La chica de nieve

Javier Castillo · Capítulo 46 de 62

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La chica de nieve

Capítulo 46

 

27 de noviembre de 2010

Doce años después de la desaparición de Kiera

Imagina, por un segundo, que nadie te busca o te espera.

¿No es eso el amor?

Sentirse esperado o buscado.

El agente Miller deambuló durante un par de horas por el centro. Estaba desolado y no quería marcharse a casa y contar a su esposa lo que había sucedido tan pronto. Necesitaba repensar qué hacer. En sus planes nunca entró dejar el cuerpo y quizá aquel empujón en Navidad le serviría para dar el paso. Contempló la posibilidad de desconectar de los casos en los que estaba inmerso, pero para él era imposible borrar los rostros felices de aquellas fotografías que siempre revisaba una y otra vez cada mañana. Pensó en Josh Armington, un niño de apenas doce años que había desaparecido de un parque infantil a plena luz del día; luego en Gina Pebbles, una adolescente que había desaparecido en 2002 tras salir de su instituto en Queens y cuyo rastro se perdió a dos kilómetros, en un parque en el que encontraron su mochila. Pensó en Kiera, siempre pensaba en ella, y en las cintas, y en dolor de los Templeton, y en cómo se había resquebrajado la vida de aquella familia que veía de vez en cuando, para saber de ellos y contarles cómo no estaba avanzando la investigación.

Sin darse cuenta ni de por dónde andaba, caminó en dirección norte, atravesando el Soho mientras callejeaba hasta llegar al Washington Square Park. Allí, una monumental fuente lideraba el centro del parque, y recordó también el caso de Anna Atkins, una mujer que en 2008 se había citado con un hombre en aquel punto y nunca más se supo de ella ni del tipo con el que supuestamente había quedado. La ciudad entera, a pesar de estar tan atestada, con millones de habitantes poblando las calles, invitaba al anonimato, y cada rincón, cada esquina, cada árbol o muesca en la acera escondían historias que quizá era mejor no descubrir. A pesar del creciente número de cámaras de seguridad en la ciudad, con las que se intentaba controlar y mitigar el vandalismo, era difícil que alguien recordase una cara, un rostro, que hubiese visto algo si se le necesitase. Si algo bueno tenía Nueva York es que era perfecta para desaparecer. Si las cámaras no habían visto nada, difícilmente se podía avanzar en los casos. Los testigos brillaban por su ausencia en los casos como en los que él se sumergía.

Mientras se perdía en sus pensamientos, llegó a Union Square Park, donde otro caso invadió su mente. Luego siguió en dirección norte, zigzagueando entre calles, y decidió parar en Wildberg’s Sándwich, un angosto local histórico en el que servían el mejor pastrami de la ciudad. Se sentó en la barra, entre un tipo trajeado y dos turistas. Estaba desolado y sediento. El camarero le saludó con una sonrisa:

—¿Qué va a ser, amigo?

—Una cerveza y… un sándwich de… —oteó la carta con rapidez—, un Mitch de esos.

—Buena elección. ¿Mal día?

—Estas fechas siempre me…, me traen malos recuerdos. Todo se complica mucho.

—La Navidad a muchos nos trae malos recuerdos, amigo. Todos hemos perdido a alguien en estas fechas pero…, bueno, la vida sigue.

—Bueno…, sí. Pero cuando es una ni… —Ben no se atrevió a terminar la frase, porque quizá tendría que explicar más de la cuenta.

—Mi mujer murió el día antes de Navidad, ¿sabe? —dijo el camarero—. Y desde entonces…, bueno, lo celebro por ella. Hay que tomárselo así. Si no esto es un sinvivir. Cuando haya algo que celebrar, agárrelo, amigo, y hágalo. Porque las cosas malas están ahí, esperando, y el calendario entero se llena de ellas sin que te des cuenta.

Ben asintió y alzó el vaso de cerveza que le acababa de dejar el camarero en el mostrador. Un rato después, un plato con un sándwich de huevo y cebolla se deslizó hasta donde estaba sentado, justo en el instante en que su teléfono comenzó a sonar.

—Dime, John. No me lo digas. Ya te has enterado —dijo, nada más descolgar.

—Sí. Es una mierda. No aguanto a Spencer, de verdad. Pero, bueno, tómatelo como unas vacaciones para estar en familia.

—Supongo que sí. Luego llamaré a Lisa para organizar algún viaje o algo. Nos fundiremos los ahorros, pero… ahora mismo no puedo pisar la ciudad. No paro de pensar en el trabajo. Quizá me venga bien.

—Bueno… por eso te llamaba.

—No me lo digas: no hay nada en la cinta ni en el sobre.

—Eso te iba a preguntar. ¿Quién los ha tocado?

—Según tengo entendido, los Swaghat, la familia india que vive ahora en su antigua casa, los padres y… yo. Yo he usado guantes. Solo deberías encontrar las huellas de los Swaghat y los padres.

—Eh…, a ver. Cómo te lo explico… —dudó John, al otro lado—. Hay dos coincidencias más. Dos personas distintas más en el sobre.

—¿Dos huellas?

—Las primeras que el sistema ha encontrado son las de… Miren Triggs. La tengo en el registro desde 2003.

—¿Miren? ¿Cómo es posible? No… no ha estado con nosotros.

—No le he dado mucha importancia porque sé que es amiga de la familia.

—No tiene ningún sentido.

—Bueno…, la otra quizá es la más vaga, pero el sistema… ha detectado una coincidencia más extraña aún.

—Dispara.

—Conoces el software que se implantó para proyectar la evolución de las huellas, para minimizar las distorsiones que suceden en las yemas con la edad, ¿verdad?

—Sí. Me contaste algo.

—Bueno, pues se trata de un programa de simulación que corre sobre el IAFIS que permite expandir las huellas dactilares en función de la edad, con el objetivo de encontrar patrones con el paso de los años. Cuanto más te alejes del año de origen del que tienes la referencia, menos precisos son los resultados, al igual que con las predicciones del tiempo, por ejemplo, pero…

—Sí, sí. Dilo de una vez.

—También hay unas huellas que tienen una coincidencia de un cuarenta y dos por ciento con las de Kiera Templeton. Mismos surcos, bifurcaciones y la misma posición del núcleo.

—¿Qué dices?

—A ver… No es definitivo. Un cuarenta y dos por ciento no sirve para un tribunal, sinceramente, pero… ese porcentaje es normal con todos los años que tienen las huellas que hay en el archivo de Kiera Templeton. Piensa que las que tenemos en el registro son de cuando tenía tres años y estas… corresponden a una persona adulta.

—¿Me estás diciendo que Kiera Templeton ha podido tocar ese sobre?

—Te estoy diciendo que es muy probable que Kiera Templeton haya tocado ese paquete, pero el sistema le ha asignado un ratio de error en función de los años transcurridos.

—No…, no puede ser.

—¿Crees que ella misma es la que ha dejado la cinta, agente?

—No lo sé, John, pero… esto tiene difícil explicación.

—¿Qué va a pasar ahora? ¿Te sirve de algo?

—No, si no consigo encontrar a Miren Triggs. Necesito hablar con ella para saber por qué sus huellas están en el sobre.