La casa que construyo Jack
Capítulo 1
Éste es el granjero que sembró el trigo que comió el gallo que cantó a la mañana…
Matthew se preguntó qué estaba haciendo ahí.
Soy un abogado, pensó. ¿Por qué estoy aquí tirado bajo la lluvia?
—Escucha —susurró Warren.
Matthew escuchó. Oía el sonido de un oleaje furioso batiendo la playa.
Oía el roce del follaje de las palmas en el viento fuerte. Oía el silbido de la hierba a lo largo de la costa.
Nada más.
—¿No has oído algo? —susurró Warren.
—No —contestó Matthew.
Siguieron vigilando la casa.
Estaban tendidos detrás de una enorme parra a un costado de la casa, cuyo frente daba al mar. Un viento frío agitaba las hojas anchas de la planta.
Bajo sus cuerpos, la arena estaba fría y húmeda. Del mar provenía un viento enfurecido. Era el 3 de febrero. Había empezado a llover la mañana del asesinato. Había estado lloviendo sin parar durante los últimos cinco días.
Palabras.
Uno escuchaba palabras, y no significaban nada hasta que empezaban a formarse las imágenes. Al comienzo, Matthew no había evocado ninguna imagen, se había limitado a oír la cadena de palabras que fluían de la boca de Ralph Parrish. Parrish había venido a Florida a ver a su hermano. Había venido conduciendo su automóvil desde Indiana, hacía una semana; de Wander, Indiana, según decía la licencia del coche. Había venido para el cuadragésimo cumpleaños de su hermano. El hermano de Parrish era gay.
Parrish lo sabía. Aun así, no se había preparado para la fiesta que dio su hermano, aquí en la casa de la playa. Hombres vestidos de mujer. Hombres bailando unos con otros. Besándose unos a otros. Parrish había subido a su cuarto a las doce menos diez. Pocos minutos antes de las siete de la mañana, oyó gritar a su hermano. Bajó corriendo.
Al verlo por primera vez, Matthew le calculó cincuenta y dos o cincuenta y tres años. Cabello gris en las sienes, la nariz algo hinchada, la boca de labios finos. Hombros anchos que hacían parecer ajustada la camisa de algodón de la cárcel. Un granjero de Indiana que debería haberse sentido a gusto aquí en Calusa, donde venían a instalarse tantos nativos del Medio Oeste. Pero lo habían arrestado por matar a su hermano menor.
Palabras.
Jonathan, el hermano, saludando a los invitados en su fiesta del viernes por la noche. Pese al frío, lleva puestos pantalones de lino bien planchados y una camisa de seda desabrochada hasta la cintura. Un ornamentado crucifijo de oro entre el espeso vello del pecho, colgando de una gruesa cadena de oro. Regalo de un antiguo amor. Un recuerdo de la
«Peregrinación Italiana» de Jonathan, como la llama cuando se pone melancólico. Parrish usa exactamente esas palabras: cuando su hermano se pone melancólico. De pronto Matthew se pregunta si no será gay él también.
Palabras.
Pero algunas imágenes empiezan a formarse.
El crucifijo es un pequeño recuerdo de un dentista de Chicago, recién salido del armario, que veraneaba en Venecia. Bruce no-sé-cuántos, ¿puede creerlo? Un Jonathan delgado, esbelto, rubio, pálido y de ojos azules, con el viejo crucifijo de Bruce en el pecho y las campanas de St. Benedict calle abajo dando la hora, bong, bong, bong, mientras llegan los invitados, y así siguen, son las siete en punto. En Calusa, Florida, todo el mundo es puntual, nada de aparecer con un elegante retraso de media hora o cuarenta y cinco minutos. Oh, no, aquí la gente no quiere perderse un segundo de la fiesta.
Moralidad del Medio Oeste, hábitos del Medio Oeste, transportados con rumbo sur hasta el Golfo de México.
—¡Jonathan, esto es celestial!
La expresión proviene de un viejo marica enjoyado, con una estola de visón sobre un modelo exclusivo de Pierre Cardin. Uno de los amigos de Jonathan. Todos de pie en el muelle de la casa de la playa en el Cayo de los Suspiros; el aire cargado de Poison y Shalimar y Tea Rose y sólo Dios sabe qué otras fragancias; la mitad de los hombres vestidos de mujer, los otros con ambiguas posturas de macho, todos suspirando y exclamando mientras el sol se pone sobre el Golfo, la última puesta de sol que verán en cinco días porque a las cinco menos cuarto de la mañana empezará a llover.
Jonathan dice:
—Mi hermano es un caballero agricultor, ¿saben?
Un tipo flaco vestido de cuero negro (el único elemento rudo a la vista) pregunta:
—¿Y los caballeros agricultores introducen el arado bien hondo?
Y el marica perfumado de la estola de visón dice:
—Bandido, bandido —y le da un golpecito con su abanico japonés.
Imágenes que se forman.
Aromas.
Sonidos.
Jonathan pone un compact disc nuevo que alguien ha traído de regalo, y alguien observa los fríos y netos y fíeles que son los sonidos que salen de los parlantes. Una pareja empieza a bailar, bien amarrados, y, antes de que nadie pueda pronunciar la palabra SIDA, todos están bailando, es como en los viejos tiempos, ah, esos queridos viejos tiempos ya muertos, las manos en la nuca, los dedos acariciando el cuello, dime que me quieres, mi amor.
Ralph Parrish está viendo una película inesperada, el estómago se le revuelve. Se lo dice a su hermano en términos claros. De ahí sigue una discusión violenta, y Parrish sube ruidosamente a su cuarto en el último piso de la casa.
Desde el cuarto oye risas, se están riendo de él.
Y más música.
Concilia el sueño con dificultad. Sueña en acres y acres de trigo bañado por el sol, su rica cosecha allá en Indiana, pero detrás de cada espiga que se marchita hay una pareja de maricas fornicando.
Apenas un barrunto de luz tras las persianas bajas.
El sonido de la lluvia arrasando el muelle.
Voces que suben en una discusión.
Y un grito de su hermano.
Y ahora las palabras estallan en imágenes maduras: Parrish apartando las sábanas húmedas. Los pies descalzos en el piso de madera ligeramente pegajoso por la sal, su hermano que sigue gritando, el grito como una mancha color rojo sangre en el gris pálido del amanecer, y después otra vez palabras:
—¡No las tengo! ¡No sé dónde están!
—Quien grita es su hermano. Después otro grito.
Y silencio.
Parrish baja corriendo.
Un portazo.
Por la ventana, ve a alguien corriendo por la playa hacia el norte.
Corriendo bajo la lluvia.
Alguien vestido de negro.
En el piso, su hermano viste de rojo.
Los pantalones de lino blanco están manchados de rojo, la blusa de seda abierta está manchada de rojo, su hermano está rojo por la sangre que mana de media docena de cortes en las manos, sangre que mana con exasperante lentitud de la herida que alberga la hoja del cuchillo hundido en el pecho.
Jonathan lo mira desde el suelo.
Los ojos le brillan de terror y dolor.
El primer instinto de Parrish es arrancar el cuchillo del pecho de su hermano.
Esto se lo dice después a Matthew.
—Pensé que podría aliviar su sufrimiento si sacaba el cuchillo.
Fueron sus palabras a Matthew.
Arrancó el cuchillo.
Y la sangre le saltó sobre las manos y el rostro.
—Tanta sangre —le comenta después a Matthew.
Palabras.
Palabras recordadas bajo la lluvia que cae.
Imágenes de sangre.
El granjero de Indiana seguía sosteniendo que el hombre de negro era el asesino o un testigo del asesinato. Si era el asesino, casi con seguridad volvería a la casa a buscar lo que quería entonces. La policía de Calusa había terminado su trabajo en la casa a primera hora de esta tarde. Ahora Matthew y Warren estaban tendidos boca abajo mientras llovía, esperando la posible aparición del desconocido de negro, que había salido corriendo al amanecer lluvioso y gris del 13 de enero.
—¿No lo oyes? —susurró Warren.
—No —respondió Matthew también en un susurro—. ¿Qué?
—Hay alguien en esa casa —dijo Warren.
Y se puso de pie.
Treinta y cuatro años, negro, alto y delgado, ex policía de St. Louis, ahora trabajaba de detective privado aquí en Calusa. Una Smith & Wesson calibre 38 salió de una funda colgada del cinturón. Dio un rodeo al arbusto.
Matthew deseó estar en su casa, en la cama. Pero siguió a Warren por el sendero que subía hasta los escalones del muelle, los subió detrás de Warren hasta el muelle, el muelle estaba resbaladizo por la lluvia; las nubes se acumulaban en el cielo, ni un rastro de la Luna. Las cintas de precintado de la policía seguían pegadas a las puertas-ventanas en la parte de atrás de la casa.
Warren escuchó a través de las puertas.
Y afirmó con la cabeza.
Había alguien dentro. /
Matthew también oyó los ruidos.
Alguien revolvía algo.
¿Buscando algo?
¿Qué?
Las puertas estaban cerradas con llave. Warren tardó doce segundos en forzar la cerradura con una tarjeta plastificada de American Express.
Nadie en la sala. Formas que apenas se dibujaban en la oscuridad. Un sofá. Varias mecedoras de rattan. Una biblioteca. Un cubo con carbón. Un escritorio contra una pared. Un rectángulo más oscuro: una puerta. Más allá de esa puerta, abierta, otra vez el ruido. Warren le tocó el brazo a Matthew.
Esperaron.
Al otro lado de la puerta, la cocina.
Ahora, silencio.
Una ventana abierta. Una cortina agitándose por el húmedo viento marino.
Otro ruido.
Sus ojos se iban adaptando a la oscuridad.
Un refrigerador. Un fregadero. Una encimera. Una mesa. En una de las sillas…
Ojos.
Una máscara.
—¡Alto! —gritó Warren, y se inclinó, sosteniendo la pistola con las dos manos, en la postura típica de policía.
—Es un… —empezó Matthew, pero ya era tarde.
Warren ya había atravesado de un tiro al mapache.
En Florida los mapaches parecen hienas. No son suaves, tiernos y mimosos como son en realidad, o lo parecen, en climas más fríos. En esas playas, no necesitan mucha piel. No producen el deseo de acariciarlos o abrazarlos. No son adorables. No emergen sacudiéndose graciosamente del agua; se escabullen. Los pocos pelos húmedos les quedan colgando, y se mueven con una cojera fluida, semejante a la de la hiena, en su búsqueda de comida. Pueden abrir cubos de basura tapados con tanta facilidad como un ladrón o un policía abren una puerta cerrada con llave. Si entran en una casa, causan una devastación. Es preferible un huracán a un mapache.
Warren Chambers estaba feliz por haber matado al mapache.
—Son portadores de rabia —dijo.
A Frank Summerville le disgustó que Matthew y Warren se hubieran introducido en la casa de Parrish y mataran al mapache.
—No eres detective privado —dijo.
—Lo sé —dijo Matthew—. Soy abogado. Warren es el detective privado.
—Sea como fuere —añadió Frank—, no teníais derecho a irrumpir en la casa de Parrish.
Estaban en la oficina de Frank. Summerville y Hope, en la calle Heron.
El nombre de la calle aludía a un gran pájaro de Florida abriendo las alas bajo el sol…, salvo que seguía lloviendo. La definición que daba Frank del infierno era: lluvia en Florida. Neoyorquino desplazado, de cuarenta años, un metro setenta y cinco de altura, cara redonda, cabello oscuro, ojos castaños. Hablaba todo el tiempo de su ciudad natal, la Gran Manzana. A Calusa la llamaba la Pequeña Naranja. A Miami lo llamaba el Gran Tamal, en razón de su población hispánica. Odiaba Florida. Matthew se preguntaba por qué no volvía a Nueva York. Pero esperaba que no lo hiciera. Era un buen amigo y un buen socio.
Hoy algo le estaba molestando.
Algo más que la lluvia interminable y el mapache muerto.
Conocía bien a su socio.
Algo en esos ojos.
—¿Qué es? —le preguntó.
—¿Y me lo preguntas? Te introduces ilegalmente en una casa diez minutos después de que la policía haya terminado su trabajo en ella…
—Parrish está seguro de que el asesino volverá.
—Eso es exactamente lo que yo diría si yo fuera el asesino y quisiera que mi abogado pensara que no soy el asesino.
—Frank… El hombre es inocente.
—Es lo que él dice.
—No habría aceptado el caso si pensara…
—Sí, sí, conozco tus reglas.
Silencio.
Matthew volvió a mirar esos ojos.
—¿Quieres hablar de lo que te preocupa, Frank?
—¿De tus reglas? Seguro. Piensas que…
—No, no de mi código.
—Piensas que el mundo se divide en chicos buenos y chicos malos. Los chicos buenos no cometen asesinatos.
—Ésas son mis reglas, ¿eh?
—Me baso en la evidencia —dijo Frank, y asintió con un movimiento terminante de cabeza.
Otro silencio.
—Habla —insistió Matthew.
—¿Que hable de qué?
—De lo que te preocupa.
—Vamos, no es nada.
—¿Qué es?
—Vamos, no querrás oír esas tonterías.
—Sí quiero.
Frank lo miró. Soltó un pesado suspiro. Se volvió y miró la ventana. La lluvia velaba los cristales.
—Leona —dijo.
Leona Summerville, su esposa. Dos o tres años menor que Frank. Tres centímetros más baja que él. Últimamente llevaba el cabello negro muy corto. Un rostro fino y bonito, con los pómulos altos. Nariz respingona.
Boca amplia y sonrisa deslumbrante. Cintura de avispa, caderas anchas, piernas largas y pechos exuberantes. Pertenecía a la Liga de Protección de la Vida Silvestre de Florida, asistía a las reuniones una vez por semana.
Quizás era por esto último que a Frank le había molestado la muerte del mapache.
—¿Qué pasa con ella? —preguntó Matthew.
Frank apartó la vista de la ventana. En los cristales se deslizaban serpientes de lluvia.
No dijo nada durante un largo rato. Matthew esperó.
—Creo que me engaña —respondió al fin Frank.
Palabras.
Sin imágenes todavía.
Bueno, sí, la imagen inmediata de Leona orgullosamente desnuda abrazada a un extraño sin rostro. Una toma de un vídeo erótico. Una instantánea caprichosa, desvanecida en un flujo electrónico; Matthew prefería no verla.
Pero las palabras seguían fluyendo.
Las ausencias de Leona, mal explicadas, y sus insostenibles excusas durante los últimos meses. Voy al cine con Sally. Tengo que arreglarme las uñas, la manicura recibe en su casa por la noche. Saldré a cenar con mis
amigas el lunes por la noche, creo que al Marina Lou’s. Tengo que comprarle un regalo de cumpleaños a mi hermana, las tiendas están abiertas hasta tarde esta noche. Estaré fuera todo el sábado, tenemos que acondicionar las cosas para el remate de beneficencia de la iglesia. Y las llamadas. Siempre colgaban cuando contestaba Frank. ¿Diga? Colgaban. O, recientemente, hombres (parecían hombres diferentes cada vez) que preguntaban por Betty o Jean o Alice o Fran y se disculpaban por haber marcado un número equivocado. La ropa interior oculta en el fondo de un cajón de la cómoda. Panties abiertos a la altura del sexo, que él nunca le había visto usar. Portaligas y medias negras. Sostenes con agujeros en los pezones. El nuevo corte de pelo. Un perfume nuevo. Cigarrillos de otra marca. Y anoche…
—Esto ya es más íntimo —dijo Frank.
—Dímelo de todas formas.
—Estaba con la gente de la Vida Silvestre… o al menos eso fue lo que me dijo. Fue a la reunión después de cenar, regresó a casa poco antes de la medianoche. Las reuniones por lo general terminan a las once y media.
Vaciló antes de seguir.
—Matthew, no quiero creer esto.
—Yo tampoco.
Parecía al borde de las lágrimas.
—Ella…, ¿sabes?, ella… usa un diafragma. Cuando… antes de que hagamos el amor, ella… va al baño y… se lo pone. O se lo coloca, como sea.
Volvió a mirar hacia la ventana. Seguía lloviendo.
—Yo estaba acostado cuando volvió. La vi desnudarse… Yo quería hacer el amor, ¿sabes?, así que cuando se metió en la cama a mi lado, empecé… ya sabes… a besarla y… bueno, tocarla… y…
Otra vez imágenes.
Ambos desnudos en la cama. Frank descaradamente erecto, Leona aceptando sus salvajes caricias. Las manos de él le recorren los pechos, el vientre, y al fin buscan abajo, dedos que exploran. Ella intenta salir de la cama. «No tengo nada puesto», dice rápidamente, y trata de desprenderse de él, pero es demasiado tarde, los dedos de Frank ya están dentro de ella.
—Llevaba el diafragma —dijo Frank.
Silencio, salvo la lluvia.
—Se lo puso para salir, Matthew…
El ruido firme de la lluvia sobre las hojas de los árboles al otro lado de la ventana.
—Me… me dijo que esperaba que hiciéramos el amor, que se había anticipado. Pero eso… no es de Leona. Ella nunca… quiero decir… en ella siempre es una cosa espontánea.
Matthew asintió.
—¿Llamaste a alguien? —preguntó—. A esa gente de la Vida Silvestre.
Para ver si de veras hubo una reunión…
—Hubo una reunión, eso lo sé. No es estúpida.
—¿Pero asistió?
—En el grupo hay cincuenta o sesenta personas, y no se controla la asistencia, no se registra quién se va antes, o…
—El único que registra eres tú. Sus horarios y sus idas y venidas, sus cambios de perfume y cigarrillos, y la ropa interior… —Sí. Es lo que he estado haciendo.
—¿Se te ha ocurrido pensar que Leona podría estar diciendo la verdad?
—Ella está en el bando de los chicos buenos, ¿eh?
—Siempre lo he pensado, Frank.
—Sé que mentía respecto al diafragma.
—No puedes estar seguro. Quizá realmente planeó…
—¿Entonces por qué dijo «No tengo nada puesto»? Cuando ya tenía puesta la maldita cosa…
—Quizá no le entendiste bien. Quizá…
—No.
—Quizás ella quiso decir…
—No.
—¿Por qué no le preguntas qué quiso decir, Frank? Habla con ella. ¡Por todos los cielos, es tu esposa!
—¿Lo es?
Sus miradas se encontraron.
—¿Está muy ocupado Warren? —preguntó Frank.
—Mucho. ¿Por qué?
—Quiero que la vigile.
—No creo que debas hacerlo, Frank.
—Tengo que saber. De un modo u otro, tengo que saber. Matthew suspiró.
—¿Podrías… podrías hablar tú con él? —dijo Frank.
—Si de veras quieres que lo haga.
—Por favor.
—Comprendes que tendré que decirle…
—Sí, quién es. Sí. Por supuesto.
Matthew volvió a suspirar.
—Lo pondré a trabajar —dijo.
—Gracias.
—Tengo la esperanza de que te equivoques.
—Yo también —añadió Frank.
Primero lo primero, pensó Warren. Si la dama se ve con otros hombres, lo seguirá haciendo mañana o dentro de una semana. En esos casos no hay urgencias. Lo importante ahora era hablar con el hombre de negro.
Warren estaba sentado a una mesa acariciando su cuarta cerveza. Se preguntaba si existiría la posibilidad de contraer el SIDA sólo por asistir a un lugar como éste. El estado de Florida era el tercero en población homosexual, después de Nueva York y California, pero hasta el momento sólo se habían dado setenta y cinco casos de SIDA en Calusa. Para Warren, la cantidad era excesiva. Especialmente si uno podía contagiarse tomando una cerveza.
El barman le había dicho que le señalaría a Ishtar Kabul en cuanto entrase. Ishtar Kabul. El apellido indudablemente tomado del nombre de la ciudad de Afganistán, el nombre inspirado en la película. Alguien le había dicho a Warren que Ishtar en árabe quería decir Howard el Pato.
Desde el momento en que empezó a trabajar en este caso, y salvo la noche anterior cuando mató al mapache, Warren había estado siguiendo a los testigos que el fiscal del distrito se proponía llamar al estrado. Sumaban
doce, doce hombres buenos y veraces. Lo mismo que el jurado que les oiría testificar que Ralph Parrish y su hermano habían discutido violentamente la noche antes del crimen.
Localizó a la mayoría en las direcciones que la Fiscalía le había proporcionado, y después empezó a buscar al resto en los bares de homosexuales de la ciudad. Había sólo tres bares de este tipo en toda Calusa: Scandal’s, en el piso alto del restaurante griego en Michael’s Mews; Popularity, frente al aeropuerto en la carretera 41; y The Lobster Pot, aquí en la esquina de la Diez y Citrus. El Lobster Pot era el más antiguo de los bares gay de la ciudad, y el de peor fama. Se lo había dicho Christopher Summers.
Había encontrado a Summers al fin esa tarde a última hora, en el parque frente a Marina Lou’s, una de las zonas de contacto de homosexuales.
Summers no parecía en absoluto el marica descrito por Parrish. Nada de estola de visón ni perlas ni abanico japonés. Sentado en un banco bajo la lluvia, con un gran paraguas azul y blanco y un traje tropical color habano, parecía un respetable banquero, cosa que, por lo que sabía Warren, bien podía ser. Warren se había sentado en el banco. Summers no tardó treinta segundos en invitarlo a su casa a tomar un trago. Warren le dijo que no, gracias, y que en lugar de eso esperaba poder hablar sobre la fiesta en casa de Jonathan Parrish la noche del viernes pasado.
—Oh —dijo Summers.
Así fue como empezaron la conversación.
Hablaron sentados bajo la lluvia. Los dos apretados como amantes bajo el gran paraguas azul y blanco. Plinc, plinc, hacían las gotitas de lluvia.
—Sí —dijo Summers—. Había un hombre vestido enteramente de negro en la fiesta de Jonathan, cuero negro si mal no recuerdo, un hombre llamado Ishtar Kabul.
Warren preguntó si Kabul era negro, con un nombre así.
—Oh, no —dijo Summers—, es tan blanco como usted o como yo.
Y sólo entonces cayó en la cuenta de que estaba hablando sólo para sí mismo. Pero sí, en realidad Kabul era blanco, entre veinte y treinta años, y, por supuesto, gay. Antes de la noche de la fiesta, Summers lo había visto
sólo una vez, cuando Kabul salía del Lobster Pot, y Summers pasaba lentamente frente a la puerta.
—¿Está seguro —preguntó— que no quiere venir a mi casa a tomar un trago? Puedo encender un fuego en la chimenea, con esta lluvia horrible.
No tendrá intenciones de ir a ese lugar, ¿no?
Y fue entonces cuando le explicó que los gays de Calusa encontraban poco elegante al Lobster Pot, y que su reputación no era de las mejores en el ambiente.
En efecto, al Lobster Pot definitivamente no se lo podía calificar de elegante. Las obligatorias redes colgando de las paredes, con rojas langostas muertas tratando trepar por ellas. Mesas de inspiración marina, con herrajes de bronce tan opacos como madera. La iluminación al estilo Casablanca, baja y ahumada. Una barra larga y maltrecha, en la que se alineaban exclusivamente hombres. Un tocadiscos automático atronando rock.
Ishtar Kabul entró a las once menos cuarto; su llegada se hizo notar con un gesto discreto del barman.
El hecho de que siguiera vestido enteramente de negro mostraba que el tipo tenía sangre fría, eso Warren debía reconocérselo. Si de veras era el que había liquidado a Jonathan Parrish y después había salido corriendo bajo la lluvia, se suponía que a estas alturas ya se habría vestido de rosa fluorescente.
Pero no, seguía de negro.
Cerró un gran paraguas negro, sacudiendo agua en el suelo. Pelo negro, vaqueros negros y un suéter negro de cuello en pico, las mangas remangadas por encima de los codos. Botas negras. Pulsera de cuero negro en la muñeca derecha, Seiko digital con malla negra en la izquierda. Gran collar de plata y turquesas colgándole del cuello. Pequeño pendiente de plata y turquesas en la oreja izquierda. Ojos azules haciendo juego. Miradas rápidas. Inspeccionando el mostrador de carnes.
Warren levantó la mano.
—¡Ishtar! —llamó—. ¡Aquí!
Kabul se volvió, entrecerró los ojos tratando de ver en la casi penumbra.
—¡Aquí! —volvió a llamar Warren, y agitó los dedos de la mano derecha.
Kabul se acercó a la mesa.
—¿Te conozco? —preguntó.
—Ahora sí —dijo Warren, y mostró su gran sonrisa de comedor de sandía—. Siéntate, Ish. Tenemos que hablar.
—Nadie me llama Ish —dijo Kabul, y empezó a alejarse.
—¿Cómo te llamaba Jonathan Parrish? —le preguntó Warren a su espalda.
Kabul se inmovilizó al instante. Los vaqueros negros, que promocionaba, ajustados en las nalgas. Se volvió lentamente, como un hombre en un papel de vaudeville.
—¿Quién? —preguntó.
—Jonathan Parrish —dijo Warren—. Siéntate.
Kabul vaciló.
—Siéntate, querido, no te morderé —añadió Warren, y volvió a mostrar la sonrisa de Sambo.
Kabul lo miraba con toda la intensidad de sus ojos azules, intrigado.
Y al fin se sentó.
Enganchó el mango de su paraguas negro en el respaldo de la silla.
Miró a Warren por encima de la mesa.
—¿Y bien?
—Y bien, ¿dónde has estado toda mi vida? —dijo Warren—. O al menos desde el sábado pasado.
—¿Qué eres tú? —preguntó Kabul—. ¿Policía?
—Semi —repuso Warren.
—¿Y eso qué significa?
—Soy investigador privado.
—¡No bromees! ¿Pero existen de verdad?
—Yo soy la prueba —dijo Warren.
—Siempre hay alguna sorpresa nueva —manifestó Kabul, sacudiendo la cabeza.
—Dime, Ish —preguntó Warren—, ¿te gusta el negro?
—Ocasionalmente —contestó Kabul—. ¿Vamos a tu casa o a la mía?
—Bandido, bandido —dijo Warren, repitiendo las palabras que Summers le había dicho a Kabul la noche de la fiesta, según la versión de
Ralph Parrish, quien ahora languidecía en la cárcel acusado del asesinato de su hermano. Las palabras no parecieron despertar ningún recuerdo. Los ojos de Kabul ahora se paseaban por el salón, buscando una pareja más potable.
Parecía aburrido con lo que sucedía en esta mesa.
—Vestías de negro la noche de la fiesta, ¿no? —dijo Warren.
—¿Qué fiesta? —preguntó Kabul. Seguía aburrido con esta charla.
—Aquí está —dijo Warren—. Lo tengo anotado. Vestías de negro la noche antes del crimen. El hermano de Parrish vio a alguien vestido de negro que se alejaba corriendo de la casa la mañana del crimen. Quiero saber dónde estabas a las siete de esa mañana, mientras acuchillaban a Parrish.
—En mi casa, en la cama.
—¿Solo?
—No seas ridículo.
—¿Con quién?
—Con una dama llamada Christie Hewes.
—¿Una dama?
—Sí, una dama.
—¿Eres ambidextro, Ish?
—Lo haría con un cocodrilo, si no tuviera esos dientes tan afilados.
—¿La policía sabe sobre dicha dama?
—Sabe de ella, sí. Hablaron con ella, saben que yo estaba con ella. De todos modos, ¿qué es esto? La policía ya tiene a su asesino.
—Nosotros no lo creemos, Ish.
—¿Quiénes son nosotros?
—Yo —dijo Warren—. ¿Estás seguro respecto a esta mujer, eh?
—Por supuesto, estoy seguro. —Kabul sonrió—. ¿Cómo te llamas? —
preguntó.
—Warren Chambers.
—¿Debo llamarte Warr?
—No.
—Entonces no me llames Ish.
—¿Cómo te llamas de verdad, Ish?
—Eres imposible —exclamó Kabul, y puso los ojos en blanco.
—¿Herman? ¿Archibald? ¿Rodney? Si elegiste Ishtar, debió ser realmente feo.
—¿Cuál es tu verdadero nombre? —preguntó Kabul—. ¿Leroy?
—Eso ya es racismo, ¿no te parece? —dijo Warren.
—No. Racista sería Amos.
Estaba empezando a disfrutar. No pensaba que una charla aquí fuera seria. Pensaba que la policía ya había terminado con él, así que no tenía por qué decirle nada a un detective privado sin importancia. Era hora de jugar un poco, de divertirse con el tipo.
—Déjame que te explique una cosa, Zafiro —dijo Warren—. Tenemos un cliente que tiene la silla eléctrica por delante, no sé si entiendes. Ahora suponte que le pedimos al fiscal del distrito que realice una pequeña ronda de reconocimiento, y digamos que nuestro hombre te identifica como el tipo al que vio corriendo por la playa…
—¿Y por qué iba a hacerlo? Yo estaba en mi casa metido en la cama.
Sería perjurio.
—Bueno, vaya, supongo que sí. Pero quizás él piense que el perjurio es mejor que la silla eléctrica, ¿no? ¿Empiezas a captar la tendencia, Ish?
—No me llames Ish.
—Perdón, Ishtar. ¿Captas, Ishtar? ¿La idea penetra?
—Adoro tu manera de expresarte —dijo Kabul—. Penetrar.
—¿Podrías terminar con eso, por favor? —le cortó Warren—. ¿Qué quieres que haga, Ishtar? ¿Que abra esta lata de gusanos para que el fiscal mire adentro, o la mantengo en familia? Era una zarandaja. El fiscal ya tenía asegurado su caso, y yo haría una ronda de reconocimiento.
—Tú decides.
—Yo estaba en la cama con una mujer llamada Christie Hewes.
—Ésa es tu historia, ¿eh?
—La policía la interrogó, y…
—Yo también la interrogaré —dijo Warren.
—Hazlo.
—Claro que lo haré. Y soy mucho mejor que la policía. Será mejor que estés muy seguro de que te encontrabas con ella. De otro modo, cuando nuestro hombre te identifique…
—No me asustas.
—Bien, no quería asustarte. Tengo que irme —dijo Warren, se levantó y retiró la silla—. Realmente, fue agradable charlar contigo —dijo—. Le daré recuerdos de tu parte a Christie.
—Espera un minuto —dijo Kabul—. Siéntate.
Warren siguió de pie.
—Ella ya está bastante asustada —dijo Kabul—. Déjala en paz, ¿de acuerdo?
—¿Asustada por qué?
—Mierda, hombre, es un caso de asesinato.
—¿De veras? Vaya.
—Ese tipo de ustedes le dice a la policía unas mentiras sobre un hombre de negro…
—Tú —dijo Warren.
—¡No, maldito sea, yo no! Alguien que él inventó. Para salvar el pescuezo.
—Estás empezando a entender —dijo Warren—. Al minuto que él haga una identificación positiva…
—Deja en paz a Christie, ¿de acuerdo?
—¿Por qué?
—No quiero que la policía vuelva a visitarla. Ya firmó una declaración.
—Mmm.
—Tú vas ahí y la asustas…
—¿Yo?
—Le haces cambiar la historia…
—Oh, ¿de modo que ella mintió, Ishtar?
—No estoy diciendo que mintiera. Pero si cambia su historia…
—Eso significa que mintió…
—Y si después tu hombre dice que soy yo el tipo que vio en la playa…
—Que es lo que dirá, te lo aseguro.
—Entonces los dos tendremos problemas.
—Tú más que la dama. ¿Asustarla cómo, Ishtar?
—Hasta hacerle decir que yo no estaba con ella.
—Pero tú estabas, ¿no? Es lo que le dijiste a la policía. Es lo que juró Christie.
—Sí.
—¿Qué es lo que te preocupa entonces?
—No estoy preocupado.
—Bien. En ese caso iré a hablar con ella.
—No. Espera.
Warren esperó.
—No quiero meter a nadie en problemas —dijo Kabul.
—¿A quién no quieres meter en problemas?
—Eso no puedo decírtelo.
—¿Estabas con otra persona?
Silencio.
—No era Christie, ¿eh?
El silencio se prolongó.
—Y tampoco fue un cocodrilo, podría apostarlo.
—Mira…
—¿Quién era, Ishtar?
—Es casado —dijo Kabul—. El hombre con el que estaba.
—Ah —dijo Warren—. ¿Cómo se llama?
—Tú sólo le causarías problemas.
—No, sólo hablaría con él. En privado. Con la máxima discreción.
—Me lo imagino.
—O bien te seguiré sin perderte de vista durante meses hasta que te atrape con él en la cama, y entonces la mierda lo salpicará de veras. Fotos, Ishtar. Películas. En tecnicolor. Habla.
Kabul permaneció en silencio largo rato.
—Escucha —dijo al fin—. Yo quiero de veras a ese tipo. No quiero causarle problemas, en serio.
—¿Quién? Dime su nombre.
Otro silencio. Alguien al otro lado del salón soltó una risa aguda. Kabul miró en dirección a la barra. Por sobre el hombro, casi en un susurro, como si le repugnara dejar que el nombre escapara de su boca, dijo:
—Charles Henderson.
—Gracias. La dirección, por favor.
—Vive en Sabal Key.
Siempre mirando la acción en la barra.
—¿En qué lugar de Sabal?
—Sabal Towers.
—¿Alguna dirección?
—No sé la dirección. Es el bloque más grande. Sabal Towers. —
¿Número de apartamento?
Se volvió, miró a Warren.
—Escucha… por favor, sé prudente —le rogó—. Charles es muy tímido, y muy vulnerable…
—Y muy casado, lo sé —dijo Warren.
—Sí —asintió Kabul.
—No tiene por qué preocuparse —dijo Warren—. Y tú tampoco. Si de veras estabas con él esa mañana.
—Estaba.
—Así lo espero —añadió Warren.
En realidad no lo esperaba. Esperaba que Kabul estuviera mintiendo descaradamente. Así sería mucho más fácil.
Pero sabía que nunca era fácil.
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