La casa que construyo Jack

Ed McBain · Capítulo 11 de 13

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La casa que construyo Jack

Capítulo 9

Éste es el ratón que se comió la malta…

Irene McCauley acababa de salir de la ducha cuando sonó el teléfono; una llamada temprana en aquel jueves por la mañana. Matthew estaba tras ella, secándole la espalda. Sus ojos se encontraron en el espejo. La besó a un costado del cuello, arrojó la toalla sobre la repisa y fue al dormitorio a contestar.

Era Morrie Bloom.

—Matthew —le dijo—, tengo aquí a unos oficiales de policía que me dicen que estaban haciendo un trabajo para Warren Chambers en el caso Parrish. Tengo que suponer que tú le autorizaste a contratarlos…

—A vigilar la casa de Parrish. Así es, Morrie.

—La casa de Parrish es el escenario de un crimen, Matthew.

—Fue el escenario de un crimen. Mi cliente es dueño de esa casa.

—¿Quién lo dice?

—El tenedor de la hipoteca, el banco First Federal de Calusa. Ralph Parrish es dueño de la casa, Morrie. Se la compró a su hermano para que éste viviera en ella, pero el dueño era él. De modo que estábamos en esa casa con autorización del propietario.

—Tú y la mitad de la fuerza policíaca de Calusa.

—Sólo cuatro policías, Morrie.

—Uno de los cuales ahora está muerto —dijo Bloom.

—¿Qué?

—Ya me has oído. Charlie Macklin. Muerto de un tiro de un Smith and Wesson calibre 38 en algún momento de anoche. El cuerpo lo han

encontrado esta mañana a las seis, cuando Nick Alston fue a la casa a relevarlo.

Matthew no dijo nada.

—¿Sigues ahí? —preguntó Morrie.

—Sigo aquí.

—¿Alguna idea?

—Sí. Podrías hacer registrar la casa de arriba abajo buscando…

—Eso ya lo hemos hecho, Matthew. Después del primer asesinato.

—¿Encontrasteis fotos de un bebé?

—¿Qué?

—Fotos de un bebé. Fotos de un bebé con la madre.

—No buscábamos fotos de un bebé, Matthew.

—Pues buscadlas ahora.

—No han sido las fotos de un bebé las que le han causado los agujeros a Macklin.

—No, pero pudo ser alguien que buscara esas fotos.

—¿Qué sabes que yo no sé, Matthew?

—Busca en el motel Calais Beach Castle, bungalow número… espera un minuto, Morrie. —Cubrió el auricular con la mano. Irene estaba ante el lavamanos del baño, con un bikini, estudiando los cepillos de dientes de Matthew—. ¿Sigue ese grupito en el bungalow número once? —le preguntó.

—¿Los Hurley?

—Sí.

—Anoche estaban. ¿Puedo usar uno de éstos?

—Por supuesto —dijo él, y sacó la mano del auricular—. Descubrimos dos tipos que vigilaban la casa de Parrish —le dijo a Bloom—. Se llaman Arthur Hurley y Billy Walker. Puedes ir a buscarlos a ese motel. Bungalow número once, Calais Beach Castle, en la carretera Al. Hurley tiene antecedentes.

—Gracias —dijo Morrie—. ¿Por qué me estás diciendo esto, Matthew?

—Porque si uno de ellos mató a Jonathan Parrish, mi cliente podrá volver a su casa en Indiana.

—En este momento estoy buscando al que mató a Charlie Macklin.

—Puede ser una y la misma persona.

—Puede ser. Fotos de un bebé, ¿eh?

—Fotos de un bebé.

—Mandaré a alguien a la casa.

—Hazme saber lo que averigües.

—Sí —dijo Bloom, y colgó.

Irene estaba inclinada sobre el lavamanos, cepillándose los dientes.

Matthew fue hacia ella, la abrazó por la cintura, se apretó contra ella. Se miraron en el espejo.

—Somos parecidos —dijo Irene.

—No nos parecemos en absoluto.

—Sí nos parecemos.

—¿Por qué no volvemos a la cama? —preguntó Matthew.

—¿Por qué no?

Estaban otra vez en la cama cuando sonó el teléfono.

Irene lo miró.

—Estás ocupado todo el tiempo, ¿no?

—¿Diga? —contestó Matthew.

—Matthew, soy Warren. Conseguí la dirección de Anthony Holden.

Administra un embarcadero cerca del puente sur de Whisper, el embarcadero se llama Capitán Garfio, no me preguntes por qué. ¿Qué más necesitas?

—Averigua en el Hospital Lenox Hill de Nueva York. Querría saber todo lo posible sobre el nacimiento de Helen Abbott en agosto de 1969.

—Deletréamelo.

—Dos bes, dos tes. Los padres son Charles y Elise Abbott. También una enfermera llamada Lucy Strong trabajaba en el hospital en ese momento. Si puedes localizarla, sería de gran ayuda.

—¿Encontrarla dónde?

—En Nueva York, diría yo.

—Matthew, esto fue hace diecinueve años.

—Lo sé. Pero inténtalo.

—¿Y si la encuentro?

—Podrías coger un avión.

—Oh, muy divertido, Nueva York en febrero. ¿Algo más?

—Sí, por favor, no me llames en los próximos diez minutos —le pidió Matthew, y colgó.

—Bravucón —dijo Irene.

A las ocho y diez de esa mañana, se alzó la puerta del garaje de la casa en Peony Drive, y Frank Summerville salió retrocediendo en un Mercedes Benz ocre. Desde donde estaba estacionada, enfrente y en diagonal, Toots Kiley lo vio tocar algo debajo del quitasol. Un botón de control remoto; la puerta del garaje bajó.

Ella puso en marcha su automóvil y arrancó. Cinco minutos después había dado la vuelta a la manzana y estaba estacionada otra vez, en un lugar diferente, frente a un solar a unas cinco casas de distancia de la de los Summerville.

A las ocho y treinta en punto, el Jaguar verde de Leona Summerville salía del garaje. Al llegar a la acera, Leona miró a derecha y a izquierda, y tomó por Peony para doblar de inmediato a la izquierda por Hibiscus Way.

Toots no la siguió.

En lugar de eso, bajó del coche y caminó hacia la puerta. Llevaba un elegante traje sastre marrón sobre una blusa blanca. Zapatos de tacón bajo.

Medias transparentes. Parecía una empleada de agencia inmobiliaria.

No había más coches en la entrada de los Summerville.

Toots se dirigió directamente a la puerta principal y tocó el timbre.

Siguió tocándolo.

Mientras tanto, estudiaba la cerradura.

Nadie respondió a la puerta.

Tampoco esperaba que lo hicieran.

La cerradura era de las fáciles. Ya tenía en la mano una tarjeta de crédito plastificada. Le llevó dos minutos abrir la puerta. Le daba la espalda a la calle. Volvió a tocar el timbre, y después, como si alguien le hubiera hablado desde dentro, dijo:

—¡Soy Martha Holloway! —e hizo girar el pomo y entró.

Cerró desde dentro.

Se quedó junto a la puerta, escuchando.

Ni un sonido.

Esto se conoce como intrusión, pensó. Capítulo 810.08. La persona que, sin tener autorización, licencia o invitación, voluntariamente entra o permanece en cualquier edificio o propiedad. Contravención de segundo grado. Penado con prisión que no exceda los sesenta días.

No me gustaría que me sorprendieran aquí adentro, pensó.

E inmediatamente se puso a trabajar.

Había tres teléfonos en la casa.

Toots instaló un micrófono cerca de cada teléfono.

Uno bajo el armario de la cocina, cerca del teléfono de pared. Otro detrás de la mesita de noche, cerca del teléfono que se usaba desde la cama.

El tercero bajo el sobre del escritorio, cerca del teléfono del estudio. Los micrófonos que puso no tenían nada que ver con los teléfonos. No se trataba de una verdadera interferencia que grabara los dos extremos de una conversación telefónica; no quería complicarse sacando los micrófonos de carbón del teléfono y reemplazándolos por los suyos. Los suyos eran pequeños transmisores de FM conectados con un grabador que se activaba con la voz. Si Leona hacía una llamada telefónica, grabarían sólo su extremo de la conversación. También grabarían cualquier conversación que tuviera lugar en esas habitaciones. Las baterías de los micrófonos debían de reemplazarse cada veinticuatro horas. Lo que significaba que Toots tendría que correr el riesgo de volver mañana por la mañana. Cosa que tendría que hacer de todos modos para escuchar la cinta y decidir si necesitaba grabar otras veinticuatro horas. Si encontraba algo útil en la cinta, simplemente recogería su equipo y se marcharía.

A las nueve menos cinco, mientras estaba escondiendo el magnetófono en el estante más alto del armario del dormitorio, oyó un automóvil que entraba.

«¡Él ha vuelto! —pensó en medio de una oleada de adrenalina.

¡O ella!

¡Uno de los dos había olvidado algo!».

El embarcadero Capitán Garfio tenía un gran cartel al frente con un pirata con un parche negro sobre el ojo derecho, y un gancho metálico en lugar de la mano derecha. La abuela de Matthew solía contarle que cuando era una niña allá en Chicago, iba al cine todos los sábados, y una de las series mudas que pasaban era una llamada La garra de acero. El pianista acompañaba a los chicos en un pequeño estribillo que cantaban siempre antes de que proyectaran el capítulo; los chicos cantaban una y otra vez «Da da da da, la garra de acero, Da da da da, la garra de acero». Matthew recordaba que su abuela le decía: «Oh, Matthew, era taaaan emocionante».

Su hermana Gloria pensaba que era repugnante, una persona con una garra de acero en lugar de mano. Matthew en cambio creía que podía ser una especie de ayuda; se la podía usar para asar palomitas de maíz directamente.

Gloria, que estaba en su etapa quisquillosa, le decía a Matthew que él también era repugnante.

El cartel del embarcadero se veía desde el puente cuando uno lo atravesaba desde la parte continental. Ese inmenso pirata con el gancho de acero. Sobre el sombrero de tres picos se curvaban las letras. Embarcadero del Capitán Garfio. Más allá del puente había un centro comercial construido como una aldea de Cape Cod trasladada a Florida, luego había que doblar por un camino, en su mayor parte sin asfaltar, paralelo al puente, se cruzaba por detrás del cartel y allí estaba el punto final del embarcadero.

Las embarcaciones se apretujaban bajo un cobertizo con techo de hojalata. La mayoría era lanchas a motor. Un cartel indicaba dónde estaba la oficina. Muelles destartalados con surtidores de combustibles. Un edificio en mal estado con un pequeño cartel imitando el grande sobre la carretera.

Encima de la oficina el cielo estaba gris, con promesa de más lluvia. El agua parecía encrespada. Matthew abrió una puerta de tela metálica que daba paso a un cuarto grande y atestado.

A su derecha había un tablero del que colgaban llaves de lanchas. Un pequeño flotador de plástico atado a cada llave. El flotador se abría; dentro uno podía meter los papeles de registro de la lancha. Virginal lino blanco enrollado. Cartones cerrados con inodoros portátiles. Anclas de distintos tamaños y formas. Salvavidas y flotadores personales. Latas de aceite para motores. Líquido para pulir bronces. Frascos de aceite de teca. Gorras con

visera, algunas azules, otras blancas, algunas con la insignia de capitán, otras con la de primer marinero. Lámparas. Mapas. Calzado marinero. Un escritorio de metal cubierto de papeles, y detrás una silla de madera. Un calendario en la pared mostraba una rubia en pantalón vaquero corto, recortado y nada más, colgada del aparejo de un velero. En el suelo un gran motor Evinrude desmontado, con las piezas dispersas por todas partes.

Un joven con una camiseta grasienta y vaqueros estaba trabajando sobre el motor, con un destornillador en la mano. Alzó la vista cuando entró Matthew.

—¿Sí? —dijo.

—Estoy buscando a Anthony Holden —dijo Matthew.

El joven lo estudió con mirada suspicaz. Matthew, con su traje de tela liviana, camisa blanca, corbata azul, zapatos negros, calcetines azules, parecía fuera de lugar en un embarcadero.

—¿Por qué asunto?

Extremadamente bronceado a pesar de toda la lluvia caída durante las últimas semanas. Ojos azules. Brazos y pecho musculosos que hinchaban la camiseta. Un mondadientes en la boca.

—Por un juicio —respondió Matthew—. ¿Dónde puedo encontrarlo?

—¿Alguien le ha puesto un juicio a Tony?

—No, eso ocurrió hace mucho tiempo —comentó Matthew. Sacó una tarjeta del billetero:

—Aquí está mi tarjeta —dijo—. Quizá quiera dársela al señor Holden, si sabe dónde está.

El joven tomó la tarjeta con su grasienta mano derecha. La estudió. Le dio la vuelta para ver si tenía algo escrito detrás.

—Hope, ¿eh? —dijo.

—Hope.

—Matthew, ¿eh?

—Matthew Hope.

—¿Es famoso o algo así?

—Muy poco.

—El nombre me suena.

—Es un nombre común.

—Le diré que está usted aquí —dijo el joven, y se dirigió hacia una puerta cerrada al fondo de la gran habitación.

Estuvo ausente unos cinco minutos.

Cuando volvió, dijo:

—Pase.

—Gracias —repuso Matthew.

Fue hacia la puerta, la abrió y entró a una pequeña oficina.

El hombre detrás del escritorio pesaba por lo menos ciento treinta kilos.

Tenía el cabello rubio cortado al estilo de un emperador romano, con tirabuzones cayéndole sobre la frente y las orejas. Llevaba una camisa abierta hasta la cintura. Un medallón de oro le colgaba del pecho. Llevaba anillos en todos los dedos y las uñas pintadas de un violento escarlata.

El hombre detrás del escritorio era tan afeminado como un tulipán.

—¡Señora Summerville! ¡Soy yo, Kate!

En el estante sobre la cabeza de Toots, los rollos de cinta comenzaron a moverse, activados por la voz de la mujer.

Bien, funciona, pensó.

—¡Señora Summerville! ¿Está ahí?

Silencio.

La mujer de la limpieza, pensó Toots.

Fantástico.

Se quedará todo el día limpiando.

¿Y cómo haré yo para salir de este armario?

—¿Señor Holden? —dijo Matthew.

Holden se puso de pie detrás del escritorio. Cincuenta y dos o cincuenta y tres años, grande como un Buda, fue bamboleándose hacia Matthew, con sus pantalones anchos flameando, las sandalias resonando contra el suelo de madera, una mano regordeta extendida, y una sonrisa de bienvenida en la cara.

—Señor Hope —dijo—, es un placer.

Matthew le estrechó la mano. Un apretón húmedo y blando.

—Señor Holden, represento a un hombre llamado Ralph Parrish, acusado…

—Sí, lo sé. Lo leí en los periódicos. ¿Estoy implicado de algún modo?

A estas palabras las acompañó una mirada coqueta y picara que lograba expresar dos reacciones diferentes:

¿Yo? ¿Implicado en un crimen? ¡Qué absurdo!

Pero al mismo tiempo:

¿Yo? ¿Implicado en un crimen? ¡Qué excitante!

—¿Lo está? —le preguntó Matthew.

—Bueno, me resulta difícil imaginarme cómo. Pero usted ha aparecido por aquí. Y tengo que preguntarme por qué.

—Señor Holden, hace unos seis años…

—Oh, cielos, eso —dijo Holden, e hizo un gesto como descartando el tema con su mano regordeta.

—Su abrupto despido de la compañía…

—Sí, sí —asintió con impaciencia.

—Su subsiguiente demanda por calumnia…

—Y difamación —añadió Holden.

—Que fue arreglada sin llegar a los tribunales.

—Bueno, por supuesto. Por quinientos mil, lo suficiente para comprarme un bonito embarcadero, gracias. La Cerveza Grande sabía que estaba en problemas, después de hacer esa absurda declaración a la prensa.

Yo habría transformado esa fábrica en un aparcamiento, si ella no hubiera accedido a un acuerdo.

—Supongo que La Cerveza Grande es…

—Sí, así es como conocemos a nuestra amada Principal Ejecutiva.

Aunque hay quienes prefieren llamarla La Perra Rubia. Elise Brechtmann.

—Que le despidió a usted.

—Vaya si lo hizo.

—¿Por qué?

—¿El motivo real o el motivo falso?

—Ambos, si es tan amable.

—¿Por qué debo contarle nada a usted?

—No tiene por qué hacerlo. Pero yo siempre puedo pedir…

—Sí, sí, declaraciones juradas, qué aburrido.

—Lo son.

—Bien lo sé —dijo Holden, y suspiró—. Hubo más malditas declaraciones… —Volvió a suspirar—. Declaró que yo estaba robando a la compañía. Ésa fue la razón suficiente para echarme.

—¿Robando qué?

—¿Qué puede robar uno, señor Hope? ¿Clips para papeles? ¿Gomas elásticas? Vamos. Dinero, por supuesto. Enormes sumas de dinero.

—¿Cómo?

—La industria de la cerveza no emplea mucha gente, ¿sabe? Veinte hombres en el turno de la mañana, quince en el de la tarde, y quince en el de la noche. Más dos supervisores y un capataz general en cada turno.

Cuarenta, cuarenta y cinco personas como máximo… para producir dos millones de barriles al año. Es lo que podría llamarse un buen negocio, ¿eh?

Al menos en lo concerniente a la mano de obra.

—Sí, así parece. ¿Pero qué tiene que ver con…?

—La administración es otra cosa. Cuando yo empecé a trabajar para Brechtmann, había siete plantas en todo el país, con equipos de administración locales para cada planta. Mi trabajo era agente de compras.

Que es lo que provocó todo este alboroto. ¿Quiere una cerveza?

—No, gracias.

—Yo tomaré una, si no le molesta —dijo Holden dirigiéndose hacia una nevera que había en la oficina. Los pantalones eran anchos como los de un pijama. Abrió la puerta de la nevera—. La cerveza me creó hábito mientras trabajaba para Brechtmann. Viene bien cuando uno se enfrenta con tareas y gente dura —dijo, y sacó una lata del refrigerador. Cerró la puerta, tiró de la anilla, se la llevó a la boca y bebió—. Adoro la espuma —añadió.

Matthew no dijo nada.

—¿Es casado? —le preguntó Holden.

—Divorciado.

—¿Gay?

—No.

—Qué lástima —dijo Holden—. ¿Dónde estábamos?

—Usted era agente de compras de…

—Sí. Y el agente de compras en una fábrica de cerveza es responsable de la adquisición de los elementos con los que se hace la cerveza.

—Naturalmente.

—Por supuesto. Y los elementos principales para hacer cerveza son la malta, el lúpulo y tanto arroz como cereal.

—Ajá —dijo Matthew.

—¿Sabe lo que es la malta?

—No.

—¿Y el lúpulo?

—No.

—Imaginé que no lo sabría. Casi nadie lo sabe. El lúpulo son las flores maduras y secas de la planta de lúpulo, que es una especie de enredadera.

Esas florecitas contienen un aceite amargo y aromático. Cuando yo trabajaba para Brechtmann, compraba mi lúpulo en Washington, Idaho, Oregon, e incluso en Polonia y Checoslovaquia. La mezcla de diferentes lúpulos en cantidades variadas es lo que le da a cada cerveza su sabor distintivo. La receta de la Cerveza Niña de Oro era un secreto. Yo conocía ese secreto porque sabía qué lúpulos estaba comprando y en qué cantidades.

De modo que robó el secreto, pensó Matthew. Es por eso que lo despidieron. Robó la receta secreta y se la vendió a Anheuser-Busch o a Pabst o a Miller…

—No robé el secreto, si es eso lo que está pensando —dijo Holden—.

En realidad, no robé nada.

—Pero Elise Brechtmann aseguró que sí.

—¡Bueno, por supuesto! —Las cejas se le arquearon alzándose por la frente—. ¿Qué otra cosa podía esperarse de una perra de semejante magnitud?

—Afirmó que usted había robado enormes sumas de dinero, ¿no es esto lo que dijo usted mismo?

—Sí.

—¿Cómo?

—La malta.

—¿Perdón?

—La clave del asunto. Lo que ella afirmó, ¿sabe?, fue que yo me estaba comiendo la malta de la compañía… por decirlo de alguna manera.

—Todavía no sé qué es la malta.

—Malta de cerveza. O malta de cebada, como prefiera, son la misma cosa. Esencial para el proceso de fabricación de cerveza. Se parte de la cebada cruda, y no pasaré por todos los detalles porque es muy aburrido.

Basta decir que sin la malta de cebada no hay cerveza, señor Hope. Y aquí llegamos a la base de la acusación de La Cerveza Grande.

—¿Qué fue…?

—Paciencia, señor Hope —dijo Holden, y suspiró. Tomó un trago de cerveza—. Hubo una época —siguió—, en que yo detestaba el olor de la malta. Ah, bueno. —Tomó otro trago de cerveza—. Cuando trabajaba para Brechtmann —dijo—, teníamos una producción propia de malta que proveía el treinta por ciento de nuestras necesidades. Pero treinta por ciento no es el ciento por ciento, así que yo tenía que dirigirme a productores de malta extranjeros para comprarles el setenta por ciento que faltaba. Tiene que entender cuánta malta usábamos, señor Hope, y cuánto nos costaba.

—¿Cuánta usaban?

—Para producir los dos millones de barriles que salían de la planta al año, necesitábamos treinta millones de kilos de malta.

—Eso es mucha malta —observó Matthew.

—Ya lo creo —corroboró Holden.

—¿Y cuánto les costaba toda esa malta?

—Los precios oscilan continuamente —dijo Holden—. Pero en 1981, yo diría que estábamos gastando algo así como cinco millones anuales por la malta que les comprábamos a productores extranjeros.

—Cinco millones —repitió Matthew.

—Sin regateos —Holden sonrió—. Según Elise, el único regateo lo hacía yo, y para mi provecho exclusivo.

—Ella afirmó que usted estaba robando, ¿pero cómo podía robar?

—Comisiones.

—¿De quién?

—De los distintos productores de malta con los que trataba.

—¿Qué magnitud de comisiones?

—Cincuenta centavos el barril.

—¿Eso es mucho?

—Hay treinta y dos kilos de malta en un barril. Saque la cuenta, señor Hope.

—No, sáquela usted.

—Comprábamos treinta millones de kilos al año. Divida eso por treinta y dos kilos que tiene cada barril, y le da un millón ochocientos cincuenta mil barriles, más o menos.

—A cincuenta centavos por barril.

—Eso decía Elise.

—Eso es mucho dinero.

—Ojalá hubiera sido cierto —dijo Holden.

—¿Qué pruebas tenía para su afirmación?

—Ninguna. Nada en absoluto.

—Y sin embargo le despidió y declaró a los periódicos…

—Una mujer loca —exclamó Holden sacudiendo la cabeza.

—¿Por qué le despidió, señor Holden? Usted dijo que había una razón falsa y una razón real. ¿Cuál fue la razón real?

—¿Quiere decir que no se ha dado cuenta? —preguntó Holden, y sonrió

—. Soy gay.

—¿Le despidió porque…?

—Porque mi amante era un muy buen amigo de ella.

—¿Y quién era?

—Jonathan Parrish.

—Según esto, ha sido un chico muy malo —dijo Bloom.

Estaba sentado tras el escritorio de su oficina, agitando un ejemplar del legajo de antecedentes de Arthur Hurley. El compañero de Bloom, Cooper Rawles, estaba sentado en un ángulo del escritorio. Rawles medía por lo menos un metro noventa y cinco, y pesaba probablemente ciento veinte kilos. Tenía hombros anchos, un pecho de tonel, y unas manos enormes. No parecía una persona con la que se pudiera bromear. El hombre al que había

atacado Arthur Hurley ocho años atrás con una botella de cerveza rota era negro. Cooper Rawles también era negro.

—Eso fue entonces, y ahora es ahora —dijo Hurley.

—Ahora eres un buen chico, ¿es eso? —preguntó Rawles.

Hurley lo miró cómo si hubiera hablado una cucaracha.

—Respóndeme, Artie —le apremió Rawles—. ¿Eres un chico bueno ahora?

—En realidad, ¿qué estoy haciendo aquí? —le preguntó Hurley a Bloom—. ¿Me están acusando de algo?

—¿Quieres que te acusemos de algo? —le preguntó Bloom.

—Quiero saber…

—Piensa algo para acusarlo, Coop —dijo Bloom.

—¿Qué te parece uso de palabras obscenas dirigidas al oficial de policía que…?

—No tenía derecho a arrestarme en el…

—¿Quién ha dicho que estás arrestado? —preguntó Bloom—. Todo lo que ha hecho el oficial ha sido pedirte amablemente que vinieras a responder algunas preguntas.

—Ah, de modo que eso no es arrestarme, ¿eh? ¿Cómo lo llaman entonces? ¿Investigación de campo?

—No, no es…

—Estoy detenido, eso es lo que estoy. En cuyo caso, será mejor que me lean mis derechos y me consigan un abogado.

—No estás detenido —repitió Bloom.

—Bien —dijo Hurley, y se puso de pie—. En ese caso, simplemente me iré…

—Siéntate —le ordenó Rawles.

—¿Por qué? Su amigo me acaba de decir que no estoy…

—¡Siéntate! —le gritó Rawles.

Hurley lo miró furioso.

—Creo que será mejor que se siente —dijo Bloom suavemente.

—Entonces, ¿cuál es el próximo paso? —preguntó Hurley sentándose

—. ¿La porra de goma?

—Para ser un tipo que no ha hecho nada —observó Bloom—, pareces muy a la defensiva.

—Quizá pasé demasiado tiempo en la cárcel por cosas que no hice —

replicó Hurley.

—Exacto —dijo Rawles—. Todos los que están en la cárcel son inocentes.

—No todos.

—Sólo tú.

—Un par de veces, sí. Un par de veces, era realmente inocente. No hice nada, y ahí estaba, preso.

—Qué vergüenza —se burló Rawles.

—Pero se supone que eso es la justicia —dijo Hurley—. Y ahora tampoco he hecho nada.

—Nadie te ha acusado de nada —insistió Bloom—. Sólo queremos hablar contigo.

—Y supongo que también quieren hablar con Billy, ¿eh? A él también le han traído, supongo que quieren hablar con él. ¿Dónde lo tienen? ¿En el otro cuarto? ¿Haciéndole las mismas preguntas que a mí, confrontando versiones?

—¿Acaso te hemos hecho alguna pregunta?

—No, pero…

—Entonces cállate.

—¿Por qué? Su socio acaba de decir que yo no he hecho nada. En tal caso…

—En tal caso, cállate —le ordenó Rawles.

—Si no he hecho nada, ¿qué es lo que se supone que no he hecho?

—Se supone que no asesinaste a un oficial de policía —dijo Bloom.

—Oh, mierda —soltó Hurley—, ¿es eso lo que están tratando de cargarme? Cielos, déjenme salir de aquí.

—Siéntate —dijo Rawles.

—No, señor, será mejor que me lean mis derechos en este preciso instante. Se trata de un policía muerto, será mejor que me lean mis derechos y me consigan un abogado. Y díganselo a Billy también. Díganle que se han cargado a un policía. Tío, esto es serio. Este asunto se ha puesto muy serio.

—Siéntate —ordenó Rawles.

—Siéntate —repitió Bloom.

—No he matado a ningún policía —declaró Hurley—. ¿Se creen que soy un aficionado?

—¿Quién ha dicho que tú mataste a un policía?

—¿He oído mal? Pensé que alguien había dicho que un oficial de policía…

—Yo he dicho que tú no has matado a un oficial de policía —dijo Bloom.

—Claro —asintió burlón Hurley.

—¿Por qué estabas vigilando la casa de Parrish? —preguntó Rawles.

—Oh, de modo que es eso —dijo Hurley.

—Estabas vigilando la casa de Parrish, ¿no es así?

—Exacto, había alguien dentro de la casa, y yo no pensaba entrar hasta que saliera. ¿De qué me están hablando? ¿Era un policía el que estaba dentro de la casa? ¿Mataron a un policía ahí dentro?

—Pareces saber mucho sobre quiénes se encontraban o no en esa casa

—dijo Bloom.

—Reconozco una trampa cuando la veo, y eso era una trampa. Vi a un tipo espiando por la persiana de la ventana, no necesito ser un genio para saber que era una trampa. Así que había un policía dentro, ¿eh? Bueno, no he sido yo el que lo hizo. Billy tampoco.

—¿Por qué estaban vigilando la casa? —preguntó Rawles.

La pregunta iba a repetirse. Cuando un ladrón no responde a una pregunta, tiene una razón. Los ladrones son tan hábiles como las estrellas de cine para no responder preguntas. Si le preguntan a una actriz famosa: ¿Es cierto que abandonará Dinastía el año que viene?, ella responderá: El clima del sur de California me sienta tan bien. Si le preguntan a un ladrón ¿Qué estaba haciendo con esas ganzúas en el bolsillo?, él responderá: Mi madre está agonizando en el hospital. Las estrellas de cine y los ladrones actúan exactamente igual a la hora de contestar preguntas que no quieren responder. Todo lo que puede hacer un policía o un periodista es repetir una y otra vez la misma pregunta.

—¿Por qué estabas vigilando la casa?

Esta vez la pronunciaba Bloom.

Si se pregunta con la suficiente insistencia, quizá para Navidad llegue una respuesta directa.

—Primero díganme si mataron a un policía ahí adentro —dijo Hurley.

—Sí —afirmó Bloom.

Rawles lo miró.

Bloom se encogió de hombros.

El gesto quería decir: «Juguemos limpio, y veamos qué sacamos de él».

Rawles hizo una mueca.

La mueca quería decir: «Es un maldito ladrón, lo único que sacaremos de él serán mentiras, no importa cómo juguemos».

Hurley asintió.

—Entonces yo tenía razón —dijo—. Mataron a un policía dentro de esa casa.

—Sí —repitió Bloom.

Rawles suspiró y sacudió la cabeza.

—¿Cuándo ha ocurrido? —preguntó Hurley.

—¡Ahora él es el policía! —dijo Rawles furioso—. Él es el que hace las preguntas.

—Fue anoche —dijo Bloom.

—Por todos los santos, Morrie…

—Ni siquiera me encontraba cerca de la casa de Parrish anoche —dijo Hurley.

—¿Dónde estabas?

—En la cama con mi novia. Que, a propósito, está embarazada.

—Mandamos a la cárcel a muchísimos tipos con novias embarazadas —

dijo Rawles.

—¿En serio?

—Te lo digo por si esperabas que nos pusiéramos a llorar de compasión o algo así.

—No, no esperaba eso, no se preocupen.

—¿Cómo se llama la chica? —preguntó Bloom.

—Helen Abbott. Llámenla ahora mismo, adelante. Está en el motel, no sabe por qué nos trajeron a mí y a Billy. Pregúntenle dónde estaba anoche, a

cualquier hora que hayan matado a ese policía; adelante, pregúntenselo.

Cojan el teléfono y pregúntenselo. Les dirá que estaba en la cama con ella.

—¿A qué hora fue eso?

—¿Fue qué?

—¿Cuándo estuviste con ella? ¿De qué hora a qué hora?

—Toda la noche.

—¿De qué hora a qué hora?

—¿A qué hora mataron al policía?

—¡Responde a la pregunta! —gritó Rawles.

—Escuchen —dijo Hurley—, estoy respondiendo a estas preguntas voluntariamente, no tienen que…

—¿De qué hora a qué hora? —repitió Rawles.

—Volvimos de cenar antes de las nueve. Miramos un poco la televisión y nos dormimos. Billy estaba en el mismo cuarto, en la otra cama.

Pregúntenle a él dónde hemos estado toda la noche, él se lo dirá.

Pregúntenles a los dos. Ninguno de nosotros se ha acercado a la casa de Parrish en toda la noche.

—¿A qué hora han ido a desayunar esta mañana? —preguntó Bloom.

—Alrededor de las ocho.

—¿Los tres?

—Los tres.

—¿A dónde han ido?

—A un Burger King.

—¿Por qué estaban vigilando la casa de Parrish?

Ya era la cuarta vez.

—La abuela de Helen dice que no nos cree —dijo Hurley.

Lo que equivalía a decir «el clima del sur de California me sienta muy bien», o «mi madre está agonizando en el hospital».

Los dos policías lo miraron.

—Lo que son meras palabras, por supuesto —añadió Hurley.

—Justo lo que estaba pensando —dijo Rawles.

—Me refiero a que ella diga que no nos cree. Ella sabe que estamos diciendo la verdad.

—¿Sobre qué?

—Que Helen es su nieta. La clave está en que necesitamos pruebas.

—Pruebas —repitió Bloom.

—Sí.

—¿De qué?

—De que ella es su nieta.

—Ajá.

—Y las fotos de ella cuando era un bebé podrían probarlo. —Continuó Hurley.

—Ajá.

—Pensamos que quizás estén en la casa de Parrish. Y por eso la vigilábamos. Pero no pensábamos entrar sabiendo que alguien ya estaba dentro.

—¿Qué fotos de bebé? —preguntó Rawles.

—De Helen. Fotos de ella de recién nacida. Con la madre, ¿saben?

Helen y su madre.

—Ajá.

—Fotos de las dos juntas. Así la abuela no podría decir que la joven que aparece amamantando al bebé no es su hija. Porque lo es. Quiero decir, es la foto de ella, con su cara. Lo que significa que Helen está diciendo la verdad.

Cosa que la abuela ya sabe. Pero ésa es la prueba que necesitamos. Las fotos. Y pensamos que están dentro de la casa. Por eso tuvimos que vigilar la casa.

—Pero no han entrado, ¿eh? —preguntó Bloom.

—Imposible —dijo Hurley—. ¿Con alguien dentro? Imposible. Los policías se miraron.

—¿Qué te parece? —preguntó Bloom.

—Es tan estúpido que debe de ser cierto —repuso Rawles.

El ruido del aspirador.

La mujer de la limpieza estaba en la sala.

El cerebro de Toots funcionaba a la velocidad de un coche de carreras.

En el dormitorio la moqueta llegaba hasta dentro del armario. Lo que significaba que pasaría el aspirador por allí también. Posiblemente no

abriría la puerta del armario. ¿Pero y si lo hacía? Podía abrir para colgar algo recién traído de la tintorería, para guardar un par de zapatos o un albornoz que alguien hubiera dejado bajo la cama o en una silla, había tantos motivos por los que podía abrir este armario y encontrar una rubia de pelo rizado, de veintiséis años, mojándose las bragas. Tenía que salir de allí antes de que ella subiera. ¿Pero cómo?

Sonó el teléfono.

En el estante sobre su cabeza se oyó un diminuto clic. El sonido de la campanilla del teléfono había puesto en marcha el mecanismo. Los rollos del grabador empezaron a girar. La aspiradora se interrumpió.

—¡Ya voy! —le gritó la mujer al teléfono.

Toots salió del armario en un abrir y cerrar de ojos. Deslizándose con cautela por la puerta entreabierta, como no lo habrían hecho mejor una serpiente o una cucaracha, asomó un ojo y la punta de la nariz, quizá parte del mentón también, y vio el gordo trasero de la mujer de la limpieza balanceándose por el pasillo alfombrado hacia el teléfono de pared en la cocina. Toots salió al pasillo. La mujer estaba llegando al teléfono. No vuelvas la cabeza, pensó, y trató de orientarse. La puerta abierta de un segundo dormitorio al otro lado del pasillo, tenía que dar a la calle lateral.

El garaje estaría…

—¿Diga?

Una mirada hacia la cocina. La mujer inclinada sobre la repisa, su gran trasero apuntando al comedor.

—Sí, residencia de la familia Summerville.

El garaje debía de estar cerca de la cocina. Imposible llegar al garaje sin pasar junto a Brunilda.

—Lo siento, la señora Summerville no está en este momento. ¿Quiere dejar un recado?

Pero quizá…

—¿La liga de qué?

Atravesar el vestíbulo, meterse en el estudio. Quedarse allí hasta que Brunilda llegara hasta el dormitorio principal, y entonces salir por la puerta del frente.

—De la Vida Silvestre en Florida, sí, señora. La Liga para Proteger la Vida Silvestre en Florida, sí, señora, lo he anotado. Y la reunión es esta noche. Sí, señora. La casa de la señora Colman. Sí, señora. A las ocho. Sí, señora, lo he anotado todo. Le dejaré el recado al lado del teléfono si no ha vuelto antes de que yo me vaya. Sí, señora, gracias.

El clic del receptor devuelto a la horquilla.

La mujer volvió a la sala y puso en marcha otra vez el aspirador. Pasó frente al estudio y al segundo dormitorio y entró en el dormitorio principal.

Y abrió la puerta del armario.

Y pasó el aspirador entre las filas de zapatos.

Toots Kiley ya estaba en el estudio.

Dos minutos después salía por la puerta principal y caminaba rápido hacia donde había estacionado el Chevy.

—¿Cómo se supone que volveremos al motel? —quiso saber Billy.

—Cogeremos un autobús —dijo Hurley.

—¿Tienen autobuses en esta aldea?

—Los he visto pasar —respondió Hurley.

Fue una larga caminata hasta la carretera 41. Era casi el mediodía, el cielo nublado e incierto, la temperatura alrededor de los veintiún grados centígrados.

—Esto significa que nos pusimos en evidencia, ¿te das cuenta? —dijo Billy.

—Sí —repuso Hurley.

—Quiero decir, esquivamos lo del asesinato, pero los dos les hablamos de las fotos…

—Sí.

—Quiero decir, tuvimos que hacerlo.

—Lo sé.

—Si no, ¿a santo de qué íbamos a estar vigilando la casa? ¿Para matar a un policía que estaba dentro?

—Lo sé, lo sé.

—Así que hemos tenido que decirles lo de las fotos.

—Nadie te está culpando.

—¿Quién ha dicho que alguien me estaba culpando? Estoy diciendo que si no les hablábamos de las fotos, habrían caído sobre nosotros por lo del policía muerto. Porque sabían que estábamos vigilando la casa.

—Sí. ¿Y sabes de dónde sacaron ese dato?

—¿De dónde?

—De ese abogado bocazas que vino al motel.

—Exacto, no lo había pensado. Tuvo que ser él.

—Por supuesto que fue él.

—Pero lo que estoy diciendo es que ya podemos olvidarnos de esas fotos. Porque la policía irá a la casa con cien tipos, pondrán la casa patas arriba y las encontrarán. Y sin las fotos, la vieja dama no aflojará, y eso no tiene solución. El negocio ha terminado, Artie, no tenemos nada más que hacer en esta mierdosa ciudad.

—Sí —asintió Hurley.

Pero estaba pensando que no estaban del todo acabados.

Lo primero que tenía que hacer era enseñarle a la pequeña señorita Helen Abbott con su gran barriga a no ser tan rápida en dejar pasar a abogados extraños y en decirles todos los secretos del universo. Eso era lo primero. Enseñarle qué significa tener la boca cerrada sobre asuntos importantes, y hacerle caer todos sus malditos dientes si ése era el modo en que podía aprenderlo.

Lo siguiente era localizar al señor Matthew Hope y hacerle saber que no se jugaba con Arthur Hurley.

Nadie iba a la policía y decía que Arthur Hurley estaba vigilando una casa donde habían matado a un policía, no se le hacía perder un millón de dólares a Arthur Hurley sólo por ser un abogado charlatán, eso no se le hacía a Arthur Hurley, hombre.

No se hacía.

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