La campaña Escarlata
Capítulo 22
Tamas calculó que contaban con dos horas antes de que cayera la noche y de que los dragones keseños estuvieran lo suficientemente cerca para explorar su posición.
El sonido de sus soldados talando unos árboles enormes en las lindes del bosque Hune Dora resonaba a través de la llanura. Los equipos de hombres arrastraban los árboles a mano por la pradera polvorienta hasta el lugar donde Tamas había decidido presentar batalla. Más cerca, el sonido de mil palas cavando en la tierra arenosa hizo que se le pusiesen los pelos de punta. Tamas odiaba ese sonido. Lo sentía como si alguien le estuviera raspando los molares con un clavo.
Encontró a Andriya limpiando su rifle cerca del río. El cinturón del Marcado se había ido decorando con colas de ardillas durante los últimos días. No tenía la misma apariencia que el resto de los soldados. Tenía las mejillas redondeadas por estar bien alimentado y en su rostro no había líneas de cansancio.
Sus ojos, sin embargo, lo delataban. Estaban muy abiertos y brillantes, y cambiaban de dirección constantemente. Al igual que el resto de los magos de Tamas, Andriya había estado flotando en un trance de pólvora constante durante varias semanas. Era algo terriblemente peligroso. Quedar ciego de pólvora podía dejar a cualquier mago mareado, desorientado, inconsciente o incluso muerto.
—Yo tomaría un poco menos de pólvora, soldado —dijo Tamas con suavidad.
Andriya lo miró de arriba abajo. Sus labios hicieron una mueca, y por un momento Tamas pensó que el otro le gritaría.
—Tenéis razón, señor —respondió Andriya—. Tal vez deba hacerlo.
—¿Dónde está Vlora?
Andriya se encogió de hombros. Tamas no pudo evitar preguntarse dónde se estaba yendo la disciplina en su ejército.
—¿Qué significa eso?
—Es que no lo sé, señor.
—Búscala.
—Se niega a hablar con vos, señor.
—¿Disculpa, soldado?
—Ella dijo, y, por supuesto, solo la estoy citando, que os podéis ir al diablo.
Tamas inspiró con fuerza. Aquello era inaceptable. Completamente inaceptable. Enseguida consideró sus opciones. Podía hacer que la azotasen. Si un soldado regular le hubiera dicho algo así, él no lo habría dudado. Vlora era…, ¿era qué? En otros tiempos, la habría considerado parte de la familia. Pero ella había dejado claro que ya no era así.
Además, ¿un azotamiento público en la víspera de una batalla importante? Puso los ojos en blanco para sí mismo. Eso sí que levantaría la moral.
También podría reprenderla públicamente. ¿Y si ella lo desafiaba?
A él no le quedaría otra que imponerle un castigo más severo. Con el carácter que tenía, tal vez tendría que hacer que la colgasen.
—Reúne a la camarilla de la pólvora —dijo Tamas—. Tengo tareas para asignarles. Dile a Vlora que se presente.
Andriya le hizo un saludo y siguió limpiando su rifle. Tamas se dirigió a las fogatas en busca de algo para comer.
Los soldados habían sido organizados en filas. Olem estaba en la cabeza de las filas junto con la mayoría de sus rifleros; todos hombres de confianza que podían mantener a raya a la infantería. Lo último que quedaba de la carne de caballo era distribuido deprisa, a medida que los soldados se acercaban con sus platos de peltre.
El campamento iba tomando forma a medida que continuaban con los preparativos de Tamas. Se levantaron las carpas y se hicieron pequeños fuegos. Se enviaron equipos para buscar alimento en el bosque o para pescar en el río. Iban surgiendo peleas y eran interrumpidas de inmediato, pero enseguida comenzaban en otro lado. La comida parecía ser la causa principal, ya que algunos soldados intentaban volver a colocarse en la fila para obtener una segunda ración. La carne los podría hacer aguantar toda la noche, pero la moral estaba baja y veinte caballos sacrificados no iban a suponer mucha diferencia.
—Señor.
La voz de Andriya le interrumpió los pensamientos. Diecinueve hombres y mujeres estaban reunidos frente a él: toda su camarilla de la pólvora, incluyendo a algunos reclutas que Sabon se las había arreglado para juntar antes de su muerte.
—Tenemos poca pólvora y pocas balas —dijo Tamas sin preámbulos. Vio a Vlora en la parte de atrás del grupo, pero no esperó a sostenerle la mirada—. Mañana lucharemos contra casi dieciséis mil soldados de caballería. Estoy tendiendo una trampa para compensar la diferencia numérica, pero será una batalla brutal.
Tamas miró a su alrededor, de pronto se sintió cansado. Le dolía la pierna. Consideró tomar un poco de pólvora, pero se detuvo. Era mejor guardarla para los soldados. Fue hasta una piedra grande y se sentó, y con un gesto, les indicó a los magos de la pólvora que descansaran. La mayoría se sentó en el suelo. Vlora permaneció de pie con los brazos cruzados. Tamas no le hizo caso.
—Voy a redistribuir balas y pólvora entre los hombres para que tengáis lo suficiente para las próximas veinticuatro horas. Vuestra primera tarea: no permitáis que los exploradores keseños se nos acerquen a menos de un kilómetro. No les permitáis ganar el terreno elevado de la montaña. —Señaló hacia el este, hacia la pendiente de las montañas Adranas—. No les permitáis ver lo que estamos tramando. La vida de cada soldado depende es esto.
”Sin embargo —continuó—, quiero que vean que estamos haciendo algo. Que estamos cavando un poco. Haciendo preparativos, ensamblando balsas. Tal vez intentando reparar el puente. Cada cierto tiempo, permitid que alguno de sus exploradores se acerque más y dejadle escapar con una bala en el brazo, o algo igual de convincente.
”Mañana debería ser parecido. Supongo que Beon atacará en cuanto lleguen sus coraceros. Reconoce una oportunidad cuando la ve y nunca vacila para aprovecharla.
—¿Y si presiente que hay una trampa? —preguntó Andriya.
—Entonces cruzamos el río mañana por la noche y lidiamos con Beon del otro lado de los Dedos. Tamas tenía un muy buen presentimiento de que eso no sucedería. Beon necesitaba detenerlos de inmediato. Cuanto más al norte llegaran, más oportunidades tenían de recibir ayuda en Deliv y de poder regresar a Adro. Tamas rogaba que eso incentivara a Beon. Le tenía pavor a la idea de enfrentarse a los keseños en las llanuras de la Expansión del Norte.
—Haremos equipos —dijo Tamas—. Nueve y tres. Nueve haciendo guardia y matando exploradores keseños, tres descansando.
—No necesitamos descanso —dijo Andriya. Le esbozó una amplia sonrisa a Tamas. Tenía los dientes torcidos y amarillentos—. Solo necesitamos pólvora.
Tamas levantó la mano en dirección a Andriya.
—Ya tendrás tiempo para matar keseños —le dijo—. Todos necesitáis descansar esta noche.
Serían las seis de la tarde, y el sol abrasador ardía rojo sobre la Expansión Ámbar, hacia el oeste. Tamas se preguntó si aquella sería su última noche.
Los keseños lo superaban en número. Estaba envejeciendo. Ya no era rápido ni eficiente como lo había sido alguna vez. Tal vez Beon detectara la trampa e hiciera una maniobra mejor, o lo tal vez lo rodeara en la distancia, conformándose con ir matando soldados de Tamas hasta que él pudiera cruzar el río, y luego iría hacia el oeste, rodearía los Dedos, y esperaría por Tamas en la Expansión del Norte.
¿Había sido un error ordenarle a Gavril que destruyera el puente?
—¿Señor?
Tamas se despertó de su ensueño con un sobresalto. Los magos de la pólvora se habían ido, todos menos Vlora. Por un momento, él se imaginó que ella había vuelto a ser una niñita de unos diez años buscando su aprobación. El sol se había puesto en el cielo por el oeste y el campamento ya estaba completamente montado. Las fogatas ya habían disminuido su intensidad y había desaparecido todo indicio de los cadáveres de caballos. Miles de hombres trabajaban en la llanura mientras otros miles cortaban árboles en las lindes del bosque Hune Dora.
—¿Dónde están?
—¿Señor?
—Los magos de la pólvora.
En los ojos de Vlora hubo un dejo de preocupación.
—Los hizo retirarse hace más de una hora. Me dijo que me quedara.
—¿Y has estado esperando todo este tiempo?
—Parecíais preocupado.
Tamas dio una bocanada temblorosa de aire. De pronto recordó haber ordenado a Andriya y al resto de los magos que se retiraran, pero era como observarlo a través de una niebla espesa.
Estaba claro que estaba envejeciendo.
—¿Habéis comido, señor?
El estómago de Tamas rugió.
—Comí un poco de carne de caballo hace un rato.
—Os he estado observando, señor. No habéis comido nada cuando os acercasteis a las fogatas.
—Estoy seguro de que ha comido.
Vlora buscó algo en su cinturón, luego le tendió unos tubérculos blancos.
—Ayer encontré estas trufas en el bosque. Deberíais comer. Tomad, Tamas.
Tamas, reacio, extendió una mano, y ella las dejó caer.
Él vaciló, con la vista clavada en los hongos. Las trufas que crecían en los bosques de las montañas Adranas eran consideradas un manjar en la mayor parte de los Nueve. Eran pequeñas y de un color crema pálido. A él nunca le habían gustado demasiado.
—Gracias —dijo.
Vlora se inclinó sobre su rifle y miró en dirección al bosque. Él la miró de perfil. La había visto transformarse de una maga de la pólvora novata a una soldado competente, de entre los mejores. Era fuerte, y tenía una belleza que los años podrían disminuir, pero jamás hacer desaparecer del todo. Tamas sintió una punzada de pérdida, una vez más, por el hecho de que aquella muchacha nunca fuera a darle un nieto. Volvió a mirar las trufas que tenía en la mano.
—Lo que os dije antes, Tamas…, señor, no debería haberos hablado de esa manera. No frente a los hombres.
—No, eso es cierto.
Vlora se puso rígida.
—Aceptaré cualquier castigo que os parezca conveniente.
Tamas no sabía que su corazón era capaz de romperse. No después de tantos años. Inspiró profundamente.
—Eres una mujer adulta. Olem es un buen hombre. Él te hará feliz.
Ella pareció sorprendida. Pero no de la manera que Tamas pensaba.
—Solo es otro hombre —dijo ella—. Alguien para calentar las noches. — Cerró los ojos—. Somos soldados. Mañana, uno de nosotros podría haber muerto. Incluso si ambos sobrevivimos a la batalla, seguiremos adelante y encontraremos otras personas. Esta es la vida que hemos elegido. —Volvió a abrir los ojos y miró el campamento—. Todos nosotros.
Ah. Lo que todo soldado sabía muy bien. Los amantes eran algo breve, la pasión ardía como una vela; caliente en el centro, pero fácil de apagar. Era difícil mantener la llama encendida durante más tiempo del que duraba una temporada o una campaña.
—Puede ser una vida solitaria —coincidió Tamas.
—¿Creéis que podemos ganar mañana? —preguntó Vlora.
Tamas miró hacia el bosque. A sus soldados, trabajando en sus tareas. Ahora arrastraban árboles por la llanura en dirección al campamento. Se oía el sonido de los podones golpeando madera en la noche. En algún lado sonó un disparo de rifle. ¿Soldados cazando?, ¿o magos de la pólvora ahuyentando a los exploradores keseños?
—Creo que podemos ganar todas las batallas —dijo Tamas—. Esta… esta será difícil. Toda la base de mi plan podría derrumbarse si los keseños llegan a echar un buen vistazo a mis preparativos. Tenemos poca pólvora y pocas balas, y los hombres pasando hambre. Mañana tenemos que ganar o moriremos aquí.
De pronto tuvo frío, a pesar del calor, y se sintió viejo, muy viejo.
—No quiero morir aquí, señor —dijo Vlora. Se abrazó a su rifle.
—Yo tampoco.
—Señor.
—¿Sí?
—Gavril… él dijo que, hace mucho, vos enterrasteis a alguien junto al Dedo Pequeño. ¿A quién?
Tamas se sintió transportado. Sintió las salpicaduras del río furioso en el rostro, el lodo y la sangre en los dedos al cavar una tumba con las manos.
Se obligó a ponerse de pie, intentando no mover su pierna dolorida. Necesitaba el ejercicio.
—Yo he enterrado a incontables amigos. Y a más enemigos aún. Familiares y personas tan cercanas que también podía considerarlas como tales. Quiero volver a ver Adro. Quiero saber si mi hijo sobrevivió a sus suplicios. Pero antes de eso, hay mucho trabajo por hacer. Eso es todo, capitana. Puedes retirarte.
Taniel estaba sentado en sus aposentos, pensativo, mientras veía por la ventana una columna de vagones llevándose soldados heridos del frente de batalla. Consideró abrir los postigos y preguntar cómo iba la lucha, pero ya se imaginaba la respuesta: mal. Aquel grupo seguramente había recibido fuego de mortero; sus heridas eran sangrientas y variadas, y a juzgar por su uniforme, pertenecían todos a la misma compañía.
La general Ket lo había enviado a una posada que quedaba a unos ocho kilómetros del frente bajo guardia las veinticuatro horas. Parecían haber pasado semanas desde que Ket le había dado su ultimátum a Taniel. Pero él sabía que solo había sido una noche.
Los prebostes habían exigido saber dónde estaba Ka-poel. Taniel se había encogido de hombros y los había mandado al diablo, pero por dentro le preocupaba lo que llegarían a hacerle si la atrapaban. ¿Les habían dado órdenes de que le dieran una paliza como la que le habían propinado a Taniel? ¿O algo peor? Sin muñecos de ellos, ¿podría Ka-poel rechazar a los prebostes?
La general Ket había pasado por sus aposentos por la mañana para decirle que cada día que se negara a disculparse con la mayor Doravir era otro día que los hombres morían en el frente.
Taniel estaría luchando allí si no fuera por la general Ket. No permitiría que le convenciese de que era culpa suya que el frente hubiera retrocedido.
Taniel divisó a un joven desde su ventana. En realidad era un muchacho. No tendría más de quince años. Le habían cortado la pierna a la altura de la rodilla. No sabía si había sido una bala de cañón o un médico, pero le impresionó la calma de su rostro. Mientras que hombres que le triplicaban la edad se lamentaban por cualquier herida superficial, el muchacho estaba allí, sentado estoico en la parte trasera de un vagón con el muñón colgando del borde, mirando sereno a un nuevo grupo de reclutas que eran enviados al frente.
Taniel cogió su cuaderno de bocetos y comenzó a delinear el rostro del muchacho.
Sonó un golpe en su puerta. Taniel lo ignoró, quería darle algo de forma al retrato del muchacho para poder terminarlo después.
Casi había olvidado que habían llamado a su puerta cuando volvió a suceder. Fuera, el vagón se estaba moviendo y, con él, el muchacho herido. Taniel dejó caer el cuaderno de bocetos sobre la mesa y fue hasta la puerta.
Lo sorprendió ver a Mihali allí. El enorme chef tenía una bandeja de plata sobre una mano y una servilleta sobre el brazo opuesto. Tenía el delantal sucio de harina y lo que parecían ser manchas de chocolate.
—Lamento molestarte —dijo Mihali pasando por delante de Taniel. Los prebostes siguieron al chef al interior. Uno tenía una mesa plegable, el otro una botella de vino—. Aquí está bien —les dijo Mihali—. Junto a la ventana. Ahora, os pido un poco de privacidad, por favor.
Los prebostes refunfuñaron, pero colocaron la mesa y luego se retiraron al corredor.
—Siéntate —ordenó Mihali señalando la única silla de la habitación.
Él se dejó caer sobre el borde de la cama.
—¿Qué es esto? —preguntó Taniel.
—La cena. —Mihali le quitó la tapa a la bandeja—. Lomo de ternera braseado con quiche de huevo de codorniz y queso dulce de cabra, servido con vino tinto. Nada muy elaborado, me temo, pero el vino es una maravillosa añada del 47, y está frío.
¿Nada muy elaborado? El aroma que se elevaba de la bandeja hizo que Taniel se estremeciera de placer. Se le hizo agua la boca de inmediato, y se encontró en la mesa, incapaz de recordar sentarse, con un trozo de carne ya clavado en el tenedor. Se detuvo.
—¿Puedo?
—Claro, por favor —lo animó Mihali. Extrajo el corcho del vino y sirvió dos copas.
Era un poco desconcertante que Mihali lo observara comer, pero Taniel se acostumbró enseguida a la presencia del chef y pronto se encontró sirviéndose una segunda ración.
—¿Qué celebramos? —preguntó Taniel mirando a Mihali, que iba por su tercera copa de vino.
Mihali le sirvió otra copa a Taniel.
—¿Celebrar? ¿Tiene que haber una celebración para comer bien?
—Yo pensaba que sí.
Mihali meneó la cabeza.
—Oí que te habían relegado a tus aposentos y te estaban dando raciones de soldado. Eso en mi diccionario se conoce como crimen de guerra.
—Ah. —Taniel sonrió, pero no estaba del todo seguro de que Mihali estuviera bromeando realmente.
Se inclinó hacia delante, cogió su copa de vino y notó que la botella aún seguía llena después de que se hubieran bebido… ¿cuántas? ¿cinco copas entre los dos? Tal vez Mihali tenía una segunda botella oculta por algún lado.
—Tengo una carta para ti —dijo Mihali, y extrajo un sobre de su delantal.
Taniel se detuvo con el tenedor en el aire.
—¿De quién? —masculló con la boca llena de huevo de codorniz.
—Del coronel Etan.
Taniel soltó el tenedor y cogió la carta. La abrió y pasó la mirada por el contenido. Cuando terminó de leer, echó la silla hacia atrás e inspiró profundamente. Ya no tenía hambre, ni siquiera por la comida de Mihali.
—¿Qué sucede? —preguntó Mihali.
—No os… —Taniel se tragó la réplica. Mihali había ido hasta allí desde el frente con toda una comida y le había entregado una carta que probablemente no le habría llegado de otra manera. El chef se merecía su agradecimiento, no su rabia. —Le pedí al coronel Etan que revisara los registros de intendencia sobre el uso de pólvora negra en el Ejército.
—¿Ah, sí?
—También pidió las órdenes de requisición. No coinciden. El Ejército ha pedido el triple de pólvora de la que ha usado, y el doble de la que realmente llegó al frente de batalla.
—¿Se ha perdido en algún lado? —preguntó Mihali.
—Más bien, se ha robado. No es algo inaudito que haya corrupción en un Ejército, incluso el nuestro, pero Tamas lo castiga con severidad en tiempos de guerra. Estos registros —dijo arrojando el sobre a la cama— indican que los intendentes están implicados. Y al menos un miembro del Estado Mayor. Alguien está ganando millones en esta guerra.
—Como tú dijiste —respondió Mihali—, no es algo inaudito.
—Pero la pólvora… a este ritmo, se nos acabará pronto. En todo el país, y entonces, sin importar lo superiores que sean nuestras tropas, quedaremos destruidos bajo la bota de Kez. ¡Maldita sea! —Taniel tamborileó los dedos contra la bandeja de plata que tenía frente a él. Quería arrojarla al otro lado de la habitación, pero aún quedaba un poco de carne—. ¿Podéis sacarme de aquí?
—Lo lamento, pero no lo creo —dijo Mihali suspirando—. Como te dije antes, el Estado Mayor no escucha una palabra de lo que digo. —Mihali se dio una palmada en la barriga—. Tamas…, bueno, él tiene buen oído para la sensatez, incluso si no confía en la persona que le habla. Estos generales no ven más allá de sus propias narices.
Taniel se reclinó hacia atrás y sorbió su vino. Había algo en el tono constante de Mihali y en su actitud imperturbable que lo ayudó a calmarse.
—Aunque no lo creáis, son algunos de los mejores de los Nueve. —Para su propia sorpresa, no había resentimiento en su voz—. Aunque no sé si eso habla bien de Adro o mal del resto de los Nueve.
Mihali lanzó una risita.
—Bueno, eso explica por qué aún no hemos perdido. A pesar de ser tan inferiores en número.
—¿Cómo van las cosas en el frente? —preguntó Taniel—. O sea, puedo ver… —Hizo un gesto hacia la ventana, con el recuerdo de los vagones llenos de muertos y heridos aún fresco en su memoria—. Pero no he tenido noticas reales durante dos días.
—No van bien. Perdimos casi un kilómetro y medio ayer. —El rostro de Mihali se puso serio—. Tú estabas a punto de cambiar las cosas, ¿sabes? Detener ese avance de la semana pasada les dio a los hombres su primera victoria en meses. Tenían espíritu. Yo lo percibí. Habrían cargado detrás de ti hasta la garganta del mismísimo Kresimir.
—Diablos. Tengo que salir de aquí. Regresar al frente. Y necesito averiguar quién se está haciendo rico con la pólvora negra.
—¿Cómo?
—Estrangularé a cada intendente del Ejército hasta que alguno me lo diga. ¿Estáis seguro de que no podéis hacer que me liberen?
—Buena parte del Estado Mayor ni siquiera cree que soy un dios. Para ellos, solo soy un chef loco. La única forma en la que saldrás de aquí, Taniel, es si te disculpas con la mayor Doravir.
Taniel se puso de pie y fue hasta la ventana.
—De ninguna manera.
—No hagas chocar tu orgullo contra el de la general Ket —dijo Mihali—. Esa mujer hace que Brude parezca humilde.
Brude. Uno de los santos… dioses. Taniel miró por el rabillo del ojo a Mihali, bebiendo su cuarta copa de vino. Era fácil olvidar lo que Mihali era. Después de todo, uno esperaría que un dios actuara con tanta distinción como cualquier rey. No que chorreara vino por la comisura de los labios y se lo limpiara con la manga de la camisa.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó Taniel.
Se preguntó si Mihali había aconsejado a su padre. No se imaginaba a Tamas pidiéndole consejos a un chef, incluso aunque creyera que Mihali era un dios.
—Disculparte con Doravir. —Taniel resopló por la nariz—. No puedo visualizar mucho —dijo Mihali en voz baja, mirando su copa de vino—. El futuro está siempre en movimiento, siempre borroso, incluso para los que cuentan con la visión para verlo. Lo que puedo ver es que, si te quedas en esta habitación, seguiremos perdiendo terreno día a día. Los keseños nos empujarán hasta que salgamos del valle, nos rodearán y a la larga nos obligarán a rendirnos. O nos quedaremos sin pólvora, y sucederá lo mismo.
Taniel resopló, burlón.
—Yo soy solo un hombre. No puedo marcar tanto la diferencia.
—Un hombre siempre marca la diferencia. A veces es pequeña. Otras, hace que cambie el resultado de una guerra. Y tú…, tú no eres humano. Ya no.
—¿Ah, no? Entonces, ¿qué soy? —preguntó Taniel. A medida que Mihali hablaba, lo que decía tenía cada vez menos sentido.
—Mmm. No creo que haya una palabra específica para eso —dijo Mihali —. Después de todo, tú eres el primero en tu clase. Ahora eres como Julene.
Taniel dio una bocanada repentina.
—No soy un Predeii.
—No. No precisamente. No eres inmortal, después de todo. Pero claro, tampoco lo es Julene. Tan solo es eterna. No creo que tu hechicería te permita volverte eterno. Ni siquiera con la ayuda de Ka-poel. Pero eres el equivalente mago de la pólvora de un Predeii.
—Eso es ridículo. ¿Dónde está Ka-poel?
—Se está ocultando. Le ofrecí protegerla, con algunas reservas, claro. Esa muchacha me pone los pelos de punta. No aceptó. Pero puede que en algún momento yo necesite su ayuda. —Taniel se masajeó las sienes—. ¿Otra copa de vino?
—Creo que ya ha bebido suficiente.
—Como quieras. —Mihali se sirvió otra copa. Tenía las mejillas coloradas, pero aquel era el único indicio de que había bebido siete copas. Taniel notó que la botella de vino seguía llena.
—Dijisteis que podíais ver un poco del futuro —dijo Taniel—. Si me disculpo con la mayor Doravir, ¿entonces qué?
Mihali miró su copa de vino.
—Movimiento. Eso es lo que veo. Es un evento minúsculo, pero lo agita todo. Hace que la certeza se vuelva incertidumbre. Y en este momento, la certeza no nos augura nada bueno.
Taniel tomó una pluma y, en la parte de atrás de la carta de Etan, escribió una nota con tanta prisa que manchó la página con tinta.
—¿Podéis hacerle llegar esta carta a Ricard Tumblar? —preguntó—. No puedo enviarla por correo ordinario. Si alguien del Estado Mayor está sacando ganancias, tendrá ojos en todas partes.
—Puedo enviar a una de mis muchachas —dijo Mihali, y cogió la carta.
—Gracias. ¿Sabéis dónde puedo encontrar a la mayor Doravir?
—Pues resulta que… sí.