La cruz y el lirio dorado

Fernando Fernán-Gómez · Capítulo 6 de 23

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La cruz y el lirio dorado

VI. Los poderosos Pazzi y los poderosísimos Médicis

VI

LOS PODEROSOS PAZZI Y LOS PODEROSÍSIMOS

MÉDICIS

 

La familia Médicis era la más importante de Florencia; su casa imperaba en la ciudad de la cruz y el lirio dorado. Años atrás, a comienzos del siglo, que ya se acercaba a su final, los Strozzi eran los banqueros más ricos de Florencia; pero comenzaron a ascender los Médicis, originarios de Mugello, que se habían instalado en Florencia en el siglo XII, y por su talento natural, aplicable especialmente a los negocios —en sus comienzos fueron cambistas—, acumularon poco a poco una muy considerable fortuna.

Con ellos estaban destinados a competir otros grandes banqueros: los Pazzi. La peste que tiempo atrás, en el nefasto año de 1376, asoló el país, originó una fuerte depresión económica, que a su vez fue causa de revueltas y motines entre las clases bajas, especialmente los obreros de la lana, más numerosos y mejor organizados que los de la seda y los de las artes mayores.

Un banquero aún no muy prestigioso ni acreditado, pero que ya disponía de fortuna muy respetable, en los tumultos de los obreros contra los oligarcas que detentaban el poder optó por ponerse del lado de los revoltosos. Se llamaba el tal Silvestro de Médicis, y transmitió a sus sucesores la reputación, que había de durarles muchos años, de protectores del pueblo.

Aquella gran insurrección de trabajadores, la primera que tuvo lugar en Europa, muy pronto fue utilizada por las artes menores en provecho suyo; pero algunos años después los oligarcas de las artes mayores, entre los que se encontraba la familia Pazzi, adversaria de los Médicis desde los tiempos de las guerras entre güelfos y gibelinos, recobraron la hegemonía y la conservaron durante algún tiempo. Hicieron desterrar y decapitar a algunos partidarios, secuaces y familiares de los Médicis, que eran también sus competidores en los negocios.

Pero los Médicis habían alcanzado el prestigio de benefactores de la clase baja. La reiterada lucha entre oligarcas y populares, dos enemigos igualmente debilitados, se resolvió con el triunfo de una facción que se revelaba como más fuerte que las otras dos, la de una de las más ricas familias de mercaderes florentinos, que había de convertirse, en cuanto a la banca, en la más poderosa de Italia: los Médicis. Giovanni de Médicis, el verdadero fundador de la dinastía, fue elegido árbitro, y su hijo Cósimo regresó del exilio aclamado por el pueblo.

 

Todas las grandes familias capitalistas combinaban negocios de diverso tipo: banca, comercio, producción de lanas o sedas… En cada una de las filiales de los Médicis primaba una de sus actividades. Se dedicaba en primer lugar la casa de Florencia a operaciones de banca y al comercio; la de Inglaterra, a la exportación de telas; la de Brujas, sobre todo al comercio de las especias… También se dedicaban, todas ellas, a la compra de tierras en gran escala.

No se contaban los Médicis entre las familias selectas de la lana, que habían recuperado el poder tras la reacción oligárquica, pero maniobraron con habilidad entre los distintos partidos sin comprometerse con ninguno de ellos, y lograron a la par aumentar su prestigio entre las clases bajas por medio de la concesión de créditos sobre el trabajo. Tras la reacción oligárquica se habían aliado con los gremios menores de manera no ostensible, pero únicamente se unieron con la oposición democrática cuando estaba claro su ascenso, y así, Silvestro de Médicis, había podido beneficiarse con el triunfo de los obreros de la lana. Aquellos mercaderes, poco antes nuevos ricos, habían llegado a convertirse en familia poderosa.

La cautela con que se desenvolvieron en el juego político les había evitado seguir la suerte de los Alberti y otros más, que se colocaron abiertamente junto a los gremios menores y fueron derrotados con ellos. Giovanni de Médicis, ya el hombre más rico de Florencia después de Palla Strozzi, hizo fructíferos negocios como banquero del papa Juan XXII. Después de la deposición de este papa de tan poco grato recuerdo, pasó a ser banquero de su sucesor, Martín V. Su hijo Cosme, al heredarle, prosiguió con los negocios y la política de su padre.

En su incesante batallar, los comerciantes oligárquicos de la lana —los Strozzi, los Pazzi…— consiguieron derrotar a Cosme de Médicis, pero su marcha y el cierre de su banca, que trasladó a Venecia, arruinaron la economía de Florencia. Llamado por sus conciudadanos, retornó vencedor al cabo de un año, derrotó a los oligarcas y gobernó la ciudad apoyado en sus amigos y colegas más fieles. Manejando hábilmente el sistema de impuestos, arruinó a los competidores que se negaron a llegar a un acuerdo con él. Aunque el auge de los Médicis se había iniciado con la asociación del padre de Cosme, Giovanni, con la curia, su esplendor se hizo patente cuando comenzó la decadencia de las demás familias principales, porque el dinero tendía a concentrarse en unas pocas casas lo bastante firmes para superar las crisis, a la par que las utilizaban para eliminar competidores.

Artistas, sabios y humanistas no conseguirían equipararse a las personas de alcurnia hasta que Cosme de Médicis comenzó a invitarlos a residir en su villa Careggi o en su palacio de Florencia. El mismo trato mantenía con ellos Lorenzo y les confiaba la misión de difundir por toda la península la cultura y el arte de Florencia. A veces eran sus embajadores oficiales.

 

En una ciudad como Florencia, cuyos habitantes estaban siempre dispuestos a echarse a la calle en favor o en contra de unos o de otros, los Médicis lograban mantener el equilibrio. Intentaban calmar las inquinas y, en primer lugar, las rivalidades, por medio de enlaces matrimoniales. Cosme casó con una Bardi, y arregló el matrimonio de su nieta Bianca con Guglielmo de Pazzi. Piero hizo que su cuñado Giovanni Tornabuoni se casara con la hija de Luca Pitti, que había intentado asesinarle; Lorenzo casó a su sobrino Lorenzo Tornabuoni con Giovanna de los Albizzi, familia que, además de hacer desterrar a varios Médicis, había intentado envenenar a Cosme el viejo.

Las tintorerías de Florencia habían alcanzado gran maestría en los trabajos del teñido de la lana. Tenía su fundamento este arte en un mineral, el alumbre, que permitía fijar el color sobre el tejido. El mundo occidental, por medio de Génova, que tenía la exclusiva de su venta, lo importaba de Focea, pero el predominio de los turcos en aquella zona impulsó a los pañeros a buscar nuevos yacimientos y los hallaron en Tolfa, cerca de Roma.

Lograron los Médicis durante un tiempo adueñarse de esta explotación, pero la concesión de este privilegio por el papa Sixto IV a la familia de los Pazzi fue entendida como una agresión por Lorenzo el Magnífico, que inmediatamente tomó venganza expoliando a un miembro de la familia Pazzi de una herencia dudosa.

A la muerte de Felipe de Médicis, arzobispo de Pisa, el papa, contra la voluntad de la Señoría de Florencia, invistió de aquel arzobispado a Francesco Salviati, enemigo de la familia Médicis. Al no prestarse la Señoría a darle posesión, se siguieron entre el papa y la familia Médicis, a causa de este enfrentamiento, nuevas ofensas. Además, Sixto IV hacía a la familia de los Pazzi grandes favores y perjudicaba a los Médicis.

Lorenzo de Médicis, el Magnífico, rebosante de ardorosa juventud y de potencia, ansiaba intervenir en todo y que los demás aceptasen su opinión; o lo que era igual, su deseo.

Al no poder la familia Pazzi, de tan cuantiosa fortuna y tan probada nobleza, soportar las injurias reiteradas, los menosprecios y las que, desde su apreciación, eran notorias injusticias que iban en detrimento no sólo de su honor, de su fama, sino de su hacienda, los hermanos Iacopo y Francesco de Pazzi empezaron a pensar en la posible venganza.

Por el mismo tiempo, había decidido el papa fundar en la Romaña un estado independiente que pasara a ser dominio de su sobrino (para las personas malpensadas, hijo) el cardenal Riario, decisión a la que se opusieron Lorenzo el Magnífico y su hermano Giuliano. En vista de lo cual, los Pazzi, apoyados por Sixto IV, decidieron obrar en consecuencia.