La campaña Escarlata

Brian McClellan · Capítulo 23 de 45

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La campaña Escarlata

Capítulo 23

 

 

Tamas observó el amanecer sobre las montañas Adranas y se preguntó si aquel sería el último que vería.

Los dragones keseños los habían alcanzado a última hora del día anterior. Acamparon en el bosque Hune Dora, a un kilómetro y medio del límite. Él se había pasado la mitad de la noche mirando sus fogatas titilando en la noche y escuchándolos cantar himnos de batalla de la caballería. Cada cierto tiempo, un disparo interrumpía el sonido distante, cuando alguno de sus exploradores se acercaba demasiado y se topaba con la bala de algún mago de la pólvora.

Ahora el mundo se encontraba en silencio, salvo por el sonido del caudaloso río contra las rocas detrás de él. Tamas yacía en el suelo, inclinado contra su silla de montar, a unos setenta y cinco metros del río. Tenía una carga de pólvora en la mano, y tanteaba constantemente el papel con los dedos.

En su mente, veía a los dragones levantándose de las tiendas, estirándose en el aire fresco de la mañana y preparando café fatrasto sobre las fogatas. Parecían tranquilos. Descansados. Sabían que su caballería pesada no llegaría durante algún tiempo y que Beon no atacaría hasta tener su fuerza completa.

—¿Dónde están los coraceros? —preguntó Tamas.

Su aliento salió en forma de neblina. A pesar del calor de los días de verano, las mañanas aún eran frescas tan cerca de las montañas.

Gavril miraba hosco hacia la línea de árboles, como si esperara que los dragones aparecieran en cualquier momento.

—A unas pocas horas de distancia. Creo que llegarán al mediodía.

—Estarán en formación hacia las dos de la tarde. A la una, si los generales de Beon son organizados.

—No es mucho tiempo para prepararnos.

—El tiempo suficiente. Olem.

El guardaespaldas se movió de su posición de centinela, a algunos pasos a un lado de Tamas.

—¿Señor?

—Haz que los piquetes se retiren del bosque. ¿Están listas las balsas?

—Sí, señor. Son tres, bien grandes.

—Comenzad a trasladar soldados al otro lado del río. Primero a los heridos, luego a los soldados con menos experiencia. Tomaos tiempo. Calculo que los keseños atacarán entre la una y las dos de la tarde. Quiero mil hombres del otro lado del río cuando eso suceda. Los suficientes para que parezca convincente, pero no tantos como paraque nuestra capacidad de luchar quede anulada.

—Muy bien, señor. ¿Algo más? —El tono de Olem era tajante. Listo para la batalla.

—¿Ya saben todos dónde deben estar cuando comience la batalla?

—Sí, señor. Les hicimos practicar la mitad de la noche.

—Haz que todo parezca caótico. Quiero mucha gente dando vueltas por el campamento. Peleas. Si deben «perder» una de las balsas en el río, que así sea. Esto tiene que parecer convincente.

—Anoche hablé con el general Arbor, señor. Sus hombres ocultarán sus kits y sus rifles. Como si los hubieran abandonado.

—Bien. Puedes retirarte. Espera. Búscame a Andriya y a Vlora.

Olem se estremeció al oír el nombre de Vlora. Hizo un saludo y se alejó.

El viento soplaba desde el oeste, y Tamas vio una capa de nubes bajas acercándose desde las montañas Adranas. Si comenzaba a llover, lucharían en pésimas condiciones. Beon incluso podía llegar a retrasar el ataque, lo que significaría que todos los preparativos de Tamas habrían sido en vano.

Distraído, se preguntó si Mihali había oído su plegaria de la noche anterior.

—¿Qué planeas, Tamas? —preguntó Gavril.

—Es casi obvio desde este lado, ¿no?

—Desde que llegaron ayer, estuve explorando. A mí me parece una defensa a medio terminar.

—Perfecto. —Tamas se puso de pie. El campamento estaba distribuido en un cuadrado. Al norte, tenían el Dedo Grande fluyendo con mucho caudal. Hacia el este, una pendiente pedregosa que llevaba a la montaña evitaba que la caballería keseña hiciera una maniobra de flanqueo. Hacia el oeste y hacia el sur, habían apilado un montículo de tierra de unos noventa centímetros de alto, en el límite del campamento. Era una defensa baja estándar, detrás de la cual la infantería podía ponerse a cubierto fácilmente.

Prácticamente no aminoraría un ataque de caballería.

Sobre el montículo del oeste habían puesto troncos de árboles, colocados juntos para formar unas equis enormes. Entre ellas, habían clavado estacas afiladas en la tierra. Aquella era una defensa mortal contra la caballería. Algunos cientos de hombres trabajaban intensamente agregando más de esas estacas donde el montículo se torcía para defender el lado sur. No eran los hombres suficientes. Quedaría un hueco en sus defensas de unos doscientos metros de largo. Un hueco por el que avanzarían diez mil dragones.

—Señor.

Tamas dejó de estudiar el campamento. Andriya y Vlora estaban en posición de firmes. Ninguno de los dos parecía haber dormido en absoluto durante la noche. Qué par de insensatos.

—Reunid a los magos de la pólvora —dijo Tamas—. Los enviaré del otro lado del río.

Ambos lo miraron sin comprender.

—¿Señor? —dijo Andriya. Las manos se le crisparon sobre el rifle—. Nos prometió que mataríamos keseños.

—Podéis hacerlo desde la otra orilla del río. No arriesgaré a ninguno de mis magos en la refriega. Los quiero ubicados en un lugar desde donde puedan disparar sin que les disparen… ni los apuñalen.

—¿Quiere que crucemos en tandas para mantener a raya a los exploradores keseños? —preguntó Vlora.

Tamas vaciló. Un viento helado atravesó el campamento y él notó una niebla baja avanzando desde las montañas, a través de la llanura.

—No. Ahora quiero que los exploradores keseños le echen un buen vistazo al campamento. Que se acerquen tanto como se atrevan.

—Señor, yo preferiría permanecer de este lado del río —dijo Andriya.

Tamas suspiró.

—Hoy no, Andriya.

Andriya aferró su rifle con fuerza.

—Señor, por favor. —Le mostró los dientes—. Me prometisteis que hoy mataría keseños.

—Desde una distancia segura —dijo Tamas separando las palabras con firmeza—. Además, ellos buscarán a los Marcados. Se sentirán más seguros de sí mismos si estáis del otro lado del río.

—Entonces, ¿vos venís con nosotros? —dijo Vlora.

Tamas frunció el ceño.

—No. ¿Por qué iba a hacerlo?

—Sois uno de los magos de la pólvora, señor.

—No, yo debo permanecer cerca para dar las órdenes.

—Eso no es justo. —Andriya estaba furioso. Miró hacia el bosque, tenso como un sabueso que percibía a su presa—. Estoy en todo mi derecho de clavarle la bayoneta en el ojo a un noble keseño. Quiero tener sangre en las manos.

—«Sangre en las manos, señor» —lo corrigió Tamas. No necesitaba pasar por aquello. Tenía quince mil soldados de caballería a punto de caerle encima, y justo cuando pensaba que tal vez había solucionado las cosas con Vlora, Andriya comenzaba a insubordinarse—. Cruza el río. Es una orden, soldado.

Le dio la espalda a Andriya para dejar claro que la conversación había terminado. Los dos magos de la pólvora lo dejaron solo con Gavril. Tamas y Gavril permanecieron en silencio durante algunos minutos, observando la evolución del caos organizado del campamento. Había hombres gritando. A Tamas le pareció ver que alguien lanzaba un puñetazo. Un rato después, lanzaron la primera balsa. Se soltó de las manos de quienes la estaban manipulando y se alejó río abajo sin ocupante alguno. Se oyó un grito de consternación en las brigadas, y a Tamas no le pareció que fuera fingido.

—¿Dónde quieres que me coloque? —preguntó Gavril.

—Sobre tu caballo —dijo Tamas—. Tú y tus exploradores deberíais tomar el flanco este, por si algunos de los dragones de Beon intentan avanzar por el pedregal.

—Muy bien —dijo Gavril.

—Toma. —Tamas se desenganchó el sable de caballería del cinturón y se lo entregó a Gavril—. Es mejor arma para utilizar desde la montura.

—¿Tú no montarás?

Tamas sonrió, pero sin sentir la menor alegría detrás de la sonrisa.

—Yo tomaré el centro. Si no estoy a caballo, los hombres no me verán cuando caiga.

Gavril pareció considerar la gravedad de esas palabras antes de aceptar el sable de caballería.

Tamas extrajo la espada corta de su silla de montar y se la enganchó en el cinturón.

—Te veré después de la batalla —dijo Gavril.

Tamas le estrechó la mano, y se sorprendió mucho cuando Gavril lo abrazó, lo sostuvo por un momento, y luego se alejó para unirse a sus exploradores.

Olem regresó una hora después.

—¿Alguno de los hombres comió esta mañana? —preguntó Tamas.

—La verdad es que cogimos mucho pescado del río. Andriya cazó un par de cabras en la ladera de la montaña. Y quedaba un poco de caballo. Todos pudieron comer algo.

—Esperemos que sea suficiente —dijo Tamas.

Olem levantó la mirada.

—Al menos los buitres comerán bien.

Tamas observó que la niebla que había visto acercarse antes en ese momento envolvía todo el campamento. No era muy densa, unos sesenta centímetros de altura. Lo suficiente para ocultar el suelo, pero no el propio campamento. Las nubes se habían situado sobre ellos. Amenazaban conlluvia, pero Tamas ya había visto esa clase de tiempo. No habría más que una ligera niebla.

Un clima extraño para un día de verano.

A las once y media, Tamas divisó un par de jinetes al oeste, a poco más de un kilómetro, en el meandro del río. Se echó un poco de pólvora sobre la lengua y los pudo ver con claridad. Uniformes canela y verde, debajo de petos brillantes, y con cascos con plumas.

Los coraceros habían llegado.

 

Adamat estaba en el quinto piso del campanario de Dwight con un catalejo en el ojo. Estudiaba a un sujeto de mirada sospechosa que vestía un chaleco rojo gastado y pantalones hasta las rodillas y que estaba sentado en un pórtico ubicado a unos setenta y cinco metros del escondite de Vetas.

—Tienen otro centinela en la esquina de la Siete y la avenida Mayflew — dijo Adamat.

Detrás de él se oyeron los arañazos de una pluma sobre papel. Revisó las calles una vez más con el catalejo y luego se lo entregó a una joven llamada Riplas, la segunda al mando del eunuco. Ella lo reemplazó en la ventana mientras él se volvía hacia los hombres reunidos en la atestada salita del campanario.

—¿Estáis seguro de que los tenéis a todos? —le preguntó el eunuco a Adamat.

Él lo miró de reojo. El día anterior, el eunuco había llegado con la escoria callejera más ruda que Adamat había visto en su vida: boxeadores, pandilleros, trabajadores portuarios, proxenetas y guardaespaldas. Cuarenta en total. No había dado ningún indicio de saber que estaba chantajeando a su amo.

—Los he estado observando durante casi dos semanas —dijo Adamat—. Van cambiando de lugar, pero entre vuestros informes y los míos, creo que los tenemos a todos cubiertos.

Él suponía que Vetas empleaba más de cien personas, basándose en las idas y venidas de la gente del lugar. No se trataba de una operación pequeña, y en la mansión podía haber treinta de ellos en todo momento. El Propietario había dicho que Vetas tenía sesenta matones.

Adamat miró a Bo. El Privilegiado estaba en cuclillas en un rincón de la sala, con los ojos cerrados y las manos metidas en las mangas de la chaqueta. Abrió los ojos, como si hubiera percibido que él lo estaba mirando. Adamat se estremeció. Aún seguía conmocionado por el asesinato casual del verdugo de Manhouch, que había tenido lugar el día anterior.

—La Privilegiada favorita de Vetas está aquí —dijo Bo—. En este mismo instante. Tampoco se trata de una idiota contratada. Tiene a disposición algunas cosas dignas de una camarilla.

Un pájaro emergió de las campanas que tenían sobre la cabeza, lo que hizo que Adamat se sobresaltara. Notó que fue el único y se alisó la pechera del abrigo. ¿Una Privilegiada poderosa? Eso no era bueno. En absoluto. Él contaba con que Bo pudiera neutralizar a la Privilegiada de Vetas mientras los hombres de Adamat tomaban el lugar.

Bo debió de percibir la pregunta tácita.

—La mataré. No os preocupéis por eso.

—Si esto se convierte en alguna clase de pelea entre vosotros dos, somos todos hombres muertos —dijo el eunuco.

—Bueno, vos no sois un hombre, precisamente —dijo Bo con una sonrisa. Señaló a Riplas con la cabeza—. Y ella tampoco. —Su sonrisa de pronto se tornó una mueca—. Y ella definitivamente tampoco.

Adamat se volvió y vio a Fell en la escalera del campanario. La graduada de la Academia Fontain llevaba un chaleco a medida, sin cola, y un par de pantalones de hombre ajustados con las perneras metidas en las botas.

—Ricard no puede prescindir de ningún hombre en este momento —dijo Fell—, pero me envió a mí.

El eunuco se volvió hacia ella con una expresión de desprecio.

—¿Acaso sabe él de los recursos que el Propietario está moviendo para esta operación? —preguntó.

—La verdad es que no —dijo Fell levantando una ceja—. Me imagino que le interesaría saberlo.

Adamat se interpuso entre ellos.

—Es más ayuda de la que suponéis —le dijo al eunuco. Que Ricard arriesgara a su empleada de diez millones de kranas significaba muchísimo.

—Bah —dijo el eunuco. Los dedos le golpeteaban a toda prisa contra la pierna. Parecía nervioso, y no el asesino tranquilo y pensativo al que Adamat había conocido hacía meses.

Adamat se volvió a acercar a la ventana y tomó el catalejo de Riplas.

—¿Algún centinela más? —preguntó.

—Ninguno.

—Entonces proceded con las asignaciones finales.

Riplas abandonó la sala. Ella tenía la posición y descripción de todos los centinelas de lord Vetas. Se las entregaría a los matones del eunuco y ellos harían el resto.

Todo estaba en su lugar. Ahora Adamat debía esperar.

Se llevó el catalejo al ojo y volvió la mirada hacia el centro de operaciones de Vetas. Pasó más de una hora; Adamat fue observando desde allí a medida que los matones del eunuco se encargaban de los centinelas de Vetas. Sintió que le corría sudor por la nuca mientras esperaba. Había muchas cosas que podían salir mal. Ante el menor tropezón, Faye moría.

—¿Y si hoy no sale? —preguntó Bo.

La puerta de entrada de la mansión de Vetas se abrió y una figura familiar salió al exterior. Llevaba su elegante chaqueta negra, sombrero de copa y un bastón en una mano. Al verlo, Adamat sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Eso no será problema —dijo Adamat—. Está saliendo ahora.

Lord Vetas revisó la calle con un brevísimo giro de la cabeza. Probablemente recibía indicaciones de sus centinelas, de los más cercanos, a los cuales Adamat no había tocado.

Vetas asintió con la cabeza con un movimiento casi imperceptible. Una mujer atravesó la puerta, la misma que él había visto con un vestido rojo hacía ya algunas semanas, la de los rizos castaño rojizo; juntos se dirigieron hacia el sur por la avenida. Dos pasos por detrás de ellos los seguían un par de hombres musculosos muy bien vestidos. Unos segundos después, un tercero atravesó la puerta, esperó un momento y luego los siguió.

—Yo lo sigo —dijo Fell, y desapareció por la escalera.

—Eliminad a la sombra —le dijo Adamat al eunuco— y luego nos vemos en la casa. ¿Bo?

Bo se puso de pie y estiró los dedos, que ya tenía enguantados.

—Yo me acercaré un poco y desharé las guardas Privilegiadas. Me llevará algo de tiempo, pero estaré listo cuando regreséis.

El sargento Oldrich estaba esperando a Adamat en la capilla que había debajo del campanario. Estaba sentado en uno de los bancos, con las piernas levantadas y con una bola de tabaco abultándole la mejilla. Inclinó el sombrero hacia atrás, mientras miraba salir a Bo por una de las salidas.

—Así que —dijo Oldrich volviéndose hacia Adamat— conseguisteis un Privilegiado.

Adamat se armó de valor. No estaba seguro de cómo reaccionaría Oldrich después de que le hubiera dicho específicamente que no lo ayudaría a rescatar a Bo.

—Así es.

—Oí que Verundish despidió a sus hombres y que ayer se fue de la ciudad. Supuse que esa podría haber sido la causa.

—Hice lo que necesitaba hacer. Está libre de su gaes, si es que eso cambia las cosas.

—¿Ah, sí?

—Mató al verdugo que le cortó la cabeza a Manhouch.

—Ah —dijo Oldrich—. Bueno, seguramente el mariscal de campo estará encantado. ¿Estáis listo?

—Vamos.

Los soldados de Oldrich se les unieron cuando salieron de la capilla, y Adamat les indicó que se mantuvieran a setenta y cinco metros de distancia.

Adamat, a su vez, seguía a Fell. La veía entrando y saliendo del tránsito peatonal a medida que se iban metiendo más y más en la ciudad. Como había pasado la hora de comer, las calles estaban abarrotadas; a los hombres de Vetas les resultaría más difícil ver a Adamat, pero igual de difícil le estaba resultando a Adamat seguirles el rastro.

Habían pasado poco más de treinta minutos cuando Fell se detuvo y le hizo un gesto para que avanzara. Estaban en una intersección bastante transitada, justo a la vuelta de la esquina de un mercado de flores. Fell tenía la espalda apoyada contra la pared, con los hombros relajados, como si estuviera libre de toda preocupación. Adamat se colocó junto a ella y le copió el lenguaje corporal.

—Su sombra está allí —dijo ella, señalando lentamente con la barbilla. Adamat vio al hombre de inmediato. Estaba comiendo un pastel de carne y mirando la multitud con desconfianza. No era sutil, pero era un centinela eficiente. Detrás de él, no muy lejos, Adamat vio al eunuco—. Vetas está dentro del puesto de flores, a la vuelta de la esquina. Dejádmelo a mí. Que vuestros soldados se encarguen de los matones.

—Lo quiero vivo.

—Yo también —dijo Fell.

Adamat lo necesitaba con vida para que pudiera decirle dónde estaba Josep. Se preguntó por qué también Fell lo querría respirando.

—Ahí voy —dijo Fell. Desapareció por la esquina, con un movimiento despreocupado y elegante como el de un gato.

Adamat le dio la señal a Oldrich, luego se inclinó el sombrero hacia delante para ocultar su rostro y siguió a Fell.

Se abrió camino hasta el medio de la calle y pronto se le unieron Oldrich y seis de sus hombres. Cada uno de ellos contemplaba algún ramo o fingía hablar, pero Adamat no pudo evitar pensar que todo parecía demasiado obvio.

Los dos matones de Vetas estaban fuera de la floristería El Parque observando de brazos cruzados a la multitud. Adamat echó un vistazo en dirección a la sombra. El sujeto ya no estaba. Adamat tuvo la esperanza de que eso significara que el eunuco se había encargado de él.

A Adamat comenzó a tensársele hasta el último músculo mientras observaba la entrada de la florería por el rabillo del ojo. Tal vez Vetas ya los había detectado y había desaparecido por el lateral. ¿Y si sus matones le avisaban? ¿Y si Vetas se las arreglaba para escabullirse entre la multitud?

Ya comenzaban a temblarle las manos por los nervios cuando, finalmente, lord Vetas emergió de la floristería con la mujer del vestido rojo. Ella llevaba un ramo de flores. Él le entregó un paquete a uno de los matones y estudió el mercado de flores.

Su mirada se cruzó con la de Adamat. Adamat sintió un sudor frío a un lado de la frente. Se puso tenso, listo para perseguir a Vetas a través de las calles.

Fell salió de la floristería, caminando como si fuera una clienta. De su manga cayó un estilete, ella lo hizo girar con elegancia sobre el hombro de Vetas y se lo apretó contra la garganta.

Los dos matones dieron un paso atrás gritando. Ambos extrajeron pistolas. La multitud se abrió.

Adamat sintió que estaba en un sueño. Se observó a sí mismo apuntar su propia pistola y disparar. Uno de los matones cayó. Al otro lo golpeó en la nuca uno de los soldados de Oldrich, y el resto de los soldados rodeó a Vetas a toda prisa y lo dejó oculto de la multitud.

Adamat se abrió camino con el hombro por entre los soldados hasta que llegó hasta Vetas.

Lord Vetas estaba de rodillas frente a Fell, con el estilete aún en la garganta. Ella le había quitado dos dagas muy parecidas y una pequeña pistola, que yacían sobre el suelo detrás de ella.

Adamat sintió un gran placer al ver la leve expresión de sorpresa en el rostro de Vetas. Desapareció de inmediato cuando Vetas vio a Adamat.

Sonrió.

—¡Adamat! Sospechaba que tal vez siguierais con vida.

—¿Ella sigue con vida? —Adamat apoyó el cañón caliente de su pistola contra el rostro de Vetas.

—Cada daño que me inflijáis —dijo Vetas sin encogerse ante la temperatura del cañón de la pistola—, se lo devolveré a vos y a vuestra esposa multiplicado por diez. Quiero que lo recordéis, Adamat.

—¿Entonces sigue con vida?

—Así es —dijo Vetas—. Pero eso cambiará en una hora y cuarenta y dos minutos si yo no he regresado. —Hizo una pausa y miró a los soldados que lo rodeaban—. Sospecho que sabéis dónde está mi centro de operaciones. Probablemente me hayáis estado observando muy de cerca. Bravo. ¿Pero contáis con suficientes hombres para entrar?

—¿Os referís a si podremos con vuestra Privilegiada? —preguntó Adamat —. Sí. Yo creo que sí. ¿Dónde está mi muchacho?

Vetas esbozó una sonrisa enfermiza de autosatisfacción.

—Una hora y cuarenta y un minutos. ¿Estáis seguro de que tenéis tiempo para esto?

Adamat miró a la mujer del vestido rojo. Oldrich la sostenía con fuerza del brazo. Ella lo miraba con rabia, con los ojos entrecerrados, pero él notó que a la muchacha le temblaban las manos.

—¿Quién eres tú? —le preguntó bruscamente.

—Nila —dijo ella.

—¿Qué trabajo haces para él? —Señaló a Vetas.

—¡Nada! Yo… nada. No trabajo para él. Solo estoy allí para cuidar a Jakob. ¡Es solo un niño!

—¿Qué estaba comprando Vetas allí dentro?

—¡Flores!

—¿Para quién?

—Lady Windeldwas, o algo así. —Nila se apartó el pelo de la cara.

—¿Lady Winceslav?

—Sí, esa.

—¿Por qué?

—No lo sé. —A pesar del miedo, la muchacha se mantuvo llamativamente calma ante el torrente de preguntas.

Adamat se volvió hacia Vetas.

—¿Por qué?

—Una hora y cuarenta minutos, Adamat —dijo él.

Adamat volvió a coger su pistola y le golpeó el rostro a Vetas con la culata.

—Átalos —le dijo a Fell. Y a Oldrich—: Sargento, asígnale cuatro de tus hombres. Necesitamos salir de las calles antes de que llegue la policía.

Fell obligó a Vetas a ponerse de pie, aún sosteniéndole el estilete contra la garganta. Oldrich envió con ella acuatro de sus hombres, junto con Nila y los dos matones heridos, y el resto de los soldados siguieron a Adamat.

Se encontraron con el eunuco a tres manzanas de la base de operaciones de Vetas.

—Mis hombres están en posición —dijo el eunuco.

—¿Dónde está Bo? —preguntó Adamat, agitado por la carrera.

Encontró al Privilegiado a la vuelta de la esquina, de pie en medio del a calle. Llevaba guantes negros sobre los de Privilegiado para ocultarlos. Murmuraba para sí mismo, con los dedos moviéndose silenciosamente en el aire frente a él, como si estuviera tocando un piano invisible con una mano y un arpa con la otra. Había tres o cuatro personas observándolo como si se tratara de un demente. Ciertamente lo parecía.

—Tenemos que entrar ahora —dijo Adamat.

Se inclinó sobre su pistola, tratando de ocultarla de la vista mientras la recargaba.

Los dedos de Bo siguieron moviéndose en el aire.

—Avisé que necesitaría tiempo.

—No tenemos mucho tiempo —dijo Adamat—. Sus hombres tienen órdenes de matar a Faye si él no regresa a la hora prevista.

—Qué desafortunado —dijo Bo con una mueca—. Decidle al eunuco que coloque a sus hombres en posición.

Se dio la orden y, cinco minutos después, el eunuco se unió a Adamat y a Bo.

—Estamos listos —dijo el eunuco.

Bo lo miró de arriba abajo, y los ojos permanecieron un momento en el traje a medida y en la cabeza calva.

—Me ponéis los pelos de punta.

—Lo tomaré como un cumplido.

Adamat se alisó la pechera de la chaqueta.

—¿Sargento?

Los soldados que le quedaban a Oldrich habían cogido sus rifles. Comenzaban a atraer la mirada de quienes pasaban por allí.

—Estamos listos —dijo Oldrich.

—Que sea un desfile entonces. —Bo se giró sobre los talones y marchó por el medio de la calle en dirección al centro de operaciones de Vetas. Sus dedos se movían haciendo música que solo él podía oír. Adamat y el sargento Oldrich se miraron. Aquel no era el modo en que habían tomado la casa de Offendale.

Bo no aminoró la marcha al dar vuelta a la esquina y avanzar hacia la casa de Vetas. Cuando llegó a la altura de la casa, en el centro de la calle, se volvió hacia ella. Levantó una mano sobre la cabeza. En una de las ventanas, un centinela gritó una advertencia.

A pesar de que Adamat no podía abrir su tercer ojo, sí podía percibir cuando un Privilegiado tocaba el Otro Lado junto a él. La hechicería fluyó hacia el mundo, Bo abrió los brazos y todo el frente del edificio se derrumbó como un trozo de pastel rebanado por un cuchillo gigante.

Adamat se quedó mirando el polvo levantado por los escombros. Los hombres del interior de la casa le devolvieron la mirada, tosiendo y sacudiendo con las manos el polvillo de yeso que había en el aire. La conmoción de su rostro era más que evidente.

El sargento Oldrich desenvainó su espada.

—¡A la carga! —gritó.

Y se desató el infierno.