La casa que construyo Jack

Ed McBain · Capítulo 8 de 13

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La casa que construyo Jack

Capítulo 6

Ésta es la vaca con el cuerno enroscado que embistió al perro…

Estaban tomando café y comiendo rosquillas en un lugar de Sabal Key llamado The Miami Deli. Eran las ocho de una mañana de martes, el 9 de febrero, y el sol brillaba. Esto último era casi un milagro. Todos en el local le sonreían al sol de febrero que entraba por las ventanas que daban al camino de la costa. Automóviles convertibles con la capota baja pasaban bajo el sol de febrero. Volvía a parecerse a Florida.

La mujer sentada con Warren Chambers tenía veintiséis años, era una rubia alta, delgada y bronceada, con cabello rizado y ojos pardos. Llevaba una camiseta blanca, vaqueros recortados por encima de la rodilla y sandalias. Parecía una turista. Pero era una detective privada. Se llamaba Toots Kiley.

—¿Dónde aprendiste el oficio? —le preguntó Warren.

—Con Otto Samalson y May Hennessy.

—¿Quién es ese May?

—Es una mujer china que trabajaba para Otto. Volvió a China cuando lo mataron. ¿Conociste a Otto?

—Sólo de nombre.

—Uno de los mejores —puntualizó Toots.

—¿Y tú?

—Soy bastante buena —dijo ella, y se encogió de hombros—. Otto me enseñó mucho.

—¿Cuánto estuviste con él?

—Seis años. Empecé a trabajar para él cuando vine de Illinois.

—¿Y cuándo lo dejaste?

—Cuándo me echaron, querrás decir.

—¿Cuándo?

—Hace dos años.

—¿Por qué?

—Ya sabes por qué, o no preguntarías.

Hubo un largo silencio en la mesa. Warren alzó su taza, tomó un sorbo de café.

—¿Quién te puso el apodo de Toots? —preguntó.

—No es un apodo —dijo ella.

—¿Quieres decir que es tu nombre?

—Sí. Toots.

—¿Tus padres te pusieron Toots?

—Mi padre.

—Pero ¿por qué?

—Adora la armónica.

Warren la miró.

—Me puso el nombre por Toots Thielemans, el mejor intérprete de armónica del mundo. Escucha, tuve suerte. Pudo haberme puesto Borah.

—¿Borah? ¿También toca la armónica?

—¿Nunca oíste hablar de Borah Minevitch?

—Nunca.

—Borah Minevitch y los Harmonica Rascals.

—Perdón.

—Vaya —dijo Toots, y sacudió la cabeza.

—¿Cómo te sientes al respecto? Quiero decir, que la gente te llame Toots.

—Es mi nombre. Toots.

—Me alegra que no seas feminista —comentó Warren.

—¿Quién dice que no lo soy?

—Quiero decir… si Gloria Steinem está cerca y alguien te llama Toots…

—Bueno, a la mierda con Gloria Steinem, a mí tampoco me gusta su nombre. Háblame del trabajo, ¿eh?

—Primero dime si estás limpia —dijo Warren.

—¿Por qué? ¿Acaso aparento lo contrario?

—Se te ve bronceada y saludable, pero eso no precluye la cocaína.

—Me gusta esa palabra. Precluye. ¿Es invento tuyo?

—¿Y te gusta esta otra? Cocaína.

—Me gustaba mucho. Todavía pienso en ella de vez en cuando. Pero es un pensamiento pasajero. Estoy limpia, señor Chambers.

—¿Desde cuándo?

—Casi dos años. Desde el momento en que Otto me echó.

—Y ahora estás limpia.

—Ahora estoy limpia.

—¿Segura? Porque si sigues con la coca, preferiría que me lo dijeras.

—No sigo en la coca. O en otras palabras, no uso más coca. Estoy limpia. Limpia. ¿Qué necesita, señor Chambers? ¿Un certificado judicial?

Tiene mi palabra. Preferiría creer que mi palabra sigue valiendo algo.

—Hubo un tiempo en que no fue así.

—Eso fue entonces, esto es ahora —dijo ella, y suspiró pesadamente—.

Señor Chambers, ¿vino a ofrecerme un empleo o va a seguir dándole vueltas toda la mañana?

—Llámame Warren —dijo él, y sonrió.

—¿Cuál es el trabajo, Warren?

—¿Conservas tu licencia?

—Clase A. Pagué los cien dólares de la renovación en junio. ¿Cuál es el trabajo?

—Vigilancia matrimonial. Un hombre que quiere saber si su esposa lo está engañando.

—¿Por qué no te ocupas personalmente?

—Me descubrió —confesó Warren.

—Oh, vaya.

—Sí.

—Qué vergüenza para ti —dijo ella—. ¿Quién es el cliente?

—Un hombre llamado Frank Summerville. Socio en el bufete para el que yo trabajo.

—¿Y la dama?

—Leona Summerville.

—¿Cuándo empiezo?

—¿Tienes coche?

—Uno muy bueno.

—¿De qué tipo?

—De los que no se hacen notar.

—Son los mejores.

—Otto usaba un Buick Century azul desteñido.

—Yo uso un Ford gris desteñido.

—Yo un Chevy verde desteñido —dijo Toots.

Warren sacó un sobre del bolsillo interior de la chaqueta. Lo puso en la mesa, lo palmeó, y dijo:

—La dirección y el teléfono de la dama. En caso de que necesites usarlo.

Toots sonrió como si ya tuviera en mente algún uso posible del número de teléfono de Leona Summerville.

—Cinco fotografías de ella —dijo Warren—, una en color, las demás en blanco y negro. Un número de teléfono donde podrás encontrarme, y una casilla para dejar mensajes. Todo eso está en el sobre.

—¿La casilla también está en el sobre? —preguntó Toots con gesto serio.

—No, sabihonda, la casilla está en Mail Boxes, en el Lucy’s Circle. Lo que está en el sobre es la llave. ¿No me preguntas por el sueldo?

—Supongo que será lo mismo que me pagaba Otto.

—¿Y cuánto era eso?

—Cincuenta la hora.

—Buen intento.

—Es lo que me pagaba Otto —dijo Toots, y se encogió de hombros con aire inocente.

—Palabras —dijo Warren.

Toots volvió a encogerse de hombros.

—¿Y cuánto me pagarás tú? —preguntó.

—Ciento sesenta por la jornada de ocho horas.

—Buen intento.

—Eh, vamos, son veinte dólares la hora.

—Sé dividir, gracias. Gracias por el café también —añadió Toots, y se puso de pie—. Fue un placer conocerte.

—Siéntate —ordenó Warren.

—¿Por qué? ¿Para darle la oportunidad de comprar a una drogadicta reformada a precio de esclavo? De ningún modo, señor Chambers.

—Ah, volvemos al señor Chambers, ¿eh?

—Sólo porque ha querido tomarme el pelo.

—Siéntate, ¿quieres?

Ella se sentó.

—¿Cómo te suenan veinticinco la hora? —preguntó él.

—Cuarenta me sonarían mejor —dijo ella.

—Toots —siguió él—, los dos conocemos la tarifa vigente.

—Supongo que sí.

—La tarifa es treinta y cinco la hora.

—Exacto. ¿Por qué me ofreces veinte entonces?

—Porque si siguieras en la coca, te habrías aferrado a lo primero que te ofreciera.

—Lo que significa que no creíste mi palabra, ¿eh?

—No cuando me pediste cincuenta. Cincuenta me hizo pensar en alguien calculando toda la droga que podría comprar con esa pasta.

—No, cincuenta era para mostrarte que no estaba desesperada por el empleo.

—¿Estás desesperada?

—Sí.

Él la miró.

—De veras —aseguró ella.

Él siguió mirándola.

—Necesito el trabajo —dijo ella—. Si quieres pagarme veinte, está bien, lo tomo. Pero eso no significa que aún esté tomando coca.

—Te pagaré treinta y cinco —dijo él—. Más gastos. La tarifa en vigencia.

—Gracias —repuso ella, y asintió.

—¿Quieres más café?

—No, quiero ponerme a trabajar —dijo ella, y tomó el sobre.

El guardia de seguridad en la verja pesaba por lo menos ciento veinte kilos. Llevaba un uniforme marrón y una pistola muy grande asomaba por la funda que le colgaba de la cintura.

—¿Sí? —le preguntó a Matthew.

La palabra sola, sin adornos, bordeaba la grosería.

El hombre tenía orejas despegadas, un bigotito negro, cabello negro aplastado contra el cráneo, y ojos pardos demasiado juntos. Salvo por su tamaño, tenía un lamentable parecido con Adolf Hitler. Las pocas palabras que había pronunciado tenían la sombra de un acento. Matthew supuso que sería talento importado.

—Tengo una cita a las once con la señora Brechtmann —dijo.

—¿Su nombre?

—Matthew Hope.

El guardia apretó un botón.

—¿Señora Brechtmann?

—¿Sí, Karl?

—Un hombre llamado Matthew Hope quiere verla. Dice que tiene una cita a las once.

Dice que tiene una cita.

—Que pase.

—Sí, señora.

Apretó otro botón. La verja empezó a correrse lentamente.

—Siga el camino hasta el fondo —le dijo—. Aparque a la derecha.

Morrie Bloom le había dicho una vez a Matthew que un policía estaba entrenado para pensar que toda persona que infringía una ley era una mala persona. Los buenos contra los malos. Pregúntale a cualquier policía. Pero el problema de este tipo de razonamiento era que no dejaba espacio para diferenciar entre un hombre que había estacionado ilegalmente su coche y un hombre que cometía un asesinato. Esto era lo que provocaba que muchos policías se comportaran como feroces carniceros al enfrentar a un hombre que había excedido en dos kilómetros el máximo de velocidad. El hombre

había quebrantado la ley. Luego, era una mala persona. Luego, podía esperar el mismo tratamiento que merecía un violador de niñas. Y si el sujeto discutía con el policía, si trataba de hacerle entender que no podía tratarse de ese modo a un ciudadano honesto, le pondría las esposas por resistencia al arresto, y después lo arrojaría al asiento trasero de su coche patrulla como una bolsa de basura.

A un policía de tráfico no le lleva más de treinta segundos destruir la imagen del policía como héroe simpático presentada por la televisión, las películas y los cómics.

Treinta segundos.

Morrie decía que los policías deberían pensar eso de vez en cuando.

A este Karl Hitler no le había llevado más de treinta segundos ganarse la antipatía de Matthew, y era apenas un guardia de seguridad.

Matthew asintió con gesto helado, puso la primera, pasó por la verja abierta y entró por el camino del parque. Por el espejo retrovisor, podía ver a Karl de pie en medio del camino, las manos en las caderas, mirando al automóvil que se alejaba.

El camino sinuoso se internaba entre pinos y palmeras.

El sol se reflejaba en la capota del coche.

Se dejaba oír el sonido del oleaje rompiendo contra una ribera invisible desde aquí, y después el aroma inconfundible de sal y mar que entraba con la brisa por las ventanillas bajadas.

Florida.

Matthew sonrió.

Y giró el volante para tomar otra curva del camino.

Súbitamente apareció ante sus ojos la espléndida casa de los Brechtmann.

Se alzaba en magnífico esplendor a unos treinta metros de una gran vista del Golfo, cuyas aguas a esta hora del día soleado pasaban de un verde esmeralda en la playa a un azul cobalto más allá. La mayor parte de la arena del extremo sur del Cayo Fatback había sido barrida por el huracán de septiembre, pero la playa de los Brechtmann se había salvado de la devastación, lo que constituía una prueba más de que los ricos eran diferentes. Según el informe que le había preparado Warren, la mansión de

estilo español se encontraba allí desde algún momento de fines de siglo pasado, cuando Jacob Brechtmann, entonces de veintiocho años, llevó a su esposa Charlotte, de diecisiete, a Calusa, y le ofreció como regalo de bodas la casa y levantó una nueva cervecería algo más pequeña de la que ya tenía en Brooklyn.

La casa había soportado al menos quinientos huracanes desde su construcción, y allí seguía, monumento al parecer permanente a la habilidad de ganar dinero de Jacob Brechtmann y a su propensión expansionista.

Matthew aparcó el Ghia, bajó y caminó hacia la puerta de entrada.

Leona suponía que seguía amando eso en él, su dedicación a la abogacía. Si alguien le dijera a Frank que ya no podría ejercer su profesión, dejaría de existir. La abogacía era su esposa. En su estudio aquí en la casa, los estantes con libros cubrían tres de las paredes. Cientos de libros de materia legal. Había tragaluces encima de los estantes superiores, creando una atmósfera de claustro. La luz solar entraba por esos vidrios. Motas de polvo extraídas de una novela de Dickens flotaban perezosamente en el aire. Leona podía imaginarse a un solemne abogado inglés sentado al macizo escritorio de Frank, leyendo un libraco, y a lo lejos el Big Ben dando la hora. Las once y cuarto. Carpetas de piel negra sobre el pulido sobre de caoba del escritorio. Una lámpara de bronce con pantalla verde. El cuarto de un abogado. El cuarto de su marido cuando estaba en casa. Ella se sentía como una intrusa.

Fue hacia los estantes, buscando un libro.

Los Estatutos de Florida del año pasado.

Él los había traído a casa de la oficina cuando llegaron los nuevos.

Tendría que arreglarse con ellos.

Sacó el volumen del índice del estante, pasó las hojas, encontró la página que buscaba, buscó la línea con el dedo:

APERCIBIMIENTOS…

APREMIOS…

APUESTAS…

APUNTALAMIENTOS…

ARANCELES…

ÁRBOL…

ARCHIVOS…

ARENA…

ARMAS…

Bien.

El índice la remitía al Capítulo 790. Sacó el volumen marcado CAPÍTULOS 561-960. Se sentó al escritorio de Frank y encendió la lámpara. La luz se difundió sobre el sobre del escritorio. Abrió el libro. Al principio pensó que podría tener dificultades.

La subsección 790.05 decía: «Quienquiera que lleve consigo, o tenga en su posesión manual, en cualquier condado de este Estado, cualquier pistola, arma o dispositivo eléctrico, o rifle Winchester u otro rifle de repetición sin tener una licencia…».

¡Maldición, necesitaría una licencia!

«… otorgada por los comisionados condales de los respectivos condados de este Estado será culpable de contravención en segundo grado».

¡Maldición!

¿Cómo era posible?

¿En el estado de Florida?

Siguió leyendo.

Y bajo la subsección 790.25 (Posesión, disponibilidad y uso legal de armas de fuego y otras armas) encontró:

«EXCEPCIONES: Las provisiones de las subsecciones 790.05 y 790.06

no se aplicarán en los siguientes casos y, a pesar del texto de tales subsecciones, será legal para las siguientes personas poseer, disponer y usar armas de fuego y otras armas, munición y repuestos con fines legales…».

Leona contuvo el aliento.

Bajo la larga lista de personas exceptuadas de la necesidad de licencia, encontró al fin:

«Una persona que posea armas en su hogar o en su lugar de trabajo».

Con lo que supuso que cualquier persona en el estado de Florida podía disponer legalmente de un arma.

Y en caso de que esta sección no bastase, concluía con las siguientes palabras:

«INTERPRETACIÓN: Esta disposición deberá ser interpretada liberalmente de tal modo que asegure el derecho constitucional de poseer y conservar armas con fines legales. Esta disposición se considerará suplementaria y adicional a los derechos ya sancionados de portar armas, garantizados por la ley y la decisión de las cortes de Florida, y ninguna interpretación debe obstruir o disminuir ninguno de tales derechos. Esta disposición se impondrá a cualquier ley, ordenanza o reglamentación en conflicto con ella».

La hipocresía de la ley dejó atónita a Leona.

Pero también la hizo feliz.

Porque ahora podía ir a una armería y comprar, sin necesidad de licencia alguna, un arma para matar que en sus manos sería perfectamente legal.

Sophie Brechtmann era una mujer gorda con un audífono que no funcionaba. Se lo quitó de la oreja, lo sacudió. Le dio un golpe al compartimiento de la batería. Devolvió el botón a la oreja, y ajustó el sonido.

—Tiene algo roto —le explicó a Matthew—. Simplemente, tendrá que hablar en voz muy alta.

En su juventud debió de haber sido rubia. Todavía había algunas hebras rubias en su cabello gris. Y debió de haber sido bonita. Nunca hermosa, pero quizá bonita en un sentido familiar y doméstico. Nunca delgada, pero quizá no tan gorda como ahora, tal vez agradablemente rolliza. Quizá todavía subsistía dentro de esta vaca la joven atractiva que había conquistado el corazón de Franz Brechtmann más de medio siglo atrás.

Quizá. Si era así, esa joven ya no era más que una sombra, o más precisamente un matiz, un fantasma. Sólo los penetrantes ojos azules parecían jóvenes. Lo demás (el cuerpo formidable en un severo vestido

negro, los brazos y piernas hinchados, la cara también hinchada, la línea dura de la boca) parecía haber sido siempre viejo.

Matthew buscó la mirada de esos ojos.

Exactamente los ojos de Helen Abbott.

—Pues bien —empezó la mujer—. ¿De qué se trata, señor Hope? Por teléfono, me comentó que yo podía tener información de utilidad para su cliente. Un caso de homicidio, dijo.

—Sí, señora.

Estaban sentados en un rincón soleado de la gran sala de la casa, con las puertas-ventana abiertas a la playa y a la abrumadora vista del Golfo. El día era espléndido. Un día para festejar, pero Sophie Brechtmann iba vestida de luto.

—Debo decirle ante todo —aclaró— que no admiro a los hombres que defienden criminales.

—Mi cliente…

—Especialmente asesinos.

—No habría aceptado el caso si creyera que mi cliente es culpable —

puntualizó Matthew.

—Supongo que todos los abogados de criminales dicen lo mismo.

—Quizá. Sólo que yo lo digo en serio.

—Quizá —dijo Sophie secamente—. Le doy quince minutos para explicarme lo que no me dijo por teléfono.

—Estamos tratando de hallar a una persona que mi cliente vio la mañana del asesinato.

—¿Qué?

—Una persona que mi cliente vio…

—Sí, ¿qué pasa con esa persona?

—Podría ser el asesino.

—Si no lo es su cliente.

—No, mi cliente no lo es —negó Matthew con amabilidad—. Pero aun si esta persona no es el asesino…

—¿Qué?

—Digo que si la persona que vio mi cliente no es el asesino…

—Sí, sí, adelante —le instó Sophie.

—Existe la posibilidad de que haya sido testigo del asesinato. Nos gustaría mucho encontrar…

—¿Y qué tengo que ver yo con eso? —preguntó Sophie, y miró su reloj de pulsera—. Le quedan doce minutos. Y hable alto, que no me llega. Ya le dije que este aparato anda mal.

—Creí que estaba gritando —dijo Matthew.

—¿Qué?

—¡Dije que creía estar gritando!

—Sí, bueno, eso está haciendo —dijo Sophie.

—Señora Brechtmann —siguió él—, hábleme de su nieta y las amistades de ella.

—Oh, entiendo —dijo Sophie, y sacudió la cabeza—. La putita ha vuelto a la superficie, ¿es eso?

—¿Estamos hablando de…?

—Estamos hablando de Helen Abbott —confirmó Sophie—. ¿Qué tiene ella que ver con su cliente?

—Señora Brechtmann, dos de los amigos de su nieta fueron…

—Yo no tengo ninguna nieta —declaró Sophie.

Matthew la miró.

—Helen Abbott me dijo…

—Helen Abbott es una mentirosa y una cazafortunas —soltó Sophie—.

Lo mismo que su padre.

—Su padre está en el hospital —comentó Matthew—. ¿Lo sabía?

—No, pero me alegro de oírlo —dijo Sophie.

—De cualquier modo, Helen Abbott tiene dos amigos…

—La putita.

—… llamados Billy Walker y Arthur Hurley…

—Sí, hablé con Hurley por teléfono.

—Es lo que ella me dijo.

—¿Le dijo sobre qué hablamos?

—Creí entender que fue sobre dinero. Ella dijo algo acerca de que usted podría aceptar su precio…

—¡Eso que ni lo sueñe!

—… y le haría un cheque…

—¡Antes me asaría en el infierno! Helen Abbott es una mentirosa.

—¿En qué ha mentido, señora Brechtmann?

—Para empezar, al decir que es mi nieta.

—¿Y usted niega que lo sea?

—¡Por supuesto que lo niego! Tengo una sola hija, señor Hope, mi hija Elise. Elise nunca se casó y por cierto nunca tuvo un hijo.

—¿Entonces por qué esta Helen Abbott…?

—Señor Hope, preferiría no entrar en un tema que durante el último mes y algo más nos ha traído los mayores disgustos a mí y a mi hija —miró su reloj de pulsera—. Todavía le quedan nueve minutos. Listed me dijo por teléfono que yo podría ayudar a su cliente. El taxímetro está funcionando.

Hable.

—¿Usted o su hija conocen a alguien llamado Jonathan Parrish?

—¿Parrish? No.

—¿Tiene alguna idea de por qué Arthur Hurley y su amigo pudieron estar vigilando la casa de Parrish?

—No. Mi único contacto con Hurley fue por teléfono.

—Billy Walker hizo referencia a unas fotografías. ¿Usted…? —

¿Fotografías?

—Sí.

—¿Qué clase de fotografías?

—No tengo idea. Se lo pregunto a usted.

—¿Qué pasa con esas fotografías?

—Dijo que sabía que traerían problemas.

—¿Las fotografías?

—Sí. ¿Sabe a qué pudo referirse?

—No. ¿Fotografías? No.

—Señora Brechtmann.

—Le quedan siete minutos.

—¿Pero quién está llevando la cuenta? —preguntó Matthew, y sonrió.

—Yo —respondió Sophie.

—Señora Brechtmann, sé que no quiere hablar de Helen Abbott, pero…

—Es cierto, no quiero.

—Lo comprendo. Pero sé que el padre de ella vino a verla a usted en algún momento de diciembre, poco antes de Navidad…

—Es cierto.

—E incluso la misma Helen vino también el mes pasado.

—Sí, la putita.

—Y le agradecería mucho que me hablara sobre esas visitas… —No.

—… porque estoy defendiendo a un hombre inocente…

—He dicho que no.

—… que podría ir a la silla eléctrica si no puedo probar… —Señor Hope, admiro su tenacidad, pero…

—Señora Brechtmann, si estas visitas están conectadas, aunque sea remotamente, con el caso que tengo entre manos…

—No veo cómo podrían estarlo.

—Por favor —rogó Matthew.

Ella lo miró.

—No malgaste mi tiempo —pidió él.

Ella miró su reloj.

—Cinco minutos, es todo lo que queda —dijo.

Matthew sonrió:

—Entonces, adelante.

—Fue poco antes de Navidad —empezó ella—. El año pasado. Poco antes de Navidad…

El hombre se presenta como Charles Abbott. Le dice al guardia de seguridad en la entrada que desea ver a Sophie Brechtmann por un asunto de cierta urgencia. Sophie recuerda el nombre del pasado distante, veinte años atrás o más, el joven chófer empleado por su marido. Inglés, si no recuerda mal. Un joven apuesto. Recuerda vagamente el cabello rubio y los ojos azules. Le dice a Karl que lo haga pasar.

Charles Abbott entra en la casa. La sala da al mar. El sol brilla, ese día 19 de diciembre. No parece época de fiestas aquí en Calusa. Nunca lo parece. Sophie todavía recuerda las Navidades en Nueva York. La nieve. El frío cortante. Aquí en Calusa, aunque en la sala está la decoración navideña (un inmenso árbol en el rincón, las guirnaldas en la pared frente a la chimenea y en la baranda de la escalera que lleva a los pisos superiores de

la casa) uno sólo es consciente del sol y el mar. No, esto no es Navidad. No para Sophie, y quizá no para Abbott, que pasó los primeros dieciocho años de su vida en Inglaterra.

Ha cambiado en estos… ¿cuántos años han pasado?

Él le recuerda que dejó su empleo aquí hace diecinueve años. Bueno, un poco más. Diecinueve años y cuatro meses, para ser exacto, ¿no lo recuerda? Sonríe al decirlo. De pronto, Sophie se siente incómoda.

Supone que el hombre está cerca de los cincuenta años, y sigue siendo apuesto, aunque en un estilo ya algo descuidado. El paso de los años no ha sido benévolo con él. Se le ve demasiado delgado. El cabello rubio no es tan brillante como lo era en su juventud. Sus ojos azules parecen opacos. Se ha dejado un bigote lánguido, que se tuerce con un cierto gesto canalla cuando sonríe. La sonrisa sigue incomodando a Sophie. ¿Por qué estará sonriendo de ese modo? ¿Qué busca aquí en la casa Brechtmann este antiguo empleado?

Dice que ha venido por su hija.

Helen.

—No sabía que tuvieras una hija, Charles —comenta Sophie con amabilidad.

—Vamos… —dice él.

Ella lo mira.

—¿Perdón? —pregunta ella.

—¿Cómo está Elise? —pregunta él.

El uso informal del nombre de pila de su hija irrita a Sophie todavía más. Y estira la mano hacia el botón del intercomunicador cuando Abbott añade:

—Quiero un millón de dólares, señora Brechtmann.

Ella lo mira parpadeando, atónita.

—Para no hablar acerca de la hija de la Niña de Oro —le dice él.

—No sé de qué está hablando —dice Sophie.

—Sí sabe de qué estoy hablando —le contradice Abbott—. ¡Estoy hablando de la hija de Elise! Estoy hablando de Helen, su nieta, señora Brechtmann. Quiero un millón de dólares, señora Brechtmann.

—Sí, ya lo oí —contesta Sophie.

—No, no creo que haya oído —dice Abbott—. ¿Quiere conservar pura su cabeza, señora Brechtmann? ¿O quiere que todos esos bebedores de cerveza se enteren de que su querida Niña de Oro se dejó embarazar por el chófer?

—Esto es absurdo —exclama Sophie, e inmediatamente aprieta el botón del intercomunicador.

—¿Sí, señora Brechtmann?

La voz de Karl.

—¡Karl, venga a la casa de inmediato!

Matthew esperaba.

Sophie Brechtmann se había quedado en silencio.

Afuera, el mar brillaba bajo el sol.

—La historia no tiene ningún fundamento —declaró la mujer—. Es algo que se ha inventado. Elise era una niña cuando él empezó a trabajar aquí, no tendría más de dieciséis o diecisiete años cuando él se fue, ¿puede imaginarse el descaro del tipo? Inventar una historia tan ridícula. Volver con un torpe intento de chantaje después de todos esos años… Hice que Karl lo echara como el perro vagabundo que era.

—Pero eso no fue el fin del asunto —dijo Matthew.

—No. La hija vino a verme. Su hija. Su putita. Helen. Astilla de tal palo.

—¿En qué sentido?

—Trató de ordeñarme, lo mismo que su padre.

—¿Eso ocurrió el mes pasado?

—Sí.

—¿Recuerda la fecha exacta?

—Sí. El 11. Un jueves.

Dos días antes del asesinato de Parrish, pensó Matthew.

Hay un fuego encendido en la chimenea de la sala cuando entra Helen Abbott. Sophie la ha dejado entrar más por curiosidad que por otra cosa.

Quiere ver qué aspecto tiene esta putita descarada. Lo que ve se parece mucho a su padre. Cabello rubio y ojos azules. La imagen exacta de su padre. Las lágrimas le llenan los ojos.

—Oh, abuela —dice, y cae de rodillas delante de Sophie.

Se aferra a la falda negra de Sophie. Está representando una adaptación barata de Anastasia, pero Sophie ya ha conocido y expulsado al perro que ideó esta pequeña jugarreta, y no se ablanda más ante la hija que ante el padre.

—Te quiero, abuela —dice la joven sollozando.

—¡Si ni siquiera me conoces! —exclama Sophie.

—Quiero conocerte. A ti y a mi madre. Por favor, hazla venir…

—No tienes ninguna madre aquí.

—Abuela, por favor…

—Tampoco tienes abuela.

—No me importa el dinero…

—¿Entonces por qué estás aquí?

—El dinero fue idea de papá. Yo, todo lo que quiero…

—Quieres lo mismo que quería él, ladronzuela.

—Te juro…

—Podrías jurarme que nunca volverás a pisar esta casa…

—Abuela…

—Porque la próxima vez no te dejaré entrar, ¿me oyes?

—Quiero ver a mi madre.

—¡Mentirosa, mentirosa!

—Puedo probar que es mi madre.

—Jamás podrías probar semejante falsedad.

—Tengo pruebas. La próxima vez que venga…

—No habrá próxima vez.

—En cuanto tenga las pruebas…

—Fuera. Ya.

—¡Quiero mi parte! —grita Helen.

—Ah —dice Sophie, y asiente con la cabeza—. Ya veo.

—¡Maldita seas! ¡Quiero lo que es mío!

—Sí, sí, muéstrame tu verdadera cara, ladrona. «El dinero fue idea de papá» —repite, imitándola—. «Yo, todo lo que quiero…».

—¡Lo que quiero es un millón de dólares, vaca maldita! —grita Helen

—. Será mejor que prepares el talonario. Porque la próxima vez que venga aquí…

—¿Tendré que hacerte expulsar, lo mismo que a tu…?

—Ya tendrás noticias mías —le corta Helen, le da la espalda y sale.

Silencio.

Matthew esperó.

El silencio se prolongó.

En el mar, de pronto se hizo visible un velero. Velas rojas y azules. Por un instante fugaz, Matthew deseó estar en esa embarcación. Con viento en el cabello. Todo limpio y fresco allí en mar abierto. Aquí en la casa…

—El paso siguiente fue la llamada telefónica de Arthur Hurley —

continuó Sophie—. La misma canción. Dijo que tenían pruebas. Que querían un millón de dólares. Y colgó.

—¿Y eso fue lo último que supo de ellos?

—Bueno, por supuesto. Lo que afirman es enteramente falso. Ellos mismos lo saben, y lo que es más, saben que yo lo sé.

Sophie Brechtmann miró su reloj de pulsera.

—Su tiempo ya ha terminado —dijo—. Buenos días, señor Hope.

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