores eran exactamente los mismos. La casa casi parecía no haber recibido uso.

—A través de la puerta abierta de vuestra oficina —dijo Adamat—, alcanzo a divisar un cordón de campanilla. No lo noté durante mi visita anterior, pero no puedo dejar de preguntarme, en una casa con tres habitaciones y sin sirvientes, para qué tiene un cordón de campanilla. — Adamat señaló la única silla que había junto a la chimenea. Ondraus se sentó.

—¿Habéis venido a robarme? —dijo Ondraus—. Todo mi dinero se encuentra en inversiones. Como podéis ver, aquí no hay nada de valor. Ni siquiera tengo una chequera en mi casa.

—Veamos —continuó diciendo Adamat, sin darse por enterado de la interrupción—, yo creo que ese cordón de campanilla lleva a un sistema de habitaciones situadas debajo de vuestra casa, y en una de esas salas tenéis un equipo permanente de cuatro hombres corpulentos y peligrosos, listos para venir a defenderos si fuera necesario. Y de una de esas salas, se extiende un túnel que probablemente vaya a una de las mansiones cercanas que poseéis bajo un nombre falso. No vivís allí, por supuesto. Solo la usáis para ocultar vuestras idas y venidas bajo vuestro otro nombre. Ondraus lo observaba desde la silla sin decir nada. Ahora su mirada era menos iracunda y más… calculadora. Por algún motivo, eso lo hizo parecer más atemorizante.

—Aún no habéis dicho que soy hombre muerto —continuó Adamat. Volvió a considerar a Ondraus por un momento—. Supongo que no sois esa clase de persona.

—¿Cuál es vuestro seguro de vida? —preguntó Ondraus.

—Cartas. Enviadas a determinados amigos que tengo en el cuerpo de policía.

—¿En las que les decís que yo soy el Propietario?

Fue algo muy intenso oír a Ondraus decirlo en voz alta. Sin negarlo. Ni admitirlo.

Fue una simple declaración que hizo que a Adamat se le pusieran los pelos de punta.

—No, por supuesto que no. Diciéndoles que, si yo desaparezco, podrán encontrar mi cuerpo debajo de vuestra casa. Nadie quiere investigar al Propietario. Pero mis amigos del cuerpo no tendrán problemas en revisar los asuntos de un contable. Sois conocido por ser un ermitaño. Los ermitaños siempre resultan interesantes. A mis amigos tal vez les parezca divertido venir. Y cuando encuentren las salas debajo de vuestra casa, y los guardaespaldas, y la mansión y las enormes sumas de dinero que tenéis en vuestra cartera de inversiones, estarán extremadamente interesados.

Ondraus resopló, burlón.

—¿Y creéis que eso os salvará?

—Así es. —Adamat sintió que su confianza flaqueaba. ¿Y si a Ondraus no le importaba? Si comenzaban a investigarlo, un hombre con sus conexiones sencillamente podría desaparecer—. Creo que perdonarme la vida os resultaría algo trivial si os ahorra algunos meses de investigaciones y problemas.

”Y si eso no es así —agregó Adamat—, he enviado otra carta a un amigo del mundo editorial, en la que le informo que sé quién es el Propietario. Si termino muerto y oye hablar de una investigación sobre mi muerte que os involucra a vos, sacará sus conclusiones y, dejadme que os lo diga, no es un hombre muy sensato. Él prioriza los titulares más que su propia vida.

Ondraus comenzó a reírse. Era un sonido seco, y por un momento Adamat pensó que estaba tosiendo.

—Muy astuto —dijo.

—Si me hubierais brindado vuestra ayuda, en lugar de dejarme enfrentarme a Vetas por mi cuenta, jamás se me habría ocurrido preguntarme acerca de vuestra identidad.

—Igual os lo habríais preguntado —dijo Ondraus con un gesto despectivo de la mano—. ¿Qué queréis?

—Cincuenta mil… no, setenta y cinco mil kranas en efectivo, y vuestra ayuda para matar a lord Vetas y rescatar a mi esposa.

Ondraus entrecruzó los dedos y se reclinó hacia atrás.

—Necesitáis aprender a obtener más de vuestros chantajes. Soy uno de los hombres más ricos de los Nueve.

—No me interesa vuestro dinero. Solo quiero recuperar a Faye.

—Vetas aún cuenta con un Privilegiado.

—Para eso es el dinero. Si tengo el dinero, tendré mi propio Privilegiado.

Ondraus reflexionó por un momento.

—Ingenioso. ¿Y si decido dejaros vivir una vez que Vetas esté muerto?

—Olvidaré que existís.

—Me sorprendéis, Adamat —dijo Ondraus. Su cuerpo ya no estaba tenso y furioso—. Por las medidas que estáis dispuesto a tomar. Hace años me advirtieron que erais el hombre más recto y tenaz del cuerpo de policía de Adopest. De hecho, tuve que tomar algunas precauciones para evitar cruzarme con vos.

—Creedme —dijo Adamat—. Si esto no involucrara a mi familia, yo no estaría aquí.

—Bueno, en ese caso, tengo una condición. Una vez que todo esto termine, prometedme que trabajaréis para mí si lo necesito.

—No.

Ondraus levantó una mano para interrumpir las protestas.

—Si eso sucede, os pagaré. Seguramente se tratará de trabajo peligroso. Pero prometédmelo u os mataré a vos y a SouSmith, y veré si sucede algo.

Adamat estudió los ojos de Ondraus. En ellos había una voluntad férrea que le advertía que Ondraus haría exactamente eso. Y tal vez… ¿una pizca de humor? ¿Una leve sonrisa en los labios? ¿Ondraus estaba disfrutando la situación?

—Muy bien —dijo Adamat.

—Fabuloso. —Ondraus hizo una pausa—. ¿SouSmith lo sabe?

—Piensa que vine a pediros dinero —dijo Adamat. Omitió el hecho de que le había dicho a SouSmith que planeaba chantajear al Propietario.

Tal vez SouSmith hiciera sus propias deducciones, tal vez no. Si lo hacía, era lo suficientemente listo para mantener el secreto. No necesitaba decirle nada de eso a Ondraus.

—Lo tendréis mañana —dijo Ondraus—. ¿Dónde os lo envío?

—Me encontraré con vuestro hombre en la plaza de las Elecciones. Junto a las manchas.

—Nunca más vendréis aquí —dijo Ondraus—. Nuestro contacto será a través de mi eunuco. Podréis iros. —Adamat volvió a meterse la pistola en el bolsillo, dándose cuenta de pronto de que ya no controlaba la situación—. Y Adamat —dijo Ondraus—, si en algún momento llego a lamentarlo, toda persona a quien hayáis amado alguna vez lo lamentará también.