La chica de nieve

Javier Castillo · Capítulo 44 de 62

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La chica de nieve

Capítulo 44

Miren Triggs

1998

¿Y cuándo la vida te ha tratado bien?

La primera vez que hablé con Aaron Templeton la conversación fue desoladora. Me estaba esperando en la puerta del Manhattan Press donde, según el personal de seguridad, llevaba dos horas plantado, fijándose en todo el que pasaba y preguntando de vez en cuando si alguien sabía quién era una tal Miren Triggs, que era quien firmaba el artículo hablando de James Foster.

—Sí, soy yo —dije, confundida.

—¿Podemos hablar?

—Tengo… Tengo que trabajar. Me esperan en la redacción.

—Por favor…, se lo suplico.

Me chocó ver a un hombre de unos quince años mayor que yo tan derrotado pidiéndome ayuda con aquella voz tan desgarradora, y no pude negarme. Una parte de mí temía acercarse demasiado a la desaparición de Kiera. Pensaba que tal vez la proximidad no me dejaría ser lo suficientemente objetiva para buscarla sin desviaciones, pero ¿a quién quería engañar? Estaba tan ensimismada con aquel caso —con la mirada de sorpresa de Kiera en las fotografías de los carteles que el viento arrastraba por la ciudad— que me sentía tan partícipe de la búsqueda como su familia. Llamé desde el mostrador de seguridad a la secretaria para que avisase de que iba a llegar tarde por un asunto importante. Sí, llegué tarde a mi primer día de trabajo. Eso era empezar con buen pie.

Intenté imaginar el infierno que estaba viviendo Aaron Templeton por el aspecto que presentaba, pero por más que lo intentaba, estaba convencida de que en realidad se encontraba peor de lo que aparentaba. Tenía unas ojeras profundas, una barba mal cuidada, el pelo desaliñado y la ropa arrugada. Si no hubieras sabido nada de él, habría sido fácil imaginárselo tirado en el cajero de un banco, mientras pedía dinero extendiendo la mano delante de cualquiera con una botella escondida en una bolsa de papel.

Le indiqué el camino hasta una cafetería en la esquina frente al edificio del periódico y él accedió a pagar los cafés. Cuando por fin nos sentamos, pronunció una palabra que no esperaba ni sentía que merecía:

—Gracias, señorita Triggs.

—No tiene que dármelas, por favor —respondí.

—Anoche murió un monstruo y el mundo es un poco mejor.

—Yo… Yo no tuve nada que ver.

—Lo sé. Pero sí en que todo el mundo sepa la verdad de quién era. Si no llega a ser por usted…

—Por favor, tutéeme. No soy más que…, bueno, alguien que solo busca la verdad.

—Si no llega a ser por ti…, todo el mundo hubiese pensado que era un buen tipo tratado de manera injusta. Bueno, todos los periódicos cuentan eso, ¿no?

—Todos menos el Press.

—Por eso he venido…, porque sois los únicos que han buscado la verdad de todo esto. Ese tipo no se merecía morir como un héroe y… gracias a ti no lo hará.

—Murió porque la gente necesitaba justicia pero la confundió con venganza. No por el artículo. Pero… No hay de qué —respondí, algo confusa —. ¿Puedo preguntarle algo, señor Templeton?

—Claro.

—¿Para eso ha venido? ¿Para darme las gracias por desvelar la historia de James Foster?

Aaron meditó durante unos instantes su respuesta y luego continuó:

—Sí y… no —dudó—. He venido para preguntarte qué más sabes.

—No puedo…, no puedo decirle nada más, señor Templeton. Supongo que entiende que esa información solo se la puede contar la policía.

—Por favor…

Me levanté y me dispuse a marcharme. Sabía que aquello no me iba a ayudar en lo más mínimo.

—Tengo que volver a la redacción.

—Por favor…, solo dime si viste algo en esa casa que te indicase que también podría tener a Kiera. Solo eso.

Suspiré, pero pensé que esa información no le haría ningún mal. Luego negué con la cabeza, en silencio.

—¿Nada?

—No, señor Templeton. Su hija no estaba allí. Y tampoco parecía haberlo estado. Sé que hubiese facilitado mucho las cosas, pero no es así. Su hija… no parece que fuese raptada por James Foster ni nada por el estilo. Lo cual no es tan malo. Créame. Tal vez Kiera esté en otro lugar, mejor cuidada de lo que lo hubiese estado con ese hombre.

—Gracias, Miren, es más de lo que necesitaba —dijo, atrapando con el dedo una lágrima que le recorría la cara.

—Tengo que irme, de verdad. Si necesita más información creo que debería hablar con los investigadores que llevan su caso. Yo…, yo sé muy poco. Solo lo que se ha filtrado a la prensa, quizá algo más, pero nada que resulte relevante para encontrarla.

—¿Me ayudarías a encontrar a Kiera? —dijo, de golpe, como si yo pudiese hacer algo, en una especie de súplica tan sincera que dolía escuchar. Apreté los labios e hice una mueca de lástima.

—Se equivoca si cree que tiene que pedírmelo. Ya la estoy buscando. Pero… no es fácil. Nadie la vio. Nadie ha visto nada. Ni las cámaras ni nadie por la calle. No hay nada. Solo… solo queda esperar a descubrir algo nuevo. Alguien cometerá un error o encontraremos algo distinto. Pero… no deje de buscar a su hija. Tiene pinta de que la policía pronto agotará sus vías y entonces… tendrá que ser lo bastante fuerte para no hundirse.

—Miren, ¿me prometes que seguirás buscándola?

—¿Lo hará usted?

—No sabría vivir de otra manera —respondió—. Se lo debo a mi mujer.

—Yo soy muy terca. Le aseguro que no dejaré de buscar a su hija.

—Gracias, Miren, pareces una buena persona. La vida ha debido de tratarte bien.

Me reí por dentro. Qué poco sabía él de mí y qué pronto se había atrevido a lanzar aquel juicio erróneo.

—¿Es usted buena persona? —le pregunté.

—Creo que sí. Al menos… lo intento —dijo, casi entre sollozos.

—¿Y cuándo la vida le ha tratado bien?

No me respondió, pero asintió antes de darle un sorbo a su café. Me despedí de él tras intercambiarnos los teléfonos con la excusa de contarnos avances y pasarnos cualquier información que pudiese ayudar a seguir avanzando. Aaron Templeton me cayó bien, aunque resultaba difícil discernir si el motivo era la pena o el que su mirada de verdad transmitía esperanza.

Luego volví a la redacción y él se quedó en la cafetería, mirando por la ventana con los ojos perdidos en la gente que cruzaba la calle con prisa. Quizá estaba buscando en su memoria cuándo se había portado mal para merecer lo que les había sucedido, pero yo estaba segura de que la vida no funcionaba así, porque siempre repartía palos entre las ruedas a todo al que alcanzaba. Yo ya sabía que si la vida descubre que no tiene cómo ponerte la zancadilla te regala una bicicleta sin frenos para destrozarte los huesos.

Al llegar me senté a mi mesa e hice como si colocase las cosas. Diez minutos después, una mujer morena con el rostro alegre se me acercó saludándome y me dijo:

—Tú eres Miren Triggs, ¿no? La nueva.

Asentí.

—Enhorabuena por esa portada. Eso es entrar por la puerta grande. Soy Nora. Según Phil, estamos en el mismo equipo y ya has llegado tarde. Encajarás bien. Sí que eres joven, sí. Luego te presento a Bob, es un poco capullo pero es de los mejores. Y Samantha… ¿dónde diablos está Samantha? —dijo, levantando la vista y buscando con la mirada en la oficina.

—¿Bob Wexter? ¿El legendario Bob Wexter?

—Sí. No es tan legendario una vez lo conoces en persona. Es muy olvidadizo con las cosas del día a día. A veces no sabe ni dónde está su mesa.

—Un segundo… ¿Eres Nora…, Nora Fox?

Nora me devolvió una sonrisa. No podía creerlo. Estaba hablando en persona con Nora Fox, artífice de una famosa serie de artículos que destapaban una trama de ocultación por parte de la CIA de unos supuestos favores sexuales a un grupo de senadores a cambio del voto a favor en algunas leyes referentes al juego online. También había realizado reportajes sobre manipulaciones electorales en Latinoamérica que casi consiguen derrocar sus Gobiernos. Era una eminencia y me hablaba con una tranquilidad y frescura que no relacionaba con su capacidad para ahondar en las entrañas de los asuntos más oscuros del sistema.

—Sí, claro. Soy yo.

—He leído muchísimos de tus reportajes —dije, entusiasmada, sintiendo cómo mis orejas casi aplauden de emoción.

—Miren. ¿Me dejas llamarte Miren? Sí, ¿verdad? Gracias. Te voy a explicar un poco esto y vemos en qué te puedes meter.

—Sí, por favor —respondí.

—Entre los tres: Samantha, Bob, yo, y ahora también tú, cuatro, investigamos sobre un asunto concreto. Bob es el jefe, en teoría, pero en la práctica no. No hay jefes. Entre todos elegimos un tema y vamos hasta el fondo. Ahora mismo estamos con los empresarios que parecen desaparecer por toda Europa. Es algo turbio de lo que nadie habla. En eso trabajamos. ¿Qué tal tu francés? ¿Alemán? Bueno, luego cada uno tiene un tema propio, o dos si llegas, pero en esos tienes que trabajar por tu cuenta. ¿Cuál es el tuyo? ¿Lo has decidido?

—Eh…, no.

—¿Qué te gusta? ¿Qué te preocupa? Tienes que meterte ahí, en esa cabecita de periodista y sumergirte en tus miedos. Los míos tienen que ver con la libertad de expresión. Temo el día en que no me dejen alzar la voz, ¿sabes?

—Ahora mismo me preocupa desaparecer como lo ha hecho Kiera Templeton —respondí.

—¿La niña? Bueno, es un buen tema, pero complicado. Las vías están ya todas agotadas, pero…, oye, si la encuentras, ganas el Pulitzer. Está bien pensado.

—No…, no quiero el Pulitzer.

—Bueno, sí, eso decimos todos. Pero… no te emociones mucho. Esto es periodismo. Aquí no hay leyendas ni glamur; solo verdad. Tu palabra vale tanto como lo poco que te vendas. Y eso es lo difícil, ¿sabes?

Asentí, una vez más. Mientras hablaba con ella tuve la sensación de que el mundo se había acelerado a mi alrededor. Comprobé que la gente no paraba de andar en todas direcciones por la redacción. Dos redactores caminaban por un pasillo charlando sobre el contenido de unos folios, varios tecleaban con intensidad en sus ordenadores IBM, otros tantos atendían llamadas y tomaban notas entre susurros.

—¿Puedo preguntarte algo? —inquirí, esta vez yo.

—Claro. Dispara. Eres valiente para ser tan joven. Me gustas.

Me tomé aquello como un cumplido, porque estaba muy nerviosa.

—¿De verdad crees que encajaré?

—¿Sinceramente?

Esperé que continuase sin yo decir nada. Sabía que lo haría.

—Tendremos suerte si conseguimos que aguantes más de dos semanas. Este mundo es más oscuro de lo que aparenta desde fuera.

—Bueno —respondí—, entonces no hay problema.

—¿Por qué dices eso?

—Porque yo también soy así —dije, con voz seria, a lo que Nora me respondió con un silencio.