La campaña Escarlata

Brian McClellan · Capítulo 43 de 45

Páginas del PDF

La campaña Escarlata

Capítulo 43

 

—Ciudadanos de Adopest —dijo retumbando la voz de lord Claremonte.

La sorpresa del sonido amplificado hizo que a Adamat se le aflojaran las rodillas.

—Diablos —susurró—, ¡tiene Privilegiados con él!

Era la única manera en la que podía hacerse oír por sobre el clamor de semejante multitud.

—Amigos míos —continuó lord Claremonte—, hermanos y hermanas míos. ¡Mis compatriotas! Os traigo saludos desde los rincones más lejanos del mundo. He venido hasta aquí para conoceros, mis queridos adranos, para arrodillarme humildemente ante vosotros y ofrecerme como candidato para el puesto de primer ministro de este gran país. Al decirlo, Claremonte apoyó una rodilla en la lancha e inclinó la cabeza. Pasó un momento y luego volvió a levantarse, extendiendo los brazos como para abrazar a todo hombre, mujer y niño presente.

—¡Esta es una gran nación! Tenemos tantas cosas. Tenemos los sindicatos, el Ejército, las Alas de Adom, los bancos y la Guardia de la Montaña. Tenemos una industria sin igual en todo el mundo moderno. Tenemos los héroes más poderosos que cualquier país podía desear, como Taniel Dos Tiros y el difunto mariscal de campo Tamas.

Lord Claremonte suspiró e inclinó la cabeza, como si una gran emoción se hubiera apoderado de él.

—El mariscal de campo Tamas murió por vosotros, amigos míos. Murió por mí. Para que todos nosotros seamos libres de la tiranía de Kez. Él tenía una visión increíble e hizo grandes progresos, ¡y no permitiré que eso muera con él!

Entonces la multitud se encontraba en perfecto silencio. Adamat oyó que a alguien se le caía una moneda, y se maldijo a sí mismo por contener el aliento esperando las siguientes palabras de Claremonte.

—Pues lo que esta nación necesita ahora es esperanza. Y para eso, he traído conmigo a nueve mil de los mejores soldados de Brudania para que se unan al ejército adrano y rechacen a los agresores keseños. —Echó una mano hacia atrás, en dirección a la hilera de barcos de la Sociedad Mercantil que esperaban en el río—. He traído cañones, rifles y suministros. He traído comida y dinero. He traído tesoros de los cuatro rincones del mundo, que serán puestos en pos del esfuerzo de guerra contra Kez.

”Lo hago libremente. No pido agradecimientos, ni retengo ninguna de mis riquezas bajo reserva. Solo os pido que me consideréis un candidato digno para las elecciones venideras.

Adamat se dio cuenta de que se estaban bajando otras lanchas. Esas estaban llenas de soldados brudanos; fueron liberadas en cuanto tocaron agua y comenzaron a moverse hacia la orilla. La lancha del propio Claremonte había levado anclas y se iba acercando lentamente hacia el anfiteatro.

—Compatriotas míos —continuó Claremonte en el silencio que siguió—, este país necesita un cambio. ¡Esta es una nación progresista! Un lugar de gran capacidad intelectual e industrial. Al ejercer mis deberes ministeriales, continuaré apoyando ese cambio y nos haré avanzar hacia el siglo venidero. Nos olvidaremos de las viejas costumbres. De las supersticiones. De las tonterías.

”Dioses, ¿qué han hecho por vosotros? —Meneó la cabeza—. Nada. ¿Los rumores que se oyeron sobre el regreso de Kresimir y de Adom? ¡Son verdad! Pero sabed una cosa: no los toleraremos. No tienen lugar en nuestro mundo, y tengo la intención de dejárselo claro a ellos.

”Seremos mortales, pero somos feroces y somos orgullosos, y hasta los dioses temblarán ante el poderío de Adro.

”Nuestro nuevo mundo, mis amigos, comienza hoy.

La última palabra parecía un susurro, pero Adamat sintió que el corazón le retumbaba en el pecho. Estaba sucediendo algo. ¿Qué pensaba hacer Claremonte? ¿Qué podría estar…? Adamat se llevó el catalejo, olvidado hasta ese momento, de nuevo hacia el ojo y observó a Claremonte.

Claremonte se volvió hacia la mujer que estaba junto a él. La mujer levantó las manos y reveló unos guantes blancos cubiertos en runas color escarlata: una Privilegiada.

Adamat leyó las palabras inaudibles en los labios de Claremonte: «Échala abajo».

El cielo despejado fue atravesado por hechicería, lo que provocó un grito ahogado de terror en la gente reunida. Unos rayos blancos atravesaron el espacio que había sobre el anfiteatro como cuchillos reflejando la luz y dieron contra la catedral Kresim. Unas enormes nubes de polvo se elevaron sobre el inmenso edificio y unas hojas invisibles rebanaron el frente de piedra.

Un puño invisible golpeó el domo de la catedral, y en un instante el edificio se derrumbó sobre sí mismo. La gente huyó dando alaridos de terror por la caída de los cascotes, pero la destrucción se encontraba contenida por medio de hechicería, y a simple vista, a Adamat le pareció que no había habido ningún herido.

Cuando el polvo se hubo asentado, Adamat volvió a mirar a Claremonte. Una vez más, el sujeto se subió a la proa de la lancha para dirigirse a la gente. Levantó los brazos.

—Esto es solo el comienzo, hermanos y hermanas míos. ¡Recuperaremos este mundo!

 

La primera bala de Tamas le habría dado a Nikslaus en el ojo si un Guardián no lo hubiera apartado. La bala se metió en el hombro del Guardián e hizo que diese una sacudida. La retorcida criatura blandió su espada y subió las escaleras a saltos en dirección a Tamas.

Tamas desenvainó su espada y se lanzó contra el Guardián. La criatura lanzó un rugido desafiante, y Tamas le respondió con un gruñido silencioso. Sus espadas chocaron con gran estruendo una, dos veces, y entonces Tamas pudo meterse dentro de la guardia de la criatura. Tomó al Guardián por el cuello, sintiendo la fuerza de la pólvora recorriéndole las venas, y lo lanzó por el balcón del corredor hacia el vestíbulo de planta baja.

Nikslaus había rodado por las escaleras, pero ya se había levantado del suelo de mármol. Se le había salido uno de los guantes, y Tamas se detuvo un momento para observarlo. No, se le había salido toda la mano.

Había estado usando manos falsas. ¿Una artimaña para hacerles pensar a sus propios soldados que aún tenía poderes? Tal vez. A Tamas no le importó y bajó las escaleras de tres en tres.

Nikslaus huyó en dirección a la puerta de entrada, señalando desesperado a Tamas y gritándoles a sus hombres:

—¡Matadlo!

El aire era acre por el aroma de la pólvora negra. Tamas sintió una oleada de energía, y una explosión sacudió a los soldados keseños cuando Vlora encendió la pólvora que llevaban.

Algunos soldados avanzaron hacia él blandiendo espadas. Al parecer, Nikslaus era lo suficientemente listo para mantener sin pólvora a algunos de sus soldados. Tamas bloqueó una estocada, hizo a un lado la otra hoja y atravesó el pecho del soldado con su espada. Siguió avanzando. Nikslaus se alejó de él, con el terror pintado en el rostro.

Un cuchillo pasó girando junto al rostro de Tamas y golpeó la barandilla de mármol que había detrás de él. Se volvió hacia su dueño, un Guardián, y gruñó cuando la criatura lo atropelló con la fuerza de un toro a plena carrera.

Tamas sintió que se elevaba en el aire y que chocaba con la barandilla. Esta se partió por la fuerza del golpe, lo que hizo que él y el Guardián cayeran por el borde de las escaleras y aterrizaran en el suelo.

Tamas sintió los dedos de la criatura cerrándose sobre su garganta. Lo agarró de una muñeca y golpeó con la otra mano el codo del Guardián. El brazo de la criatura se partió y quedó doblado a noventa grados hacia el lado incorrecto. Tamas cogió al Guardián por las solapas y lo pateó, con lo que logró quitárselo de encima.

Para cuando Tamas comenzaba a ponerse de pie, el lugar estaba lleno de soldados. La mayoría estaban muertos o agonizaban, o habían sido abatidos por un disparo de un mago o hechos pedazos por la explosión de sus propios cuernos de pólvora, pero, aun así, había suficientes keseños para bloquearle el camino.

Tamas divisó a Nikslaus huyendo por un corredor lateral.

—¡Diablos! —dijo Tamas. Se puso de pie de un salto, pero volvió a caer. El Guardián del brazo roto le había aferrado la pierna. Atacó a Tamas con un cuchillo.

Él liberó la pierna del agarre del Guardián, y el cuchillo dio contra el suelo de mármol. La bestia se lanzó hacia delante y Tamas desvió el cuchillo con la guarda de su espada. Golpeó al Guardián en el rostro con la empuñadura, y luego retrocedió hasta quedar fuera del alcance de otra estocada de cuchillo.

La criatura se puso de pie.

Y volvió a desmoronarse cuando Andriya saltó del corredor del primer piso y aterrizó detrás del Guardián atravesándole el cerebro con su bayoneta.

—¿Y bien? —dijo Andriya corriendo hacia la infantería keseña—. ¡Id a matar al duque!

Tamas corrió hacia el corredor por donde había desaparecido Nikslaus. Era bastante largo, de unos noventa o cien metros tal vez, y llevaba a otra ala de la mansión. Tamas abrió su tercer ojo, resistió los mareos, y buscó señales de Guardianes o del Privilegiado.

Un soldado surgió de una sala lateral dando un grito. Tamas cerró el tercer ojo, retrocedió y sintió que una espada le abría un tajo a un lado del abdomen. Bloqueó otra estocada, extrajo la segunda pistola y disparó desde la cadera. El disparo le dio de lleno en el pecho al soldado keseño. El sujeto se lanzó hacia delante y luego intentó retroceder. Cayó al suelo con una expresión de sorpresa.

Tamas lo dejó allí y corrió a toda velocidad por el corredor. El dolor de su pierna mala le palpitaba como el golpeteo de un tambor, y el tajo que tenía en el lado le ardía al contacto con el aire. Se detuvo al girar la esquina al final del corredor y se encontró con otro corredor de unos setenta y cinco metros de largo.

No había señales de Nikslaus.

—¡Señor! —Vlora llegó hasta su lado, respiraba con dificultad.

—Vino por aquí —dijo él.

Ella asintió con la cabeza y se adelantó al trote.

Vlora estaba a unos diez metros por delante de él cuando un Guardián surgió de una puerta y la embistió. Su inercia hizo que ambos atravesaran el corredor y se metieran en otra habitación.

—¡Vlora! —Tamas comenzó a correr, pero se detuvo cuando una voz gritó:

—No os acerquéis más. —Nikslaus. La voz provenía de la puerta por donde habían desaparecido Vlora y el Guardián.

—Voy a mataros —dijo Tamas.

—No si queréis a esta con vida.

Tamas bajó la mirada. Había usado ambas pistolas. Tal vez pudiera flotar una bala en ángulo. No. Sabía que podía hacerlo.

—¿Vlora? —gritó Tamas.

No hubo respuesta.

—Si está muerta —dijo Tamas—, no tengo ningún motivo para no entrar en la habitación.

Tamas oyó un gruñido grave y furioso, y luego la voz de Vlora.

—Estoy bien, señor.

—Por ahora —dijo Nikslaus—, pero si ella vuelve a morder a mi Guardián, permitiré que él le rompa el cuello. La estoy usando como escudo, Tamas. Si flota una bala en ángulo para esquivar la pared, le atinará a ella.

Tamas envainó su espada y desenfundó una pistola. La recargó a toda prisa, sin pausa, y luego se la metió en el cinturón para recargar la otra.

—¿Cómo está la pierna? —preguntó Nikslaus—. Me sorprende que podáis apoyar tanto peso sobre ella.

—Me la curó un dios. Está fantástica. ¿Cómo están vuestras manos? ¿Kresimir hizo que os volvieran a crecer?

Tamas tuvo la satisfacción de oír un insulto en voz baja.

—Rendíos, Tamas, o mato a la muchacha.

—Matadla —dijo Tamas—. No me importa.

—Creo que sí os importa. La reconozco. Vlora. Nunca os dije que fue una de mis estratagemas, ¿verdad? Hacer que la sedujeran. —Tamas oyó otro gruñido por lo bajo, del Guardián, y luego Nikslaus se rio—. Probablemente pensó que se trataba de la nobleza. Bueno, eso pensó también el petimetre.

—Ella traicionó a Taniel —dijo Tamas—. Como ya os dije, podéis matarla.

Nikslaus chasqueó la lengua en desaprobación.

—Ay, Tamas. Lo sé todo sobre vos. Conozco vuestros miedos y esperanzas. Sé quiénes son vuestros favoritos. Y ella siempre fue una de vuestras favoritas. ¿Pensasteis en acostaros con ella después de que Taniel cancelase el casamiento? Sé que lo pensasteis. De pronto, estuvo disponible. Eso debió de ser muy tentador.

Tamas abrió el tercer ojo y se alejó de la pared. A través de la pared, veía el brillo refulgente de Nikslaus en el Otro Lado. Estaba a unos cuantos metros de la puerta. Más cerca, llegaba a ver el brillo apagado del Guardián y el tenue destello, casi imperceptible, que Vlora emitía en el Otro Lado. El Guardián estaba usando a Vlora a modo de escudo. Si Tamas intentaba flotar una bala en ángulo por la puerta, probablemente le daría a Vlora.

—Arrojad la pistola, Tamas, y la dejaré vivir —dijo Nikslaus.

—¿Por qué debería confiar en vos?

—No tenéis alternativa. El patio se está llenando de soldados. No me importa cuántos magos hayáis traído, os superamos en número y en fuerza. Arrojad vuestras armas y mostraos, y os doy mi palabra de que la muchacha vivirá.

—¿Por qué sois tan magnánimo? —dijo Tamas. Desenfundó su segunda pistola. Apuntó con una al brillo del Privilegiado y la otra al del Guardián.

—No sé qué es lo que me ocurre —dijo Nikslaus—. ¡Tal vez sea la posibilidad de ver vuestra cabeza en una pica! —Su voz se elevó hasta convertirse en un grito—. Pensadlo, Tamas. Hace solo un par de meses, yo era el que estaba atrapado en una mansión mientras vuestros soldados llenaban el patio. ¡Se han invertido los papeles! Tal vez os corte las manos antes de mataros.

Tamas estudió las paredes. Lo más probable era que fuera mármol sobre piedra caliza. Para atravesarlas, tendría que empujar la bala con medio cuerno de pólvora, y concentrar energía alrededor de la bala para evitar que se fragmentara. Podía hacerlo con una. No con dos.

—Yo no perdería el tiempo —dijo Tamas. Bajó la pistola que apuntaba a Nikslaus y la desamartilló. La colocó en el suelo y la deslizó hasta el medio del corredor, donde el Guardián pudiera verla—. Estoy desarmado. Ahora, dejadla ir.

—¡Cuando os vea de rodillas! —dijo Nikslaus con un alarido.

Tamas se concentró en la mancha de color que era el Guardián en el Otro Lado. Se concentró en la bala, apoyó el cañón de su otra pistola contra la pared y apretó el gatillo.

Luego dejó caer la pistola usada, saltó y rodó hacia el corredor, cogió la otra pistola y quedó agachado. Sintió la retrocarga de la pistola cuando tocó la pólvora con la mente.

Ambos disparos le habían atinado al Guardián. El primero, el que atravesó la pared, fue bajo y le atravesó el cuello. El segundo le dio justo entre los ojos, por encima del hombro de Vlora. El Guardián se derrumbó hacia atrás, aún aferrado a Vlora.

Por detrás del Guardián, Tamas divisó a Nikslaus atravesando la habitación a la carrera.

Tamas sacó a Vlora de los brazos del Guardián muerto. La criatura le había estado sosteniendo un cuchillo contra el cuello. Ella tenía un corte y le sangraba, pero Tamas no sabía cuán profundo era.

—Vlora. ¡Vlora!

Tenía los ojos un tanto vidriosos y una expresión de pánico en el rostro. Tenía un trozo de mármol clavado en la mejilla. Taniel se lo quitó y le apartó el pelo con una mano.

De pronto, ella meneó la cabeza, como si acabara de salir de un sueño.

—Estoy viva —dijo—. Estoy viva. Estoy bien. —Parecía estar hablando más consigo misma que con él.

Tamas extrajo un pañuelo del bolsillo y lo presionó contra la garganta. Si podía hablar, significaba que el corte no era muy profundo.

—Mantenlo presionado.

—Id —dijo Vlora—. Id a por él.

Se quitó su capote y lo hizo una bola. Levantó la cabeza de Vlora y se lo colocó debajo.

—¡Andriya! Diablos, ¿dónde está? ¡Andriya!

De pronto apareció Leone, con su rifle con bayoneta preparado. Apoyó el rifle en el suelo y se colocó en cuclillas junto a Vlora.

—Quédate con ella —dijo Tamas—. Vadalslav es quien mejor sutura. Cuando termine el combate, asegúrate de que vea primero a Vlora.

Tamas recuperó su otra pistola y observó la habitación. Nikslaus había huido por una puerta lateral. Divisó al Privilegiado corriendo por el césped en dirección a la cancela de la entrada.

—Señor —dijo Leone—, hemos tomado la casa, pero el patio está lleno de soldados.

Tamas dejó caer una bala en el cañón de una de sus pistolas y le colocó algodón para mantenerla estable.

—No me importa —respondió—. Tengo un hombre que matar.

 

Taniel colgaba inerte contra la áspera madera de la viga; las pocas fuerzas que le quedaban las había desgastado con su forcejeo.

Había intentado aflojar sus ataduras. Por mucho que se moviera, no podía librarse de ellas. ¿Qué más podía hacer? Miró hacia abajo. Supuso que tampoco serviría de nada. Al pie de la viga había guardias keseños, después de una caída de quince metros. ¿Podía sobrevivir a una caída desde semejante altura? ¿Aterrizaría allí, solo para que los keseños finiquitaran su cuerpo destrozado?

¿Qué habría hecho Tamas para salir de esa? El viejo desgraciado podía ser un miserable, pero también era inteligente.

Julene lo había visto forcejear durante una hora completa. Parecía divertirse observándolo, si acaso, y la locura de sus ojos parecía ir y venir.

—¿Por qué te hizo esto? —le preguntó Taniel.

Julene volvió a lanzar esa risa ahogada.

—Eso me pregunto todos los días.

Taniel entendió que no recibiría ayuda de ella. Estaba claramente tan loca como el dios que la había colocado allí. Levantó la mirada hacia el gancho del que colgaba y luego la posó sobre el campamento adrano. Aun a aquella distancia, sin estar en un trance de pólvora, se daba cuenta de que el Estado Mayor se estaba reuniendo. En el campamento keseño había una conmoción similar. Ambos bandos se preparaban para parlamentar.

¿Sería entonces que Kresimir planeaba matarlos a todos?

—Kresimir no quería regresar —dijo Julene. Taniel volvió la cabeza bruscamente hacia ella. Su locura se había desvanecido y sus ojos, de pronto, se veían lúcidos—. No lo habría hecho si yo no lo hubiera invocado del modo en el que lo hice —continuó—. No le importa que Tamas haya matado a Manhouch. No le concierne el destino de los mortales de este mundo. Yo estaba muy equivocada. —Julene tosió, luego tragó con dificultad y su rostro destrozado hizo una mueca; de algún modo, pareció más amargado—. Aun si llegara a vivir otros veinte mil años, no podría volver a cometer un error tan grave como el que cometí al invocar a Kresimir. —Todo su cuerpo se estremeció, lanzó la cabeza hacia atrás gimiendo del dolor.

Taniel apartó la mirada. No podía verlo. La crueldad por la crueldad misma. Al parecer, los dioses eran capaces de ser tan mezquinos como cualquier otro.

Paseó la mirada por el campamento adrano en busca de rostros familiares. Estaba demasiado lejos para identificar individuos.

Para entonces, Ka-poel seguro sabía lo que le había sucedido.

Si aún estaba con vida.

Taniel flexionó los brazos y tiró de su cuerda. Se levantó algunos centímetros, y luego volvió a caer. Haber forcejeado toda la mañana lo había dejado exhausto.

—¿Qué estás haciendo, mago de la pólvora? —dijo Julene.

—Intento escaparme. —Se volvió a levantar. Ganó tres centímetros. Tal vez cuatro.

—No puedes. Si caes desde aquí, te romperás las piernas.

—Tal vez pueda deslizarme por la viga.

Julene dejó escapar una risa rasposa.

—Volverán a subirte.

Taniel divisó movimiento en el campamento keseño. No era algo significativo, y no supo qué fue lo que le atrajo la mirada. Se obligó a sí mismo a seguir mirando.

Una pequeña figura iba avanzando por el campamento, esquivando soldados. Una silueta encapuchada; podría haber sido un niño. Pero Taniel conocía esa complexión física. Sabía cómo leer el contoneo de ese caminar, después de tanto tiempo de conocerlo.

Ka-poel. ¿Qué estaba haciendo allí? ¡Tenía que irse!, ¡abandonar el campamento antes de que la atraparan!

Nadie le prestó la más mínima atención. Los soldados se estaban preparando para algo grande. Se encontraba a unos trescientos o cuatrocientos metros de distancia, abriéndose paso por el campamento sin prisa alguna.

Taniel volvió a flexionar los brazos. Se levantó a sí mismo hasta que su rostro casi llegó a tocar el gancho. Cada fibra de su cuerpo temblaba a causa del esfuerzo, y su piel magullada gritaba de dolor.

—¿Qué planeas hacer, mago de la pólvora? —La voz de Julene se oyó firme. El tono rasposo ya no estaba. Taniel le echó un vistazo y vio que ella lo estaba mirando fijamente.

Taniel se dejó caer, jadeando por el esfuerzo.

—Voy a matar a Kresimir.

Ka-poel estaba cada vez más cerca. ¿Qué pensaba hacer cuando llegara allí? Sus poderes no podrían sacarlo de la viga.

En la distancia, en la tierra de nadie que había entre los ejércitos, Taniel vio una figura solitaria salir del campamento adrano. Alto y gordo, con delantal blanco. Mihali.

A Taniel solo le llevó un momento encontrar a Kresimir a la cabeza del frente keseño. El dios se había cambiado las prendas ensangrentadas por unas limpias, y aún llevaba su máscara. Él también comenzó a acercarse al centro del campo.

Taniel se volvió a levantar a sí mismo hasta que llegó al gancho. Centímetro a centímetro, fue tanteando con los dedos. Su forcejeo le había aflojado las ataduras. Tal vez no lo suficiente para zafarse, pero…

Tomó el gancho con ambas manos y apoyó los pies contra la viga. Presionó con las piernas, apoyando los dedos contra la madera como si fueran los apoyos de una prensa. Ya aferrado con firmeza a la viga, empujó hacia arriba y se obligó a extraer aún más fuerza de sus ya escocidos muslos. Solo necesitaba algunos centímetros más…

¡Ya casi! Hizo avanzar la cuerda a lo largo de la curvatura del gancho hasta que, de pronto, la cuerda se soltó. Una oleada de vértigo le recorrió el cuerpo, y casi lo hizo caer. ¡Se había liberado del gancho! Podía dejarse caer desde aquella altura cuando quisiera.

Miró hacia abajo y se le revolvió el estómago. No parecía una buena idea.

Agarrándose del gancho, giró hasta quedar mirando la viga.

—Eres un desgraciado de lo más testarudo —dijo Julene.

Taniel no le contestó. Lentamente, comenzó a descender por la áspera viga. Clavó las uñas y la punta de las botas en la madera como si estuviera escalando la cara de un precipicio. Cada uno de sus músculos protestaba por el terrible dolor. No había forma de que pudiera sujetarse de las uñas durante todo el trayecto.

Descendió el primer metro o metro y medio y se detuvo, jadeando.

—¿En verdad puedes hacerlo? —preguntó Julene—. ¿Matar a Kresimir? —Taniel descendió algunos centímetros más—. Es la salvaje, ¿verdad? Diablos, su hechicería es muy potente. Tal vez ella pueda matarlo.

Taniel permaneció en silencio. Otro tramo. Podría lograrlo.

Miró hacia abajo. Había cuatro guardias apostados alrededor de la viga. Ninguno de ellos había notado su descenso. Tendría que acercarse lo suficiente al suelo para caer sobre uno de ellos y luego luchar contra los otros tres, con las manos aún atadas. Ka-poel ya estaría al llegar. Ella podría…

De pronto, ella entró en su campo de visión, acercándose a uno de los guardias a paso veloz. El guardia se irguió y dijo algo extendiendo una mano. Ella lanzó su pequeño puño contra la garganta del sujeto. Él cayó de rodillas vomitando sangre.

Otro tramo. A Taniel le retumbaba el corazón en los oídos. Debía seguir moviéndose.

—Prométeme algo —dijo Julene.

—Más rápido, más rápido, tengo que ir más rápido —Taniel susurró para sí mismo.

—Prométeme que me matarás. Dispárame en la cabeza con una de esas balas que usaste para cegar a Kresimir. No podré sobrevivir a eso. No en este estado. Considéralo un acto de venganza si quieres. Taniel miró hacia abajo. Ka-poel estaba luchando con otro guardia. Un tercero la cogió de los hombros.

—Prométemelo, Taniel, y te ayudaré.

¿Qué podría hacer Juliene?

—Te lo prometo —dijo él.

Julene lanzó una carcajada chillona.

Allí debajo, los tres guardias habían logrado tumbar a Ka-poel. Taniel inspiró profundamente y cerró los ojos.

Entonces se dejó caer.