La chica de nieve

Javier Castillo · Capítulo 10 de 62

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La chica de nieve

Capítulo 10

27 de noviembre de 2003

Cinco años después de la desaparición de Kiera

Una luz se enciende e ilumina tu rostro, pero también

crea sombras en los rincones de tu alma.

Grace caminó con celeridad hacia el interior de la casa mientras decía:

—Tienes que verla, Aaron. Está bien. Nuestra niña. Kiera está bien.

Aaron y Miren la siguieron, realmente aturdidos. Se miraron, como si la pobre Grace hubiese cruzado el umbral de la locura.

—¿De qué hablas, Grace? ¿Qué es esa cinta?

—Nuestra niña. Es Kiera. Está bien. Está bien —repitió en un susurro que él no llegó a oír.

Aaron entró en la casa y buscó a su mujer, que parecía haber desaparecido. Grace habló de nuevo y él siguió la voz:

—Tienes que verla. Es ella, Aaron. ¡Es Kiera!

A Aaron se le formó un nudo en la garganta por segunda vez aquel día. Aquel asunto no le gustaba lo más mínimo. Su mujer se comportaba de manera muy extraña. Desde la puerta le hizo un gesto a Miren, que se había quedado junto al buzón de correos, para que entrase. Ella le hizo caso, pero no comprendía aún qué estaba pasando.

—Grace, cariño —dijo Aaron entrando en la cocina, en la que Grace había colocado un televisor en un mueblecito con ruedas que también llevaba un reproductor VHS—. ¿Qué hay grabado en esa cinta? ¿Nuestras vacaciones de Navidad? ¿Es eso?

Miren llegó a la cocina y se quedó apoyada sobre el marco de la puerta, expectante.

—Hoy he mirado en el buzón y estaba este sobre, Aaron. Alguien nos ha dejado esta cinta en la que sale Kiera.

Miren, confusa, intervino:

—¿Una pista de Kiera? ¿Eso es lo que dices que es, Grace? ¿Una nueva grabación de las cámaras de seguridad? Las he revisado todas, muchas veces, fotograma a fotograma, segundo a segundo. Las imágenes de aquel día ya están todas en el expediente policial, Grace. Ya comprobé todas las calles y negocios de la zona. Todas las grabaciones de aquel día están revisadas. No hay…, no hay nada más, Grace… La investigación está en vía muerta.

—No —sentenció Grace, tajante—. Esto es otra cosa.

—¿Qué es? —inquirió Miren, una vez más.

—Es Kiera —susurró con los ojos abiertos de par en par, una expresión que Aaron recordaría toda la vida.

La cinta era una TDK de ciento veinte minutos, con una pegatina blanca perfectamente colocada en el centro, alineada y sin salirse de la hendidura dispuesta para tal efecto. En ella se leía en mayúsculas: KIERA, escrito a rotulador con buena letra.

Grace introdujo la cinta en el reproductor VHS y encendió la televisión. La nieve no tardó en invadir la pantalla, con motitas blancas y negras bailando en todas direcciones. El ruido blanco emanaba de los altavoces estéreo del televisor Sanyo gris y le recordó a una película de terror que no lograba quitarse de la cabeza. Grace subió el volumen y Aaron miró a su mujer sin saber qué esperar. A Miren no le gustaba nada aquel asunto y estuvo a punto de marcharse. Recordó las palabras de su jefe, el legendario Phil Marks, responsable de los artículos de investigación que cubrieron el atentado de 1993 con un camión bomba contra la Torre Norte del World Trade Center, en las que le alentaba a dejar de perseguir el caso de Kiera:

—Sé que el mejor atributo de un periodista de investigación es la tenacidad y la perseverancia, Miren, pero el caso de Kiera va a acabar contigo. No sigas con él. Si cometes un error, serás siempre la periodista que se equivocó en el caso de la niña más buscada de Estados Unidos. No seas esa periodista. Te necesito en la redacción, cazando a corruptos, escribiendo historias que cambien el mundo. Ya le has dedicado demasiado tiempo a esto.

La nieve seguía flotando en la pantalla, chisporroteando, llenando de puntos blancos donde instantes antes había negros y de negros donde antes había blancos. Una vez Miren había leído en una revista de curiosidades que aquella nieve blanca que aparecía en el televisor era, en parte, los restos del Big Bang y del origen del universo. Que la radiación de fondo de microondas que se generó entonces impactaba con el tubo de rayos catódicos que creaba la imagen en la pantalla, dejando ver esas chispas bailarinas que tanto gustaban a los fantasmas en las películas de los ochenta. Se quedó mirando la nieve en la pantalla y pensó en Kiera y en qué habría sido de ella. Aquella imagen inerte y al mismo tiempo con vida parecía alentar el pensamiento doloroso, como si intentase rescatar los recuerdos tristes de la mente, y comprendió por qué Grace se encontraba tan afectada. Miren estuvo a punto de hablar pero, de pronto, la imagen de la cinta sustituyó a la nieve en la pantalla.

—¿Kiera? —suspiró Aaron, sorprendido.

En la imagen, grabada en un plano desde una de las esquinas superiores, se observaba un dormitorio con las paredes empapeladas con un patrón de flores naranjas que se repetían una y otra vez sobre un fondo azul marino. A un lado había una cama hecha de noventa, con una colcha naranja a juego con las flores de las paredes. Las cortinas de gasa blanca de una ventana, en el centro de la imagen, inmóviles al no correr brisa, dejaban entrever un claro día al otro lado. Pero lo más trágico se escondía en la esquina inferior derecha, junto a una pequeña casa de muñecas, donde se encontraba lo que haría que a Aaron y a Grace se le escapasen las lágrimas de felicidad: una niña morena de unos siete u ocho años, agachada, jugando con una de las muñecas.

—No puede ser —susurró Miren, con el corazón lanzándole latidos al pecho con la misma intensidad que la noche en que ella cambió para siempre.