La chica de nieve

Javier Castillo · Capítulo 19 de 62

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La chica de nieve

Capítulo 19

28 de noviembre de 2003

Cinco años después de la desaparición de Kiera

¿Acaso hay algo más poderoso que la

esperanza de encontrar lo que se busca?

El agente Miller accedió a reabrir el caso, con la condición de que Miren no publicase nada durante una semana, tras la cual este había aceptado comentarle los avances de manera resumida para no hacer peligrar la investigación y dar su punto de vista en un primer artículo que marcaría el ritmo y el tono de la prensa del país durante los siguientes acontecimientos.

Aquella cinta fue una bomba en la oficina del FBI de Nueva York, donde varios agentes se ofrecieron para ayudar a esclarecer el origen del vídeo y analizar, fotograma a fotograma, si había algo de lo que tirar. Se hicieron varias copias del VHS de Kiera y se desmontó el casete original para intentar encontrar alguna huella incriminatoria y analizar la banda magnética. También se mandó revisar el paquete en el que se había entregado la cinta. No tenía sello ni había sido procesado en ninguna oficina de correos, por lo que alguien debía de haberlo dejado en persona en el buzón de los Templeton.

Un equipo se desplazó al barrio de los Templeton para preguntar a los vecinos si durante el día anterior habían visto a alguien merodear por la casa, pero las declaraciones de todos solo coincidían en que había varios niños jugando en la calle, al ser festivo, pero nadie sospechoso.

Se entendía que tanto la cinta como el paquete estuviesen repletos de huellas de Grace, que fueron tomadas ese mismo día con el objetivo de descartarlas entre las que hallasen. La cinta era una TDK de ciento veinte minutos, entre los que había solo cincuenta y nueve segundos grabados. El resto era virgen, sin material magnético aprovechable. No había sido grabado en ninguno de sus restantes ciento diecinueve minutos. La cinta era de una marca muy común de la duración más vendida, que todavía podía adquirirse en numerosas tiendas por toda la ciudad, a pesar de la llegada tan abrupta del DVD. Se sabía que las cintas VHS estaban destinadas a desaparecer por su limitada calidad, su duración y, en especial, su durabilidad. Era inevitable que la carga magnética de un VHS fuese decayendo lentamente hasta que lo grabado desapareciese, a distinta velocidad, pero con el mismo final que había sufrido Kiera. Los nuevos formatos digitales permitían, en un disco compacto, aumentar la calidad de la imagen y del sonido e incluso la duración, introduciendo elementos que resultaban más llamativos, como los menús, los materiales añadidos o la selección de escenas. Además, bien conservados podían durar más de cincuenta años, entre el doble y cinco veces más que un VHS, que a los pocos años ya empeoraba los colores de las grabaciones. Los archivos digitales que se guardaban en un DVD también proporcionaban información adicional sobre el tipo de grabador, la fecha de cuándo se creó o incluso, a veces, la geolocalización de dónde habían sido grabados, oculta en los metadatos exif de cada uno de los archivos copiados en el disco. Pero esos atributos no existían en un videocasete, que convertían aquella pista en algo imposible de rastrear. No había nada en un VHS que permitiese encontrar, localizar o identificar cuándo o dónde había ocurrido lo que se registrase en la imagen. Lo único particular de las cintas era que podían ser analizadas para identificar en qué aparato se habían grabado, en función de la colocación de las partículas magnéticas en la banda, del mismo modo que una pistola deja una huella única en cada bala que dispara. Por las marcas laterales de la banda magnética un experto logró identificar que había sido grabado en un aparato Sanyo VCR de 1985, cuyo conocido defecto de fabricación de una de sus series hacía que su cabeza magnética, la encargada de reorganizar las partículas en la banda para grabar la imagen y el sonido, dejara un patrón continuo en el límite de cada cinta, pero aquel dato servía de poco: Sanyo era una de las marcas líderes del mercado en aquella época.

Durante esa semana un equipo caligráfico analizó la letra con la que se había escrito el nombre de Kiera en la cinta y el número 1 en el sobre y lo único que se concluyó a raíz del análisis químico de la tinta era que había sido escrito a mano, con un permanente Sharpie, la marca más vendida del país. Ambas anotaciones habían sido realizadas por la misma persona, a juzgar por la presión en la escritura y las formas en las que su autor cambiaba de dirección en los vértices de la A y del 1. Cuando llegó el informe de la científica sobre las huellas de la cinta, tres días después, el agente Miller perdió la esperanza. No se hallaron marcas dactilares distintas de las de Grace. Los resultados de las encontradas en el sobre debían esperar hasta el final de esa mañana, pero el agente Miller visitó a la familia Templeton en persona para comentarle los escasos avances en la investigación.

Aaron y Grace recibieron ilusionados su visita. Se bajó del vehículo con rostro serio, miró a su alrededor y vio que aquel barrio rebosaba felicidad. Dos niños jugaban montados en una bicicleta, zigzagueando con unos conos que habían puesto en la acera. Una mujer mayor recortaba las hortensias en el jardín, un hombre de mediana edad terminaba de colocar unos soldados cascanueces de tamaño natural frente a la valla de su casa. Aquel era el barrio de la Navidad, y el agente Miller tragó saliva antes de caminar hacia la única casa que parecía sumida en la tristeza.

—¿Han encontrado algo? —inquirió Aaron, nada más verle.

—Aún es pronto. De momento vamos paso a paso. Estamos intentando sacar oro de esos cincuenta y nueve segundos.

—¿Alguna huella? Tiene que haber algo.

—En la cinta no. Estamos esperando los resultados del sobre, pero no pinta bien, señor y señora Templeton. Si ese tipo se molestó en no dejar huellas en la cinta, es difícil que no tomase precauciones con el sobre.

—¿Y las imágenes? ¿No hay nada que ayude a identificar dónde está? Es nuestra hija… y tenemos que encontrarla —incidió Grace.

—La calidad de la imagen es tan mala que no se puede identificar qué se ve al otro lado de las cortinas, por lo que va a ser difícil encontrar dónde está y con quién. Creemos que es una casa, la tonalidad verde tras la cortina blanca podría tratarse de un jardín, pero… eso nos serviría de poco. Ni siquiera la incidencia de la luz en la habitación nos ayudará con su posición, puesto que no sabemos qué hora del día era para poder determinar, al menos, la orientación, y quizá la latitud aproximada de su ubicación. Va a ser difícil dar con algo ahí. Sé que es pronto para decirles esto, pero si no encontramos nada más, ese vídeo solo servirá para que sepan que su hija está bien, aunque ignoren dónde está. Considérenlo una…, una prueba de vida.

—¿Qué quiere decir?

—En los secuestros las pruebas de vida sirven para comprobar que el secuestrado está bien y pagar el rescate. Esto sería algo igual, aunque…, aunque no lo hayan pedido.

—Pues tendremos que hacer que nos lo pidan —dijo Aaron, serio.

—¿Están pensando en volver a convocar a los medios?

—¿Por qué no?

—Entorpecerán nuestro trabajo y… no quiero que vuelva a pasar como hace cinco años.

—Si ayuda a encontrar a mi hija, lo haré. No le quepa la menor duda.

—Murió una persona, señor Templeton. No se puede repetir algo así.

—No fue culpa mía, agente Miller. Recuerde eso. No fui yo quien encendió aquella llama.