La campaña Escarlata

Brian McClellan · Capítulo 42 de 45

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La campaña Escarlata

Capítulo 42

 

 

Las palizas duraron toda la noche.

Golpearon a Taniel con puños y porras. Perdía el conocimiento y lo recuperaba, pero, afortunadamente, estuvo inconsciente durante la mayor parte del tiempo. Sintió el aire fresco en la piel cuando finalmente lo llevaron afuera. Con los ojos ensangrentados, llegó a ver que el sol tocaba levemente la cima de las montañas del este.

Había llegado el amanecer.

Tal vez Ka-poel ya estuviera muerta.

Los guardias Prielight lo llevaron con los pies arrastrando detrás de él por el campamento keseño. Le llegaron miles de voces a los oídos, junto con los sonidos de un ejército preparando el desayuno. Taniel se preguntó si alguno de ellos sabía quién era él, o si le importaba siquiera.

Lo dejaron caer al suelo sin ceremonias. Taniel quedó tendido boca abajo, gimiéndole a la tierra. Se sentía entumecido y destrozado, hecho puré por los guardias Prielight. Todo su cuerpo sería un gran hematoma en un día o dos. Si llegaba a vivir tanto.

Se tanteó el interior de la boca y ponderó la capacidad de recuperación de sus dientes. ¿Acaso se trataba de los poderes de Ka-poel en funcionamiento? ¿Evitando que se le rompieran los huesos? Las costillas parecía que estaban rotas, pero Taniel no creía tener la fortaleza para revisarlas.

¿La tenía?

Abrió los ojos. A su alrededor había hombres yendo de aquí para allá y trabajando. Un mar de piernas y pies.

—Uno, dos, ¡tirad! Uno, dos, ¡tirad!

El mantra fue repetido una y otra vez. ¿Qué estarían haciendo?

Arrastró la mano por la tierra hasta que pudo verla. Movió un dedo, luego otro. Aún le funcionaban todos. Eso era algo, ¿verdad? Los cortes en los nudillos. ¿De dónde habían salido?

Ah. Cierto.

Se los hizo con los dientes de Kresimir.

Unas manos fuertes lo hicieron ponerse de pie. Se tambaleó hacia atrás y casi volvió a caer. Le levantaron los brazos y le ataron las muñecas con una cuerda fuerte.

—Con firmeza —dijo alguien—. Estará allí arriba por un tiempo.

¿Arriba dónde?

Le levantaron los brazos sobre la cabeza. Sintió que la cuerda de sus muñecas se enganchaba a algo, y los guardias se alejaron. Las piernas de Taniel cedieron debajo de él, pero él no cayó.

—Uno, dos, ¡tirad!

El cuerpo de Taniel se sacudió cuando fue elevado del suelo por las muñecas.

—Uno, dos, ¡tirad!

Taniel comenzó a agitar las piernas por el pánico, pero debajo de él no había más que aire. Levantó la mirada.

Estaba colgado de un gancho fijado a una viga inmensa que estaban levantando perpendicular al suelo. Varios equipos de hombres tiraban de unas cuerdas para levantar la viga hasta que apuntara al cielo.

No pudo dejar de pensar una y otra vez en Julene, clavada a una viga en medio del campamento keseño con las manos cortadas a la altura de las muñecas.

Se vomitó en el pecho.

—Uno, dos, ¡tirad!

Les llevó un buen rato colocar la viga en su lugar. La espalda de Taniel finalmente golpeó contra la madera y sus pies intentaron buscar apoyo en la columna. No había apoyo alguno.

Lo habían colocado en dirección al campamento adrano. Alcanzaba a ver a algunos soldados reuniéndose en el frente a la luz de la madrugada, señalándolo y hablando. Algunos oficiales lo observaban por medio de catalejos. Cerró los ojos, incapaz de devolverles la mirada. Aquellos hombres a los que había pensado guiar hacia la victoria ahora lo verían allí.

Tenía que advertirlos. ¿Qué había dicho Kresimir la noche anterior? Planeaba hacer arder al ejército, Mihali incluido.

Oyó un sonido áspero. Era gutural y cruel, pero tenía una cierta cadencia. Lentamente, Taniel se dio cuenta de que alguien se estaba riendo.

—Dos Tiros —dijo la voz.

Taniel giró el cuello.

A su izquierda, a unos veinte pasos, había otra viga inmensa. Debían de haberla acercado al frente durante la noche. Y aún colgada allí, con los muñones quemados de las muñecas cruzados en una especie de súplica retorcida, estaba Julene.

—No pensé que te vería aquí, Dos Tiros —dijo.

Taniel desvió la mirada de la Predeii.

—Disculpa, ¿es por mi voz? No me han dado agua durante dos meses. — Hizo una pausa y se aclaró la garganta. Lanzó otra carcajada larga y rasposa —. Ese es el problema de no poder morir. —Tosió y luego volvió a reírse. Taniel cerró los ojos, rogando que se callara—. Tienes buen aspecto, Dos Tiros. Lo digo en serio. Mírame a mí. Kresimir me torturó durante dos semanas antes de colgarme aquí. Me pregunto por qué no hizo lo mismo contigo. No te preocupes. Un par de semanas y quedarás como nuevo. Pero yo… Yo nunca podré curarme. Kresimir se aseguró de ello. No he visto un espejo últimamente, pero, dime, ¿aún se ve la encantadora cicatriz de mi cara?

¿Se había vuelto loca por estar colgada de la viga durante tanto tiempo, sin poder morir? A Taniel los brazos comenzaban a dolerle por la presión de sostener su peso. Solo podía empeorar mientras siguiera allí arriba. Finalmente se volvió y miró a Julene.

Estaba horrorosa. Ya casi no le quedaba pelo. Su piel, que alguna vez había sido joven y suave, ahora estaba resquebrajada como un cuero viejo. Su rostro había sido atacado salvajemente; le faltaban la punta de la nariz y la mayoría de los dientes. Ella le sonrió, como si supiera lo que él estaba pensando.

Había locura en sus ojos.

—Encantadora como siempre —le dijo él.

Levantó la mirada hacia sus manos, atadas por las muñecas. Estaban comenzando a doler más. Intentó levantar las piernas, pero después de unos momentos desistió con un gemido mitad dolor y mitad enfado.

—El dolor no se va —dijo Julene—. Ni siquiera después de meses. Aunque tengas los brazos entumecidos, seguirás sintiendo punzadas en los hombros. He notado —movió la cabeza lentamente a un lado con una expresión de dolor terrible en el rostro— que cambiar el brazo que sostiene todo el peso te da algo de alivio.

Taniel cerró los ojos. ¿Duraría tanto tiempo? ¿Seguiría con vida en algunos meses, observando su patria arder, incapaz de hacer algo al respecto?

Vio a un jinete partir del ejército adrano en dirección a las líneas keseñas con una bandera blanca flameando sobre él.

¿Una petición de tregua? ¿O finalmente el traidor de Hilanska había convencido al Estado Mayor de que se rindieran?

Taniel comenzó a forcejear más intensamente. Tenía que soltarse de esa cuerda.

 

Tamas encontró a Hailona en el sótano del molino, un viejo granero. Era la única sala privada de todo el lugar. Olía a trigo viejo y seco, un aroma que a Tamas se la antojó como de polvo.

Cuando llamó al marco de la puerta abierta, Hailona levantó la mirada. Ruper, el mayordomo, estaba allí. Se puso de pie cuando vio a Tamas.

—Tú mataste a mi hermano pequeño —dijo Hailona.

Tamas sabía que eso no era justo. Que no era culpa suya. Sabon había conocido los riesgos de ser uno de sus soldados. Pero Tamas también sabía que hacérselo entender a Hailona sería casi imposible.

—Necesito tu ayuda.

—Vete al diablo. Desaparece de mi vista.

—Hailona… —Tamas dio un paso hacia delante.

Ruper se interpuso entre ellos, bloqueándole el camino con el cuerpo.

Tamas miró al mayordomo con los ojos entrecerrados.

—Hailona, necesito que me digas alguna manera de entrar en la mansión del gobernador. Voy a matar al hombre que mató a mi esposa y a tu hermano.

Ruper avanzó hasta que su pecho tocó el de Tamas.

—Milady os ordenó que os retirarais, señor.

Hailona levantó una mano.

—Ruper, está bien. —Se secó los ojos con un pañuelo. Su mano permaneció elevada, como pidiendo un tiempo para pensar. Después de unos momentos, la dejó caer—. Ruper, quiero que le muestres a Tamas la entrada secreta a la mansión.

—¿Estáis segura, señora?

—Sí.

Tamas se apartó del mayordomo.

—Gracias, Halley.

—Mata a ese desgraciado, Tamas. Hazle sufrir. —dijo Hailona. Inspiró temblorosamente—. Luego, no quiero volver a verte nunca más.

—Entiendo.

Tamas salió del molino. Vlora lo estaba esperando bajo la lluvia. Llevaba sombrero tricornio y capote. Inclinó el sombrero hacia Tamas, y se le derramó agua por el frente. Estaba apoyada sobre un rifle. Vio su uniforme azul debajo del capote y una pistola en su cadera.

—¿Olem regresó con el ejército?

Ella asintió con la cabeza.

—¿Dónde están los otros?

—Esperando.

Tamas asintió con la cabeza. Unos minutos después, Ruper salió a la calle y, juntos, atravesaron Molineras. En el límite del distrito molinero, descansando en los asientos al aire libre de un café callejero abandonado, se encontraba la camarilla de la pólvora de Tamas.

Solo había llevado a los mejores. Los que Sabon había estado entrenando durante el verano en Adopest no tenían ni la experiencia ni el entrenamiento para una misión como aquella.

Su camarilla de la pólvora llevaba atuendos iguales al de Vlora: capotes y sombreros tricornios. Cada uno de ellos cargaba con cuanta arma y pólvora pudiera llevar; desde pistolas y espadas hasta dagas. Tamas sonrió. Ocho hombres y mujeres, cada uno de ellos un mago de la pólvora talentoso. Equivalían a un ejército, según su estimación. Tamas revisó las calles en busca de alguna señal de patrullas keseñas y luego se volvió hacia sus magos.

—Vamos a montar una distracción para que los delivíes puedan rescatar a los prisioneros políticos de los keseños —les dijo—. Gavril se encuentra entre esos prisioneros. Quisiera estar allí para rescatar a nuestro hombre, pero tenemos una tarea más importante.

”Nuestro deber es cortarle la cabeza a la abominación keseña que es este ejército de ocupación. Vamos directamente a la garganta. Todos conocéis mi historia con el duque Nikslaus, así que sabéis que hago esto con cierto… entusiasmo. Hubo una leve risita entre los magos de la pólvora.

—Pero como dije, nuestro deber es distraerlos. Tengo la intención de atraer a tantos soldados como sea posible. Habrá Guardianes, sin duda. Tal vez varias decenas. A pesar de nuestras habilidades y talentos, las probabilidades estarán, por mucho, en nuestra contra. Esta misión para mí tiene regusto a ajuste de cuentas. No os pediré que arrojéis vuestra vida por la borda en nombre de mi venganza.

Una de sus magos, una muchacha no mucho mayor que Vlora, llamada Leone, preguntó:

—¿Creéis que moriréis aquí, señor?

—Nunca creo que vaya a morir en combate. Esa creencia tiene cierta tendencia a hacerse realidad. Sin embargo… hay veces, más que otras, en las que las oportunidades de perder son mucho mayores.

—Esa es una forma elegante de decir que creéis que moriréis —dijo Vlora.

Tamas le lanzó una mirada.

—Señor. —Andriya levantó una mano.

—¿Sí?

—Yo me uní para matar keseños. Tengo cincuenta y siete marcas en mi rifle, de los últimos dos meses. Quería llegar al final de la campaña con cien marcas. ¿Habrá cuarenta y tres keseños allí?

—Diría que sí.

—Muy bien, señor. Yo voy.

—Los demás vamos también —dijo Vlora en voz baja.

—Gracias.

—No lo hago por vos, señor —dijo Andriya—. Lo hago para matar keseños.

—Te lo agradezco de todas maneras. Ruper. Si eres tan amable.

Siguieron al mayordomo por las calles, esquivando patrullas keseñas por el camino. Tamas observaba a las patrullas desde las sombras. Había cierta urgencia en su andar, y una actitud de vigilancia más marcada. Tamas reconoció la expresión. La había visto en los ojos de sus camaradas en Gurla, patrullando una ciudad hostil durante el último día antes de retirarse con la expectativa (y el temor) de que pudiera suceder cualquier cosa.

La mansión del gobernador se encontraba en la misma zona acaudalada que la mansión de Hailona. El grupo corrió de jardín amurallado en jardín amurallado hasta que llegó a un pequeño parque boscoso bastante alejado de la calle principal. Ruper los guio hasta el cobertizo del jardinero, situado en medio del bosque.

Era una estructura pequeña, casi ni tenía el tamaño suficiente para alojarlos a todos de pie. Ruper movió una mesa, luego quitó una vieja alfombra y la arrojó a un lado; una trampilla quedó a la vista. Encendió un farol y luego todos descendieron al sótano.

El sótano era una excavación rústica que atravesaba la capa superior del suelo y se abría en la tierra arcillosa. A simple vista, podría haber sido una bodega cualquiera, de unos tres metros y medio por un metro y medio, con una pequeña salita en el extremo más alejado. Cuando llegaron a la salita y doblaron la esquina, se encontraron con un túnel que se adentraba en la oscuridad con un ángulo muy marcado.

Tamas contó casi cuatrocientos pasos, chapoteando en el barro e intentado evitar que su abrigo rozara las húmedas paredes del túnel, hasta que subieron unos escalones de piedra y salieron a un sótano un poco más espacioso. Era una habitación de piedra, con un armario cubierto de polvo en un rincón, una cama doble y un soporte de mosquetes vacío. Del otro lado de la habitación, subía una escalera de caracol.

—Esta sala y el pasadizo —dijo Ruper, y esas fueron sus primeras palabras desde que se unió al grupo— fueron excavados hace mucho tiempo a modo de ruta de escape, cuando los disturbios eran algo común en esta zona de Deliv. —Ruper señaló la escalera—. Os llevará al primer piso. Va a dar detrás de una librería falsa de la oficina principal del gobernador. Ahora regresaré con mi ama.

Tamas cogió a Ruper del hombro antes de que pudiera irse por el pasadizo.

—Dile a Halley que… dile que en verdad lamento no haber vuelto.

Ruper se soltó de Tamas y se fue por el pasadizo con el único farol; Tamas y sus magos se quedaron en la oscuridad.

Tamas se llevó una pizca de pólvora a la lengua, lo que le permitió ver un poco en aquellas tinieblas. Se dirigió despacio hacia la escalera, haciendo el menor ruido posible. La escalera chirrió bajo su peso, a causa del rozamiento de las distintas piezas de hierro forjado.

Había luz en lo alto de la escalera. Provenía de un par de orificios situados demasiado bajos para que Tamas pudiera observar a través de ellos con comodidad. Apoyó el rostro contra la pared y miró por los agujeros.

Veía muy poco. Una puerta doble del otro lado del salón. Un candelabro. La parte de arriba de un sofá. Abrió el tercer ojo.

Había unos manchones de color en el Otro Lado. Con el brillo suficiente para tratarse de Guardianes, pero demasiado lejos de él para encontrarse dentro de la oficina del gobernador. No había señales de Privilegiados.

Tamas empujó suavemente.

Con solo tocarla con el dedo, la puerta se deslizó en silencio hacia delante y luego hacia un lado. Tamas salió a la oficina del gobernador. Era un salón grande, con decenas de candelabros dorados, estantes llenos de libros, dos chimeneas majestuosas y una gran ventana que daba al patio delantero de la mansión.

No había nadie en la oficina.

Tamas dejó escapar un suspiro de alivio y ordenó a sus Marcados que subieran. Entraron en el salón dejando marcas de barro en las prístinas alfombras rojas. Les indicó con gestos de las manos que cubrieran las puertas y ventanas.

Revisaron las salas aledañas y el corredor que daba directamente a la oficina.

Unos minutos después, él se encontraba en el mirador. Vlora se le acercó.

—No hay nadie en estas oficinas, señor —dijo ella—. Un par de Guardianes en la planta baja, junto a la puerta de entrada. Andriya dice que oye soldados hablando en la zona de servicio de la planta baja.

—Buen trabajo.

—¿Ahora qué?

—Esperamos.

—¿Estáis seguro de que Nikslaus regresará aquí?

—Esa es mi corazonada.

En ese momento, Andriya regresó al salón.

—Señor, equipaje en la habitación principal.

Tamas revisó su reloj de bolsillo. Las seis pasadas.

—La sincronización será lo más importante.

Tamas atisbó por el mirador. La lluvia había amainado por el momento, pero el tiempo no había mejorado en absoluto. Fuera había unos diez o doce soldados en el patio. Estaban en posición de firmes, mirando hacia el portón, con los mosquetes al hombro. Tamas divisó un Guardián en un rincón del patio, prácticamente invisible desde la ventana.

Fue mirando su reloj cada poco tiempo. ¿Nikslaus regresaría allí? ¿Ya le habría llegado la noticia de que Tamas iba en su busca? Tal vez se había equivocado con Nikslaus. Tal vez el Privilegiado prefería huir antes que intentar atrapar a Tamas.

Tamas volvió a prestar atención al patio cuando varios jinetes atravesaron el portón de entrada. Los seguía de cerca un carruaje engalanado con cortinas de encaje y elegantes detalles dorados. Rodeó la pequeña rotonda y se detuvo. Tamas estaba tan cerca que podría arrojar una piedra por la ventana y darle a la parte superior del carruaje.

La puerta del vehículo se abrió y salió una mujer deliví. Parecía tener unos dieciséis años. Llevaba un elegante vestido que exhibía su amplio busto. Tamas sintió una oleada de decepción cuando ella quedó de pie sobre el camino de grava y miró a su alrededor con majestuosidad.

No era Nikslaus.

Tamas se apartó de la ventana.

—¡Señor! —Vlora le hizo un gesto para que se acercara. Alguien más estaba bajando del carruaje. Parecía costarle bastante, e inclinaba los antebrazos contra el marco de la puerta. Era un hombre. Llevaba guantes blancos de Privilegiado. Un Guardián se le acercó desde la mansión, lo cogió de uno de los brazos y lo ayudó a descender. Su rostro estaba parcialmente oculto por un sombrero tricornio.

Tamas rogó que el Privilegiado volviera tan solo un poco la cabeza para que él pudiera ver su identidad.

El sujeto se detuvo para hablar con uno de los soldados. Hablaban en voz demasiado baja; Tamas no llegaba a oírlos. El soldado asintió enérgicamente con la cabeza, luego se volvió hacia los otros.

—¡Nos vamos en dos horas! —dijo en voz alta—. Todo aquel que no esté listo para irse al caer la noche será ejecutado.

La mirada de Tamas seguía fija sobre el Privilegiado del tricornio. ¡Tenía que ser Nikslaus! Pero Tamas no llegaba a verle el rostro. Quienquiera que fuese, charlaba amigablemente con la joven dama que tenía a su lado.

Casi ni habían llegado a los escalones de la mansión cuando un mensajero entró al galope al patio delantero y se detuvo en una llovizna de grava. El mensajero bajó de su caballo y corrió hasta el Privilegiado.

Tamas sintió que el corazón comenzaba a latirle más rápido.

El mensajero le hizo un saludo y le dio su informe casi sin aliento. El Privilegiado lo empujó con el codo y se volvió hacia la mansión.

Tamas oyó que las puertas de abajo se abrían de golpe. La voz del Privilegiado resonó por todo el edificio.

—¡Que vengan todos! —dijo con un alarido—. ¡Todos mis Guardianes, a mí! Quiero quinientos soldados aquí en veinte minutos. ¡Dad la orden! ¡Salimos en menos de una hora!

—Pero, señor —Tamas oyó decir a alguien—, ¡la ciudad!

—Me importa una mierda la ciudad. Deliv puede entrar en guerra con Adro, por lo que a mí me concierne. ¡Él está aquí, estúpido! ¡Está aquí!

—Nikslaus —susurró Tamas.

Tamas observó a los mensajeros que salían del camino de entrada de la mansión para ir a dar las órdenes de Nikslaus.

—Bueno, Demasolin —murmuró Tamas—, aquí tienes tu distracción.

Unos pasos urgentes resonaron en la escalera del vestíbulo, acompañados por las órdenes frenéticas de Nikslaus.

Tamas bajó la mirada y vio que ya tenía una mano sobre la culata de una de las pistolas, la otra en la empuñadura de su espada. Estaba muy ansioso.

—Allí viene —susurró Andriya desde su puesto, junto a la puerta.

—¿Lo esperamos aquí? —dijo Vlora.

Tamas parpadeó y vio los cuerpos de los políticos delivíes colgando de la aguja de la catedral de Alvación. Vio los ojos muertos de Sabon mirándolo fijamente desde el camino de grava de Charlemund y los incontables soldados que Tamas había perdido intentando atrapar a Nikslaus.

Vio la cabeza de Erika flotando frente a él. Su rostro congelado en una expresión de horror, su pelo rubio cubierto de sangre, la piel cortada con precisión a la altura del cuello.

Vio la gran sonrisa de Nikslaus cuando le presentaba a Tamas la cabeza de su difunta esposa.

Tamas se echó una carga de pólvora completa en la boca. Sintió como si tuviera el cuerpo en llamas por la energía que comenzó a recorrerlo. Vlora debió de ver algo en su rostro.

—Diablos —maldijo ella—. Andriya, hazte a un lado.

Tamas atravesó la puerta doble de la oficina desenfundado su pistola.

—¡Nikslaus! —rugió.