La casa que construyo Jack

Ed McBain · Capítulo 10 de 13

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La casa que construyo Jack

Capítulo 8

Éste es el gato que mató al ratón…

Había momentos en que Warren Chambers sentía que todo era burlesco en Calusa.

Por ejemplo la morgue.

No la morgue del Hospital Buen Samaritano de Calusa, que Warren nunca había tenido el privilegio de visitar, sino la «morgue» del Calusa Herald Tribune, es decir su archivo, donde, a las nueve de esa noche del miércoles, él y Toots Kiley trataban de reunir algunos datos sobre la familia Brechtmann.

Normalmente, si el archivo de un diario se mantenía como es debido, todo lo correspondiente a un tema específico estaba en un archivo maestro, con duplicados de cada artículo en los correspondientes subarchivos.

Como, por ejemplo, el tema Warren Chambers.

No había, de hecho, un legajo sobre Warren en la morgue del Herald Tribune. Pero si hubiera habido tal legajo, probablemente habría estado encabezado bajo el epígrafe CHAMBERS, WARREN, y allí se encontraría todo lo que cualquiera pudiera querer saber sobre él: dónde nació, cómo se llamaban sus padres, dónde había vivido, sus distintas ocupaciones a lo largo de los años, y todo lo demás, hasta el presente. Un legajo completo sobre Warren Chambers. Todo lo que hubiera aparecido sobre él en el periódico, todo aquí en el archivo maestro.

Pero de esta fuente general deberían de salir duplicados para los otros archivos. Por ejemplo, si hubiera una historia sobre el trabajo de Warren para la policía de St. Louis, entonces una copia de este artículo debería estar en el legajo de ST. LOUIS y también en el de POLICÍA. El archivo maestro

era un generador de rúbricas. Pero no se tenían que recorrer todas las rúbricas para completar una historia individual; si eso era lo que uno necesitaba, no tenía más que recurrir al legajo CHAMBERS, WARREN.

Pues bien, en este archivo burlesco en la ciudad burlesca llamada Calusa, no había archivo maestro en el que se alojara la historia completa de la familia Brechtmann.

Nada.

Cero.

Nada sobre BRECHTMANN, JACOB, que había abierto la única fábrica de cerveza de la ciudad a la vez que levantaba la mansión más lujosa de Calusa.

Nada sobre BRECHTMANN, CHARLOTTE, la gran belleza con la que se había casado Jake.

Nada sobre su hijo BRECHTMANN, FRANZ, que se había casado con Sophie.

Tampoco nada sobre BRECHTMANN, SOPHIE.

Ni sobre BRECHTMANN, ELISE.

La cual, según Sophie Brechtmann, era el final de la dinastía Brechtmann aquí en Estados Unidos, en tanto Elise seguía soltera y sin hijos.

Pero Elise, según los Abbott père et fille, era la madre de Helen Abbott, quien hoy era la heredera legal de la fortuna Brechtmann.

No había un legajo titulado ABBOTT, HELEN.

Sí había uno titulado SINATRA, FRANK.

Personaje que no vivía en la ciudad de Calusa, Florida.

Warren sacudió la cabeza. Lo mismo hizo Toots. Sería una noche larga.

El hombre que los había dejado entrar al archivo era un periodista conocido de Warren. Le dijo a Warren que si alguien les preguntaba qué estaban haciendo ahí, debían decir que se estaban documentando para escribir un artículo pedido por Andy Márquez. Así se llamaba. Así que ahora, a las nueve de la noche del jueves, con la luz de los relámpagos brillando intermitentemente en las ventanas altas, y el ruido de truenos lejanos que indicaban lluvia sobre Sarasota o más lejos hacia el norte, Warren y Toots trataban de entender el sistema de clasificación de ese

archivo, porque sabían que tenía que haber algo sobre una de las familias más prominentes de Calusa.

—¿Y si miramos en «Cerveza»? —dijo Toots.

—Sí —dijo Warren, y empezó a buscar—. ¿Adónde te llevó la mujer esta tarde?

—A una armería —repuso Toots.

—¿Qué?

—Sí. La señora compró un arma. Al menos es lo que indican las circunstancias. Pasó entre media hora y cuarenta y cinco minutos en una tienda llamada CAMBIO DE ARMAS BOBBY, en Trail y West Cedar.

Salió con un paquete envuelto, así que supuse que era un arma.

—¿Por qué diablos compraría un arma?

—Quizá planea matar a alguien.

—Dios, espero que no —dijo Warren—. No hay nada en «Cerveza».

¿Qué clase de diario es éste?

—Prueba en «Fábricas de Cerveza».

—De acuerdo —le dijo Warren—. ¿Hasta qué hora la seguiste?

—Esperé fuera de la casa hasta que llegó el marido. Al menos supongo que era el marido. Entró con su llave.

—¿En qué coche iba?

—Un Mercedes ocre.

—Sí, Frank Summerville —dijo Warren.

No había «Fábricas de Cerveza» en el archivo.

—Cielos —exclamó Warren.

—Prueba «Bebidas Alcohólicas» —sugirió Toots.

—Esto es peor que las Páginas Amarillas.

Encontraron un grueso sobre titulado BEBIDAS ALCOHÓLICAS.

—Aquí está —dijo Warren, y llevó el sobre a una mesa larga que se extendía entre las ventanas y los archivadores. Sobre la mesa había dos lámparas con pantallas verdes. Afuera estallaban los relámpagos. Hubo un ruido de trueno que sonó algo más cercano que los anteriores. Allí dentro se sentían abrigados. Se sentaron juntos y empezaron a pasar el contenido del sobre.

No estaba ordenado cronológicamente.

—Esto es imposible —dijo Warren.

—Es indignante —añadió Toots.

Encontraron un artículo del 10 de junio de 1935 sobre la formación de una filial de Alcohólicos Anónimos en la Ciudad de Nueva York.

Encontraron un artículo del 16 de mayo de 1985 sobre el recorte en la producción de vodka en la Unión Soviética y la elevación de dieciocho a veintiún años de la edad legal para beber, así como la prohibición de vender alcohol antes de las dos de la tarde en días laborables.

Había otro artículo, obviamente mal ubicado, sobre la muerte de John Belushi por abuso de drogas el 5 de marzo de 1982.

Encontraron un artículo del 7 de octubre de 1913 sobre la muerte del fabricante de cerveza Adolphus Busch.

Había un artículo del 5 de diciembre de 1933 sobre el jubiloso rechazo de la decimooctava Enmienda.

Y un artículo del 16 de enero de 1920 anunciando el comienzo oficial de la Prohibición Nacional.

Y otro artículo del 23 de noviembre de 1921 sobre la Ley Anticerveza, que volvía ilegal la prescripción médica de cerveza con fines terapéuticos.

Y…

—¡No puedo creerlo! —exclamó Warren.

Un artículo de primera plana del 14 de septiembre de 1906.

El titular decía:

CERVEZAS BRECHTMANN

ABRE UNA PLANTA EN CALUSA

Y el subtítulo:

JACOB BRECHTMANN CONSTRUYE

LA PLANTA SOBRE LA RUTA TAMIAMI

El texto del artículo hablaba sobre la nueva planta cervecera en la carretera 41 y explicaba que no se esperaba que elevara los índices de ocupación locales ya que la producción de cerveza no era una industria que requiriese mano de obra intensiva, y la administración seguiría haciéndola la oficina central en Nueva York. Pero de todos modos las ciudad de Calusa

se enorgullecía de haber sido elegida para la primera filial de la firma Brechtmann fuera de Nueva York, y también se enorgullecía de recibir a los Brechtmann como vecinos. El artículo se extendía en una descripción de «la belleza europea de Charlotte Brechtmann» y la «exquisita mansión de estilo español» que los Brechtmann habían levantado en Fatback Key.

Discretamente, mencionaba que la señora Brechtmann estaba esperando su primer hijo para noviembre.

No había nada más sobre los Brechtmann en el sobre de BEBIDAS

ALCOHÓLICAS.

—¿Adónde vamos ahora? —preguntó Warren.

—Prueba «Nacimientos» —dijo Toots.

En este apartado había ocho sobres titulados ANUNCIOS DE

NACIMIENTOS. Cada uno de ellos tenía por lo menos veinte centímetros de grueso.

—Por favor, que estén ordenados cronológicamente —rogó Warren.

Lo estaban.

Sabían que el nacimiento de Franz Brechtmann se había esperado para noviembre de 1906; al menos era lo que decía en el legajo de BEBIDAS

ALCOHÓLICAS. Y ahí estaba, el pequeñuelo, en un artículo recortado de la página de sociedad del Calusa Herald Tribune del 19 de noviembre de 1906. Franz Eberhard Brechtmann, para ser exactos; le habían impuesto los nombres del padre de Charlotte, decía el artículo.

—Ahora prueba en «Obituario» —dijo Toots.

Hubo un relámpago muy cerca, seguido inmediatamente por un tremendo trueno y una oscuridad instantánea.

—Mierda —soltó Warren.

Esperaron en la oscuridad.

Las luces volvieron a encenderse.

E inmediatamente tornaron a apagarse.

—Mierda —dijo Warren otra vez.

En la oscuridad, oían la lluvia que golpeaba los cristales. Otro relámpago. Más truenos.

—Odio Florida —dijo Toots.

Esperaron.

Las luces volvieron a encenderse tres minutos después. Seguía lloviendo con fuerza. Las pantallas verdes de las lámparas, el brillo ambarino de la madera hacían que el cuarto pareciera seguro y protegido de la lluvia furiosa y de los relámpagos y truenos. Por algún motivo, sentían que era preferible hablar en susurros.

Warren abrió el primer cajón de la letra O.

El cajón no contenía más que noticias de obituarios.

Lo mismo que el cajón inferior.

Y el que estaba debajo de éste.

—Estaremos aquí toda la noche —comentó Toots.

—No, murió hace cinco años —dijo Warren.

—¿Cómo lo sabes?

—La biblioteca.

Encontraron la noticia de la muerte de Franz Eberhard Brechtmann en la primera plana del Herald Tribune del 19 de abril de 1983. El titular estaba en el mismo tamaño de letras que el titular del artículo sobre el bombardeo a la embajada norteamericana en Beirut. La yuxtaposición de los dos títulos debería haber sido evitada. Como estaban a la misma altura, se leía: ATAQUE A EMBAJADA MUERE MAGNATE

CERVECERO

Unidos de este modo, los titulares hacían pensar que Franz Eberhard Brechtmann había muerto en el ataque a la embajada; cuando en realidad había muerto en su cama, de causas naturales. Los subtítulos de ambos artículos también habían sido impresos lado a lado en el mismo tipo, y creaban la misma confusión. Decían:

Mueren 44 en ataque suicida El industrial tenía 77 años

—Esto sí que es un diario —dijo Warren.

Leyeron el artículo.

Era un resumen de la vida de Brechtmann. Su infancia en Calusa, estudios en Choate y después en Harvard, frecuentes viajes al extranjero con su hermosa esposa Sophie, y su hija Elise, que había sido la inspiración

de la Cerveza Niña de Oro de gran venta. En el centro de la columna habían hecho espacio para una fotografía de la etiqueta de la cerveza. Una niña rubia de ojos claros, de unos tres años, sonriéndole a todos los bebedores de cerveza del mundo. El artículo no dejaba de mencionar los muchos años de dirección y apoyo que había prestado Brechtmann a la restauración del museo de arte de Calusa, el Ca D’Ped. Mencionaba también sus contribuciones de generosidad fuera de lo común para con una amplia variedad de causas. Citaba a Jacob Brechtmann, quien en 1934, con ocasión de que su hijo se hiciera cargo de la presidencia de la compañía, dijo: «Yo la hice sobrevivir a la Prohibición, mi hijo la llevará adelante a partir de ahora».

Franz Brechtmann realmente la sacó adelante.

En 1934, cuando tenía veintiocho años, y a pesar de las jactancias de su padre, la compañía había sobrevivido a duras penas a la Ley Volstead. En los años que transcurrieron entre esa fecha y el año 1981, cuando a la edad de setenta y cinco años entregó la presidencia a su hija entonces de veintinueve años, Franz había levantado seis nuevas plantas y había colocado a la compañía en uno de los primeros puestos en el mundo de la cerveza. El artículo informaba que no había sido tarea fácil. En 1941, cuando Estados Unidos entró en guerra contra Alemania, los sentimientos antigermánicos hicieron erupción en toda la nación, y hubo un virtual boicot contra todo lo que sonara incluso remotamente a alemán. Las ventas de la compañía Brechtmann fueron muy escasas hasta bastante después de la guerra. De hecho, sólo en 1954, cuando Franz creó la nueva cerveza inspirada en su hija de dos años, la fortuna de la compañía dio un salto hacia arriba. Desde entonces, la única amenaza seria a su estabilidad había tenido lugar cinco meses atrás, no mucho después de que Elise asumiera el cargo de director ejecutivo. Fue entonces cuando los problemas internos llevaron a acusaciones y respuestas…

—Aquí está —dijo Warren.

—¿Está qué? —preguntó Toots.

—La mugre.

El párrafo terminaba con un aparente cambio de dirección diciendo que todo se había arreglado satisfactoriamente sin necesidad de acudir a los

tribunales de justicia, y la compañía había subido más aún en el ranking de los fabricantes de cerveza. El artículo concluía diciendo que al difunto lo sobrevivían su esposa Sophie y su hija Elise, y que los servicios fúnebres en Calusa serían sólo para la familia.

—Maldito sea —dijo Warren—. ¿Dónde miramos ahora?

—¿Qué buscamos? —añadió Toots.

—Estos problemas internos y estas acusaciones y respuestas que fueron arreglados sin necesidad de ir a los tribunales.

—Déjame pensar —dijo Toots.

Warren la miró pensar.

—¿Podría ser «Noticias Legales»? —preguntó ella.

Matthew miró parpadeando el reloj de la mesita de noche. Las doce menos diez. Medianoche. Y el teléfono sonaba. ¡Joanna! Algo le había sucedido a su hija allá en Vermont. Llamaba la directora del colegio…

—¿Diga?

—¿Matthew?

Una voz de mujer.

—¿Sí?

—Irene.

—¿Quién?

—McCauley.

—Perdón, ¿quién…?

—El motel —dijo ella—. Irene McCauley.

—Oh. Oh, hola. Escuche, perdón si no…

—No se preocupe. Probablemente estaba durmiendo.

—Bueno, de hecho, sí.

—Yo también. Pero me he despertado, y se me ha ocurrido mirar si estaba en la guía. Y estaba.

—Sí.

—Así que aquí estoy.

—Hola.

—Hola. Lamento haberlo despertado.

—No, está bien, no hay problema.

—¿Cómo está?

—Bien. Muy bien. ¿Y usted?

—Perfecto.

Silencio.

—Estaba esperando que me llamara —dijo ella.

—Pensaba hacerlo. Pero las cosas empezaron a acumularse, y…

—Está bien, no tiene que darme excusas.

—Ya veo.

Otro silencio. Después:

—¿Voy para allá?

—¿Qué? —dijo Matthew.

—¿Quiere que vaya a su casa? Lo invitaría aquí, pero en realidad esto es una pocilga. Bueno, usted ya lo vio.

—Sí.

—¿Sí, lo vio? ¿O sí, es una pocilga? ¿O sí, voy para allá?

—Sí las tres cosas.

—Bien —dijo Irene—. Déme su dirección.

Poco antes de la medianoche, tendido al lado de su esposa Leona, Frank se preguntaba qué habría estado haciendo ella en su estudio. No había nada en él que pudiera servirle a una mujer que estaba teniendo un romance extramatrimonial. No había ninguna agenda donde ella pudiera averiguar dónde y cuándo se encontraría su marido. No había dinero que ella pudiera escamotear para comprarse más ropa interior sexy como la que él había descubierto en su cómoda. Nada que pudiera servirle. ¿Por qué entonces había ido allí?

Frank sabía que hoy ella había estado en su estudio.

¿Pero por qué?

Él conocía cada centímetro de ese estudio. Era su refugio. Cuando volvía de la oficina y encontraba la casa vacía, se preparaba un trago y se sentaba en el gran sillón de cuero del estudio, y allí se quedaba, bebiendo, escuchando el follaje de las palmeras que susurraba al otro lado de las

ventanas, rodeado por los libros que amaba. Los jueves, la mujer de la limpieza se ocupaba del estudio. O sea mañana, pues todavía faltaban dos minutos para la medianoche, según el reloj luminoso, todavía era hoy, miércoles, 10 de febrero. Hoy no había estado la señora de la limpieza. Pero alguien había estado allí mientras él se hallaba en la oficina. Y como en la casa sólo vivían dos personas, y como él no había sido, sólo podía ser su querida esposa Leona.

Se preguntaba por qué.

No sabía que ella había estado dos veces en el estudio durante el día: la primera vez había sido para estudiar los Estatutos de Florida. La segunda vez había sido para esconder el Colt Cobra calibre 22 que había comprado en el Cambio de Armas Bobby.

Vigilar la casa de Parrish supondría literalmente un dolor en el trasero.

No había una silla cómoda en todo el lugar. Al menos, ninguna silla en la que uno se pudiera sentar y mirar por la ventana al mismo tiempo. Abajo había un sillón muy cómodo, pero uno se hundía en él y ya no podía ver nada, y además era demasiado grande para cargarlo hasta el piso de arriba.

El oficial Charles Macklin estaba dispuesto a decirle a Warren Chambers que hiciera él mismo su trabajo.

Ya era un poco más de medianoche, y la lluvia hacía parecer a la noche más oscura y más fría de lo que era en realidad, lluvia que resonaba en el tejado, que azotaba las ventanas, que barría la ruta de asfalto frente a la casa, que apedreaba la playa.

Charlie sabía que la lluvia mantenía adentro a los chicos malos. Eso era un hecho en el trabajo policíaco. A nadie le gusta trabajar cuando está lloviendo, ni siquiera a los ladrones.

Si uno le da a un ladrón estándar la elección de hacer un trabajo con buen tiempo o con lluvia, nueve veces de cada diez elegirá el buen tiempo.

Lo cual es razonable. ¿A quién le gusta mojarse, ladrón o no? Sale de una casa cargando un televisor, y se empapa antes de llegar al coche. Y el televisor también. Sale de un almacén de licores que ha asaltado, es probable que bajo la lluvia resbale en la acera húmeda y se quiebre una

pierna antes incluso de llegar al coche. Salta sobre una chica en el parque, con toda la intención de violarla, pero la lluvia le moja el elemento con el cual va a llevar a cabo la violación, y pierde ánimo. Para una gran mayoría de delincuentes, la lluvia quita todo aliciente.

¿Qué estaba haciendo entonces aquí en una noche de lluvia?

Nadie trataría de meterse en esta casa una noche lluviosa, fuera lo que fuese lo que estuviera escondido aquí adentro.

Charlie no sabía que alguien ya estaba dentro de la casa.

—Me sentí realmente desilusionada cuando no llamaste —le dijo Irene.

Estaba en uno de los sillones de la sala de Matthew, con las piernas recogidas bajo el cuerpo. Una falda negra corta, blusa roja de cuello abierto.

Sandalias de tacón alto, con correa en el tobillo. Pendientes rojos art-decó, con incisiones en plata. El cabello castaño brillante bien cepillado cayendo lacio sobre los hombros, un flequillo salvaje sobre la frente. Ojos azules que lo miraban.

—Lo siento —dijo él—. Debí de haber llamado, lo sé. Es sólo que…

estoy trabajando en un caso de homicidio, y las cosas empezaron a…

—Oh, vaya, homicidio —dijo ella.

Y sonrió.

Y tomó un trago. Ginebra con bitter. Lo suficiente de lo segundo como para darle color anaranjado, le había dicho. Con hielo, por favor. Él nunca había conocido en su vida a nadie que tomara ginebra con bitter.

La lluvia veteaba las puertas corredizas de vidrio.

Había encendido las luces de la piscina, y a través de la lluvia podían ver la lluvia cayendo sobre la superficie del agua, llenándola de pequeños cráteres. Las palmeras se balanceaban en el viento, agitando sus frondas como bailarinas agitando maracas.

—¿Eres policía? —preguntó ella.

—No —dijo él—. Abogado. Represento a un hombre acusado de homicidio.

—¿Te gustan los casos de asesinato?

—Éste, sí.

—¿Por qué éste?

—Quizá porque es difícil. Me tiene en un suspense constante.

—¿Difícil en qué sentido?

—Bueno…, hay gente que cuenta historias contradictorias, por ejemplo.

Es difícil decidir quién dice la verdad.

—¿Sobre qué?

—Sobre todo —respondió él—. Sí, ella es su nieta, no, no lo es. Sí, hay pruebas, pero no las tenemos todavía. Sí, hay fotos, pero las hizo el muerto.

Cosas así.

Irene parpadeó.

—¿Fotos? —dijo.

—Fotos de un bebé.

—Ah, fotos de un bebé —repitió Irene.

—¿Las fotos están dentro de la casa de Parrish? ¿Fueron hechas por…?

—¿Parrish? ¿Quién es?

—Jonathan Parrish. La víctima.

—Oh, es ése el caso.

—Ése es el caso.

—He leído sobre él.

—Está implicada hasta una iglesia: St. Benedict. Donde el cura probablemente me mintió.

—¿Sobre qué?

—Sobre el hombre de negro.

—Oh, vaya —dijo Irene—. Fotos de bebés que han desaparecido, y un cura que miente, y un hombre de negro y todo. Igual que en Agatha Christie.

—Dios no lo quiera —dijo Matthew, e hizo una mueca.

—Tengo una buena idea —apuntó Irene, y dejó su copa sobre la mesa.

—¿De qué se trata? —preguntó Matthew.

—¿Por qué no apagamos todas las luces salvo las de la piscina…

—De acuerdo —dijo Matthew.

—… y hacemos el amor?

Él la miró.

—No tengo herpes ni SIDA —dijo ella.

—Yo tampoco —dijo Matthew.

—No me he acostado con nadie que pertenezca a un grupo de alto riesgo —añadió ella.

—Yo tampoco.

—Al menos que yo sepa —dijo ella—. Quiero decir, mañana puedo recibir una llamada de una puta con la que mi difunto marido se acostó en San Francisco hace diez años, y decirme que antes de eso ella vivió con un homosexual que tuvo un asunto con una chica bisexual que vivía con una drogadicta lesbiana que acaba de morir de SIDA…

—Entiendo —asintió Matthew—. Es algo así como «La casa que construyó Jack», ¿no?

—Sí —respondió ella.

Se quedaron en silencio unos momentos. Sólo se oía el ruido de la lluvia.

—Pues bien, ¿qué hacemos? —preguntó ella.

—Lo que hacíamos cuando teníamos diecisiete años.

—¿No te perjudicará?

—No lo hizo cuando tenía diecisiete años.

—Entonces ven y bésame —dijo ella.

Bajo las lámparas de pantalla verde en la morgue del Calusa Herald Tribune, con la lluvia deslizándose por los vidrios de las ventanas, Warren y Toots encontraron la primera mención del caso en el legajo titulado NOTICIAS LEGALES. Había un artículo de primera plana en la edición del 10 de noviembre de 1982. Como adolescentes compartiendo una revista de cómics, las cabezas muy juntas, leyeron:

Anthony Holden, agente de compras en la rama agrícola de la filial Calusa de la Compañía Cervecera Brechtmann, había sido despedido sumariamente por Elise Brechtmann, la principal ejecutiva de la compañía desde julio del año anterior. Un periodista había llamado a las oficinas de la firma y le preguntó a Elise en persona por qué había despedido a un empleado que llevaba veintidós años en la empresa.

—Nos robó una fortuna —le dijo ella—. Anthony Holden es un ladrón.

Warren arqueó las cejas. Toots también.

Elise Brechtmann había hecho una declaración excepcionalmente audaz en un momento en que todos habrían recomendado prudencia: en el estado de Florida el robo agravado era un delito que se castigaba hasta con un máximo de quince años de cárcel.

Lamentablemente, el periódico la había citado en forma textual.

Y tres días después el The New York Times repetía la cita.

Elise no sabía que la División de Delitos Económicos de la policía de Calusa decidiría, tras una investigación, que no había pruebas de intención criminal por parte del empleado despedido. Lo que significaba que quizás Anthony Holden no era un ladrón. Lo que, en opinión de Holden (y presumiblemente de sus abogados también), fue motivo suficiente para iniciar un juicio por calumnia.

—Esto empieza a ponerse interesante —dijo Warren.

Apenas empezó a ponerse interesante sonó el teléfono.

Matthew contestó. El reloj al lado de la cama indicaba la una y cuarto.

—¿Sí? —dijo.

—Matthew, soy Warren.

—Hola, Warren —dijo.

A su lado, Irene se estiró y buscó un paquete de cigarrillos. Una cerilla brilló en la oscuridad.

—Sé que es tarde —se excusó Warren.

—No te preocupes.

—Pero he pensado que querrías ponerte a trabajar en esto mañana a primera hora.

—¿Qué has encontrado, Warren?

—No sé qué tendrá que ver la familia Brechtmann con todo esto, pero ayer me dijiste que se supone que Parrish sacó unas fotografías de Elise y su hija…

—Según Abbott…

—Sí, bueno…

—… que puede no estar diciendo la verdad.

—Entiendo.

Irene soltó una nubecilla de humo.

Matthew le puso la mano libre sobre un muslo desnudo.

—Pero los Brechtmann tuvieron muchos problemas en 1982, problemas que accedieron a arreglar antes de ir a juicio, y ahora me pregunto por qué se niegan a pagarle a Abbott sus dólares para que desaparezca.

—Abbott pide un millón.

—En 1982, la demanda fue por cincuenta y siete millones —dijo Warren.

—Dame los datos —pidió Matthew.

Seguía con la mano sobre el muslo de Irene. Ella se movió ligeramente hacia un costado, haciéndose más accesible.

Warren le contó que Elise Brechtmann había despedido a Anthony Holden en noviembre de 1982.

—Dijo que el hombre le estaba robando a la compañía. Literalmente:

«Nos robó una fortuna. Anthony Holden es un ladrón».

—Vaya —comentó Matthew.

—Vaya —susurró Irene, pero sólo porque la mano de él había subido por el muslo.

—Pues bien. Una semana después, Holden les llevó a juicio. A propósito, ¿sabes dónde encontramos esto?

—¿Dónde?

—En un legajo clasificado en «Calumnia» en el archivo del diario, ¿te imaginas? Pues bien, pidió siete millones por compensación laboral. Su salario en la compañía había empezado siendo de doscientos mil anuales más opciones de compra de acciones. Basó la demanda en que al haberlo llamado ladrón Elise Brechtmann, le había causado un daño en sus ingresos potenciales para el futuro.

—Seguramente lo hizo —dijo Matthew.

—Además reclamó cincuenta millones por daños y perjuicios.

—No me sorprende —añadió Matthew—. Los daños y perjuicios son una especie de multa civil destinada a disuadir al culpable de volver a repetir lo mismo. Y para que tengan sentido como castigo y disuasión deben de estar de acuerdo a la fortuna del culpable.

—Exacto. Holden afirmó que en lo que concernía a sus perspectivas laborales en la industria cervecera, Elise lo había matado.

—¿Fueron ésas sus palabras?

—Sí, en una entrevista en un periódico. ¿Quieres la cita exacta?

—Por favor.

— Calusa Herald Tribune, 18 de noviembre de 1982: «Elise Brechtmann me ha matado. En este negocio, o en cualquier otro, si a un hombre se le cuelga la etiqueta de ladrón, está muerto».

—Y en eso basó la demanda.

—Exacto.

—Pero me has dicho que el asunto se arregló sin llegar a los tribunales.

—Sí.

—¿Por cuánto?

—No lo sé. ¿Dónde te parece que deberíamos seguir investigando?

—¿Qué?

—Aquí tienen un archivo bastante raro.

—¿Dónde estás?

—En la morgue del Herald Tribune. Buscamos en «Pactos» pero todo lo que encontramos fue una serie de artículos históricos sobre pactos entre los indios de Calusa y los exploradores españoles. Buscamos en «Arbitraje» y en «Disposiciones» y hasta en «Satisfacción». En el sobre de «Satisfacción»

había un solo recorte: una reseña del disco de los Rolling Stones.

—¿Por qué no lo dejas de momento, Warren? Si puedes conseguirme la dirección de Holden…

—No sé siquiera si sigue viviendo en Calusa. Esto ocurrió hace mucho tiempo.

—Inténtalo, ¿eh? Si encuentras algo, llámame a la oficina mañana.

—Bien.

—Buenas noches, Warren —dijo Matthew, colgó el teléfono y se volvió hacia Irene.

—¿Siempre estás tan ocupado? —preguntó ella, y aplastó el cigarrillo en el cenicero.

Leona estaba despierta en la oscuridad, escuchando el suave ronquido de Frank a su lado, preguntándose si el hombre negro que la había estado siguiendo lo habría contratado Matthew. Hoy no lo había visto. Notable coincidencia. Hablas con tu buen amigo Matthew el lunes tomando unas copas, y el miércoles el hombre que te seguía ha desaparecido.

No esperaba que fuera ése el resultado.

Había querido ver a Matthew sólo para que él tranquilizara a Frank y su inquietud, si es que Frank admitía que le tranquilizaran. ¿Que tu esposa te engaña? No seas ridículo, Frank. Puedo decírtelo desde mi excelsa autoridad que la mera idea es absurda.

No podía permitir que Frank sospechara nada.

Ahora no.

No podía arriesgarse a una revelación.

No podía arriesgarse a ningún tipo de discusión sobre el tema, ningún enfrentamiento, ningún intento por parte de él de impedirle hacer lo que ella sabía que debía de hacer ahora.

El revólver estaba escondido donde no lo buscaría ni en sueños.

En su propio estudio. En su guarida. Bastaba sacar el ejemplar de Corbin sobre Contratos para hallar un Colt Cobra calibre 22.

Si él encontrara el arma, ella le diría que había pensado que necesitaban protección. Se habían producido muchos robos en el vecindario, entraba mucha droga por la costa este de Florida, eran demasiados cambios en los últimos años, ya nada era como antes. Ves, Frank, aquí están las balas, detrás de estos volúmenes del Diccionario Legal de Black. Él le preguntaría por qué no se lo había comentado, la compra del arma y las balas, tantas balas, y ella diría…, pero esto era absurdo.

Él nunca encontraría el arma.

El polvo sobre esos libros tenía centímetros de espesor. Frank no los había vuelto a abrir desde el segundo año de la facultad.

Nunca lo encontraría.

Y después de que la cosa estuviera hecha…

Si una vez hecho fuera definitivo.

Convendría hacerlo en seguida.

Un joven y apuesto profesor de inglés llamado Salvatore Agnotti había actuado de Macbeth, y ella de Lady Macbeth, en la Universidad Hunter en el otoño de 1968. Ella tenía veinte años entonces, y él veintiuno. Todavía podía recordarlo…

Ah, la inocencia de esos días.

—¿Os habíais vestido con una esperanza ebria?

Y ambos estallaban en risas. No podían pasar de esa línea. ¿Os habíais vestido con una esperanza ebria? Ella había intentado decirlo de diez modos distintos, subrayando una palabra u otra. Pero Sal estallaba en una carcajada casi desde el momento en que el primer sonido salía de su boca. Y ella lo seguía de inmediato. Los dos embarcados en risas irreprimibles. La gorda profesora Lydia Endicott, de Oratoria y Dramática, los observaba con paciencia.

—Vamos chicos, intentémoslo, ¿eh?

Y al fin lo tuvieron preparado, y oh, ese maravilloso discurso, el veneno de esas líneas.

—¿Os habíais vestido con una esperanza ebria? ¿Ha dormido desde entonces? ¿Y se despierta ahora tan pálida y verdosa para ver lo que hicisteis tan libremente?

Sal siempre entrecerraba los ojos un instante antes de que ella pronunciara la línea siguiente:

—¡Desde este momento pensaría lo mismo de tu amor!

Más adelante había otro obstáculo en la misma escena:

—He dado de mamar…

Y Sal estallaba, y Leona estallaba, y hasta la profesora Endicott empezaba a reírse. En la sala vacía, los tres riéndose sin parar durante cinco, diez, quince minutos, He dado de mamar, y zas, los dos rodaban por el suelo y la profesora Endicott se caía de la butaca.

Pero después…

En el estreno…

Sal la miraba con algo cercano al pavor mientras ella recitaba esa parte del discurso, como si estuviera realmente asustado frente a la terrible mujer en que se había transformado la chica universitaria.

—He dado de mamar, y sé lo tierno que es amar al niño prendido de mis pechos. Pero mientras él me sonreía, yo le habría arrancado el pezón de la boca desdentada y le habría destrozado el cráneo… si hubiera jurado como tú juraste hacer esto.

Cielos.

Veinte años después, había jurado hacer eso que debía hacer.

—Engendra sólo hijos varones —le había dicho su Macbeth tantos años atrás—, pues tu dura crueldad no puede crear sino lo masculino.

Sal Agnotti. Sal con su rostro dulce tratando de parecer majestuoso y severo detrás de la barba falsa, el dulce Sal con sus ojos azules, tan joven, tan inocente.

Pronto, muy pronto…, salvo que la situación cambiara enteramente mañana por la noche…

Pronto, muy pronto…, ella cometería un asesinato.

Si podía reunir la fuerza, la voluntad y el valor para hacerlo.

Pero ajusta las clavijas del valor…

—¡Ajústalas tú! —le gritó Sal la primera vez que ella ensayó esa frase.

Lo tenía preparado. Probablemente planeó la emboscada con la gorda profesora Endicott, que se reía a gritos en su butaca mientras Leona se embarcaba en una irrefrenable serie de carcajadas. Hasta que, por supuesto, la línea cuajó, las palabras cuajaron, el sentido cuajó, Shakespeare cuajó, y ella pudo darle al rey temeroso el aliento que necesitaba:

—Pero ajusta las clavijas del valor, y no fallaremos.

No podía permitirse fallar.

Estaría allí con una pistola calibre 22 en la mano, sin nadie que le susurrase palabras de aliento al oído, nadie que le pronunciara un discursillo alentador, sólo la pequeña Leona en toda su soledad con el arma apuntando a la cabeza o al corazón de él, la pequeña Leona con la esperanza de encontrar de algún modo el valor necesario para apretar el gatillo.

Se preguntaba dónde estaría el lugar «necesario» para poner el valor.

Si sólo supiera dónde estaba.

Dios me ayude, pensó, estoy a punto de cometer un asesinato.

Charlie oyó algo abajo.

Se volvió inmediatamente de la ventana.

Escuchó.

Alguien se movía abajo en la oscuridad.

Se levantó de la silla, sacó la pistola de la funda y fue de puntillas hacia la escalera. Una tabla crujió bajo su peso. Se quedó inmóvil, escuchando.

No hubo cambios en la actividad que se oía abajo. Alguien seguía muy ocupado.

Empezó a bajar.

De la sala provenía una débil luminosidad.

No estaba encendida ninguna de las luces de la casa, por lo que debía de tratarse de una linterna. Quizás una muy pequeña, la luz era muy débil.

Ya estaba por la mitad de la escalera.

Tenso, como se ponía siempre que algo iba a suceder. Con el pecho endurecido. La sangre corriendo muy rápido. La pistola temblándole casi imperceptiblemente en la mano derecha. Contenía el aliento. Faltaban cinco escalones para llegar abajo. Cuatro. Tres. Dos. Uno.

Se deslizó por la pared que encerraba el hueco de la escalera, entró en la sala, la cocina a su derecha, recorrió la habitación con la vista y empuñando el arma, barriendo con los ojos y con la pistola, la biblioteca, las sillas de rattan y el sofá, hasta la figura toda de negro inclinada sobre el escritorio contra la pared más lejana, la pequeña linterna apoyada en el sobre del escritorio, las manos enguantadas de negro ojeando papeles y…

Percibió algo.

Se volvió de pronto.

Lo miró.

Estiró la mano para coger algo del escritorio.

—¡Quieto! —gritó Charlie.

Demasiado tarde.

La mano enguantada se apartó del escritorio demasiado rápido, aferrando algo con fuerza, era la mano derecha, el caño brilló un instante al pasar frente al rayo de la linterna apoyada y después hubo un relámpago y la explosión, y al instante un dolor lancinante en el hombro de Charlie, y

otro relámpago, y esta vez hubo sólo el dolor opaco de un clavo que se introducía en su frente y después nada.

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