La cruz y el lirio dorado

Fernando Fernán-Gómez · Capítulo 1 de 23

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La cruz y el lirio dorado

I. Los precedentes: Alfieri, Maquiavelo, Poliziano

I

LOS PRECEDENTES: ALFIERI, MAQUIAVELO,

POLIZIANO

 

Antes de adentrarme en la narración, debo advertir que este capítulo más que capítulo es un preámbulo, quizás no del todo necesario, pero hasta cierto punto útil. Lo denomino «capítulo» —debo confesarlo a fuer de sincero— para vencer la aversión de algunos lectores a los proemios, prefacios, prólogos, introducciones o preámbulos.

 

Sobre Alfieri

Nació el insigne poeta italiano en 1749 y murió en 1803. Desde el corazón de la centuria hasta la Revolución Francesa, su vida ocupó la segunda mitad del XVIII.

Las luces iluminaban el siglo y a sus cerebros más señeros; llegaban hasta capas más bajas, más oscuras. Pero anegados en el lujo, los cortesanos de Luis XVI y la alta burguesía no atisbaban su inmediato funesto porvenir.

Los enciclopedistas plantaban los cimientos de la Revolución. El fuego de la libertad prendía en los espíritus más eminentes de Europa, que se desprendía, con siglos de retraso, de los últimos restos medievales. Para unos esa libertad era la del individuo frente a la opresión de los poderosos; para otros, la de los pueblos sojuzgados por naciones —o dinastías— extranjeras.

En el gran poeta trágico italiano Vittorio, conde de Alfieri, prendieron los dos fuegos. De la unión de los dos en el pensamiento del aristócrata surgió un hombre enemigo declarado del absolutismo.

Fue Alfieri contemporáneo de Goethe (nació el mismo año que el genio alemán), de Schiller, de Beaumarchais, de Casanova, de Laurence Sterne, de los enciclopedistas…; sus últimos años coinciden con los de la ascensión de Napoleón Bonaparte.

Huérfano de padre desde muy tierna edad, recibió una cultura superficial, ortodoxa y conformista, adecuada a su clase social, en uno de los más prestigiosos centros de enseñanza de su tiempo, la Academia Militar de Turín. A la muerte de su tutor abandonó la carrera militar, para la que no se sentía llamado, y viajó por toda Europa: Florencia le sedujo, Suecia le pareció horrorosa, y España un desierto. Conoció y trató personalmente a Luis XV y a Federico de Prusia, y este trato exacerbó su sentimiento libertario, su afán de justicia.

De tantos pueblos distintos, tantas personas y personajes diferentes, tantas experiencias en plena juventud, sus dotes de observación, su espíritu analítico y satírico, le llevaron a la conclusión de que la humanidad está constituida por dos grandes clases igualmente despreciables, cada una por distintas razones: los esclavos y los tiranos.

La poesía, el teatro, la literatura —así lo pensaba y manifestaba— no debían ser únicamente una diversión más o menos refinada de la clase alta, sino un instrumento que despertase sus conciencias.

Entre 1775 y 1790, de los veintisiete a los cuarenta y un años, desde la juventud a la plena madurez, escribió sus veinte tragedias; sigue en casi todas ellas, en cuanto a la estructura y al tratamiento de los personajes, los modelos de la antigüedad clásica, pero las utiliza como vehículo de su exaltada pasión por la libertad y se toma para ello buena cantidad de libertades.

En una de estas tragedias, La conjuración de los Pazzi, sigue con tanta independencia y desembarazo la narración de Niccolò Maquiavelo en Historias florentinas que puede afirmarse que no se ciñe al famoso relato, sino que procede con absoluta autonomía, sin poner freno a su imaginación ni a las supeditaciones de la combinación dramática: utiliza el suceso histórico, la conspiración de la familia Pazzi para asesinar a Lorenzo y a Giuliano de Médicis, sus adversarios políticos y económicos, simplemente como punto de partida, como bastidor en el que tejer una intriga teatral prerromántica, útil para difundir sus ideas: el rigor ético, el patriotismo, el amor a la libertad.

Con total desenfado, transforma a Guglielmo y a Raimondo, miembros de la familia Pazzi que apenas tomaron parte en la conspiración, en auténticos héroes de la tragedia; convierte a los históricamente considerados traidores —la familia Pazzi— en buenos, y a los buenos —Lorenzo de Médicis, su hermano Giuliano— en malos, en tiranos, en opresores. Raimondo no sólo es un héroe, sino el mártir ejemplar.

 

Sobre Maquiavelo

Niccolò Maquiavelo, de sangre noble, nació en Florencia en 1469. Su padre, Bernardo Maquiavelo, fue jurisconsulto y tesorero de la Marca; su madre descendía de los antiguos condes de Borgonovo. En 1498, a los veintinueve años, fue nombrado canciller de la segunda Cancellería dei Signori. El mismo año, los Signori le confiaban temporalmente el cargo de secretario de los Diez de libertad y de paz, que poco después obtenía de forma permanente.

Aparte las Historias florentinas y el famosísimo tratado El príncipe, dedicado a Lorenzo el Magnífico, fue autor de Arte de la guerra, varios discursos, las comedias Clitia, Adria y la gran obra maestra La mandragora, con la que abrió las puertas al moderno teatro europeo.

Si no se hubiera especializado en materia tan árida y desagradable como la política y si no hubiera dado origen —erróneamente— al «maquiavelismo», su gloria literaria sería comparable a la de Dante o Petrarca.

Un día de otoño, más de cuarenta años después de que los Pazzi y sus secuaces, con la anuencia, y algo más, del papa Sixto IV, tramaran su conjura y, mal o bien, la llevaran a cabo, y tres siglos antes de que Alfieri escribiera su tragedia, recibió el antiguo secretario Niccolò Maquiavelo, a través de unos oficiales del Estudio florentino y pisano, el encargo de parte del papa Clemente VII —en el siglo, Luglio de Médicis— de escribir la historia de Florencia. Percibiría doscientos florines por dos años de trabajo. A pesar de lo difícil que es hallar las equivalencias del valor del dinero a lo largo del tiempo, parece que no era mala paga.

Se retiró el autor de La mandragora a su villa de San Casciano y comenzó el trabajo. Según nos cuenta, en San Casciano no lo pasaba mal: iba a la calle de la hostería, charlaba con los transeúntes, les pedía noticias de sus países, se enteraba de cosas diversas y comparaba los distintos gustos y fantasías de los hombres, en lo que llegaba la hora del almuerzo, «y como con los obreros los manjares que proporciona mi modesto patrimonio de la ribera del Po. Al terminar de comer vuelvo a la hostería. Allí están generalmente el hostelero, un carnicero, un molinero y dos fundidores. Con

ellos me abribono por todo el día, jugando a las cartas»[1].

Llegó la obra hasta el año 1492, y no hasta adentrarse en el siglo XVI, como era el propósito inicial.

Pocos años le faltaban para concluirla, pero la muerte le llegó antes, el 22 de junio de 1527, en Florencia.

El mérito histórico del texto, Historias florentinas, se considera por la crítica actual no tan evidente como la precisión de las doctrinas políticas que en él expone el autor.

En cuanto al rigor histórico, parece ser que Maquiavelo era proclive a obrar demasiado por su cuenta. Si algún episodio aparecía confuso, lo resolvía con arreglo a su lógica personal. Si de algo no había noticia en las crónicas y ello creaba lagunas en el proceso histórico, él rellenaba las lagunas con su imaginación.

Así procedió al narrar el episodio de la conjuración de los Pazzi, cuya fuente fue Comentario a la conjuración de los Pazzi, de Poliziano.

En la crónica de Maquiavelo, los buenos de la tragedia de Alfieri, los hermanos Iacopo y Francesco de Pazzi, y el heroico defensor de las libertades de Florencia, enemigo acérrimo de los Médicis, su cuñado Guglielmo, casado con Bianca de Médicis, son los malos.

Los jóvenes hermanos Médicis, Lorenzo el Magnífico y Giuliano, cultos, amantes de las artes y mecenas de artistas, partidarios del reciente humanismo, son los buenos, los defensores del pueblo y de sus libertades.

Para su trabajo, Maquiavelo siguió la crónica de Poliziano, escrita en el mismo año de 1478 en el que tuvo lugar el trágico acontecimiento; podría decirse que cuando aún estaba caliente la sangre de las víctimas.

 

Sobre Poliziano

Poliziano nació en 1454 en Montepulciano y murió en 1494 en Florencia. Insigne humanista y comentarista literario, la posteridad le ensalzó de manera especial por su obra poética en la lengua popular de su época, el italiano, a la que él, en vida, no había concedido demasiada importancia. Disfrutó el mecenazgo de Lorenzo de Médicis, quien le confió la educación de su hijo Piero, labor a la que Poliziano se entregó con entusiasmo.

Angelo Abrogini Poliziano vivió en la Florencia de la conjuración de los Pazzi. Tenía entonces veinticuatro años, y aunque compuso aquel mismo año de 1476 la crónica, y es de suponer que circularía bajo mano, transcurriría mucho tiempo antes de que fuese publicada, en 1553, casi un siglo después de ser escrita. Pero es indudable que el secretario de los Diez de libertad y de paz Niccolò Maquiavelo pudo conocerla mucho antes de esta fecha, en el tiempo en que fue redactada.

Protegido de Lorenzo el Magnífico, amigo y colaborador en fiestas y en composición de canciones, a Angelo Abrogini se le asignó a los veintitrés años el priorato de San Pablo con sus rentas, y para que pudiera desempeñarlo fue ordenado sacerdote.

Por afinar un poco más esta fugaz imagen de Poliziano y la de su mecenas Lorenzo, consigno aquí una información que se considera no muy fiable: se dijo en aquel tiempo que, sobre las muchas muestras que había dado, Lorenzo el Magnífico dio una prueba más de su amplitud de criterio, de su generosidad y de su espíritu moderno. Descubrió las relaciones culpables de su mujer, Clarice, con el joven Angelo, y lo único que hizo fue alejar a éste de Florencia, enviarle a Fiesole, a que se le pasara el arrebato.

Allí tuvo tiempo y calma para redactar su crónica del trágico suceso.

(Pero la noticia y sus fuentes no son muy de fiar, ya digo.)

Ve Poliziano a los Médicis, desde el ya difunto Cosme el Viejo hasta los que puedan venir, como los legítimos señores de Florencia por derecho humano o divino. Ellos son además los depositarios de la moral ciudadana, los benefactores del pueblo.

La otra poderosa familia, la de los Pazzi, enemiga de los Médicis desde tiempo atrás, desde varias generaciones, y sus secuaces, no son más que una jauría de seres abyectos, ambiciosos de la peor ambición, la de la avaricia, ante la cual están dispuestos a fraguar la ruina del Estado florentino.

Francesco de Pazzi es un depravado; su hermano mayor, Iacopo, un cobarde pelele; los demás que componen su entorno, incluso los clérigos, una banda de facciosos, de sicarios, de asesinos a sueldo, sin ningún escrúpulo.

Había decidido el papa Sixto IV fundar en la Romaña un estado independiente que pasara a ser dominio de su hijo, el cardenal Girolamo Riario. Tal decisión tropezó desde el primer momento con la voluntad de los hermanos Médicis, Lorenzo y Giuliano; y el papa, expeditivo, convencido de que la voluntad de los poderosos y engreídos Médicis no sería domeñable, envió a Florencia a Salviati, arzobispo de Pisa, y al cardenal Riario, aparentemente en embajada de buena voluntad, pero en realidad con la misión de tramar una conjura, apoyada en la familia Pazzi, riquísimos banqueros adversarios de la familia Médicis desde tiempo atrás, con el fin de quitar la vida a ambos hermanos.

De un lado, el papa Sixto IV, su hijo el cardenal Riario, Francesco y Iacopo de Pazzi, el arzobispo Salviati, el condotiero o bandido Gian Batista Montesecco… El honrado pueblo de Florencia.

Del otro lado, Lorenzo el Magnífico, su hermano Giuliano, su hermana Bianca, el indeciso Guglielmo… El honrado pueblo de Florencia.

Esta novela que tienes en tus manos, lector, es la narración —imaginaria— de lo que le ocurrió durante la conjuración de los Pazzi a un personaje al que no han prestado atención ni Angelo Abrogini Poliziano en el siglo XV ni Niccolò Maquiavelo en el XVI ni Vittorio, conde de Alfieri, en el XVIII: uno de los hombres que blandieron las armas homicidas.