La campaña Escarlata
Capítulo 30
La Sepia Llameante era un bar de pescadores. Al igual que La Doncella Salada, se encontraba en el extremo de un muelle, suspendido a unos tres metros sobre el nivel del agua. A diferencia de La Doncella Salada, dentro había toda clase de parroquianos. Había empleados de fábricas, costureras, molineros e incluso algunos armeros. El bar era conocido por toda la ciudad porque servía unas deliciosas ostras de agua dulce a un precio asequible. En un rincón, un flautista tocaba una melodía de marineros, y todo el muelle se sacudía con los pisotones de un centenar de pies.
La camarera le aseguró a Adamat que aquello era normal.
Adamat se bebió su cerveza y permitió que la mirada recorriera una vez más el salón. Estaba sentado con la espalda contra la pared, observando las salidas. No había señales del traficante de esclavos, Doles, ni de ninguno de sus hombres. No había señales del hijo de Adamat.
Ya era casi medianoche. Doles debería haberse encontrado allí con él el día anterior, pero no se había presentado. Adamat, obstinado en permanecer optimista, regresó y esperó todo el día con una maleta que contenía doscientos cincuenta mil kranas apoyada sobre las rodillas. Estaba cansado y nervioso, y cada minuto que pasaba se ponía más furioso.
SouSmith, sentado junto a él, reprimió un bostezo. Tamborileaba con los dedos al ritmo de la melodía del flautista, con la mirada recorriendo el lugar. Adamat se daba cuenta de que le estaba costando concentrarse.
—¡Diablos! —maldijo Adamat, y se puso de pie.
SouSmith se sobresaltó.
—¿Eh? —Se puso alerta y miró a su alrededor buscando algún indicio de peligro.
—No vendrá —gritó Adamat sobre la música y los pisotones—. Nos vamos.
SouSmith lo siguió hacia el exterior, y por segunda vez en una semana, Adamat se encontró de pie en la oscuridad, en un muelle, con las manos vacías. Pateó un pilote del muelle y maldijo por hacerse daño en el dedo. Estuvo a punto de arrojar la maleta al agua, pero SouSmith lo cogió del brazo.
—Te arrepentirás de haberlo hecho.
Adamat observó la maleta. Era todo su dinero; sus ahorros, el dinero que le había dado Bo, más cincuenta mil de Ricard. Sí. Se habría arrepentido.
—Ahora tendré que ir a Norport —dijo Adamat.
Ya estaba sacando cuentas mentalmente. Tendría que fletar un barco (y no un barco cualquiera, sino el de un traficante que lo llevara a la ciudad keseña), y luego necesitaría ubicar a Josep y liberarlo de las garras de los keseños. Tal vez hubiera Privilegiados involucrados, aunque se corría el rumor de que Taniel Dos Tiros había matado a la mayor parte de la Camarilla de Kez en el Pico del Sur. Entonces…
SouSmith lo cogió del brazo y lo sacudió.
—¿Qué sucede? —preguntó Adamat, enfadado por la interrupción.
—¿Norport? ¿Estás loco?
—No. Tengo que recuperar a mi hijo.
SouSmith suspiró. Sacó una pipa de su bolsillo y se la colocó entre los dientes, luego la llenó de tabaco.
—Debes olvidarlo —gruñó.
—Es mi hijo —dijo Adamat—. ¿Cómo puedo olvidarlo? —Se dejó caer contra el mismo pilote que acababa de patear.
—Está fuera de tu alcance —dijo SouSmith suavemente.
—No. No puede ser. —Adamat intentó continuar con su hilo de pensamiento. Había muchas cosas por hacer—. ¿Vendrás conmigo?
SouSmith fumó su pipa por un momento.
—Sí.
—Gracias —dijo Adamat, y lo invadió una sensación de alivio. Norport sería peligroso, pero ir él solo a territorio keseño podría ser un suicidio.
—Una condición.
—¿Cuál?
—Consúltalo con la almohada.
Adamat vaciló por un momento. Debía prepararse esa noche. Juntar suministros, encontrar un traficante…, aunque, claro, encontrar un traficante sería mucho más fácil por la mañana. A esa hora, la mayoría de los contactos de Adamat ya estaría durmiendo.
—Bien —dijo—. Lo consultaré con la almohada.
SouSmith acompañó a Adamat a su casa antes de partir. Adamat observó el carruaje de alquiler de SouSmith alejándose por la calle y luego entró.
La vivienda estaba en silencio, salvo por el sonido suave de uno de los niños llorando. Adamat se quitó las botas y el sombrero, colgó la chaqueta junto a la puerta. Pasó por delante de las habitaciones de los niños y se detuvo brevemente delante de la de Astrit. Ella era la que lloraba. Fanish le cantaba en voz baja, sosteniéndola con firmeza y meciéndola. Ninguna de las dos vio a Adamat.
Él se escabulló hacia su propia habitación. La lámpara ardía con una llama baja, como cada vez que Adamat llegaba tarde.
Faye se incorporó en la cama. Tenía los ojos rojos y sus rizos largos y desaliñados le enmarcaban el rostro, marcado por las ojeras. La tenue luz de esperanza que tenía en los ojos se apagó cuando lo vio, y a Adamat, derrotado, se le aflojaron los hombros. Se sentó en la cama junto a ella y se llevó las manos al rostro.
—Lo intentaste —dijo Faye.
A Adamat le pareció que ella estaba mejor. A pesar de su apariencia, durante la última semana había ido recuperando fuerzas y había pasado tiempo con los niños. Aún se alejaba de las ventanas y evitaba salir, aunque Adamat no lograba determinar el motivo. ¿Tal vez temía que la viera alguno de sus antiguos captores?
—Iré a Norport —dijo Adamat cuando recuperó la compostura.
La mano de Faye, que le acariciaba suavemente el brazo, se detuvo.
—¿Para qué?
—Para recuperar a Josep. Puedo encontrarlo allí, y si no lo encuentro, puedo ir tras su rastro.
—No.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que no —dijo Faye con tono firme—. No permitiré que arriesgues tu vida por esto. Ya no. Perdí a Josep, pero tengo otros ocho niños y no puedo sostenerlos y protegerlos sin ti.
—No tend…
—Dije que no.
Adamat se dio cuenta, por el tono de voz, de que no habría discusión. Ya no había esperanza. Ella haría todo lo posible por evitar que él se fuera.
—Pero…
—No.
Él intentó juntar el coraje para regañarla. Para decirle que tenía un deber para con su hijo, que aún podía recuperar a su muchacho.
No llegó a juntar el coraje suficiente.
Por la mañana, Adamat fue a devolver el dinero que le había pedido a Ricard.
Una secretaria lo recibió en el vestíbulo de la nueva sede de Ricard. Abrió la boca para saludarlo, pero algo en su rostro debió de detenerla, luego lo guio hasta la sala que había pasado a ser la oficina de Ricard, ubicada en el lateral del edificio.
La sala era mucho más grande que su vieja oficina, pero no estaba más limpia.
Todo el lugar apestaba. Había ostras en un estante, probablemente del mismo bar al que Adamat había ido la noche anterior, y a juzgar por el olor, llevaban tres días allí. Sobre el escritorio de Ricard había una especie de incienso ardiendo que empeoraba las cosas.
Adamat ignoró el saludo de Ricard y se dejó caer sobre la silla que había frente a él.
Ricard puso un gesto ceñudo y se reclinó hacia atrás en su asiento, y ambos se quedaron mirándose mutuamente durante unos momentos. Los ojos de Ricard se posaron en la maleta que Adamat tenía sobre el regazo.
—No se presentaron —dijo Adamat lanzando la maleta al suelo. — Cogieron mi depósito de cincuenta mil kranas y desaparecieron. Ahora mi muchacho se ha ido para siempre, junto con lo que me quedaba de esperanza por recuperarlo. Nunca debí haber confiado en ellos. —Adamat podía oír la indignación en su propia voz.
Ricard puso la expresión que siempre ponía cuando estaba a punto de decir «Te lo dije», pero en cambio dijo en voz baja:
—Todos cometemos errores.
Adamat quería romper algo. Quería desahogarse violentamente, destruir los caros muebles, candelabros y licoreras de cristal de Ricard, y luego arrojarse al suelo en medio del desastre y llorar.
—No sé qué hacer ahora —dijo.
—Tengo algo que podrías investigar —dijo Ricard. Adamat se lo quedó mirando. ¿Cómo podía creer Ricard que aceptaría un caso en ese momento? —. Te ayudaría a pensar en otra cosa —continuó—. Hay acusaciones de que en las filas del ejército adrano hay oficiales beneficiándose económicamente. Necesito investigar esas acusaciones y encontrar algunas pruebas.
—Ese es un trabajo para los prebostes —dijo Adamat.
—No cuando la corrupción llega hasta el propio Estado Mayor.
—No —dijo Adamat—. Ya estoy harto de lidiar con los militares. Encuentra a alguien más valiente y más estúpido.
Ricard suprimió una sonrisa.
—Tú eres el hombre más valiente y más estúpido que conozco.
—Doy fe —dijo una voz detrás de él.
El Privilegiado Borbador se encontraba en la puerta de la oficina. Llevaba una chaqueta informal que lo hacía parecer más delgado, tenía el rostro rosado de haberse afeitado aquella mañana y sostenía un bastón en la mano. Sus guantes de Privilegiado no se veían por ningún lado.
—¿Quién diablos sois vos? —preguntó Ricard.
—El Privilegiado Borbador, a vuestro servicio. —Bo inclinó levemente la cabeza—. Tengo entendido que tenéis una carta para mí.
—Ah —dijo Ricard, sorprendido. Una expresión de confusión le atravesó el rostro—. ¿Cómo es posible que sepáis que tengo una carta para vos?
Bo sonrió.
—Claro. Es de Taniel Dos Tiros —dijo Ricard. Buscó entre sus papeles hasta que encontró la carta y se la alcanzó a Bo.
Bo leyó la nota inclinado contra el marco de la puerta. Le dio la vuelta y leyó algo que parecía un informe escrito en la parte de atrás. Entrecerró los ojos y le lanzó una mirada a Adamat.
—¿Le habéis dicho que Tamas está vivo?
—Sí —dijo Adamat.
—No tenemos pruebas de eso. —Ricard extendió las manos.
—Está vivo —dijo Bo—. Y cuando regrese, destripará a su Estado Mayor.
—Si el Ejército se queda sin pólvora, Adro habrá sido conquistada mucho antes de que Tamas regrese.
Bo se mordió el labio.
—¿Alguna noticia de Taniel Dos Tiros? O sea, además de esta carta.
—Lo están sometiendo a un consejo de guerra en este mismo momento. Envié a mi subsecretaria hasta allí para que intervenga en mi nombre, pero no sabré el resultado hasta dentro de varios días.
—¿Un consejo de guerra? ¿Por qué? —dijo Bo con voz apagada. Adamat supuso que se trataba de su imaginación, pero la temperatura de la sala parecía haber descendido.
—Mayormente, por cargos inventados —dijo Ricard—. Desobedecer órdenes, atacar a un miembro del Estado Mayor. Pero Taniel sospecha que algunos miembros del Estado Mayor se están beneficiando económicamente de la guerra y que podrían estar aliados con Kez, lo que explicaría por qué están sometiendo a un consejo de guerra a su único mago de la pólvora.
Bo agitó la carta.
—Sí, eso ya lo he leído. Diablos. Diablos, diablos. Supongo que podría ir y matarlos a todos, si es que no lo han colgado para cuando yo llegue.
—Eso no beneficiaría en nada la campaña bélica —comentó Adamat—. No sabemos cuáles son los generales que están lucrando con eso.
—¿Creéis que me importa un demonio de quién se trata? —exclamó Bo.
Bo levantó una mano y, aunque no llevaba puestos sus guantes de Privilegiado, Adamat se encogió en su asiento. Bo inspiró profundamente y cerró los ojos durante algunos minutos hasta que volvió a hablar—. Yo me encargaré de esto —dijo. Luego se dirigió a Ricard—: Puede que necesite vuestra ayuda.
—Mi organización está a vuestra disposición.
—Bien.
Bo se fue tan rápido como había llegado, y Adamat y Ricard volvieron a encontrarse solos.
—Bueno, qué interesante. Qué de amigos fascinantes has conseguido. — Ricard extrajo un cigarro a medio fumar del cenicero y lo contempló, como decidiendo si terminarlo. Lo arrojó al cesto de basura que tenía a sus pies.
—Habría preferido no tener que hacerlo —murmuró Adamat.
—Necesitas un descanso. No más trabajo. Ahora lo veo. Deberías venir de viaje conmigo —dijo Ricard.
—¿Qué? ¿Adónde?
—¡A la gran apertura del canal Pandeliví! Ricard se puso de pie y abrió las cortinas de la ventana, y dejó a la vista la fealdad de las fábricas de los muelles con un aguacero abriéndose paso por el mar Ad como telón de fondo. Levantó una ceja al ver el tiempo que hacía y cerró las cortinas.
—Pensé que se llamaba canal Rey Manhouch.
—Si no hay Manhouch, no hay canal Rey Manhouch. —Ricard abrió su caja de cigarros y le ofreció uno a Adamat, que él rechazó.
—No permitiré que me levantes el ánimo —dijo Adamat.
Ricard hizo un gesto con la mano delante de él, como imaginando un cartel colgado de la pared.
—Yo quería llamarlo cruce de Tumblar, pero mi Comité Electoral parece pensar que al público votante le cae mejor la humildad, y la junta prefería algo que fortaleciera el vínculo con Deliv. —Ricard encendió su cigarro con un fósforo—. Es muy grande mi sacrificio por el bien mayor.
—Qué sufrido eres —dijo Adamat.
—¿Vendrás a la gran inauguración?
—No —. ¿Qué le podía hacer creer a Ricard que Adamat querría viajar, después de todas sus penurias? Cerró los ojos, intentando escapar del hedor de las ostras. —¿Qué hay del Privilegiado Borbador?
—Le avisaré a mi gente que debe ayudarlo. Ven conmigo. Insisto —dijo Ricard.
—De ninguna manera. Mi esposa no está en condiciones de viajar. Mis hijos…
—Tus hijos pueden venir. Contrataré niñeras, y tú y Faye podéis venir en mi carruaje. Partimos esta tarde.
—¡Faye no irá!
—Ya ha aceptado.
Adamat entrecerró los ojos.
—Mentiroso.
—Te lo juro —dijo Ricard—. Fui a visitarla ayer.
—Me habría dicho algo.
—Se ve que no lo hizo. Ve a casa y pregúntale. Apostaría a que ya ha hecho las maletas. Salir de la ciudad os hará bien a ambos.
—Si tenías todo esto planeado, ¿qué fue toda esa patraña de los generales corruptos?
—Quería saber qué opinabas. No me has resultado muy útil.
—No podría…
—Yo cubro todos los gastos —dijo Ricard. Se inclinó sobre su escritorio; el humo del incienso le dio en el rostro y él arrugó la nariz—. Ve a casa y prepárate. Mi carruaje te recogerá en tres horas. No más discusiones.
—No podrás forzarme. Adamat intentó enojarse. Quería inclinarse por encima del escritorio y golpear a Ricard, pero la ira sencillamente no estaba allí. Ricard tenía razón. Necesitaba salir de la ciudad y tomar un poco de aire fresco. Si los niños podían ir y Faye ya había aceptado, tal vez les haría bien a todos.
—Tres horas —dijo Ricard.
Adamat pateó la maleta y desparramó montones de billetes por el suelo.
—¡Está bien, maldición! ¡Pero deshazte de esas condenadas ostras!
Ricard se incorporó y asintió con la cabeza, y se tapó la nariz ante el olor acre.
—De acuerdo.
Taniel no sabía si alegrarse o si maldecir por su suerte.
La general Ket bien podría haberlo enviado a la horca. Tenía el apoyo del resto del Estado Mayor, excepto por el general Hilanska, al parecer. Fell no podía haber llegado en un mejor momento, y la oferta de trabajo de Abrax con las Alas le permitiría quedarse en el frente.
Pero ¿ser expulsado del ejército adrano? La sola idea seguía desconcertándolo. Él había crecido en el Ejército. Había marchado y matado y sangrado por ellos durante casi la mitad de su vida, y entonces lo dejaban de lado como una basura inútil, y todo por haber acusado al Estado Mayor de ayudar a Kez.
Tal vez era cierto. Sus órdenes de retirada estaban sospechosamente sincronizadas, y su negativa a mantener la posición incluso cuando los keseños eran derrotados era incomprensible.
No había nada más que Taniel pudiera hacer, salvo unirse a las Alas de Adom. Tendría la oportunidad de eliminar por fin a los Privilegiados keseños y, una vez que todos esos condenados hechiceros estuvieran muertos, tal vez dejarían de hacer Guardianes. Por supuesto, Taniel también necesitaba alguna manera de obtener la sangre de Kresimir para que Ka-poel pudiera matarlo.
Esa parecía ser la parte fácil.
Una explosión lo hizo caer al suelo. Un momento después volvió a ponerse de pie. ¿Dónde había sido?
Había confusión en el campamento adrano, pero parecía que la explosión provenía desde el sur. Taniel fue corriendo hasta un montículo y miró hacia el campamento keseño.
A lo lejos, a kilómetros de distancia, más allá del campamento keseño y de la viga inmensa de la que Julene colgaba al sol, se veía la ciudad de Budwiel. Las murallas de la ciudad ardían. Había unas nubes bajas flotando sobre el lugar… ¿o era humo? ¿Una explosión de pólvora? Podía ser.
En el campamento keseño había una actividad frenética, dirigida en su totalidad hacia Budwiel. ¿Se trataba de Tamas, que regresaba por fin? No, imposible. Tamas no atacaría la retaguardia keseña a menos que estuviera completamente seguro de que las brigadas adranas atacarían desde el frente.
Aquel habría sido un momento oportuno para atacar. Taniel inclinó la cabeza, esperando oír las trompetas que llamaría a los hombres a las armas.
Su mirada se posó sobre la viga levantada en medio del campamento keseño y sobre el cuerpo de Julene, que colgaba del extremo, y él volvió a preguntarse cómo había terminado ella ahí arriba. Había tenido tanta voluntad, tanto poder. ¿Había sido obra de Kresimir? Taniel no se imaginaba a nadie más con el poder suficiente para someterla de esa manera.
Taniel se quedó esperando. Silencio. Ni siquiera sonó una alarma, por si los keseños intentaban llevar a cabo un ataque por sorpresa.
El sol se estaba poniendo cuando Taniel llegó al pequeño cobertizo donde tenía su habitación. Le quedaban un par de horas para encontrar a Ka-poel y juntar sus pertenencias. ¿Debería despedirse de alguien? Con Etan seguiría en contacto. ¿Había alguien más?
Taniel se inclinó contra la puerta del cobertizo que había estado usando a modo de aposentos. No. No había nadie más. A pesar del tiempo que hacía que estaba en el Ejército, Taniel tenía pocos amigos. Eso debería haber hecho que irse le resultara más fácil.
Debería…
Taniel abrió la puerta. La luz del sol poniente atravesó la habitación.
Ka-poel estaba tendida desnuda sobre el catre, con las manos estiradas sobre la cabeza y el rostro oculto en las sombras. Taniel sintió que el rostro se le ruborizaba. Desvió la mirada.
—Pole, ¿qué estás haciendo?
Un puño le golpeó el estómago y lo hizo doblarse por la mitad. Unas manos lo empujaron hacia el interior. Taniel cayó al suelo, e intentó pensar con claridad mientras la puerta se cerraba.
Forcejeó para ponerse de pie. Algo duro le golpeó la espalda y sintió una hoja contra la garganta. Se le secó la boca.
—No te muevas, mago de la pólvora.
Alguien encendió un fósforo, luego se encendió la lámpara que había junto a la cama. Había cinco hombres metidos en la pequeña habitación. Todos lo miraban con desprecio. Cada uno de ellos llevaba una cachiporra o un cuchillo. Todo el grupo apestaba a whisky. Llevaban chaquetas azules del ejército adrano, con una insignia en el hombro que mostraba el emblema de una pala.
Dragadores. Tercera Brigada. Lo peor de lo peor de todo el cuerpo militar adrano.
Los hombres de la general Ket.
Uno de los soldados bebió un sorbo de la botella que llevaba en la mano y le dio un puñetazo a Taniel. El golpe fue fuerte y estuvo bien ubicado, y obligó a Taniel a bajar aún más hacia el suelo. A juzgar por los galones de su hombro, el sujeto era un capitán.
Taniel clavó la mirada en el suelo y vio los largos hilos de saliva ensangrentada cayendo sobre el tablón.
—¿Quiénes diablos sois? —les dijo.
El capitán se sorbió la nariz.
—La general Ket nos dijo que obtendríamos a esta muñequita de aquí. Se nos ocurrió empezar temprano. —Colocó la botella en la mesita de noche y comenzó a aflojarse los pantalones—. Y tú vas a mirar.
Taniel miró a Ka-poel por el rabillo del ojo, intentando ignorar su desnudez. Tenía el rostro magullado, morado, y los labios partidos y ensangrentados. Le habían propinado una gran paliza.
Taniel se levantó de golpe. Uno de ellos era diestro y veloz con la cachiporra, y le golpeó los hombros. Taniel ni siquiera lo sintió. Su mano derecha se aferró a la barbilla del capitán, con los dedos metidos en la boca del sujeto. La mano izquierda lo tomó por la frente.
Taniel sintió que músculos, huesos y tendones se rasgaban y se partían cuando le arrancó la mandíbula al capitán. Muy en el fondo, el sonido lo aterró, pero todas las objeciones fueron acalladas por su furia.
Recibió un golpe de cachiporra en el lado de la cara y se volvió hacia su atacante. Su puño golpeó la nariz del soldado con tanta fuerza que lo mató instantáneamente. Los ojos de Taniel se pusieron rojos, y su cuerpo se movió como si tuviera voluntad propia.
Taniel no recordaba haber matado a los otros tres, pero de pronto se encontró rodeado por cinco cadáveres, con las manos y la camisa empapada de su sangre, aún caliente. Cayó de rodillas junto a Ka-poel. Ella respiraba suavemente. Abrió los ojos de golpe.
—Shh —dijo Taniel cuando ella abrió la boca.
La cubrió con una manta. Luego agarró la única chaqueta que le quedaba del poste de la cama y se la puso sobre la camisa empapada de sangre. Cogió su cuaderno de bocetos y su kit y los arrojó dentro de su bolsa, luego cargó a Ka-poel en sus brazos. No quedaba nada en la habitación que tuviera importancia.
Divisó el morral de ella tirado en un rincón y lo cogió al irse.
Taniel corrió durante todo el trayecto hasta el campamento de las Alas. En cuanto llegó a los piquetes, comenzó a pedir un doctor. Mientras pasaba, algunos soldados de infantería lo miraron perplejos desde sus puestos.
La tienda de los comandantes de brigada fue fácil de encontrar, en el centro del campamento.
—¿Esta es la tienda de Abrax? —preguntó Taniel enérgicamente. Los dos centinelas se miraron—. ¡La comandante de brigada Abrax! ¡Necesito verla ahora!
—¿Dos Tiros?
Taniel se volvió y vio a Abrax acercándose desde la misma dirección por la que él había llegado. Probablemente estuviera regresando del campamento adrano, y él se dio cuenta de que había hablado con ella hacía menos de veinte minutos.
—¿Qué diablos estás… —Sus ojos percibieron la camisa ensangrentada y el cuerpo magullado de Ka-poel—. ¿Qué ha pasado?
—Necesito que la atienda un médico. ¡Ahora!
—Traed un médico —les gritó Abrax a los centinelas—. Métela en mi tienda. Allí, colócala sobre el catre. ¿Qué le ha pasado? Por todos los santos, ¿qué te ha pasado a ti? Estás cubierto de sangre. ¿Tú le hiciste esto?
—¡No! —Taniel rugió la palabra antes de poder controlarse—. No. No fui yo. Ella es lo único que importa. Atendedla, por favor.
—Lo haremos —dijo Abrax.
—Acabo de matar a cinco hombres —dijo Taniel—. Soldados de la Tercera Brigada. Fue en defensa propia, pero vendrán a por mí enseguida.
Abrax lo miró sorprendida. Abrió la boca, luego la cerró.
—¿Fuiste atacado? —pudo decir por fin.
—Sí.
—Detalles, hombre. ¡Ahora!
—Cinco hombres me atacaron en mi habitación. Tenían a Ka-poel así… iban a… mientras yo miraba. —Las palabras de Taniel fueron saliendo en oraciones apresuradas y entrecortadas.
—¿Tú estabas desarmado?
Taniel asintió con la cabeza.
Abrax se llevó la mano a la boca y estudió a Taniel.
—Estás en estado de shock. Siéntate. ¿Estabas en un trance de pólvora?
—No.
—Cinco hombres —susurró ella, en voz tan baja que Taniel casi no la oyó —. Con sus propias manos. —Le echó un vistazo a Ka-poel—. Los médicos llegarán enseguida. Quédate aquí. —Abrax atravesó la tienda—. ¡Stewart! — bramó mientras se alejaba. Salió al exterior, pero habló en voz alta, y Taniel la oyó con claridad—. Ah, ahí estás. Busca a nuestros mejores investigadores internos. Envíalos al campamento adrano de inmediato. Hubo un asesinato quíntuple y quiero conocer las circunstancias exactas que llevaron a eso.
—¿Vamos detrás de alguien en particular? ¿O intentamos determinar el motivo por el que las víctimas murieron? —preguntó una voz masculina. Taniel supuso que se trataba de Stewart.
—No vamos detrás de nadie, solo de la verdad. Y no son víctimas, son potenciales violadores. Averigua todo lo que puedas sobre ellos. Quiero saber exactamente qué clase de personas eran y qué estaban haciendo antes de morir.
—Sí, señora.
—Además, cierra el campamento a los prebostes adranos y acalla cualquier rumor que esté circulando.
—Por supuesto. ¿Algo más?
—Quédate cerca. Estoy segura de que necesitaré algo.
Abrax regresó a la tienda un momento después. Taniel consideró ponerse de pie, y se dio cuenta de que le había tomado la mano a Ka-poel en algún momento. Decidió quedarse a su lado.
—Gracias —dijo.
—Créeme cuando te digo esto —dijo Abrax con el rostro encendido y la frente arrugada—. Si me mentiste, yo misma te colocaré la soga alrededor del cuello. Pero no permitiré que un hombre pierda la vida por defenderse a sí mismo y a un ser querido.
La doctora llegó unos momentos después. Taniel se negó a abandonar la tienda, pero sí desvió la mirada mientras la doctora examinaba a Ka-poel. Ella forcejeó un poco, tuvo la esperanza de que fuera una buena señal.
—Le di algo que la ayudará a dormir —dijo la doctora después del examen. Miró a Taniel con furia—. Sufrió un ataque brutal.
—No fue él —le dijo Abrax.
La mirada de la doctora perdió su fulgor.
—No fue violada, y tenía sangre debajo de las uñas y los nudillos magullados. Se defendió. Puede que eso sirva para atraparlos.
—Ya están muertos —dijo Taniel con voz apagada.
—Bien. Su languidez se debe a su agotamiento. Puede que se haya defendido durante horas. Tiene el brazo izquierdo roto y puede que pierda una oreja. Pero no tiene una contusión, lo cual es sorprendente.
Taniel regresó al lado de Ka-poel, y casi ni notó que Abrax se sentó en una silla cercana a observarlos.
Taniel no estaba seguro de lo tarde que era cuando oyó unos gritos furiosos fuera de la tienda. Abrax se levantó de la silla con cautela y salió.
—¿Qué dije acerca de cerrar el campamento? —preguntó Abrax enérgicamente.
—Comandante de brigada Abrax —dijo una voz cortante. Taniel colocó la cabeza entre las manos. Doravir—. Estáis albergando a un hombre buscado por el homicidio de cuatro soldados de infantería y de un capitán de la Tercera Brigada. Entregádnoslo ahora.