La cruz y el lirio dorado

Fernando Fernán-Gómez · Capítulo 4 de 23

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La cruz y el lirio dorado

IV. En el que Stefano Maffei ve por primera vez a Claudia, la hija del molinero. 1467

IV

EN EL QUE STEFANO MAFFEI VE POR PRIMERA VEZ

A CLAUDIA, LA HIJA DEL MOLINERO

1467

 

Stefano Maffei es un niño y no sabe que el color de esta mañana, su luz, su aroma, el canto de los pájaros están grabándose en su memoria, a la que él, años más adelante, llamará su alma. Una tibia mañana de otoño, muy apacible, sin nubarrones en el horizonte; ni en las distantes montañas, los Apeninos que limitan la Toscana, ni por el lado de la cercanísima ciudad, Florencia. Los prados, los sembrados, la doble hilera de cipreses que bordea el camino desde la entrada principal hasta la primera aldea de aparceros, más allá los viñedos, suavemente iluminados por un sol recién surgido tras la silueta oscura de la ciudad, rematada por las múltiples torres amenazantes de los palacios y la cúpula solemne del Duomo. El pequeño Stefano, que aguarda a su padre cerca del carruaje, cuyas dos mulas de tiro engancha Rafaello, el cochero, ignora que aquella ciudad que se recorta a contraluz, las montañas lejanas, al norte, dibujadas poco a poco por pinceladas de sol, los colores que van despertando, verde claro de los viñedos, verde oscuro de los lejanos olivares, plata temblorosa de las acequias, azules, amarillos, rojos de las flores silvestres, el carricoche que aguarda a la puerta de la casa, el piafar de las mulas, los ladridos y las carreras de los perros, serán algo que se le quede impreso en lo más hondo de su ser para resurgir de cuando en cuando a lo largo de toda su vida, unas veces con causa previa y otras sin causa aparente, aunque quizás con una causa sumergida en el fondo del subconsciente.

Por allí anda también, diligente y despierto desde el alba, Adriano, el hermano mayor. Están adiestrándole, entre su padre, el capataz y los mayorales, en el cuidado y explotación de las tierras, la rotación de los cultivos, la compra de las semillas, las cuentas con los aparceros, el trato con los proveedores de la tropa y con los mercaderes en las ferias… Cuando el padre fallezca, deberá hacerse cargo de todo. Para él, para Stefano, el padre tiene otros proyectos muy distintos, pero encaminados a lo mismo, a devolver a la familia el rango que tuvo en otros tiempos, propósito que obsesiona noche y día al buen agricultor Adriano Maffei, padre.

Ya los cinco en el carruaje —va también Taddeo, el capataz—, dejan atrás el camino que pasa junto a la laguna, la charca y el torrente hasta llegar a Florencia, y toman por la vereda de los cipreses. El viaje hasta el molino es de aprendizaje para el joven Adriano: su padre va a ajustar cuentas con el molinero; por eso les acompaña el capataz. Para el niño Stefano, es simplemente de recreo. Cuando alguien va al molino siempre pide que le lleven. Con los ojos de la imaginación, aunque ya le tiene frente a sí tal cual es, ve al molinero aún mucho más blanco, totalmente blanco desde el pelo hasta las puntas de los pies. Murió la madre de Stefano al parirle, así que él nunca se durmió escuchando cuentos de boca de su madre. Pero sí escuchó algunos, aunque sin entenderlos muy bien, cuando, a veces, a la atardecida, Adriano Maffei, el padre, los leía al amor de la lumbre a un grupo de criados y aparceros. El que más le gustó, y, a juzgar por las carcajadas con que acompañaron la lectura, también al resto de los oyentes, fue el de unos estudiantes o novicios de un convento que llevaban al molino trigo para moler. En el molino vivían el molinero, su frescachona mujer, su bella y jovencísima hija y un niño que aún dormía en la cuna. Por una repentina tormenta, o por cualquier otro incidente que Stefano no recordaba bien, los estudiantes o novicios se veían obligados a pasar la noche en el molino. Allí, en cuanto sonaban los primeros ronquidos del molinero, entre éste, su mujer, su hija, los estudiantes, incluso la criatura de la cuna, sucedían una serie de enredos que Stefano no llegó a entender del todo.

Él no reía, no encontró el motivo, escuchaba en silencio, interesado en la aventura de los dos jóvenes, y si de vez en cuando se le escapó una risita no fue porque se contagiase de la risa de los demás, sino por lo cómicas que le parecían las caras que ponían los campesinos al soltar las risotadas. Mientras escuchaba a su padre leer el cuento, él veía el interior del molino, todo blanco de harina, blancas las paredes, blancas las banquetas, blancas las dos grandes piedras de moler, pero, sobre todo, blanco el molinero, el hombre blanco que ya, desde entonces, desde la atardecida en que su padre leyó el cuento, se le aparece al niño Stefano en sueños; no en pesadillas, sino en sueños placenteros, en las duermevelas de antes de llegar al sueño profundo.

Aparte la aparición del hombre blanco, tripudo, siempre sonriente, le gusta al pequeño Stefano ir escuchando desde el carruaje, cada vez más próximo, el ruido monocorde, rítmico de las palas de la rueda del molino al ser impelidas por el agua del riachuelo. Luego, la mirada se le queda prendida en el giro de la rueda, en los golpes del agua contra las palas, hasta que el carruaje se detiene a pocos pasos del molino, y el molinero, el hombre blanco, y Gina, su mujer, salen apresurados a recibir al padre de Stefano, el señor Adriano Maffei, con solemnidad un tanto exagerada.

—¡Claudia, hija —grita ama Gina hacia el interior de la casa—, sal de una vez y lleva a Stefano a pasear por el huerto!

Ve Stefano salir por la puerta del molino a una niña insignificante, pequeña, flaca, que se acerca a él con aire resignado, dócil ante la orden materna, le toma de una mano y tira de él en dirección al huerto. Pero el niño Stefano no quiere ir hacia allá, sino en sentido contrario, hacia el borde del riachuelo, donde el agua impulsa la rueda.

Y hacia allí van los dos, sin hablar, sin mirarse; o sin que Stefano mire reiteradamente a la niña Claudia, porque ella sí, ella tiene la mirada en Stefano, o en el hijo del amo, en lo que éste no deja de mirar cómo gira y gira sin parar la rueda a impulsos del agua del riachuelo.

Ya Adriano, su hermano mayor, le ha explicado en otra ocasión el funcionamiento del molino. Según le ha dicho, no ha experimentado cambios desde la remota antigüedad, cuando alguien tuvo la idea de sustituir la fuerza de los esclavos por la de la corriente de agua. «El molino funciona —le había dicho— por medio de un mecanismo que transmite a la muela giratoria instalada en el interior, sobre la piedra fija, la energía de la corriente de agua del riachuelo. Esta golpea una serie de palas montadas sobre una rueda vertical haciéndola girar. Lo comprendes, ¿verdad? El agua golpea las palas. Las palas hacen girar la rueda. Dentro del molino, la gran piedra machaca el trigo y lo convierte en harina. Los hombres de la antigüedad supieron utilizar en su provecho la fuerza de la naturaleza.» Stefano comprende. Y se abandona extasiado a la contemplación de la rueda que gira y gira a impulsos del agua. Encuentra en ello más belleza, más misterio que en el rostro de la niña Claudia, que, por el contrario, procura estar muy cerca de él y no deja de mirarle.

 

A veces, el niño Stefano corre hasta el molino sin necesidad de que le lleve su padre o el capataz o alguno de los mayorales. Pasa el camino de los cipreses y llega al molino. Es inevitable que en esas correrías le acompañe su amiga, la niña Claudia, aunque no es Claudia quien despierta su interés, sino el agua que fluye calma y los golpes o caricias del agua sobre las palas de la rueda.

Respecto a la niña Claudia, Stefano escuchó sin querer, por pura casualidad, una conversación entre la mujer de un aparcero y una criada de la casa. Comentaban que a los molineros les iba a ser difícil casar a su hija, pues, aunque las rentas del monopolio del molino eran cuantiosas, y la cara de la niña Claudia agradable y alegre, y abierta su sonrisa, a pesar de que pasaba el tiempo, no se desarrollaba, seguía como flacucha y enclenque, nada útil para el trabajo ni para tener hijos que ayudaran. De jovencita sería la clase de mujer a la que hombres y mujeres mirarían no con desprecio, pero tampoco con admiración o envidia, sino con compasión.

Stefano está de acuerdo con lo que había oído ocasionalmente. Y lo que le atrae de sus viajes al molino, no es la hija del molinero —pocas veces la mira—, es el agua, los golpes del agua contra las palas, el constante girar y girar y girar de la rueda.

Pero aquello a Claudia le aburre. Es lo que ve a diario, y ya casi ni lo ve. Desde luego, no lo mira. Suele convencer a Stefano de que vayan hasta el torrente. En una de estas excursiones, la niña quiere hacerse una corona de flores silvestres.

Pide su ayuda a Stefano y entre los dos recogen margaritas, caléndulas, amapolas, lirios rojos de Florencia, petunias; blancas, amarillas, rojas, lilas. Cuando Claudia termina de tejer la guirnalda, antes de ponérsela en la cabeza, se arrodilla y, ante la asombrada mirada de Stefano que ahora no aparta de ella la vista, va andando a gatas hasta el borde del terraplén. El agua del torrente le salpica. Alarga los brazos hacia el vacío con la corona en sus manos. Arroja la corona al vacío. En el vuelo, la guirnalda se deshace y caen a la pequeña laguna del fondo las flores.

El espanto se pinta en el rostro de Stefano cuando oye decir con tierna voz a la niña Claudia, como si lo que pide no fuera nada del otro mundo:

—Stefano, acércate aquí, baja por el terraplén, coge las flores y tráemelas.

Chorros de agua caen en el terraplén y rebrincan en las peñas. Stefano está dispuesto a jurar que en ese momento ha aumentado el ruido del agua al despeñarse. Da dos tímidos pasos hacia delante. Y ve al fondo, en la charca, las flores como diminutos barquichuelos de colorines que navegasen a la deriva.

La niña se ha levantado y, de pie frente a su amigo, espera la decisión de éste. Stefano no sabe si es un cobarde o un valiente. Un cobarde que no se atreve a lanzarse al terraplén, que más que terraplén es una cortada, o un valiente que se atreve a decir que no ante la demanda de una niña, que pronto será mujer.

Por lo uno o por lo otro, Stefano dice que no.

Claudia se enfurruña. Lanza una mirada de desconsuelo a las flores. Regresan al molino y no vuelven a cruzar palabra, ni miradas, lo cual para Stefano no es nada nuevo.

 

Stefano, después de dejar a la niña Claudia en el molino, vuelve solo a casa, unos trozos corriendo, otros andando, otros paso a paso, muy despacio, como sin andar. Sólo pensando. Pensando. Pero es muy difícil saber lo que piensa. Cuando llega, ya brilla en el cielo el lucero de la tarde.

 

Pasa el tiempo; y Stefano, aunque esto no sea fácil de comprender, vuelve a ver por primera vez a Claudia, la hija del molinero.

Poco a poco ha ido espaciando sus visitas al molino. Está en una edad en la que mudan las aficiones, y a veces se siente cierto rubor ante el recuerdo de lo que fueron las costumbres infantiles; la niñez empieza a transformarse en un recuerdo y, al pisar el umbral de la adolescencia, surgen el deseo y la obligación de hacerse hombre. Stefano ya conoce perfectamente el mecanismo del molino; le produce asombro recordar que se ha pasado horas y horas mirando cómo el agua golpeaba las palas de la rueda. La niña Claudia, su inevitable compañera, nunca ha despertado su interés; luego, ¿por qué tanta excursión hasta el molino? Puede ir a las aldeas de los aparceros o a los lejanos olivares o al torrente; incluso algunas tardes, con un grupo de chicos de su misma edad, se alarga hasta la cercana Florencia. Si va al molino, es porque su padre le lleva en el carricoche con Adriano, el hermano mayor, y con Taddeo, el capataz.

Se han apeado todos, y, con la exagerada y protocolaria alegría de siempre, los reciben el molinero y la molinera. La niña Claudia no ha salido a hacer los saludos de rigor.

Pero poco después Stefano procura acercarse discretamente, sin llamar la atención de los otros, a Adriano, su hermano mayor. ¿Adriano no ha visto que, a la llegada, mientras se saludaban unos a otros, una muchacha atisbaba desde la puerta, sin salir de la casa ni acercarse a ellos? A Stefano le ha parecido una muchacha muy bella. Pero no sabía que el molinero tuviese otra hija, que la niña Claudia tuviese una hermana. ¿Es hija de algún pariente? ¿Adriano sabe algo? ¿Y por qué Claudia no ha salido a recibirlos? ¿Están las dos muchachas medio escondidas dentro del molino?

Adriano escucha con asombro la sarta de preguntas que le hace su hermano menor, y cuando Stefano al fin se calla, porque se le han acabado las preguntas o para tomar aliento, entre risotadas le saca de su error.

—No sé por qué hoy Claudia no ha salido todavía a recibirnos. Quizás no se encontraba bastante limpia o bien vestida. Pero esa muchacha que tú has visto en la puerta no es hija de ningún pariente, sino de los molineros.

—Entonces, ¿es hermana de Claudia? ¿Dónde estaba hasta ahora?

—Calma, calma, Stefano. Es hija de los molineros, pero no es hermana de Claudia.

—Eso es imposible.

—Déjame hablar y escucha, Stefano —pide el primogénito, sin dejar de reírse ante la perplejidad del desconcertado Stefano—. No hay dos muchachas, sólo una.

Llega la voz del padre desde el interior del molino:

—¡Adriano!

—Nuestro padre me llama, tendré que explicártelo muy deprisa: esa muchacha que tú has visto, y que te ha parecido muy bella…

—Sí, sí…

—Es Claudia.

—¡No puede ser!

—Sí, lo es. Lo que pasa es que tú hace unos cuantos meses que no vienes por el molino, y en ese tiempo a Claudia se le han despertado las tetas.

—¡Cómo!

—Ya no es la niña Claudia, es una mujer. Tú la has visto ahí, medio escondida, en la puerta…

—Sí…

—… y no le has visto el pelo, ni las cejas, ni la nariz, ni la boca, sino que la mirada se te ha ido a las tetas, a las puntas de las tetas, y por eso no la has reconocido.

Stefano, perplejo, balbucea:

—No puede ser…

Pero las llamadas autoritarias de Adriano Maffei, padre, impiden que los hijos sigan la conversación. El hermano mayor se aleja de Stefano y, todavía entre risas, sin abandonar su marcha se vuelve para insistir, por medio de la mímica, valiéndose de sus dedos índices, en que a Claudia se le han despertado las tetas.

Hasta Stefano llega la voz de la molinera que, como si no hubiera pasado el tiempo, le ordena a su hija Claudia que acompañe a Stefano a dar un paseo, que le lleve a que vea cómo han florecido los almendros.