La casa que construyo Jack
Capítulo 4
Éste es el hombre desarrapado que besó a la doncella desamparada…
Había cuarenta y nueve hoteles y doscientos dieciséis moteles en las páginas amarillas de la guía telefónica de Calusa. El lunes por la mañana, 8
de febrero, dos personas que trabajaban para la firma legal Summerville y Hope se dividieron las páginas amarillas y empezaron a llamar a esos hoteles y moteles.
Andrew Holmes, veinticuatro años, graduado en enero en la Facultad de Derecho, y que pasaría sus exámenes finales en julio, trabajó en la lista de moteles. Andrew tenía un título preparatorio de la Universidad de Michigan; Summerville y Hope le pagaba cuarenta mil dólares anuales por su trabajo como «asistente legal». La firma le había prometido un aumento inmediato a cincuenta mil anuales cuando entrara al registro de abogados.
Si Andrew hubiera elegido trabajar en Nueva York, probablemente podría haber comenzado con sesenta o setenta mil dólares. Eso se debía a sus altas calificaciones, y a haber sido director de la Law Review. Y aquí estaba, una lluviosa mañana de lunes en Florida, marcando números en un teléfono y pidiendo hablar con Arthur Nelson Hurley, por favor.
En el escritorio de la recepción, Cynthia Huellen se ocupaba de la lista de hoteles, más corta, y sólo se interrumpía para atender las llamadas.
Desde el sitio donde Cynthia estaba sentada, cruzando sus espléndidas piernas, podía ver la calle por los ventanales del vestíbulo. La lluvia barría las aceras, goteaba de las cornisas, inundaba las calzadas. Nunca había visto tanta lluvia en su vida. Había nacido y se había criado en Calusa, y ya tenía
veinticinco años y nunca en toda su vida había visto una lluvia tan constante, torrencial, incesante, interminable y maldita.
Cynthia era una persona solar. Por lo general no pasaba un día del año en que no se tendiera a tomar sol en una playa o en una embarcación. Pero su bronceado empezaba a empalidecer. Lo notó al coger el teléfono. En el dorso de la mano el bronceado sin lugar a dudas estaba perdiéndose.
Consultó una vez más la lista de hoteles, y estaba empezando a marcar el número del Crescent Edge Beach Club en Sabal Key, cuando una luz en el tablero le indicó que había una llamada. Apretó un botón.
—Summerville y Hope, buenos días —dijo.
—Matthew Hope, por favor.
—¿Puedo decirle quién lo llama?
—¿Hola? —dijo Matthew.
—¿Matthew?
—Sí, Marcie.
—Soy Marcie.
—Sí, ¿cómo estás?
Marcie Franklyn, quien, hasta mediados del mes pasado al menos, consideraba a Matthew lo más grande que hubiera habido nunca. Marcie tenía treinta y tres años, pero a veces parecía una quinceañera. Había parecido una quinceañera cuando, sin aliento, reveló que acababa de conocer y enamorarse locamente de un profesor de Humanidades, sesenta años, del New College de Saratoga, y era por esto que, aunque había disfrutado tremendamente de su breve (del 24 de diciembre al 13 de enero,
¿pero eso a quién le importaba?) relación con Matthew, ahora sentía que había que ponerle punto final, ¿de acuerdo?
Una vez, mucho tiempo atrás (la noche de Año Nuevo) Marcie le había dicho que lo amaba.
Él no estaba del todo seguro de haberla creído.
Ella también le había dicho que era devastadoramente apuesto.
Eso fue agradable de su parte, también.
Con su metro ochenta de altura, sus ochenta kilos de peso, su cabello oscuro y ojos pardos, Matthew se consideraba un hombre de aspecto corriente en un mundo poblado cada vez más por hombres espectacularmente apuestos. Iba a un gimnasio tres veces por semana y graduaba las pesas de los aparatos para un hombre con la mitad de su peso.
En sus mejores momentos era un jugador de tenis clase B, con mal revés y peor servicio. Tenía una lancha llamada Kicks, con la que nunca se había aventurado lejos de la costa. Tenía treinta y ocho años y estaba aminorando el ritmo, aminorando.
Pero en los ojos de Marcie…
Había sido más rápido que una bala disparada, capaz de cruzar el mar de un solo salto…
En los ojos de Marcie.
En los ojos verde esmeralda de Marcie.
Ya un recuerdo.
Así como la voz en el teléfono era casi un recuerdo.
—Matthew —le dijo ella—, el motivo de mi llamada es que Jason no sabe lo que hubo entre tú y yo…
—¿Jason?
—Mi novio.
—Oh.
El tipo ya había llegado a ser novio. Fantástico.
—No sabe de nosotros, de nuestra relación, y querría, si piensas ir al baile de Poseidón este sábado por la noche, que no reveles ni por palabras ni por gestos que tú y yo nos hemos conocido de otro modo que el más casual. Por breve que haya sido. Ya sabes, ni siquiera me mires como si me conocieras mejor de lo que yo quiero que Jason piense que me conoces.
—Marcie, yo jamás le revelaría a tu novio que tú y yo nos conocimos íntimamente.
—Exacto. Nada de miradas prolongadas, Matthew, ni caricias disimuladas, o…
—Ni siquiera te invitaré a bailar.
—Eso estaría muy bien.
—No lo haré.
—Bien. Lo siento, Matthew, pero es muy celoso.
—Lo entiendo. Gracias por llamarme, Marcie.
—Y no vengas a sentarte a nuestra mesa a charlar —dijo Marcie.
—¿Acaso haría yo eso?
—Tiene antenas, Matthew.
—¿Es una cucaracha? —preguntó Matthew.
—Quiero decir que puede detectar señales.
—Ya he tomado nota: no sentarme, no acercarme, no hablar, no mirar, no tocar, no bailar —dijo Matthew—. Nunca nos han presentado, ¿de acuerdo?
—Bueno, no es necesario que vayas tan lejos, pero…
—Marcie… No iré al baile.
—¿Qué?
—No iré, Marcie. Puedes quedarte tranquila.
—Pero dijiste…
—No, Marcie. No tienes de qué preocuparte. Estaré sentado solo en casa toda la noche del sábado, solo…
—Oh, déjate de tonterías, Matthew.
—Tomando martinis y mirando la lluvia…
—Adiós, Matthew, tengo prisa.
—Adiós, Marcie —dijo él, y colgó.
Se quedó mirando con el ceño fruncido al teléfono, y comprendió que seguía extremadamente irritado con ella por haberlo abandonado de modo tan cortante.
Te amo, Matthew Hope, había dicho ella.
La noche de Año Nuevo. Te amo, Matthew Hope.
Palabras, pensó.
Leona Summerville caminaba como una pantera en celo.
Al salir del Jaguar en el aparcamiento de George Brothers mostró lo bastante de las piernas como para atraer la atención de cuatro jovencitos que trataban de cargar una lavadora en una camioneta. Uno de los chicos gritó: ¡Ey, mamá!, y otro: ¿Cómo te llamas, dulzura?
Leona sonrió.
Cuando entraba por las puertas giratorias del almacén, un hombre salía, pero dio la vuelta completa y entró siguiéndola. El hombre se quedó sacudiendo la cabeza con admiración, las manos en las caderas, mirando a Leona que se deslizaba rumbo a las escaleras mecánicas. Cuando Warren entró, el hombre se volvió a él y le dijo: «Mmmm-mmmm», siempre sacudiendo la cabeza, y salió. Warren avanzó rápido y empezó a subir la escalera mecánica cuando Leona todavía no había llegado arriba. Alzó la vista, y la bajó de inmediato, avergonzado, porque podía verle las bragas bajo la falda muy corta que llevaba.
Salió de la escalera mecánica en el segundo piso, y él la siguió hasta el departamento de lencería, al que en George Brothers aquí en Calusa llamaban Ajuares íntimos, las dos palabras en un cartel de fondo malva y letras manuscritas verde palta. Leona entró bajo el cartel y pasó junto a un maniquí femenino con un corpiño negro, portaligas negro, medias caladas negras y unas bragas negras clavadas en la cintura y que lamentablemente dejaban a la vista las junturas entre las piernas y el torso del maniquí, que parecía una doble amputada vuelta a armar.
Ajuares íntimos.
Leona llevaba una minifalda vaquera celeste con un gran cierre relámpago de bronce, parcialmente abierto, en la pierna derecha. La falda, junto con las sandalias blancas de tacón alto, le daban un aire juvenil de piernas largas y desnudas. La ajustada camiseta blanca la hacía parecer una mujer de pechos exuberantes y pezones erectos, quizá porque no usaba sostén.
Warren reconocía que podía equivocarse sobre el significado de súbitos adelgazamientos o cambios de corte de pelo o llamadas desde cabinas en la calle, pero no creía que hubiera ninguna posibilidad de error respecto de una camiseta sin nada debajo en una mujer tan bien hecha como Leona Summerville. Si esta mujer fuera su esposa, no la dejaría salir a la calle vestida de ese modo. Ni siquiera yendo los dos juntos. Ni siquiera llevándola esposada a su muñeca izquierda.
Si esta mujer no tenía un romance extramatrimonial, Warren podía atravesar a nado el Golfo de México por el lado más ancho.
Warren podría haber subido a un estrado y declarar bajo juramento que esta mujer engañaba al marido.
Estaba eligiendo portaligas rojos.
Al otro lado de la sección, Warren simuló concentrarse en el encaje de una prenda muy pequeña.
Ella estaba ahora eligiendo unas medias rojas caladas.
«Sí, señor —pensó Warren—. Esta mujer…».
Y ahora lo estaba mirando.
A Warren le saltó el corazón a la garganta.
Los ojos se encontraron.
Una débil expresión intrigada en el rostro de ella.
Él se volvió de inmediato. Pero ella lo había visto.
¡Nunca en toda su vida, maldito sea, nunca! Ni siquiera siguiendo a matones en St. Louis, tipos que tenían un radar y podían oler un policía a kilómetros de distancia, ¡nunca le había pasado! Y aquí, en una pequeña ciudad de Florida, lo advierte una ama de casa que engaña al marido…
¡Cielos!
—¿Diga?
—¿El Motel Albemarle?
—Sí.
Lizzie Borden se había alojado en el Hotel Albemarle en su visita a Londres en 1890. Andrew Holmes sabía esas cosas.
—¿Se aloja un tal señor Hurley en su motel?
—¿Hurley?
—Arthur Nelson Hurley.
—Un minuto —dijo el hombre al otro lado.
Andrew esperó.
La esquina de Piccadilly y Albemarle. Se sintió tentado de preguntarle al hombre que lo había atendido si sabía que en otros tiempos había habido un Hotel Albemarle en Londres.
—No hay nadie registrado con ese nombre —dijo el hombre.
—¿Puede decirme si ha podido registrarse en estos últimos días?
—No —negó el hombre, y colgó.
Allí.
Sentado en el Ford gris.
Un negro alto con cuerpo de jugador de baloncesto, gafas oscuras, pantalones livianos y un suéter color café con las mangas subidas hasta los codos. El mismo del departamento de lencería. Salió cuando ella lo miró, pero aquí estaba otra vez, esperando en la calle. La lluvia había amainado un poco.
Sin molestarse en abrir su paraguas, Leona caminó rápido hasta el Jaguar, esquivando los charcos, abrió la portezuela del lado del volante, se metió, bajó la ventanilla, arrojó el paraguas al asiento trasero y puso en marcha el motor.
Y escuchó.
Oyó ponerse en marcha el motor del Ford dos filas de coches detrás del de ella.
Salió de su sitio dando marcha atrás, los ojos en el espejo retrovisor, y luego enfiló hacia la salida del aparcamiento a Main Street. Echó otra mirada por el espejo. El Ford gris venía tras ella.
Dobló a la derecha por Main Street.
El Ford dobló a la derecha tras ella.
«Está bien —pensó—, hagamos una verificación».
Durante los siguientes diez minutos, condujo al Ford en una serie de giros a derecha e izquierda por todo el centro de Calusa, y luego rumbo al sur por la carretera Tamiami, hasta Manakawa, y luego de vuelta al norte hasta Calusa. El Ford siguió tras ella todo el tiempo.
Había leído sobre violadores, incluso asesinos, que seguían a sus víctimas durante días.
Se preguntó si le convendría detenerse cuando viera un coche patrulla y decirle al policía que la seguían.
Curiosamente, no estaba asustada.
Sólo molesta.
El reloj del salpicadero indicaba las doce menos diez.
No necesitaba este inconveniente.
Verificó la hora en su reloj de pulsera.
Se preguntó si podría llamar, cancelar.
En lugar de eso, se dirigió al oeste por el Bayou Boulevard, con el Ford detrás a una discreta distancia de cinco coches, y luego se metió en el aparcamiento del Edificio Profesional de Bayou. Miró por el retrovisor. El Ford buscaba un sitio para aparcar.
Estaba lloviendo fuerte otra vez.
El reloj del salpicadero marcaba las doce menos cinco.
Se miró en el espejo. Los labios necesitaban más pintura. Se la puso. Se secó con un pañuelo de papel, que arrugó y tiró al pequeño cenicero de plástico.
Doce menos tres minutos.
El Ford había encontrado un espacio. Su motor se apagó.
Ella encendió un cigarrillo y empezó a fumar, mirando el reloj.
La puerta de la planta baja del edificio se abrió. Paraguas negro y faldas blancas, capita blanca, medias blancas, zapatos blancos con suela de goma.
Corriendo en la lluvia. El pequeño Toyota rojo. Un revoloteo de faldas, la portezuela del coche cerrándose tras ella. El motor en marcha. El coche se mueve. Se ha ido.
Leona arrojó el cigarrillo.
El reloj marcaba las doce y cinco.
Se inclinó hacia el asiento trasero en busca del paraguas, abrió la portezuela y el paraguas casi simultáneamente, y salió a la lluvia, la falda subida hasta los muslos, las piernas largas visibles.
Al caminar rápido hacia el edificio, sentía los ojos del negro en la espalda.
—¿Señor Hope?
—¿Sí, Cindy?
—Su esposa… su ex esposa… en la seis.
—Gracias. ¿Hubo suerte con esas llamadas?
—Todavía no.
—Sigan intentando.
—Llegué a Magnolia.
—¿Qué?
—El Hotel Magnolia.
—Oh. Bien. Gracias.
Apretó el botón 6 en la base de su aparato.
—Hola, Susan —dijo.
—Matthew, ¿cómo estás?
—Muy bien, gracias. ¿Y tú?
—Perfecto. ¿Irás al Baile de Poseidón el sábado?
La vieja Susan. Directa a la yugular.
—¿Por qué? —preguntó él—. ¿Quieres hacerme el nudo de la corbata?
—No, gracias, eso ya lo hice durante demasiados años —respondió Susan.
—¿O ajustarme los gemelos?
—Eso también —dijo ella.
—¿Por qué querías saberlo, dulzura?
—¿Me has llamado «dulzura»?
—No, tú me llamaste, dulzura.
—Matthew…
Era el tono de advertencia. No era momento para bromas. Tenía cosas importantes en la cabeza.
—Sí, dulzura. Te llamé «dulzura» —dijo—. La fuerza del hábito.
Perdóname.
—Bueno, pero por favor no se te ocurra hacer algo así durante el baile,
¿de acuerdo?
—Espera, no me digas más —dijo él—. Estarás allí con una cucaracha muy vieja y no quieres que le indique ni por palabras ni por gestos que tú y yo alguna vez compartimos los placeres de…
—Caliente, pero no has acertado —dijo Susan—. Tiene veintitrés años y es…
—Susan, qué vergüenza.
—Matthew, por favor, que no…
—¿Veintitrés?
—Matthew…
—Lo siento. Pero, ¿veintitrés?
—Sí, y es defensa en el equipo de Tampa Bucs.
—Vaya.
—Sí. Mide un metro noventa, Matthew…
—Fantástico.
—Y pesa ciento veinte kilos…
—Bueno, propio de un defensa.
—Y es muy celoso.
—Ah.
—Y ése es el motivo por el que te llamo. No quiero problemas el sábado por la noche, Matthew…
—Oh, yo tampoco.
—Así que por favor no me saques a bailar…
—No lo haré, prometido.
—Ni charles conmigo…
—Ni me siente a tu mesa, y ni siquiera te mire. Entiendo, Susan.
—Matthew, no es una broma. Estoy muy preocupada por tu integridad física.
—Entonces quizá sea mejor que me quede en casa.
—Bueno, no quería sugerirte…
—Me olvidaré del baile.
—Matthew…
—Me quedaré en casa tomando martinis y mirando la lluvia. Quizá quieras venir a hacerme compañía. Podríamos probar mi nuevo colchón de agua.
—¿De verdad te has comprado un colchón de agua?
—Ven a averiguarlo, Susan.
—No me tientes —dijo ella, y colgó.
—Yo también te amo —le dijo él al teléfono ya muerto, y lo devolvió a la horquilla. Sonó cuando todavía tenía la mano sobre él. Lo volvió a levantar.
—¿Sí?
—La señora Summerville, en la cinco —dijo Cynthia.
—¿Para mí?
—Es lo que me dijo.
—Está bien, pásamela.
Apretó el botón número 5.
—Hola, Leona.
—Matthew, lamento molestarte, sé que debes de estar muy ocupado…
—En absoluto. ¿Qué sucede?
—Me preguntaba si podríamos vernos hoy, más tarde.
Hubo un largo silencio en la línea.
—¿Matthew?
—Sí. ¿Sucede algo malo, Leona?
—Preferiría no hablarlo por teléfono. Y tampoco querría ir a la oficina.
No quiero que Frank se entere de esto.
—¿Qué es, Leona?
Pero ya sabía lo que era. Había una sola causa para que a uno lo llamara una mujer que había conocido durante años, la esposa de su socio, nada menos, para pedirle una entrevista que no fuera en la oficina, para que el marido no se enterara. La causa era el divorcio.
—¿Podemos vernos en Marina Lou’s? —preguntó ella.
—De acuerdo.
—¿A las cinco?
—Perfecto.
—Ahí hablaremos.
—Está bien, Leona.
—Gracias, Matthew —dijo ella, y colgó. Devolvió el receptor a la horquilla.
De pronto sintió ganas de llorar.
El teléfono volvió a sonar.
Se lo llevó a la oreja.
—¿Sí?
—Señor Hope, habla Andrew.
—Sí, Andrew.
—Lo tenemos, señor Hope.
El problema tenía muchas caras.
A Matthew le era imposible ir a la policía con esto. No podía llamar a Morris Bloom para decirle que tenía a un hombre vestido de negro alojado en un motel aquí en Calusa, cosa que no constituía un delito, y que este hombre de negro había estado vigilando la casa de Parrish durante casi todo el sábado, cosa que tampoco era delito, y que este hombre de negro podía ser el mismo que había salido corriendo de la casa de Parrish la mañana del asesinato… lo cual tampoco era un crimen salvo que este hombre de negro hubiera cometido el asesinato antes de ejercitar sus piernas por la playa.
Jo, jo, jo, diría Bloom.
Así que en lugar de llamarlo a él, Matthew llamó a la oficina de Warren, y le dijo al contestador automático que habían localizado a Arthur Nelson Hurley, y le pidió a Warren que lo llamara lo antes posible, con la idea de que entre él y Warren, policía experimentado, podían visitar el motel, aminorando con ello el riesgo de una confrontación con un posible asesino.
Warren portaba un arma y sabía usarla, como lo había probado el mapache muerto.
A las dos y cuarto, Matthew empezó a ponerse nervioso.
No quería perder a Hurley.
Bueno, existía la posibilidad de que el hombre tratara de introducirse en la casa de Parrish, y entonces lo capturaría ahí, violando la ley 810.08.
Intrusión en edificio o propiedad, una contravención de segundo grado. En cuyo caso Bloom le haría toda clase de preguntas, incluyendo dónde había estado a las siete de la mañana del 13 de enero.
Pero existía la posibilidad de que Hurley no volviera más a la casa.
Existía la posibilidad de que se hubiera percatado de que la casa estaba vigilada…
Bueno, aun así tenían su dirección en St. Petersburg, la dirección proporcionada por el Registro Automotor. Así que podían rastrearlo allí, suponía Matthew, salvo que el hombre fuera un asesino y estuviera pensando en salir del país pasado mañana.
Matthew no quería ir solo a ese motel.
Pero fue.
El motel se llamaba Calais Beach Castle, a pesar de que estaba a veinte kilómetros de la playa más cercana.
A pesar de la lluvia constante, había un cartel en el frente que indicaba que no había habitaciones disponibles; los turistas nunca miraban los informes meteorológicos de Florida, se limitaban a leer los de Michigan o Indiana, Illinois, Ohio o Toronto. Si estaba nevando allí, suponían automáticamente que el sol estaba brillando aquí. Había una docena de bungalows ocupados en el motel, todos de espaldas a la carretera, todos con coches estacionados enfrente, todos con aparatos de aire acondicionado y pequeños porches de madera. Una pequeña piscina recibía el agua de la lluvia, con un dragón de goma flotando olvidado en ella.
El motel tenía un aire de los años cuarenta.
Matthew se figuró mentalmente la escena, la del sueño de mamá y papá vuelto pesadilla: vamos, Maude, mudémonos a Florida, compremos un pequeño motel por allá, viviremos como un rey y una reina, ¿qué me dices?
Pero en aquel entonces, no podían construirse hoteles o moteles sobre ninguna de las playas de Calusa, por lo estrictas que eran las reglamentaciones municipales. Todos los moteles, unos diez o veinte en total, estaban sobre la carretera 41. Las pocas almas infrecuentes que por aquellos años veraneaban en la costa del Golfo, no tenían problemas en recorrer en sus automóviles los diez, quince o veinte kilómetros hasta la playa. Las playas eran desiertos sin gente; al mediodía, se podía nadar desnudo. El pueblo mismo no era más que una pequeña y soñolienta aldea de pescadores.
Todo eso cambió a finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta, cuando el turismo descubrió a Calusa y a la costa oeste de Florida. No bien los constructores y contratistas olieron a dinero, iniciaron la tarea de convencer a los políticos de que el turismo era una gran cosa. Con lo que la reglamentación municipal cambió, y sobre las playas blancas comenzaron a brotar como hongos los hoteles y moteles. Adiós a las esperanzas de mamá y papá con todos aquellos moteles sobre la carretera. Salvo en lo más álgido
de la temporada (como ahora, en febrero, bajo la lluvia) los moteles del interior estaban vacíos, y los cuartos desocupados no servían para realizar sueños.
Matthew salió del Karmann Ghia, abrió el paraguas y se dirigió por el barroso sendero hacia la recepción. Detrás del mostrador se hallaba una señora de unos cuarenta años. Sobre el escritorio, al lado de un portafolios de plástico transparente con formularios de American Express, había una pequeña placa de plástico negro con las palabras IRENE McCAULEY, ADM impresas en letras blancas. También había un periódico abierto. Irene McCauley, si de ella se trataba, estaba inclinada sobre el periódico, los codos en el mostrador, leyendo. Alzó la vista cuando entró Matthew. Lo miró cerrar el paraguas.
—¿Se ha caído el cartel otra vez? —preguntó.
—¿Qué? —dijo él.
—El cartel que dice que no hay habitaciones disponibles —explicó ella
—. Suele caerse. Si está buscando alojamiento, está completo hasta fin de mes.
—¿Usted es la señorita McCauley?
—La señora McCauley.
Qué pena, pensó él. Era una mujer extremadamente atractiva. Unos solemnes ojos azules. Cabello castaño que le caía casi hasta los hombros, y flequillo en la frente. Pantalones cortos negros y un top también negro.
Nariz delgada, boca generosa. Buenos pechos. Buenas piernas también, al menos lo que podía verse desde el otro lado del mostrador. Ella advirtió que era objeto de un examen interesado. Levantó las cejas. ¿Y bien?, decía su expresión. ¿Todo está donde debe de estar? Matthew se sintió tímido de pronto.
—El señor Hurley me espera —dijo. Mentía—. ¿Puede decirme en qué bungalow se encuentra?
—En el once —respondió ella—. El anteúltimo a la derecha.
—Gracias —dijo él, y abrió la puerta, abrió también el paraguas, y salió a la lluvia.
La estrategia que había pensado era simple:
¿Señor Hurley?
¿Sí?
Soy Matthew Hope, abogado. Summerville y Hope. Represento a Ralph Parrish, acusado de haber asesinado a su hermano, Jonathan Parrish.
¿Sí?
Hasta ahí, todo bien, siempre de acuerdo al plan.
Ahora venía el cambio de paso.
Señor Hurley, mi cliente lo ha mencionado a usted como testigo de ciertos hechos que tuvieron lugar la mañana del 13 de enero. Me pregunto si podremos obtener una declaración suya al respecto, antes de responder a la demanda del fiscal.
Pues bien, en ese punto había dos reacciones posibles.
Sí, yo soy la persona que vio su cliente corriendo, y es cierto que fui testigo de un crimen, pero tuve miedo de presentarme a la policía. No fue su cliente quien cometió el asesinato, fue…
¿Quién?
Ése era el primer guión posible.
El testigo benévolo señala al verdadero asesino. En cuyo caso, todos los problemas de Matthew serían cosa del pasado, y los de Parrish también.
Segundo guión.
El peligroso.
No sé de que mierda me está hablando.
En cuyo caso el señor Hurley, el posible hombre de negro, era también el posible asesino.
¿Qué hacer entonces?
Lamento haberlo molestado, señor, y salir de aquí antes de que Hurley…
¿Antes de que hiciera qué?
Matthew deseó que Warren Chambers y su pistola se encontraran aquí en el Calais Beach Castle.
Con la cabeza hundida entre los hombros, el paraguas inclinado en la dirección de donde venía la lluvia, como un escudo negro contra las flechas de los enemigos, Matthew se apresuró por el espacio abierto, saltando los charcos y marcando en general un buen tiempo para una carrera en esas
condiciones, hasta que se hundió hasta la mitad de la pantorrilla en un pozo cubierto de agua fría de color pardo.
—¡Mierda! —soltó, y oyó que alguien se reía a su espalda; se volvió y vio a Irene McCauley en la puerta de la recepción, las manos en las caderas, las piernas plenamente visibles ahora, y tan largas y bien formadas como él lo había sospechado. Los pantalones cortos negros ajustados, un top suelto también negro, los pies algo separados en sandalias negras sin talón, de tacón alto… De pronto comprendió qué le recordaba: el póster de Damn Yankees cuando él era todavía un niño y el espectáculo se presentaba en Chicago. Lola que obtenía lo que quería mediante el simple recurso de mostrarse de pie, con las piernas algo separadas, vestida con lo que parecía su ropa interior y unas sandalias negras de tacón alto.
—Ese pozo es realmente malo —dijo Irene—. Atrapa a muchísima gente. Debí de haberlo prevenido.
—Más vale tarde que nunca —dijo él malhumorado.
Tenía el zapato, el calcetín y parte del pantalón cubiertos de barro. Se miró. Se levantó la pierna empapada del pantalón. Barro en la pierna, también encima del calcetín. Apoyó el pie. El agua chapoteó en la suela.
—Le prestaré una toalla —dijo Irene, y volvió a recepción.
Él la siguió. Se quedó afuera, bajo el paraguas, mirando la lluvia y sintiéndose estúpido.
—Vamos, entre —dijo ella—. No tengo una invalorable alfombra persa.
En realidad, no tenía ningún tipo de alfombra. El suelo era de linóleo verde, gastado en algunos sitios, en especial frente al mostrador y frente al sofá que había contra la pared de la derecha. La puerta vaivén se cerró de un golpe tras él. Tuvo la súbita sensación, al sentarse en el sofá y sacarse el zapato y el calcetín, y al aceptar una toalla blanca y limpia que le daba la mujer de los solemnes ojos azules y el brillante cabello castaño, de que ya había pasado por todo esto antes, había estado sentado en un cuartito que olía a ropa húmeda y calor seco mientras afuera la lluvia caía con fuerza.
—Gracias —dijo.
Sus ojos se encontraron.
—Debí de haberlo prevenido —repitió ella.
Él empezó a secarse la pierna, el pie.
—Deme ese calcetín, que se lo escurriré —dijo ella.
—No…
—No es problema —insistió ella y lo recogió de donde estaba en el suelo junto al zapato, su mano en un súbito primer plano, las uñas pintadas de un rojo brillante, la mano cerrándose sobre el calcetín azul, salió del cuadro, él levantó la vista. Ella abrió la puerta vaivén, y la sostuvo abierta con la cadera mientras se asomaba y escurría el calcetín.
Más allá, la lluvia asolaba el terreno.
Él había estado antes aquí, había vivido estos momentos con anterioridad.
—Adoro la lluvia —observó ella de pronto.
La puerta se había cerrado con un golpe.
—Pondré esto frente a la estufa un momento.
—Tengo que ver al señor Hurley cuanto antes —dijo él.
—No se irá, con este tiempo —dijo ella, y se metió detrás del mostrador. La vio colocar cuidadosamente el calcetín sobre el protector de la estufa eléctrica—. Cuando la temporada termine, me ocuparé de rellenar ese pozo —añadió—. Llega el verano, y esto se vuelve una soledad completa. Tendré infinidad de tiempo para arreglarlo.
La lluvia caía con firmeza sobre el techo.
Una tenue nubecilla de vapor empezaba a levantarse del calcetín azul.
—Espero que no se queme —dijo ella.
Y sonrió.
—¿Está de visita en Calusa? —preguntó—. ¿O vive aquí?
—Vivo aquí.
Sus ojos volvieron a encontrarse.
—Entonces quizá pueda venir a ayudarme a rellenar ese agujero —
comentó ella—. En verano.
Silencio.
Salvo por la lluvia.
Un silencio húmedo y con vapor.
Y la certeza de que él había estado antes en este cuarto. El linóleo gastado. Las ventanas con persianas. Hasta el calendario colgado en la
pared. La lluvia. En primer lugar la lluvia. Encerrándolos. Conteniéndolos.
Sonando en el tejado.
—¿Le interesaría venir a ayudarme? —dijo ella.
—Quizá su marido se ocupe.
—No es probable.
—¿No?
—Murió hace cuatro años.
—Lo siento —se excusó Matthew.
—Yo no.
Matthew sonrió.
—¿Cómo va mi calcetín? —preguntó.
—Parece que le corre mucha prisa ver a ese Hurley —observó Irene.
—No quiero perderlo.
—Quizá debería pensar qué otra cosa se está perdiendo. —Fue a la estufa, tocó el calcetín—. Todavía húmedo —dijo.
—Tendré que ponérmelo así de todos modos —dijo él.
Ella se encogió de hombros, tomó el calcetín y se lo llevó al sofá.
—¿Cuánto tiempo estará con él?
—No lo sé.
—Me prepararé una copa a eso de las cuatro —dijo ella—. Lo invito. Si le apetece.
—Me apetece —dijo él—. Pero tengo otra cita a las cinco. —Oh.
Lo miró ponerse el calcetín.
—Tiene unos bonitos pies —comentó.
—Gracias.
—Yo tengo los pies más feos del mundo —dijo ella, y se quedó en silencio.
Él se puso el zapato.
—No sé cómo se llama —dijo ella.
—Matthew Hope.
—Encantada, Matthew.
Le tendió la mano.
Él la tomó.
—Llámeme alguna vez —sugirió ella.
—Lo haré.
—En cualquier momento —insistió ella—. Estaré aquí.
—Lo haré —repitió Matthew, y le soltó la mano. Fue a la puerta, tomó el paraguas, buscó el botón para abrirlo—. ¿Hay algún otro pozo ahí afuera? —preguntó.
Estaba sonriendo.
—Hay uno justo enfrente del bungalow número diez, a unos tres metros de la puerta. Dé un rodeo ahí.
Ella también sonreía.
—Gracias.
—No se pierda.
—No lo haré.
Abrió el paraguas y salió otra vez bajo la lluvia. Ella se acercó a la puerta y se quedó mirándolo mientras él corría.
Matthew resistió la tentación de lucirse atravesando el patio como un marine bajo el fuego graneado de las ametralladoras enemigas, con balas silvando por todas partes a su alrededor. En lugar de eso, avanzó lenta y cautelosamente, sin ningún deseo de hundirse en otro pozo de agua barrosa, concentrado ya en su charla con Hurley, en lo que Hurley podría decirle.
Se acercó al bungalow número once.
Las persianas venecianas de la cabaña estaban bajas.
Subió al porche de madera, se acercó a la puerta, y golpeó.
—¿Quién es? —preguntó una voz de mujer.
Unas cinco millas al sur y cuatro calles al oeste, en el cuarto de computación del Edificio de Seguridad Pública, el oficial Charles Macklin arrancaba unas hojas de papel de la impresora. Menos de tres minutos antes había introducido el nombre de Arthur Nelson Hurley en la computadora, y después apretó la tecla «Record Search», con lo que ordenaba una busca de informes sobre ese nombre, y luego las letras AC (de «A Capo»: el técnico que había diseñado este programa era italiano), con lo que la búsqueda se haría desde el comienzo de los registros que tenía la máquina, y no, como lo haría normalmente, desde unos cinco, seis o siete años atrás, según el
número que se apretara en ese momento. En el paso siguiente, Charlie había escrito las letras FL, de «Florida», en lugar de US, porque Charlie sabía que un rastreo por todo el país, estado por estado, exigía la intervención de los registros del FBI, y eso habría llevado horas.
Charlie, aunque en este momento no estaba sentado en la casa de Parrish, seguía haciendo su trabajo para Warren Chambers, al mismo tiempo que cobraba un salario de la policía de Calusa. Charlie no podía entender por qué ese negro le caía tan simpático. Sólo sabía que quería que Chambers encontrara lo que buscaba. De hecho, no veía el momento de decirle a Chambers que había realizado un rastreo de rutina sobre Hurley y había caído sobre lo que a primera vista parecía un gran depósito de mierda.
Sin molestarse en arrancar los márgenes de la hoja, Charlie empezó a leerla. El legajo de Hurley, una gran hoja llena, se remontaba a veinte años atrás, cuando había sido arrestado por primera vez por asalto. Su arresto más reciente había tenido lugar ocho años atrás, en Tallahassee; había sido acusado de lesiones graves e intento de asesinato porque había atacado a un hombre con una botella de cerveza rota hasta casi matarlo.
Charlie soltó un largo silbido.
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