La casa que construyo Jack
Capítulo 11
Ésta es la casa que construyó Jack…
Warren estaba atónito.
—¿Han hecho qué? —le preguntó por teléfono.
Toots le volvió a hablar de los micrófonos que había puesto en la casa de los Summerville y en el automóvil de Leona. Parecía muy orgullosa de sí misma.
—No volverás a meterte en esa casa —dijo Warren.
—Tengo que volver. El magnetófono…
—No me importa si ese aparato se pudre en su escondrijo, tú no volverás a meterte en esa casa, ¿me entiendes?
Hubo un largo silencio en la línea.
—Gruñe si me has oído —dijo Warren.
Estaba muy cansado. Nunca podría entender por qué una tormenta de nieve en Denver podía causar demoras en Nueva York. Simplemente no lo entendía. Si un avión no podía volar a causa de la nieve en Colorado, ¿en qué afectaba eso a un vuelo que iba de Nueva York a Tampa? ¿Acaso la compañía aérea tenía un solo avión? ¿Usaban el mismo avión para todos los vuelos? En cuyo caso, una nevada en las Rocosas naturalmente provocaría una demora de tres horas en los aeropuertos de la costa este.
Warren había llegado a Tampa a las dos de la mañana.
Y el taxi había tardado una hora y media más en llegar a Calusa.
A las cuatro menos cuarto llamó a Matthew y le despertó para contarle lo que había obtenido de Lucy Strong. Matthew se mostró complacido de que Warren lo llamara a esa hora de la madrugada. Se lo agradeció profusamente. Después llamó a Toots, a quien no le gustaba que la
despertaran a las cuatro menos diez de la mañana. Quizá fue por eso que le dijo inmediatamente que se había introducido en la casa de los Summerville y había puesto unos pocos cientos de micrófonos aquí y allá.
Esperó.
—¿Toots? —dijo.
—Sí.
Con acento petulante.
—¿Has oído lo que te he dicho?
—Pensé que te complacería —contestó ella.
—No, no me complace —dijo él—. No volverás a buscar esas cintas.
—Esas cintas pueden decirnos quién es el doctor. Nos ahorrarían el trabajo de…
—¿Qué doctor?
—Anoche se fue en un coche con placa de médico. Un Corvette negro.
Fueron a un motel llamado CaluSara, y pasaron casi media hora dentro.
—Placa de médico, ¿eh?
—Sí.
—¿Anotaste el número?
—Por supuesto.
—Dámelo. Haré que uno de mis amigos policías lo pase por la computadora. ¿Viste el registro del motel?
—¿Cómo quieres que lo viera?
—Alguna vez te lo enseñaré. Porque quizás este doctor es Wade Livingston, ¿eh? Aunque estoy seguro de que no se registró con su nombre.
—¿Quién es Wade Livingston?
—Un ginecólogo-obstetra con consultorio en el Edificio Profesional Bayou, en el 837 oeste del Boulevard Bayou. Leona fue a visitarle el lunes.
—¿Consulta en moteles? —preguntó Toots.
Warren se rió.
—Pero hoy es viernes —añadió—. Y es…
—Doce de febrero —dijo Toots.
—Exacto. El cumpleaños de Lincoln, así es.
—Una hora muy temprana para el cumpleaños de Lincoln, de hecho —
dijo Toots.
—Sea como sea —continuó Warren—, los viernes la señora tiene una clase de gimnasia en The Body Works en Magnolia, a dos manzanas al oeste del restaurante Cockatoo en la carretera 41. Por favor, ve allí.
—Tenía planeado esperarla en la puerta de su casa a las ocho.
—Perfecto.
—Lo planeé antes de recibir tu llamada a las cuatro de la mañana.
—Son las cuatro menos cinco —puntualizó él.
—Mejor todavía —dijo ella, y colgó.
A las diez de esa mañana de domingo, Matthew volvió a la casa de las Brechtmann. Del mar subía una ligera niebla que hacía que la casa no pareciera asentada sobre la tierra sino más bien en la niebla misma, nubosa, efímera.
El guardia de seguridad en la entrada reconoció a Matthew.
Karl Hitler. Orejas despegadas, bigotito negro, cabello negro aplastado, ojos pardos ubicados muy cerca uno del otro.
—Sí, señor —dijo—, ¿en qué puedo ayudarle?
La cortesía en él sonaba como un sarcasmo.
—¿Querría decirle a la señorita Brechtmann que Matthew Hope ha venido a verla?
—Por supuesto.
Siempre sarcástico.
Apretó el botón del intercomunicador.
—¿Sí?
La voz de la vieja. Sophie Brechtmann.
—Señora Brechtmann, está aquí un tal Matthew Hope que viene a ver a su hija, señora.
—La señorita Brechtmann ya ha salido hacia la planta.
—¿Señora Brechtmann? —dijo Matthew al intercomunicador.
Silencio.
—¿Señora Brechtmann? —repitió.
—¿Sí, señor Hope?
—Señora Brechtmann, tenía una cita con su hija ayer por la tarde, pero…
—Los asuntos de mi hija no son cosa mía —le cortó Sophie—. No está aquí, señor Hope. Se ha ido a la planta poco después de las…
—He llamado a la planta antes de venir aquí, señora Brechtmann. Me han dicho que su hija no iría hoy.
Silencio.
—¿Señora Brechtmann?
—¿Sí?
—Querría hablar con su hija.
—Buenos días, señor Hope.
Un clic.
—Se terminó, amigo —dijo Karl.
—Volveré —respondió Matthew.
A las once menos veinte de ese viernes por la mañana, Leona hizo una llamada desde el teléfono del dormitorio principal. No sabía que había un transmisor de FM debajo de la mesita de noche, a menos de un metro de donde estaba sentada al borde de la cama. A esa hora las baterías ya estaban extremadamente débiles, pero debía de quedar la suficiente energía como para activar el magnetófono oculto en el armario del mismo dormitorio; los rollos comenzaron a girar en el momento en que ella empezó a hablar.
—Con el doctor Livingston, por favor —dijo.
Una pausa.
—La señora Summerville.
Otra pausa.
—Wade, soy yo.
Esta única frase habría bastado en un juicio para convencer a un jurado de que Leona Summerville y el doctor Livingston mantenían una relación íntima.
—Wade, ¿lo has pensado…?
Un largo silencio. Después:
—Perdona, Wade, pero…
Otro silencio.
—Sí, Wade.
Silencio.
—Wade, tengo que volver a verte. Lo sé, pero…, eh… Sí. Pero tengo que hablarte. Sí. Wade…, sí. Wade, iré al mediodía. Cuando tu enfermera salga a almorzar. Estaré esperando fuera. Wade, todo lo que tienes que…, no, Wade, por favor, ¡no! Si cuelgas volveré a llamar. Escúchame, ¿de acuerdo? Por favor, escucha. Estaré en el coche frente al consultorio, todo lo que tienes que hacer es bajar al… Sólo quiero hablarte. Diez minutos.
¿Puedes darme diez minutos? Es todo lo que te pido, diez minutos. Gracias, Wade. Muchas gracias, querido. Te veré poco después de las doce. Gracias.
Y, Wade…
Silencio.
—¿Wade?
Más silencio.
Leona colgó el auricular.
A las once en punto de esa mañana, un Sedán sin placas perteneciente al departamento de policía de Calusa entró por la verja de la mansión Brechtmann. El policía Morris Bloom conducía el automóvil. Matthew Hope iba sentado a su lado.
El guardia de seguridad miró la chapa del Bloom.
—Dígale a Elise Brechtmann que está aquí la policía.
Karl fue al intercomunicador.
Respondió Sophie Brechtmann.
—Que pase —dijo.
Madre e hija esperaban en la sala.
Charles Abbott había descrito a Elise Brechtmann como una mujer hermosa.
Su descripción era casi exacta…, pero no del todo.
Elise tenía poco menos de cuarenta años, llevaba el pelo rubio con un corte virtualmente varonil que acentuaba sus pómulos altos y sus ojos intensamente verdes y luminosos. La boca de labios gruesos parecía
perpetuamente fruncida en un beso, lo que le daba un matiz de sexualidad turbulenta a un rostro sólo alterado por la nariz subversiva. A pesar de sus ancestros alemanes, la nariz podría haber sido la de un indígena americano, un poco demasiado larga para el rostro, con borde afilado de tomahawk que destruía la imagen de una belleza por lo demás perfecta. Matthew advirtió que era la misma nariz que impartía un sentimiento de obstinada fuerza al rostro del abuelo, Jacob Brechtmann, cuyo retrato los miraba con severidad desde encima de la chimenea.
—Lamento no haberle podido ver ayer —se excusó ella.
—Sí, yo también —dijo Matthew.
—Entiendo —añadió ella, y sonrió—. Pero creo, señor Hope, que una cita incumplida no es algo tan grave como para llamar a la policía.
Los ojos le brillaban. Estaba bromeando. Pero no había nada de gracioso en la visita de Matthew.
—Señorita Brechtmann —dijo—, me pregunto si no le molestará responder a unas pocas preguntas que le haremos el policía Bloom y yo.
—¿Tiene que ver con el caso Parrish? Mamá me dijo que usted había estado el otro…
—Sí, tiene que ver con el caso Parrish —asintió Matthew—. ¿Usted lo conocía?
—¿A quién? ¿A su cliente?
—No. A la víctima. Jonathan Parrish.
—No.
—No lo conocía —dijo Matthew.
—No lo conocía.
Matthew miró a Bloom.
—Señorita Brechtmann —dijo Bloom—, según lo que el señor Hope me ha explicado, parece razonable creer que usted sí conocía a Jonathan Parrish.
—¿Sí?
La boca fruncida formaba esa palabra solitaria.
—Sí —dijo Bloom.
—¿Y qué es lo que le dijo el señor Hope?
—Señorita Brechtmann —siguió Matthew—, hablé con un hombre llamado Anthony Holden… ¿A él sí lo conoce?
—El afirma que el motivo por el que usted lo despidió…
—¡Lo despedí porque era un ladrón!
—Según él, no.
—¡Era un ladrón! Cobraba precios suplementarios a nuestros proveedores de malta. Estaba robando, señor Hope. Por eso lo despedí.
—¿Tenía pruebas de ese robo?
—¡Por supuesto que tenía pruebas!
—¿Entonces por qué llegó a un acuerdo extrajudicial? Si Holden era en realidad un ladrón, no habría sido calumnia el llamarlo ladrón.
—Por supuesto, ¿se cree que no sabía eso? Pero ¿qué habría significado para la firma Brechtmann una prolongada batalla legal? Nuestro negocio es producir cerveza, señor Hope, no titulares sensacionalistas. Le pagué para que nos dejara en paz. Y pensé que valía la pena.
—El arreglo fue por quinientos mil dólares, ¿es así?
—Sí.
—Exactamente lo mismo que le pagaron a Charles Abbott —dijo Matthew.
—Oh, cielos —exclamó Sophie—, ya vuelve a salir a la luz ese perro sarnoso.
—Me temo que sí —dijo Matthew.
—Joven, usted ya sabe que yo me negué a darle un solo centavo al señor Abbott.
—Sí, lo hizo expulsar de la casa.
—Sí. Y ahora usted viene, y me dice…
—Estoy hablando de 1969 —dijo Matthew—. El dinero que usted le dio en 1969. Medio millón de dólares.
—¿Eso es lo que le ha contado? —preguntó Elise—. Que le dimos…
—Sí.
—Miente. ¿Por qué íbamos a darle…?
—Para librarse de él —dijo Matthew.
—¡No sea absurdo!
—Y llevarse a la niña.
—¿Qué niña?
—Su hija —repuso Matthew—. Helen Abbott.
—No tengo ninguna hija —negó Elise.
—Señorita Brechtmann —dijo Bloom—. Aquí tenemos…
—Fuera de aquí —les ordenó—, los dos. No tienen ningún derecho a invadir nuestra intimidad. No tienen derecho a venir aquí y…
—Señorita Brechtmann —volvió a decir Bloom—, aquí tengo una orden judicial que me autoriza a…
—¿Una qué?
—Una orden de registro, señora. Le agradecería a su hija que la leyera.
La orden me autoriza…
—Ella no leerá nada —le atajó Sophie—. Lo que hará usted será salir de esta casa ahora mismo.
—No, señora, no lo haré —dijo Bloom, y le tendió la orden—. Esto ha sido firmado por un juez, y me autoriza a…
—Entonces no le molestará si llamo a mi abogado —dijo Sophie y extendió una mano hacia el teléfono.
—Puede llamar al procurador general si quiere —añadió Bloom—, pero eso no me impedirá registrar este edificio.
—¿Buscando qué? ¿Qué diablos busca aquí, señor Bloom?
—Dos cosas —respondió, y una vez más le ofreció la orden a Elise—.
Si se molesta en leer esta…
—¡No toques ese papel! —gritó Sophie—. ¡Fuera de esta casa, señor Bloom! ¡Y llévese a ese picapleitos con usted!
—Está bien —accedió Elise de pronto.
Su voz sonaba hueca. Los ojos, vacíos.
—Elise —dijo la madre.
—Déme esa orden.
—¡Elise!
—Démela, por favor.
Ella le tendió la mano.
Bloom le puso en ella la orden.
La abrió y comenzó a leer en silencio.
Alzó la vista.
—Un revólver Smith and Wesson calibre 38 —dijo.
—Sí, señorita. Es el calibre y la marca del arma con la que mataron a un oficial de policía llamado Charles Macklin el miércoles por la noche.
—¿Y usted cree que ese arma se encuentra en esta casa?
—Pensamos que puede estar aquí, sí.
—¿Y esas fotografías?
—También, señorita.
—¿Piensa que pueden estar aquí también?
—Sí, señorita.
—Fotografías de una criatura con su madre, dice la orden.
Su voz se quebró en la palabra «madre».
—Sí, señorita.
—Fotografías mías y del bebé, dice la orden.
—De una niña recién nacida llamada Helen Abbott —aclaró Bloom—.
Con un brazalete de cuentas en la muñeca. Cuentas que formaban su nombre.
Elise miró a su madre.
—Lo saben —dijo.
Había lágrimas en sus ojos.
De un estante del estudio de Frank, Leona sacó el ejemplar de Corbin sobre Contratos.
Detrás, donde lo había escondido, estaba el Colt Cobra calibre 22.
Lo cogió, se volvió y puso el revólver sobre el escritorio de Frank.
Devolvió el libro al estante. Se inclinó frente al Diccionario Legal de Black.
Cogió dos volúmenes, buscó la caja de balas que había puesto detrás, y la dejó también sobre el escritorio. Devolvió los volúmenes a su lugar. Un lugar para cada cosa, y cada cosa en su lugar. Firmado: Aristóteles. O
alguien por el estilo.
Sonrió.
Se sentó en el sillón giratorio de Frank, y cargó el revólver como le había enseñado a hacerlo el hombre regordete del negocio de venta de armas, Bobby Newkes. Simpático hombrecito que lo sabía todo sobre armas
mortíferas. Una bala cada vez. Fácil y sin problemas. Los disparos se exprimen, le había dicho. No apriete el gatillo, expríiiiimalo muy suavemente.
Puso el cilindro en su lugar.
Metió el revólver en su bolso:
Y miró el reloj de la pared.
Las doce menos veinte.
Inhaló profundamente y se dirigió hacia su automóvil.
Las mujeres se lo estaban explicando todo a Matthew y a Bloom.
Trataban de explicarlo.
—Después de la llamada de Hurley —dijo Sophie—, comprendí que de nuevo teníamos problemas. La visita de Abbott a la casa no había significado una amenaza grave. De hecho, no esperaba volver a oír hablar de él después de su… accidente.
—Pero entonces apareció Helen —dijo Elise.
—Sí. Helen.
Las dos mujeres se miraron.
—Debo admitir… —empezó a decir Sophie, y sacudió la cabeza suspirando.
—Sí —afirmó Elise, y suspiró ella también.
—El parecido —siguió Sophie.
—Sí.
—Tu cabello, tus ojos.
—Pero azules.
—Pero tus ojos, exactos.
Las dos mujeres suspiraron.
—Estuvimos a punto…
—Pero ustedes comprenderán…
—Si lo que habíamos hecho entonces tenía algún sentido…
—Proteger el nombre…
—Asegurarnos de que el nombre no fuera manchado…
Sophie volvió a suspirar.
—Renunciar a una… una nieta… no fue fácil —dijo.
—A una hija —recalcó Elise.
La palabra pareció resonar en el alto salón.
—Pero, deben entenderlo —dijo Sophie—, yo sabía que si mi marido se hubiera enterado de esto…, si no se lo hubiéramos ocultado a Franz; bueno…, él los habría matado a los dos. Primero a ese perro rastrero, Charles, y después a Elise. Sí. Creo que habría matado a su propia hija. Por deshonrar la casa.
—Por manchar el apellido Brechtmann.
—Un nombre que era símbolo de calidad y honestidad.
Las dos mujeres se quedaron en silencio.
En la sala, con la niebla marina agolpándose contra las puertas-ventana como una multitud de fantasmas mudos del pasado, parecían dudar ahora de la prudencia de lo que habían hecho casi dos décadas atrás… y de lo que ahora se veían obligadas a hacer para proteger aquella antigua decisión.
—Teníamos que sacarlos de nuestras vidas —dijo Sophie—: A Abbott y a la niña. Para proteger a Elise… y proteger también la casa.
—¿La casa? —dijo Matthew.
—La firma Brechtmann —dijo Sophie.
Matthew asintió.
Sophie volvió a suspirar.
—Y aun así —dijo—, cuando ella volvió, hecha una mujer, embarazada… Dios santo, embarazada como lo había estado mi hija tanto tiempo atrás…
—Mamá, por favor…
—… oh, cielo santo, llamándome abuela…
Sophie se cubrió la cara con las manos.
—Pero de todos modos… —dijo Elise.
—Sí, sí, por supuesto —asintió Sophie, como si su hija le estuviera explicando algo a ella y no a Matthew y a Bloom.
—Si lo que hicimos entonces debía servir de algo ahora…
—Sí —dijo Sophie exhalando la palabra.
—Si proteger la casa había sido tan importante entonces…
—Era más importante ahora.
—¿Cómo podíamos reconocerla?
—¿A una bastarda?
Sophie sacudió la cabeza.
—Le pedí que se marchara. Le dije que aquí no tenía ni una madre ni una abuela. Le dije que no volviera nunca. Aseguró que tenía pruebas. Yo sabía que no había pruebas. La eché.
Se oía el tic tac del reloj sobre la chimenea.
Encima de la chimenea, Jacob Brechtmann los miraba severamente desde el retrato.
—Entonces llamó Hurley —dijo Elise.
—Y nos dijo que lo sabía todo sobre las fotos.
—Por eso fui a ver a Jonathan…
Jonathan…
Jonathan…
Todavía no ha amanecido en esa mañana del 13 de enero.
Elise todavía no sabe cómo afrontará ese encuentro; han pasado tantos años, demasiados. Va vestida para la lluvia: pantalones negros y jersey negro, un impermeable negro y un sombrero blando negro que le da un aire a Greta Garbo. Y como además hace frío, lleva también guantes de cuero negros.
Aparca su automóvil en Pelican Reef y empieza a caminar por la playa hacia la casa. En el trayecto, ensaya lo que le dirá. No le agrada tener que ir a verlo de este modo, a pedirle un favor, a rogarle, especialmente después del modo en que él la trató la última vez, cuando todo lo que ella pretendía era protegerlo.
Porque…
Porque entonces, aun cuando Jonathan era lo que era, había momentos en que ella sucumbía al sueño de lo que podía haber sido. Si sólo… Si no hubiera sido homosexual… Pero lo era. Si no le hubiera dicho que la relación entre ellos no tenía futuro… Pero se lo había dicho. Y después venía la autocompasión: si no lo hubiera conocido, si no se hubiera ido a la cama con él…
La lluvia estimula los recuerdos.
El susurro del mar contra la playa lo revive todo.
El tiempo no significa nada en la escena de su mente. ¿Qué sentido puede tener el tiempo, cuando es capaz de detenerlo con tanta facilidad, o hacerlo volver atrás? Puede elegir cualquier escena, cualquier imagen, y ponerla en orden o alterarla por completo. Puede elegir cualquier recuerdo, pero sólo por un instante; la mayoría de sus recuerdos son dolorosos. Para Elise, el tiempo no tiene otro sentido que el de precisar su dolor.
El título de la película es Mi vida con Jonathan.
Una pequeña película barata.
La escena muestra una lujosa casa de playa en Florida.
Un título sobreimpreso anuncia la fecha: NOVIEMBRE, 1968.
Es una noche gloriosamente templada. Linternas japonesas en la terraza, una banda tocando melodías de los Beatles. Elise tiene dieciséis años y asiste a la fiesta de cumpleaños de su amiga Marcia Nathanson, que acaba de cumplir diecisiete.
El chico que viene caminando por la terraza es la cosa más hermosa que ella haya visto en su vida. Largo cabello rubio y centelleantes ojos azules.
El cuerpo de un bailarín, los movimientos de un bailarín. Descalzo. Con vaqueros y una camiseta blanca. Los otros chicos de la fiesta llevan traje y corbata. Jonathan Parrish ha caído de otro planeta.
Absorta en sí misma, la maldición de la adolescencia, Elise inmediatamente lo piensa como parte de ella misma, el socio perfecto, el compañero ideal, rubio y rubia, blanco y más blanca, ¡juntos pueden deslumbrar! Ella capturará a este maravilloso ser extraño y lo tendrá en una jaula. Domará a este salvaje y espléndido extraterrestre y lo hará suyo.
Confiada en su propia belleza, audaz por su sexualidad que nace, se adhiere como un súcubo a este extraño de veinte años que ha venido no de otra galaxia sino sólo de Indiana.
Cuando la noche termina, ella está en sus brazos en la playa.
El insiste en que ella use sólo la boca.
Pero ella no sospecha nada.
Dos semanas después, en la casa que él tiene alquilada en Fatback Key, ella lo convence de que la penetre, y le entrega su virginidad.
Sigue sin sospechar nada.
Por la noche, le susurra:
—Te amo.
Y por el momento no advierte de qué manera lo perturban estas palabras.
Mi vida con Jonatham
Un film de Elise Brechtmann
Presenta, por orden de aparición a:
*ELISE BRECHTMANN*
*JONATHAN PARRISH*
Y, en el papel de Charles Abbott:
*CHARLES ABBOTT*
A Abbott va a verlo por primera vez a finales de diciembre.
Deliberadamente le va a buscar a su cuarto encima del garaje. Sube con lágrimas y furia. Sube a vengarse. Porque menos de una hora antes, Jonathan Parrish le ha dicho que es homosexual, que es gay, que es una mariposa, que no quiere saber nada más de ella. Todo este episodio con ella (él lo llama un episodio, llama episodio a lo que compartieron juntos), todo este episodio fue sólo un experimento, algo que él se debía a sí mismo, algo que tenía que probarse. ¿Probar? ¿Probar qué? Bueno, que las chicas…, las mujeres…, las hembras no pueden satisfacerlo.
Por eso ella está aquí, en el cuarto sobre el garaje…
Título sobreimpreso: DICIEMBRE, 1968.
… para hacer el amor con un extraño. En retribución por la súbita despedida de Jonathan. Está llorando, furiosa y avergonzada, dispuesta a hacer el amor… no, no el amor. Seguramente no el amor. Nunca más la bella Elise Brechtmann, estrella de esta tediosa película barata, volverá a amar a ningún hombre. Está aquí por una cuestión física. Para que el chófer la satisfaga. Un empleado de su padre. Un sirviente. Llora sobre el hombro de ese hombre.
Un avance rápido.
Pasa por encima de los meses fastidiosos de su embarazo y al parto doloroso. Pero el dolor no importa. Se ha habituado al dolor desde que Jonathan cerró la puerta a su sueño, el sueño que, sin embargo, sigue firme
en su mente, despierta o dormida, el sueño de esas dos personas hermosas avanzando como en una danza por la vida, el sueño que nunca se hará realidad, pues a él nunca lo satisfará una chica, una mujer, una hembra,
¿entiendes?
Por lo que comprensiblemente la sorprende (la cámara toma brevemente un primer plano de su rostro atónito) que unos pocos días después de haber dado a luz, quien se presenta en el hospital es el chico de Indiana en persona. Recién llegado de las festividades de Woodstock, lleva el pelo rubio largo y una larga barba rubia, plumas y collares, ¡oh, cómo palpita el corazón de la niña!
Dice que quiere hacerle fotos a ella y al bebé.
Ha hecho por lo menos una docena de fotos cuando entra la enfermera y le pide que deje de hacerlo.
El besa a Elise en una mejilla cuando se marcha una hora después.
Un beso de hermano.
Le promete enviarle copias de las fotos.
Y se marcha.
Ella está llorando otra vez. El dolor, el dolor.
Él nunca le manda las copias.
Ella no vuelve a verlo hasta…
Título sobreimpreso: OCTUBRE, 1981.
Doce años después. Doce largos años, amigos.
Un montaje de tomas.
En el primer plano, Jonathan Parrish en la playa de Whisper Key. Al fondo, la casa que su hermano le ha comprado. Jonathan Parrish ha vuelto, con sus viejos trucos, ha ingresado en la creciente comunidad gay de Calusa, discretamente por cierto, pero no tan discretamente como para ocultar sus escapadas de la perspicaz Elise Brechtmann, la autora, directora y estrella de esta película barata. Elise sigue alimentando su sueño, ¿saben?, sigue viviendo en la tierra de Lo Que Pudo Ser. A veces le parece que lo que define su vida es la pérdida. La pérdida de Jonathan, la pérdida del bebé, la pérdida de su padre. Pérdida y dolor, ésta es una película para sacar los pañuelos, amigos.
Cuando descubre que Jonathan mantiene un romance con el descarado homosexual que es el agente de compras de la firma Brechtmann, ella decide ponerle fin de inmediato. Para proteger a Jonathan, por supuesto.
Porque ella sabe qué clase de hombre es Holden, lo sabe todo sobre su tenebroso pasado, sobre las hordas de jóvenes que usan y abusan de él. De hecho, lo habría despedido mucho tiempo atrás de no haber sido por una política empresarial iniciada por su padre, que consistía en garantizar el puesto a empleados con una antigüedad de quince años o más. Pero ésa garantía no se aplica a ladrones. De modo que Elise inventa la historia de que él le ha estado robando a la compañía, y llega al punto de falsificar documentos que muestran que él ha recibido comisiones, y por eso se queda perpleja (otro primer plano de su cara, los ojos verdes muy abiertos, la boca abierta también) cuando Holden le pone un juicio por calumnia y difamación.
Más tarde se entera de que el juicio le fue sugerido a Holden por adivinen quién.
(Primer plano de Jonathan Parrish sonriéndole a la cámara, apuntándose con el dedo a sí mismo. En la otra mano sostiene un bastón que se parece notablemente a un falo).
Ella lo arregla extrajudicialmente.
Empieza a odiar a Jonathan Parrish.
Pero ahora, debe negociar con él una vez más.
Esta fría mañana de comienzos de enero…
Es, en realidad, el 13 del mes, pero no hay títulos sobreimpresos, no se necesitan títulos para recordar la mañana en que lo sacó de su vida para siempre.
Jonathan…
Jonathan…
Camina por la playa hacia su casa, vestida de negro, negro de luto por su inocencia perdida, su amor perdido, su infancia perdida, negro contra el gris de la lluvia y el gris del cielo.
Él está junto a la encimera de la cocina cuando ella entra.
No parece haber dormido mucho la noche anterior.
Está cortando en dos un pomelo con un cuchillo grande.
Le explica que ha tenido una horrible discusión con su hermano. Le dice que se siente destruido. Le pregunta si le apetece la mitad del pomelo. Ella niega con la cabeza. ¿Café? No, gracias.
Él hace un comentario que a ella le parece irónico pero que probablemente no lo es, algo sobre lo temprano de la hora para hacer una visita, ¿no?, una ceja arqueada en dirección al reloj en la pared, mientras el amanecer gris avanza sin detenerse desde el horizonte.
—He venido a buscar las fotos —dice ella.
—¿Qué fotos? ¿De qué estás hablando?
—Las fotos que nos hiciste. A mí y al bebé.
—Dios, eso fue hace siglos.
—Jonathan, las necesito. ¿Las tienes aquí?
—¿Cómo voy a recordarlo?
—¿Las tienes?
—De veras, Elise…
—Trata de recordar.
En su cara aparece una expresión que ella ya le ha visto antes. Sabe exactamente lo que significa.
Es una expresión compuesta de oportunismo y codicia.
—¿Cuánto valdrían para ti? —dice él.
—¡Eres un hijo de puta!
—Oh, vaya, qué boca.
—Las tienes, ¿no?
La voz de ella ha subido.
—Si las tengo, ¿cuánto me pagarías por ellas?
—¡Bastardo hijo de puta!
Ahora la voz suena más fuerte.
—¿Cuánto, Elise?
—¡Marica maldito, perro…!
Ya está gritando.
Y buscando el cuchillo que está en la encimera.
—¡No! —grita él.
Y grita.
Como una mujer.
Y después él le ordena:
—¡Deja eso!
Ella se precipita hacia él con el cuchillo.
—¡No las tengo! —grita él—. ¡No sé dónde están!
Elise no le cree, ya no le importa dónde están las malditas fotos, le consume la furia. Sólo sabe que éste es el hombre que le ha causado tanto dolor a lo largo de tantos años, el hombre al que no pueden satisfacer las chicas, las mujeres, las hembras, ¿entiendes?, el hombre que hace instantes la ha vuelto a traicionar una vez más. Y cuando cae sobre él, los ojos verdes como dos ranuras, los labios estirados hacia atrás sobre los blancos dientes apretados, el cuchillo en su mano se vuelve lo que él siempre quiso y ella nunca pudo darle. Con toda su fuerza, lo clava en él, duro y brillante.
Él grita.
Y después se queda en silencio.
Todo está en silencio.
Ella suelta el cuchillo. Él se derrumba sobre el suelo.
Al principio ella piensa que la sangre le ha mojado el vientre.
Pero no es sangre.
Corre bajo la lluvia.
Toots estaba vigilando cuando Leona salió de la casa, a las doce menos cuarto.
Leona llevaba leotardos negros y malla negras. Zapatos negros de tacón francés. Un bolso negro colgado de un hombro. Del otro hombro colgaban las zapatillas Reebock negras. Arrojó el bolso y las Reeboks al asiento posterior del Jaguar, y luego se metió ella.
Toots se mantuvo ciento cincuenta metros más atrás.
La siguió por la carretera 41, y giró tras ella por el Boulevard Bayou.
Iba a la misma distancia cuando Leona aparcó frente al Edificio Profesional Bayou, en el 837 oeste del Boulevard Bayou. Un edificio blanco de dos pisos, con placas de médicos a los costados de las puertas.
Una de las placas decía WADE LIVINGSTON, M. D. Debe de ser el lugar, pensó Toots.
Esperó.
En el Jaguar, Leona encendió un cigarrillo.
El reloj del salpicadero de Toots marcaba las doce menos tres minutos.
Breves nubecillas nerviosas de humo salían por la ventanilla del lado del conductor del Jaguar.
Las manecillas del reloj apuntaban hacia arriba.
Una de las puertas de los consultorios de la planta baja se abrió. Salió una enfermera de falda blanca, gorrito blanco, medias blancas y zapatos bajos blancos con suela de goma y caminó hacia un Toyota rojo. Alzó la vista al cielo, se encogió de hombros, se metió en el coche, lo puso en marcha y partió.
Toots esperó.
Leona arrojó el cigarrillo por la ventanilla.
La puerta del consultorio volvió a abrirse.
Salió un hombre alto, de cabello oscuro, con gafas y traje gris; echó una mirada al aparcamiento, localizó el Jaguar verde y fue hacia él.
El doctor. Livingston, pensó Toots. Supongo.
Livingston, si era él, volvió a mirar a su alrededor mientras se acercaba al Jaguar. Abrió la portezuela del lado del acompañante, se metió de inmediato y cerró tras él.
—Vámonos de aquí —dijo.
Toots sonrió.
El micrófono funcionaba a la perfección.
Era fácil cuando sólo eran dos personas. Cuando se escuchaba a distancia una conversación de cuatro o cinco personas en una habitación, uno podía volverse loco tratando de decidir de quién era cada voz. Esto era mucho más simple. Sólo dos personas, un hombre y una mujer. Vive la différence.
—Está bien, Lee, ¿a qué viene la gran urgencia?
Toots supuso que él la llamaba Lee. Un nombre cariñoso, pensó. Lee.
—Odio que me llames Lee.
Vaya.
—Oh, perdón, no me he dado cuenta…
—Me llamo Leona.
—Sí, Leona. Ya te he pedido perdón.
Silencio.
—Pues bien, ¿cuál era la gran urgencia?
—Quería despedirme adecuadamente.
—Pensé que lo habíamos hecho anoche. Una despedida adecuada.
Leona, si pretendes…
—No, yo…
—… prolongar esto indefinidamente…
—No. Sé que quieres darlo por terminado.
—Ya lo he terminado, Leona.
—Sí, lo sé. Pero yo no. Todavía no. No adecuadamente.
—¿Adónde vamos?
Ella giró a la izquierda por el aparcamiento del estadio municipal. El gran cartel al frente anunciaba una carrera para la próxima semana. De camiones, coches y tractores.
—Podemos hablar aquí.
—También podemos hablar en la carretera. No veo por qué…
—No me gusta hablar y conducir al mismo tiempo.
Toots les seguía.
Había varios automóviles estacionados. De empleados del estadio, supuso Toots. Una camioneta amarilla con un perdiguero dorado sentado al volante. Hombres en ropa de trabajo que cruzaban en diagonal el aparcamiento hacia la oficina de alquiler de coches que había enfrente.
Leona detuvo el Jaguar.
Toots dio toda la vuelta al aparcamiento, y se colocó frente al Jaguar, a unas tres filas de distancia. Era arriesgado, quizá, pero quería captar cada palabra de la conversación para tenerla bien grabada, y si aparcaba muy cerca de ellos podría atraer más su atención. Un coche estacionado a la vista nunca se hacía sospechoso. Al menos tenía esa esperanza.
—Está bien, hablemos. —La voz del médico otra vez—. Dijiste que querías hablar, así que ha…
Y un repentino silencio.
Toots miró al grabador, pensando que podía haber algún tipo de fallo.
Los carretes seguían girando, el botón de encendido seguía en posición.
—¿Qué es esto, Leona?
La voz del hombre. El doctor. Wade Livingston. Quienquiera que fuese.
Toots había oído voces así antes. Alguien que trataba de parecer calmado pese a hallarse a la distancia del grueso de un pelo del pánico.
—¿Qué te parece que es?
Vaya, pensó Toots.
—Me parece un revólver, Leona. Bájalo ahora mismo.
Trataba de sonar duro, autoritario. Pero las burbujas de pánico empezaban a reventar.
—No, quiero hacerlo adecuadamente.
Mierda, pensó Toots, ¡va a matarlo!
—Dijiste que querías terminar con esto, Wade, así que lo terminaremos.
Toots ya estaba saliendo de su coche.
Corrió directamente hacia el lado del volante del Jaguar. Ninguno de los dos la vio venir. El hombre, el doctor, Wade Livingston, quienquiera que fuese, trataba de abrir la portezuela de su lado, Leona sostenía el revólver con las dos manos, como seguramente había visto hacer a las mujeres policías de la televisión, y Toots pensó: «Oh, Jesús, no dispares ahora», y tomó la maneta de la portezuela del jaguar, la abrió de un tirón, y aunque nunca se había visto cara a cara con la mujer, gritó su nombre de pila:
¡Leona!, y luego: ¡No!, le tomó el hombro y la forzó a volverse hacia ella, rogando que el revólver no se disparara accidentalmente y le hiciera un gran agujero en la cabeza del doctor.
—Soy Toots Kiley —dijo—. Dame el revólver.
Tendió la mano. El revólver temblaba en el puño de Leona.
—Dámelo, Leona, ¿de acuerdo?
Al otro lado del automóvil, Wade Livingston apoyaba la espalda contra la puerta y miraba la escena con fascinación.
—¿Quién eres? —preguntó Leona.
—Ya te lo he dicho. Toots Kiley. Dame eso, por favor. Leona vacilaba.
—Vamos, Leona —insistió Toots—. Hay modos mejores, créeme.
Leona la miró a los ojos.
—Lo digo en serio —dijo Toots.
Leona seguía mirándole a los ojos.
—¿De acuerdo? —dijo Toots.
Leona asintió y le tendió el revólver.
—Bien —asintió Toots—. Gracias.
—¿Es oficial de policía? —preguntó el médico—. Si es así, quiero presentar cargos contra…
—¿Cree que a su esposa le gustará eso? —preguntó Toots, haciendo un disparo a ciegas.
El rostro del médico se puso pálido.
—Yo no lo creo —dijo Toots.
La niebla sobre el agua empezaba a desgarrarse. Matthew ya casi podía ver el horizonte. Elise estaba sentada junto a su madre, agotada por su amarga diatriba y su no menos amarga confesión de asesinato. Se había puesto a la altura de su amor por Jonathan Parrish con una película de dudosa calidad, y ahora estaba con las manos entre las de su madre, como si las escenas de esa película volvieran a reproducirse en la pantalla de su mente una vez más.
—Señorita Brechtmann —dijo Bloom—, ahora le pregunto si volvió a la casa de Parrish en algún momento después del día del crimen.
La voz de un policía. Neutra. Sin emociones.
—Volví.
—¿Con qué finalidad, por favor?
—A buscar las fotografías.
—¿Había alguien en la casa mientras usted se encontraba en ella?
—Usted sabe que sí.
—Señorita Brechtmann, ¿podría darme el arma y las fotografías especificadas en la orden de registro?
—Le mostraré dónde están —dijo ella, y se levantó, extrayendo suavemente las manos de entre las de su madre, y luego palmeó las manos de su madre y dijo—: Está bien, mamá. No te preocupes.
Se volvió hacia donde estaba Matthew, junto a Bloom.
El sol ya casi se veía.
Los vidrios de las puertas-ventana volvían a relucir.
—Nadie se ha tomado el trabajo de contar —comentó, y sonrió.
Miraba los ojos de Matthew. Quizá se dirigía a él porque Bloom era un policía de quien no podía esperar compasión. Quizá porque incluía a su madre entre los que no habían contado. Miraba a Matthew, con una sonrisa en el rostro.
—¿Se da cuenta? —le dijo.
—No, perdón pero…
—El bebé nació en agosto.
—¿Sí?
Seguía sonriendo.
—Yo estuve con Abbott poco después de Navidad. Finales de diciembre. ¿Se da cuenta ahora?
La madre se la quedó mirando muy fijo.
Matthew ya sabía de qué le estaba hablando. Matthew se había tomado el trabajo de sacar la cuenta.
—El bebé no fue prematuro —dijo Elise.
—Elise, ¿Qué estás…?
—Quedé embarazada en noviembre, el bebé nació en término.
—¿Qué?
—El bebé era de Jonathan.
Sophie Brechtmann se llevó la mano a la boca.
—Él nunca lo supo, ¿no es increíble? La noche que fui a decírselo…, bueno, fue la noche que él eligió para… para decirme que lo nuestro nunca funcionaría, la noche que eligió para… despedirse. —Elise se encogió de hombros. Seguía sonriendo—. Así que fui al cuartito de Abbott. Por la ira y…, y…
—Elise —dijo la madre.
—Tuvimos una niña tan hermosa… —continuó Elise—. Jonathan y yo.
—Elise, querida.
—Habríamos podido ser una familia tan hermosa…
—Querida, querida…
—Oh, mamá —dijo ella y estalló en lágrimas—. Lo siento. Lo siento tanto. Por favor, perdóname.
—Mi niñita de oro…
Matthew las miró.
Madre e hija.
«Ésta es la casa que construyó Jack», pensó.
Éste es el fin de la casa que construyó Jack.
Eran las tres de la tarde.
Toots y Warren se hallaban en la oficina de Matthew.
Toots le estaba contando lo cerca que había estado Leona de matar a tiros al doctor Livingston. Le estaba comentando que no había dudas de que Leona y el médico habían mantenido relaciones íntimas. No había duda, tampoco, de que esa relación había terminado.
—¿Qué le decimos a Frank entonces? —preguntó Warren.
—Todavía no lo sé. Quiero pensarlo.
—Quiero decir… el asunto está terminado, Matthew.
—Lo sé.
—Bueno…, hazme saber qué clase de informe quieres que te redacte.
—Lo haré —dijo Matthew—. Habéis realizado un buen trabajo. Espero que vuelva a trabajar para nosotros, señorita Kiley.
—Toots —dijo ella.
—Sí, Toots.
—¿Quieres que vayamos a tomar una cerveza o algo? —le preguntó Warren a la joven.
—Me encantaría —respondió ella.
—Te llamaré, Matthew —dijo Warren, y salió tras Toots.
El teléfono empezó a sonar. Matthew contestó.
—Una tal Irene McCauley en la cinco —dijo Cynthia.
Apretó el botón.
—¿Sí?
Eran las tres y diez.
Irene lo llamaba para decirle que Helen Abbott había muerto la noche anterior en el hospital.
—Yo traté de comunicarme contigo temprano esta mañana —dijo—
pero ya habías salido. El hijo de perra hizo todo lo que sabía hacer con ella,
Matthew.
—¿Quién?
—Hurley. Ella lo nombró antes de morir. La policía lo está buscando.
—Ya lo tiene —dijo Matthew—. Llamaré para que conecten los dos casos.
—Matthew…
—Sí.
—El bebé murió también.
—Lo siento —dijo.
Estaba pensando que éste era el verdadero final de la casa que construyó Jack.
A las cinco de la tarde, él y Leona volvieron a encontrarse en Marina Lou’s.
Lo primero que ella comentó fue:
—Te dije que no estaba teniendo un romance, ¿no?
—Eso es un detalle técnico —apuntó Matthew.
—No, Matthew, ya lo habíamos terminado.
—Él ya lo había terminado.
Leona lo miró.
—¿Cómo lo sabes?
—Tenemos grabaciones. Esos micrófonos te han ahorrado muchos problemas, Leona. Si Toots no hubiera oído esa conversación…
—Sí, lo habría matado.
—Probablemente.
—Casi con seguridad.
Tomó un sorbo de su copa.
El segundo martini.
—Bebes demasiado —dijo él.
—Lo sé. ¿Fue Frank el que me hizo seguir?
—Sí.
—Entonces debería agradecérselo.
—¿Qué?
—Si la Kiley no hubiera puesto el micrófono en mi coche, yo le habría disparado y quizás habría matado al doctor Wade Livingston. La Kiley fue contratada por Frank, ergo…
—La contrató Warren Chambers, en realidad. A quien puse a trabajar yo. Por sugerencia de Frank.
—Todo vuelve a Frank de todos modos.
—¿Sí?
—Bueno, si fue él quien…
—Tú sabes lo que quiero decir, Leona. ¿Vuelve todo a Frank? —Oh.
—¿Qué quieres que le diga?
Leona se encogió de hombros, levantó la copa, la vació y le hizo un gesto al camarero pidiéndole otra.
—No, Leona —dijo Matthew—. Basta.
—¿Por qué no?
—Porque soy tu amigo.
—Lo creo, ¿sabes?
—¿Qué le digo a Frank?
—Déjame decírselo a mí.
—Está bien, ¿qué le dirás?
—Todo.
—Y después, ¿qué?
—No sé. Tendremos que ver qué pasa, ¿no?
—¿Cuándo empezó este asunto con Livingston?
—Hace dos meses.
—Eso no es demasiado grave.
—No, no demasiado.
Se quedó callada largo rato. Después miró a Matthew a los ojos y añadió:
—Todavía lo quiero, Matthew.
—Entonces deja de quererlo, o deja de engañar a tu marido —dijo Matthew.
—De acuerdo.
Matthew suspiró.
—Lo siento —dijo ella.
—Sí —asintió él, y volvió a suspirar.
—De veras.
—Frank me pedirá consejo, ¿sabes? Después de que haya hablado contigo, querrá mi opinión. Somos socios, Leona.
—¿Y qué le dirás?
—Le diré que tiene que hacer todo lo que esté a su alcance por conservarte. Todo salvo mirar para otro lado mientras tú te acuestas con otro tipo. Eso es lo que le diré, Leona.
—Gracias —dijo ella.
De pronto se puso a llorar.
Parrish estaba cogiendo un avión a Indianápolis a las nueve. Ya había hecho el equipaje y estaba listo para partir cuando Matthew fue a verle al hotel esa tarde. Ahora que todos los cargos habían sido retirados, deseaba irse de Calusa, lo más lejos y lo antes posible.
Tomó la mano de Matthew.
—Gracias —dijo.
Y después, como Matthew le había salvado la vida, y como seguía sin tener la menor idea de la clase de hombre que era, le dijo:
—Si alguna vez está en Indiana, venga a visitarme. Me hará muy feliz volver a verlo.
—Rara vez voy por aquellos paraderos —dijo Matthew sonriendo.
Estaba pensando: haces todo lo que puedes, lo haces funcionar, consigues que todo encaje… y después sólo resta darse un apretón de manos y despedirse.
—Supongo que eso significa que no lo volveré a ver nunca —dijo Parrish.
—Supongo que eso es lo que significa —dijo Matthew.
Sonaba a despedida.
Ésta es la casa que construyó Jack.
Ésta es la malta que había en la casa que construyó Jack. Éste es el ratón que se comió la malta que había en la casa que construyó Jack.
Éste es el gato que mató al ratón que se comió la malta que había en la casa que construyó Jack.
Éste es el perro que persiguió al gato que mató al ratón que se comió la malta que había en la casa que construyó Jack.
Ésta es la vaca de cuerno retorcido que embistió al perro que persiguió al gato que mató al ratón que se comió la malta que había en la casa que construyó Jack.
Ésta es la doncella desamparada que ordeñó la vaca de cuerno enroscado que embistió al perro que persiguió al gato que mató al ratón que se comió la malta que había en la casa que construyó Jack.
Éste es el hombre desarrapado que besó a la doncella desamparada que ordeñó a la vaca de cuerno enroscado que embistió al perro que persiguió al gato que mató al ratón que se comió la malta que había en la casa que construyó Jack.
Éste es el cura afeitado y tonsurado que casó al hombre desarrapado que besó a la doncella desamparada que ordeñó la vaca de cuerno enroscado que embistió al perro que persiguió al gato que mató al ratón que se comió la malta que había en la casa que construyó Jack.
Éste es el gallo que cantó a la mañana que despertó al cura afeitado y tonsurado que casó al hombre desarrapado que besó a la doncella desamparada que ordeñó la vaca que embistió al perro que persiguió al gato que mató al ratón que se comió la malta que había en la casa que construyó Jack.
Éste es el granjero que sembró el trigo que comió el gallo que cantó a la mañana que despertó al cura afeitado y tonsurado que casó al hombre desarrapado que besó a la doncella desamparada que ordeñó a la vaca de cuerno enroscado que embistió al perro que persiguió al gato que mató al ratón que se comió la malta que había en la casa que construyó Jack.
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