La cruz y el lirio dorado

Fernando Fernán-Gómez · Capítulo 5 de 23

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La cruz y el lirio dorado

V. Stefano y Claudia

V

STEFANO Y CLAUDIA

 

Van a ver cómo han florecido los almendros, pero ninguno de los dos se entretiene en mirarlos. Cambian algunas, muy pocas, palabras. A Claudia le resulta ahora más difícil hablar que cuando era niña. Dan la vuelta y van hacia el torrente. En el recorrido, Stefano lanza furtivas miradas de reojo a Claudia. Es rubia y de pelo rizado, peinado con bucles. Su tez es pálida, quizás demasiado para una campesina; parece una muchacha de la ciudad. Es cierto, que, como decían las comadres a las que Stefano oyó comentar, no parece muy robusta. Las cejas y las pestañas las tiene mucho más oscuras que el pelo. Las cejas, arqueadas. La nariz breve, recta. La boca, pequeña y de labios gordezuelos. Las mejillas tienen un no sé qué que incita a acariciarlas. Y, tal como decía Adriano, el hermano mayor, se le han despertado las tetas.

No ha sido ésa la última vez que, en sus paseos, Claudia y Stefano han llegado hasta el torrente. El muchacho menudea sus visitas al molino, y a los molineros, cosa muy natural, no les parece mal la asiduidad del hijo del amo. Quién sabe en lo que puede terminar aquella amistad de niños, ahora adolescentes.

Claudia no es para Stefano sólo una amiga, es su confidente. Más que el criado Vittorino, por el que siente un cariño filial, más que su hermano mayor, Adriano. Pero hay una confidencia que no se atreve a hacerle: alguna vez, Stefano, después de pasar la tarde con Claudia junto al torrente, cuando la acompaña hasta el molino y regresa solo a su casa, unos trozos corriendo enloquecidamente, y otros pasito a paso, incluso deteniéndose a suspirar, apoyado en el tronco de un ciprés, o dejándose caer en un repecho, no se esfuerza en contener el llanto. Son las tardes en que a ella, a Claudia, le ha dado por recordar su infancia, la infancia de los dos, cuando ella y él cortaban flores silvestres y ella las echaba al torrente y él, el niño Stefano, era incapaz de bajar a recogerlas para hacerle a ella una corona. Ya no son niños, son dos muchachos, y Claudia, quizás con el diablo en el cuerpo, se divierte repitiendo el juego infantil. Pero ahora ríe mientras echa las flores al torrente, ríe sin dejar de mirar a su amigo, ríe ante el temor de él, ríe porque comprende que él quiere lanzarse por la cortada y empaparse con el agua del torrente y recuperar las flores y ofrecérselas a ella, comprende que eso es lo que él quiere hacer y que no tiene valor para hacer lo que quiere. Sólo tiene valor para no hacerlo. Y la risa de ella le llena a él de belleza y de desprecio hacia sí mismo. Más tarde, ya de noche, en la cama, antes de que le llegue el sueño, le vuelve el llanto.

Adriano Maffei, el padre, el agricultor, tiene decidido desde muchos años antes que su primogénito, el que lleva su mismo nombre, Adriano, sea el que se encargue del cuidado de la hacienda de los Maffei. Y que el menor, Stefano, profese en la Orden de Predicadores, en los dominicos. Está convencido de que, sirviendo a la Iglesia, Stefano podrá prestar al mismo tiempo grandes servicios a su familia y contribuirá a que ésta recupere el rango que tiempo atrás tuvo en la sociedad florentina.

Pero Stefano no está nada seguro de tener vocación religiosa, y cree que sin vocación no se debe profesar. Su padre, en cambio, piensa que si se ingresa en el convento en la adolescencia o en la infancia, la vocación llega como una bendición divina. Una vocación auténtica, no impuesta; un don del Espíritu Santo.

A Claudia eso le resulta muy difícil de entender. Ni a su padre ni a su madre les ha pasado jamás por la imaginación la idea de meterla monja. Pero si se lo hubieran propuesto, ella se habría defendido con todas sus fuerzas. Todavía, si esa rarísima idea, encerrarse para toda la vida, renunciar a los placeres, saliese de una misma… Pero, como en el caso de Stefano, porque le parezca bien a su padre, hacerse fraile…

Stefano intenta explicarle a Claudia que los dominicos no son frailes, sino clérigos, pero eso confunde aún más a Claudia. Ella lo que quiere decir, sin más complicaciones, es que si sus padres un día le dicen que se meta monja, se escapa de casa. ¿Que adónde iría? Pues ya vería, a los caminos, a donde fuera, todo menos encerrarse con otras cuantas monjas. Aún, que la metan a una en la cárcel por haber hecho algo malo, lo comprende; pero encerrarse por gusto, no le entra en la cabeza. Y si es por gusto de otros, aunque sean los padres, mucho menos.

Aunque Stefano no esté seguro de sentir vocación ni de que se la pueda enviar el Espíritu Santo si ingresa en el convento de Santo Marco, intenta explicarle a Claudia lo que es la vocación religiosa. Pero ¿cómo hacerlo, si él mismo no lo sabe? Se lo explicarán si va al convento; si no va, no lo sabrá nunca. Reconoce que tiene una gran confusión mental. Pero de algo está seguro: debe obediencia a su padre.

Vittorino, el criado, como otro padre para Stefano, fue quien le contó que su madre murió al traerle al mundo. ¿Yo la maté?, preguntó aterrorizado el niño. De ninguna manera quería decir eso el bueno de Vittorino, sino, simplemente, que el señor Adriano sufrió muchísimo, y no por eso dejó de querer a su hijo, a Stefano, que, desde que lo supo, desde que alcanzó a comprenderlo, se prometió no causar nunca más dolor a su padre.

Ese sentimiento trágico de Stefano le resulta muy comprensible a Claudia, y también comprende que pueda aumentar el amor filial, pero si le hubiera ocurrido a ella… Deja por unos instantes de rebatir los argumentos de su amigo. Se encierra en sí misma. Piensa. Si aquello le hubiera ocurrido a ella… Sí, habría sentido una pena infinita por su padre, quizás incluso le habría querido más de lo que le quiere. Es posible que se hubiera sentido culpable. Pero de eso a meterse monja… No, eso nunca. No le entra en la cabeza.

 

Intenta el ignorante Stefano —ignorante por falta de experiencia, por exceso de juventud— convencerse a sí mismo de que en su interior no tiene lugar un combate entre dos deseos, el de obedecer ciegamente a su padre, prescindiendo de la propia voluntad, y el deseo carnal de Claudia. De este último se niega a reconocer la existencia.

Cree que ignorándolo evitará que crezca, se desarrolle y se convierta en encarnizado enemigo del otro deseo, y quizás en enemigo victorioso.

En ausencia de Claudia, su imagen recordada le persigue, se le aparece a cada instante, casi de una manera continuada, son fugaces los momentos en que no la tiene ante sí. En su presencia procura no deleitarse mirándola. Pero teme que ella perciba este deleite. La fresca y límpida sonrisa de la niña Claudia poco a poco se había ido convirtiendo en maliciosa sin que la malicia le restase encanto, al contrario. Y en esa maliciosa sonrisa advierte Stefano que Claudia le dice sin rubor: estás gozando mirándome, te gusta verme, mirarme; y al mismo tiempo me dices que te vas a meter fraile, pobrecito amigo mío, cómo debes de estar sufriendo. ¿De verdad es ese el mensaje que Claudia le envía con su sonrisa?

No se muerde la lengua para decirle lo que piensa: debe sobreponerse a su cobardía, que otra cosa no es, debe darle a entender a su padre con buenas palabras, evitando enfrentamientos desagradables, pero con firmeza, que no tiene vocación religiosa, que no cree que la vocación le llegue por encerrarse en el convento, que no desea profesar. Y si su padre se obstina en que se meta fraile, debe escaparse de casa. No será el primer joven de Florencia que se lance a la aventura.

A Stefano eso le parece un disparate, un absurdo. Nunca ha pasado por su imaginación hacer algo así. Causaría a su padre un enorme dolor y él quedaría marcado para siempre por el estigma del mal.

Y por fin el inexorable paso del tiempo trae el día que los dos, sin comunicárselo, creyeron que no llegaría nunca. Al terminar este verano, Stefano Maffei ingresará como escolar en el seminario conventual de Santo Marco de la Orden de Predicadores, los dominicos.

Claudia ha defendido su posición con denuedo. Stefano ha estado más pasivo y en algún momento ha llegado a creer que con esa pasividad hacía concebir esperanzas a Claudia, y se lo ha reprochado a sí mismo. No ha tenido valor para decirle a Claudia que su decisión estaba tomada. No se le oculta que entre él y la hija de los molineros hay algo más que amistad, aunque se niega a aceptarlo para que su batalla interior no sea tan cruenta.

Claudia le ha dado la razón en cuanto a que escaparse de casa habría sido absurdo. Pero conserva una última esperanza: que Stefano adelante su edad de hombre y le diga a su padre que se niega a ingresar en el convento. Sufrirá el anciano Maffei, pero no tanto como si su hijo se hubiera escapado.

Stefano acude a despedirse y Claudia le espera en la explanada del molino, junto al riachuelo. Llega el muchacho, y antes de hablar, antes de mirar a Claudia a los ojos, se queda un tiempo viendo cómo el agua golpea las palas de la rueda, cómo la rueda gira y gira. Es ella la primera que habla, le pregunta en voz baja.

Stefano, aunque no tenga a su hermano mayor por confidente, ha hablado con él, le ha expuesto sus dudas. Adriano ha sido lacónico y brusco, no por despego, sino porque ese es su temperamento. Le ha aconsejado que no se caliente la cabeza, que no sufra, que le diga a su padre que no quiere ser fraile y sanseacabó. Stefano ve una súbita luz en los ojos de Claudia, que, esperanzada, vuelve a preguntar. Como si una parte del ánimo de Adriano se le hubiera contagiado, Stefano ha afrontado la presencia de su padre, que le ha abrazado, conmovido y tembloroso, y le ha besado en la frente.

El calor húmedo de ese beso palpitante le ha llegado a Stefano a lo más hondo. Como si se despeñara en un torrente, su memoria le ha llevado a recorrer todo el tiempo vivido hasta ese momento. Le ha llevado incluso más allá de sus recuerdos, y de los recuerdos de recuerdos, a su nacimiento, a la muerte de su madre, a los sufrimientos de su padre. Y no ha seguido el consejo de su hermano. Ni el deseo de Claudia. Ni quizás su propio deseo. Ha aceptado ingresar en el convento de Santo Marco, en la Orden de Predicadores, los dominicos. Para concluir su confesión ha apartado la mirada de Claudia, la ha llevado a la rueda del molino. Ahora vuelve a mirarla a ella y ve sus ojos húmedos, los labios entreabiertos como para hablar, pero sin pronunciar una palabra, la lágrima que rueda por la mejilla. Stefano le coge una mano, que tiembla como la de él. Echan a andar los dos, así, levemente enlazados, hasta el borde de la explanada, el bosquecillo, donde ya no estarán a la vista de la gente del molino. Allí Stefano, no con suavidad y ternura, sino con una brusquedad que ni él mismo esperaba, estrecha contra su cuerpo el trémulo cuerpo de Claudia. Acercan los dos sus caras. En su boca entreabierta siente Stefano el aliento de ella. Y muy despacio, muy despacio, unen sus labios en un beso fugaz. En seguida ella se deja caer lentamente al suelo, y él se arrodilla frente a ella, junto a ella. Sin pronunciar una palabra los dos han comprendido lo mismo, que deben besarse de nuevo, y así lo hacen arrodillados uno junto al otro en un beso tierno, suave, pero prolongado. Cuando separan sus bocas, Stefano retira la mano que tenía en la espalda de Claudia, y la que tenía en la cálida cintura. Ordena a su mirada que se aparte de los azules, empañados ojos de Claudia, que no recorran la tersa mejilla ni el delgado y armonioso cuello. La mirada se resiste, pero Stefano consigue al fin llevarla fuera del cuerpo de Claudia, a la áspera tierra del bosquecillo. Y Stefano dice con titubeante voz, que delata las contradicciones y desentonos de la adolescencia:

—Claudia, esto ya no volveremos a hacerlo. Nunca.

Ante la sorpresa y la incomprensión de Stefano, los brazos de Claudia se aflojan, sus párpados se cierran muy despacio y la muchacha, sin sentido, cae blandamente sobre la tierra.