La campaña Escarlata

Brian McClellan · Capítulo 31 de 45

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La campaña Escarlata

Capítulo 31

 

Nila sintió que le temblaban los dedos mientras intentaba colocar la aguja junto a su objetivo.

—No te pongas nerviosa —dijo Bo.

Su voz era suave, tranquilizadora. Él la observaba sentado con las piernas cruzadas sobre un cojín descolorido en un rincón de la habitación, junto a la única ventana, con un viejo libro mohoso sobre el regazo—. No hay problema si lo haces mal. Solo seré quemado por dentro por fuegos de otro mundo, consumido como un fardo de heno empapado en aceite.

—No me estáis facilitando las cosas —dijo Nila. Inspiró profundamente y clavó la aguja en uno de los guantes de Privilegiado. La ubicación parecía ser la correcta. Tenía que hacerlo perfecto para que los guantes funcionaran.

—Lo sé —dijo Bo. Ella percibió la sonrisa en su tono de voz.

—¿Por qué no podéis hacerlo vos mismo?

—Porque odio coser. Y tú eres una lavandera. Seguramente eres mucho mejor que yo.

Y Nila estaba en deuda con él. Aunque no se lo había dicho, estaba segura de que a él se le había pasado por la cabeza.

Era plenamente consciente de que Bo les había ofrecido asilo a ella y a Jakob por tres días. Eso había sucedido hacía nueve días. No los había echado a la calle y ella no estaba del todo segura del porqué. Un Privilegiado parecía ser la última clase de persona a la que ella querría deberle un favor, por lo que, cuando él mencionó que tenía varios pares de guantes rotos que necesitaban reparación, ella se ofreció.

Eso fue antes de saber que las puntadas de los guantes de Privilegiado debían ser perfectas. Absolutamente perfectas.

Se preguntó por qué otro motivo les había permitido quedarse. Tal vez esperaba acostarse con ella. Por el rabillo del ojo, vio que él la estaba mirando. Parecía hacerlo continuamente, pero solo cuando él pensaba que ella no lo notaría. Eso la ponía nerviosa.

Pero les había dado comida y asilo, y era la primera compañía agradable que tenía después de mucho tiempo. Era un sujeto calmado, tranquilo y no había intentado abusar de ella. Aún.

Cada vez que comenzaba a preguntarse qué sentiría si se permitirse acostarse con él, se obligaba a recordar a Dourford, desparramado por toda la calle. Bo no era tan solo un hombre. Era un Privilegiado. Los Privilegiados eran gente peligrosa.

—Esto requiere una costurera habilidosa —dijo Nila—. Yo sé coser, pero esto es…

—Lo estás haciendo bien.

Ella regresó a su tarea. Se las había arreglado para terminar tres de los doce guantes que él había guardado para remendar. Ahora bien, que alguno pudiera llegar a usarse…

—¿Realmente os quemaréis desde dentro si me equivoco? —preguntó Nila.

—No.

—¡Cretino!

—Pero no funcionarán. Lo que seguramente haga que me maten. —Bo dejo su libro a un lado, se puso de pie y se acercó a la mesa. Se puso uno de los guantes terminados y chasqueó los dedos—. Nada. Este no sirve. —Se probó otro guante—. Este tampoco. Arrojó los dos guantes inservibles en otro montón y se puso el tercero. Volvió a chasquear los dedos. En la punta le apareció una pequeña llama. La llama se apagó, y él se quitó el guante y se lo metió en el bolsillo.

—Este sirve. Excelente.

—¿Queréis que…? —Nila alargó una mano hacia los guantes que no servían.

—No te preocupes. Yo me deshago de ellos.

Por un momento, pensó que él regresaría a su cojín y a su libro. En cambio, cogió una silla y se sentó. Movió otra silla con los pies, los colocó encima y se reclinó hacia atrás con las manos detrás de la cabeza.

—¿Dónde está el niño? No le he oído decir ni una palabra en todo el día.

—Está jugando en la habitación. Le dije que se mantuviera en silencio para que pudierais leer.

—Muy considerado de tu parte.

Nila cometió un error en la costura. Maldijo en voz baja y extrajo la aguja para volver a intentarlo. ¿Por qué la estaba observando? ¿Qué quería?

—Eres una muchacha muy atractiva. ¿Lo sabías?

Ah. Ese era el motivo. Nila sintió que el corazón se le detenía. Había oído rumores de que los Privilegiados tenían un gran apetito sexual. Que cada Privilegiado de la camarilla tenía varias concubinas y que pocas mujeres podían resistírseles.

—Ya me lo han dicho —dijo Nila.

—Deberías recogerte el pelo más a menudo. Hace que tus pómulos queden más a la vista.

Nila prefirió quedarse callada. ¿Le había preguntado por Jakob porque esperaba tenerla a solas? ¿Le daría un ultimátum: «Sal de aquí o ven conmigo a la cama»? Nila decidió no hacerlo. Aún tenía la plata oculta fuera de la ciudad. Había estado pensando en eso desde que Bo los acogió. Recogería la plata y se llevaría a Jakob hacia el noreste, hacia Novi. Irían a la capital y conseguirían una casita allí, y ella comenzaría a trabajar como lavandera.

Bo abrió la boca.

«Aquí viene», pensó Nila.

—¿Tus padres viven en la ciudad?

—¡No haré…! ¿Qué?

—Tus padres —dijo Bo—. ¿Viven en la ciudad?

La pregunta dejó desconcertada a Nila.

—Mis padres están muertos —respondió bruscamente. Eso no era lo que ella había pensado que él le diría—. Soy huérfana.

—Ah —dijo Bo—. Lamento oírlo.

—No los conocí.

Bo estaba mirando el techo. Su voz sonaba triste.

—Estuve con mi padre durante un tiempo antes de que él muriera. También pasé una temporada en un orfanato. Luego me tocó ir a las calles.

Nila casi se rio. ¿Así era como estaba intentando acostarse con ella? ¿Hacerle sentir alguna clase de afinidad?

—¿Y luego, la camarilla real?

—No. Primero, Taniel Dos Tiros. Luego su padre, Tamas, me acogió. Allí me encontraron los zahoríes. ¿Te examinaron cuando eras niña?

¿Bo conocía al mariscal de campo Tamas? ¿Había sido adoptado por él? Sonaba inverosímil.

—¿Examinada?

—Por los zahoríes de la camarilla. Para ver si tenías habilidad.

Nila detectó otro error que había cometido. Extrajo la aguja y usó la punta para levantar el hilo.

—Por supuesto. Venían al orfanato todos los años.

—Deberías volver a intentarlo —dijo Bo. Extrajo un par de guantes del bolsillo y los arrojó sobre la mesa—. A veces a los zahoríes se les pasa alguno.

Nila quería poner los ojos en blanco. Aún seguía coqueteando con ella. Se dio cuenta por la leve sonrisa que él tenía en la comisura de los labios y el tono divertido de su voz.

—Mejor no.

—Como quieras. —Bo se volvió a guardar los guantes en el bolsillo.

Pasaron varios preciados minutos de silencio en los que Nila cosió y Bo se quedó sentado, balanceando la silla hacia atrás y mirando el techo. La mente de Nila comenzó a divagar. Tal vez no debería ir a Novi. Quizá debía atravesar el océano y dirigirse a la lejana Fatrasta. Allí sería menos probable que los encontraran o que los reconocieran.

—Jakob —dijo Bo de pronto—. Su apellido era Eldaminse, ¿no?

—Sí.

—¿Y tú trabajaste para su familia?

Nila asintió con la cabeza. La mansión Eldaminse. Eso parecía haber sido hacía muchísimo tiempo. ¿Realmente habían pasado solo cuatro meses? Los recuerdos de aquel lugar le parecían visiones de un mundo de ensueños.

—¿Sabías algo acerca de los negocios de su padre?

—Yo era una lavandera.

—Los sirvientes lo oyen todo. Por eso muchos trabajan como espías para las camarillas.

Nila lo miró sorprendida.

—¿En serio?

—Bueno. De manera indirecta. En general no saben para quién están espiando, solo saben que se les paga por la información.

—Yo nunca lo hice. Me enseñaron a no fisgonear nunca.

—Qué lástima. —Bo dejó caer la silla sobre las cuatro patas y se puso de pie—. Jakob —lo llamó Bo dirigiéndose por el pequeño corredor hacia la habitación que compartían Nila y Jakob. Nila hizo una pausa en su tarea e inclinó la cabeza hacia un lado—. Jakob —dijo Bo, y su voz se oía acallada —, ¿recuerdas si a tu padre lo visitaban hombres del Ejército?

Nila no pudo oír la respuesta de Jakob.

—¿En serio? Qué interesante. ¿Cuánto hace que sucedió eso? —Hubo una pausa, y luego: —Gracias, Jakob. Has sido de mucha ayuda.

Bo regresó a la sala. Cogió su chaqueta del perchero.

—¿Adónde vais? —preguntó Nila.

—Para ser alguien a quien se le enseñó que nunca debía fisgonear, pareciera que estabas escuchando con mucha atención.

Nila sintió que las mejillas se le ponían coloradas.

Bo sonrió.

—Voy a los Archivos Públicos. Probablemente no regrese hasta mañana. Hay un pequeño fajo de billetes oculto debajo de la ventana. Puedes comprar algo de comida para el niño y para ti. Se detuvo en la puerta sosteniendo los guantes con una mano. Parecía preocupado. —¿Estás segura de que no quieres probarte mis guantes?

Nila echó su silla hacia atrás y se puso de pie.

—Ya he tenido suficiente —dijo.

Bo arqueó las cejas. Parecía genuinamente sorprendido.

—¿De…?

—De vuestro coqueteo. Me iré si eso es lo que queréis, pero no me iré a la cama con vos.

Bo atravesó la sala dando unos pocos pasos apresurados y se detuvo a solo unos centímetros de ella. Se inclinó hacia delante, y Nila sintió el corazón retumbándole en los oídos. De pronto, fue plenamente consciente de que si Bo intentaba abusar de ella, o hacerles daño a ella o a Jakob, no podría hacer nada al respecto.

—Coqueteo con todo el mundo —le susurró Bo al oído—. Y si tú quisieras acostarte conmigo, no diría que no. Pero nunca he violado a una mujer, y nunca lo haré. Así que deja de encogerte cada vez que me veas mirándote. Me gusta mirar a las personas. Las encuentro fascinantes.

Nila tenía la garganta seca. Bajó la mirada un momento y vio que Bo no se había puesto los guantes.

—Si no esperáis que me acueste con vos, ¿por qué no nos habéis obligado a irnos?

—Porque me agradas —dijo Bo—. Y me agrada el niño. Pero pronto me iré de la ciudad y deberías decidir qué harás. No me quedaré aquí más de una semana. —Él se alejó—. ¿Te veo mañana?

Nila tragó saliva.

—Sí.

—Me alegra oírlo.

El ejército de Tamas cruzó el último de los Dedos de Kresimir y ascendió al ancho altiplano de la Expansión del Norte casi siete semanas después de haber partido de Budwiel.

La Expansión del Norte, al igual que la Expansión Ámbar hacia el sur, era la fuente de alimento de los Nueve. A diferencia de la Expansión Ámbar, no albergaba granjas de ganado o campos de trigo, sino enormes campos de judías, que podían sobrevivir mejor con poca agua.

Tamas ordenó a algunos equipos que se dispersaran por el altiplano para buscar comida, bajo el mando de los sargentos más sensatos y equilibrados del Ejército. Necesitaba hacerse con los recursos de la tierra, pero de manera que le resultara lo menos perjudicial posible a la población local.

Tamas cabalgaba a la cabeza de la columna, mirando hacia el norte, con la vista fija en el horizonte. Pasarían varios días antes de que cruzaran la frontera deliví y llegaran a ver la ciudad de Alvación, pero no podía evitar que su corazón latiera más rápido a cada paso que daba. Pronto encontrarían ayuda. Pronto cruzarían la cordillera de los Leños Calcinados y descenderían a Adro para volver a presentarles batalla a los keseños.

Gavril acercó su caballo al de Tamas. Él y su animal estaban cubiertos de polvo por acercarse desde detrás de la columna. Detrás de él venía un anciano montando una mula de carga. Le costaba seguirle el paso al caballo de guerra de Gavril. Tamas frenó su montura. Olem también se detuvo, con los ojos alerta, a pesar de que, salvo por su ejército, el altiplano estaba vacío.

—¿Quién es este? —dijo Tamas, señalando con la cabeza al anciano, que aún estaba a unos cuarenta metros de ellos.

—Un granjero de judías keseño.

—¿Y por qué está aquí?

—Quiere hablar contigo.

Tamas arqueó una ceja. Aquello era lo último que necesitaba. ¿Por qué diablos lo habría llevado Gavril hasta allí?

—¿Sabe quién soy?

—Sí, y tiene algunas cosas de lo más interesantes para contarte.

¿Qué podía decirle un viejo granjero de judías de la Expansión del Norte que le resultara de interés?

El anciano acercó su mula y la colocó junto a los caballos.

—¿Sois el mariscal de campo? —preguntó el anciano en adrano.

El acento keseño era tan marcado que casi no se le entendían las palabras. Tenía el rostro arrugado, la piel marrón a causa del intenso sol del altiplano y, tal vez, de un poco de sangre deliví. La mano de obra y el comercio tenían lugar libremente entre los delivíes y los granjeros keseños del altiplano.

El viejo granjero estaba demacrado. Puede que en algún momento hubiera estado algo relleno, pero entonces la piel le colgaba de las mejillas y las manchas pálidas que tenía en el rostro hablaban de desnutrición.

Los ojos del hombre cargaban con una furia terrible que sorprendió a Tamas.

—Yo hablo keseño —dijo Tamas en keseño.

—¿Sois el mariscal de campo? —volvió a preguntar el anciano en keseño.

—Así es. Buenas tardes.

El granjero escupió a los pies del caballo de Tamas. Le mostró los dientes y lo miró iracundo, como desafiando a Tamas a que hiciera algo al respecto.

Tamas miró a Gavril. Su cuñado, aún magullado a causa de la pelea que habían tenido la semana anterior, tan solo se encogió de hombros.

—¿Algún problema? —preguntó Tamas.

—Decídmelo vos.

Tamas volvió a mirar a Gavril. ¿De qué se trataba todo eso?

—No se me ocurre nada.

—Vosotros me robasteis la cosecha —dijo el anciano—. Anduvo bien este año, considerando la sequía. Se llevaron a mi esposa y a mis hijas. ¡Vuestros malditos hombres le rompieron las piernas a mi hijo cuando se negó a serviros!

Tamas hizo una mueca. Maldita infantería. Ni siquiera los mejores podían controlarse. Había ordenado que se dejara en paz a las mujeres bajo pena de muerte. Necesitaban la comida, pero Tamas no necesitaba que sus soldados violaran y mataran gente a su paso por el campo de Kez.

—¿Qué compañía lo hizo? —le preguntó a Gavril.

—Ninguna de las nuestras. El sujeto y su hijo estaban solos en su choza cuando los equipos de comida lo encontraron. En el lugar no había quedado nada, y todos los muebles estaban rotos. El muchacho tenía las piernas rotas, como él dice. Será un inválido de por vida. Parece que sucedió hace varias semanas.

—Lamento lo de tu esposa y tus hijas —dijo Tamas—, pero no fueron mis hombres.

—¿Me estáis llamando mentiroso? —El granjero acercó la mula hacia Tamas.

Tamas inspiró profundamente y se recordó a sí mismo que golpear a un anciano no era la mejor manera de terminar una conversación.

—¿Cuándo sucedió?

—Hace dieciocho días —dijo el granjero.

—No podemos haber sido nosotros. Acabamos de llegar.

—¿Entonces quién fue? Yo reconozco a las tropas adranas cuando las veo. —El granjero se inclinó y le dio un tirón a la chaqueta de Tamas—. Uniforme azul, con ribete plateado. ¡No soy idiota!

—¿Cuántos hombres?

—¡Miles! —El granjero volvió a escupir.

—Gavril, ¿hay algún indicio de que un ejército haya pasado por aquí recientemente?

Gavril se hizo a un lado para conversar con uno de sus exploradores. Regresó un momento después.

—Todos los equipos de alimentos están informando lo mismo: el territorio fue arrasado, no queda nada. Las plantaciones fueron cosechadas antes de tiempo o quemadas, y los hombres se cruzaron con decenas de granjas vacías.

Tamas tamborileó el cuerno de la montura con los dedos. La búsqueda de alimentos que pensaba llevar a cabo en la Expansión del Norte, anulada. Absolutamente anulada. No quedaba nada para que sus hombres comieran en el camino a Alvación.

—¿Y bien? —preguntó enérgicamente el granjero—. ¿Qué podéis decir al respecto?

—¿Hacia dónde se dirigían? —preguntó Tamas.

El granjero pareció desconcertado.

—Hacia el norte.

—Olem, dale a este hombre suficiente comida para él y para su hijo y envíalo de regreso a su casa. No le quites la mula. —Tamas tiró de las riendas —. Gavril.

Tamas dejó al granjero de judías, que comenzó a maldecir, en manos de Olem y regresó a la cabeza de la columna. Gavril se colocó junto a él e hizo que su caballo fuera junto al de Tamas.

—Esto no tiene sentido —dijo Tamas—. No tenemos tropas en el norte de Kez.

—Yo diría que al anciano le falla la cabeza, pero en el lugar no queda nada. Se requiere un gran número de hombres para atravesar y saquear el altiplano de esta manera.

Tamas se aferró al cuerno de la montura. ¿Cómo iba a alimentar a sus hombres si no podían obtener comida?

—¿Cuántos? —preguntó Tamas.

Gavril se rascó la barba incipiente.

—Al menos una brigada o dos.

—Llevan el uniforme azul de Adro, pero no son adranos. —Tamas reflexionó por un momento—. ¡Mierda! Están intentando meterse en Adro.

—¿Los keseños?

—Eso debe ser. Vienen por aquí actuando como una fuerza invasora, cruzan Alvación con esa farsa y atacan a una Guardia de la Montaña confiada. Puede que ya estén en Adro.

—¿Qué hacemos? —preguntó Gavril.

Los dedos de Tamas juguetearon con la culata de una de las pistolas de duelos que llevaba en el cinturón. Un regalo de su hijo.

—Seguimos avanzando. Los alcanzamos y los atacamos por atrás.