La chica de nieve
Capítulo 31
Miren Triggs
1998
Aun sin saberlo, la tristeza orbita
alrededor de sus iguales.
El profesor Schmoer me acompañó durante un par de horas mientras buscaba en internet información sobre James Foster, el detenido por la desaparición de Kiera, y su mujer. También me guio con ligeras explicaciones mientras revisaba por encima el contenido del CD que había traído, en un intento, supongo, de no sentirse solo. Desde que le había comentado mis inquietudes con respecto a la incriminación del sospechoso se había mostrado inquieto, algo nervioso por aquella duda, y había cambiado su nivel de entusiasmo por una cautela que achaqué a que estaba pensando en algo que hacer al respecto.
Tras esperar a que cargase la arcaica página del Registro Civil, que parecía funcionar con pedales, conseguimos acceder a los datos públicos de la información del estado civil del detenido. Había casi cuatrocientos James Foster en el estado, pero solo ciento ochenta que viviesen en códigos postales referentes al centro de Manhattan. En su expediente Megan aparecía su fecha de nacimiento, y no fue difícil encontrar su ficha civil, tras media hora comprobando uno a uno cada nombre con su enlace, que se tintaba en morado tras pasar por él.
James Foster estaba casado con una tal Margaret S. Foster, y el profesor susurró un eureka al comprobar que tenía exactamente un año menos que él. Mi hipótesis parecía cobrar fuerza. Si lograba confirmarlo, de alguna manera me encontraría con una información lo suficientemente interesante y, quizá, antes que muchos otros medios. Tal vez, incluso, estaba en un punto en el que podría descartar su culpabilidad antes que la policía, que con toda seguridad lo interrogaría hasta agotar el plazo de setenta y dos horas para luego tal vez encerrarlo por el intento de secuestro de la niña del centro, algo que, aunque se tratara de un error bienintencionado, podría suponer que se dejase de buscar a Kiera. No sabía muy bien a qué me llevaría confirmar que sus antecedentes como abusador de menores se debían a una estricta interpretación de la ley, pero mi cabeza me pedía que colocara cada pieza en su sitio y siguiera adelante. Según había aprendido del mismo profesor Schmoer, el periodismo de investigación no era algo instantáneo. Cada vez que un equipo de investigación de un periódico decidía abordar un tema podían pasar meses hasta que viese la luz, a veces incluso años, y mantenían siempre abiertos varios artículos en los que avanzaban paso a paso, colocando cada diminuta pieza del engranaje de un complejo reloj suizo que terminaba por dar la hora de manera precisa en un artículo con repercusiones, muchas veces, imprevistas. Eso suponía avanzar en una línea de investigación hasta agotarla completamente, para pasar a la siguiente y drenarla como si fuese un lago en el que buscar a un monstruo escondido. El monstruo era la verdad, muchas veces dolorosa, muchas insignificante, muchas tan simple y elegante que parecía una famosa ecuación de un científico de pelo blanco.
—¿Cómo podríamos confirmar si Margaret S. Foster fue la presunta víctima de James, profesor? —le dije en un momento en que me sentí algo perdida sobre cómo continuar.
—Llámame Jim, por favor. No sé por qué insistes en llamarme profesor.
—No quiero que dejes de serlo. No me gustaría, la verdad. Es… mi asignatura favorita.
—¿No prefieres Técnicas de Entrevista? He oído que la imparte la legendaria Emily Winston.
—Es aburridísima. Repite hasta la saciedad siempre lo buena que era en el Globe. Es una asignatura sobre ella y sus cientos de entrevistas. Y, la verdad, no me parece tan buena. Consigue sacar información, sí, pero suele ser irrelevante. En la última entrevista que leí sobre ella conversaba con un apuesto asesino en serie de mujeres en la cárcel, y ¿sabes lo que consiguió? Que el asesino le enseñase las cartas que recibía de admiradoras y cómo él las respondía con amor. Escribió un artículo precioso, acompañado de unas fotografías maravillosas, sobre lo bien que atendía a su decena de admiradoras y cuánto parecía preocuparse por ellas. Estoy segura de que tras ese artículo alguna mujer se obnubilaría con lo guapo que era y con lo atento que parecía. No sé. Humanizar a criminales no me parece lo mejor para el periodismo.
—Pero aunque sean criminales siguen siendo humanos.
—Algunos son monstruos —dije, seria y tajante—, y eso no lo cambia ningún artículo.
Él asintió y se recolocó las gafas con el índice, en un gesto que parecía repetirse cada poco tiempo. Después estuvo un rato en silencio y comprendí que se había dado cuenta de mi enfado con respecto a ese tema.
Odiaba a muerte a ese tipo de seres, asesinos y violadores capaces de hacer daño sin sentir el miedo en la mirada de las víctimas. Había leído mucho sobre ellos. En algún momento de los últimos años se había puesto de moda en la televisión hablar sobre las maldades que habían sido capaces de hacer, y siempre algún periodista o comentarista destacaba, con una aparente admiración y repulsa entremezcladas, la lejanía que mostraban los psicópatas con los sentimientos de los demás. Desde lo que me ocurrió me sentía así: lejos de mi cuerpo, de mi sexualidad, de mis emociones. Alguien me había aplastado el alma y convertido en una papilla asustadiza que se escondía en casa en cuanto caía la noche. Una parte de mí deseaba que mis emociones estuviesen donde siempre, colocadas junto a mi corazón, y no donde parecían haberse quedado; un rincón oscuro en un parque por el que ya no quería caminar, ni siquiera a plena luz del día.
—Verás, Miren —dijo finalmente—, quizá tu hipótesis sería un buen siguiente artículo para un periódico. Ningún medio ahora mismo estará considerando esto. Estoy seguro. Nadie se atreve a contradecir al Press.
—¿A qué te refieres?
—Si al final tienes razón con lo de la inocencia de James Foster, como parece ser, quien lo haya publicado se apuntará de cara a la opinión pública una medalla que ningún editor jefe rechazaría. Créeme. Hasta hoy he sido editor jefe del Daily. Sé lo que se mueve en la dirección de estos periódicos. La imagen, la credibilidad. Por eso mismo estoy fuera. He ido siempre un paso por detrás y lo he pagado. Este tipo de pasos adelante son los que busca cualquier diario en sus periodistas.
—Pero ¿y si sí es culpable?
—Estamos a un paso de saberlo, Miren. La pelota está sobre el aro y te falta empujarla. ¿No lo ves?
—Pero… ¿cómo? —pregunté, mirando sin conseguir ver.
—El arma más valiosa para cualquier periodista: la fuente. Tienes su dirección del registro de agresores sexuales. Puedes preguntarle a su esposa y confirmar tu versión. No es algo que hacer a ciegas. No podrías presentarte allí y preguntar directamente por su historia. Eso es lo que haría el sensacionalismo. Un periodista de investigación trabaja confirmando hipótesis, Miren. Y con la tuya solo falta el sí o el no de Margaret S. Foster. Y eso es algo que puedes conseguir tan solo preguntándole y observando su reacción.
Me quedé perpleja. Nunca antes había dado el paso de investigar cara a cara. Durante la carrera había hecho trabajos en los que entrevistaba a compañeros o profesores. Algunas veces incluso a escritores o políticos, pero en estos casos siempre por teléfono.
—Puedes hacerlo, Miren —sentenció.
Odiaba salir de noche y debían de ser las nueve. Aún teníamos tiempo de llegar hasta la casa de los Foster e intentar hablar con Margaret antes del cierre de edición de los principales medios. El profesor Schmoer me había prometido que si confirmaba mi hipótesis y escribía un artículo lo suficientemente solvente y sin fisuras sobre su detención, se lo enviaría a sus colegas de otros periódicos, para ver si tenía suerte y me publicaban mi primer artículo. Si estaba en lo cierto, Margaret S. Foster debía de encontrarse en la comisaría de policía del distrito veinte, esperando nuevas noticias con respecto a su marido, o en casa, junto a sus dos hijos, llorando por la detención sin saber lo que sucedía ni por qué tardaban tanto en ponerlo en libertad por algo que debía de ser un malentendido.
—¿Quieres que te acompañe? —me preguntó el profesor.
Una parte de mí le iba a decir que no, pero observé la oscuridad de la noche a través de la ventana y no pude hacer otra cosa que acceder.
Según el expediente, la casa de los Foster se situaba en Dyker Heights y el profesor accedió a pagar un taxi que nos saldría por un dineral. Durante aquel viaje en taxi fue la primera vez que me sentí periodista de verdad. Veía las luces de la calle pasar por delante de la ventanilla y sentía que la ciudad era una historia entera que contar. Atravesábamos el vaho de las alcantarillas como si fuesen cortinas gigantes colgadas desde los rascacielos; circulamos sin dificultad por el camino que había decidido tomar el taxista, brindándome el recuerdo de una ciudad con sus luces y sombras, valiente y temerosa, como si desease que desvelara lo que sucede tras cada rincón y a la vez le rogase al mundo que nunca se supiera lo que se escondía tras ella. Cruzamos por el puente Brooklyn y, al llegar al otro lado y conforme nos acercábamos al destino, sentí que mis emociones empezaban a cambiar. Todo era ligeramente más oscuro, todo escondía algo que me recordaba a aquel parque en mitad de la noche. El profesor estuvo gran parte del camino en silencio pero, llegados a aquel punto, y creo que también porque percibió cómo mis miedos surgían de sus cuevas, me preguntó:
—¿Has perdonado a…, a ese tal Robert? El que te llevó al parque aquel día.
—¿Qué?
—Si has podido perdonarlo por…, por no defenderte mejor. Según tengo entendido huyó, dejándote sola con… con esos tipos.
—Según lo que dijo en comisaría, lo patearon y lo dejaron indefenso, pero yo no recuerdo nada de eso. Yo recuerdo a un cobarde corriendo. Ni siquiera tuvo el valor de confirmar en la rueda la identificación del único al que detuvieron.
—Sé que señaló a otro distinto al que tú señalaste. Luego dijo que estaba demasiado oscuro para confirmarlo y señaló a otro. Leí el informe. Lo complicó todo con aquello —dijo, en tono comprensivo.
—Y gracias a él… está en la calle. Un violador suelto. Uno más por ahí.
—¿Te pidió disculpas? —inquirió.
—Tardó varios meses en hacerlo. Se presentó en la puerta de clase y… me leyó una frase de Oscar Wilde sobre el perdón. Era lo más infantil que había visto hacer a un hombre en mucho tiempo. Le dije que se marchase y que nunca más lo quería ver.
—Supongo que no quería ayudarte a ti, sino a él mismo —argumentó el profesor, sabiendo leer lo que sucedió.
—Fue lo que pensé.
El taxi se detuvo frente a una casa con las luces de Navidad a medio montar. Toda la calle parecía haber terminado los trabajos, salvo alguna que otra completamente a oscuras que se repartía en la distancia, y las enormes residencias resplandecían hasta tal punto que casi parecía de día. La Navidad se adelantaba siempre en aquel barrio, en una tradición comenzada por una residente de la calle 84 a mediados de los sesenta que pronto se extendió al resto de vecinos.
—Los padres de Kiera viven por aquí, en una casa de este barrio —dijo el profesor tras bajarse del coche.
—Tiene que ser horrible sentir que alguien tan cercano se ha llevado a tu hija.
—Pero puede que no sea así. Para eso estamos aquí. Para al menos aliviar eso.
—Sí, pero eso ellos aún no lo saben.
Me dio vértigo sentir que en la calle no había ni un alma, a pesar de considerarse un punto turístico en esa época del año. Caminé sobre las baldosas como si estuviese cruzando un puente colgante hasta la puerta de la casa de la familia Foster, en la que vimos luz en el interior. Llamamos con la aldaba dorada con tres firmes golpes y una mujer morena con ojeras nos abrió en bata.
—¿Qué quieren? ¿Quiénes son ustedes? —preguntó, con cara de no entender qué hacíamos allí.