La cruz y el lirio dorado

Fernando Fernán-Gómez · Capítulo 2 de 23

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La cruz y el lirio dorado

II. Dos hombres en la tormenta. 1478

II

DOS HOMBRES EN LA TORMENTA

1478

 

Se detuvo, indeciso, porque llevaba ya más de media hora de camino y no debía de estar lejos el torrente; sí, hacía casi una hora que se echó a andar y conocía bien aquellos lugares: el torrente debía de estar cercano, pero el fragor de los truenos que se sucedían, uno tras otro sin tregua, sin el menor instante de silencio, impedía escuchar el rumor del agua al despeñarse ni al golpear sobre la tierra del fondo.

Había salido de la ciudad por la puerta A Prato; después siguió, como tantas otras veces, la dirección del Arno, dejándolo a su izquierda, alejándose de su ribera. Pero en la noche cerrada el paisaje era irreconocible, aun para quienes, como él, lo hubieran visto muchas veces al claror del día, y más irreconocible aún a la violenta luz de los relámpagos, que más que iluminar contribuía a deslumbrar, a trazar sombras informes, a enceguecer la mirada.

Destacaban por breves momentos las oscurísimas, casi negras siluetas de los árboles, pero en seguida las disipaban la oscuridad y el telón de la lluvia.

Malo era quedarse allí quieto, aguardando a que escampase lo que era bastante más que un chubasco, pero quizás fuera peor intentar dar un paso con el peligro de caer al invisible torrente.

Había creído que salir de Florencia por la puerta de A Prato y caminar hasta la casa de su padre, a su casa, sería un agradable paseo —en su infancia, de Florencia a casa y de casa a Florencia, lo había dado muchas veces, bien solo o bien en grupo de amigos, y alguna vez con Claudia—, pero la tormenta se desencadenó de forma tan repentina, inesperada, que nada en el aire había hecho presentir su amenaza. Por ello, el joven dominico, que viajaba a pie, al no ser larga la distancia que precisaba recorrer, había osado adentrarse en el bosque.

Y ahora vagaba perdido, desorientado, dando vueltas sobre sí mismo, sin saber hacia dónde caían las murallas de la ciudad y hacia dónde la casa, sin atreverse a avanzar ni a retroceder.

Perdido, perdido… Sí, estoy perdido. Debo admitirlo. ¿Cómo es posible? ¿Perdido aquí? En estos bosques pasé mi infancia, la mitad de mi vida. No debo de estar ya lejos de mi casa, aunque me sea imposible ver sus luces, a juzgar por el tiempo que llevo caminando, desde la atardecida, desde poco después del ángelus.

Mas no debo fiarme de esta cuenta, pues puedo haber caminado en redondo, haber vuelto sobre mis pasos, y encontrarme en el mismo sitio que cuando salí de la ciudad.

En este momento no sé si estoy en el camino o fuera de él; no puedo saberlo, porque el agua de la lluvia y el barro lo han borrado. Cuando llegué a este claro del bosque…

Pero ¿estoy en un claro? Sí, pienso que es un claro, porque no veo árboles cercanos. Cuando llegué a este claro venía de… por allí, a mi derecha… Sí, ese era mi camino. La ciudad ahora debe de estar a mis espaldas.

¡Oh, Dios! ¿Cómo es posible? A la luz del día conocería todo esto. Desde aquí vería los olivares y los viñedos. Aunque, ¡quién sabe! Hace ya muchos años que correteábamos por aquí mi hermano Adriano y yo. Él siempre me ganaba en la carrera y en trepar a los árboles. Era más ágil y más fuerte que yo, más veloz.

Y por aquí, por este mismo bosque, vine muchos días con Claudia, la hija del molinero, el hombre blanco de mis sueños infantiles.

Ella era la que me traía a mí, aunque entonces yo no supiera comprenderlo. Entre los dos recogíamos flores silvestres para que ella se adornase la rubia cabellera: margaritas, amapolas, petunias, caléndulas… Blancas, rojas, amarillas… Y entre ellas, lirios rojos de Florencia. A veces, ella se hacía una corona.

Siempre le faltaba una de algún color para las guirnaldas que tejía con manos hábiles y había que seguir buscando.

Pero ¿por qué pienso ahora en eso tan lejano, tan terminado, tan disuelto en el tiempo? ¿No tengo bastante para ocupar mi cabeza con haberme perdido? ¿Despierto esos recuerdos y rebusco en ellos para distraerme? Sí, para ahuyentar el miedo, para eso lo hago.

Oyó un sonido distinto a los demás, a los que hasta el momento le acompañaban, al tamborileo de la lluvia, al zumbar del viento, al rumor de las hojas. Un sonido cercano, ronco pero débil, mucho menos fuerte que el de los truenos. No era un animal quien lo producía, una alimaña; no, porque suelen desaparecer, esconderse, refugiarse cuando la tormenta anuncia su aparición con el primer relámpago.

¿Qué ha sido? Un ruido cercano… El ruido del torrente… No; ese ruido es continuo y éste ha sido seco, aislado. Ha sido como una voz… Un sonido humano… No, no ha hablado nadie; eso me lo hace creer mi deseo de no estar solo.

Un relámpago más intenso y prolongado que los anteriores deslumbró y espantó al atemorizado clérigo, que se recuperó del susto con dificultad.

Por fortuna, lo que creyó el tronco de un árbol era, efectivamente, el tronco de un árbol, y en él pudo apoyarse para recobrar el aliento. Temblaba no sólo de temor, sino de frío, pues el dominico vestía ropa de camino, sobre el pecho las insignias de la orden, pero el grueso paño y las recias polainas de cuero no eran suficientes para impedir que el agua recibida durante media hora larga le calase hasta los huesos.

De nada me ha servido el resplandor del relámpago para reconocer el terreno, nada he visto. Sigo sin saber si estoy en el camino o fuera de él. Mis pies siguen pisando un barro espeso, y nada más.

Ahora recuerdo que nunca durante aquellos años, quiero decir mis años de niño y de mi primera mocedad, había visto el bosque en la tormenta.

Y es otro, otro bosque; en la tormenta es otro bosque, no es el mío, el bosque de mi casa, de la hacienda de mi padre, de mis campos. Las hojas verdes de los árboles ahora son negras, y hace un instante, a la luz de los relámpagos, eran blancas. Blancas como podrían ser las hojas de los árboles de un sueño. Blancos también los troncos, las ramas y blanco el suelo… Pero los relámpagos no dejan tiempo a ver si hay flores, como cuando Claudia y yo veníamos a recogerlas…

No estaba quieto, no podía; como si sus pies hubieran cobrado voluntad propia, daba pasos cortos en una dirección, en la contraria. No quería alejarse.

Pero ¿alejarse de dónde? ¿Hacia dónde? Daba pocos pasos, los necesarios para que los pies no se le hundieran en el fango.

Pero ¿no he vislumbrado un brillo hacia ese lado? ¿No sería el torrente? Claudia y yo lo mirábamos desde arriba. Ella echaba flores que caían en la lagunilla formada al pie de la cortada, la que todos llamábamos «la charca». De ella parte el riachuelo que da fuerza al molino.

Cuando Claudia echaba las flores, o la corona que había tejido, sonreía y me miraba. Pero yo nunca me atreví a deslizarme por la cortada y recogerlas. Se las iba llevando muy despacio la corriente.

El agua del riachuelo tenía fuerza bastante para mover la rueda del molino, pero no era peligrosa. Yo me extasiaba mirando cómo la corriente golpeaba las palas de la rueda, y cómo, a su impulso, la rueda giraba, giraba…

Pero el torrente era algo muy distinto; siempre me atemorizó. No, no debo avanzar. Mejor no dar ni un paso más. Recuerdo… Sí, sólo eso, que el torrente surgía de pronto… en un desnivel del suelo… como a traición… Mejor, no moverme, pero ¿cómo permanecer aquí toda la noche?

Tras el ruido de un trueno, en el silencio se percibió con nitidez el rumor del torrente.

No, no debo moverme; está aquí, junto a mí, a un paso… Algo se ha movido, algo ha sonado… Sí, como si alguien hubiese corrido.

Tenso, apretado contra sí mismo para ofrecer menos presencia al peligro, se esforzó en escuchar, aguzó el oído.

Y antes de que pudiera decidirlo por sí mismo, se oyó gritar:

—¡Favor!

Escuchó de nuevo, inútilmente.

—¡Favor! ¡Socorredme! ¡Me he perdido en la tormenta!

Silencio, ni siquiera le respondió su eco. Sólo escuchó el tenaz martilleo de la lluvia.

Y, sin embargo…, estoy seguro de haber oído pasos. Quizás alguna alimaña, alguna bestia del bosque no ha hallado refugio y huye atemorizada.

Se dejó caer al suelo, incapaz de reprimir los temblores que sacudían todo su cuerpo.

¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué terminar así? ¿Por qué? ¿Por qué deseas que mi vida acabe de este modo si he venido tan sólo a servirte?

—Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea Tu nombre, venga a nosotros tu reino…

Sonó una voz, pero el fragor de la tormenta impidió oír lo que decía. El joven dominico Maffei, que algo había percibido, suspendió la oración. Quedó en silencio, expectante, trémulo. Volvió a oírse de nuevo la misma voz. Maffei, inmóvil, preguntó desentonadamente:

—¿Qué?… ¿Quién va?

Aguzó la mirada en la dirección en que creyó haber oído la voz y alcanzó a divisar la silueta de un hombre que se movía entre los troncos de los árboles, se acercaba.

El hombre volvió a hablar igual que antes, quizás repitió la misma frase, pero el ruido de la lluvia, del viento, de las hojas cubría sus palabras. Stefano Maffei preguntó, frenético:

—¿Qué decís?

El hombre había llegado al claro del bosque y al fin era visible a los ojos del joven dominico.

—Que alcéis los brazos, eso digo.

El amedrentado clérigo obedeció.

—Y que os alcéis vos mismo también, si os quedan fuerzas. ¡Vamos, alzaos!

El hombre surgido de la oscuridad empuñaba una daga y se acercó, amenazador, a Maffei, quien, con dificultad, temblorosos sus alzados brazos, se levantó.

—¿Quién sois? —preguntó.

—Poco importa.

—Necesito ayuda —consiguió decir Maffei.

—¿Ayuda?

—Sí, por eso gritaba.

—Ya os oí.

—Estoy perdido. La tormenta me ha hecho perder el camino.

—A mí también.

—Podéis enfundar el arma. No tengáis ningún temor.

—¿Creéis que lo tengo?

El recién aparecido llevaba un arcabuz en bandolera, mas para amedrentar al fraile se servía sólo de la daga. Con la tormenta, de poco le habría servido el arcabuz.

—Quiero decir que estoy indefenso —dijo Maffei—. No pienso hacer nada contra vos.

—Pero quizás yo contra vos sí piense hacer algo.

—¿Contra mí?

—¿Quién os dice lo contrario?

Durante unos instantes el hombre amenazador se quedó en silencio, quieto, como si se recrease en contemplar el pavor que reflejaba el rostro del otro.

—¿Decís que os habéis extraviado en el bosque, que habéis perdido el camino?

—Sí.

—Pues yo os digo: yo también.

—¿No sois de Florencia?

—No. Buena ayuda vamos a ser el uno para el otro.

—Un hombre siempre puede servir de ayuda a otro hombre —dijo el clérigo—. Nada hay peor que encontrarse solo.

—¿Hacía dónde os dirigíais?

—¿Sois de por aquí cerca?

—No, soy de muy lejos.

—Pero ¿conocéis estos lugares?

—Poco. Algo.

—Yo sí los conozco. Nací por aquí y aquí me crié. Pero esta noche, con la tormenta…

—A pesar de eso, si hacéis un esfuerzo por recordar… Con poco que me digáis, quizás yo pueda encaminaros.

—¿Creéis?

—¿Hacia dónde ibais?

¿Debo decírselo? ¿Debo confiar en este desconocido? Su aspecto no es muy tranquilizador, pero no son estos tiempos de guiarse por las apariencias. Tanto los nobles señores como los bandidos están prestos a empuñar la daga.

El agua de la lluvia ha empapado su ropa, los pelos de su barba, pero mi presencia no debe de ser mucho mejor que la suya. Confiaré en Dios. Rezaré in mente y confiaré en Dios.

—Iba hacia… hacia la casa grande… —oraba con el pensamiento al mismo tiempo que hablaba, y, por ello y por el insuperable temor, las palabras salían de su boca dudosas, imprecisas—. La casa grande que está… más allá del torrente, digo… ¿no habéis escuchado el rumor del agua al caer?

—Sí, lo he escuchado, aunque no he acertado a ver el torrente ni a la luz de los relámpagos. Pero por el ruido pienso que bien cerca de nosotros debe de estar.

—Pues… —dudó antes de proseguir, pero tras un breve silencio añadió—: No bien pasado el torrente está la casa de Adriano Maffei. Hacia allí voy yo.

Por un instante el otro le miró en silencio. Trataban los dos inútilmente de mirarse a los ojos, invisibles en la oscuridad. Luego dijo:

—¿La casa de Adriano Maffei?

—¿Sabéis cuál os digo?

—Sí.

—¿La conocéis?

¿Conoce este hombre que, daga en mano, me amenaza o se defiende, la casa de mi padre? ¿Se dirige también, como yo, a ella? ¿Con qué propósito?

—¿La casa del padre Maffei? ¿Del dominico?

Que aquel hombre conociera su condición dejó perplejo al joven Stefano.

—¿Sabéis quién es el padre Maffei?

—Sí… Bueno, lo sé aunque no le conozco. No, no le he visto nunca.

Maffei miraba fija, detenidamente, esforzándose en traspasar la oscuridad, al otro. Creía divisar unos ojos grandes, oscuros, unas cejas muy pobladas, hirsutas, barba espesa y revuelta. Consideraba su aspecto hosco, amenazador, el aire decidido, agresivo con que empuñaba la daga.

—Pero… yo no voy a casa del padre Maffei, del dominico.

—¿No?

—La casa a la que voy es de su padre.

—¡Ah!

Muy despacio, precavido, dijo el clérigo:

—Yo soy el padre Maffei.

Abandonó el otro su impasibilidad amenazante para preguntar, sin disimular la sorpresa:

—¡Ah! ¿Sois vos?

Sin saber bien a qué atribuirlo, quizás a la actitud del desconocido, Maffei se sentía menos inseguro.

—Cuando os he dicho mi nombre, ya lo conocíais.

—Sí, lo conocía.

—¿Por qué?

—No os asombréis demasiado. Son casualidades de la vida. Vos y yo teníamos que vernos mañana en Florencia para un asunto importante, muy importante. Y el asunto sigue en pie. Ya digo que no os asombréis; el asunto es secreto, pero no para unos cuantos. Si nadie lo conociese, no podría llevarse a cabo. Y entre esos cuantos estamos vos y yo. No creo que este encuentro inesperado altere en nada nuestros planes. Pero si lo creéis así, me voy por donde he venido, o por donde mis pasos me lleven, y os dejo otra vez a la buena de Dios. Mas recordad que acabáis de decir que no hay nada peor que estar solo, o algo parecido.

No se demoró Maffei en la respuesta.

—Lo recuerdo: dije exactamente eso. Y no creo necesario que nos separemos; antes, lo encuentro peligroso. Pero ¿por qué estáis enterado de todo?

—Porque sin mí no podría hacerse nada.

La voz, en la oscuridad, había sonado aún más firme, más áspera.

—¿Quién sois? ¿Cómo os llamáis?

—Yo soy Montesecco.

Y envainó su daga.

Sin conseguir librarse totalmente de la sorpresa, Maffei respiró más tranquilo.

—¡Ah! Sois Montesecco. Creo que, a pesar de todo, la suerte nos ha unido.

—Veremos, veremos… Si podéis ayudarme a mí y yo puedo ayudaros a vos, tendréis razón; pero si no, toda esa gran empresa se irá al garete.

—¿Creéis eso?

—De momento, padre Maffei, no creo exagerar al decir que estamos perdidos.

—Pero imagino que vos algo podréis hacer. Supongo que, por vuestro menester, a trances parecidos a éste estaréis más habituado que yo.

Con una inclinación de cabeza aceptó el forajido la observación del fraile, que consideró un elogio.

—Veamos, en primer lugar, qué podemos hacer para salir de esto —dijo, y trató de buscar colaboración en su compañero de aventura—. ¿No conseguís recordar nada, ni forzando la memoria, del lugar en que nos hallamos?

—Nada, ya os digo.

—Desde luego, ¿cómo vais a recordar nada, si este paraje está como boca de lobo?

—Ni siquiera sé a qué lado cae Florencia, ni a cuál la hacienda de mi padre.

—Pero, en fin, pensad algo que pueda orientarnos para que podamos cada uno seguir, malamente, nuestro camino. Mi único propósito era llegar a la ciudad sin llamar demasiado la atención antes de que despuntase la aurora.

—Yo sé que la casa está pasado el torrente. Luego, una vez pasado, se camina un trecho, se cruza la vaguada y allí está la casa, en un altozano.

—¿Y creéis que eso es poco? ¡No estamos descaminados, compañero! El torrente está justo aquí mismo.

Dio Montesecco un golpe en la espalda a Maffei, le empujó hacia adelante. Maffei, asustado, pillado de improviso, creyendo que iba a caer al torrente, se agarró a Montesecco.

—¡Ah!

A Montesecco le divirtió el grito de su aterrorizado compañero de viaje.

—¡No tan cerca, padre! —dijo—. ¡No tan cerca! ¡No nos mojará los pies más de lo que nos los está mojando la lluvia!

Y, entre risotadas, dio al dominico otro afectuoso empujoncillo en la espalda para animarle a que se atreviera a reemprender el camino.

A poco, se despidió la tormenta con un débil trueno lejano, y al deshacerse los últimos nubarrones, la oscuridad dejó paso repentinamente a un cielo estrellado, veraniego más que primaveral, como habría correspondido a un 26 de abril.

A su luz, sobre una suave loma, se recortaba la silueta de la casa Maffei, no muy alejada ya de la pareja de caminantes.

—¿Es aquélla?

—Aquélla es, Montesecco.