La chica de nieve
Capítulo 54
Miren Triggs
2005-2010
La solución suele estar a la vista, esperando paciente a que
alguien la descubra cubierta de polvo.
Sinceramente no esperaba demasiado del agente Miller. Lo notaba agotado y decaído en cada frase que pronunciaba, como si cada desaparición que investigaba se hubiese llevado un trozo de él. El tiempo pasó y, con la misma velocidad con la que el FBI había investigado más de dos mil jugueterías, cancelaron la búsqueda y pasaron a buscar a otra persona. No los culpaba. Tenían que priorizar recursos, pero una parte de mí siempre viajaba al cuarto de Kiera y se sentaba a su lado, para observarla jugar unos minutos a las muñecas. Me gustaba imaginarme cómo sería su voz. Me gustaba imaginármela sonriendo y con la mirada llena de vida, aunque tenía la intuición de que sus verdaderos ojos debían estar apagados, como si fuesen un faro remoto estropeado, haciendo que los barcos que buscaban su costa acabasen encallados entre las rocas. El agente Miller y yo fuimos esos barcos, y sus padres, destrozados, lloraban no por los golpes contra el acantilado de los navíos perdidos, sino porque el faro ya no emitía luz.
En 2007, cuatro años después de la primera cinta, una silueta oscura de mujer con el pelo rubio y rizado dejó una segunda cinta en la oficina de Aaron Templeton y yo me sentí más viva que nunca. La redacción consumía mis horas diurnas, la revisión de personas desaparecidas consumía las nocturnas, pero durante un tiempo se avivó en mí el fuego de encontrarla. Me había convertido en una buscadora. ¿No era eso el periodismo? Buscar. Buscar y encontrar. A veces lo que buscabas quería ser encontrado; otras veces debía ser una la que agarrase el cordel de la verdad y tirase para sacarla de las profundidades del agujero en que estaba atrapada para que viese de nuevo la luz. Desde la desaparición de Kiera había comenzado a recopilar información sobre casos activos con serios indicios de que algo grave había pasado: Gina Pebbles, una adolescente que había desaparecido en 2002 tras salir de su instituto en Queens y cuyo rastro se perdió a dos kilómetros, en un parque en el que encontraron su mochila; Amanda Maslow, una chica de dieciséis que habían secuestrado en 1996 en un pueblo de interior, o el de Adaline Sparks, una chica de dieciséis que desapareció de su casa en 2005, con todas las puertas y ventanas cerradas con llave desde el interior.
Con la segunda cinta, la de 2007, tampoco conseguí encontrar nada, pero el circo mediático ya estaba servido. Intenté abstraerme de todo aquello y me sumergí de nuevo en su expediente, como había hecho las veces anteriores. Rebusqué entre los vídeos de las cámaras de seguridad para hallar a esa mujer, pero las imágenes tampoco ofrecían una nitidez que pudiese ayudar. Una vez más, Kiera Templeton aparecía, esta vez un mes de junio, para luego desvanecerse hasta que quien mandaba las cintas decidiese que el juego debía continuar.
Llamé al agente Miller para preguntarle si habían elaborado un perfil del secuestrador. El uso de cintas VHS era un claro síntoma de alguna psicopatía que yo desconocía. Ese hijo de puta debía de ser un perturbado nostálgico de los noventa, y no tardó en reenviarme a escondidas un diminuto párrafo que había elaborado la unidad de análisis del comportamiento en Cuántico que decía lo siguiente: «Hombre, blanco. Entre cuarenta y sesenta años. Trabaja en algo relacionado con la mecánica o las reparaciones. Conduce un coche gris o verde. Casado con una mujer de personalidad débil. El uso de cintas VHS reflejan su rechazo al mundo actual y moderno».
Nada más. El FBI resumía al potencial captor en unas pocas líneas en las que estaría cualquiera. Incluso mi padre podría encajar en ese perfil si no fuera por el carácter inquebrantable de mi madre.
El tiempo pasó como un huracán que devoró lo sucedido entre cinta y cinta y, con la llegada de la tercera, en 2009, unos días antes de las elecciones presidenciales en las que ganó Barack Obama, nadie, salvo yo, le prestó la menor atención. Detestaba el circo mediático que se montaba con el morbo de los casos dramáticos, pero también el hecho de que la política lo impregnase todo. Mirases donde mirases, observabas los rostros sonrientes de Obama y John McCain prometiéndote esperanza, como si el mundo no estuviese yéndose a la mierda.
En aquella cinta Kiera me dio pena. Se pasaba el minuto que duraba la grabación sin dejar de escribir en un cuaderno, con un radiante e incómodo vestido naranja. Era una muñeca rota, como yo lo había sido. Si prestabas atención, no tardabas en imaginarte unas lágrimas cayendo sobre el papel. Yo tuve una época así, en la que me sentí sola, prisionera del universo, y en realidad quizá aún lo estuviera, por mucho que me hubiese reconstruido con pegamento hecho de rabia y desesperanza.
Tras ver aquella cinta, tuve la necesidad de visitar a los Templeton. No sé por qué, pero necesitaba transmitirles algo de luz. Al fin y al cabo yo me consideraba un poco como Kiera, perdida y desamparada y, aunque viesen a su hija así, sabía que si algún día volvía a casa era posible seguir adelante. Solo conseguí que Aaron aceptase mi invitación a un café y de esa conversación solo recuerdo sus lágrimas y el largo abrazo que me dio antes de despedirnos. Apenas habló. Estaba lejos de lo que una vez fue. Ambos habíamos corrido la misma suerte.
En ese tiempo conseguí afianzarme en la redacción. Intenté cumplir con las exigencias del equipo de investigación, gracias a Dios sin Nora Fox en él, y tengo que admitir que disfruté de la flexibilidad de Bob, con quien mantenía una cordial amistad profesional.
Durante todo 2010 estuvimos trabajando en un único artículo que consumió muchos recursos y la paciencia de Phil Marks. Se trataba de un caso que no había salido a la luz, en el que una docena de trabajadores de las fábricas en China de una importante empresa de móviles se habían suicidado por el estrés y por las condiciones laborales. Cuando el reportaje de doce páginas llegó a las calles a principios de noviembre, Phil nos llamó a los tres a su despacho para darnos la enhorabuena y unas semanas de descanso.
Pero yo no necesitaba descansar, sino encontrar respuesta a una pregunta que desde hacía años me martirizaba: ¿dónde estaba Kiera Templeton? ¿Quién la tenía?
Volví a ver los vídeos digitalizados de Kiera una y otra vez. Me creé una lista de reproducción de los vídeos en el programa VLC y cuando comenzaba uno continuaba el siguiente. Pasé así un día entero, viendo a Kiera crecer, imaginándome su vida, incluso llegué a dudar si necesitaba que la rescatasen o no.
Tuve una idea absurda: ver las cintas del modo en que habían sido grabadas, y decidí comprarme un reproductor VHS Sanyo de 1985. Encontré dos reliquias en Craigslist que se vendían para piezas, y quedé con uno de los propietarios para comprárselo y ver si me aportaba una solución. Me encontré en la esquina en la que había quedado a un tipo gordo que regentaba un antiguo videoclub que estaba vendiendo todo de lo que disponía por liquidación.
—Son cien dólares —señaló, tras saludarme y decirme su nombre, que no recuerdo—. Como ponía en el anuncio está roto, pero es fácil de arreglar. Solo hay que cambiar uno de los brazos de enhebrado de la banda magnética y lo tienes funcionando.
—¿Sabes dónde podría conseguir una pieza de repuesto para arreglarlo? —pregunté, observando si había algo más dañado a simple vista desde el exterior.
—No es algo que se venda en cualquier sitio, ¿sabes? En toda la ciudad hay dos o tres tiendas de reparación de estos cacharros. Casi no merece la pena arreglarlos. El streaming es el futuro, o eso dicen, ¿no? Pero, oye, si tienes vídeos antiguos esta es la manera. No hay otra.
—¿Solo dos o tres talleres de reparación? —Una chispa se encendió dentro de mí.
—Bueno, sí. Y eso sumando Nueva Jersey, que es donde vivo. Creo que la antigua VidRepair del centro cerró hace unos meses, y mira que estos cacharros se estropeaban bastante. El polvo se acumula dentro y las piezas de plástico se rompen. Pero, claro, casi nadie los usa ya. Es un negocio destinado a desaparecer. Como el mío, por triste que parezca. Ni los DVD van a poder parar el mundo digital que se avecina.
—¿Tendrías los nombres de esas tiendas? —pregunté, con el corazón lanzándome redobles como si estuviese a punto de encontrar algo de verdad.